***Todos los personajes de Resident Evil son propiedad de Capcom, esta historia fue escrita con fines de entretenimiento***
"Nadie puede volver atrás, pero todos podemos seguir adelante… Paulo Coelho"
Después de un retraso de seis horas en su vuelo desde Helsinki, Leon y Helena por fin llegaron a Washington.
Luego de recoger sus maletas en la aduana, los dos tomaron un taxi que los llevaría al edificio de Helena. Durante el camino, ninguno dijo una palabra. La pesadilla por fin había terminado, y ahora debía reincorporarse a su vida antes anterior. Miró la ciudad a través del cristal; las calles lucían atestadas (lo que era normal un viernes por la noche), grupos de jóvenes merodeaban por la zona de bares del centro buscando alguno con mesas disponibles. La gente hacía fila para entrar a los restaurantes mientras que algún músico callejero intentaba animar su espera a cambio de monedas. Washington no había cambiado en lo absoluto; sus enormes edificios continuaban erguidos como centinelas vigilantes, las aceras brillaban como si estuviesen bañadas en cristal, bajo la tenue luz de las farolas.
El taxi viró a su izquierda y continuó su camino. El móvil de Leon sonó con aquel tono de la canción de Don't stop believin' de Journey que Helena recordaba. Mientras él hablaba con alguien de la agencia (lo supo porque al momento de ver la pantalla, Leon frunció el ceño, molesto), ella continuó mirando hasta llegar a su edificio.
El conductor se detuvo en la avenida Madison. Leon cortó la llamada y se apresuró a bajar el equipaje del maletero. Helena bajó del taxi y miró su viejo edificio; la señora Lawson aún no había reemplazado el cristal roto de su ventana, la construcción estaba pintada todavía con ese tono rojo desvencijado que tanto odiaban, Annya y Valdimir, una pareja de inmigrantes rusos que vivían junto a su piso. Estaban sentados en la escalinata como cada noche, fumando cigarrillos mientras reían y hablaban en un idioma que nunca llegó a comprender. Helena tomó su improvisada valija de lona y se encaminó a la entrada. Leon la siguió en silencio y los dos subieron por las escaleras hasta llegar al piso cinco.
Buscaron el apartamento 504. Una vez que llegaron ahí, Helena buscó la llave que escondía en una de las grietas del quicio de la puerta.
—Nunca se me hubiera ocurrido buscar ahí —admitió Leon.
—No quiero despertar a la Señora Lawson, seguro hará un millón de preguntas antes de darme otra copia de la llave —dijo Helena con desgana. No estaba de humor para lidiar con la cotilla de su casera.
Helena abrió la puerta y encendió la luz. El lugar estaba hecho un desastre; botellas vacías de cerveza sobre la mesita de centro, el sofá lucía descuidado y el comedor estaba lleno de empaques de comida rápida. Leon se encaminó hacia la habitación principal para dejar el equipaje. Ella lo siguió y acto seguido se sentó sobre la cama, mirando hacia el balcón.
— ¿Estás bien? —inquirió Leon, sentándose junto a ella.
—Sólo estoy cansada, es todo —respondió Helena.
— ¿No quieres que me quede aquí, contigo?
—No es necesario —dijo Helena sorprendida de la propuesta de Leon. Aunque llevaban siendo amigos desde hacía mucho tiempo, nunca había pasado más allá de dos horas en su apartamento.
— ¿Segura? —Leon insistió.
—Estaré bien —Helena se volvió hacia él y le dedicó una sonrisa forzada—. ¿Te llamaron de la agencia?
Leon se llevó la mano a la nuca y se dio un masaje leve. Por su expresión, Helena supuso que él no traía buenas noticias entre manos.
—Me llamó Lawrence. Me pidió que te avisara que debes presentarte en su oficina mañana a primera hora —respondió Leon, irritado—. Traté de decirle que te diera al menos un par de días antes de rendir tu declaración pero…
—Está bien —Helena lo interrumpió y agregó: —Entre más rápido deje atrás esta pesadilla, mejor.
—Mañana te acompañaré a la agencia —dijo Leon poniendose de pie—. Será mejor que te deje descansar por ahora. Si necesitas algo no dudes en llamarme, ¿De acuerdo?
—Lo haré.
