Nota: La historia le pertenece a la escritora española Josephine Lys, solo adapte la historia para los personajes de Candy Candy que le pertenecen a pertenecen a la escritora Kyoko Mizuki, la dibujante Yumiko Igarashi y Toei Animation. también aparecen algunos de los personajes originales de la historia.
Capítulo 13
Candy cerró los ojos mientras la brisa le acariciaba la cara y el sol le calentaba tímidamente el rostro. Todo lo que había ocurrido el día anterior y esa misma mañana la había dejado exhausta. Solo en ese instante empezaba a sentir que la tensión que la había acompañado durante las últimas horas aflojaba su abrazo para darle la calma que tanto había intentado conquistar.
La familia se había tomado bastante bien el hecho de que ella se hubiera disfrazado. Terry los había reunido a todos y les había expuesto la situación. Gracias a Dios, había sido muy cuidadoso al explicar las razones de su mentira.
Había estado presente en la conversación. Le había dicho a Terry que prefería dar la cara ante todos, porque era lo correcto. Todavía podía recordar cómo se le habían abierto los ojos al Duque cuando la vio entrar, así como la exclamación de Annie, que tuvo que sentarse al enterarse de que ella era la misma Candice Greyson con la que había convivido durante las últimas semanas.
La que más la sorprendió fue Pauna. La miró como si hubiese visto a una antigua amiga, con igual intensidad que si creyese estar viendo a un fantasma. Después, como si nada hubiese ocurrido, le guiñó un ojo y se sentó junto a los demás.
Al terminar de hablar Terry, las expresiones de los presentes no tenían desperdicio. Annie la miraba con lágrimas en los ojos, el Duque, con comprensión, y Pauna como si intentara recomponer un rompecabezas al que le faltaran las principales piezas. Se quedaron en silencio unos instantes para después hablar todos a la vez, echándose a reír al unísono por el bullicio que estaban formando. La verdad es que la habían sorprendido. Nadie le reprochó lo que había hecho y, al contrario de lo que podía haber imaginado, la arroparon con su aceptación y su entendimiento como si nada hubiese cambiado.
Annie se había quedado con ella después de que cada uno volviera a sus obligaciones. La había abrazado y le había dicho que solo lamentaba que no hubiese tenido la confianza suficiente como para contarles la verdad.
A los niños, con los que había hablado en el desayuno, no volvió a verlos hasta esa tarde en que fueron al lago a dar un paseo. Ellos se comportaron igual que siempre, sin hacer ninguna referencia al evidente cambio. La noche anterior habían sido los primeros en verla tal cual era, en descubrir su disfraz y, salvo la sorpresa de Anthony, no habían dado muestras de sentirse enojados o molestos por su engaño.
Ahora tranquila, sentada sobre la espesa hierba, los veía correr intentando atrapar a Anthony, que le había quitado el sombrero a Margareth y amenazaba con tirarlo al agua para ver cuánto tiempo tardaba en hundirse.
El fresco de la tarde empezó a ser cada vez menos sutil, y el sol, que tan solo unos momentos antes coloreaba el cielo, empezaba a retirarse con paso lento, pero firme por el horizonte.
—Vamos, niños, hemos de volver —dijo Candy riéndose al ver a Lizzy colgada de los pantalones de su hermano en un intento por sujetarlo para que Margareth pudiese alcanzarlo.
—Anthony, devuélvele el sombrero a tu hermana y regresemos. Parece que se avecina una tormenta —les dijo Candy mientras observaba los nubarrones oscuros que con rapidez cubrían el cielo.
Todavía estaba mirando a las nubes cuando oyó el grito de Anthony. Al parecer, en su incesante lucha por desembarazarse de sus hermanas, había resbalado y caído al lago.
—Maldición —exclamó Candy antes de echar a correr para sacar al niño del agua.
Sin pensarlo ni un segundo, y ante la horrorizada mirada de las niñas, Candy saltó al agua al lado de donde Anthony chapoteaba con sus brazos en una serie de aspavientos, en el intento de mantenerse a flote. Tomó al niño por debajo de los brazos y empezó a nadar para cubrir la escasa distancia que los separaba de la orilla. Menos mal que estaban cerca, porque si hubiesen sido varios metros, en vez de uno solo, la ropa de Candy que empezaba a pesar como yunque los hubiese hundido a los dos. Una vez fuera, Candy abrazó a Anthony, que no dejaba de escupir agua. Todavía llevaba fuertemente agarrado en su mano derecha el sombrero de Margareth, que ahora parecía el desecho de algún experimento científico.
