—Capitulo 13—
— Diciembre 18. Lunes
— Brower Enterprise
El vuelo a Nueva York, había despegado del Aeropuerto de Ezeiza en punto de las 11 de la noche, en que los pasajeros podrían gozar de un viaje tranquilo y un sitio para dormir. Michael, se había encargado de reservar los vuelos y de dejar en orden las cosas en el hotel. Como si partida se había programado para la última noche de su estancia en Argentina, nadie de Kleiss Industries se presentó para despedirles —más por pedido de Anthony que por iniciativa propia—, mucho menos Karen.
Anthony resintió su ausencia, tanto como había resentido tratarla tajante aquella tarde, pero fiel a sus ideales, era consciente de que hacía lo mejor para los dos. Con el amanecer en Nueva York y un día tranquilo, aunque con la siempre esencia de un día lunes y cercano al invierno, los miembros de Brower Enterprise arribaron a América en punto de las 9 de la mañana.
Como estaba estipulado, un auto ya les esperaba y tan pronto los dejó en sus hogares, ambos se retiraron a sus respectivas actividades. Anthony, tomó su tiempo en la ducha, queriendo relajar los músculos entumecidos por el viaje y solo cuando se sintió realmente preparado dejó el apartamento, cerrando con llave aquellas memorias que lo llevaran a la castaña inglesa-argentina que había conocido en Buenos Aires.
Luego de 15 días sin conducir el Porsche aparcado en el estacionamiento de su edificio, el rubio se sintió realmente cómodo conduciendo por las calles que tan bien conocía. Por ahí y por allá, los adornos de Navidad ya habían sido colocados y las series luminosas podían advertirse bordeando los escaparates del centro. Faltaba poco para que las fiestas cayeran sobre ellos, junto con el invierno —al menos oficialmente—
«¿Qué haremos en esas fechas?» se preguntó, evocando a Candy a sus memorias.
El reloj marcaba las 11, cuando el presidente de la empresa fue recibido por el personal. Katherine, su fiel secretaria —y quién había quedado al mano esas dos semanas, al menos de su oficina— le puso rápidamente al tanto de los acontecimientos suscitados en su ausencia y lo informó de la junta que tendría lugar esa tarde, con motivo de su regreso.
— Por cierto, joven Brower— le llamó Katherine, antes de retirarse y sosteniendo en sus manos un sobre amarillo— Esto llegó ayer. Viene de G Corporation y está dirigido hacia usted— le informó. Anthony tomo el sobre y aguardo a que la secretaría se retirara para abrirlo. Dentro, George White, dueño de G Corporation, le extendía un invitación.
Según la tarjeta contenida en el sobre, uno de los inversionistas de más alto renombre en América, tanto por su gran ingreso en acciones como por tratarse del dueño de una de las empresas privadas más conocidas, había decidido extenderle la invitación, a una gala organizada con motivo de su último y más reciente proyecto filantrópico dirigido a la protección del medio ambiente. Como era de suponerse, aquella gala contaría con una subasta para adquirir donaciones destinadas al objeto central de la fundación.
Con una sonrisa de oreja a oreja, Anthony guardó la invitación dentro del sobre y la dejó a un lado. Esperaría hasta después de la reunión de esa tarde para ir a ver a Candy, como le había dicho en su última llamada.
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Con una nueva mirada al documento en sus manos, Terry dio por finalizadas sus investigaciones personales y se puso de pie. Dorothy, su fiel secretaría, le siguió hasta el auto hablando de los detalles y solo se calló cuando Terry pidió al chofer que les llevara al lugar al que debían dirigirse. El camino fue —relativamente— corto y en menos de lo esperado, se vieron en el sitio donde debían estar. Aunque los alrededores rebozaban de la alta alcurnia de Nueva York, el barrio que pisaban era tan pobre que recordaba al inglés, los sitios más bajos que había visitado en Inglaterra, en sus días como adolescente masoquista y rebelde.
— ¿Es aquí, señor?— preguntó Dorothy, sorprendida de ver a su jefe tan sonriente estando en donde estaban.
— Por supuesto Doro, no podría ser en otro lugar— respondió el chico, con una sonrisa en los labios— Venga, tenemos que verles— le dijo y con paso apresurado se dirigió al interior del edificio de apenas un piso y fachada desmantelada que se erguía frente a ellos. «Pero sí que el jefe es raro» pensó Dorothy, un momento antes de seguirle.
