CAPITULO XIV – LUCIUS MALFOY

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Lucius Malfoy se estaba mirando en el gran espejo que habían instalado en el vestidor hace un par de semanas. Poco a poco la casa estaba empezando a recobrar el buen aspecto que tuvo en otros tiempos, al igual que su economía.

A pesar que no hacía tanto que había recobrado su dinero, este se estaba multiplicando a una velocidad sorprendente, y si todo seguía como hasta ahora en unos cuantos meses todo volvería a ser como antes de que le encerrasen en Azkaban.

El reflejo le devolvía la imagen de un hombre elegante y atractivo, vestido con un impoluto traje negro. El brillante y sedoso pelo rubio, cada vez más canoso (aunque no se notase mucho de momento) y su perfecto afeitado le hacían parecer más joven.

Quería dar la sensación de ser un hombre respetable, educado, de una de las mejores familias de toda Inglaterra, y sobre todo sereno, tranquilo y seguro de si mismo. De hecho, cualquiera que le viera se llevaría esa impresión de él, pero eso era solo la fachada que siempre le mostraba al mundo, por dentro se sentía asustado como un chiquillo de cinco años al que su padre le pilla haciendo una travesura, el corazón le latía con rapidez y las manos le sudaban, además no había podido pegar ojo en toda la noche.

Esa mañana iba a ser el juicio en el que Hermione iba a ser juzgada y estaba realmente nervioso por la suerte que iba a correr ella, su pequeña gatita, su Hermione.

No entendía como había sido posible que se encontrara en esa situación ¿Cómo había llegado hasta eso? Debería de haber sido todo tan sencillo…

Se suponía que él, aprovechándose de la debilidad emocional de Hermione Granger, (de la cual Totti le había hablado) tendría que enamorarla. Para un hombre como él acostumbrado a flirtear con casi todas las mujeres que se encontraba a su paso (eso si, de buena posición social) y siendo consciente de la fascinación que causaba en ellas, no le costaría mucho conseguir que una jovencita sangre sucia necesitada de cariño cayese rendida a sus pies, pero algo falló, no sabía bien en donde fue, ni cuando, ni porqué, pero terminó cayendo en su propia trampa. Poco a poco, esa desconcertante joven se fue metiendo dentro de su alma y de su corazón sin que el pudiera hacer nada para impedirlo.

El plan era que después de haberla enamorado, tenía que esperar a que Totti la ascendiera, convencerla sutilmente de que le devolviese sus pertenencias, y ponerla en contra de sus amigos. Una vez ella se encontrara sola, tendría que romper con ella de la manera más dolorosa posible y humillarla públicamente.

Pero no pudo hacerlo. Aunque parecía que el destino estaba aliado con él y las cosas se fueron dando por si solas.

Recordó cuando ella le mandó la carta diciéndole que la habían ascendido. En ese mismo momento comenzó su lucha interna, esa misma lucha que todavía le torturaba y no le dejaba dormir por las noches.

Por un lado estaba su ambición, era superior a él, no soportaba vivir así, sin dinero, sin lujos, con la gente tratándole como él trataba antes a los magos y brujas que estaban en la misma posición en la que él se encontraba. Se sentía humillado y avergonzado. Había noches que tenía que comer las sobras del día anterior, ¡merlín! era lo más bajo que se podía caer, y estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para que todo eso cambiase y volver a ser el mismo hombre de siempre.

Pero por otro lado…cuando Hermione entró en su vida él se sentía completamente solo, lo único que le permitía seguir adelante eran sus ansias de venganza, por su culpa y por la de Potter y Weasley, Voldemort había matado a su hijo, a su heredero. Draco era lo mejor que le había pasado en la vida, no tenía palabras para describirlo, con su llegada al mundo conoció el verdadero sentido de la palabra amor, el más puro e incondicional amor de todos. Él había estado dispuesto a morir en lugar de su hijo, su pequeño Draco. El que si era el tesoro más preciado que había tenido en su vida, no las joyas, ni los muebles antiguos, ni las reliquias heredadas de generación en generación. Y por culpa de esos tres malditos niñatos él había muerto, Voldemort le había asesinado a sangre fría, mientras le obligaba a mirar.