Helena acompañó a Leon a la puerta y volvió de nuevo a su habitación. Abrió la ventana y aspiró un poco de la brisa fresca, esperando a que ésta le ayudara a despejar su mente. Un gato persa se asomó, tímido por el quicio y Helena lo tomó en brazos.
—Stalin. ¿Qué haces aquí? —Helena acarició la cabeza del gato y éste maulló.
—A mí también me da gusto verte.
Se sentó en el suelo del balcón y puso al gato en su regazo. Stalin era el gato de sus vecinos de junto, Annya Kozlov y Valdimir Petrov, una pareja de inmigrantes rusos que recién llegaron al país con la esperanza de cumplir el sueño americano (aunque en realidad Helena no les creyó ni media palabra, sobre todo cuando averiguo a lo que realmente se dedicaban), no obstante, la mascota era de lo más agradable y casi todas la noches, el animal se asomaba en su ventana y entraba a su apartamento, sólo para hacerle compañía por un rato.
Tampoco las visitas de Stalin habían cambiado. Entonces ¿Por qué se sentía tan diferente?
Recordó el momento en que aceptó el trabajo que su jefe Smith le propuso sobre cuidar a un soldado de la BSAA que perdió la memoria. Siempre supo que era una mala idea, debió escuchar a su instinto en aquel momento y declinar la oferta. La imagen de Piers en aquel hospital llegó a su mente y una punzada de dolor se cruzó por su pecho. Lucía tan perdido e indefenso, que no tuvo el corazón para dejarlo un minuto más ahí. Desde ese día, su vida no volvió a ser la misma, y no por el hecho de que un demente les pisó la sombra durante meses, sino porque Piers Nivans se convirtió en alguien importante y la idea de no volverlo a ver, la tenía sumida en una profunda tristeza.
Abrazó al gato y las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas. Stalin miraba absorto como su segunda dueña sollozaba en medio de la noche.
—No me mires así, Stalin —dijo Helena enjugándose las lágrimas—. Ya sé que soy patética. La última vez dije que jamás volvería llorar por un hombre, debería sentirme avergonzada.
El gato maulló.
—Tengo que olvidarme de él —se reprendió a sí misma, Helena—. Piers tiene una buena vida esperándolo en casa, una familia, amigos que lo aman y quizá una chica que estuvo sufriendo por su ausencia. ¿Qué podría ofrecer una mujer rota y solitaria como yo?
Stalin se acurrucó en su pecho y lamió la mano de Helena, arrancándole una sonrisa.
—El que te invite leche y galletas no quiere decir que sea una buena persona —el gato continuó lamiendo la mano de Helena y ésta no paraba de reír—. Basta, está bien. Ya no voy a llorar. Mejor me iré a la cama.
Helena se puso de pie y dejó al gato sobre el suelo del balcón, sin embargo; éste la siguió hasta la habitación. Ella sacó de los cajones de su armario, un camisón de algodón y juego de sábanas limpias. Vistió de nuevo su cama y se cambió de ropa. Una vez que se tumbó sobre la cama, el cansancio del viaje la venció, cayendo en un profundo sueño.
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—Hemos llegado —dijo Chris deteniendo el jeep frente a la residencia de los Nivans.
Piers bajó del coche y miró la casa, absorto. Los recuerdos llegaron como oleadas a su mente; el roble del jardín en donde pasaba las tardes leyendo, tumbado bajo su sombra, las matas de rosas que su madre cuidaba como si fuesen su propias hijas y que él junto con sus dos hermanos mayores, John y Shane , destrozaban cada vez que jugaban fútbol.
Los dos soldados se encaminaron hacia la entrada principal. Piers se detuvo por un momento frente al viejo roble y tomó entre sus dedos la cinta de razo amarillo que estaba atada alrededor del tronco.
—Nunca perdieron la fe —murmuró Piers con nostalgia.
Continuaron su camino. Una chica salía de la casa con una mochila sobre su espalda, conversaba alegre con alguien en su móvil. Piers la reconoció enseguida; se trataba de su hermana menor, Laura. La chica se volvió hacia los dos soldados, dejó caer el teléfono sobre piso del porche y se llevó la mano a la boca. La joven corrió hacia Piers y lo estrechó en un fuerte abrazo.
—Sabía que regresarías algún día —dijo Laura con voz quebrada—. ¿Dónde has estado? ¿Por qué no volviste a casa antes?
