Al mediodía, Itachi dejó de utilizar el cuerpo de Ino. Después de horas de sudor y placer, de dolor y agarrotamientos, de músculos tensos y zonas sensibles e inflamadas, el ruso decidió que ya había saciado todo su apetito y que ya era hora de ponerse en marcha.

No se atrevió a hablar más con ella. No era bueno en eso: enfrentar el día después siempre había ido fácil para él. Las chicas se iban y punto.

Tampoco se sentía capacitado para dar a la agente las respuestas que buscaba.

Llevaba años ocultando quién era, años enteros sin acercarse demasiado a los demás por miedo a involucrarlos en su mierda y en sus miedos.

Tampoco lo haría con Ino, a pesar de que le había demostrado que ella no era como los demás.

Ella no flaqueaba, no delataba y no temía a ningún enfrentamiento. Y lo más importante, no le temía a él.

Pero no la inmiscuiría en sus problemas porque, precisamente, Ino era diferente y temía por ella en todos los sentidos.

Le importaba.

Por ese motivo, le dolía saber que se había abierto con él, que le había entregado a él su primera vez; que, en vez de echarle en cara su comportamiento sexualmente arrollador de la noche anterior, la joven le había entregado su cuerpo para que hiciera con él todo lo que quisiera.

Se había ofrecido como su paño de lágrimas, y él la había inundado con su esencia una y otra vez, como un egoísta carroñero que quisiera marcarla para siempre.

Y, aun así, sabiendo que no le podría dar más, en ese momento, mientras preparaba sus armas y repasaba su munición, lo miraba y le sonreía, como si así le disculpara.

Como si le comprendiera a la perfección.

Para llenar el silencio reinante en la habitación, habían puesto el canal de las noticias. En ellas, explicaban el hallazgo de los cuerpos del Soho, en un prostíbulo ilegal y clandestino donde se traficaba con menores; los cuerpos de los hombres mutilados pertenecían a rusos. En especial, se centraban en la carnicería que habían hecho con uno de ellos. Un hombre de pelo rapado y muy alto, con tatuajes de la mafia rusa en su piel.

En las noticias aseguraban que se trataba de un ajuste de cuentas entre bandas de traficantes.

Sin embargo, no mencionaban nada sobre los millonarios que se suponía que habían pujado en las cabinas... Seguramente, habrían huido al ver que no aparecía ninguna mujer más para subastar. Uno de ellos habría llamado a Nagato para preguntar por ellas, y al comprobar que no contestaba, habría mandado a sus guardaespaldas a buscarlo. El guardaespaldas descubriría que Nagato había sido degollado y que lo habían abierto en canal, y entonces habría encendido las alarmas.

Todos los compradores se fueron y, hoy, estarían pidiendo explicaciones al Drakon en esa intrigante flota donde iban a entregar a las mujeres compradas.

Itachi seguía las expresiones de Ino al escuchar las noticias, porque lo cierto era que no las veía; atendía tan solo a sus armas.

La joven no mostró ninguna sorpresa al escuchar lo que él había hecho con Nagato, ni tampoco cuando el informador había dicho que en su boca se había hallado el propio pene de la víctima cortado, junto a una muñeca rusa en miniatura.

Esa chica era una caja de sorpresas.

Ino parecía fría y dura. Pero, también, altamente inflamable si le tensabas demasiado la cuerda.

Y en vez de enviarlo a freír espárragos por usarla así, se había dado con todas las consecuencias.

Itachi observó la curvatura de su espalda, la palidez de su esbelto cuello y la toalla que cubría su torso. Se acababa de dar una ducha, tenía el pelo húmedo y peinado todo hacia atrás.

Sus labios seguían hinchados de sus besos y lucía marcas de chupetones por hombros y pechos.

—El Drakon va a comprobar que ya no soy virgen. —Aquella era su única inquietud.

—El Drakon no te va a tocar ni un pelo. No te voy a entregar. No te acercarás a ellos a más de diez metros.

Ino arqueó las cejas y echó hacia atrás el cargador.

—Entonces, será difícil infiltrarme.

—No lo harás.

Ella levantó la mirada y se la sostuvo durante unos segundos.

—¿Has cambiado de planes otra vez? ¿Cuándo ha sido eso?

—No sé. Tal vez cuando te follaba por décima vez —espetó él con dureza.

Ino parpadeó incrédula.

—¿Cuando me follabas? ¿Y eso cambia algo entre tú y yo? No comprendo.

Un músculo palpitó en su mandíbula y se mordió la lengua para decirle que sí. ¡Lo podía cambiar todo! Pero, en lugar de eso, giró la cabeza y miró hacia otro lado.

—Tenemos su habitación y el hotel en el que se va a hospedar —explicó él—. Iremos a por él. Localizaremos sus barcos y nos aseguraremos de que los vigilen.

—Entonces, ¿por fin vas a ponerte en contacto con nuestros superiores? ¿Por fin hablarás con tu subinspector y le dirás todo lo que estás haciendo? ¿Por fin hablarás con el mío antes de que me echen del FBI de una patada en el culo?