Y esa joven bruja, a la que tanto despreciaba al principio, llenó su vida de alegría y de ilusión. Desde que estaban juntos no había vuelto a emborracharse, ni a sentirse solo. A pesar de todo lo que habían vivido, ella consiguió perdonarle, enamorarse de él y entregarle todo su cariño y amor. Por momentos era dulce y cariñosa, de pronto se volvía apasionada y salvaje como una leona defendiendo su territorio, y ese territorio era él. Ese pensamiento al principio le producía un inquietante sentimiento, al que poco a poco se fue acostumbrando, incluso disfrutando de que su pequeña bruja sangre sucia estuviese dispuesta a pelearse con cualquiera por defenderle a él y a su relación, como aquel día en el museo…

Lucius se dio cuenta que estaba sonriendo ligeramente al acordarse como se enfrentó a Ambrosine Gillespie. Ese fue el momento en el que se enamoró de ella, aunque no fuera muy consciente de ello.

Recordó cuando la vio esa noche, era la criatura más sexy que había contemplado en su vida, y algo comenzó a despertar en él, algo que le calentaba toda la sangre de su cuerpo, algo que atribuyó a una fuerte atracción sexual hacia esa sugerente bruja.

Y recordó como luchó contra sigo mismo cuando ella le hizo la proposición de ir juntos a esa inauguración. Dejarse ver con alguien como ella le abochornaba. Para alguien como él era denigrarse de la peor manera posible, ¡¡eso si que no lo iba a consentir!! Pero se dio cuenta de cuanto le dolió a Hermione que él no aceptase. Sabía que si daba un paso más la tendría justo en la posición que él necesitaba, perdidamente enamorada. Y aceptó.

Nunca se hubiera podido imaginar que esa noche la suerte iba a estar de su lado, ¿Ambrosine Gillespie insultando a Hermione Granger? Era su momento de hacerse el héroe saliendo en su defensa, ya tendría luego tiempo de hablar con el matrimonio y explicarles el porque de su comportamiento.

Y eso fue lo que sucedió. El hizo una magnifica actuación al defenderla, pero algo dentro de él comenzó a fallar. A Hermione no la había importado que esa mujer la hubiera insultado de esa forma, pero en cuanto se metió con él y con su hijo, saltó como un resorte para defenderles, como una gata salvaje.

Minutos más tarde fue a hablar con Robert Gillespie. Le pidió perdón y le contó su plan de venganza, lo que al hombre le pareció una maravillosa idea. Aunque él…durante unos segundos no estuvo muy seguro de que lo fuera.

Se dijo a sí mismo que lo que había sentido mientras ella le estaba defendiendo era incomodidad por la situación, se obligó a creer que era incomodidad, pero esa noche, en su cama, mientras mantenían relaciones sexuales…fue diferente al resto de las noches, y se obligó a si mismo a creer que ese desconcertante sentimiento era gratitud por haber salido en su defensa, y por eso había sido más cariñoso con ella de lo normal. Pero a pesar de todo la había vuelto a mentir diciéndola que la quería, y ella le creyó una vez más, y por fin ocurrió algo que llevaba meses esperando que pasase, ella le confesó que también se había enamorado de él. Y él se sintió eufórico, ya estaba llegando a su objetivo.

Y allí de pie, mirándose en el espejo, recordó el fin de semana en la isla. Recordó como se sintió, importante de nuevo, importante para alguien que no había dudado en gastarse todos sus ahorros para llevarle a aquel maravilloso lugar, con esa espléndida comida parecida a la que el solía disfrutar, y aunque cada minuto que pasaba con ella le costaba más, se volvió a hacer la promesa de seguir con el plan para recuperar su dinero.

Y volvió a mentirla una vez más, Hermione, allí mismo enfrente de él, le vió tomarse una dosis de filtro de amor. El mundo se paró por unos instantes en el momento exacto en el que ella le preguntó que era lo que bebía. Tanto años como mortifago tienen sus ventajas, y fingir sin escrupulos es una de ellas, así que la dijo que era una poción revitalizadora. Y ella le volvió a creer, le besó en los labios y le dijo que era el hombre más dulce del mundo y que le quería.

Sintió algo por primera vez en su vida por lo que estaba haciendo, remordimientos. Era una de las peores sensaciones del mundo, y estaba seguro que si algún día volvía a Azkaban eso sería lo que sentiría durante cada minuto de su estancia allí.

Durante el resto del fin de semana ella le mimó, le cuidó, le hizo descansar, le hizo sentirse como el hombre más importante que pisaba la tierra, y él se dejó llevar, y también por primera vez en su vida se guió por sus más puros y dulces sentimientos y fue verdaderamente feliz en muchos años.

