NdA: ¡Gracias por leer y comentar!
Capítulo 14 Conversaciones reveladoras
La reanudación del curso escolar no fue fácil. Apenas había alumnos afectados esta vez, pero Albus tenía la sensación de que no era el único que había tenido una especie de revelación con el último ataque. Muchos hablaban, como él, de hacer algo. La gente quería convertirse en auror, unirse a los Cuervos. Williamson, Brown y Broadmoor, con los que había tenido problemas desde segundo, habían dejado de mantener las distancias con él, Amal y Urien, como si se hubieran dado cuenta de que era ridículo perder el tiempo con cosas de críos cuando había una guerra ahí fuera en la que cualquiera podía morir en cualquier momento.
Amal también había dejado de languidecer por Britney; ahora apenas se fijaba en ella. A Albus le sorprendió un poco ver que empezaba a pasar tiempo con Virginia Morris, una Ravenclaw de su curso de pelo rubio y ojos azules y acuosos. Aunque simpática, era más bien feúcha. Albus pensaba que Amal hacía mejor pareja con Dina McLaggen o incluso Morrigan, pero no hizo ningún comentario, contento de que al menos Amal hubiera dejado de sufrir por Britney.
Después de volver del entierro de la abuela de Michael y las gemelas, Scorpius le había dicho a Albus que la única manera de ayudar que tenían en ese momento era echarle una mano a Mei en sus investigaciones para el Departamento de Misterios. No se le había ocurrido sólo a ellos: dos o tres Ravenclaw de séptimo también se habían ofrecido a colaborar desde el principio. Scorpius y él no podían hacer mucho, porque las investigaciones se movían a un nivel muy superior al que ellos dos tenían, pero siempre terminaban encargándoles algo. A veces Mei les pasaba un libro que le llegaba por correo y les pedía que lo leyeran en busca de referencias a Apariciones fuera de lo corriente; otras veces, alimentaban a los ratoncitos blancos con los que Mei experimentaba con permiso de McGonagall o pasaban a limpio resultados de experimentos.
También practicaban constantemente el Murificatio. Habían dicho que a finales de trimestre mandarían a alguien del ministerio armado con una pistola para poner a prueba, mejor que con un tirachinas, la solidez con la que ejecutaban ese encantamiento en blancos preparados a ese fin. Había muchos alumnos impresionados ante tal prueba, pero Albus sabía que si su Murificatio no fuera lo bastante bueno, habría muerto en su enfrentamiento con Bouchard y los Parásitos. Eso sí era una prueba.
Y por supuesto, hablaban de la Cuarentena. Todavía no la habían declarado formalmente ni lanzado el poderoso conjuro que cerraría las fronteras de las Islas Británicas a cualquier criatura mágica, humanos incluido, pero era cuestión de días. Lo que había pasado en Oxford había asustado de verdad a la comunidad mágica internacional, y eso que, increíblemente, los encargados de arreglar el desastre habían conseguido evitar que la magia saliera a la luz. El Profeta decía que habían tenido que obliviatear a más de doscientas personas y que los BIM habían estado analizando exhaustivamente Internet para cerciorarse de que no había fotos ni videos del ataque circulando por allí. Además, el Comité de Excusas para los Muggles, con la ayuda también de los BIM, había creado una noticia falsa para los ciudadanos de Oxford en la que atribuían cualquier suceso extraño al rodaje de un cortometraje de ciencia-ficción. Hasta habían subido a Internet un par de fotos de dicho rodaje, obviamente falsas. Albus aún no podía creer que aquello hubiera dado resultado, pero el hecho era que los periódicos principales del país no estaban anunciando a bombo y platillo que la magia existía.
Para Albus, lo peor de la Cuarentena era que James iba a quedarse en los Estados Unidos; pasaría allí las Pascuas y el verano, con tío Charlie, quien tampoco podía dejar su trabajo así como así. Sus padres le habían dicho que quizás la Cuarentena ya hubiera terminado para entonces, pero Albus pensaba que hablaban por hablar, ya que nadie podía saber cuánto duraría aquello.
-Pero ¿James podrá volver? –le preguntó Rose, en la Sala Común.