—Es una larga historia —respondió Piers abrazando a su hermana—. Nunca me olvidé de ti, osita.
—Mamá se volverá loca cuando te vea —Laura se enjugó una lágrima con el dorso de la mano.
— ¿Y papá? —preguntó Piers.
—Tan gruñón como siempre —respondió Laura con una sonrisa—. Vamos adentro, mamá está a punto de servir la cena.
—Será mejor que me vaya —Chris metió las manos en su chaqueta y agregó: —Puedes volver a la base cuando estés listo. A los chicos les dará mucho gusto verte de vuelta. Piers.
—Gracias, capitán.
Chris caminó de vuelta a su jeep, mientras que los hermanos Nivans se dirigieron a la entrada de la casa. A cada paso, Piers comenzaba a sentirse cada vez más nervioso ¿Qué le diría a su familia acerca del porque estuvo ausente durante tanto tiempo?, esperaba que no hicieran demasiadas preguntas y se dejaran llevar por la emoción del momento. Un sentimiento extraño lo embargó al momento en que Laura abrió la puerta; antes de perder la memoria, él tenía intenciones de dejar la casa de su padres para vivir en su propio lugar, lejos de sus anticuadas reglas, su sobreprotección y la mano estricta de su padre, que no hacían más que asfixiarlo, obstante; ahora lo que más deseaba era abrazarlos a ambos y decirle lo mucho que los echó de menos.
Entraron a la sala de estar y lo primero que percibió fue que el ambiente estaba inundado con el aroma del pastel de manzana recién horneado. Nada había cambiado desde que dejó la casa que lo vio crecer desde aquella noche de mayo en que emprendió su última misión; la misma alfombra persa en piso de la sala de estar, la vitrina con las medallas de sus hermanos y al centro, la cruz de hierro de su padre, conseguida durante la guerra de Vietnam. La colección de figuras de porcelana de su madre continuaba encima de la chimenea, debajo del retrato familiar tomado en una nochebuena hacía tres años.
Laura tomó a Piers de la mano y lo llevó hasta la cocina. Eva Nivans removía el fondo de una cacerola al fuego mientras silbaba una vieja canción de The Supremes. Piers se acercó a ella por la espalda y le cubrió los ojos con las manos.
—Laura, déjate de bromas. Ya es tarde y la cena aún no está lista.
—Quien dijo que era Laura —le susurró Piers a su madre al oído.
— ¡Piers! —exclamó Eva.
La mujer se volvió hacia su hijo y lo miró un segundo, como si no diese crédito a lo que veía. Acto seguido lo estrechó con fuerza entre sus brazos y dijo: — ¡Hijo!, ¡Has vuelto!
—Sí mamá —dijo Piers abrazando a su madre.
— ¡Sam!, ¡Ven aquí! —chilló Eva, separándose de su hijo.
A lo lejos podían escucharse unos pasos cansinos descendiendo de las escaleras. Sam Nivans se asomó por la cocina, con su acostumbrada taza de café de la tarde y una copia del New York Times doblada bajo el brazo. Piers se encogió de hombros al sentir la mirada inquisidora de su padre encima de él; y es que a pesar de ser un militar retirado, el Coronel Nivans aún conservaba cierto aire de autoridad, capaz de intimidar incluso a su propia familia.
—Hola —dijo Sam frunciendo la mirada—. ¿Crees que puedes abandonar a tu familia y volver así como si nada?
— ¡Sam! —lo reprendió Eva, irritada—. No has visto a tu hijo en meses y esto es lo primero que se te ocurre decirle.
—Piers, no tomes en serio lo que dice papá —dijo Laura.
—Está bien —Piers miró a su hermana y le dedicó una sonrisa. Se volvió hacia su padre y dijo: —No me fui de aquí para ir a un bar con mis amigos. Si no volví antes no fue porque no quisiera hacerlo. Perdí la memoria durante un tiempo. No recordaba siquiera mi propio nombre.
Eva se llevó la mano a la boca y lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos.
—Estuve recluido en un hospital como un paciente desconocido —Piers mintió. No le contaría a sus padres que el General Banks lo tenía secuestrado y de cómo fue que escaparon de las garras de aquel demente—. La BSAA tampoco supo lo que me sucedió.
— ¿Cómo lograste salir de ahí, hijo? —inquirió Eva.