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— ¿Anthony?— cuestionó Candy, visiblemente sorprendida, ante el ramo de hermosos tulipanes amarillos que el rubio sostenía frente a ella. A sus espaldas, un pequeño de apenas cinco años en compañía de su madre, sonreían divertidamente ante la interrupción del chico de ojos azules que acababa de irrumpir en el consultorio. El joven, dejó entrever un sonrojado rostro por detrás de las flores y sonrió, tímidamente.
— Lo siento, yo… Sandra no estaba, entonces… Esperaré afuera— se disculpó. Candy rió por lo bajo y negó por la cabeza.
— No te apures, nos estábamos despidiendo. Señora Smith, nos veremos la siguiente semana. No olvide obligar a este chiquillo a beber los brebajes mágicos, ¿eh?— se despidió la rubia.
— No se apure, verá que se los bebe. Hasta la semana siguiente doctora— se despidió la señora, tomando de la mano a su pequeño— Con permiso— su sonrojo, hizo saber a Anthony que su aparición no iba a pasar inadvertida. Momentos después, dejando las flores y la bata en el consultorio, Candy se dirigía junto al rubio al primer restaurante que hallaran a su paso.
— Siento haber entrado así…— comenzó el rubio, cohibido. Candy rió.
— Venga, no te apures. Lo entiendo— le aseguró— Por cierto, lindas flores—
— Las compré pensando en que te lo debía. Lamento mucho no haberte llamado en estos días—
— ¿Qué tal Argentina?— ingresaron en un restaurante de comida italiana, el rubio agradeció que pudiera pedir una lasaña en vez de un corte de carne, aunque no tuvo especial suerte con la pregunta de Candy. Su mueca de molestia, la hizo saber que había tocado un mal tema.
— ¿No ha ido bien el trabajo?— cuestionó
— Que va, va muy bien. Es que pienso en Argentina y me siento peor por no llamarte— se disculpó él— He pasado estas semanas tan absorto en el trabajo que olvidé todo lo demás. Esta mañana, por poco olvido a Tom bromeó. La rubia rió y el mesero apareció para tomarles la orden.
Charlaron de mucho y al tiempo de poco, Anthony relató poco sobre la nación albiceleste y más de Río de Janeiro, aunque en Brasil solo había pasado tres días. Sus negocios prosperaban y sus inversiones daban frutos. Candy le contó sus días en el hospital, y su reunión con Annie y Patty, aunque no mencionó en ningún momento a alguno de los chicos. Sin que ninguno lo supiera, había en sus bocas palabras que no decían y nombres que no relucían. Había secretos entre ellos, que más que nunca tensaron sus corazones, pero aligeraron el aire.
— Anthony, quisiera…— estaban por pedir el postre, cuando el chico la miró de lleno. Las palabras con que la rubia había imaginado hacer aterrizar a Terry en la conversación, murieron ante la sonrisa del ojiazul, como esperanzas de no mojarse cuando en las afueras diluvia.
— ¿Quisieras? Yo también quiero algo— le aseguró, sonriente— Una petición que me gustaría me concedieras.
— Una… ¿petición?
— Ajá. El miércoles por la noche, hay una fiesta. Un empresario presentará su nuevo proyecto filantrópico dedicado al medio ambiente, me gustaría que vinieras conmigo. Igual, podrías encontrarlo agradable— le aseguró. Candy lo meditó. Ahogando la conversación que debería tener con el rubio, aceptó la oferta comprometiéndose a acompañarle.
¿Pero qué no era lo mejor? Si luego de lo que dijera, el rubio terminaba odiándole, al menos deseaba una velada agradable y un recuerdo de sus mejores momentos para la posteridad.
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— Diciembre 19. Martes.
— Aeropuerto Internacional John F. Kennedy.
«Pasajeros con destino a París, favor de abordar por la puerta 6…» indicó la voz de la encargada en recepción a los viajeros que hubieran fijado rumbo a Francia. Desde su lugar, en la sala de espera, Terry miró una vez más el reloj en su muñeca. Le habían informado que el vuelo que esperaba arribara llegaría en punto de las 10, aunque después de todo, había resultado que el vuelo arribaría con retraso.
— Tenía que pedirme que viniera…— refunfuñó para sí, cuál infante de cinco años. A su lado, una mujer entrada en sus años, lo miró incómoda por sus extraños murmullos, pero fiel a su personalidad, el inglés la ignoró. Y es que, a decir verdad, aquella mañana, Terry no se encontraba ni por asomo alegre.
