Capitulo 13

—¡Bájame! ¡Todo el mundo nos está mirando! —Bella recorrió con la mirada el salón y luego se sonrojó profusa mente ante las expresiones sorprendidas de los invitados—. Edward... — lo miró, rogándole que no la humillara de esa ma nera, pero su expresión era severa, exigente y voraz.

—Participas en juegos peligrosos, señora, y has encendido mi curiosidad —las comisuras de sus labios se elevaron en una mueca salvaje—. Espero sinceramente que puedas sobrevivir a tu desafío.

El corazón de Bella latió con furia en su pecho. ¿Sobre vivir? ¿Por qué diría tal cosa? ¿Había ido demasiado lejos? Lo había deseado tantas veces luego de verlo en el lago lucien do sólo una sonrisa que parecía la de un ángel en un éxtasis pecaminoso. Pero estaba con una mujer que él amaba, ese día. Esto era diferente, porque aunque ahora era su esposa, Bella sabía que él no sentía nada por ella más que una en cendida pasión. ¿Cuán encendida?, se preguntó y se le lle naron los ojos de pánico. ¿La castigaría por tomar parte de un juego del que ella no sabía nada? Se mordió el labio fu riosamente, preocupada por el dilema que ella misma ha bía desatado.

—¿Estás asustada? —susurró Edward. Sus ojos ardían con un poder puramente masculino... y una chispa de diversión.

—¿Tendría que estarlo?

Él asintió. El pulso de Bella latió salvajemente en su cue llo y él lo acarició muy suave con la lengua mientras la lleva ba por las escaleras. El sabor de su piel le hizo desearla aun más. Hundió el rostro en ese cuello.

—Yo nunca... —Bella comenzó a decir.

—Lo sé —susurró él contra su piel.

Abriendo la puerta de una patada, Edward entró en su alco ba y se detuvo frente a la enorme cama.

—¿El campo de batalla? ¿O algún lugar más neutral? —ofreció, señalando una alfombra espesa de piel de oso en el suelo frente al fuego que rugía en el hogar.

Bella tragó. Ambos lugares parecían igualmente aterra dores. En realidad, había ido demasiado lejos con este hombre, prometiéndole un placer que no sabía dar. Él se enfadaría, se impacientaría, la tomaría sin ternura. Había imaginado este momento con él tantas veces que se había sentido segura de sa ber qué hacer, cómo complacerlo. Pero ahora, con el fuego del hogar calentando la alfombra de piel, la enorme cama esperan do el comienzo de la apasionada batalla, y sus manos aferra das con fuerza alrededor de ella, una nueva ola de pánico in vadió los nervios de Bella. Levantó la vista esperando encontrar consuelo en la belleza de aquella mirada azul verdo sa. Sólo vio un crudo apetito.

—¿Dónde, Bella?

—Yo... yo... —tartamudeó.

Sus ojos se suavizaron un momento.

—Neutral, entonces —decidió, dando tres pasos hasta la al fombra. La bajó como si fuera un bebé recién nacido. Los escarpines de Bella desaparecieron en la espesa alfombra. Él esbozó una media sonrisa; luego se dio vuelta y se encaminó al pequeño baúl del otro lado de la habitación lanzando al pa sar su capa descuidadamente sobre la cama. Se puso de cucli llas, buscando algo en el baúl. Bella lo observó sorprendida de notar, aun en su estado de pànico, los firmes musculos de sus muslos cuando se agachó.

Sitiada por imàgenes de su cuerpo desnudo sumergiéndo se en el agua, cerro los ojos mientras unos hilos sedosos de fue go le quemaban en alguna parte en su interior. Amarlo la asus taba aun más que la pasión helada de su esposo. ¿Y si en verdad nunca llegara a amarla? La idea hizo que Bella quisiera sa lir corriendo de la habitación. No, pensó desafiante, se quedaría. Dejaría que su esposo la llenara, gentilmente, lentamente, del modo que la llenaba en sus sueños.

