(*) Editado el 27 de septiembre de 2015

14. La Serpiente Depravada (LSD)

«Oh, you like playing with speed. Well, I have all the answers you need. I can take you high and make you invincible, I'll never leave you.

You're crawling on the floor, but you'll be back for more...».

Only the names, Machine Head

—Te digo que tienes un Grim, joder.

—Que no, Vincent, que eso no es el Grim. Mira la página cuarenta y dos. Yo creo que tiene forma de trébol. Eso significa buena suerte, mucho dinero y probablemente mujeres desnudas.

—¡Crabbe, Goyle! ¿Os queréis callar de una vez? —Draco Malfoy se pinzaba el puente de la nariz con la mano sana—. Esas clases de Adivinación son ridículas, estoy hasta las narices de vuestras tonterías. ¡Pansy, devuélveme mi vaso! —La aludida lo miró con aire culpable y acató su orden—. Primero con el té y, ahora que he dejado de tomarlo, con el zumo, ¿qué se supone que quieres ver?

Parkinson, que observaba anhelante el vaso que el rubio miraba con escepticismo, murmuró:

—El zumo natural también tiene posos… Pensé que leerte el futuro te ayudaría a estar preparado para lo que te espera.

—Ya me has leído el futuro doscientas veces en tres días. Cuando estaba en la enfermería llegaste a hacerlo incluso con lo que quedaba de la poción asquerosa que Pomfrey me obligaba a tomar. ¡Estoy harto!

Por desgracia para mi salud mental, yo había presenciado bastantes muestras del miope ojo interior del que presumía la morena. El día anterior, sin ir más lejos, aseguró que Malfoy iba a ser muy feliz y que iba a tener un hijo con un hipogrifo. Segundos después, lo obligó a tomar más té para vaticinar que moriría la semana próxima en un país lejano batiéndose en duelo con un elfo. Extrañamente también aparecían hipogrifos.

—Pero, Draco, no podemos negar la evidencia que muestra el zumo.

—Claro, Pansy —intervino Zabini, removiendo sus cereales—. ¡Di que sí!, seguro que la pulpa de la naranja está gritando que posee un montón de vitamina C y que si Malfoy no se la toma aparecerá un Grim, subido en un hipogrifo, que lo obligará a mantener relaciones sexuales con un elfo.

Parkinson, ofendidísima, le arrebató el tazón de cereales aún lleno de las manos y comenzó a removerlo, perforándolo con sus ojillos entrecerrados.

—¿Qué dice? —preguntó el moreno animado.

—Que la vida te va a ir mal.

El chico rio.

Greengrass, que había estado mirándose las uñas con un desinterés ofensivo, comentó:

—Hoy es el día en el que tenemos que hacer los recados, ¿verdad?

—Sí, esta tarde es cuando tenéis que hacer de esclavos. —Malfoy se esforzó por enfatizar su exclusión. Cuando Greengrass lo miró como si en vez de su amigo fuera una babosa carnívora, él forzó una expresión sufrida y añadió—: Ojalá pudiera ir, pero con el brazo así es imposible. ¡Quién sabe si acabaré perdiéndolo! Pomfrey insistió mucho en que no puedo hacer esfuerzos, ya sabéis.

Con esa patética excusa no sólo había logrado que Parkinson le hiciera el trabajo de Runas, sino también que Crabbe le llevara la mochila e incluso que Goyle molestara a unos de primero por él. Greengrass estuvo a punto de sacarle los ojos cuando Malfoy insinuó que podría subir todas las mañanas quince minutos antes a nuestra habitación para peinarlo. Para desgracia de la estética, fue la morena la que se encargó del estilo capilar del chico. El resultado pudo notarse en las burlas de Zabini y en la raya al lado que coronaba cierta cabeza rubia.

Esa tarde, tras las clases, partimos todos rumbo a nuestros ridículos quehaceres. Parkinson fue sola a ver a ver a los de Hufflepuff, dado que su compañero decía no poder moverse mucho a causa de su brazo malherido. ¿Que si le molestó? Evidentemente. Pero en lugar de decirle las cuatro cosas que se merecía, forzó una sonrisa de esas que huelen a decepción que Malfoy no supo o quiso ver. Sonrisa que Greengrass no fue capaz de imitar al mirar con desprecio superlativo a Tracey Davis antes de encaminarse con ella a las cocinas.

Mi paseo hacia la sala común de Ravenclaw tuvo como banda sonora el parloteo incesante de Zabini:

—Como Malfoy continúe actuando de esta forma acabará pidiéndole a Pansy que le haga las pajas —soltó a bocajarro—. Aunque, según los posos de su zumo, es probable que se encargara de la labor un hipogrifo mientras un elfo voyeur mira.

No pude evitar sonreír ante la imagen mental: si algo había que concederle era la capacidad de crear humor grotesco. Continuó caminando con las manos en los bolsillos y mirando a un punto indefinido del pasillo.