-No creo. Mi padre dice que con este nivel de Cuarentena aún se pueden abrir puertas en la barrera de manera controlada, pero que probablemente los miembros de la CIM sólo las abrirás en casos de extrema necesidad. Si no vuelve a Inglaterra antes de que nos aíslen, ya no podrá entrar hasta que acabe la guerra.
-Vaya mierda…
Albus dio un pequeño resoplido de frustración.
-Cuando escuchaba todas esas historias sobre la guerra que cuentan nuestros padres pensaba que parecía emocionante. Pero esto… es horrible. El año pasado ya estábamos preocupados por lo del traidor de Hogwarts, pero era distinto. Ahora sólo puedo pensar que nos quieren atrapar a todos. O ellos o nosotros.
-¿Has hablado con Teddy?
-¿Y qué quieres que le diga? –dijo, desdeñoso-. ¿Que me agobia que haya una guerra? Lo raro sería que no me preocupara. ¿O a ti no te pasa?
-Sí, pero intento pensar que no nos pasará nada a nosotros. Además, si nuestros padres pudieron vencer a Voldemort y los mortífagos cuando estaban en séptimo, seguro que pueden ganar ahora a los Parásitos. En cuanto descubran dónde se esconden irán a por ellos.
Aquello le pareció totalmente absurdo, no podía creer que su prima a veces fuera tan ingenua.
-Ganar una vez no significa que vayas a ganar siempre.
-Jo, Albus, qué pesimista.
-No soy pesimista, soy realista –replicó él.
-No, estás como Scorpius el año pasado, cuando quería dejar el quidditch porque le parecía una tontería. Tú mismo me lo contaste. ¿Y qué le dijo Teddy?
Albus no se acordaba de las palabras exactas, pero sí de la esencia. Que debían seguir adelante. Que mientras fuera posible, debían intentar llevar la vida que habían llevado siempre. Pero eso era la teoría, claro. Llevarlo a la práctica era más difícil.
A Mei no le hacía ninguna gracia estar en medio de una guerra, o que hubieran matado a su abuelo o que hubieran secuestrado a Angela, pero tenía que admitir que le encantaba poder dedicarse a cosas serias en vez de seguir más o menos las clases, como había hecho hasta ahora. Sólo asistía puntualmente a Defensa y Encantamientos, porque si algo había aprendido el año anterior era que el profesor Zabini había tenido razón al decir que a los Parásitos no les importaba nada que ella fuera una intelectual sin interés por las peleas. A veces también se acercaba a Pociones, donde no le costaba mantenerse al día con la teoría. Además, leía a menudo sobre la teoría de las Pociones porque le hacía falta. Pero el resto del tiempo, si quería –y vaya si quería- lo dedicaba a investigar para el ministerio.
¿Cómo conseguían que sus muggles sobrevivieran a la Aparición y a los Trasladores? ¿Era un hechizo o una poción?
En cuanto lo averiguara y consiguiera contrarrestarlo, habría dejado a los Parásitos sin una de sus mayores ventajas. El número de magos de sus filas tenía que ser por fuerza menor que el de muggles, sobre todo considerando que parecían estar implicando a familias enteras de sangremuggles, y esos mercenarios senegaleses.
Mei se dirigía hacia las escaleras pensando en ello. Pensaba en ello constantemente, como si su cabeza no quisiera ni pudiera descansar. La mitad del tiempo ni se acordaba de comer, eran sus compañeros quienes se lo recordaban para que no se quedara en ayunas.
Y de repente, cuando ya estaba bajando las escaleras, tuvo un tropezón estúpido, perdió el equilibrio y cayó hacia delante con un chillido de alarma. Sin poder evitarlo, empezó a rodar por los escalones.
Mei notó cómo su brazo izquierdo crujía bajo su peso y un golpe seco en la sien y pensó con miedo, pero aún más sorpresa, que iba a morir de la manera más absurda posible. Sin embargo, de pronto se encontró flotando en el aire. Mei, que en ese momento no podía pensar con claridad, se preguntó qué habría pasado. Sólo cuando descendía lentamente vio a Dominique Weasley con la varita en la mano. Ella y Scarlett, una amiga suya, la observaban con preocupación.
-¿Estás bien, Mei?
-Creo que me he roto el brazo –dijo, dándose cuenta del horrible dolor que sentía al intentar moverlo. Se había hecho daño, daño de verdad.
