14- Plata

Había hecho un extraordinario descubrimiento. Un descubrimiento que implicaba una horrenda probabilidad.

Luchando contra la horrible sensación que le había acompañado desde que dejara el laboratorio, Sherlock esperó antes de entrar en casa, paralizado frente a la puerta, sacudido por los escalofríos.

John había cambiado, de eso no cabía duda. Su sangre lo demostraba. Sherlock se había extraído unas gotas del pulgar para compararla con la de John, poniendo ambas muestras bajo el microscopio. Lo que vio lo dejó impactado. Y los más negros augurios lo acosaron durante todo el camino de vuelta.

Entonces se armó de determinación. Si iba a salvar a John, el primer paso era serenarse. Sherlock respiró profundamente y abrió la puerta del apartamento.

La escena que se encontró le produjo un impacto casi físico: un plato volcado en el suelo, con todo su contenido (estofado, al parecer) desparramado sobre la alfombra, y John tendido junto a él. Se había caído del sofá y respiraba con esfuerzo.

Sherlock entró corriendo, con los faldones del abrigo flotando tras él.

—¿Qué? ¿Qué ha pasado?

—Oh, cálmate, ¿quieres? —le espetó John con aquella nueva actitud irritada. Se incorporó temblando y se sentó—. Estaba cenando y me caí, eso es todo.

—Nadie se cae sentado.

Sherlock ya había descubierto la causa de la repentina caída de John. Mientras éste volvía a sentarse en el sofá, se agachó y recogió con cautela la cuchara con la que había estado comiendo el estofado. Su mirada horrorizada pasó de la cuchara a John.

—Una cuchara. Has estado comiendo con una cuchara.

—Sí, ¿y qué?

—¡John, es de plata! ¡Nunca debes entrar en contacto con la plata!

—¿Qué? ¿Por qué?

¡Porque te mataría!

Un desesperante silencio se alzó entre los dos por un instante. John miró a Sherlock con el ceño fruncido, y acto seguido se echó a reír, desechando aquella idea tan ridícula.

—¿Que una cuchara me mataría? ¡Vamos!

—¡La cuchara no, John, la plata! Estabas bien antes de coger la cuchara, ¿verdad? Pero en cuanto lo hiciste empezaste a sentirte cada vez más débil, hasta que te caíste del sofá. Y me atrevería a decir que si no la hubieras soltado, ahora estarías muerto.

—¿Qué estás intentando decirme exactamente, Sherlock?

Una arruga cruzó la frente de Sherlock, como si pensar en ello le costara un gran esfuerzo.

—Licantropía —repuso finalmente.

—¿Lican-qué?

—Más comúnmente conocida como la maldición del hombre lobo.

Otro silencio. John lo miraba con expresión casi abstraída. Luego su rostro se endureció y se volvió frío.

—Ahora sí que estás siendo ridículo.

Sherlock fue a por todas.

—Te extraje una muestra de sangre.

—¿Que has hecho qué?

—Todo está relacionado con la estructura del ADN. Cuando desapareciste, alguien combinó de algún modo tu ADN con el de un animal; en este caso, un lobo. Ambos se están mezclando lentamente entre sí, pero la fusión no será completa hasta que te expongas a la luna llena.

John enrojeció y estalló en cólera.

¡Por Dios, yo no desaparecí! ¡Pensaba que ya habíamos dejado zanjado ese tema!

—¡No hay tiempo para discutir, John! ¡Tus moléculas están mutando a un ritmo acelerado! ¡Si no te llevamos a un laboratorio y encontramos la cura...!

¡No pienso ir a ningún laboratorio! ¡Estás loco!

Oír eso hizo que Sherlock olvidase de un plumazo todo escrúpulo en llevar a cabo la cruel acción que John iba a tener que soportar. Sin apenas inmutarse, hundió la mano en el bolsillo de su abrigo y sacó el silbato que Mycroft le había dado. Lo sopló con todas sus fuerzas, y al instante John lanzó un grito y se llevó las manos a las orejas. El estridente pitido era una tortura para sus oídos. Sherlock, en cambio, no oía nada.

—¿Qué diablos es eso? —gimió John, sin dejar de protegerse.

Sherlock no alargó más el tormento. Al fin y al cabo, aquello sólo pretendía ser una demostración. Hizo oscilar el silbato frente a John.

—Un silbato para perros. Hecho expresamente para producir un sonido demasiado agudo para ser percibido por el oído humano. ¡Pero tú lo has oído, y a plena potencia! —Arrojó el silbato a un lado—. ¡Una característica de los hombres lobo, John!

—¡Vale, se acabó!

John se levantó bruscamente y fue en busca de su abrigo. Una sensación de urgencia invadió a Sherlock.

—¿Qué vas a hacer?

—Tengo que alejarme de ti y de toda tu basura. Voy a salir.

Sobreponiéndose al frío y a la extrema agitación de su mente, Sherlock se situó de un salto ante la puerta con los brazos extendidos, en un intento de detenerlo.

—John Hamish Watson, escúchame bien, porque no pienso volver a repetirlo. Nunca en mi vida he... conectado con alguien de la forma en que conecto contigo. Me has ayudado, me has apoyado, y por encima de todo, me has brindado tu amistad. Confieso que en ocasiones me resultas increíblemente irritante: no piensas las cosas, eres demasiado moralista y no paras de morderte las uñas. Pero no cambiaría nada de ti. Sin embargo, alguien ha... alguien te ha cambiado, y ya no eres... —Se detuvo, y dejó caer las manos—... ya no eres mi John.

John se quedó mirándolo con una expresión casi neutral, y por un instante pareció como si lo reconsiderara. Pero en el último momento, apartó a Sherlock y pasó a su lado con un cortante exabrupto.

—Que te jodan.