XIV

Descafeinado

Oculta detrás de una ancha columna, lo vio salir. Su amigo conversaba rápidamente a su lado, siguiendo su acelerado ritmo y él escuchaba atentamente, viéndolo acotar de vez en cuando; lo vio asentir, acceder, ver la hora, leyó en sus labios concertar una reunión para el día siguiente. Los colegas se despidieron y cuando lo vio solo, se acercó.

Durante los tres años que había tenido oportunidad de conocerlo, jamás lo había visto perder la calma; la sublime recolección de su persona siempre había logrado hacerle preguntarse cómo sería verlo fuera de su eje. Esa tarde, Sesshomaru parecía en completa armonía pero en cuanto sus ojos la encontraron, vio algo temible en ellos.

Disculpa que te haya buscado sin avisar antes —dijo ella, demasiado atenta a la gente de su alrededor.

Busquemos un sitio más privado —y la guió hasta su vehículo que estacionado en la calle lo aguardaba.

Los vidrios oscuros y la insonorización relajaron a Kagome y poniéndose más cómoda, ordenó las palabras que se había acumulado en su cabeza. Él, mientras esperaba, la estudiaba. Su corazón ya estaba dando cuenta de las funestas emociones que se habían apoderado de él al verla en ese deplorable estado. Veía que el maquillaje era miserablemente insuficiente.

He decidido separarme de Inuyasha —comenzó con lentitud— pero como te imaginarás, no ha respetado mi decisión.

Acomodaba su cabello con insistencia, inconscientemente intentado ocultar las pruebas.

No quiero involucrarte pero necesito tu ayuda.

Por supuesto.

Quiero que me deje en paz. Envía flores, regalos y tarjetas y me está volviendo loca. Necesito retomar mi vida pero no podré con él acosándome.

Sesshomaru tragó con fuerza.

Intervendré —prefirió obviar el detalle de que ya había pensado antes en hacerlo.

Envíale mi cariño a tu padre. No me atrevo ir a verlo así…

Su padre. Había entregado el cordero al lobo. Su padre era cómplice indirectamente, había permitido esa desgracia encontrar sitio en el mundo, había empujado a una buena mujer en un oscuro mundo, uno que no merecía. Su padre lo escucharía después.

Kagome —un escalofrío bailó por todo su cuerpo cuando escuchó su voz pronunciar su nombre—, si Inuyasha hizo más que golpearte…

No —se apresuró a contestar, sonrojándose profusamente—, no llegó tan lejos.

Llegó lo suficientemente lejos —aseveró con ira controlada, entrecerrando los ojos.

No iré a la policía ni pretendo nada, sólo quiero vivir tranquila.

Me cercioraré de ello.

Gracias, Sesshomaru —su débil sonrisa fue el último resquicio de luz que vio en ese día de lluvia y antes de decir adiós, la vio marcharse para no verla durante un año.


Tenía mucho que compensar con Rin. El año que las vio separadas Kagome reconoció sin tapujos el miedo que la invadió al pensar en contactarla por su cumpleaños, habían sido aquellos meses especialmente difíciles. Pero en esa oportunidad, reunidas, en las vísperas de iniciar un vínculo más profundo y puro, tenía una nueva emoción. Su obsequio debía ser perfecto.

¿Pero qué se le regala a una niña que lo tiene todo?, pensó, estudiando los comercios.

—Oh, claro —dijo una voz a su lado—, en tres días es el cumpleaños de mi sobrina.

Kagome se petrificó en su sitio y obligándose a guardar la calma, respiró profundo. Lentamente, comenzó a caminar, sintiéndolo cerca.

—¿Qué quieres?

—¿Ya olvidaste que tienes una respuesta para darme? —se posicionó a su lado— ¿Regresarás conmigo o prefieres ser la puta de mi hermano?

Lo miró, ira y fuego en sus ojos. Inuyasha sonrió con socarronería ante la escena.

—¿Acaso no estás con él?

—No soy ninguna puta.

—Pero estás con él —insistió, perdiéndose la traza de diversión en su rostro.

—No tengo nada que explicar.

—En otra época eso era todo lo que hacías.

—Me aterrorizabas si no lo hacía, me golpeabas si no lo hacía. Por supuesto que te las daba.

—Fuiste una mujer difícil.

—Todavía tienes la osadía de decir algo así.

—¿Cuál será mi respuesta, Kagome?

Ella se paró en seco y colmada de fuerza y resolución, lo miró a los ojos.

—Olvídate de mí, no me busques, no me hables, no me toques. No respires en mi dirección —él la observaba y Kagome temió al no discernir emociones—. Me hiciste muy infeliz, Inuyasha, durante tres años hiciste conmigo lo que quisiste y siempre mal, a la fuerza, a través de la violencia. Perdí amigos por tu culpa, casi pierdo a mi familia por tu culpa. Eso se ha acabado. Ya no te temo.

Antes de que explotase el volcán, Kagome se alejó apretando el paso e Inuyasha la observó irse, no dando la lucha por finalizada.


