¡Muy buenas! Lyna por fin llega a Gwaren pero ¿Qué sucederá?
Espero que os guste.
¡Mil Gracias!
- P.D: Todos los personajes y mundo pertenecen a Bioware. Yo los he tomado prestados para hacer mi propia versión de la historia.
"Gwaren"
["Pequeños orbes azules como el cielo de invierno se escondían bajo esas pobladas y largas pestañas oscuras"]
El sol rozaba el horizonte cuando divisaron la ciudad. El color rosado y naranja del cielo se fundía con los colores de los tejados de los hogares, tabernas y demás edificaciones que se alzaban a lo lejos. En el ambiente flotaba un aroma a mar y humedad peculiar que traía consigo fantasías de historias del pasado.
"¿Sabéis que Gwaren fue la primera ciudad en ser liberada del ejército rebelde?" – Lyna siempre se emocionaba cuando visitaba Gwaren. Desde que comenzó a entrenar con Ilen, las historias de grandes batallas y hazañas decoraban sus conversaciones. Ilen se mostraba muy entusiasta con el aprendizaje de Lyna y siempre la obsequiaba con una historia al final de su entrenamiento como premio por una intensa jornada.
"¿Sí? No tenía ni idea. Sólo sé que estas tierras pertenecen al Héroe del Río Dane"- comentó Deygan mientras miraba con interés a Lyna.
"Sí. Loghain Mac Tir. Padre de la actual Reina. Gran Héroe de Leyenda y amigo del difunto Rey Maric" – continuó Lyna excitada como si estuviera recitando un pergamino.
"Lyna, tu fascinación por los shemlen te llevará por mal camino. No sé qué le ves a esas historias." – replicó Fenarel.
"¿Que qué le veo a esas historias? Dioses, Fen… a veces no sé ni cómo eres mi amigo" – Una de las razones por las que Lyna se sentía profundamente sola era porque nadie compartía sus intereses de la misma forma que ella. Ni siquiera Ilen, que había luchado codo con codo con el gran Loghain Mac Tir. Quizá era una visión muy infantil de la vida pretender tener un ideal que seguir, pero ella sentía que esas historias, en parte, la representaban, la inspiraban, la hacían mejorar cada día. Esas historias tenían en común un gran factor: el deber para con un bien superior. En su caso, el sentido del deber era algo de lo que se sentía especialmente orgullosa; Ilen y Marethari alababan su dedicación, aunque su comportamiento dejara a veces mucho que desear dentro de las costumbres y tradiciones del clan y su raza. Ella, como muchos otros antes en la historia, era un espíritu libre y es por eso que, como libre que era, la soledad siempre la alcanzaba en algún punto. Pero no le importaba. Sabía que era una elfa atípica y aun así no la habían desterrado -eso debe significar algo- pensó dubitativa.
"Nuestro Pueblo tiene grandes historias también y no te veo igual de ilusionada con ellas. Simplemente digo que Ilen quizá te ha metido demasiados cuentos en esa cabeza" – Fenarel no entendía a Lyna. Era cierto que los shemlen siempre han sido determinantes para la historia de Thedas pero, para él, su Pueblo era más relevante que cualquier historia pobre de héroes humanos, ávidos de poder y riqueza. Su Pueblo era más noble, más justo, y ver a Lyna tan entusiasmada por estas cosas, le enfadaba y frustraba un poco.
"Fen, no se trata de comparar. Pertenecemos a Ferelden y somos de los pocos privilegiados en contar con una leyenda viviente en nuestras tierras. ¿Te imaginas poder conocer al Héroe del Río Dane?" – Fantasear estaba a la orden del día en la cabeza de Lyna – "Me gustaría conocer a Shartan o a algún Dios del Panteón, pero ellos no respiran, ni usan armadura, ni comandan ejércitos actualmente. Loghain Mac Tir es Comandante de los ejércitos del Rey y padre de la Reina Anora. ¿Sabes lo que significa?" –
"No… y creo que tú tampoco" – contestó con aburrimiento Fenarel.
"Significa que podemos ser testigos vivos de la leyenda. Estamos a punto de entrar en la ciudad de un Héroe viviente. Ciudad que ha soportado una de las batallas más importantes de la historia de Ferelden en la última era. Con cada paso que damos, pisamos ecos del pasado, Fen… y es… maravilloso" – Lyna se sentía muy entusiasmada. No era la primera vez que visitaba Gwaren pero siempre se ilusionaba. A pesar de que, inicialmente, no quería marcharse del clan por su entrenamiento, ahora sentía que el viaje había valido la pena.
"Lo que sea Lyna… pero creo que estás loca" – dijo Fenarel sonriéndole al mirarla de reojo.
"Pues… a mí me gusta su entusiasmo. Además, creo que es una loca adorable" - aprovechó para comentar Deygan mientras ponía una mano en el hombro de Lyna. Él admiraba la pasión con la que Lyna hablaba de la ciudad y del Héroe del Río Dane. Por un momento, se dejó contagiar por ese entusiasmo y dirigió su mirada hacia la ciudad para disfrutar del paisaje. Lyna le sonrió y se volteó para mirar a su amigo Fenarel.
"Me dices loca porque no entiendes… pero mira Fen, ¿No es hermoso?" – dijo Lyna señalando una de las puertas de la ciudad – "¡Mira! El guiverno de la heráldica de Gwaren" – Lyna se levantó para ver mejor las grandes banderas azules que ondeaban a lo lejos – "Respira Fen… siéntelo… ¿No lo notas?" - Lyna abría los brazos de par en par como cuando un águila surca los aires en busca de su presa. Su pelo, ligeramente atado en una trenza, se deshacía con el paso de la brisa por sus doradas mechas y su piel iluminada por destellos naranja del sol, la convertían en una hermosa y delicada visión.
Fenarel la observó con detenimiento. Esa pasión por la vida es lo que hacía que Lyna fuera especial. Esa inconformidad, ese afán de superación y por descubrir cosas nuevas, era lo que Fenarel más admiraba. Él envidiaba secretamente la capacidad que ella tenía para vivir, pues él se sentía en parte prisionero de sus costumbres. Su clan lo era todo y sus prejuicios evitaban que disfrutase de otras cosas. Al verla tan feliz, disfrutando de los últimos rayos del sol y de la brisa salada, notó que su corazón se llenaba de algo cálido y suave. La miraba con intensidad, disfrutando de cómo su pelo bailaba al viento, de su tez bañada en fuego del atardecer, las curvas de su cuerpo tensándose con el esfuerzo de guardar el equilibro con el movimiento de la carreta. Sintió una pequeña corriente recorrer su cuerpo y alojarse en sus caderas. Recuerdos fugaces del encuentro en el río de hace unas noches volvían a su cabeza. Recuerdos de un beso robado, encendían las ascuas que había dejado Lyna a su paso. Fenarel no podía evitar mirarla con adoración; para él era lo más parecido a una diosa en cuerpo y alma. Un pinchazo de dolor y el recuerdo de su amigo Tamlen, hizo que saliera de su ensoñación – "No es para mí… es de nadie…" – pensó con tristeza Fenarel mientras volteaba la cara para mirar a otro lado.