Nada tenía que ver con la poción, de sobra sabía que esa versión mejorada del filtro de amor no tendría los mismos efectos en ella que en él, lo único que producía en él era que su testosterona fuera muchísimo más perceptible para Hermione, la cual, al haber estado ingiriendo la misma poción, reconocería al instante su olor y produciría en ella un efecto de lujuria y obsesión por él. Sin embargo él solo sentiría euforia durante las seis horas siguientes a la ingesta. La única contraindicación era que si lo tomaba durante mucho tiempo podría producirle agotamiento y anemia. Eso fue exactamente lo que le sucedió, aunque a ella la contó que era porque tenía demasiadas preocupaciones y no dormía bien.

Según iba avanzando su relación, ella le sorprendía cada día más. Hermione había conseguido conocerle tan bien que sabía como comportarse con él en cada momento. Había aprendido a dejarle solo en el momento adecuado para que pudiera reflexionar sobre ella y su relación. Incluso sin que él la dijera nada le había elegido a él sobre sus amigos y su familia, y eso era parte de lo que tenía planeado, pero nunca se hubiera imaginado que ella le hubiese preferido a él por propia iniciativa, sin tener que intrigar en contra de ellos para separarles.

Todavía lo recordaba como si lo estuviera viviendo. La manera en la que todo sucedió…nunca la había visto llorar, y eso la afectó mucho más de lo que nunca sería capaz de admitir públicamente.

Al verla entrar así en su casa sintió pánico y el corazón se le rompió en mil pedazos. Ella, una mujer fuerte, que estuviese en ese estado…¿Que la habría pasado?...en realidad no le importaba lo que fuera, solo quería verla feliz, quería besarla y abrazarla hasta que todo lo malo que la hubiera pasado se esfumase. Horas más tarde seguía sin saber que es lo que había sucedido y estaba muy preocupado, se le pasaron mil ideas locas por la cabeza y mientras ella dormía en su cama, él la miraba y la acariciaba con ternura el pelo y la cara.

Como quería olvidar todo lo que ellos eran, toda esa maldita historia de la sangre y poder amarla plenamente, sin miedo a que nada ni nadie pudiese interponerse entre ellos, pero estaban sus creencias, esas con las que había convivido cincuenta años de su vida. Sus padres le habían enseñado a odiar y a repudiar a los muggles y a los nacidos de ellos, los consideraban seres inferiores, prácticamente equiparables a los elfos domésticos, y por esos principios él había asesinado, torturado y hecho las cosas más atroces sin ningún tipo de remordimientos, es más, de algunas cosas había disfrutado enormemente, pero esa frágil bruja que yacía en su cama era igual que la gente a la que le había hecho todas esas cosas, ella era como ellos, de hecho, en otro tiempo hubiera podido torturarla hasta matarla de dolor, o primero violarla y después… "No, no, a ella no" Se le cortó la respiración de solo pensar que a Hermione pudiera pasarla algo similar a eso, y el estomago comenzó a dolerle. No podía permitirse el lujo de perderla a ella también, pero…su sangre… Solo esa maldita insignificancia era lo que les separaba. Era como un kilométrico abismo que no encontraba la manera de cruzar, de hecho ni siquiera estaba plenamente seguro de quererlo cruzar.

Se pasó toda la noche y parte de la mañana siguiente pensando en ella y en su relación, en como se abrazó a él buscando consuelo, como si nadie más se lo pudiese ofrecer, solo él, y se dio cuenta que él la necesitaba tanto como ella a él. Entre semana, cuando estaba solo en su mansión con la única compañía de su elfo se sentía impaciente, nervioso y triste. Se decía una y otra vez que era por las ganas de poder vivir como antes, pero en ese momento, sentado en su mesa de trabajo en el ministerio, tuvo que admitir que era por que la necesitaba para ser feliz. Cuando ella estaba todo era distinto, incluso el aire que se respiraba dentro de la casa era diferente, olía diferente, se sentía diferente.

Se había enamorado y no quería seguir engañándose a si mismo, esa mujer le hacía sentir como no se había sentido en muchos años, no podía seguir mintiéndose, no podía seguir negándose la segunda oportunidad que la vida le estaba ofreciendo para ser feliz otra vez.

