Capítulo XIII

Tarian había comenzado a dirigirse hacia la lúgubre entrada del Bosque Negro, cuando un reducido grupo de orcos vinieron gritando desde detrás suyo. No llegaba a comprender, a pesar que los caminos hacía rato se habían vuelto más peligrosos que antaño, por qué razón venían asediando a la compañía desde que los enanos apneas comenzaran su travesía, a las puertas de Rivendel. Esta vez no eran orcos ordinarios, ni trasgos, sino orcos de Gundabad montados en wargos. Y no era la primera vez que se los cruzaba. Extrañamente, a pesar de tener su hogar en el norte de las montañas nubladas, se habían dirigido primero hacia el Oeste, a Rivendel, donde ella, Elrond y sus elfos habían abatido la avanzada que asediaba a los enanos. Luego habían avanzado hacia el Oeste, pasando las Montañas Nubladas, donde Tarian y la compañía habían tenido el incidente con orcos y wargos, y las águilas los habían salvado. Eran seres horribles y despiadados, sedientos de sangre.

Mientras todo esto pasaba por la mente de la Maia, ordenó a Alazor la retirada y puesta a salvo. El animal obedeció sin dudar y el jefe de los orcos comenzó a acercarse a Tarian.

-Bien, sangre real para regar los Campos Gladios. ¿Otra vez tú? Se te ha hecho costumbre ir protegiendo los pasos de los mugrosos enanos.

-No te incumbe, de lo único que debes preocuparte es de tu vida.

El orco lanzó un extraño gorjeo que suponía ser una risa, le hacía gracia ver a alguien de Valinor metida en asuntos de enanos, pero a la Maia no le importaba su opinión y no dejaría que nadie llamara a los enanos "mugrosos", y menos aún cuando en ese grupo estaba su amado.

-Como quieras Maia, mi espada esta sedienta de sangre pura.

Tarian comenzó a luchar contra los orcos: eran unos pocos, pero ella estaba sola, mal alimentada, algo sedienta y aún sentía el cansancio de los pesares sufridos durante los últimos días. Largo tiempo resistió, abatiendo uno a uno a los oscuros enemigos. Desgarrando su gruesa piel, desparramaba chorros de sangre negra por la hierba.

Su espada aún conservaba el filo que conociera en Gondolin, nunca hbía necesitado afilarla, del mismo modo que nunca debió reparar su armadura de mithril.

Luego de casi una hora de combate, finalmente logró Tarian arrebatarle la vida a casi todos los orcos, sólo restaba el jefe del grupo. El repugnante ser corrió hacia ella en un desesperado intento de liquidarla, pero ella evadió el ataque, empujando al contendiente a un lado, giró sobre sí misma y con una estocada al estómago lo inmovilizó y con un mandoble separó la cabeza de su cuello. Los orcos habían sido abatidos…

La solitaria guerrera quedó exhausta, pero no podía perder un minuto más en entrar al Bosque Negro si quería encontrar a la compañía. Silbó llamando a Alazor, que vino a encontrarse apresuradamente con la Maia, ella lo montó y juntos comenzaron a ingresar al Bosque.

Tarian debió recostarse sobre el lomo de Alazor para poder traspasar la arcada formada por pequeños arbustos y bayas. Al atravesarla, a ambos les costó adaptarse al cambio de luz. Les hubiera gustado atravesar el lúgubre lugar a galope, pero ambos sabían que ir paso a paso era la mejor opción, y además, mientras atravesaban el Bosque, debían buscar a los miembros de la compañía.

Palacio de Thranduil

El resto de los enanos fueron tan reacios a hablar como el propio Thorin, por lo tanto, todos juntos fueron a dar a un calabozo común, separado del ocupado por el príncipe enano.

Bilbo permanecía con su anillo puesto, en búsqueda de Thorin y de una escapatoria. En vano siguió al rey elfo y su séquito cuando salían de cacería, pues no les pudo seguir el paso, no encontró una salida y tampoco pudo entrar al palacio hasta que los elfos decidieron regresar y le abrieron las puertas que se mantenían cerradas por una magia élfica.

El pobre mediano se sentía un ladrón de despensa, hurtando sobras de las mesas. Pero seguía incansablemente en la búsqueda de una salida, no se resignaba a la idea de vivir eternamente encerrado en esas cavernas, escabulléndose como una rata, robando como un ratero.

Finalmente pudo localizar el calabozo en que Thorin había sido confinado y se acercó a hablarle, prometiéndole encontrar una salida pronto.