Lyna estaba con los ojos cerrados, sintiendo la brisa rozar su cuerpo, notando los últimos besos del calor del sol calentar su piel. Se dejó llevar por el momento hasta que un movimiento brusco de la carreta hizo que trastabillase casi enviándola al suelo de cabeza. Deygan logró cogerla por la cintura a tiempo y traerla hacia él para evitar que se cayera. En ese movimiento, ella se sentó en su regazo mientras le abrazaba con ambos brazos con sorpresa. Fantasear hacía que perdiese la noción del tiempo y del espacio, y esta era una de las veces en las que se veía envuelta en un momento incómodo por ello.
Ambos se miraron durante unos largos segundos. Ella sintió el corazón de Deygan acelerarse, acompasándose con su respiración. Disfrutaba viéndole tan vulnerable con algo tan simple como la cercanía física, así que sólo se le quedó mirando divertida, mientras sonreía – "Ma serannas, lethallin" – dijo con voz dulce. Se levantó finalmente de sus piernas y se sentó en su sitio mientras se arreglaba un poco la trenza, ajustándose algunas hebras de pelo que llevaba sueltas. Después, fijó su vista de nuevo en la ciudad que se abría paso delante de ella.
Al ver a Lyna casi caerse de la carreta, e inmediatamente ser testigo de la rapidez con la que Deygan había aprovechado el momento para acercarse a ella, hizo que Fenarel sintiera un pinchazo de rabia y celos. Algo tan trivial no debería molestarle, pero desde que Lyna era consciente de sus sentimientos por ella, no podía evitar sentirse territorial. Ahora que estaban cerca de Gwaren, hablarían claro finalmente el uno con el otro. Él no podía continuar con la incertidumbre de saber qué es lo que sentía o no Lyna y qué había sucedido con Tamlen. Necesitaba calmar su corazón y centrarse de nuevo. Nunca antes había sentido algo así por alguien y le estaba costando entenderlo y aceptarlo.
"En pocos minutos llegaremos. Estad preparados. Nos registrarán" – Comentó en alto Varathorn.
Lyna estaba más nerviosa de lo habitual pues consideraba que era una mala idea llegar al pueblo en un grupo tan grande de elfos pero, por otra parte, se sentía más segura. Recordó algo y lo buscó en su mochila. Cogió el collar confeccionado con los dientes del bandido y se lo puso alrededor de su cuello, escondiéndolo momentáneamente hasta entrar a la ciudad. Cogió uno de los puñales que tenía guardados en su mochila, y lo ocultó hábilmente en el nudo final de su larga trenza. Será el único lugar donde no miren –pensó. El resto de sus armas estaban visibles excepto el puñal de su bota pero, hoy en día, tanto cazadores como campesinos, guardaban una navaja o puñal allí, así que no sería extraño que, en caso de ataque sorpresa, la desarmaran completamente. Debía ser precavida. Su maestro Ilen, aunque alentase su curiosidad por los shemlen, también le había instruido bien en cuanto a la previsión frente al enemigo – "Siempre adelántate a sus movimientos. Piensa como ellos. Conviértete en ellos." – le decía insistentemente mientras cazaban fieras en el bosque. "Pensar como ellos. Convertirme en ellos" – pensó Lyna mientras analizaba en su mente las escenas posibles.
"Llegaremos y será Varathorn quien hablará. Nos mirarán con sospecha. Dejarán una o ambas manos en sus armas. Me observarán con curiosidad y con hambre, algunos sonreirán. Hablarán con tono severo y autoritario, mientras nos miran de arriba abajo con desdén. Revisarán la mercancía, revisarán nuestras armaduras. Me manosearán, como siempre. Nos ficharán y podremos entrar no sin antes una advertencia o amenaza y una mirada lasciva más" – Ante un acontecimiento previsto, ella siempre lo vivía previamente en su cabeza. Era la única forma de evitar llevarse demasiadas sorpresas.
Al cabo de unos escasos minutos, llegaron a las puertas de la ciudad.
"¡Alto!" - gruñó uno de los guardias de la entrada. Se acercó hacia la carreta y continuó mientras miraba uno a uno a todos los ocupantes.
"¿Qué asuntos pueden traer a unos elfos dalishanos a Gwaren?"- dijo con desdén mientras escupía cerca de una de las Hallas.
"Venimos a comerciar y a por provisiones. No estaremos más de dos días." – Varathorn continuaba sentado sujetando las riendas de las Hallas, preparado para cualquier posible problema. No era desconocido para ellos que los shemlen sintieran cierto desprecio por los dalishanos. Después de todo, su Pueblo solía ser el causante de muchas de las muertes registradas en el Bosque de Brecilia y alrededores.
Lyna miró a su alrededor y divisó tres guardias más. Todos bastante jóvenes y ataviados con lo que parecían nuevas armaduras portando el escudo de Gwaren. "¿Guardias novatos en las puertas? No es habitual" – pensó Lyna mientras analizaba a cada uno.
"Bajad. Y no hagáis ninguna estupidez" – el guardia que les hablaba debía ser el más veterano de ellos y Lyna no pudo evitar tensarse con la orden.
Todos se bajaron despacio de la carreta intentando no llamar mucho la atención. El maestro Varathorn simuló tener alguna dolencia, para enfatizar el hecho de ser el más anciano de los cuatro y así evitar cualquier golpe que pudieran soltarle.
Lyna se bajó la última y se ocultó parcialmente detrás de Fenarel, evitando así destacar. Sin embargo, echando un vistazo en derredor, vio que al menos dos de los guardias ya la miraban desde sus puestos, mientras sujetaban su escudo y reposaban su mano sobre la empuñadura de su espada.
El guardia jefe hizo un gesto en alto con la mano y los tres guardias acudieron a su encuentro. "Registradlos" – vociferó, y los guardias se pusieron en marcha.
Uno de los guardias se acercó a la parte de atrás de la carreta y comenzó a registrar la mercancía sin cuidado alguno, removiendo herramientas y dejando caer algunas al suelo sin preocupación. Lyna frunció el ceño ante esa falta de respeto.
"¿Qué ocurre, elfa? ¿Hay algo que no te gusta?" – uno de los guardias que la había estado mirando desde su puesto, se acercó hacia ella sonriendo y mirándola de arriba a abajo, mientras se humedecía los labios con la lengua.
Lyna dirigió la mirada hacia el guardia. No debía perder los papeles y sabía que si contestaba o daba señales de fortaleza, posiblemente no la dejarían pasar. No era la primera vez que tendría que sobornar a un guardia para que ella pudiera entrar en la ciudad, así que sólo bajó la mirada y no contestó. El guardia se le acercó y con una mano, levantó su cara para mirarla a los ojos – "Mirad qué tenemos aquí…" – él la observaba ahora con esa mirada lasciva que hacía que los vellos de su cuerpo se pusieran de punta del asco – "Menuda belleza. Mira Ron… rubia y elfa, como te gustan"- dijo el guardia volteándose para mirar al otro que estaba registrando la carreta. Éste se detuvo y fue hacia donde estaba Lyna. Al acercarse, ella vio que uno de sus ojos era blanco y el otro azul – "Ciego de un ojo a pesar de lo joven… puede que una vida dura."- Lyna seguía analizando la situación y comprobando que no se había equivocado en sus suposiciones. Medir al enemigo era uno de los pasos más importantes y a ella se le daba muy bien.
"Vaya. Sí que lo es" – contestó el otro guardia mientras miraba a Lyna con intensidad al tiempo que se mordía el labio inferior.