—Si sigue así ella acabará cansándose. —Camufló la extraña seriedad de su expresión con otra broma—: Y yo estaré ahí para recogerla, está claro. Bueno, cotilleemos, que nunca tengo la oportunidad de hablar a solas contigo. —Dio una palmada—. ¿Qué opinas de Draco?

Arqueé una ceja, pero no me detuve. De reojo vi cómo él me miraba, expectante y burlón a partes iguales. De Malfoy opinaba infinidad de cosas, sin embargo ¿para qué iba a compartir esas opiniones con Zabini? Es precisamente el tipo de persona que inspira de todo menos confianza: siempre neutral, al margen, pero pese a ello con tantas ganas de meter las narices en todo.

—Oh, vamos, Theodore, no me castigues con tu silencio —canturreó—. Sé que eres con el que más habla… si excluimos a Pansy, claro, pero prefiero no preguntarle a ella lo que opina de él. —Dibujó un corazón en el aire con un dedo—. Venga, dame un caprichito.

—¿Por qué?

—Porque soy espantosamente curioso.

—Es una serpiente. —Me encogí de hombros.

Y era cierto: se había ganado a pulso su lugar en nuestro nido. Quizá no fuera la más venenosa, como Greengrass; la más sutil, como Zabini o la más peligrosa, como yo. Pero era el que siempre iba por delante de todos nosotros. Fue cobarde, repelente y ególatra, pero supo ser un líder. Supo luchar por lo que creyó, supo defender aquello que le importó y, sobre todo, supo dar el primer paso en nuestro particular camino oscurecido por las tinieblas.

—¿Te cae bien? —preguntó.

Sonreí.

—Lo respeto —atajé.

Caminamos en silencio hasta que llegamos a las escaleras que había a la entrada del Gran Comedor. Ahí intercambiamos la caja con las pociones —la había llevado yo hasta allí—. Cuando Zabini la tomó la miró con sospecha y dijo:

—¿Qué crees que será?

El paquete estaba cerrado, sellado a cal y canto mágicamente. El prefecto nos había recomendado no abrirlo si queríamos seguir conservando nuestros privilegios de vía libre a las ilegales celebraciones.

Sabíamos gracias a Adrian Pucey que eran pociones elaboradas por los miembros de nuestra casa, nada más. Confieso que estaba expectante por conocer qué nos depararía su ingesta.

—Gregory me dijo que el año pasado, en Navidad, pasaste por la sala común mientras estaban celebrando una fiesta, ¿cómo fue?

Recordé a las chicas besándose, al prefecto vomitando, a las parejas escapándose para celebrar la pérdida de su inocencia en privado. Esbocé una sonrisa taimada.

—Interesante.

Una vez el susto y la desagradable sensación de pequeñez que viví hubieron pasado, lo acontecido ese día me resultaba de lo más alentador. Nunca me gustó estar rodeado de gente, pero eso no implicaba ver cómo la decadencia hacía mella en las personalidades más planas, tornándolas de lo más llamativas y atractivas.

Zabini me apremió con la mirada para que me explayara.

—Hum… Dejémoslo en chicas conociéndose a fondo y habitaciones mixtas. No quiero arruinarte la sorpresa.

Se frotó las manos, aparentemente animado, y dijo:

—Suena fabuloso. Hablando de eso, y ya que sacas el tema femenino a colación, ¿qué hay entre Daphne y tú? —Lo miré de reojo—. Oh, vamos, sé que ha pasado algo.

—¿Disculpa? —murmuré, arreglándome el nudo de la corbata.

Negó con la cabeza con aire afligido.

—Theodore, Theodore, Theodore, siempre tan reservado. Me duele que no confíes en mí, ¿sabes? —mintió, esbozando una sonrisa de oreja a oreja.

Bufé con suavidad, divertido ante el hipócrita juego verbal. Siempre era igual con él: palabras seguidas de un falso asombro caminando por un sendero cuyo fin era difícil de adivinar.

—Pensé que sabías perfectamente lo que pasó. No quiero aburrirte contándote lo mismo, ya sabes. —Me miré las uñas con desinterés.

—Oh, sí, es una de tus propiedades: aburrir a la gente con tu interminable cháchara —ironizó—. De todos modos, la curiosidad nunca queda del todo satisfecha hasta que el protagonista del cotilleo da su versión.

—Sigo sin ver mi beneficio.

—¿Mi información sobre lo sucedido a cambio de los detalles? —tanteó.

—Y la fuente.

—Hecho. —Esperó unos segundos, con la vana esperanza de que fuera yo el que comenzara a hablar. Suspiró—: Supongo que empiezo yo. Pansy me dijo que Daphne había contratado a un simpático duendecillo para que te diera un mensaje.

—Qué decepción, ¿eso es todo lo que tienes?