Desató las cintas que mantenían su capa cerrada. El satén cayó a sus pies como si fueran plumas. Al encontrar lo que estaba buscando, Edward se puso de pie, pero cuando se dio vuelta para enfrentar a Bella de nuevo, se detuvo conmo vido con la sola visión de su figura. La luz del hogar brillaba detrás de ella, iluminando la silueta de su cuerpo bajo la del gada seda. Las finas curvas y las voluptuosas líneas lo llama ban, encendían el candente fuego en su cuerpo a punto de estallar. Suspiró extasiado, pero a Bella le sonó más como un gruñido e intentó desesperadamente calmar el batir de su corazón.

—Eres hermosa —le dijo en una voz baja, poderosa, mien tras se acercaba. Inhalando profundamente, deslizó los dedos por su cabello y cerró los ojos cuando sus deliciosos mechones se le enredaron en los dedos como si estuvieran vivos, respon diendo al llamado de su deseo. Le acarició la cabeza, y giró a la joven hasta tenerla de espaldas.

Bella contenía el aliento, esperando que le arrancara el vestido. Se sorprendió cuando sus dedos se deslizaron por la parte de atrás de su cuello tan suavemente como un suspiro. Le apartó el cabello de la tersa carne, le besó la nuca con dul zura, tan despacio que la hizo temblar mientras otro hilo de fuego le lamía la espalda.

Sintió algo frío rozarle la piel y se llevó la mano instintiva mente al cuello justo cuando Edward terminaba de abrocharle la gargantilla de esmeraldas.

—¿Qué es esto? —preguntó sorprendida.

—Un regalo de bodas -sus labios revolotearon en el lóbu lo antes de darla vuelta para mirarla nuevamente. Dio un pa so atrás para admirar su obsequio—. Y aun así tus ojos son más verdes —se inundó de la gloria de ella.

De pie frente a él, Bella se quedó sin aliento. Era un gue rrero alto y rudo, pero la intensidad de sus ojos la hicieron du dar de que pudiera conquistar ese frío alguna vez. Se acercó a él, alargando la mano para tocar el rizo azabache que le caía sobre los ojos.

—No tengo nada para darte.

—Pero sí lo tienes —la corrigió con una voz profunda, des lizando una mano alrededor de su cintura.

—Edward —suspiró Bella, sus ojos llenos de sentido—, quiero...

—¿Qué? —acercó su boca a la de ella, tomando su rostro entre las manos—. ¿Qué quieres?

—Quiero complacerte. —No era mentira, pero no era lo que quería decirle. No podía confesarle que quería su corazón, su amor. Tendría que ganárselo, del modo en que él le había ganado Forks a su padre.

—Me complacerás, Bella. Sólo mirarte me complace. —Su boca voraz encontró la de ella. Su lengua buscó acariciar la su ya como una llama ardiente. La apretó con más fuerza entre sus brazos mientras su lengua trabajaba gentilmente, luego pe netraba más adentro y se retiraba.

Bella se sintiò consumida por la fuerza de su cuerpo, y con cada estocada de su lengua se volvìa màs débil. La recla maba con su boca, mordiéndola con un cuidado exquisito, la miendo, bebiéndola de un modo que ella nunca creyó posible.

—Te amo —susurró la muchacha mientras él lamía su cue llo. Edward se puso rígido, y Bella se maldijo por expresar bruscamente en su pasión lo que su corazón tenía que ocultar.

Él dio un paso atrás. Las manos cayeron a sus costados.

—Bella...

—Shh —ella se acercó y le llevó un dedo a los labios—, lo siento. —Pasó la punta del dedo por el leve hoyuelo de su men tón, luego por sus hombros, donde comenzó a desabrochar las trabas metálicas del chaleco. El metal de plata cayó con un fuer te sonido al piso y Bella lo pateó sin quitar los dedos del cuer po de su esposo. Con tierno cuidado le desató los lazos de la túnica mientras su corazón latía salvajemente.