"Me debes una, Ron"- y con esto el primer guardia, se alejó de ella y se dispuso a registrar a Fenarel.
"Y bien. ¿Cuál es tu nombre?" – preguntó el tal Ron al tiempo que se acercaba hasta casi invadir su espacio personal.
"Lyna, mi señor"- contestó obedientemente Lyna.
"Una dalishana obediente. Rara especie. ¿O será que me estás engañando?" – el guardia se quitó sus guanteletes y los dispuso en un borde de la carreta. Se acercó más a Lyna y comenzó a apretar sus brazos desde los hombros hasta las manos, registrando cualquier posible arma adicional a las visibles que estuviera oculta entre la armadura y su cuerpo.
Lyna se mantuvo callada y con la mirada gacha – "Te noto tensa. Mil disculpas por el atrevimiento pero, como comprenderás, con sólo un ojo me cuesta ver lo que se entiende a simple vista. Es por ello que… debo tocar" – el guardia estaba divirtiéndose con Lyna y ella sólo podía esperar a que él terminase su registro – "Quítate las botas, elfa." – inquirió. Lyna obedeció – "Un puñal. ¿Pensabas ocultármelo?"- dijo el guardia un poco molesto – "No mi señor". El guardia la analizó por un momento y continuó con el registro. Sus manos rodearon su peto, se introdujeron en las hendiduras para rebuscar debajo de su blusa protectora, tocando sus pechos y abdomen deliberadamente. Ella estaba relativamente acostumbrada a esto, pero no pudo evitar hacer una mueca de asco cuando sintió la respiración del guardia en su cara. El olor a alcohol era evidente y, a pesar de su juventud, su temperamento le resultaba especialmente cruel.
Después de unos minutos en los que ella tuvo que cerrar los ojos para evitar ver cómo el guardia la tocaba y masajeaba con total impunidad, el registro llegó a su fin.
"Rellenad esta vitela y podéis pasar" – el jefe le ofreció a Varathorn el pergamino y el maestro lo completó con los nombres y clan de todos. Después se lo volvió a entregar al guardia y finalizó – "Gracias mi señor"
"Entrad, pero no hagáis que me arrepienta" – concluyó el jefe, mientras se apartaba del camino.
Todos se montaron en la carreta de nuevo y se pusieron en marcha. Cuando estuvieron a punto de pasar el portón, el guardia llamado Ron que registró a Lyna, se acercó a la carreta y la miró – "Quizá nos veamos por la ciudad, preciosa… y si quieres, podríamos continuar con el registro, pero en privado" – Lyna le miró con asco e hizo una mueca deliberada, dando muestras visibles de desprecio. El guardia se sorprendió por su reacción y frunció el ceño mientras veía a Lyna alejarse calle adentro sin poder hacer nada más.
Al cerrarse el portón, Lyna pudo suspirar – "Ujjj, nunca me acostumbraré a esto. ¡Qué asco!"
"Y que lo digas. Me estaba poniendo enfermo ver cómo te manoseaba ese sucio shem…" – Fenarel odiaba a los shemlen. No era un secreto. Y ver a Lyna siendo registrada de esa forma tan poco respetuosa, hacía que hirviera su sangre de impotencia.
"Bueno, al menos esta vez no he tenido que sobornarles" – dijo Lyna optimista al tiempo que miraba a su alrededor.
Sus ojos se posaban en cada ventana, cada puerta y cada columna de la ciudad. Era una de las pocas ciudades que conocía y siempre le maravillaba la cantidad de seres que se reunían en un mismo lugar. Las calles estaban sucias, llenas de puestos y personas que gritaban o discutían. El barro del camino manchaba los bordes de los edificios y las botas y vestidos de los campesinos, dejando testigo del clima tan lluvioso de la región. El olor intenso a mar y pescado hacía que el aroma putrefacto de algunas zonas se acentuase. Muchas de las casas estaban construidas con madera, pues la cercanía con el bosque de Brecilia hacía de este pueblo un punto comercial de este material. Sin embargo las grandes construcciones, como la Capilla, el castillo, torres y las barracas, estaban construidas en piedra gris tallada con cierto estilo enano, contrastando curiosamente con los tonos arena de la madera de roble de las casas del pueblo. Adicionalmente a esto, su salida al mar, le convertía en un gran puerto pesquero. Desde aquí, también, muchos barcos salían hacia las Marcas Libres. No era una ciudad muy importante, pero era uno de los dos últimos Teyrns que quedaban en Ferelden, además de ser hogar del gran Loghain Mac Tir.
A medida que avanzaban con la carreta, muchos ojos se posaron en ellos. La mayoría eran miradas de desprecio y desconfianza, y unos pocos de indiferencia. Lyna estaba nerviosa. Nunca había entrado a Gwaren acompañada de tantos de su pueblo y eso le hacía sentirse un blanco fácil. Su mano rebuscó instintivamente en su cuello, sacando de debajo de su peto el collar de dientes. "Espero que esto valga para algo…" – pensó mientras miraba con intranquilidad las calles en busca de posibles peligros.
Tanto Lyna como Fenarel y Deygan, observaban con interés las gentes y casas que se presentaban a su paso. Veían principalmente shemlen y algún que otro enano, pero apenas veían elfos. Y cuando veían a alguno, siempre estaba acompañado de un humano que, posiblemente, era su señor. Los elfos en Ferelden suelen ser siervos de los shemlen y es habitual encontrar a varios de ellos en burdeles y casas de placer además de en tabernas. Pero es muy raro verles solos por las calles, pues eso suele significar que, o bien son mercenarios a sueldo o bandidos y nada bueno traman, con lo cual siempre se meten en algún problema aunque no lo quieran. Sin embargo ella y sus acompañantes tenían otras pintas. Su Vallaslin les delataba inmediatamente y sus armaduras y trajes confirmaban su procedencia, pero eso no era una ventaja, sino todo lo contrario. Los elfos urbanos eran más comunes y, aunque eran de baja clase, se les prestaba poca atención en comparación con el interés que suscitaban los elfos dalishanos, es decir, ellos. Los shemlen creían que los elfos dalishanos eran salvajes y asesinos de humanos; tribus errantes de marginados sin cultura ni orden. Nada más lejos de la realidad. De todos los elfos, eran los más vulnerables pero, al mismo tiempo, los más llamativos. Muchos de los jóvenes dalishanos más rebeldes se aventuraban hacia las ciudades, exponiéndose a las mil tretas y engaños de shemlen y enanos astutos que abusaban finalmente de ellos de varias formas diferentes. Muchos de esos jóvenes terminaban irremediablemente en casas de placer o, con suerte, muertos. Aunque hacía años que la esclavitud se había abolido en Ferelden, los elfos seguían sin ser libres realmente.
Lyna sentía profunda tristeza por su Pueblo. De la grandeza de antaño, sólo quedaban vagos vestigios de leyendas casi olvidadas y una marca de sangre en sus caras. Y aunque ella no siguiera algunas de sus costumbres sociales tradicionales, como por ejemplo la unión entre dos elfos o el odio irracional hacia los shemlen, ella respetaba a quien sí las seguía, pues sabía que era la única forma de seguir conservando algo de lo que alguna vez fueron. No es que ella fuera una elfa dalishana ejemplar, pero se sentía muy orgullosa de su raza y, en especial, de su clan. Es por eso que, ver a su Pueblo tan degradado, corrompido y débil, le hacía sufrir de la más terrible agonía y, al mismo tiempo, alimentaba sus ganas de mejorar, de superarse y de demostrar al mundo el verdadero potencial de los elfos. "Yo no seré un eslabón débil más"- se decía a sí misma constantemente.