—También tengo a una Daphne poco dispuesta a contarle lo sucedido a su amiga, algo de lo más llamativo, ¿no crees? Y luego está esa Ravenclaw.

—¿Dónde se supone que está? —pregunté, con la vista al frente y la curiosidad bien disimulada.

Zabini esbozó una sonrisa que olía a triunfo.

—Está entre el ceño fruncido de Daphne y tus desapariciones esporádicas. Más o menos. —Se paró en mitad del pasillo, dejó la caja en el suelo y se apoyó en la pared de brazos cruzados—. Te toca hablar.

Exhalé aire, como quién se dispone a hacer algo tremendamente tedioso e inútil, y me recosté a su lado en el muro de piedra.

—El engendro me dio el mensaje.

El moreno se giró de lado, quedando vuelto hacia mí.

—¿Cuál era?

«Me debes un regalo».

Él se rio.

—No es de las que se andan por las ramas, no. ¿Y?

—Y se lo di, obviamente.

—¿Qué era? —Su interrogatorio estaba empezando a sacarme de quicio.

Lo miré de reojo y comenté muy serio:

—Una foto de Goyle desnudo, por supuesto. Ella siempre deseó una.

La carcajada de Zabini sacó de su ensimismamiento a cierta niña rubia que iba leyendo un libro por el pasillo. Levantó la vista y sus ojos sonrieron incluso más anchamente que sus labios antes de cerrar el tomo y comentar:

—¡Vaya, Theodore! —Se acercó a nosotros mientras guardaba el libro en la mochila. Como no se estaba fijando en lo que hacía se le cayeron un par de plumas y un rollo de pergamino que acabó pisando. El moreno alzó las cajas con sorna—. ¿Qué hacéis aquí? Ah —se giró hacia Zabini—, creo que no nos conocemos, soy Lisa Turpin.

La casualidad, esa zorra de ojos brillantes y dientes afilados. Esa que le dio un codazo a mi compañero y que alentó sus ya de por sí crueles ganas de enredar.

—No, aún no nos conocíamos formalmente. —Se irguió y comenzó a caminar en círculos en torno a ella con los brazos en la espalda y la mirada evaluativa—. Aunque he oído hablar de ti, por supuesto, ¿verdad, Theodore?

Lisa ladeó ligeramente la cabeza, confusa, y clavó los ojos en los míos. El moreno se quedó a su espalda y acercó la boca al oído de ella para escupir su veneno:

—Hablábamos de regalos, ¿sabes? Por lo visto Theodore —enfatizó, con retintín— no es muy dado a hacerlos. Qué desconsideración por su parte, ¿no? Tú, por poner un ejemplo cualquiera, ¿qué querrías que te regalara?

Esta actitud podría interpretarse de dos modos. Si no pertenecéis a Slytherin podéis llegar a pensar que trataba de ayudarme —por muy patético que pueda resultar requerir auxilio de alguien para solventar unos problemas sentimentales que en ese momento ni siquiera tenía—; sin embargo, si reptáis y siseáis daréis con que Blaise Zabini era un chico aburrido —o sea: con ganas de joder— que se había encontrado con la víctima perfecta.

Observé con curiosidad a aquel individuo tan extraño que se movía por unas motivaciones de lo más desconcertantes. Después me fijé en Lisa que, ligeramente sonrojada, parecía estar pensando con rapidez en una respuesta. Noté cómo me complacía ese tono rosado que habían adquirido sus mejillas y lo achaqué a la satisfacción que provoca ejercer cualquier tipo de influencia sobre alguien. Porque, sí, desde ese momento supe que le gustaba. No terminaba de comprender el motivo, pero ya habría tiempo de pensar en eso y en muchas otras cosas tras su respuesta:

—Sus secretos.

Zabini se apartó un poco de ella, sorprendido. Rápidamente rectificó y comentó:

—Qué casualidad, yo quiero exactamente lo mismo. —Me miró, alzando varias veces las cejas—. ¿Es eso lo que le regalaste a Daphne, Theodore?

Sonreí, divertido, muy lejos de molestarme por su salida.

—No —dije con tranquilidad—, a ella le regalé un beso.

Aspiré con regocijo el silencio que precedió a mis palabras. El moreno se quedó descolocado: estaba claro que no esperaba mi sinceridad, que trataba de incomodarme un poco más. Lisa abrió mucho los ojos, impactada, pero esbozó una sonrisa que delineaba al adjetivo agridulce y cambió de tema:

—Bueno, ¿adónde vais? Creí que vuestra sala común estaba en las mazmorras.

Zabini hizo un movimiento leve de cabeza para despejarse y respondió:

—Ah, es que no vamos a nuestra sala común, sino a la tuya. —Puso un brazo sobre los hombros de ella antes de decir—: No dejarás que estos dos desvalidos aunque atractivos jóvenes vayan solos, ¿verdad? Es más divertido si nos acompañas.

Ella soltó una carcajada floja y emprendimos de nuevo la marcha.

