Advertencia: En mi cabeza, esto es completamente canon.


Premisa: Público/íntimo. asondomar


A simple vista, eran una pareja perfecta. Él era atento, caballeroso, considerado de sus sentimientos y sus deseos. Nunca olvidaba su cumpleaños o su aniversario, y hacía un punto de enviarle arreglos florales (algo que no pasaba desapercibido en su oficina) para cada fecha especial. Suponía que la costumbre había comenzado en sus primeros años de relación, cuando su trabajo de medio tiempo en la floristería de su madre era algo que los unía en las largas y aburridas tardes de verano. La llevaba a cenar a los lugares más exclusivos de la ciudad, dónde procuraba tener siempre la mejor mesa. Él prefería el ventanal, lejos de los demás pero a ella le gustaba estar siempre a unos metros de la salida de emergencia. Así que en compromiso, tomaban la mesa equidistante a ambas cosas. Cada uno de los obsequios que le daba había sido especialmente elegido para ella.

Cuando salían, ella tomaba su brazo o él ponía su mano en su espalda baja, un gesto que sugería cariño e intimidad. Siempre la miraba con párpados entrecerrados y una media sonrisa que hacía que la prensa se volviera loca. Se aseguraba de asistir a todos sus eventos, tener un lugar en la primera fila de sus desfiles y pararse para aplaudirle cuando ella salía con la última modelo y la pieza joya de aquella colección. Le dedicaba una sonrisa breve y era el primero en saludarle al bajar. En sus conciertos, siempre le dedicaba alguna canción.

Procuraban llegar juntos a todos los eventos, en especial a los eventos de sus amistades cercanas. En ambientes más relajados, él se separaba de su lado para estar con sus amigos mientras ella hacía lo mismo, mirándose entre risas con una complicidad envidiable. La tomaba de la mano y abría sus puertas y siempre hablaba de ella con el más alto respeto y admiración.

Ella era cariñosa, divertida y consentidora. Tenía detalles pequeños como enviarle el almuerzo a él y a su banda cuando sabía que no tenían tiempo de salir del estudio y cuando las sesiones se alargaban hasta la noche, ella misma llegaba con comida hecha en casa para ellos. Besaba sus labios suavemente y los acompañaba por media hora, no más, antes de dejarlos trabajar; no sin antes pedirles que no terminaran tan tarde.

Era muy cuidadosa de su imagen, y de la suya. Se aseguraba de asistir a sus eventos cuando podía y de repasar el vestuario con su asistente personal. Mantenía su armario en orden y recordaba qué cosas le gustaban y qué cosas no; conocía sus productos de higiene personal a la perfección y cuando viajaban, hacía su maleta de manera exquisita. Cada vez que sacaba una colección nueva, diseñaba un traje o una pieza exclusivamente para él (casualmente, se convertía en la más cara y mejor vendida de cada temporada).

En sus aniversarios, le regalaba joyería con sus iniciales grabadas, exquisitos relojes o pulseras exclusivas que él mencionaba en entrevistas, haciendo que los reporteros se derritieran. Había comenzado a hacerlo desde la primera vez que él le dio un brazalete Love de Cartier (ya tenía varios, y se aseguraba de usarlos seguido en eventos públicos). Siempre agradecía su apoyo y mantenía fotografías de ambos en varios lugares en su estudio de diseño y oficina privada.

Parecían una pareja perfecta y juntos, daban la ilusión de ser intocables. Pero la realidad muy rara vez concuerda con la ilusión. La suya era una relación de entendimiento, no de amor. A veces pasión, sin sentido y fuera de lugar, pero nunca de amor. Su amistad los llevó tan lejos y les dio una estabilidad que ambos necesitaban en su vida, un escape a su infancia hambrienta de cariño y atención. Sora era la figura maternal que él siempre necesitó, y la presencia constante de Yamato la distraía de su propio padre ausente.

Cuando llegaban a casa y a pesar de compartir una habitación y una cama matrimonial, cada quién tenía su espacio aparte. Durante su tiempo libre podían pasar días sin dirigirse la palabra, contentos con saber de la presencia del otro en la proximidad. Era en las salidas inesperadas que a veces chocaban, se desorientaban un poco de sus tan bien ensayados roles. El día que Yamato recibió la noticia de que era tío, salió de la casa sin esperarla, sin llamarle; un manojo de nervios y confusión en el trayecto hasta el hospital. No fue sino hasta después de abrazar a su hermano con los ojos llenos de lágrimas y besar la mejilla de Hikari, al cargar a su pequeño sobrino, que se dio cuenta que Sora no estaba ahí.

Estaba sentado en un banco de piedra en el pequeño jardín del hospital cuando ella llegó. Yamato fumaba un cigarrillo, sus dedos enrollándose casi con cariño al narcótico. Sora traía el cabello un poco despeinado; quizás salió apresurada de la casa al recibir la noticia. Lo miraba de manera extraña, como si tratase de evitar sonreír o decir algo.

Felicidades—le dijo finalmente.

Yamato exhaló, notando la ausencia de su alianza matrimonial en su corazón izquierdo. En su prisa había tomado sólo lo esencial y olvidado el preciado objeto. Asintió lentamente, viéndola tras párpados pesados y una capa de traslúcida melancolía.

—Estoy cansado —le dijo, tirando el resto de su cigarrillo al piso y apagándolo con su talón—, vamos a casa.

Esa noche, tomó su mano durante todo el camino de regreso. Se besaron en el portal y fueron juntos a la cama. Luego, mientras yacía entre sus brazos, suspiró:

—Yo también estoy cansada.

Yamato beso la corona de su cabeza y presionó su mano suavemente. Durmieron, arropados por la certeza de que esa era la última noche que pasaban juntos.