Sus pensamientos se vieron interrumpidos por el bramido de las Hallas y el freno de la carreta. "Este será un buen lugar para pasar la noche" – Varathorn había soltado las riendas y se disponía a bajar.
" 'El Guiverno y la Doncella'. Parece el nombre de una canción mala de Bardo" – comentó Fenarel mientras se bajaba de un salto de la carreta.
"Hahren, ¿Has estado aquí antes?" – Lyna miraba, entretenida, la placa de la taberna. El guiverno que allí estaba pintado era más parecido a un mabari con alas que a un reptil draconiano y la doncella, tenía que ser la hija fresca de un campesino borracho, pues no ofrecía clase alguna, salvo quizá, la clase que podría ofrecer, precisamente, la hija de un shemlen venido a menos.
"Sí da'len. Es uno de los pocos lugares donde no llamaremos tanto la atención" – contestó Varathorn mientras desataba a las Hallas – "Id sacando las cosas de la carreta. Yo voy a llevar las monturas al establo"
Lyna se quedó pensando un momento en el comentario del maestro. Era complicado que cuatro elfos entrasen a una taberna y no llamasen la atención, así que no pudo imaginar qué característica especial debía tener esa taberna para que ellos pasaran inadvertidos.
"Maestro, te acompaño" – Deygan saltó de la carreta y fue corriendo hacia donde se encontraban las Hallas – "Luego de regreso recogemos el resto de las cosas de la carreta" – comentó Deygan mientras cogía una de las riendas de los animales.
"Ma nuvenin maestro. Fen y yo apartaremos dos habitaciones para dos noches y os esperamos en el comedor en un rato mientras descargamos parte de la carga" – Lyna se había inclinado para coger el saco con las presas que, previamente, había cazado para ofrecer como pago por ambas noches y habitaciones.
"¿Dos habitaciones?" – preguntó Fenarel mientras se colocaba un gran saco en uno de sus hombros.
"Sí. Viendo la cantidad de personas recorriendo las calles, no creo que queden muchas más libres. Lo raro será que podamos dormir en una cama, pero al menos no estaremos expuestos a las inclemencias del tiempo" – Lyna terminó de coger algunas cosas más y se fue con Fenarel hacia la entrada de la taberna. Antes de entrar, se puso sobre su cabeza la capucha de su capa para así evitar dirigir miradas indeseadas hacia sus orejas puntiagudas. Después, con un golpe de cadera, abrió la puerta del local, intentando no golpear los sacos en el movimiento. Apenas puso un pie dentro, una ola de calor, peste a comida, sudor, ruido y música vino de golpe nublando parte de sus sentidos y haciendo que sus ojos llorasen ligeramente por el ambiente tan cargado del lugar. "Dioses…"-masculló mientras terminaba de pasar al tiempo que hacía una mueca de disgusto.
"Shemlen…Ahg" – gruño Fenarel mientras cerraba la puerta de la taberna.
Después de parpadear varias veces, Lyna logró enfocar las figuras que se intuían alrededor. El local estaba repleto de seres de todos los tamaños, formas y colores. Al fondo, en la derecha, se oía una voz dulce cantar algo que no lograba entender debido al inmenso ruido de voces y lenguas mezcladas. Un laúd acompañaba esa voz aunque no ofreciera mayor concierto que un par de notas puntuales, apenas audibles. Mirando su entorno, observó atónita la cantidad de soldados que se hallaban en la sala. "Ya sé dónde están los soldados veteranos"-pensó mientras los analizaba. Muchos de ellos sentados alrededor del Bardo mientras otros bebían vino especiado al tiempo que engullían lo que parecía un guiso de buey oscuro y denso. La taberna estaba llena de shemlen y, a pesar de la escasa cantidad de mujeres, el ambiente era festivo. Analizando un poco más a las personas que allí se encontraban, divisó varias sirvientes elfas, unos pocos clientes enanos disfrutando de grandes y espumosos picheles de cerveza, y algunos gigantes que Lyna no lograba identificar y que se encontraban de pie en una esquina con los brazos cruzados. "No me gustan…" – pensó – "Parece que estuvieran esperando algo, o a alguien". Lyna tenía un mal presentimiento con respecto a estos gigantes. Sus instintos vibraban con sólo verles y, aunque no eran más de tres, parecían más Golems que seres de carne y hueso.
"Lyna, ¿Estás bien?" – escuchó una voz que le hablaba en un susurro. Ella salió de su ensimismamiento y se volteó para ver a su amigo – "Sí Fen. Vayamos a la barra". Lyna continuó su paso, esquivando como podía a varios de los clientes que se encontraban ya borrachos y bailando. Al llegar a la barra, un hombre mayor de tez oscura y ojos negros se acercó – "¿Qué os sirvo?" –
"Por el momento, dos habitaciones" – Lyna colocó el saco con las presas encima del mostrador y lo abrió dejando el contenido expuesto a los ojos del humano.
"Una habitación y una comida caliente para cada uno" – contestó el tabernero mientras miraba con astucia a Lyna.
"Dos habitaciones, dos noches y una comida caliente para cada uno ahora y para mañana" – Lyna extrajo dos monedas de plata y las puso encima del saco. El ruido hacía eco en sus orejas sensibles y, aunque quería seguir oculta bajo su capucha, tuvo que bajársela para poder entender mejor al tabernero.
"¡Ja! Eres buena, elfa. Hecho, pero ni un día más" – el tabernero cogió el saco y las dos monedas y le entregó a Lyna dos llaves – "En breve os sirven la cena". Y se marchó a la trastienda a guardar la mercancía.
"No sabía que tuvieras también talento para negociar con los shems" – Fenarel se había sorprendido con la actuación de su amiga. Ella solía ser menos tenaz para estas cosas, pero había demostrado astucia suficiente como para asegurarles dos noches de camas y barrigas calientes.
"Hay muchas cosas que aún no sabes sobre mí, Lethallin"- y guiñándole el ojo, se giró en dirección al comedor. Dio unos pocos pasos y se colocó en una esquina, intentando ocultarse ligeramente entre las sombras.
Fenarel, un poco sorprendido por ese comentario, la siguió y se colocó a su lado, mientras observaba a su alrededor - "Fen, sube a la habitación y deja las cosas. Yo te espero aquí por si vienen Varathorn y Deygan" – Fenarel asintió y se dirigió hacia las escaleras. Girando hacia la derecha, al final del pasillo, encontró una de las habitaciones. Abrió la puerta y entró. Sus ojos se ajustaron rápidamente a la escasez de luz que allí había, enfocando automáticamente los elementos que componían la habitación. Una cama no muy grande pero que parecía suficientemente cómoda, una chimenea, un escritorio con una vasija de barro y, en el suelo, una tina redonda de madera. Se acercó a la cama y dejó los sacos a un lado. "Al menos aquí no huele a vino ni sudor" – comentó en alto Fenarel. Se agachó un poco para tocar las sábanas de la cama – "¿Limpias? ¡Vaya!". Dándole un último vistazo, se dirigió hacia la salida de la habitación, cerrándola al salir. Bajó las escaleras y allí vio a Lyna, hablando con Deygan mientras Varathorn hablaba con una de las camareras. Una chispa de celos surcó su abdomen. Apresurando ligeramente los pasos, llegó hasta donde se encontraba su amiga conversando alegremente con el elfo.