—¿Qué lleváis en esa caja?

—Regalos para los Ravenclaw, claro. En el fondo somos un trozo de pan.

Los siguientes diez minutos fueron exactamente igual de estúpidos. Zabini con sus bromas esporádicas, que cada vez me parecían más ridículas, y Lisa riéndoselas. Lo único emocionante fue descubrir que la contraseña de su sala común consistía en un acertijo que, si no contestabas con el criterio necesario, te dejaba fuera. «Algo como eso sería útil en Slytherin para evitar tanta gilipollez», pensé.

El caso es que en los días que precedieron a la fiesta no pasó nada emocionante. Aquellos que no habían tenido que hacer de recaderos, como Goyle, Crabbe y Bulstrode, sirvieron de conejillos de indias. Los efectos secundarios de una de las pociones que tuvieron que probar implicaron que Goyle se acercara mucho a Malfoy, para desgracia de este, repitiéndole lo guapo que estaba con el uniforme. El rubio, mientras apartaba a patadas a su encandilado compañero, juró sobre la tumba de Salazar que jamás probaría algo así.

Iluso.


—¿Cómo iba vestida la gente en la fiesta esa? —preguntó Malfoy por nonagésima vez.

—Con ropa —contesté hastiado.

Estaba sentado en mi cama hojeando un libro con despreocupación mientras el rubio iba de un lado a otro del dormitorio cruzando la vista del reloj al espejo cada pocos segundos. Su reflejo le sonreía con altanería y se pasaba una pálida mano por las inexistentes arrugas de la camisa gris perla que llevaba.

—Draco, tranquilo, estoy seguro de que serás el más guapo de todos —se burlaba Zabini, mientras desechaba la corbata verde que había estado observando con disgusto y se desabotonaba los dos primeros botones del cuello.

—Theodore. —El rubio me miró a través del espejo—. ¿Piensas volver a ir de negro?

—Él también está muy guapo: el color de su camisa va a juego con su habitual alegría.

Crabbe y Goyle habían bajado hacía media hora con el uniforme —aunque sin las túnicas—, alegando que para qué iban a ponerse más decentes. En realidad sus palabras exactas no fueron esas: había mucho más de «me suda el rabo» y de «puta gilipollez».

Greengrass y Parkinson probablemente tardasen bastante más en presentarse. Y es que no es tarea fácil para una chica de trece o catorce años tapar con maquillaje su infantilidad y disfrazar con poca ropa sus todavía castos pensamientos.

Nosotros llevábamos quince minutos listos, pero Malfoy se empeñaba en decir estupideces y repasar su maravilloso plan consistente en no dejar patente su terror. Finalmente señaló mientras se aflojaba la corbata:

—Es la hora.

Zabini se frotó las manos, emocionado.

Bajamos por las escaleras, cada uno a un paso diferente. Malfoy por delante, con la barbilla levantada y unos iris grises que parecían querer devorar al mundo y, con él, a los vestigios de su niñez. Zabini en medio, con las manos en los bolsillos, silbando por todas aquellas bromas que no se darían esa noche. Yo el último, siempre observando los movimientos ajenos, siempre cargado de una indiferencia por aquel entonces aún fingida. Labios serios, sin sonrisas curvadas hacia el cielo, formando líneas tan rectas como el camino del que estábamos a punto de salirnos. Con cada escalón dejado atrás nos sentíamos más grandes, con cada dos más valientes, con cada tres más preparados para un mundo exterior que aún no conocíamos.

Llegamos y nos encontramos con que nuestra gran noche no esperaba a nadie, ni siquiera a nosotros. Nos quedamos parados al pie de la escalera, sin saber exactamente qué hacer o adónde ir. Así que fingimos, por supuesto: esbozando idénticas muecas de superioridad mirábamos a nuestro alrededor pendientes hasta del más mínimo detalle. La gente bebía, unos con elegancia ingerían líquidos de colores llamativos, en copas que sonaban a galeones derrochados; otros con desesperación se ahogaban en el alcohol más vulgar, buscando las respuestas a preguntas que aún no habían sido formuladas.

Todo empezó en el mismo lugar en que acabó: un sofá de cuero negro con bordados verdes que decorarían las tragedias que estaban por venir.

Nos dirigimos a él y nos sentamos. Malfoy con las piernas cruzadas, con actitud estudiadamente dejada; Zabini con las manos tras la cabeza y la perpetua mueca de burla brillándole en los ojos y yo con la elegancia que aún conservaba.

Nadie nos prestaba atención, todos estaban demasiado ocupados tratando de que la diversión suplantara cuanto antes a la sobriedad. Esto fue un alivio, pues la sensación de que éramos intrusos era más que evidente en cada uno de nosotros. Y queríamos olvidar esa sensación cuanto antes.