Dominique miró a su amiga.
-Ve a avisar a madam Midgen, yo me quedo con ella. Es mejor no moverla. –Scarlett asintió y salió corriendo, y Dominique, que había dejado suavemente a Mei sobre el suelo, se arrodilló a su lado-. ¿Qué ha pasado?
-Me he tropezado.
-Menos mal que estábamos aquí, te podrías haberte roto el cuello.
Mei, que estaba de acuerdo con ella, se sentía como una idiota. El corazón le latía aún a mil por hora por el susto y el brazo le dolía a rabiar.
Unos Gryffindor de primero y un poco más tarde, un par de Slytherin de los últimos cursos, pasaron por allí y se quedaron para contemplar y comentar el espectáculo. Mei seguía allí tumbada, sin atreverse a moverse por si el golpe en la cabeza le había causado alguna conmoción cerebral o le había provocado un coágulo de sangre. Por suerte, madam Midgen no tardó mucho más en llegar, y después de ahuyentar a los mirones la examinó con un par de hechizos.
-Tienes una fractura limpia en el cúbito y una contusión cerebral. Será mejor que te lleve a la enfermería.
Madam Midgen la alzó en el aire con un hechizo levitatorio y Mei tuvo que pasar por la vergüenza de ser paseada por medio colegio de esa guisa, dejando tras de sí un rastro de comentarios. Por fin llegaron a la enfermería, en esos momentos totalmente desocupada. Madam Midgen la tumbó en una de las camas y volvió a lanzarle un par de hechizos y le hizo tomar una poción. El dolor del brazo roto desapareció casi al momento; Mei lo movió a instancias de la enfermera y comprobó que se encontraba perfectamente.
-Quiero que te quedes aquí hasta mañana, Mei. Los golpes en la cabeza pueden ser muy traicioneros.
-Estoy bien –le aseguró.
-Eso lo decidiré yo, ¿de acuerdo?
-Pero…
Ya no le dolía nada, ¿por qué tenía que quedarse allí? Sin embargo, Midgen no parecía muy dispuesta a dejarse convencer.
-Nada de peros. Y avísame enseguida si te mareas o te duele la cabeza, ¿entendido?
-Entendido –dijo con resignación.
Scorpius se enteró de lo que le había sucedido a Mei al terminar su entrenamiento de quidditch. Preocupado, fue a verla, y allí se encontró también con Albus, Seren, la prima de Mei y sus amigas, Tarah Withers y Rebecca Kaufman.
-Eh, ¿estás bien? –preguntó, observándola con atención en busca de daños. Aparte de llevar el brazo inmovilizado, no se veía nada serio.
-Sí, por suerte no ha sido grave.
-¿Qué ha pasado?
Mei le contó cómo un tropezón la había hecho caer por las escaleras y cómo la prima de Albus y una amiga suya la habían parado a tiempo de que le pasara algo más serio. Madam Midgen se acercó entonces para decirles que eran muchos y que iban a agobiarla; Mei protestó, negando sentirse agobiada, pero su prima, Tarah y Rebecca, que llevaban allí más tiempo, decidieron marcharse a hacer los deberes y volver después. Scorpius pensó que aquella debía de ser la primera vez que estaban los cuatro solos desde el año pasado.
-¿Cuánto tiempo vas a tener que estar aquí?
-Hasta mañana –dijo Mei-. No sé qué espera que haga aquí muerta de asco hasta entonces. Por lo menos podría dejarme hacer los deberes, pero ni eso.
-Oh, qué mujer más cruel –dijo Scorpius-. Mira que no dejarte hacer los deberes…
Seren y Albus se rieron.
-Por lo menos es más entretenido que no hacer nada –replicó Mei-. Y encima estaba en una parte súper emocionante de la investigación. Estoy segura de que tienen que usar una poción y un hechizo a la vez, ¿comprendéis? El hechizo protege al organismo muggle de las consecuencias del viaje por la no-realidad de la Aparición y la poción, de las consecuencias de ese primer hechizo.
-¿A la vez? –dijo Seren-. ¿Les lanzan el hechizo mientras se toman la poción?
-No, mujer, es una poción con hechizos.
-¿Eso puede ser?
Mei asintió.