"¡Oh Fen! ¿Todo bien?" – dijo Lyna alegremente mientras se volteaba a mirarle.
"Sí. Todo bien" – contestó cortante Fenarel. Al ver a Lyna tan divertida sin razón obvia preguntó - "¿Qué ocurre?"
"Oh, nada"- volteó la cara para mirar de un momento a Deygan – "Le estoy diciendo a Deygan que tendremos que compartir habitación y que, como es comprensible, yo la compartiré contigo" - se giró de nuevo para mirar a su amigo – "Pero él insiste en compartirla conmigo. ¿Tú qué piensas Fen?"
Fenarel miraba pasmado a Lyna – "¿Qué clase de pregunta es esa, Lyna?" – se oyó decir antes de que su cerebro procesase toda la información.
Lyna le miró con un ligero aire de curiosidad y, al cabo de un instante, le ofreció una sonrisa pícara – "Tienes razón, Fen. Yo decido. Así que, si no te importa, quisiera compartir la habitación con Deygan" – ella era consciente de que estaba provocando la ira de Fenarel pero le daba igual. Ella siempre provocaba a su amigo y aún quedaba noche por delante, así que quería divertirse.
Antes de que Fenarel hablase, Lyna se giró y puso ambas manos en los hombros de Deygan – "Lethallin, puedes instalarte en mi habitación después de la cena… si quieres, claro"
"Po-por supuesto que quiero… ¡claro!" – Deygan no podía creer su suerte. Iba a dormir con Lyna, una elfa de otro clan que acababa de conocer y por la que se sentía tremendamente atraído. Sin embargo, todo el coqueteo que había estado compartiendo con Lyna y la repentina aceptación de sus avances, le hizo sentirse algo incómodo. Él nunca había estado antes con ninguna mujer y, aunque siempre bromeaba con las elfas de su clan, nunca ninguna había sido tan directa con él antes. Otra duda asaltaba su mente en ese instante - ¿Querría Lyna unirse a él o… en eso ella sería también diferente?- Si era lo primero, él no podía ofrecérselo; apenas la conocía. Y si era lo segundo, sentiría que estaría mancillando parte de su cultura y tradición por una cara bonita – "Y un espíritu indomable…" –pensó mientras se secaba con el antebrazo una gota de sudor de la frente.
"Bien. Aclarado esto, vayamos a cenar. Varathorn nos espera" – continuó Lyna de forma casual. Dirigió su mirada a la mesa donde estaba sentado el maestro y, en un rápido movimiento se quitó la capa que cubría su espalda y se acomodó el collar que colgaba de su cuello. Sin voltearse para mirar a su amigo Fenarel, fue camino a la mesa donde la cena ya les esperaba.
Fenarel se quedó atónito. No podía creer la actitud tan casual de Lyna ante algo tan importante. Parecía que no le importase los sentimientos de él y eso le enfurecía. Apretó los puños y la mandíbula fuertemente. Desvió su mirada de Lyna para mirar con rabia a Deygan en su lugar; el elfo parecía nervioso, aunque tenía una sonrisa estúpida en su cara que le delataba – "Cuidado con lo que piensas. Si le pones una mano encima, yo lo sabré y no te gustarán las consecuencias" – amenazó con voz grave y lenta.
Deygan se volteó alarmado ante el comentario y sólo tragó saliva. No quiso entrar en una discusión que pudiera hacer cambiar de opinión a Lyna, así que simplemente evitó seguir mirando a Fenarel y se aventuró a seguir a Lyna hacia la mesa dejando al elfo solo de pie, con cara de pocos amigos.
Al cabo de un pequeño instante, Fenarel le siguió y los cuatro se sentaron en la mesa. "Muy bien da'len. Gracias por pagarnos la estancia y el alimento" – comentó Varathorn con cierta alegría en su voz al tiempo que se introducía una cuchara de guiso caliente en la boca.
"De nada hahren. Es lo menos que podíamos hacer por la ayuda que nos habéis prestado" – Lyna tenía un hambre atroz. Su estómago rugía con fuerza y, a pesar del enorme ruido a su alrededor, el guiso estaba siendo suficiente entretenimiento.
La música seguía sonando en la taberna. Los soldados cada vez más borrachos y más torpes. Las camareras intentaban evitar las manos de los shemlen que acudían sin vergüenza a más de una zona noble de ellas, y mientras ellas seguían conservando obedientemente la sonrisa. "Yo les rompería los dedos" – pensó Lyna con desprecio mientras masticaba fuertemente un trozo grande de carne. A pesar de ello, el ambiente era alegre y tanto shemlen, como enanos, elfos y gigantes se mezclaban sin problema en el pequeño espacio disponible. "El maestro tenía razón… aquí no llamamos mucho la atención" – su mirada se fijó en los tres gigantes que descansaban en una esquina del local. De repente, vio pasar una figura encapuchada que se detenía delante de ellos. Analizando mejor la escena, observó que uno de los hombres asentía sin mirar hacia el individuo que le hablaba. Éste finalmente se marchó, dejando al trío de enormes hombres de pie, con la misma cara seria y amenazante. "Curioso…"- a Lyna no le gustaba nada esto. Los soldados estaban tan ebrios que ninguno sería rival para semejantes bestias en caso de que la situación se complicase. Ella analizó más en detenimiento a esos gigantes y notó que los tres tenían pintura roja sobre su piel. Sus cabellos eran blancos y adornados con trenzas. Sus orejas se asemejaban a las de los elfos pero eran más gruesas y grandes y estaban adornadas con innumerables aros dorados y rojos. Sus frentes eran prominentes y el color de su piel grisácea. "No son shemlen… pero ¿Qué son?" – no podía recordar ninguna raza que tuviera esas características, sin embargo, no les quitó ojo en toda la noche.
Después de pasar un largo rato observando con curiosidad a esos hombres, sintió un pequeño escalofrío – Alguien la estaba observando – pensó mientras terminaba de tragar su último bocado de cena. Dejó su plato a un lado y, con disimulo, giró la cabeza hacia donde sentía esa presión extraña.
Al fondo de la taberna, sentando en una mesa solo y sujetando un pichel de madera, se encontraba un humano. Por la forma en la que la miraba, parecía que estuviera a punto de levantarse y clavarle una espada, pero había algo más. Lyna enfocó su mirada, haciendo uso de su aguda visión, y logró identificar sus facciones; era un hombre alto, pues la mesa le llegaba por su cintura, y de mediana edad. Su tez guardaba un tono miel sutil que disimulaba, en parte, las pequeñas arrugas que se formaban en su faz. Tenía el cabello negro liso y un par de trenzas adornaban ambos lados de su cabellera haciendo que reposaran sutilmente en cada sien. La melena le llegaba prácticamente a los hombros. Su mueca era severa aunque pareciera que fuera más por costumbre que por otra cosa. Sus cejas estaban juntas, en un gesto de desaprobación, endureciendo así sus facciones y ocultando parte de su mirada – Esos ojos… - Ella notaba su brillo desde donde estaba sentada. Pequeños orbes azules como el cielo de invierno se escondían bajo esas pobladas y largas pestañas oscuras. Algo en esos ojos hizo que Lyna se estremeciera y no precisamente de miedo. Por un momento, se perdió en ese mar de hielo que era su mirada y no veía ni sentía nada más que su respiración y sus latidos. El ruido del lugar y las figuras desaparecieron, dejándola totalmente sola con ese extraño que la desarmaba por dentro. Siendo consciente del efecto que esa mirada ocasionaba en ella, y no sin antes realizar un gran esfuerzo, apartó sus ojos de él evitando así finalmente el contacto visual.