Su impasividad y aparente indolencia eran temática de debate entre muchos grupos; todo el mundo siempre tenía algo para agregar al respecto, todos sentían curiosidad, incluso aquellos muy allegados a él. A modo de broma era comparado con un descafeinado, sin los bríos propios de la cafeína en un complejo varietal.

Sin embargo, en una única oportunidad Sesshomaru dejó ver la imagen que suponía verlo fuera de sus casillas, total y completamente colérico.

El receptor de su ira, una conclusión rápida por obvia.

El mayordomo ni siquiera alcanzó a abrirle la puerta, Sesshomaru se apresuró y lo hizo en un rápido movimiento. Los sirvientes se hacían a un lado a medida que lo veían pasar, sabiendo que no era prudente increparlo. Atravesó entonces el vestíbulo, tiró su saco y el maletín en la primera mesa que encontró, cruzó un saloncito, llegó a la sala de estar, atento a los sonidos, a las voces de sus habitantes; hasta que dio con el despacho de su padre. Desde la distancia podía escuchar su acalorada conversación:

Hijo, por favor.

¡Qué quieres saber, papá! —exclamaba él, ofendido ante el abanico de acusaciones— ¡No fue mi intención!

Había un sirviente de pie junto a las puertas del despacho y con un ademán le indicó que se moviera. La vesania de sus facciones debió ser contundente porque en un segundo Sesshomaru vio la vía libre. Ingresó tempestuosamente a la habitación en cuestión, caminando con gran velocidad, tomó de la ropa a su desprevenido hermano y lo empujó fuera.

¡Sesshomaru! —exclamó el padre, pero fue ignorado.

El susodicho cerró la puerta tras sí y sin mayores dilaciones, acabó con el espacio que lo separaba de Inuyasha. En un fluido movimiento, con gran facilidad, lo levantó del cuello de la camisa y lo empujó con fuerza contra el muro de piedra, regocijándose con el sonido seco que anunció la colisión. Otro golpe y como una bolsa de basura lo soltó, escuchando el ruido del encuentro de su cuerpo con el suelo.

Enmendando tus errores —lo elevó otra vez y cuando se aseguró de que estaba sobre sus pies, lo golpeó con fuerza—, cubriéndote. Llegué a ser tu cómplice, llegué a sobornar periodistas para que no publicasen videos tuyos golpeando a Kagome. ¿Sabes los millones que gasté en tres años?

Se acercó y repitió lo que pronto sería un ritual. Su puño, un forzoso y brutal aterrizaje en la cara de su hermano, él cayendo.

Debí entregarte a la policía como el cobarde sin valía que eres —lejos de dar por finalizado el correctivo, Sesshomaru se arremangó las mangas de la camisa—. No sé de dónde has sacado esa maldita costumbre, Inuyasha, no sé qué ejemplos has tomado.

Qué mierda ocurre contigo… —adolorido, escupió sangre.

Es muy fácil aplicar violencia a quien es físicamente inferior a nosotros, ¿no crees? —esperó a que se pusiera de pie para golpearlo una vez más— Estoy ilustrándote en la situación inversa, presta atención.

Asestó un último ataque.

¡Sesshomaru! —el padre apareció y se acercó a su hijo menor, que yacía exánime en el suelo— Ya basta. Ya basta, por favor.

Tu hijo —y lo señaló—, el criminal, se irá de Tokio esta misma noche. No sé a dónde irá, me da exactamente lo mismo, pero lo quiero muy lejos y durante mucho tiempo.

Pero…

Padre —exclamó—, me permitiste manejar la situación y aquí está mi dictamen final.

¿Es necesario que se vaya? ¿Adónde irá?

Si se queda, me encargaré personalmente de que pase el resto de sus días en una celda y en cuanto a ti… —se interrumpió, sujetando a tiempo el cruel alegato que su cerebro había conjurado.

Suspiró. Habiendo relajado el calor del momento, comenzó a acomodar sus prendas; una vez rehecha su corbata, miró a su padre.

Kagome te envía sus cariños —agregó—. No se atrevió a venir personalmente por todos los golpes en su rostro. Se sentía avergonzada.

Allí fue cuando Sesshomaru vio a su padre llorar a causa de sus palabras por primera vez. Cuando debió ignorar el peso de la culpa de haber sido el artífice de tan patética escena, cuando se recordó que el errado no era él, sino ellos. Se endureció pronto ante el panorama, las lágrimas y la sangre, y sin más, se marchó para no pisar el hogar paterno durante un largo período de tiempo.


Fecha de publicación: Julio 9, 2017

Palabras: 1,495


NA: Me agarró un ataque con este capítulo. Empecé a escribir y a escribir y cuando me quise dar cuenta, había batido un récord. Me alegra haber descargado jaja. En quince minutos estaba el descafeinado.

La actitud de Sesshomaru tal vez les parezca un poco extraña y hasta cierto punto yo pienso así pero creo que ameritaba, ¿no? Sus comentarios pedían sangre y hacía falta, así que acá está. ¡Claro que esto aún no acaba!

Nos vemos pronto! :*