—Estoy bien, señorita Greyson —le dijo Anthony en un susurro—, lo siento.
—No te preocupes, Anthony.
—Usted nos dijo que no nos acercáramos tanto a la orilla y no le hice caso.
—Lo importante es que estás bien —le dijo Candy sin poder dejar de abrazarlo. No le había dado tiempo a reflexionar sobre lo que podía haber ocurrido, pero ahora que revisaba los últimos instantes sentía que un miedo atroz contraía cada uno de sus músculos. Sintió tiritar al niño entre sus brazos. Ella misma sentía cómo la frialdad de sus ropas mojadas iba introduciéndose en su interior hasta llegarle a los huesos.
—Vamos, tenemos que calentarte antes de que te enfermes.
Margareth, que hasta entonces había estado callada, los ayudó a levantarse, mientras que Lizzy se abrazaba gimoteando a su hermano como si no quisiera despegarse de él jamás.
Unos tímidos relámpagos cruzaron el cielo. Sería un milagro si llegaban a casa antes de que empezara a llover. Se apresuraron corriendo algunos tramos. Candy alzó a Lizzy en brazos, mientras Anthony con el chal de Candy sobre su espalda intentaba detener los temblores que lo sacudían. Margareth miraba preocupada a su hermano y a Emma, que disimulaba el frío que sentía así como el castañeo de sus dientes. Al entrar en el vestíbulo, Johnson los recibió con cara de asombro. Reaccionando con presteza ante el cuadro que tenía delante, empezó a repartir ordenes a diestro y siniestro.
Pauna, que bajaba las escaleras junto a Annie, soltó una exclamación al verlos.
—Virgen santísima, ¿pero qué es lo que os ha ocurrido?
—Anthony se cayó al lago —le dijo Candy mientras soltaba a Lizzy en el suelo.
—¿Qué se ha caído dónde? —preguntó Sarah alterada.
—¿Pero cómo ha podido suceder?
—Es culpa mía —dijo Candy sintiendo que les había fallado a las dos mujeres.
—Eso no es cierto, tía —dijo Anthony entrecortadamente—. La señorita Greyson nos dijo que no nos acercáramos a la orilla y no le hicimos caso. Ha sido un accidente. Es más, ella se lanzó al lago para sacarme del agua. Si no hubiese sido por ella...
Candy vio la cara de angustia que las últimas palabras de Anthony habían provocado en Pauna y Annie.
—Anthony está empapado, y es necesario que tome un baño caliente inmediatamente si no queremos que se enferme —le dijo Candy a Pauna.
—Sí claro, claro. ¡Johnson!
—Milady —dijo el mayordomo que se encontraba a escasos pasos de ellas hablando con una de las criadas.
—Haz que preparen un baño caliente para...
—Ya está preparado milady, así como he hecho encender el hogar de su habitación y he mandado preparar chocolate bien caliente para todos.
—Perfecto, Johnson.
Annie se llevó a las niñas mientras que Pauna y Candy acompañaron a Anthony a su habitación.
—Lo siento mucho, Pauna. No hay excusa. No debí apartar los ojos de ellos ni por un instante.
—No debes mortificarte de esa manera, Candy. Ha sido un accidente y gracias a Dios no hay nada que tengamos que lamentar. A cualquiera podría haberle ocurrido. Yo sé lo que sientes por los niños y sé cuánto te preocupas por ellos. Sé con certeza que no ha habido negligencia alguna por tu parte en su cuidado. Además, si tú no hubieses estado allí no se qué hubiese sucedido. Has salvado a Anthony y eso es lo que cuenta.
—Gracias, Pauna.
—De nada —le dijo apretando su mano con cariño.
—Dios mío, estás helada, y empapada —le dijo de repente mirándola con reprobación. Será mejor jovencita que tú también te des un buen baño caliente antes de que te congeles del frío.
—Pero Anthony...
—El niño está bien, no te preocupes. Ve y quítate esa ropa mojada. Es una orden.
Candy sonrió antes de dejar la habitación, iba a echarlos mucho de menos cuando tuviera que dejarlos.
—¿Que mi hijo qué?
—No levantes la voz, Christopher —le dijo Pauna frunciendo el ceño.
—¡Me dices que Anthony ha estado a punto de ahogarse esta tarde y pretendes que me quede tan tranquilo!