Lyna logró desviar su mirada más abajo, hacia la armadura que él portaba. Una armadura pesada completa, perfectamente limpia y pulida, con grandes hombreras y un peto brillante que no ofrecía decoración alguna salvo algunos detalles propios de la composición de todo el conjunto. Ella se dio cuenta de que su uniforme no correspondía con el resto de soldados y guardias que allí se encontraban pero sabía que, un hombre con esa vestimenta no podía ser un mercenario o bandido; debía pertenecer a un ejército. Algo en esa armadura le llamaba la atención. Normalmente todas tenían un emblema distintivo o escudo heráldico, pero esta no. Además de eso, sentía que había algo más que no sabía explicar.
De repente su mirada se fijó en el pichel de madera que el extraño sujetaba. Los dedos del shemlen repiqueteaban en su jarra mientras que su otra mano reposaba en la mesa paralelamente a su torso. Lyna subió de nuevo la mirada y volvió a encontrarse con esos orbes helados que parecían estar cavando en su alma.
"¿Lyna?" – preguntó Deygan mientras le colocaba una mano en el antebrazo.
Lyna se sobresaltó y pegó un pequeño respingo en su silla. "¿Q-qué?... sí…" – contestó deprisa mientras miraba alterada al elfo.
"¿Estás bien?" – preguntó Fenarel con preocupación – "Has estado casi toda la cena ausente"
Lyna intentaba mantener la respiración pausada. No quería preocupar innecesariamente a sus acompañantes pero debía avisarles, al menos, de la posible amenaza – "S-sí Fen, estoy bien. Pero debemos estar atentos" – continuó Lyna – "Hay tres hombres grandes en la esquina con una actitud sospechosa" - Lyna no quería explicar lo del extraño de ojos azules. "Estemos alerta, ¿Sí?"
"No son hombres, son Tal-Vashoth." – dijo Varathorn mirando de reojo a Lyna.
"¿Tal-Vashoth?" – preguntó
"Sí. Qunari que han renegado de su religión y cultura y trabajan como mercenarios o asesinos a sueldo" – el maestro parecía muy seguro de lo que hablaba, pensó Lyna con curiosidad. La mesa se quedó en silencio. La cabeza de Lyna dando mil vueltas a las posibilidades. "Mercenarios en una taberna en Gwaren, ¿Para qué? ¿Y esa figura que les habló? ¿Sería su jefe o contratista? Algo no huele bien…" – los instintos de Lyna estaban creciendo en intensidad. El ruido de la taberna aumentaba su intranquilidad y la sensación de que estaba siendo observada incrementaba con el tiempo. Debía estar preparada para cualquier cosa. Aquí ellos estaban en desventaja y debían ser conscientes de la situación.
"Bien. Entonces tened más cuidado." – concluyó Lyna mientras se levantaba de la mesa.
"¿Adónde vas?" – Fenarel se levantó de golpe, mirándola con el ceño fruncido.
"Voy a acercarme con cuidado. Necesito detallarlos más" –
"Te acompaño"-
"No, yo te acompaño" – Deygan se levantó ágilmente de su silla y se acercó a Lyna.
"No. Voy sola. Quedaos aquí pero no les quitéis los ojos de encima" – instó Lyna mientras se alejaba despacio, perdiéndose entre la multitud.
Necesitaba pensar, vigilar de cerca y medir el peligro. No debía dar nada por sentado, así que prefirió acercarse disimuladamente y observar en detalle a esos seres.
Mientras se dirigía hacia allí, una persona ataviada con capucha y traje negro se tropezó con ella – "Mil disculpas" – oyó decir. Ella no respondió y siguió caminando. De repente, el reconocimiento se hizo evidente en su consciente y no pudo evitar sentirse incómoda sin razón aparente – "Esa voz…" – algo en esa voz le resultaba conocido. Rápidamente se giró para ver al individuo que había pasado cerca de ella, pero fue demasiado tarde; él ya no estaba. Estaba tan distraída con los mercenarios Qunari que no se dio cuenta de que el encapuchado seguía allí. Un sudor frío le recorrió la espina dorsal y se sintió vulnerable durante un momento. Después de unos breves instantes, logró contener la calma y se volteó de nuevo para ir hacia los Qunari. Sus ojos se abrieron de par en par al ver que los gigantes ya no estaban en su sitio. Girando la cabeza a los lados para ver dónde estaban, observó de pasada un movimiento en la entrada de la taberna. Sus ojos se centraron en las figuras que abandonaban el local. Salieron uno por uno y el último en salir, la miró de reojo y cerró la puerta tras de sí. "Pero qué…" – la sorpresa fue mayor al darse cuenta de que, desde un inicio, ella era la vigilada. Sus piernas la casi la traicionan. Sus latidos se aceleraban rápidamente y una sensación de debilidad se hizo patente en su cuerpo.
"¿Lyna?" – sintió una mano que tocaba su hombro. Ella se giró rápidamente empuñando una de sus dagas. El filo rozó el cuello del intruso, hasta que sus ojos se enfocaron y pudo ver con claridad que se trataba de Fenarel – "Oh… Ir abelas Lethallin…yo…" – quitó el filo de la garganta de su amigo y guardó su daga en su cinturón.
Fenarel levantó una de sus manos y frotó su cuello para calmar el picor de la fina herida que Lyna había dejado en su piel – "Dioses Lyna… ¿Qué ha pasado?... he visto salir a los mercenarios y te he visto aquí inmóvil…"
"Oh Fen… te he hecho daño…" – Lyna estaba muy nerviosa. Se acercó a él y pasó uno de sus dedos por la herida, humedeciéndolo antes para calmar el dolor que debía sentir su amigo.
Ese gesto no pasó inadvertido por Fenarel, así que sólo pudo tragar saliva y mirarla mientras ella terminaba de limpiarle.
"Los mercenarios nos estaban vigilando. Debemos avisar a los demás" – dijo Lyna mientras se disponía a regresar a la mesa. El viaje acababa de complicarse de nuevo, pensó con preocupación. Al llegar a dónde estaban Varathorn y Deygan, se sentó de nuevo temblorosa y comenzó a contarles lo que había sucedido. Su cabeza no paraba de dar vueltas. El ruido ensordecedor de la taberna se estaba volviendo insoportable. El olor a vino rancio y el sudor estaba revolviendo su estómago. Necesitaba salir un momento y despejarse. Sin pensarlo dos veces, se levantó y dijo con un tono que no admitía réplica – "Voy a salir un momento. Sola. Si tardo en llegar, no me busquéis."
"Pero Lyna-"
"He dicho que sola, Fen" – gruño.