-Claro –dijo Scorpius al mismo tiempo-, la poción que mi padre usó para curarme era de esas. Y la que está investigando ahora también. No es que haya muchas, pero sí las hay.
Mei frunció ligeramente el ceño y lo miró como si hubiera dicho algo tremendamente importante.
-Es la poción que mató a Rookwood y al Parásito muggle que capturaron, ¿no?
-Sí.
Estaba claro que estaba pensando algo y Scorpius supo enseguida el qué: que ambas pociones podían estar relacionadas, quizás incluso que se trataba de la misma. Al fin y al cabo, el muggle de Windfield tenía que haber llegado allí con la Aparición.
-Qué idiota he sido… -exclamó Mei, asombrada-. Scorpius, tienes que escribir a tu padre. Dile que me envíe toda la información que haya reunido sobre la poción de Rookwood. Creo que es la que han estado usando para permitir que los muggles puedan sobrevivir a una Aparición.
-Pero… no digo que no pueda ser, pero sé que casi todos los ingredientes de la poción que está investigando mi padre son venenosos.
Había estado un par de veces con él en el laboratorio aquellas Navidades, así que sabía de lo que hablaba.
-Eso no importa, si existe un antídoto –replicó ella-. Pueden tomarlo cuando acaben su misión. Ese muggle no pudo volver a tiempo y murió. Vamos, vamos, ¡ve a escribir la carta! Si la envías hoy puede que recibamos la respuesta mañana por la noche.
Scorpius no sabía si su padre accedería a compartir su información con Mei. Para empezar, podía ser confidencial. Y Mei no dejaba de tener trece años; cabía la posibilidad de que su padre no se la tomara en serio. Era más que probable. Pero supuso que no perdía nada por intentarlo. Al fin y al cabo, si había algo que quería su padre era detener a esa gentuza.
Después de un rato, madam Midgen volvió a considerar que allí había demasiada gente y al final Mei se quedó con Seren como única compañía. El año pasado eso habría sido de lo más normal, pero las cosas habían cambiado desde que Seren tenía novio y a Mei le sorprendió un poco ver que se quedaba con ella.
-¿Está Ollerton ocupado o algo?
Seren dio un pequeño suspiro y la miró con ojos honestos, abiertos.
-Lo siento, Mei. Ya sé que últimamente no nos vemos tanto. Y sé que en parte es culpa mía, porque estoy con Aldric todo el rato. Pero tú también pasas mucho tiempo investigando eso con los Inefables, la verdad. Y ya sé que es muy importante y que a los chicos les gusta ayudarte y todo eso, pero a mí me aburre, es como estar en clase, pero peor. No quiero pasar mi tiempo libre leyendo libros que no entiendo y cosas así.
Mei tuvo que admitir que no había pensado en eso. Y no podía sorprenderse de que Seren no encontrara entretenida la investigación, a ella nunca le habían gustado esas cosas.
-¿Y entonces?
-Bueno… ahora voy a hacerte compañía hasta que me eche Midgen. Y el domingo podríamos quedar por la mañana para practicar Transformaciones.
Aunque odiaba Transformaciones, Mei asintió. No quería suspender la asignatura y la práctica, en el fondo, le vendría francamente bien. Además, siempre se había reído cuando practicaba junto a Seren y las dos se burlaban de lo mal que lo había hecho la otra.
Seren cumplió su palabra y se quedó allí con ella hasta que llegó la hora del té y Midgen le dijo que debía marcharse ya para dejarla descansar. Mei no creía necesitar descanso alguno, pero en cualquier caso se alegraba de haber aclarado las cosas con Seren. Le había entristecido pensar que no eran tan amigas como creían. Bueno era haberse dado cuenta de lo contrario.
Hasta la hora del té, Albus no volvió a ver a Amal y Urien y se sorprendió al darse cuenta de que el segundo tenía los ojos enrojecidos, como si hubiera estado llorando. Los viernes antes del té tenía sesión con Teddy y normalmente salía bastante animado. ¿Qué habría pasado? Albus intercambió una mirada con Scorpius, que esa tarde se encontraba sentado a su lado en la mesa de Gryffindor.
-Eh, Urien, ¿estás bien?
-Sí, no pasa nada.
Albus intercambió otra mirada con Scorpius y vio que a él tampoco le había sonado muy convincente. Ni a Amal.