Quiso la suerte del mediano que un día por fin se enterara que esa misma noche se celebraría un gran banquete en la corte de Thranduil y encontró la solución a sus problemas. Bilbo había advertido en los pocos días que estuvo allí, que todas las provisiones y mercancías que llegaban a Mirkwood tenían como ruta el Río del Bosque, que corría por debajo del palacio y que luego se convertía en el Lago Largo, dando directamente con la ciudad de Esgaroth, o Ciudad de Lago. Salían desde las bóvedas del palacio de Thranduil, almadías cargadas de barriles vacíos, que al llegar al puerto de la ciudad comercial habitada por hombres, eran llenados y devueltos a Mirkwood. Bilbo pensó que, si lograba meter a los enanos dentro de los barriles, podría sacarlos de allí sanos y salvos.

Por fortuna, el banquete del rey permitió que casi toda la guardia saliera del palacio, dando más tranquilidad al mediano para actuar rápidamente. Sólo el jefe de los guardias y el mayordomo del rey quedaron en una bodega, probando el vino aparentemente proveniente de los jardines de Dorwinion del rey, tan potente como pueda serlo un vino que logre adormecer a un elfo, y al ver que pronto la soporífera bebida los llevaría hacia un pesado sueño, decidió actuar. Espero que ambos quedaran totalmente inconscientes para quitarle la llave de los calabozos al jefe de guardias y liberar a los enanos y por último a Thorin. Los enanos le agradecieron y se sorprendieron de la perspicacia de Bilbo. Pronto los dirigió a las bóvedas de donde partían los barriles y con mucha velocidad fue ayudando a todos y cada uno de los enanos, rellenando los espacios libres con paja, para reducir el impacto de los golpes que inevitablemente recibirían los barriles, dejando aberturas para que los pobres enanos pudieran respirar y tapándolos, para que los elfos no advirtieran su presencia al lanzar los barriles al agua. Finalmente concluyó la agotadora faena, para descubrir el punto débil de su plan, ya no tenía tiempo ni posibilidades de meterse él mismo en un barril. Comenzó a escuchar las voces de los guardias, que bajaban del banquete para cumplir con su trabajo con los barriles, por lo tanto, debió tomar una decisión desesperada: anillo en dedo, dejarse llevar junto a los barriles colocándose sobre uno de ellos.

Muchos fueron los pesares sufridos por los enanos, ni mencionar lo que el pequeño hobbit pasó, empapado, muerto de frío, y golpeado por los choques entre los barriles. Pero finalmente, llegaron a Esgaroth.

Bilbo nunca había estado más acertado en su vida como en este momento, por lo menos que él supiera, porque luego el tiempo diría que el mediano era más sabio que muchos otros que hacían alarde de sus conocimientos. Sucedía que la salida que él había elegido para escapar de los palacios de Thranduil era la única salida posible para ellos. Las demás sólo los hubiera llevado a más inconvenientes, sea por los peligros que debían enfrentar, por la magia que cerraba las puertas principales, o por la fuerte vigilancia de los elfos. Sin saberlo, había llevado la misión un poco más cerca del éxito, por la única salida posible.

Interior de Mirkwood

Tarian llevaba un buen tramo recorrido, había llegado al Río del Bosque e intentó encontrar una manera de cruzarlo sin que Alazor tuviera contacto con aquellas aguas, pero no la encontró, sólo había una barca que estaba navegando a la deriva con una cuerda atada, que al verla reconoció al instante que era de Bofur. Rogó que la compañía no yaciera en el fondo del río. Hizo retroceder a Alazor unos cuantos metros, justo en la parte más angosta del río, dio la orden para que comenzara con el galope y casi habiendo llegado a la orilla le pidió que saltara lo más lejos posible. Alazor llegó con su salto casi a la mitad del río y siguió galopando lo más rápido que le fue posible. Afortunadamente, el animal era aún muy jovial y resistente y el hechizo que dominaba esas aguas no le afectó. En breves momentos se encontraban del otro lado del Río del Bosque.

Tarian desmontó y dejó que su caballo recuperara el aliento mientras ella buscaba señas que indicaran que por allí hubiera pasado la compañía. Y las halló. Por todo el piso vio desperdigadas decenas de flechas, de entre ellas tomó una y supo que era de Kili, y otra vez la preocupación germinó en su corazón, pues intentaba adivinar qué extraña presencia les habría hecho descargar sus carcajs por completo, sin hallar el destino buscado.

Retomó el camino y mucho más allá comenzó a ver pisadas, pero eran solamente trece, por lo tanto, faltaba alguien o al menos no iba caminando. Por supuesto, Tarian no sabía que ese era en tramo en que Bombur iba somnoliento, llevado por los enanos que se iban turnando.

Kilómetros más adelante pudo ver que aparecían las pisadas de todos los miembros, y eso la tranquilizó, aunque no llegaba a comprender por qué razón parecía que uno de ellos había avanzado flotando. Pero también veía que las huellas se alejaban del sendero, volvían, iban y venían. La Maia cada vez lograba hacerse menor idea qué sucesos habrían afrontado los enanos y el mediano.