Y diciendo esto, se colocó de nuevo su capa y capucha y salió de la taberna con sus seis sentidos puestos en los alrededores. Sabía que debía estar atenta pero también sabía que los mercenarios no iban a por ellos – "Van a por mí…" – pensó – "Pero ¿Por qué?". Demasiada tensión hizo que Lyna arrojara la cena en un pequeño arbusto que se levantaba tímido a un lado de la entrada del local. Se limpió con el revés de la mano y subió la mirada hacia el cielo. Las estrellas titilaban traviesas en el firmamento mientras que la hermosa luna bañaba de plata los tejados de Gwaren. Respirando profundamente, se quitó la capucha y se pasó hacia un lado su trenza, mientras jugaba con ella y comprobaba que, el puñal oculto al final de ella, estuviera bien atado y camuflado. Después, ambas manos fueron directo al collar que tenía en su cuello. – "Dudo que algo así disuada a bestias como esas…" – suspiró. De repente, un ruido sordo la sacó de sus pensamientos. Instintivamente, ambas manos recurrieron a sus dagas, sin llegarlas a desenvainar aunque ligeramente extraídas de su vaina. Giró el cuerpo hacia donde se había oído el ruido y comprobó que era alguien saliendo de la taberna. Sus ojos se ajustaron al cambio de luz repentina que salía del local, hasta que se posaron en la figura que allí se presentaba.
Alto, fuerte y estoico, estaba el hombre que, ratos antes, la estaba observando sentado en la taberna. Su armadura parecía brillar con magia a la luz de la luna. Su cabello de ébano, reflejaba fugaces destellos de plata.
El corazón de Lyna se paró. Sus manos seguían sujetando la empuñadura de ambas dagas y no podía moverse. La imagen tan imperturbable de ese shemlen la había dejado de piedra. Era impresionante. Más alto que la mayoría de humanos y con unos andares que no había visto jamás con anterioridad. Pisaba el suelo fuerte, pero sin esfuerzo, como si pesase lo equivalente a un Golem pero con la gracia de un Halla.
Él se detuvo. Giró la cabeza para verla y Lyna casi pega un respingo de nerviosismo al ver esa mirada de hielo, hermosa y letal, fijarse en la suya y bajar hasta sus manos para volver a subir. Ella, forzada por el instinto de supervivencia, relajó la sujeción que tenía en las dagas y bajó las manos. Se incorporó recta y, con voz temblorosa, dijo suavemente - "Buenas noches". - ¡Qué estúpida! ¿Por qué le hablo? Es un completo desconocido y, encima shemlen. Sin contar con que, minutos antes, me estaba vigilando, pensó al tiempo que esperaba alguna respuesta por parte del humano.
El hombre no contestó. Simplemente se la quedó mirando unos segundos más y asintió. Segundos después, dos soldados salieron de la taberna, sorprendiendo a Lyna de nuevo, aunque esta vez no dio muestras de ello. El humano se volteó para mirarles y ordenó – "A las Barracas. Ya".
"Sí mi señor" – uno de los soldados se dio la vuelta y volvió a entrar en el local. Gritó cuatro órdenes y regresó.
Lyna no sabía qué pensar. Parecía que este hombre de ojos inquietantes era alguna clase de jefe entre los soldados. "Pero… ¿Esa armadura…?" – gracias a Ilen, Lyna sabía que dentro de las normas de los ejércitos shemlen, todos debían guardar una coherencia en su vestimenta. La armadura de este hombre distaba mucho de ser similar a la de sus soldados tanto en composición como en decoración. Es como si perteneciese a otro lugar y, por extraño que pareciera, ella tenía la sensación de conocer la respuesta.
"En marcha" – el jefe se giró, y sin volver a mirarla, se puso en marcha con su escolta.
Lyna se le quedó mirando un rato sin saber qué hacer o cómo interpretar la situación. Este hombre tenía algo que llamaba tremendamente la atención y no podía evitar sentirse indefensa ante su mirada fría y rapaz.
Suspirando como para liberar un peso que tuviera encima, se dio la vuelta y se dirigió hacia la entrada de la taberna para encontrarse con sus amigos. Iba a ser una larga noche y aún quedaban muchas cosas por hacer- "Por los Dioses… no entiendo nada"- murmuró mientras abría la puerta y se perdía en la cueva de luz, música y ruido.
Como tantas otras noches, él se encontraba sentado en una mesa mientras bebía en soledad. Los soldados a su alrededor estaban despidiéndose de sus antiguas vidas. Pronto estarían marchando hacia Ostagar para encontrarse con las fuerzas del Rey y unirse a una batalla sin sentido que acabaría, seguramente, con miles de cadáveres de hijos, hermanos y padres que habían luchado ferozmente por mantener su tierra y sus familias. Esta noche, estaría dedicada a olvidar el futuro y disfrutar el presente. Pero no para él. Él debía pensar en el mañana. En las opciones. Era su responsabilidad.
Él no soportaba la vida de Noble. Su cuerpo y alma se habían forjado en varias batallas y su vida estaba directamente ligada a su gran y verdadero amor: Ferelden. Sin embargo, reconocía que las intrigas de palacio, a veces, evitaban que hubiera más muertes de las necesarias. Su hija sabía perfectamente que una carta bien escrita podía detener y ocasionar más guerras que una espada, y hacía buen uso de sus habilidades diplomáticas para evitar que su padre tuviera más papeleo del necesario como Comandante de los ejércitos del Rey. Se sentía orgulloso de ella, pero en el fondo sentía cierta tristeza al verla. La guerra y Maric le habían apartado constantemente de su hogar con lo que apenas vio crecer a Anora. Sentía que, una parte de él, había roto el corazón de su hija. Pero por otra parte, sentía orgullo pues, en su corazón, sabía que tanto su mujer como su hija siempre comprendieron la importancia de su labor.
De repente un movimiento inesperado en la entrada de la taberna le sacó de sus pensamientos. Dirigió su mirada hacia el par de figuras que se abrían paso entre la multitud. Sus ojos se detuvieron un instante en la figura más menuda de los dos, enfocándose en la pieza de arte que llevaba colgando de su espalda. Un arco largo hermosamente tallado, contrastaba con la capa negra que llevaba el portador. Siguió a ambas figuras con los ojos, hasta que se detuvieron en la barra. Al cabo de un momento, vio que el que portaba el arco, bajó su capucha descubriendo así dos largas orejas puntiagudas y un pelo dorado como el sol del verano. "Elfos. Y dalishanos" – pensó curioso mientras daba un sorbo a su bebida.
Observando en detalle a la elfa, notó que ella era la que llevaba la voz cantante de ambos. De repente, la vio darse la vuelta. Sus ojos se abrieron en sorpresa ante la intensa y exótica belleza que se mostraba ante él. Una tez pálida decorada con delicadas figuras en su frente y pómulos, adornaba esos preciosos y grandes ojos verdes rasgados. Una sensación tiempo olvidada recorrió su abdomen. Un recuerdo le devolvió años atrás, a una época de amantes, traición y muerte. Esta elfa tenía una esencia de aquella que logró ganarse el corazón del gran Rey de Ferelden para luego romperlo en pedazos con su muerte y traición. Su cabeza no dejaba de revivir el pasado, pero sus ojos se deleitaban con el presente.