Por eso aceptó ira esa recepción en el ministerio con ella y hacer pública su relación, era egoísta por naturaleza y no iba a renunciar a lo que Hermione le hacía sentir, pero tampoco quería renunciar a una posición social. Lo había pensado mucho y por fin había dado con la solución perfecta, con ella todo sería como hasta ahora o incluso mejor, porque ahora sería todo de real y no iba a contenerse a la hora de ofrecerla su amor, de hacerla mimos o cariños de cualquier tipo. Con respecto a los magos como él, tenía muy claro lo que les iba a contar, a ellos si que les iba a mentir, les haría creer que estaba con ella por interés monetario, y una vez recuperara su estatus les contaría que le interesaba mantener esa farsa para ganar puntos con el ministro, demostrándole que había cambiado para poder ascender rápidamente en su carrera por conseguir un alto cargo de influencia en el ministerio. Y su plan funcionó.

Y durante unos meses todo fue perfecto, y ellos fueron verdaderamente felices juntos, aunque de vez en cuando se asustaba al pensar que Hermione pudiera descubrirlo todo y le pudiera abandonar, le pudiera odiar, pero solo eran unos pequeños minutos de debilidad que le acosaba de tanto en cuanto.

Hasta que ella apareció por sorpresa aquella tarde en la que Robert Gillespie fue a llevarle los documentos que tenía que firmar para que le avalase en su negocio.

Se suponía que iba a pasar casi toda la semana en un congreso en Barcelona y no iba a volver hasta final de semana, pero algo debió de suceder, porque al día siguiente de su marcha apareció en su mansión, y en el peor momento de todos.

Si solo hubiera llegado diez minutos más tarde…

Recordó como el mago no dejaba de hacerle incomodas preguntas sobre su relación con ella, incluso en un momento a punto estuvo de perder los nervios cuando habló de ella como si fuera una prostituta. En realidad habló como él hablaba de ese tipo de gente no hace mucho, pero se recordó a si mismo cuanto le necesitaba para poder emprender su negocio y conseguir que su economía fuera la misma que antes de entrar en prisión, ya que nadie más había querido asociarse con él, así que ese desagradable hombre era su única opción de volver a ser el de antes.

Cuando Gillespie terminó de firmar los documento oyó un estallido, y con un golpe de varita abrió la puerta de par en par. Allí estaba ella, observándole horrorizada, y sus miradas conectaron durante una décima de segundo en la que él sintió como el cristalino y frágil hilo de la confianza y el amor que mantenía su relación se quebró de la manera más dolorosa. Como él había soñado que la haría mientras planeaba su venganza.

Y ella salió corriendo.

No supo cuanto había oído de la conversación, pero con que solo hubiese escuchado la última parte la sobraba. El intentó detenerla, pero no pudo. Necesitaba hablar con ella, hacerla entender que lo que había oído no era real, bueno, lo había sido al principio, pero que de verdad se había enamorado de ella y que la amaba más que a su propia vida.

Pero todos sus esfuerzos fueron en vano, ya que ella no daba señales de vida por ningún sitio, ni siquiera le contestaba a las lechuzas que él la mandaba, de hecho, estás volvían horas más tardes con las cartas atadas en su pata, sin que ella las hubiera recibido. Aunque cuando realmente comenzó a preocuparse fue al ver a Harry y a Ron aparecer en su mansión preguntando por ella.

En cuanto ellos se marcharon fue a buscarla por todo Londres, incluso fue a su casa, pero no debía de estar allí porque por más que golpeaba con insistencia en la puerta nadie le abría. ¿La habría pasado algo?

El único lugar donde no había mirado era en casa de los padres de ella, pero no sabía donde vivían, así que volvió a su mansión y le pidió a su elfo que vigilase en la puerta de la casa hasta que Hermione apareciese, y así hizo.

Se había enterado que había vuelto al trabajo, pero ni siquiera había podido entrar a visitarla en el ministerio, ya que su secretaria se lo había impedido. Estaba desesperado por verla, y cuando su elfo le avisó que Hermione acababa de llegar a su casa él se apareció sin pensárselo dos veces.

Y allí estaba ella, al otro lado de la puerta. Tan cerca, pero tan distante.