—No, Ino. Ni tú ni yo podemos informar a nadie. Enviaré un mensaje a la policía local. Eso es todo.

—¿Por qué no? No vas a matar a nadie más, Itachi. No puedes hacerlo. Te has cargado a Nagato y a sus unidades, joder. Esos hombres tienen que ser juzgado por la ley que...

—¡Deja de decir chorradas, Ino! —gritó él, ofuscado—. ¿Crees que permanecerá mucho tiempo en la cárcel? ¿Crees que lo condenarán? ¡Ni aquí ni en mi país harán tal cosa! Yo soy la única justicia que conozco, y esa gente tiene que morir. De lo contrario, nunca descansaremos.

—¡¿Y de qué te sirve a ti luchar contra todos?! —preguntó Ino, levantándose como un polvorín—. Conseguirás que te maten. Tienes que aprender a delegar. Tienes que aprender a confiar en tu institución... Para eso entraste a trabajar con ellos, ¿no? Ellos sabrán lo que hacer. Los juzgarán y...

—¿Y pondrán a los malos entre rejas? —preguntó mofándose de la honestidad de la agente—.Superagente, a veces, parece que hayas salido de la guardería...

—Y tú que hayas salido de Gangster Squad.

—¿De qué sirve llevarlos a prisión si desde ahí también maquinan? Llevarlos a la cárcel es como darles unas vacaciones pagadas.

—En mi país no permitirían eso... Los aislarían. Hay cárceles como las Supermax en Florida. Quedan completamente aislados, solos, no pueden tener comunicación con nadie.

—¿En tu país? ¿Estás de broma? —preguntó, incrédulo—. Antes de viajar a Nueva Orleans, asistí a la entrevista que le hizo Jiraiya a Hidan Vasiliev. Se rio en su cara de tu subinspector... Le dijo que la guerra contra la mafia era una guerra perdida. Le amenazó. Y le aseguró que él saldría de allí al cabo de un par de semanas. Y que mientras Jiraiya siguiera luchando contra la mafia y las bratvas en Estados Unidos, él se encargaría de follarse a su mujer. —Se peinó la cresta con frustración—. ¿Crees que Jiraiya no se acojonó? ¿Crees que no se vendería por proteger a lo que quiere? ¿No se vendería por salvar su vida?

—Todavía hay gente con principios, ruso —contestó mirándolo con compasión—. ¿Qué demonios te han hecho?

—¿Y qué sueños románticos tienes tú sobre la bondad? —Su tono era arisco y sentenciador—. ¿Por qué crees tanto en las personas?

—Porque, si no, ¿por qué estoy luchando? —preguntó, anonadada por su visceralidad.

—Me sorprendes mucho, Ino... La mafia es como un virus que se expande y va tocando a la gente. La gente se vende por ellos porque los temen. Se infectan de su malicia y del terror que despiertan. ¿Sabes por qué he cortado la comunicación con mis superiores?

—¿Por qué? —le desafió.

—Porque estoy convencido de que mi jefe está metido hasta las cejas con las bratvas. Lo han comprado.

Ino se quedó con la boca abierta.

¿Su jefe?

—Madara Vólkov. Ese es el nombre del inspector jefe de la SVR —la informó—. Es mi jefe, y está con ellos.

—¿Por qué estás tan seguro de eso?

—Porque alguien tuvo que dar el chivatazo sobre mi violación del código de los vory a Tyoma y a Nagato. Y ese chivatazo solo podía venir de la persona que me adjudicó el caso. Era el único que sabía la verdad. El único que conocía ese detalle sobre mí.

—¿Y esa persona es Madara?

—Sí. Estoy cien por cien seguro. Y estoy a unas horas de descubrir la verdad.

Ino se dejó caer en la cama y clavó la mirada en sus pies desnudos.

—¿Me estás diciendo que tu propio jefe te tendió una trampa? ¿Que tu propio jefe te delató? Todo esto..., ¿también es por él?

—Sí, Ino. Por eso decidí cortar la comunicación desde el preciso momento en el que salimos de Nueva Orleans. Él ya no iba a tener más control sobre mí.

—Pero... ¿por qué iba a hacer eso? ¿Por qué iba a traicionarte de ese modo?

—Porque yo ya estaba muy cerca del vor principal en el gulag. Porque, cuando saliera, Tyoma y Nagato me iban a meter en su bratva, y, al hacerlo, habría descubierto que era él quien le cubría las espaldas en todos sus golpes y secuestros. Entonces me alejó, delatándome. Pero el torneo me puso en contacto con el FBI, y para su mala suerte me redirigió a la bratva principal. Al origen de todo.

Ino no se lo podía creer. ¿Qué despropósito era aquel? ¿Cómo podían haber tantos misterios dentro de las organizaciones para las que trabajaba?

—¿Jiraiya sabe que tú sospechas de Madara?

—No. Él no sabe nada.

Ino frunció el ceño. Sabía detectar cuando alguien mentía. Y acababa de pillar a Itachi en una nueva mentira.