Edward cerró los ojos cuando ella le besó el pecho. Absorbió el exquisito aroma de su cabello. Le pasó la túnica por encima del torso, saboreando la fuerza de sus brazos que se alzaban so bre su cabeza, apreció su verdadera altura cuando se dio cuen ta de que no podía quitarle la prenda. Él lo hizo por ella, lan zando la túnica al piso.

Ardiendo con un deseo para el que ni siquiera los sueños ha bían preparado a Bella, recorrió con los dedos los tensos, lisos músculos de sus brazos, luego más allá, acariciando su firme abdomen. Edward gruñó, incapaz de dominar el efecto palpitan te y maravilloso que su esposa le causaba. Y finalmente, cuando sintió sus dientes sobre la piel, le arrancó los botones del vesti do y rasgó la delgada tela que cubría su cuerpo como si fuera de papel. Él cayó de rodillas y comenzó a besarle el vientre plano y terso. Le pasó las yemas de los dedos por la espalda y las curvas voluptuosas de las nalgas, ella temblaba en sus brazos. Luego se puso rígido cuando con la lengua y los dientes recorrió un anhe lante camino hacia el montículo sedoso bajo su ombligo.

Bella cerró los ojos y sintió el cuerpo de él estremecer se como si ella le hubiera causado dolor. De repente se puso de pie y la cargó en sus brazos. Le besó los pechos, levantan do la cabeza brevemente para admirarlos con ojos salvajes antes de volver a recorrer con la lengua sus turgentes pezones que se volvieron aun más rígidos con su contacto. Tiró de ellos con sus labios mientras el placer le azotaba el cuerpo, que se tensaba ante cada leve gemido sin aliento que arran caba de la garganta de su esposa. Volvió a mirarla. La imagen de su cabeza echada hacia atrás en un lánguido éxtasis le hi zo temer no poder ser gentil al tomarla. Apretó los dientes a medida que la pasión lo inflamaba, lo impulsaba a recostar la sobre la piel para poder librarse del confinamiento de los pantalones.

Bella se quedó en silencio mirando al guerrero comple tamente erguido que estaba suspendido sobre ella. Las som bras danzaban sobre su enervado miembro mientras el fuego jugaba seductoramente sobre la carne ardiente y brillante.

—Edward, tengo miedo.

Se arrodilló ante ella y le acarició el cabello.

Non, no te haré daño.

—¿Pero cómo va a entrar en mi cuerpo? —se lamentó ella.

Él sonrió ante su dulce inocencia.

—Entrará —susurró él, besándola—. Iré despacio y con suavidad, Bella.

—Pero dijiste...

Se inclinó sobre ella. El calor de su cuerpo la abrasó. Sus ojos mantenían cautivos a los de ella con una extraña fuerza que era tan poderosa como los musculos que danzaban en sus brazos.

—Pensé poseerte sin cuidado, de veras lo hice. Pero eres tan delicada como una flor, más hermosa que mil amaneceres— llevó el pulgar a su pezón y luego le acarició el contorno del seno. Su contacto era más suave que un suspiro y Bella se mordió el labio mientras el fuego explotaba entre sus pier nas —. Tu belleza me desborda —deslizó la lengua por su la bio inferior—, tus ojos son más radiantes que la más rara de las gemas. Están llenos de una pasión aún por descubrir. Quiero hundirme en la calidez de tu cabello y perderme en el aroma que me llama. Y estos senos... —hundió el rostro en el valle entre ellos— tan pletóricos y firmes y hermosos —su boca encontró los tensos capullos de rosa y su lengua se des lizó sobre ellos mientras tomaba su redondez con las ma nos—. Ay, quería ser brutal. Hacer que nunca lo olvidaras, pe ro no puedo. Quiero saborear cada caricia. Quiero tomarte lentamente, sentir cada abrazo, hacerte gritar con un deleite y un placer tan intenso que tu cuerpo me ansíe más cada mo mento que no estoy dentro de ti.