Candy lo había llamado por la noche. La rubia se había reencontrado con Anthony luego de dos semanas y había aceptado acudir con él a una gala organizada por George White. Misma a la que él debía acudir. Misma en que, seguramente, habrían de encontrarse. Y aunque el castaño era consciente de las intenciones de Candy, no podía evitar sentir aquella punzada de celos que le provocaba la idea de volver a encontrarse en un escenario parecido al de la primera vez. Aquella extraña cena en que volvieron a encontrarse.
«El vuelo 6-D proveniente de Buenos Aires, Argentina, arriba por la puerta 4» anunció de nuevo la voz, logrando sacar al castaño de sus cavilaciones. Con la misma calma con quién alguien que es víctima de una gran aburrición logra moverse, Terry se desperezó y se acercó a la puerta indicada. Poco a poco, el vuelo que acababa de arribar permitió el descenso. Una tras otra, las personas que llegaban se alejaban, ya fuera para reunirse con sus conocidos o movidos por el apuro que generaba el retraso del vuelo. Momentos después, la persona que lo había llamado para que acudiera aquella mañana, finalmente apareció.
— ¡Terry!— exclamó la chica con una sonrisa, sujetando la pequeña maleta de viaje con la mano derecha y agitando la izquierda. El castaño sonrió por fin y se acercó a la recién llegada. Ante siquiera de saludar, ella se arrojó a sus brazos y él correspondió al gesto.
— ¡Cuánto tiempo sin verte!— espetó ella, emocionada.
— Siento decir que no ha sido suficiente para mí. Tan pronto me castigas con tu presencia de nuevo— se mofó él, apartándola para mirarla.
— Serás idiota, tú no cambias…— refunfuñó la chica. El castaño le revolvió el cabello, antes de tomar la maleta y extender el brazo para salir del aeropuerto.
— Yo también te he extrañado, Karen— le aseguró, con una sonrisa.
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— Diciembre 20. Miércoles
Si por algo era reconocida, sin duda alguna, eso era por ser siempre una buena chica para captar la atención. Desde pequeña, sus compañeros y amigos del colegio habían quedado prensados de su persona por su increíble personalidad y su fuerte sentido de la diversión. Años más tarde, en la universidad, el destino había obligado a sus padres a separarse y los años que vivió en Argentina, no fueron ni por asomo sus favoritos. Entonces, terminó el instituto y se mudó con su madre al bello y frío Londres. El viejo continente la recibió y la universidad privada de Londres, le dio una oportunidad de culminar sus estudios. Y se encontró con él.
Herido y solitario, Terry Grandchester era más importante para ella, de lo que nadie habría imaginado. Y su cariño hacia el castaño, la obligó a estar ahí, en esos días buenos, en esos meses de locura adolescente del chico y también, en esas noches en que no hacía más que ahogarse en el alcohol. Lo apoyo y lo sujeto cuando más lo necesitaba y cruzó con él, las fuertes ventiscas provocadas por las nevadas, cuando golpeado —por alguna pelea callejera— el castaño la conducía a un bar de mal agüero. En aquellos días, muchos quizás pensaron que él la manipulaba, pero para ella, siempre fue claro cuál era la realidad que caía sobre ellos. Terry la quería, tanto como la protegía y nunca la dejo a su suerte, ni le dejo sola cuándo ella también lo necesito.
Sin embargo y pese a las muchas aventuras que los precedían, aquella noche, se sentía diferente. Tras darle hospedaje en su apartamento de soltero, en lugar de dejarle en una habitación de hotel, el castaño la puso al tanto de lo que habían sido para él, aquel último año en que no habían vuelto a ver —de sus viajes y sus negocios, de su relación con su madre y su ruptura con Susana—. Ella le contó sobre su puesto en la empresa de su padre, tanto como hizo alusión a un joven empresario que robó su corazón y no pudo corresponderle.
— Vaya cretino, tarde que temprano, verá lo que dejó ir— había asegurado el chico con una sonrisa en los labios. Y ella no agregó nada. Tampoco rebeló el nombre de aquel empresario, ni le dijo nada sobre la terrible coincidencia. Pues aquel amor no correspondido también suspiraba por una Candy.
— La he encontrado— le había dicho entonces. Y la noche se les fue, charlando de cómo aquel adolescente herido y roto, había curado sus cicatrices y dejado en el olvido aquella tan oscura época de su vida. Como respuesta, no pudo sino pedir conocerla, tratarla y le pidió a él, que no la dejara escapar una vez más.