Frente a nosotros había una de las muchas mesas repletas de botellas, ordenadas bajo un criterio que no nos importaba desconocer. Algunas tenían etiquetas que hablaban de whiskey, ron o vino. Otras, más pequeñas y cuyos contenidos probablemente fueran de elaboración casera, nos pedían paciencia. La noche era larga.

—¿Qué queréis beber? —preguntó el rubio, intentando que esa frase sonara como si hubiera sido pronunciada en incontables ocasiones.

Zabini fue el que mantuvo más endeble su fachada y, con una sinceridad muy propia de él, contestó:

—¿Acaso importa?

Malfoy se encogió de hombros y sirvió un líquido verdoso en tres de los vasos más ostentosos que encontró. Después de pasárnoslos, observó la botella con un ligero atisbo de nerviosismo.

—Pone que es licor de mandrágora. He oído hablar de él —mintió.

El moreno hizo tintinear los hielos con un movimiento de muñeca y dijo:

—Tenemos que brindar.

Malfoy parecía querer replicar, pero después debió antojársele algo digno del momento porque afirmó con un gesto solemne de cabeza. Juntaron las copas, esperando la mía. Recuerdo que me parecía ridículo entrechocar unos vasos sin motivo, recuerdo que pensé que no estaba dispuesto a hacer esa gilipollez. Pero también recuerdo una mirada gris que, bailando al son de una tétrica música de fondo, me prometió el asesinato de la monotonía que era mi existencia.

El sonido que hicieron los tres cristales al colisionar compuso la primera nota del réquiem por nuestra inocencia.

Bebimos con asco, como siempre. El sabor de la diversión nos quemaba la garganta a su paso.

A la tercera copa aparecieron ellas. Parkinson recorrió rápidamente el lugar con la vista, localizando a Malfoy para sonreírle en espera de un algo que esa vez dio sus frutos. El rubio levantó la comisura derecha de los labios a la altura de su ego y se puso en pie, no sin antes comentar con narcisismo:

—Lo siento, el deber me reclama.

—Te apuesto diez galeones a que vuelve a su cuarto tal y como salió —comentó Zabini cuando el otro se hubo ido—. ¿Dónde está Daphne?

Señalé a la chica con un movimiento de cabeza. Él se rio al verla y dijo mirándome de reojo:

—Vaya, parece que está muy bien acompañada.

Greengrass estaba en un sofá sentada entre dos chicos mayores que ella, riendo falsamente ante las estupideces que estos le estuvieran diciendo.

—Eso parece —concedí, dando un nuevo sorbo.

Zabini terminó su copa y se puso a examinar las botellas sin etiqueta. Tomó una, la más ancha, y la agitó a la luz con aire dubitativo.

—¿Qué crees que será?

Giré la cabeza y noté que tardaba más de lo usual en enfocar las imágenes, signo inequívoco de que el licor de mandrágora estaba dando resultados. La situación se me antojó graciosa, así que sonreí de medio lado y murmuré:

—Algo que promete ser divertido.

El moreno volvió a reír y, alzando ambas cejas varias veces, se sentó en el sofá girado hacia mí, con las piernas cruzadas.

—Divirtámonos, pues —invitó. El recipiente tenía un trozo de pergamino doblado, enganchado al tapón. Lo desplegó y leyó en voz alta—: «La Serpiente Depravada», qué nombre más bonito, sigo leyendo, «modo de empleo: poción de grado tres…». ¿Grado? ¿Cuántos grados de estos hay?

—Ni idea. —Me encogí de hombros.

—Qué más da, suena bien. —Soltó una carcajada, emocionado, y continuó—: «Untar el dedo índice en el contenido y hacer con él un recorrido desde la barbilla hasta la clavícula. Esperar a que seque».

—¿Y ya está? —pregunté, dudoso, mientras apuraba mi copa y la dejaba de cualquier modo en el reposabrazos del sofá.

Él, con una sonrisa tan ancha como sus malas intenciones, asintió. Destapó la botellita e hizo un brindis con el espacio que había entre ambos.

—Con tu permiso. —Introdujo el dedo y lo sacó manchado de un líquido espeso que parecía sangre.

Lo seguí y, cuando ambos estuvimos en igualdad de condiciones, levantamos la cabeza y abrimos la puerta del caos en forma de línea roja en nuestros cuellos. Nos quedamos así, apoyados en el respaldo, mirando al techo.

—¿Notas algo? —preguntó a los pocos minutos.

Iba a contestarle que no cuando, extrañamente, vi la canción que había de fondo. La oía, sí, pero también veía toda la gama de colores cambiantes que ondulaban en el aire. No comprendía el motivo, pero sabía que eso era música, una mucho más pura que la que se transmite mediante el sonido.

—¿Theodore? —me llamó, desde muy lejos. Su voz formó un eco grave en mi mente, que pareció detener el instante en la eternidad.