—Una agente de la DSO fue quien me sacó del hospital y me puso a salvo — respondió Piers, recordando la noche en que se encontró con Helena en el bosque a la afueras de Washington—. Estuvo conmigo durante todos estos meses; cuidando de mí y ayudándome a recobrar la memoria. De no haber sido por ella, quizá ahora no estuviera aquí en casa.
— ¿Y dónde está ella ahora? —Preguntó Laura con curiosidad—. Lo menos que podemos hacer es agradecerle en persona lo que hizo por nosotros.
—Me encantaría conocerla —dijo Eva con una sonrisa en el rostro—. Deberías invitarla a cenar uno de estos días.
Piers tragó saliva con dificultad y entonces dijo: —Le diré en cuanto la vea.
— ¿Estás seguro de que esa chica existe? —Lo cuestionó su padre en tono severo—. Tu historia me parece tan fantasiosa que me cuesta creerte.
— ¡Sam!, ¡Basta! —espetó Eva dando un paso al frente.
— ¿Aún sigues enfadado conmigo por haber desertado del ejército? —preguntó Piers, irritado.
—Sabes que sí —respondió Sam estrujando su periódico— Deberías haber seguido los pasos de todos los hombres de tu familia, en lugar de unirte a la BSAA para jugar a ser un héroe. Seguro no movieron un dedo para tratar de encontrarte.
—Me gusta mi trabajo y lo que hago por la gente —repuso Piers con vehemencia—. Lamento ser un fracaso para ti como hijo, pero no pienso dejar la BSAA para darte gusto.
—Eres un imbécil —Sam giró sobre sus talones y antes de salió de la cocina, molesto.
Piers soltó un suspiro de decepción. Su relación con su padre continuaba siendo tan tensa y áspera como siempre. Sam Nivans seguía resentido con su hijo por haber dejado el ejército, en un momento en el cuál todo apuntaba a que Piers tendría un futuro brillante dentro de la milicia; como un francotirador hábil con un talento nato para disparar a largas distancias y una inteligencia aguda como estratega dentro del campo de batalla. No obstante; al chico dejó de interesarle el oficio militar al poco tiempo de haberse graduado de la academia. Descubrió que a pesar de venir de una dinastía de hombres de guerra, lo suyo nunca fue disparar un rifle para que un mandatario o un país se declarara ganador. Quería ser algo más que sólo un peón en el tablero, utilizar sus habilidades para ayudar a la gente y la BSAA le brindó esa oportunidad que le dió sentido a su vida.
Desde entonces Sam Nivans no miraba a su hijo con buenos ojos. Estaba consciente del potencial de Piers, incluso creía que podría llegar más alto que sus otros hijos o él mismo dentro de la carrera militar. Nunca confió en la BSAA, y es que en esa organización no premiaba al soldado más valiente o a quién mató más hombres en el campo rival, por lo que pensaba que su trabajo no era importante. No obstante, sabía que los enemigos que Piers enfrentaba en cada misión eran peores que los que alguna vez confrontó en Vietnam.
Piers no traía placas ni medallas que llenaran la vitrina de trofeos de su casa para poder presumirlas frente a sus amigos, sin embargo; aquel chico temerario le estaba dando una lección de humildad a su propia familia, al demostrarles que las armas también sirven para hacer el bien.
—Lamento que tu padre siga siendo tan obstinado —dijo su madre con la voz entrecortada.
—Eso no importa —Piers tomó a su mamá por la barbilla y le dedicó una sonrisa—. Ya se le pasará.
— ¿Por qué no subes y descansas un poco?, la cena estará lista en un rato —sugirió Laura.
—De acuerdo— Piers salió de la cocina y se encaminó rumbo a su habitación.
Una vez que llegó, giró el pomo de la puerta y entró a la habitación. A pesar de que se encontraba en penumbras, se dio cuenta de que su madre había puesto orden en todo el lugar. Su mente y sus recuerdos estaban tan bien, que incluso recordaba el color de sus sábanas la última vez que estuvo ahí. Sin encender la luz, Piers se tumbó sobre la cama y miró el techo pensativo. La imagen de la última vez que vio a Helena vino a su mente y una punzada de dolor se cruzó en su pecho. Se llevó la mano a la quijada y ésta aún le dolía después del golpe que le propinó ella antes de marcharse de Ivalo. Quería saber cómo le estaba yendo en Washington a dos días de haber vuelto a casa; ¿Habrá salvado su empleo?, ¿Por fin será feliz con el idiota de Leon?. La última pregunta hizo que su sangre hirviera, no le gustaba la idea de verla junto a aquel agente arrogante, sin embargo; tenía que admitir que durante la misión de rescate supo cuidar bien de Helena. Así que a pesar de todo Leon se había ganado su voto de confianza.