Recordó como le miraba, con rabia, con asco, con odio. En ese momento hubiera dado todo lo que poseía para que su relación volviese a ser como antes, hubiera regalado su casa y todo su maldito dinero a cambio de que ella le hubiese perdonado y se hubiese abrazado a él, y aunque le hubiese insultado al principio, después le hubiese dicho que le perdonaba y que le amaba, y que le hubiera pedido que nunca más la hiciera nada parecía, y él la hubiera jurado por la memoria de su hijo que nunca más la mentiría ni la ocultaría nada, y que iba dedicar el resto de su vida a hacerla la mujer más feliz del mundo y a amarla con absoluta veneración. Pero a veces las cosas no salen como uno planea, y pese a que él la estaba abriendo su corazón, ella le dijo que le daba asco y se marchó, dejándole solo en su casa.

Sintió como se le desgarraba el corazón lentamente y lloró con amargura, como hacía mucho tiempo que no hacía, porque sabía que ella tenía razón, que él era una basura y que no se merecía que una mujer tan maravillosa y especial como ella malgastase su vida con alguien tan despreciable como él, y que seguramente no iba a quería volverle a ver en la vida. Pero tenía que hacer algo para recuperarla, no podía permitirse el lujo de perderla a ella también, no podría soportarlo.

Recordó como horas después recibió su lechuza con el anillo y la cadena. Nadie lo sabía, pero se había colgado el collar del cuello y llevaba el anillo siempre con él en uno de los bolsillos de su túnica, la túnica que ella le regaló por navidad.

En ese momento, Lucius se sacó el anillo del bolsillo y lo contempló, recordando el momento en el que ella el día de navidad le dio su regalo.

Eran los papeles del reintegro de sus bienes. No se lo podía creer. Era…era… no tenía palabras. ¿Le había devuelto todo y se había hecho su avalista solo por verle feliz? Si en ese momento hubiese estado solo seguramente se hubiera echado a llorar ¿pero delante de ella? su padre le enseñó desde bien pequeño que un hombre de su clase nunca debía de mostrar sus sentimientos públicamente.

Ella podría ir a Azkaban de por vida, pero no la importaba asumir ese riesgo con tal de no verle triste. Recordó como la brillaba la mirada mientras el leía los documentos y lo feliz que le había hecho, no solo por la importancia económica, si no porque ella había ofrecido su vida por él. Solo otra persona había hecho algo parecido por él, su hijo Draco, al convertirse en mortífago solo para reparar el error que el cometió con el horcrux de Voldemort.

Ese detalle fue lo que le hizo que cayera rendido a sus pies y darse cuenta de que quería casarse con ella. Se sintió el hombre más feliz del mundo y allí mismo, sin importarle la incomodidad del lugar, la hizo el amor como nunca se lo había hecho antes.

Y entre medias de esos dulces momentos, se inmiscuyó el recuerdo de la última vez que se encontraron en el ministerio. Nunca la había visto así, físicamente la notó muy desmejorada, estaba mas delgada, y tenía ojeras, además sus ojos ya no brillaban como antes, ni sonreía. Parecía tan cansada y abatida, tan frágil que en cualquier momento podría caerse y romperse en mil pedazos, pero lo más duro fue verla tan desquiciada, estaba como enloquecida y todo por su culpa.

Si solo se hubiera dado cuenta Hermione de cuanto daño le habían hecho sus palabras…esa había sido la segunda vez que había llorado delante de alguien, la primera había sido por la muerte de su hijo, mientras arrodillado, y con el todavía cuerpo tibio de Draco entre sus brazos, le suplicaba a Voldemort que le matase a él, y el resto de mortífagos que había a su alrededor se reían de su dolor. Pero ella estaba tan fuera de si que no lo notó, solo siguió gritándole cosas horribles, que seguramente se merecía, y él, lo único que tuvo fuerzas de hacer fue darse la vuelta y se marcharse. No soportaba verla así.

Y al llegar a su casa hizo algo que hacía casi un año no había vuelto a hacer, se emborracho hasta perder el conocimiento.

Y desde ese día no había vuelto a saber nada de ella. Se moría de ansiedad por verla, por saber como estaba. Cuanto la echaba de menos…sus risas, sus mimos, su enmarañado pelo al despertar tapándole la cara, incluso sus irritantes conversaciones sobre los derechos de los elfos domésticos.

Un golpe en la puerta le sacó de sus tristes recuerdos, era su elfo para informarle que si no se daba prisa llegaría tarde al juicio.

Lucius, volvió a mirarse una vez más en el espejo para comprobar que su aspecto seguía siendo impecable, y con paso decidido salió de su mansión para aparecerse en los juzgados del ministerio.