En el fondo de mi alma apareció una cama pobremente iluminada, rodeada de la negrura que solo posee la nada. Me acerqué hacia ella, con decisión, sabiendo qué me iba a encontrar bajo ella. Unos ojos amarillentos se abrieron. Parecían flotar en la oscuridad, entre secretos encerrados dentro de pesadillas.

—Hola, Theodore —murmuró con voz suave, casi pegajosa.

—¿Quién eres?

El ser rio.

La escena desapareció cuando noté el golpe de Zabini en el brazo.

—¿Estás bien? —preguntó muy pero que muy despacio. Quizá el problema fuera que sus palabras tardaban demasiado en llegar a mi cerebro para ser asimiladas.

Me fijé en sus pupilas, que parecían haber invadido sin previo aviso sus iris. Una sonrisa incrédula colgaba de sus labios.

—¿Dónde estabas? —inquirió mientras se miraba la mano como si jamás hubiera visto nada más fascinante. La acercaba y alejaba de su cara, girándola con lentitud y flexionando los dedos alucinado, como si no supiera por qué estaban ahí.

Era una pregunta absurda que se me antojó terriblemente trascendental. La música seguía emitiendo colores, la gente se movía muy despacio y los segundos escalaban por el reloj a fuerza de puñaladas.

—Estaba hablando con el monstruo que hay bajo mi cama —contesté, dando por hecho que eso era algo tremendamente lógico y coherente—. El tiempo no funciona bien, ¿lo notas? Tú te mueves muy despacio. Todos lo hacen. —Lo miré, con la cabeza ladeada—. No lo entiendo.

Creo que aún no os he hablado de los efectos que producen en mí el alcohol. Además de la correspondiente exaltación sexual que poco después podréis comprobar, tiende a hacerme hablar más de la cuenta. Normalmente me ato la lengua para no emborronar mis pensamientos: la palabra casi siempre me ha parecido insuficiente para describir las emociones o las atrocidades de la psique, no hay vocabulario capaz de hacer justicia a una mente bien formada. Sin embargo, cada vez que bebía sentía cómo la lengua se liberaba de sus ataduras, dispuesta a cabalgar sin control sobre la verborrea. Y esto, aderezado con los efectos psicotrópicos de la poción ingerida, tuvo como resultado que me recostara en el respaldo, con las piernas cruzadas y apoyadas sobre la mesa, monologando sobre cosas que mi embotada mente asimilaba con excesiva lentitud.

De repente noté cómo salía de mi cuerpo y observaba la escena desde fuera. Me vi, más pálido que de costumbre, hablando con Zabini mientras este acariciaba un cojín de raso. Me había servido otra copa, no sabía cuándo, y movía el brazo que sujetaba el vaso lacónicamente frente a mis ojos idos. Un grupo de alumnos de sexto o de séptimo fumaban algo que olía a cáncer de pulmón, exhalando un humo gris que se arremolinaba con la música. Al fondo de la sala común, cerca de la chimenea, había dos chicas y un chico besándose, cambiando las tornas bajo un criterio que ni comprendí ni me importó. Estaba hipnotizado, grabando cada roce, cada movimiento.

Volví a mi cuerpo al ser llamado a gritos por el hormigueo que bajaba por mi vientre. No sentía nada más allá de aquel cosquilleo punzante que, en ese momento, pasaba del ombligo y continuaba descendiendo.

Esto me llevó, obviamente, a Greengrass. Me perdí en sus piernas, mostradas casi totalmente gracias a esa falda que atentaba tan agradablemente contra el decoro. Seguía hablando con los dos chicos, tocando con falsa casualidad sus rodillas cuando reía. Ellos sonreían, ofreciéndole vasos cargados con pérfidas intenciones que ella aceptaba encantada.

—Sé que es tremendamente excitante hablar conmigo —comentó Zabini, balbuceando ligeramente—, pero no hace falta que lo demuestres tan gráficamente.

Seguí su mirada, confuso, con la mente aún embotada y repleta de roces imaginarios, y di con la exaltación corporal que habían provocado. Bufé, sin darle ningún tipo de importancia al hecho de que mi polla hubiera decidido demostrar que estaba en su sitio.

—No me malinterpretes —comentó, negando con la cabeza de manera exagerada—, me hace mucha ilusión. Pero creo que esa que parece que se ha olvidado el sujetador quiere algo más de mí que mi encantadora sonrisa.

—Sí, seguramente tu copa —concedí, observando cómo la señalada bebía de manera muy gráfica de un botellín—. Me da la sensación de que está un poco confundida con respecto a lo que chupa.

—A mí también. —Soltó una carcajada—. Es maravilloso. Por cierto, Vincent es gay.

Alcé una ceja. O, al menos, lo intenté. Mis capacidades motrices estaban bastante lejos de mi control.

—¿Lo has comprobado? —Sonreí de lado, jocoso.

—Pues no, no está dentro de mi lista de las mil cosas que he de hacer antes de morir. —Me mostró tres dedos, nadie sabe por qué—. Lo digo porque Millicent Bulstrode está desplegando todos sus encantos con él y nada, que el tío sigue mirando a Gregory.