Bella escuchó sus fogosas promesas como un eco en su mente. Quería decirle que ella ya lo ansiaba, pero su cuerpo se movía tan febrilmente sobre el suyo que no podía emitir pa labra, excepto los gemidos de pasión que brotaban desde lo más profundo de su garganta.

Bajó deslizándose por su cuerpo, abriéndole las piernas con las manos. Bella gimió y suspiró cuando sus gentiles dedos partieron los suaves pliegues de sus labios secretos. Se aferró a la piel de oso debajo de su cuerpo con los dedos apretados mientras un calor húmedo comenzó a pulsar y bombear en su sangre.

—Un tierno capullo pronto florecerá en una encantadora flor —escuchó que él le decía antes de que su rostro desapa reciera entre sus muslos.

Estaba siendo bañada en calor, consumida por un fuego tan controlado que anhelaba que la tragara para que la consumie ra del todo. Él la levantó en una danza ondulante entre una mi ríada de olas que la hamacaban hacia delante y hacia atrás mientras una luz explotaba y la bañaba con un delicioso calor. Su respiración se volvía pesada a medida que los rosados ca pullos que coronaban sus senos se erguían hacia el cielo. Sus labios, su lengua, sus dientes trabajaban para impulsarla hacia un olvido encantador. Gritó cuando más olas la alcanzaron. Desvergonzadamente abrió más las piernas y se estiró para aferrarse a los frescos rizos negros que rozaban sus muslos.

Las llamas se extendían y chisporroteaban en la leña del ho gar, pero la boca de Edward era más ardiente. Sus manos se afe rraban a sus caderas con una fuerza que hasta a él lo asustaba. Su firme control se desvanecía con cada ardoroso movimiento del cuerpo de Bella, con cada suave gemido que le arranca ba. Ansiaba tomarla con fuerza, con el fervor primitivo de una bestia salvaje. Pero se aferró al último hilo de control que po seía. Luego, lentamente, se colocó sobre ella. Estaba lista, y el ansia de su sexo era suficiente como hacerlo olvidar sus prome sas susurradas y sumergirse en la profundidad de su cuerpo.

El sabor de su dulce pasión se demoró en los labios de Edward al pasar a su boca.

—Temo que moriré si no te tengo —gimió. Bella tem bló al escuchar su voz salvaje y seria. Miró fijamente sus ojos azules mientras su virilidad palpitante se deslizaba sobre la hú meda entrada de su cuerpo. Penetró bien lento, como lo ha bía prometido, aunque ella podía leer en la tensa línea de sus labios que le costaba cada gramo de autocontrol que poseía no hacerlo de esa manera. La miró a los ojos con una ternura que la sorprendió, y, sin embargo, la pasión en su mirada amenazaba desbordarla.

Como Edward había previsto, el cuerpo de ella lo aferró, apretando fuertemente al aceptarlo. Gimió desde lo más pro fundo, levantando la cabeza como una bestia a punto de aullar. La llenó más de lo que Bella hubiera creído posible. Un calor sofocante la recorrió, el dolor comenzaba a inundarla hasta hacerla gritar. Pero el sonido se desvaneció dentro de la suavidad de sus besos. Él le susurraba al oído, le decía cómo se sentía ella por dentro, cálida y tensa y tan dulcemente sedosa. Y luego comenzó a moverse.

Bella pensó que no lograría sobrevivir a sus embestidas. Pero el dolor cedió y el placer tomó su lugar mientras el ater ciopelado ritmo de esas lentas invasiones movía su cuerpo contra la piel de oso debajo de su cuerpo. Temblores pulsantes se acumularon en su interior hasta volverse insoportables y le vantó las piernas para rodearlo respondiendo al llamado de su impulso lujurioso. Ella gritó, gimió, se humedeció los labios con la lengua y Edward empujó más fuerte, más profundamen te. Un éxtasis tan completo la empujó hasta que hundió las uñas en sus músculos.