Esgaroth

Bilbo, mojado y muerto de frío y hambre como estaba, dejó los barriles en el agua, puesto que no podría sacarlos de allí él sólo. Decidió esperar a que los hombres hicieran esa faena y fue a buscar algo de comida para robar. Era lamentable, pero estaba muerto de hambre y frío. Esperó a que los hombres subieran los barriles a terreno seco, era de noche afortunadamente, ya que notaban los barriles pesados para ir vacíos, pero en la oscuridad era inútil que los abrieran. Cuando se retiraron, Bilbo se dispuso a liberar a los enanos de su confinamiento.

El primero en salir fue Thorin, andrajoso, magullado y sucio. Luego, entre los dos fueron liberando a los otros. Balin y Dwalin estaban muy afectados y no servían de ayuda, Bofur y Bombur estaban alterados por el extraño viaje. Por suerte contaban con Fili y Kili, que eran jóvenes y fuertes y pudieron ayudar a liberar al resto.

Una vez que hubieran concluido, decidieron apersonarse ante las gentes de la Ciudad de Lago, para pedir vestiduras, alimentos y un lugar donde descansar, sobre todo para Dori, Nori, Ori, Óin y Glóin, que habían tragado mucha agua y estaban prácticamente moribundos. El grupo expedicionario se acercó a la cabaña de los guardias y Thorin fue el primero en atravesar la puerta.

-¿Quién eres tú que irrumpes a estas horas por aquí, con ese aspecto desaliñado? –Indagó uno de los guardias.

-¡Thorin hijo de Thrain hijo de Thror, Rey bajo la Montaña! –dijo el príncipe enano ante la inquisidora mirada de aquel hombre-. He regresado. ¡Deseo ver al gobernador de la ciudad!

-¿Y quiénes son esos que caminan a tu lado?

-Fili y Kili, hijos de mi hermana, y el Señor Bolsón que nos acompaña en este viaje.

Les pidieron que dejaran sus armas, pero Thorin les explico que no estaba armados, lo cual era cierto, los elfos los habían desarmado al tomarlos prisioneros.

-Estamos desarmados, volvemos a nuestros dominios y aún así no podríamos luchar contra tantos hombres. Llévanos con el gobernador.

-Está en una fiesta –respondió el mismo interlocutor de antes.

-Entonces llévanos allí de una vez –ordenó Fili, estaba bastante molesto y cansado de tantas palabras.

Y así fue que fueron presentados ante el gobernador de Esgaroth. Thorin repitió las palabras que pronunciara a los guardias. Grande fue el revuelo allí, había elfos de la corte de Thranduil que explicaron que ellos eran prisioneros del rey. Thorin aceptó los cargos, pero también aclaró que nadie, ni el Rey Elfo podrían evitar el regreso del heredero de Thror. El gobernador titubeaba, no quería enemistarse con Thranduil, porque el comercio con Mirkwood era lo que sustentaba la economía de la ciudad, pero la noticia comenzó a esparcirse entre la gente y pronto todos en la ciudad hablaban del regreso del Rey Bajo la Montaña, aunque sólo se tratase de su nieto. Se decía que a su regreso, las aguas del lago estarían iluminadas por el oro que correría desde la montaña y todos serían ricos.

El gobernador no tuvo otra alternativa más que aceptarlos y sumarse a los clamores del pueblo, no sin guardar cierto recelo hacia los enanos, no creía en las antiguas canciones. Así, los enanos fueron aceptados en la ciudad. La compañía completa fue curada y alimentada y hasta recibieron una vivienda en la que descansar.

Interior de Mirkwood

Tarian seguía tras los rastros de Thorin y los demás, cuando empezó a ver rastros de telarañas, trozos cortados aquí y allá, que cada vez se hacían más frecuentes. Por fin llego ante un gran árbol, donde la cantidad de los pegajosos restos era impresionante. Su vista ya acostumbrada a la oscuridad le permitía ver las cosas con claridad, el confinamiento en Thangorodrim, en esa oscuridad impenetrable, incomparable a todas las demás le había valido la habilidad de adaptarse rápidamente para ver entre las sombras. Dirigió su mirada hacia la copa del árbol y descubrió un pequeño grupo de arañas, le pareció verlas temerosas, pero ante la duda desenfundó su espada de plata. Evidentemente, los engendros ya habían visto una hoja élfica antes, porque ni bien la hoja comenzó a deslizarse por la funda salieron huyendo despavoridas, alejándose de la visión de la Maia, que cada vez comprendía menos que cosas ocurrían en ese bosque.