Miré a la aludida en busca de sus supuestos encantos y no encontré ninguno. Bebí un trago de mi copa y seguía siendo igual de fea. Malfoy había comentado en una ocasión que hay que tener cuidado, que a medida que el alcohol fluye los defectos en el sexo opuesto desaparecen. Dijo que por eso había que escoger a la chica en cuestión antes de empezar a perder la sobriedad.

—Por más que bebo sigue siendo espantosa —comenté, siguiendo el hilo de mis pensamientos. Entornaba los ojos, esforzándome en darle otro enfoque, pero no había manera.

Zabini asentía fervientemente, mirándola con la cabeza ligeramente ladeada.

—Sí, está como… no sé, hecha con precipitación. —Me reí. Él siguió con su teoría—: Pero me refiero a cómo mira Vincent a Gregory. Estamos de acuerdo en que él no es mucho mejor que Millicent, ¿no?

—Completamente —corroboré, observando cómo este hacía un extraño baile consistente en mover los brazos de forma ortopédica.

—Y Vincent lo mira. —Se percató de mi reticencia, así que continuó con una ancha sonrisa—: Hagamos una apuesta, ¿qué me das sin realmente es gay?

Lo miré de reojo, aunque no logré más que marearme tratando de enfocar una masa borrosa.

—Su dirección.

Zabini, que estaba bebiendo en ese momento, se atragantó por la risa y escupió parte de su contenido. Eso me pareció tremendamente gracioso, así que le hice los coros.

Me centré en Malfoy y en Parkinson, que estaban cerca de las escaleras. Ella apoyada contra la pared y él hablándole demasiado cerca del oído. Ambos con copas de lo que aún parecía alcohol en las manos. Estaban ajenos a todo, pero no lo suficientemente ebrios como para dejarse de preliminares. El rubio sonreía de medio lado y se sujetaba a la pared con una mano, la morena se recogía la melena tras la oreja por inercia. Me pregunté qué pensaría él con respecto a Parkinson. Ella era una de las chicas que sí que mejoraban a medida que transcurrían las copas: dejaban de importar sus ojos demasiado juntos y su falta de necesidad de un sujetador decente. Malfoy hablaba siempre que podía del sexo opuesto —cuando no estaba Potter de por medio—, pero no comentaba nada de ella. Pensé que realmente no le interesaría más allá de esa noche, pero a mi mente vinieron retazos de la escena en la que él espió nuestra conversación bajo la capa invisible.

Estaba empezando a frustrarme y a sentir la irremediable necesidad de preguntarle sobre el tema. Por suerte para mi dignidad no lo hice, dado que una voz femenina que no reconocí me sacó de mis cavilaciones:

—Esta es la mejor de todas.

Miré a mi derecha y vi a la rubia sin sujetador, que fijaba sus ávidas pupilas en Zabini. Este se dejaba llevar, acariciándose el mentón y simulando meditar sobre algo referente a su conversación que, por lo visto, me había perdido. Ni siquiera había notado que se había acercado.

—No sé, no sé. —Giró la botellita rosa que tenía en la mano—. En el frasco dice que es de grado cinco, ¿no crees que es demasiado para un novato como yo?

Ella soltó una risita que prometió una total falta de pudor y ronroneó:

—No te preocupes, Blaise, yo te cuidaré.

—Lo siento, Theodore —comentó mientras se levantaba con dificultad—, por lo visto necesito de los cuidados de esta chica.

Alcé una ceja mientras Zabini se iba con ella hasta la oscuridad de las escaleras que conducían a los dormitorios masculinos. Empujó a Malfoy al pasar, disculpándose con falsedad y una sonrisa que se me antojó rencorosa.

Seguí recostado en el sillón, con el cuerpo cada vez más laxo, cuando noté sus ojos buscando los míos, quemándome en la mejilla e instándome a girar la cara hacia ella. Me forcé a seguir mirando al frente. Era una sensación de control que me hizo sentir menos patético, menos abandonado en una estancia rodeada de gente. Es irónico, ¿verdad? Yo, que siempre buscaba el aislamiento, que siempre me quejaba de estar cercado por personas que charlaban de banalidades. Supongo que, por un lado, me gustaba ser yo el que escogiera apartarse y, por otro, me había acostumbrado a ellos. Los había aceptado a mi lado, por mucho que por aquella época aún me negara a reconocerlo.

—Siempre estás solo —susurró su voz, a mi derecha.

Me giré y la vi sentada en el sofá, con las piernas cruzadas y la mirada verde perdida en los hielos desnudos de su copa. Tenía el recogido parcialmente deshecho y la lengua le pesaba al hablar, pero se me antojó elegante y etérea.

—Me gusta estarlo. —Dejé caer la cabeza en el respaldo, exponiendo el cuello a esos colmillos que formaban palabras tan venenosas como ciertas.