-¿Te has peleado con alguien?
-No.
Esta vez parecía más sincero, pero Albus decidió intentar sonsacarle cuando terminaran el té. Quería asegurarse de que Urien no estaba de un humor raro. Amal colaboró inadvertidamente con sus planes cuando les dijo que él y otros chicos de Gryffindor habían quedado para echarle un vistazo a las nuevas revistas y fotos porno de Charles.
-Yo ya las veré luego, quiero acompañar a Scorpius a la lechucería. Urien, ¿te vienes con nosotros?
Urien abrió la boca, seguramente para negarse, pero Scorpius le cogió del brazo.
-Venga, va, que será un momento.
Aunque Urien puso los ojos en blanco con fastidio, al final se dejó llevar sin quejas en dirección a la puerta del Gran Comedor. Como aún estaban rodeados de mucha gente, Albus decidió posponer el tema y hablar de otra cosa mientras tanto y le dijo a Scorpius, no por primera vez, que no entendía por qué se llevaba a su gato Nox al colegio, en vez de a Brownie.
-Ya te lo he dicho, le echaría más de menos de lo que echo de menos a Brownie. Además, me fío más de él que de la lechuza. Tú tienes una rata, ¿no, Urien?
-Sí, Avellana. Aunque mi hermana Penny dice que ella va a querer una lechuza también, una blanca.
-Como la de Lily –dijo Albus.
Los tres estuvieron hablando de sus mascotas hasta que llegaron a la lechucería. Albus tuvo la sensación de que Urien parecía un poco más animado que durante el té, así que, después de todo, no podía tratarse de nada demasiado grave. En primero no había habido manera de animarlo.
-Eh, ¿seguro que no te has peleado con nadie?
-Seguro. –Parecía sincero y después de unos segundos, dijo casi a regañadientes-: He estado hablando con Teddy de cosas que me han puesto de mala leche, pero ya está. No es nada.
Albus dudó un momento, pero luego siguió adelante con lo que quería decir.
-También puedes hablar con nosotros alguna vez, si quieres. Nunca se lo diríamos a nadie.
Scorpius parecía un poco sorprendido por su propuesta, inesperada quizás para todos, pero también asintió, corroborando su oferta, su promesa. De repente, había cierta tensión en el ambiente porque los tres sabían que estaban hablando de algo realmente grave, de algo que había tenido que manejar un auror. A esas alturas, Albus estaba convencido de que, como mínimo, el padre de Urien les había maltratado físicamente a él y a su hermana, de manera quizás brutal. Y sólo en algunas ocasiones, después de haberlo visto reaccionar con asco y disgusto frente al porno, se le había cruzado por la cabeza una idea loca y enfermiza que se apresuraba a olvidar.
-Ya –dijo Urien-. Es que no me gusta hablar de eso. Mi padre era un cabrón. Está mejor muerto. Eso es todo.
Albus quería tanto a su padre que casi le dolió oír a Urien hablando así del suyo, aun sabiendo que probablemente había razones de sobra para esos sentimientos negativos. Scorpius tenía una expresión similar.
-Para hablar así de él tuvo que pasarse un montón.
Urien dio un pequeño resoplido irónico, como si Scorpius se hubiera quedado muy, muy corto.
-No tienes ni idea. –Después meneó la cabeza-. Pero en serio, no quiero hablar de eso. Ya ha pasado, ahora ya no puede hacernos daño.
Albus estuvo a punto de preguntarle qué les había hecho. Tenía la pregunta en la punta de la lengua, pero consiguió refrenarse, respetar su derecho al silencio. Si sus peores sospechas eran ciertas, entendía perfectamente que no quisiera hablar de ello.
Como cada sábado, James se preparó para su viaje semanal a Oakville. Aquel día había quedado para almorzar con su tío Charlie, quien le había dicho que le iba a llevar un colgante con un diente de dragón.
A pesar de que ya había transcurrido casi un mes, y todas las vacaciones de Navidad por medio, James no había olvidado el episodio del robo. Tampoco le había contado a nadie sus sospechas de que, en realidad, se había tratado de otra cosa. Él mismo se había convencido casi del todo de que había sido un simple ladrón. Pero esa pequeña fracción que quedaba por convencer le hacía andarse con mucho cuidado cuando salía de las protecciones de Salem. Procuraba no quedarse solo, tener la varita lo más a mano posible y, cuando podía, situarse entre TJ y Clive.
