A la mañana siguiente Hermione se levantó de muy buen humor. Tras contemplar de nuevo la nieve caer por su ventana, algo que le gustaba especialmente, bajó a la Sala Común en busca de sus amigos.
Los encontró con cara de sueño, sentados cada uno en un sillón, tan absortos como si ninguno supiera de la existencia del otro.
—¡Chicos! —Gritó Hermione, y Harry y Ron dieron un brinco, asustados— ¿Qué os pasa?
—Nada… yo he dormido más bien poco —. Dijo Ron bostezando y volviendo a acomodarse en el sillón.
—¿Qué tal anoche? Las gemelas Patil iban muy guapas, la verdad.
—Bah, fue una noche bastante aburrida- admitió Harry- Además que las gemelas se cansaron pronto de nosotros.
—Vaya chicos, lo siento.
—Oye, y ¿tú por qué no nos dijiste que ibas al baile con Krum? — Dijo Ron con los ojos como platos— No nos íbamos a reír ni nada por el estilo.
—Ya bueno, es que como sois tan pesados… —. Rió la chica.
Bajaron a desayunar. En el Gran Comedor ya no se oía el bullicio que había reinado horas anteriores, ni el nerviosismo de chicos y chicas, sino que estaba especialmente tranquilo, algo que Hermione agradeció, pues prefería la quietud.
Mientras tomaba su desayuno, no podía dejar de pensar en que iba a ver a Barty. Le había dicho que él la buscaría, y todo el tiempo buscaba entre la gente por si lo veía acercarse… pero nada. Ni siquiera estaba en la mesa de los profesores, como era habitual, pero eso no extrañó a Hermione.
Ya se iban a levantar de la mesa cuando lo vio: entraba con paso rápido al Gran Comedor y pasó al lado de Hermione; esta sonriente esperaba que le dijera algo, pero pasó de largo, y la chica se quedó allí pasmada, con la boca abierta de desconcierto. Se dio cuenta de que algunos alumnos la miraban con curiosidad, y enseguida salió de allí a toda prisa, con la vista fija en el suelo.
Durante todo el día estuvo muy inquieta: Moody le había dicho que ese día la buscaría para verse, y no veía el momento en que eso ocurriera. Pero conforme las horas pasaban la chica se iba desilusionando, pues cada vez que se cruzaban él ni siquiera la miraba, lo que desconcertó a Hermione y la hizo sentirse una tonta.
"Otra vez se ha reído de ti, Hermione- se decía- Madre mía, soy patética". Odiaba esa sensación de ser una arrastrada, de ser rechazada continuamente… pero no podía evitarlo. Lo que sentía la cegaba, le hacía actuar y pensar como nunca lo había hecho: como una mujer, y por primera vez se dio cuenta de que ya no era ninguna niña, y no iba a permitir que nadie se riera de ella, aunque tuviera que defenderse con uñas y dientes.
El sol se iba poniendo entre las blancas nubes invernales, proyectando rojizas sombras en el castillo, y la gente comenzaba a entrar en el Gran Comedor para la cena. Hermione no había hablado con Moody, este no se había acercado a ella, había faltado a su palabra, y la chica se sintió hundida; apenas miraba su plato y no hacía más que remover el contenido distraídamente.
—¿Te encuentras bien Hermione? —Le preguntó Harry preocupado.
—No, es que no tengo mucha hambre —. Mintió. Se dijo que ya no tenía por qué mentir, pero era imposible no hacerlo si el hombre al que quería ni siquiera era quien decía ser.
—Bueno, ya sé qué vamos a hacer esta noche- dijo Ron intentando animarla- Seguro que te hace especial ilusión ayudarnos a hacer nuestros deberes.
Hermione no pudo evitar reírse, y pensó que tenía los mejores amigos del mundo. Se obligó a disfrutar del tiempo que quedaba para que terminara el día con Harry y Ron, y una vez terminada la cena (que Hermione apenas probó) se levantaron de la mesa de Gryffindor.
Se disponían a salir del Gran Comedor cuando alguien agarró a Hermione del brazo, y la chica se giró: era Moody. Se quedó blanca, pues ya se había resignado a que no fuera a buscarla… pero allí estaba, e iba a hablar con ella.
—Granger, he de hablar con usted- dijo Moody seriamente —. Es importante.
Hermione tragó saliva, e intentando poner cara de no saber nada, asintió y dijo a sus amigos que luego se encontraría con ellos en la Sala Común. Estos algo extrañados, la dejaron con Moody.
—Tenemos que hablar sobre las clases particulares que quiere que le imparta —. Dijo el hombre, al tiempo que Snape pasaba por su lado y el odio se filtraba a través de sus ojos negros. Cuando el profesor de Pociones se hubo retirado de la vista, Moody por lo bajo, pidió a Hermione que lo siguiera hasta su despacho.
La chica siguió a Moody a través de los pasillos, y lo hacía como cualquier alumna iría al despacho de su profesor… pero en su interior su sangre bullía y la embargaba un sentimiento de euforia contenida, como si fuera a explotar de la emoción. Sabía que sólo iban a hablar, pero ella lo deseaba: eso era menos que nada, lo prefería a no verle. Porque quería verle, y lo necesitaba.
Llegaron a la puerta de su despacho. Moody dio varias vueltas a su ojo mágico para asegurarse de que estaban solos en el pasillo, invitó a Hermione a entrar y luego él hizo lo propio.
Una vez dentro la chica se sentó en un taburete, con la vista fija en la pared, y Moody se sentó frente a ella. No sabía cómo reaccionar, ni de qué iban a hablar, pero lo que tenía claro era que quería hacerlo con Barty, no con Moody.
—¿Ya termina el efecto de la poción? —. Preguntó. Las piernas le temblaban.
—Sí, ahora mismo… —. Y de repente, otra vez esas arcadas. Moody cayó al suelo y comenzó a retorcerse; Hermione sabía que la poción se agotaba, pero no pudo evitar pensar en ayudarlo, en aliviar su dolor de alguna manera. De repente y, tras unos instantes de agonía, el áspero y viejo rostro de Moody dio paso a otro joven y más suave, de facciones marcadas: era Barty el que se hallaba en el suelo.
Hermione lo ayudó a levantarse y sentarse en una silla. La chica se quedó impactada por el increíble atractivo de aquel hombre, y cuando se dio cuenta de que su mano acariciaba el rostro de Barty la apartó al instante, como si se hubiera quemado.
—Lo siento- dijo Hermione sonrojándose.
- No te preocupes — dijo Barty sonriendo. Su voz era grave, pero más agradable que la de Moody—. A mí también me gusta más esta cara.
La chica sonrió. Se quedaron un momento mirándose, y a Hermione le pareció una eternidad. Luego Barty habló.
—Bueno Granger, aquí estamos. Sé que quieres saber más de mí, puesto que la última vez que estuvimos en mi despacho no te traté como debía, y no te conté apenas nada.
Hermione sólo quería abrazarlo y besarlo, y no dejarlo marchar nunca, pero también pensó que sería buena idea saber con quién estaba hablando realmente, así que asintió.
—Creo que debo ser cuidadoso con lo que cuento, puesto que mi vida puede estar en peligro, así que si no te importa, yo decidiré qué contarte—. La chica volvió a asentir… lo miraba fijamente, como hipnotizada. Aunque quería saber de él, estar allí juntos era suficiente.