La brisa comenzó a ondear las cortinas y Piers se deleitó por un momento con el aire puro de la noche. Aunque en casa las cosas seguían iguales, él ya no se sentía el mismo. Ahora tenía un virus letal corriendo por sus venas y ese sería su secreto peor guardado y se enamoró de una mujer la cual no podría tener a su lado por temor a ponerla en peligro. Piers lanzó un sonoro bostezo y abrazó uno de las almohadas hasta quedarse dormido.
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Era la primera vez que Helena se enfrentaba al comité de ética y conducta de la DSO. Su jefe Connor Smith siempre la amenazó con acusarla con ellos cada vez que llegaba con aliento alcohólico a la oficina. Ahora, se encontraba sentada justo frente aquel grupo de hombres de mirada férrea, lo cuales no paraban de revisar documentos. Ella no esperaba ser llamada tan pronto, apenas habían pasado dos días desde que volvió de Finlandia y fue entonces que recibió una llamada de Leon, diciéndole que tenía que presentarse a primera hora el lunes (y también le sugirió que usara su mejor traje ejecutivo y un par de buenos tacones).
Helena dio un sorbo a su vaso de agua y soltó un bufido de aburrimiento. Llevaban cerca de una hora revisando los archivos del que alguna vez fuera su jefe, ConnorSmith, el cual fue detenido desde el momento en que se supo que Banks había sido capturado y enfrentaría un juicio aparte en un tribunal federal.
—Bien, queremos saber Señorita Harper, ¿Estaba enterada de las actividades criminales de Connor Smith? —la interrogó Alfred Thomas, Presidente del Comité.
—No —respondió Helena sin titubear—. Connor Smith sólo me asignaba los trabajos que debía hacer. Nuestra relación fue únicamente profesional.
—Tenemos documentos que echan por tierra toda su versión —repuso Thomas ajustándose las gafas al puente de la nariz.
Una chica se acercó a Helena y le entregó una carpeta. Helena comenzó a revisar los documentos que contenía en su interior y abrió los ojos, sorprendida al ver su firma en todos ellos.
—Revisamos los archivos de Eric Smith y encontramos pruebas de que usted tenía conocimiento de que Piers Nivans estaba recluido en el hospital St. Jude, en contra de su voluntad —dijo Alfred Thomas con seriedad—. Tenemos informes firmados en donde le reporta a Smith acerca del estado de salud del soldado, incluso firmó el alta de Nivans para llevarlo a una casa de seguridad en Gold River, Kansas.
— ¡Eso es mentira!, ¡Smith me envió a cuidar de Piers! ¡Dijo que la BSAA le estaba cobrando un favor a la DSO! —espetó Helena, furiosa.
—La DSO no le debe ningún favor a la BSAA —sentenció Carl Abbot, Jefe de Operaciones, con frialdad—. ¿Acaso deberíamos de fiarnos de la versión de una mujer que tiene antecedentes de mal comportamiento?, sabemos que también llegó en varias ocasiones con aliento alcohólico a trabajar a esta agencia. Smith reportó a sus superiores sus constantes faltas de disciplina, señorita Harper.
Helena bajó la vista y movió la cabeza en señal de negación. Aquello no podía estar sucediendo, Connor Smith, el bastardo de su ex jefe; la había involucrado en sus negocios turbios con Banks. Sentía que la sangre bullía a través de sus venas. Necesitaba calmarse y pronto. Volvió a mirar el expediente y vio fotografías de Piers en el Hospital St. Jude. Los informes efectivamente tenían su firma, sin embargo; ella nunca los elaboró. Miró de cerca la rúbrica y ésta había sido falsificada por algún profesional. Toda su carrera como agente de seguridad estaba en riesgo, incluso su libertad. Helena respiró profundo, debía pensar en algo pronto antes de que Smith se saliera con la suya.
—Hemos decidido suspenderla por tiempo indefinido, hasta que logremos esclarecer su situación —anunció Thomas acomodando sus notas sobre el escritorio—. No podemos ponerla bajo custodia federal, debido a que tenemos que comprobar la autenticidad de los documentos encontrados.