Estaban todos, salvo Candy y los niños en la salita contigua al comedor esperando a que Johnson les avisara que la cena estaba lista.
—Tu hijo está bien.
—Pero podría no estarlo. ¿Que estaba haciendo Candy mientras Anthony se caía al lago?
—No le eches la culpa a ella —le dijo Pauna en tono cortante—. Les había dicho que no se acercaran a la orilla, pero tú mejor que nadie sabes lo rebelde que es tu hijo. Ha sido un accidente, y si no llega a ser porque Candy se tiró al lago y lo sacó de allí, no sabemos qué hubiese ocurrido.
Terry, que había estado callado mientras Pauna contaba lo sucedido, se acercó a su hermano, que permanecía sentado en uno de los sillones de la habitación.
—Pauna tiene razón. Mi sobrino no es de los que hacen caso de las advertencias. Nos podría haber sucedido a cualquiera de nosotros. Acuérdate de aquella vez que le prohibiste saltar con el potro y fue lo primero que hizo cuando le diste la espalda.
Christopher sabía que Terry tenía razón, pero el miedo que había sentido al saber lo ocurrido esa tarde lo había hecho estallar.
—¿Cómo está Candy? —le preguntó Chris a Pauna.
—Está bien. Llegó empapada y muerta de frío, pero lo único que le preocupaba era saber que Anthony recibía los cuidados necesarios. Hace un rato pasé a verla. Me dijo que estaba bien, pero muy cansada, que iba a acostarse temprano.
—De acuerdo, mañana hablaré con ella.
—Chris —le dijo Terry a modo de advertencia.
—No se preocupen—dijo el Duque levantando una mano a modo de tregua—, no voy a reprocharle nada, solo voy a darle las gracias por haber salvado a mi hijo.
Candy sentía que le dolían todos los huesos y que la cabeza le palpitaba. Ella nunca se enfermaba, pero allí estaba, acurrucada en la cama bajo vanas mantas tintando de frío y maldiciendo a la habitación que no paraba de dar vueltas. Era de lo más frustrante. Le había mentido a Annie cuando había ido a verla porque no quería que se preocupara, y además pensaba que, si descansaba esa noche, por la mañana estaría como nueva. Ya no estaba tan segura de ello.
Terry se asomó a la habitación de Anthony para ver que su sobrino dormía plácidamente. Después de la cena se había quedado con su hermano hablando de la propiedad. Cuando. Christopher se retiró a dormir, él permaneció unos momentos más en la biblioteca leyendo con detenimiento la carta que había recibido de Stear. Su amigo le comunicaba que no había habido grandes progresos en la investigación, pero que creía que en breve podría arrojar luz sobre el misterioso asunto. Eso solo podía significar que Stear tenía alguna sospecha sobre lo sucedido, pero que prefería asegurarse antes de compartirlo con él, porque hasta ese momento, las pistas habían conducido a callejones sin salida.
Cerró la puerta de la habitación de su sobrino suavemente para no perturbar su sueño. Había sentido la necesidad de comprobar que Anthony se encontraba bien. En los últimos dos años, y sobre todo en las últimas semanas, los niños se habían convertido en una parte muy importante de su vida.
Camino a su dormitorio, oyó unos suaves quejidos. Aguzó el oído para descubrir de dónde procedían, y se acerco al cuarto de Candy cuando comprendió que el sonido venía de su interior. Entró en la habitación y fue hasta la cama. La luz de la luna llena que entraba por la ventana le permitió vislumbrar la figura de Candy acurrucada en mitad de la cama, temblando sin cesar.
—Maldición —masculló entre dientes cuando al tocarla comprobó que estaba ardiendo.
Encendió la vela que había encima de la mesilla. El rostro de Candy estaba enrojecido por la fiebre mientras aferraba las mantas con la mano en un intento por controlar el frío que la invadía.
Terry acercó la palangana de porcelana, en la que vertió agua fresca. Humedeció un paño y se lo puso a Candy en la frente mientras ella se quejaba. Sintió una oleada de ternura tal al verla así que lo dejó sin palabras. Tuvo la necesidad de protegerla, de cuidar de ella. Ese era un sentimiento nuevo para él, desconocido y sorprendente. Durante buena parte de la noche, permaneció sentado a su lado, aplicándole paños fríos para bajarle la liebre.