Intentó distraerse mientras miraba a sus hombres beber y reír al ritmo del Bardo, pero sus ojos se desviaban insistentemente hacia ella. "Hacedor…estoy demasiado viejo para esto" – murmuró entre un gruñido. Se sentía cansado y le dolía la cabeza. Bajó la mirada y bebió un gran trago de vino especiado. Necesitaba dejar de pensar en el pasado y prepararse para el futuro y no podía perderse entre medias con fantasías irracionales imposibles de cumplir.
Pasaron varios minutos cuando, mirando a su alrededor, volvió a encontrarse con la elfa. Esta vez se hallaba sentada con un grupo de elfos que charlaban alegremente mientras ella permanecía en silencio, con la vista enfocada en los Qunari que esperaban desde hace días en el local. "¿Los conoce? No… los analiza" – se dijo. El semblante de esta mujer le hacía considerar la posibilidad de que fuera la más experimentada del grupo, aunque no podía evitar notar la juventud que tan dolorosamente marcaba su rostro, ofreciéndole a él un recordatorio de su propia vejez. Dejó que sus ojos permanecieran más tiempo del debido analizando a esa pequeña mujer que parecía completamente fuera de lugar. De repente y sin previo aviso, ella volteó la cabeza y sus grandes ojos verdes se fijaron en los de él como si hubieran sido atraídos por una fuerza invisible. Un escalofrío le recorrió el cuerpo, ocasionándole una sensación profunda de incomodidad. Él no podía apartar su mirada de la de ella. Ella, sin embargo, detenía la suya brevemente en su cara, pelo y, finalmente, ojos, manteniendo esos orbes esmeraldas fijamente en él durante más tiempo del prudente. Algo en su mirada, hizo que los latidos de su corazón se acelerasen, pero un instante después, ella desvió sus ojos hacia su torso, observándole con detenimiento sin temor ni pudor alguno. Él estaba inquieto. Los dedos que sujetaban su bebida repiqueteaban en la jarra. Esta elfa no parecía entender que su comportamiento era intrusivo e inapropiado. "Me está analizando...estudiando y sabe que la estoy mirando, ¿Por qué?" – no lograba entender. Normalmente los elfos huían del contacto visual con los humanos pero esta chica era diferente. Esta mujer no se sometía a las reglas habituales.
Un movimiento cercano la distrajo, apartando bruscamente su mirada de la suya. Él pudo finalmente respirar de nuevo con tranquilidad y centrarse en la batalla que estaba por venir. Sin embargo, no duró mucho. Pues, al poco tiempo después, la elfa se levantaba de su asiento y se adentraba entre la multitud, dirigiéndose disimuladamente hacia donde se encontraban los Qunari. Él, extrañado por ese comportamiento, la observó con detenimiento.
Un encapuchado se tropezó con ella y siguió su camino. Ella se detuvo un instante con un brillo especial en sus ojos y una mueca de preocupación en su rostro, pero al poco tiempo, se volteó para ver en dirección a dónde se había marchado el encapuchado. La expresión de sorpresa fue mayor, sin embargo. Pareció recuperar la compostura, y se volteó nuevamente para continuar con su camino, aunque no reanudó la marcha. Algo en sus facciones le daban a entender que ella había asimilado una verdad incómoda; sus ojos se abrieron en sorpresa, sus labios carnosos se separaron mostrando sutilmente la blancura de sus dientes. Esa expresión era de angustia mezclada con sorpresa y él conocía bastante bien esa sensación. Sin embargo, sus ojos no duraron mucho tiempo sobre la cara de la elfa, pues una figura se acercó a ella desde atrás mientras le colocaba una mano en el hombro. En ese instante, él se alteró. Pensaba que iba a presenciar un asesinato en sus propias narices y su cuerpo reaccionó al instante. Soltó la jarra y se levantó. Pero nada le había preparado para presenciar lo que vio en ese momento. Con una rapidez sobrenatural, la elfa desenvainó una daga, colocándola exitosamente en el cuello del intruso. "La daga…"- sus ojos parecían estar traicionándole. Sus pensamientos volvieron raudos hacia el pasado, recordando escenas de luchas interminables con su guerrilla, los elfos oscuros. "Sólo uno tenía un arma así. ¿Qué demonios…?" – sus ojos se abrieron en sorpresa. Esa daga tenía que ser la misma. En todos estos años, nunca volvió a ver una factura así y, por el detalle en los materiales y el estilo, estaba convencido de que era antigua.
Observó a la elfa relajarse y decir algunas palabras al que se le había acercado. Ambos se sentaron de nuevo en la mesa y él pudo, finalmente, relajarse también. Suspiro fuertemente como si quisiera regañarse a sí mismo por el impulso injustificado de hace un momento. Se volvió a sentar y cogió de nuevo su jarra mientras se distraía viendo a los soldados cantar y beber. "No debo distraerme así." – se dijo mientras se esforzaba por no mirar hacia la mesa donde esa misteriosa elfa se encontraba. Al cabo de un instante se quedó sin bebida y eso fue indicio suficiente para marcar su retirada. Se levantó de la mesa y, por un momento, sus ojos se desviaron hacia donde se hallaba la elfa. La vio salir de la taberna a paso firme, como si algo la preocupase. "Una razón más para irme" – pensó.
Debía retirarse ya, pero una parte de él tenía la esperanza de acercarse a esa elfa para observarla mejor. "Analizarla… como ella hizo conmigo" – se dijo intentando auto-convencerse de que era un interés puramente estratégico y preventivo.
Con paso determinante, se dirigió hacia la entrada y abrió la puerta para salir. La brisa fresca de la noche le golpeó la cara, despejando parte del agotamiento que sentía. Sus ojos se ajustaron a la escasa luz y cuando se quiso dar cuenta, estaba a unos pocos pasos de la elfa, mientras que ella le miraba con ambas manos en la empuñadura de sus filos. Él la observó con detenimiento y cierta estupefacción. A la luz de la luna era casi más bella, si acaso eso era posible. "Buenas noches"- una voz dulce y temblorosa resonó en sus oídos, levantando cada vello de su cuello en respuesta a la perfecta inocencia de su tono. Él no podía articular palabra. Le había pillado desprevenido y se sentía demasiado mayor como para iniciar una conversación con una extraña, por muy bella e intrigante que fuera. Lo único que logró hacer fue asentir. En ese instante, dos de sus soldados salieron de la taberna. Aprovechó el momento para ordenarles la retirada a las barracas y, después de que uno de ellos avisara a gritos al resto que seguía celebrando, se dio media vuelta y, sin voltearse a mirarla de nuevo, se marchó.
Por el camino, no pudo evitar pensar en lo largas y solitarias que eran sus noches. A veces sentía que el cálido roce de una mano atenta sería suficiente para romper su semblante imperturbable, pero su corazón ya no podía albergar esas ilusiones. "El tiempo ya pasó" – se dijo mientras fruncía el ceño nuevamente, haciendo que el peso del mundo se volviera en su contra de nuevo.
Da'len: pequeño niña/a.
Ma nuvenin: como desees.
Vallaslin: escritura de sangre. Tatuajes que representan la llegada a la adultez de los elfos dalishanos y que honran a los dioses del panteón.
Virassan: Camino de la Flecha (Nombre del arco de Lyna)
Ir abelas: lo siento
Ma falon: amigo mío.
Hahren: anciano. Muestra de respeto.
Lethallin: término de cariño hacia un hombre.
Lethallan: término de cariño hacia una mujer.
