Cof, cof. ¡Disfruten!

14-. Regalo.

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Papel de regalo, ¿verdad?

El joven asintió y continuó buscando las monedas sueltas por los bolsillos. Le faltaban cinco yenes. La chica se entretuvo en enrollar el papel cuidadosamente, dándole el tiempo necesario hasta que encontró la rebelde moneda que, finalmente, colocó en el mostrador tras ponerse de puntillas.

Cuando finalmente todo el dinero estuvo entregado, la dependienta le entregó el paquete y recogió las monedas. El joven salió de la tienda, con una sonrisa cruzándole el rostro, totalmente emocionado.

El papel de regalo era rosa, con dibujos preciosos de flores de Sakura. Una pegatina con un respectivo felicidades cubría la parte frontal donde debía de abrirse. Lo agarró entre sus manos con sumo cuidado. No podía perderlo. Mucho menos tirarlo.

Había ahorrado muchísimo para ello.

Corrió calle abajo y se detuvo para ir pasito a pasito al entrar en el camino de piedras. Cuidadosamente, sí. Así… paso a paso. Sin error.

Sonreía cada vez más, emocionado.

Podía ver desde su posición la enorme casa con naranjos. Las vistas al mar y los coches aparcados.

Y también pudo escuchar el llanto.

Se detuvo, tratando de visualizar de dónde llegaba el sonido. Él era el único niño de esa edad. El único que podía llorar de ese modo y desde luego él no era.

Caminó hacia el lugar que, según él, podría ser desde donde llegaban los llantos.

Entonces la vio. Arrodillada, con un cabello demasiado largo para su edad. Un vestido rosa que cubría sus piernas. Se frotaba la cara con desesperación y sus mejillas estaban rojas e hincadas de tanto llorar.

—¿Niña? —cuestionó acercándose.

Dejó el regalo junto a una piedra para precaución y descendió el corto espacio que los separaba. Puso una mano sobre el pequeño hombro y la sacudió. La niña levantó los ojos hacia él, grandes y de un color que le pareció muy bonito pero incapaz de pronunciar en ese momento. Estaban hinchados.

—¿Por qué estás llorando?

La niña le miró, con timidez y señaló algo a sus pies.

Un pequeño bulto envuelto en papel de regalo ahora lleno de barro. Por la forma algo de su interior estaba roto.

—¿Lo has roto?

—¡S-se ha caído! — protestó ella chupándose el labio inferior.

El niño la miró más concienzudamente, como si la mirada que ponían sus padres cuando mentía pudiera funcionar en otra persona. La chica desvió la mirada, con más lágrimas que antes en los ojos.

—M-me caí— confesó finalmente.

Hipo y volvió a chuparse el labio inferior.

—E-era un regalo para mi mamá por su cumpleaños. Una muñeca… con forma de angelito. Porque mi mamá… mi mamá parece un ángel, ¿sabes?

El niño asintió y la miró comprendiéndola más que nadie. Su madre también lo era. Aunque a veces se enfadara y su padre la llamara cariñosamente diablesa. Él sabía que debajo de la cama había un monstruo, y su madre siempre lo espantaba con muy buena fe. Ella era un ángel. Además, había aceptado a su nuevo hermano como si de su propio hijo se tratase.

La niña continuaba llorando desoladamente, casi pareciera que fuera a secarse y los berrinches no eran algo agradable. Las casas de al lado empezarían a pensar que él podría haberle hecho algo y no era así. Por eso no le gustaban las niñas. Porque eran lloronas a más no poder.

Aunque su hermano siempre se metiera con él y le dijera bebé llorón algunas veces.

Miró hacia la piedra, donde había dejado su propio regalo. Subió, chasqueando la lengua y se lo entró a la niña. Este le miró sin comprender, incrédula.

—Pero…

—Dáselo a tú mamá— dijo. Le dio da espalda y continuó por su camino de nuevo.

—¡Niño!

La niña había subido al camino y apretaba el regalo contra su pecho.

—Espera— pidió.

Dejó con cuidado el regalo en el suelo y desapareció tras una roca, volviendo con algo entre sus manos. Un pobre ramo a medio destruir. Corrió hacia él, entregándoselo.

—D-dáselo a tú mamá. Estoy segura de que… le gustará.

El miró las flores, dudando, pero lo aceptó. La niña sonrió ampliamente. Pese a las heridas en sus rodillas. Pese al dolor de sus sentimientos.

—¿Cómo te llamas? — cuestionó.

Ella sonrió.

—Sakuno. Me llamo Sakuno.

Él asintió y se giró. Ella alargó una mano pero fue demasiado tarde. El chico continuó corriendo, con el ramo sacudiéndose en su mano.

Cuando llegó a su casa, su madre lo recibió con una sonrisa y al ver el ramo como regalo, solo sonrió de felicidad.

Sí, fue un buen regalo. Puede que incluso mejor que el que le dio a la niña.

Sakuno.

Quizás la recordara.


¡Nos vemos en el próximo!