—De acuerdo... —dijo decepcionada—. Me has metido en medio de tu ajuste de cuentas, ¿verdad? Es una maldita venganza y me has utilizado para eso. Has accedido a cargar conmigo para tener al FBI contento y que no molesten más de lo debido...

—No. En realidad, no. Has resultado ser la mejor compañera que he tenido nunca. Y si consigo mi venganza, será gracias a ti. Siempre te lo agradeceré.

—Guárdate tus agradecimientos, capullo. Has matado a Nagato. ¿Quiénes vienen ahora? Tyoma, Madara y... ¿el Drakon? ¿Los matarás a ellos también?

Itachi asintió con la cabeza. No pensaba dejar títere con cabeza.

—Entiendo... —concedió ella, cada vez más ofuscada. Si Jiraiya estaba al tanto de las sospechas de Itachi sobre el inspector jefe Madara, ¿por qué diantres no le había dicho nada a ella? ¡Debería tenerla informada!—. Haz lo que te dé la gana, pero quiero la flota de barcos del Drakon para mí. Y la quiero entera, con todos sus clientes y compradores en su interior. Vivos —especificó—, a poder ser.

Una expresión de contrariedad cruzó la mirada del ruso. Ino supo que, le diera la respuesta que le diera, mentiría, pues no estaba en sus planes dejar a nadie con vida. Aquello la entristeció.

—Hecho.

«Puto mentiroso», pensó con rabia.

—Prométemelo —le exigió ella.

—Yo no prometo...

—¡Déjate de frases hechas, Itachi! —Ino se acercó a él y lo miró de frente. Estaba más seria que nunca.

La actitud de la agente hizo que él la respetara más aún.

—He accedido a todas tus triquiñuelas desde que empezamos a trabajar juntos. —Le echó en cara ella—. Me merezco que cedas en eso. Tú puedes tener al Drakon, a Madara y a Tyoma. Déjame a mí a todo lo demás. Prométeme que no tocarás ni un puto barco de esa flota.

Él levantó la barbilla y sonrió, indolente.

—Itachi... —le advirtió ella con tono amenazante.

—Si te tranquiliza más, entonces sí: lo prometo.

—Hazlo por la muñeca rusa que tienes en el hombro —«Ahí está. El rostro le ha cambiado por completo. Ya no hay señal de soberbia ni petulancia. Ahora veo vulnerabilidad e indefensión. Y mucha pena», pensó Ino sin sentirse triunfante por ello—. Ya he visto tu tatuaje, ya lo he podido ver entre tanto trazo y tribal...

—Eso no quiere decir nada. No significa nada para mí.

—¡Deja de mentirme, cretino! —le gritó, emocionándose y sintiendo una bola de congoja en la garganta y en el pecho—. ¿No entiendes que conmigo ya no tienes por qué hacerlo?

—¿Por qué te crees diferente a otros, Ino? ¿Porque hemos echado un polvo? —preguntó, para hacerle daño.

Ino sonrió ofendida y se limpió una lágrima de frustración que se deslizaba por la mejilla. La miró con asombro, pues no estaba nada acostumbrada a perder el control de sus emociones de aquella manera tan deplorable. ¿Un polvo? Un polvo detrás de otro durante horas y horas... Y era su primera vez. Le dolía todo el cuerpo y sentía que se había hecho daño ahí abajo. Lo sentía arder continuamente.

Itachi no supo cómo reaccionar a la emotividad repentina de Ino: se quedó callado.

—La tienes en el hombro —continuó ella ignorando la dureza de sus palabras—, le metiste una muñeca rusa en la boca de Nagato. No sé qué significa, pero creo que es importante para ti... Hazlo por eso.

—De acuerdo. Lo prometo por la matrioska. Tú te encargarás de la flota.

Ino se dio la vuelta para dejar de humillarse y asintió, aun sabiendo que el mohicano no decía la verdad. Le mentía para tenerla contenta. Era un déspota calculador.

Lo que él no sabía era que estaba preparada para todo.

Y no iba a permitir que un hombre como él, aunque le hubiera tocado de lleno el corazón, llevara las riendas de una misión que le reportaría éxitos y respeto profesional, aunque como mujer se sintiera fracasada.

—Prepárate, Ino. Dentro de una hora vamos a por el vor v zakone que nos quita el sueño — ordenó Itachi saliendo de la habitación.

—No me lo roba a mí —respondió ella, dejando sus armas alineadas sobre la cama. Se metió en el baño para acabar de arreglarse y recuperarse de aquella discusión. Sin embargo, antes de cerrar la puerta, le dijo—: Te lo quita a ti. Eres tú el que vives obsesionado con él. No yo. Yo soy lo suficientemente profesional para seguir actuando con la cabeza fría.

Aquello dejaba las cosas claras.

Ino no iba a permitir que Itachi se saliera con la suya y convirtiera aquella misión en una matanza.

Itachi no iba a permitir que Ino se interpusiera en un caso que, para él, estaba claro y definido desde que Tyoma, Nagato y Madara le jodieron: los iba a matar a todos.

Y no importaba quién se pusiera por delante.