Aquella mañana el frío era brutal, tanto que habían estado a punto de cancelar la excursión. James habría usado la Aparición para ir a Oakville, pero sus amigos no habían cumplido aún los diecisiete años y no sabían Aparecerse, así que optó por acompañarles a pie. No había muchos alumnos haciendo aquel trayecto; la mayoría había preferido quedarse en el colegio, a salvo del frío.
Como era habitual, la primera parada fue en el Trébol Afortunado, donde unas cervezas de mantequilla les ayudaron a entrar en calor. Aquel no era día de visitar escaparates y se quedaron hablando allí un buen rato. Cerca del mediodía, sin embargo, se acercaron a una tienda de repuestos para escribir porque Meredith tenía que comprarse una pluma nueva. No había mucha gente por la calle y James se relajó un poco; en esas circunstancias podía controlar mejor si alguien se acercaba a él.
James iba pensando en la Cuarentena. Había leído aquella mañana que iban a levantarla aquel mismo lunes. La idea de no volver a ver a su familia hasta no se sabía cuándo le hacía sentirse ligeramente mareado, como frente a un abismo. Pero ya era mayor de edad, ¿no? Se suponía que estaba listo para tomar decisiones por sí mismo, aunque aún estuviera en el colegio; se suponía que ya no debía necesitar tanto a sus padres. Podía empezar a estudiar en la Academia de Aurores de los Estados Unidos y volver a casa cuando la Cuarentena terminara.
Aunque, por otro lado, tampoco le hacía mucha gracia estar fuera de Inglaterra cuando toda su familia estaba allí, en peligro por culpa de los Parásitos. James quería luchar contra ellos de algún modo, colaborar, como Michael y Fred pretendían hacer cuando salieran del colegio.
Sus pensamientos no le impedían fijarse en lo que sucedía a su alrededor y su atención se dirigió hacia un hombre de unos cuarenta o cincuenta años que caminaba hacia ellos. Iba envuelto en una capa y se cubría el cuello con una bufanda oscura. James vio que le miraba a los ojos y cerró la mano en torno a su varita. Si intentaba agarrarle, lo inmovilizaría. Pero el hombre fue aminorando el paso y se detuvo un par de metros antes de cruzarse con ellos.
-¿Tú eres James Potter? –dijo, con acento inglés, de Dover.
-¿Le conozco? –preguntó, mientras sus amigos los miraban a ambos.
-No, pero sé quién eres.-El hombre esbozó una sonrisa desagradable; tenía los dientes grandes y amarillentos-. ¿Le has dicho a tus amigos por qué te expulsaron de tu anterior colegio?-James, totalmente pillado por sorpresa, sintió cómo el estómago le daba un vuelco. No, no podía estar pasando. Pero el hombre continuó hablando con cruel satisfacción, haciendo realidad una de sus pesadillas-. ¿Saben que intentaste dejar sin magia a un niño de doce años?
James oyó las exclamaciones de sorpresa de sus compañeros, pero no se atrevió ni a mirarlos. Estaba paralizado, horrorizado.
-Pero ¿este loco qué dice? –exclamó Clive.
-No soy ningún loco. A este chico lo expulsaron por eso. Intentó quitarle la magia a un niño.
-Eso es mentira –dijo TJ, desafiantemente-. ¿A que sí, James?
No podía hablar. Sentía las mejillas encendidas y el picor de las lágrimas de rabia y vergüenza en los ojos.
-No estoy mintiendo –replicó el hombre desdeñosamente-. No tenéis más que mirarlo a la cara. Sí, un asunto desagradable… No fue a la cárcel porque tuvo la suerte de que al final el chico se recuperó y sus padres retiraron la demanda.
Sus amigos lo miraron con incredulidad y aprensión, Clive incluso dio un paso hacia atrás, como si lo considerara peligroso.
¿Por qué? ¿Por qué le estaba haciendo eso?
Aún se lo estaba preguntando cuando una mano aferró brutalmente su muñeca derecha, impidiendo que pudiera usar su varita, y James notó, alarmado, el tirón de la Desaparición.
Continuará