—Tu fuerza me consume. Eres tan firme, tan rígido.

La voz de Bella fue como un látigo en la espalda de Edward. Su cuerpo se tensó, anhelando explorar dentro de ella. Sintió que no podía llenarla lo suficiente. El cuerpo de él que ría más y más. Retrocedió, lenta, tortuosamente, casi saliendo de ella, luego volvió a llenarla tan despacio que Bella se que jó con un ardor largo y lánguido. Se retiró una vez más y son rió casi pecaminosamente a su respuesta de sentir toda su ta lla. Se deslizó dentro de ella otra vez, disfrutando cada apre tado espasmo con el que lo aferraba.

El suelo bajo Bella se encabritaba y se mecía mientras el suave deslizarse del cuerpo de Edward la tomaba una y otra vez. Arqueó la espalda. Él cerró los ojos, sumergiéndose más profundamente, enloquecido por los sensuales movimientos del cuerpo debajo del suyo que tiraba de él, lo anhelaba y lo acep taba completamente. La tomó de las muñecas sosteniéndolas sobre su cabeza. Ella lo miró y vio que estaba sonriendo, no era el encanto exuberante que había visto una vez, pero el incan descente fuego en sus ojos le dijo que su placer estaba a punto de ser liberado.

Él frunció los labios apenas.

—Mi derrota llega rápido, Bella —respiró con esfuerzo, luego echó hacia atrás la cabeza. Cordones de músculos tensa ron su cuello cuando un ronco gemido penetró el aire. Bella sintió su líquido de miel precipitarse en su interior como una marea.

Él provocó espasmos que convulsionaron su cuerpo. Se abandonó, le clavó las uñas en las manos y gritó, una y otra vez, a medida que las olas de placer la devoraban, volviéndola débil debajo de él.

Todo el peso de Edward cayó sobre ella, rodeándola con un calor delicioso y dominante mientras le besaba el cuello y lle gaba a sus labios.

—Me sorprendiste, esposa —levantó la cabeza y la miró a los ojos con la pasión que todavía persistía.

—¿Eso significa que gané, mi señor? —Bella reposaba lánguida y relajada debajo de él.

Oui, ganaste —la pasión oscureció sus ojos—. Pero fue sólo el primer asalto. Mi espada todavía está hambrienta de ba talla —sus manos se movieron sobre sus senos, reclamando con sus dedos el pezón que devolviò a la vida.

Los ojos de Bella se abrieron grandes.

—No puedes querer decir... ¿otra vez? —pero mientras lo preguntaba sintió que la espada en su interior comenzaba su segundo ataque.

Esta vez Edward la asoló, y desató su pasión por completo. Las estocadas de su cuerpo eran como truenos mientras sus manos vagaban indómitas por sus senos, a lo largo de sus mus los, levantando aun más sus caderas. Le tomó las nalgas entre las manos amasándolas con los dedos, empujándola a que se acercara más para que sus asaltos lentos y devoradores llega ran más profundamente. Le acarició el cuello, le lamió los la bios y luego los mordió suavemente, y todo el tiempo la mi raba como si fuera sólo verla lo que lo impulsaba y no los sedosos espasmos que lo aferraban.

—¿Entraba bien, no es así, señora?

—Sí, guerrero, entra perfectamente.

Edward la tomó como tomaba todas las cosas, con la urgen cia instintiva que le había dado la fama de "el Apasionado". La saboreó como si fuera la última vez que la tomaría, disfrutan do dentro de su cuerpo del modo que disfrutaba en el agua, del modo que luchaba en el campo de batalla. Y al final salió vic torioso, aunque la derrota de Bella llegó dulcemente mien tras él la probaba, saboreando la sal de su piel y susurrándole promesas de un placer tan completo que no sólo se rendiría si no que moriría por tenerlo dentro de él una y otra vez. Y así fue ofreciendo su vida al guerrero que la tomó hasta la maña na siguiente.