Cuando dejó de quejarse, Terry se acostó junto a ella atrayéndola hacia sí y estrechándola en sus brazos. Poco a poco, los temblores que sacudían a Candy fueron desapareciendo hasta que quedó sumida en un sueño profundo. Su respiración lenta y regular así se lo indicó.
Terry le apartó un mechón de pelo que tenía pegado a la mejilla. Dejó los dedos sobre la piel de Candy, asombrado por su suavidad y tibieza. Sin poder evitarlo, sus ojos se posaron en sus labios e inmediatamente se sintió tentado por ellos. Estaban parcialmente abiertos, invitando a saborearlos hasta volver loco a un hombre. Tampoco le ayudaba a mantener la cordura el tener plena conciencia de su cuerpo.
Pegado a ella podía sentir todas sus curvas. Esa iba a ser una de las noches más largas de su vida. Si había un infierno, estaba claro que sería algo como aquello.
Ahora que la tenía entre los brazos, recordó el día en que la vio por primera vez. Los había engañado a todos con su disfraz, incluso a él, que había conocido la cara más amarga de la vida y del ser humano y que presumía de no sentirse sorprendido por nada. Sin embargo, había algo en lo que Emma no había podido mentirles: no había podido esconder a la verdadera mujer que llevaba dentro. A pesar de todo su autocontrol, pensó Terry sonriente, había saltado como una fiera ante sus envites, había olvidado su papel de institutriz por momentos y lo había enfrentado como ninguna mujer lo había hecho. Le había tornado cariño a toda la familia y lo había demostrado con creces contradiciendo la imagen de fría e insulsa institutriz que tanto se había esforzado en representar. Había que reconocer que tenía ingenio, y un carácter de mil demonios, pero también podía ser la más dulce de las ninfas y rendir su corazón al más necesitado. Esa era la combinación que lo enloquecía y le hacía difícil alejarla de su mente. Era un misterio y él estaba decidido a resolverlo. Candy dijo algo en sueños que lo arrancó de sus pensamientos.
—Tranquila, cariño —le dijo mientras acercaba los labios a su frente.
La fiebre había bajado. Esa era una buena señal. Pauna le dijo que Candy se había tirado al lago para salvar a Anthony. Seguramente había permanecido con las ropas empapadas hasta asegurarse de que el niño recibía todas las atenciones. Solo había que conocer su vena testaruda para comprenderlo. Tenía suerte si solo se trataba de un enfriamiento.
Candy soltó un suspiro mientras encontraba en el hombro de Terry la mejor almohada. Cruzó una pierna sobre los muslos de él e hizo que el Conde soltara una maldición.
Ya no cabía duda de que Candice Greyson lo volvería loco.
Candy pensó que si hubiese sido atropellada por un carruaje no estaría peor de lo que estaba. Sentía su cuerpo dolorido y débil. Al intentar abrir los ojos, un dolor sordo le atravesó la cabeza a la vez que sintió que algo pesado sobre su cintura le impedía moverse.
En ese preciso instante tomó conciencia de que aquello que rodeaba su cintura era un brazo y lo que sentía pegado a ella era un cuerpo tibio, fuerte y agradable. Se obligó a abrir los ojos, que enfocaron con rapidez el rostro de la persona que la estaba abrazando. Si cuando comprendió que no estaba sola en la cama estuvo a punto de armar un escándalo, al ver que era Terry quien la abrazaba estuvo a punto de tener el primer desmayo de su vida. ¿Cómo había llegado allí? ¿Qué había ocurrido? Candy intentó concentrarse en la noche anterior. Se acordaba de haberse sentido enferma y de haberse metido en la cama. También se acordaba del frío que tenía y del dolor palpitante en las sienes, ¿pero cómo demonios había acabado Terry en su cama? Cerró los ojos esforzándose en hacer memoria. Sabía que había tenido fiebre y que había sentido a alguien en su habitación. Alguien que le había puesto algo húmedo en la cabeza y que le había susurrado palabras tranquilizadoras. Alguien que la había abrazado y había mantenido a raya los temblores que la habían amenazado con hacerla pedazos. Habría jurado que tan solo era un sueño, pero ahora sabía con certeza que había sido real. Que Terry en algún momento de la noche había entrado en su habitación y había cuidado de ella.