De vuelta en el presente, aquel trayecto en medio de una noche fría y con amenazas de recibir la primera nevada antes del solsticio de invierno, ambos habían abordado el BMW del castaño y se dirigían a la gala que un gran empresario había organizado. Y a la que ambos, estaban invitados.
Fuera del auto, la ciudad se había iluminado y los escaparates de las tiendas lucían ya sus decoraciones navideñas. Era una de esas noches que paseaban por la ciudad, pero la esencia era tan distinta que resultaba cálida aunque en realidad fuera fría. Al poco, arribaron al salón elegido para la gala y Terry la ayudó a bajar cuando aparcó el auto, antes de entregarlo al valet parking.
Una vez dentro, la gala resultaba asombrosa. El salón había sido decorado con motivos navideños, aunque como se trataba de una fundación en pro del ambiente, se había intentado ornamentar todo de manera natural. En cada esquina, habían colocado un pino ya decorado como árbol de navidad y las luces oscilaban entre blancas y doradas. El estrado para la orquesta, se hallaba al fondo y al frente de ellos, un podio para el anfitrión. La subasta de aquella noche, sería de antigüedades. Todas donadas por las empresas invitadas (o al menos, algunas de ellas).
— Señor Grandchester, un gusto verle— saludó el mismo George White con una sonrisa, al acercarse a los recién llegados. Terry sonrió y extendió la mano para estrecharla con el hombre.
— Señor White, el gusto el mío. Por favor, llámeme Terry, el señor Grandchester era mi padre— comentó el inglés.
— Disculpa, Terry, será la costumbre. Veamos… Karen Kleiss, me es un honor contar con su presencia esta noche— siguió George reparando en la chica. La castaña sonrió y estrechó su mano.
— El honor es mío, créame. Mi padre, os envía sus saludos—
— Lástima que no pudiera venir, hace bastante que no le veo. Aunque me han dicho que su empresa parece prosperar últimamente gracias a la dirección de su querida hija—
— Bueno, se hace lo que se puede— Karen le restó importancia al asunto y la charla siguió, intercalando los diálogos entre Terry y la chica.
— Disculpen la intromisión, pero no sabía que se conocían— comentó entonces el anfitrión, reparando en el hecho de que Karen no se había soltado en ningún momento del brazo del castaño. Ante aquella insinuación, ambos prorrumpieron en sonoras carcajadas, divertidos.
— No malinterprete, señor White— le aseguró Terry, al cabo de un momento— Es imposible que no nos conozcamos… la señorita Kleiss, es mi prima—
— Por parte de madre— le informó la castaña. George se disculpó al instante y un segundo después, se despidió. El dueño de una cadena de importantes resorts en Estados Unidos había llegado. Aún divertidos con la épica confusión a su aparición en conjunto, Terry y Karen siguieron bromeando y charlando.
Como la invitación del inglés había sido dirigida a él y Stear no había podido acompañarle —por ser su aniversario con Patty— el castaño había optado por no buscar acompañantes, ni acudir en solitario, contando con la presencia de la castaña, que siempre resultaba ser su fiel compañera de aventuras. Por otra parte, él que acudió, fue ni más ni menos que Archie Cornwall, con su flamante y embarazada esposa, en representación de la empresa familiar que dirigía y que era asociada del señor White. Al rato, cuando la orquesta iba ya por la quinta pieza de esa noche, la charla sobre las fiestas de Navidad que Terry, Karen, Archie y Annie sostenían, se vio interrumpida por el repentino embeleso del inglés.
En la entrada, Anthony había hecho su aparición, con Candy prensada de su brazo. Karen, la reconoció al instante, pues en Londres, su primo había llegado a mostrarle más de una fotografía de su amada. Y la causante de sus heridas. Lo que nunca imaginó advertir, fue que Candy, no era solo la pareja destinada de Terry, sino también, aquella que el chico a su lado había mencionado una sola vez y que fue el nombre que no pudo ignorar cuándo le besó.
Desde su lugar, los ojos esmeraldas de Candy se encontraron rápidamente con los de Terry, como si una línea invisible guiara sus miradas solo para encontrarse el uno al otro. Anthony también miró en dirección del inglés, aunque no precisamente por él. Su mirada azul cielo, se quedó por completo fija en los ojos de Karen.
Continuará…
JulietaG.28