—Sabes tan bien como yo que eso no es cierto. —El alcohol, esa arma de doble filo que promete diversión y sinceridad. Una sinceridad que las serpientes prefieren ahorrarse, pues respetan las mentes de sus compañeras. Pero Greengrass estaba harta de ese respeto, ella quería saber cosas y las quería saber en ese momento. Así que, con el empujón de la bebida, comenzó a arañar mi máscara de indiferencia—: No quieres estar solo porque siempre lo has estado, pero te da miedo buscar compañía en otros, pensando que te acabarán abandonando tarde o temprano.

—No me importa —dije, con una sonrisa que apestaba a falsedad.

Recostó su cabeza en mi hombro, para seguir destruyéndome más cómodamente.

—Tu madre murió asesinada, no sabes por quién. —Pasó el dedo por mi pecho, sobre la camisa—. Tu padre te ignora y tu abuela te detesta. Al igual que el resto de los miembros de las otras casas del colegio. Sí, Theodore, todos y cada uno de ellos. ¿Acaso piensas que esa Turpin es distinta?

Ese fue el día que Greengrass consiguió que la odiara. Porque ella era casi más inteligente que retorcida y sabía muy bien que todo comienza con el odio, el sentimiento más fuerte de todos, aquel que siempre deja restos negros y putrefactos en el alma. Y ella quería un hueco en la mía, costara lo que costase.

—Turpin se cansará de jugar a que la vida es bonita contigo, querido. —Rio fríamente—. Ella se irá cuando vea que bajo tus enormes ojos azules hay un chico manipulador y retorcido, un miembro digno de la casa de Salazar. Lo sabes, ¿verdad?

Cerré los ojos y sonreí.

Noté cómo se apoyaba en mi muslo, tambaleante; con la voz tomada por el alcohol me susurró al oído:

—Pero yo sé qué hay detrás de tu cara, sé qué hay enterrado en el hueco de tu corazón. Yo te conozco, Theodore —exhaló, haciéndome cosquillas y provocando que el hormigueo volviera a recorrer mi ombligo cuesta abajo—. Te conozco mejor que tú mismo. Sé quién eres.

—¿Quién soy? —murmuré, notando cómo sus siseos se me acumulaban en la polla.

Ella volvió a reír suavemente, provocándome un agradable escalofrío. Se sentó a horcajadas sobre mí, entrelazando sus manos frías en mi nuca y murmuró pegada a mis labios:

—Eres mío. Siempre lo serás.

Y me besó. Fue un beso sutil al principio, impregnado con pequeñas motas de inexperiencia. Yo notaba el cuerpo ingrávido y me dejaba hacer, ella reía de vez en cuando sobre mi boca.

Cuando mis hormonas decidieron expulsar a patadas a la dignidad, cuando el alcohol opacó por completo al nerviosismo, puse las manos en sus muslos y los recorrí hasta el final de la falda. Quería más, mucho más.

Entonces abrí la boca y todo fue un caos de lenguas que no sabían qué hacer y saliva mal administrada. Por suerte acabamos cogiéndole el hilo al asunto, después de un par de choques de dientes y cabezas rotando en la misma dirección, claro. Me alimenté con su sabor a alcohol dulzón y a desenfreno hasta que me harté. Cuando esto pasó, cuando me acostumbré al beso, pensé que no era suficiente: la presión en la bragueta de mi pantalón no disminuía, al contrario.

Antes de proseguir narrando mi ineptitud os contaré un secreto: los chicos no nacemos sabiendo qué hacer en estas situaciones. Sabemos lo que queremos, es obvio, pero no cómo lograrlo.

Greengrass seguía a su bola, enredando los dedos en mi pelo. Y, para que nos entendamos, que me toquen el pelo no solventa ningún tipo de necesidad sexual.

La abracé, atrayéndola más hacia mí, dejando la delicadeza para aquellos que entienden el beneficio que se obtiene de ella.

El pulso comenzó a temblarme y por desgracia para mi salud en esa ocasión poco o nada tenía que ver con el nerviosismo. Los efectos secundarios de mis excesos habían decidido pasar a cobrar factura justo en ese momento. Una factura que se incrementaría con los años: la sociedad nos volvió adictos a la evasión de una realidad que no nos quería a su lado. Así que, mientras los labios de Greengrass luchaban con los míos, mientras mis manos trataban de colarse bajo su falda buscando las respuestas a las preguntas que hacía mi entrepierna, mi cabeza dejó de pesar. La sentía ingrávida, oscilante aunque estuviera recostada en el sillón.

Recuerdo perfectamente que luché con colmillos y veneno por vencer esa pequeña batalla, recuerdo que las manos de Daphne comenzaron a hacer falsas promesas bajando por mi pecho, recuerdo cómo mis músculos fueron volviéndose más y más laxos.

Pero, después de eso, no recuerdo nada.