— ¿Esto es una broma? —Inquirió Helena, incrédula—. ¿Me están diciendo que voy a perder mi trabajo por culpa de Smith?, ¿Van a creerle a esa rata en lugar de una de sus agentes?
—No. Vas a perder tu trabajo por tus antecedentes de mala conducta —respondió Abbot en tono de burla.
Helena miró al techo y contuvo las lágrimas que se agolparon en sus ojos para no llorar frente a los miembros del comité. No permitiría que esos hombres la vieran vulnerable; su padre una vez le dijo que lo peor que podía hacer una mujer era llorar en el trabajo. Así que tomó su bolso, sacó su arma y su placa. Se dirigió al estrado y las puso sobre el escritorio de Thomas.
—No se preocupe, Señor. No tendrá que suspenderme, yo renuncio —espetó Helena en tono gélido.
— ¿Estás segura de tu decisión? —preguntó Abott con sorna.
—Tan segura como que te sigues acostando con tu secretaria, Abott —soltó Helena con sarcasmo. Recordó aquel incidente en la bodega de suministros en donde vio por accidente a Carl con los pantalones hasta los tobillos y a su joven asistente gimiendo entre sus muslos —. No sé si sentir pena por tu esposa o por Lilly Taylor que sigue esperando a que te divorcies de tu mujer.
— ¡Insolente! —Chilló Carl poniéndose de pie, con el rostro enfurecido.
—Yo también te voy a echar de menos, Carl —sonrió Helena, victoriosa.
Helena abandonó la sala con una sonrisa de satisfacción en el rostro. Caminó por el pasillo que la llevaría a la salida. No esperaba que la agencia le diera la espalda de esa manera; creyendo más en la palabra de un criminal que en la de una de sus agentes. De nada valió ser un buen elemento dentro la organización, a pesar de sus problemas de conducta, Helena sabía que era considerada una de las mejores y fue por eso que también se hizo de algunos enemigos, como Carl Abbot; que durante un tiempo buscó la manera de quitar a la Agente Harper del camino para que su hija mayor ocupara su puesto.
Llegó al estacionamiento y subió a su auto. Condujo durante un rato hacia su edificio. Una vez que llegó ahí, subió por las escaleras y finalmente llegó a su apartamento. El llanto de un bebé podía escucharse como un eco lejano. Una nota pegada en la puerta llamó su atención. Helena tomó el trozo de papel amarillo y leyó el mensaje que venía impreso en él:
Estimada Helena Harper:
Le notificamos que debe abandonar y entregar la posesión del apartamento que actualmente ocupa como nuestro inquilino.
Tiene cinco días luego de recibir este aviso. El motivo del desalojo es debido a la falta de pago en el alquiler, así como un reclamo interpuesto por uno de los vecinos. Puede entregar las llaves del apartamento a la Señora Lawson, administradora de este edificio, una vez que haya desocupado el piso.
Estrujó la nota y la arrojó contra la pared, con fuerza. Se había olvidado por completo de dejar pagado el alquiler antes tomar su último trabajo. Pensó que duraría cuando mucho una semana o dos. Respecto al asunto del reclamo, Helena sabía que no era del agrado de Teresa Lawson, una anciana que vivía en la planta baja y cuyo único pasatiempo era averiguar detalles de la vida privada de los inquilinos del edificio. Antes de marcharse a buscar a Piers, Helena tuvo una discusión con esa mujer.
Tessa, como todos la llamaban comenzó a hacerle preguntas acerca de su vida privada y su familia. No era la primera vez que su caser intentaba indagar cosas sobre ella. Cansada de su acoso, Helena la enfrentó y le dijo que la dejara tranquila (naturalmente, no de un modo amable). Desde entonces, su casera no le dirigía la palabra, algo que para la agente era un alivio.
Helena abrió la puerta y se encaminó a la cocina. Buscó en la alacena y encontró una botella a la mitad de vodka. Cogió una taza del lavaplatos y se sirvió la mitad. Bebió el contenido de la misma de un solo golpe y se sirvió de nuevo. En un solo día perdió su hogar y su empleo, sin poder hacer algo por evitarlo. Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas, apoyó sus manos sobre la encimera y soltó un puñetazo de rabia en la misma. No tenía familia a quien recurrir y su único amigo, Leon, últimamente se comportaba de forma extraña con ella, por lo que pedirle ayuda no era una opción. Con sus ahorros sobreviviría cuando mucho un par de meses, eso si lograba encontrar un alquiler modesto.