Al parecer, se había quedado dormido abrazándola. En ese momento era más que consciente de su cuerpo. Ella tenía una mano encima de su pecho que bajaba y subía lentamente con cada respiración. Las yemas de los dedos podían captar la dureza de sus músculos y la tibieza de su cuerpo. Tenía una pierna encima de los muslos de él, por encima de su cadera. Se sonrojó al advertir que era una postura demasiado íntima como para no sentirse turbada por ello. Estaba claro que la fiebre debía haber hecho que bajara la guardia, aunque ahora se sentía mucho mejor y no se decidía a acabar con ese abrazo. Era demasiado tentador. Desde que era una niña había aprendido a estar alerta y a mantener las distancias con los extraños hasta que le demostraban que se podía confiar en ellos. A pesar de conocer a mucha gente, solo unos pocos contaban con su amistad y con su afecto, y eso había llevado tiempo. Sin embargo, con Terry habían bastado solo unas pocas semanas para que sus defensas cayeran como si de un castillo de naipes se tratara.
Lo miró a la cara y sintió que su corazón se estremecía. Así dormido parecía un muchacho. Tenía el rostro relajado, sin esa tensión que con frecuencia trataba de disimular tras su irónica sonrisa. Un mechón castaño se había deslizado hasta su frente y le daba un aspecto rebelde imposible de no adorar. Sus largas pestañas le restaban dureza a las facciones y lo hacían parecer casi angelical. Qué distinto del hombre que era cuando despertaba, un hombre en el que se veía con claridad que había vivido demasiado y sufrido en silencio. Un hombre que destilaba ironía y que enmascaraba con el humor las afrentas de la vida. Un hombre al que parecía no importarle nada, pero que por su hermano y sus sobrinos hubiese dado la vida.
Llevada por un impulso, le rozó la mejilla con los dedos en un intento de romper el hechizo que cada vez se cernía con más intensidad sobre ella. Ese hombre estaba haciendo estragos en su autocontrol, en sus ordenadas emociones. Era verdad que había corrido riesgos y que era como su tía María le decía una y otra vez: una rebelde entrometida, pero jamás había sido impulsiva ni valiente con el corazón. Sabía cuál era el precio de esa locura y había aprendido la lección. Veinte años de recordatorio continuo eran más que suficientes como para no querer arriesgarse. Sabía que no todas las relaciones eran así. Su tía María había conocido el amor y había sido feliz, sin embargo, Candy era reacia a dejarse llevar por esas emociones. Cuando había sentido que algún hombre podía captar su interés se había distanciado sin pensarlo. Pero, por primera vez, eso le estaba resultando imposible. Era como si Terry fuera un imán y ella no pudiese resistirse a su atracción.
La mejilla estaba algo áspera por el vello de una incipiente barba. Deslizó los dedos siguiendo el curso de su garganta, donde la nuez sobresalía ligeramente. Se sentía como si estuviese haciendo algo prohibido y peligroso, y a la vez encontraba natural el contacto de sus dedos contra la piel de él.
Lo vio mover los ojos como si estuviese a punto de abrirlos. Sintiéndose como una imbécil por acariciarlo, se hizo la dormida.
A los pocos segundos, lo sintió despertar. Pasó un rato sin que se moviera, lo que la puso nerviosa. Podía sentir la mirada fija en ella observándola como antes había hecho ella con él. Lo escuchó aspirar con fuerza y notó cómo su mano presionaba más en su cintura para atraerla hacia su cuerpo. Después, con una ternura que desconocía en él, le rozó la frente con los labios. Su madre cuando era niña hacía lo mismo para saber si tenía fiebre. Esa era una de las pocas cosas que no había olvidado de ella. Sin embargo, la respuesta de su cuerpo al sentir los labios de Terry no tenía nada de inocente. El estómago le había dado un vuelco mientras el calor se extendía hacia su vientre.
Pauna le había insinuado que Terry era un hombre duro que ataba con mano firme sus emociones y que se creía desprovisto de nobles sentimientos. Allí tenía la evidencia de que esa afirmación era absolutamente errónea.
Después de unos minutos, Terry se levantó con sumo cuidado y la abrigó con la mayor de las delicadezas.
Estaba en un buen lío. Si antes temía poder estar enamorándose de Terrence Grandchester Baker, ahora no le cabía duda de que eso era lo que le terminaría ocurriendo.
Nota: Hola Gente! Buen Lunes! Espero que es haya gustado este capitulo, Espero que tengan una muy buena semana! Nos vemos en el próximo capitulo, sigan comentando!
Besos y abrazos
Consti Grandchester