Avanzó unos kilómetros más y comenzó a ver movimientos furtivos y un breve rumor de palabras susurradas. Ella sabía bien quienes eran: los soldados de Thranduil salían a recorrer los alrededores, puesto que la magia evitaba a las arañas, pero no a las avanzadas de orcos que se aventuraban mas allá de la entrada del Bosque Negro y lograban atravesarlo.

-Elthorn, Alassië nar i hendu i cenantet (benditos los ojos que te ven), largo tiempo separa este encuentro de los días en que mis pies recorrieron este bosque por última vez. –Se le hacía realmente molesto tener que manejarse con tal exceso de cortesía, pero para llegar a la estima de aquellos elfos sindar, que mucho distaban de los Altos Elfos que tanto había admirado milenios atrás-

-Tarian, que gran honor tenerte a las puertas del palacio. ¿Qué cruzada persigues que ha traído tus pasos hacia aquí?

-He extraviado al grupo que me acompañaba, es primordial encontrarlos a la brevedad.

-Quizás nuestro Rey Thranduil pueda aliviar tus dudas, o no. En todo caso sería un honor que nos acompañases.

Tarian accedió. No le tenía demasiado afecto a Thranduil, tenía sensaciones encontradas acerca de su persona, admiraba la templanza que mantenía entre sus gentes, pero lo consideraba un cobarde por no arriesgarse a prestar ayuda en ninguna de las batallas que se dieron desde que se convirtió en rey, luego de la muerte de su padre, Oropher. Además, había algo en su persona que le despertaba cierto recelo. Hubiera hecho lo posible por evitarlo, pero no había muchas opciones. Aún Tarian estaba preocupada por la suerte de Gandalf, que hubo de rodear el bosque por el sur.

La condujeron a través del puente, hasta cruzar las puertas del palacio. Esas cavernas le eran por demás conocidas y aunque no quería estar allí, le traía recuerdos de Menegroth, hogar de su antaño amiga Melian, y eso hacía un poco más aceptable recorrer los pasadizos que llevaban a la sala del trono. Tarian vio cómo tomaban las riendas de su caballo y lo habían llevado a un sector de palacio que servía de caballeriza para los visitantes. Siguieron su camino por los pasadizos apenas iluminados y luego de unos momentos llegó ante el rey.

Thranduil estaba sentado en toda su magnificencia en un trono de roble labrado, que simulaba la cornamenta de un alce, con vestiduras claras y brillantes, como era su costumbre y su corona de bayas y hojas secas, que correspondía al momento del año en que el otoño descendía sobre su reino. A su derecha, de pie, se encontraba el príncipe Légolas. Tarian lo había visto por última vez siendo aún un niño, pero ahora lo encontraba convertido en adulto. Era la viva imagen de su padre, pero el semblante en su rostro era mucho menos soberbio y más inocente. El rey se puso en pie y se acercó lentamente a la Maia.

-Los astros se han alineado y han traído de regreso a la Maia extraviada. –Le dijo mientras la miraba fijamente y caminaba alrededor suyo-

-Rey Thranduil –Hizo una amplia reverencia, sin quitar los ojos del rey que ahora se detuvo frente a ella- Otros caminos requirieron mi presencia, más no he olvidado tu cortesía durante mis estancias en tu palacio.

-Sabes que eres siempre bienvenida. Supongo que tendremos el honor de alojarte unos días.

-En verdad busco a mis acompañantes, nos separamos a la entrada del bosque, y no he logrado hallarlos.

Automáticamente, Thranduil supo a quién se refería, pero no hizo mención a ellos.

-No hemos recibido visitas en mucho tiempo, quizás quieras esperarlos aquí, y descansar, asearte y alimentarte bien. Igual tu caballo, siempre fiel a ti… Quienes son tus compañeros de viaje

-Sería un honor para mí, Thranduil. Quizás hayan desviado su camino y tarde o temprano lleguen aquí, son trece enanos y un mediano.

-Lo tendremos en cuenta y estaremos atentos por si aparecen. –Hizo un gesto que Tarian no logró definir, pero que en realidad denotaba desconcierto, sólo habían apresado a los trece enanos, y habían logrado escapar, no sabía cómo-

Hizo ademán a Galion, su mayordomo para que acompañara a Tarian a su recamara. La Maia fue conducida por unos cuantos pasillos hasta uno en que se encontraba la habitación de Thranduil y algunas habitaciones de huéspedes. Y allí Galion la dejó, meditando si entrar o salir corriendo a buscar a los demás por su cuenta. Finalmente decidió que la segunda opción no sería muy prudente ni cortés hacia el anfitrión. Debía permanecer allí y buscar la manera de reencontrarse con Kili y los demás. Kili, cómo anhelaba abrazarlo y besarlo, ahora que se encontraba en los dominios de Thranduil lo extrañaba más que nunca.