Stalin, el gato de sus vecinos se acercó con cautela, como si percibiera el dolor de su segunda dueña.
—Ahora no, chico —dijo Helena, enjugándose las lágrimas—. Vuelve otro día ¿quieres?
El gato no la escuchó y se sentó frente a ella, moviendo su cola.
— ¿Siempre eres tan testarudo? —inquirió ella.
Helena tomó al gato y lo puso en su regazo. Acarició la espalda del animal, arrancándole suaves maullidos.
—Todo salió mal. Perdí mi empleo y debo mudarme de aquí dentro de poco —le contó Helena al animal—. ¿Qué voy a hacer ahora?, la DSO no me dejara trabajar en otro lugar mientras esté bajo investigación. ¡Maldito Smith, hijo de perra!, ¡Tenías que arrastrarme contigo, bastardo!
De pronto su móvil sonó. Helena lo sacó del bolsillo de su chaqueta y miró en la pantalla. No reconoció el número; sin embargo, se aventuró a responder la llamada.
—Diga.
—Helena, ¿eres tú? —preguntó una voz femenina al otro lado de la línea.
— ¿Quién habla? —inquirió Helena, con extrañeza.
—Soy Jill.
—Hola, no sabía que eras tú —dijo Helena disculpándose. No entendía como hizo Jill para obtener su número privado.
—No te preocupes, te llamé para saber cómo estás. ¿Todo bien? —dijo Jill.
Helena dudó un momento en contarle a Jill acerca de los sucedido en los cuarteles de la DSO. No obstante, fue más fuerte su deseo de hablar con alguien que su inseguridad, así que sin rodeos dijo: —Mi jefe me involucró en el problema de Piers. Falsificó documentos e informes y ahora la DSO me tiene bajo investigación.
—Eso debe ser un error —sentenció Jill, irritada—. Tú cuidaste de Piers todo el tiempo que estuvo en bajo tu custodia.
—Fue lo que dije, pero no me creyeron.
— ¿Y qué vas a hacer ahora? —preguntó Jill, preocupada.
—No lo sé —admitió Helena—. No puedo trabajar en otra agencia mientras esté bajo investigación.
—Si puedes —afirmó Jill—. En la BSAA están al tanto de los que hiciste por uno de sus hombres, de no ser por ti, nadie hubiese sabido el paradero de Piers Nivans. Sólo tendría que llamar a un par de personas y podrías trabajar con nosotros.
— ¿Yo en la BSAA? —se incorporó de golpe y continuó: —Es una locura.
—Piénsalo, Helena. La investigación puede durar semanas o meses. No puedes estar sin empleo todo ese tiempo —dijo Jill— Además, te haría bien mudarte a un lugar nuevo.
Helena se apoyó contra la encimera, pensativa. La oferta de Jill la tomó por sorpresa. Le estaba ofreciendo un empleo sin importarle sus antecedentes ni tampoco las acusaciones de la DSO. Era una gran oportunidad, un nuevo empleo y una ciudad distinta; era la oportunidad de volver a comenzar.
—Está bien —aceptó Helena—. Tomaré un vuelo esta misma noche.
—Excelente —dijo Jill— Pasaré a recogerte al aeropuerto.
—De acuerdo.
Hola:
Aquí les traigo un nuevo capítulo de esta historia. Les agradezco mucho que se hayan tomado el tiempo de leerla.
Agradecimientos:
Guest, CMosser, milaa, MissHarperWong27, GeishaPax, Zhines, Light of Moon 12: Gracias por sus reviews, sus palabras alimentan a esta autora de quinta que hace lo posible por escribir sus actualizaciones más seguido.
Polatrixu: Por darle la bendición a este capítulo. Prometo que habrá Finlandeses alocados en el próximo :D
SKANDROSITA, AdrianaSnapeHouse: Por su apoyo a cada una de mis locuras, las quiero niñas!
Bueno creo que eso es todo por el momento.
Dudas, comentarios, no duden en expresarlos ya sea por PM o cualquier medio en el que me puedan contactar.
XOXO
Addie Redfield :D
