Banda Sonora: (apretar play cuando salga el símbolo)
1.& "Lose Me" del grupo Denali
2.& "Sour Times" del grupo Portishead
14.- Almas Gemelas.
.
Se tomó su tiempo antes de llegar a Grimmauld Place. Se sentía alienada de la realidad; consternada pero a la vez aliviada, sentimientos contradictorios que por más que trató de dilucidar, no pudo. Pensó que una vez que se alejara del lugar pondría sus pensamientos en orden y terminaría por ahogarse en la más profunda depresión, luego de haber perdido su único refugio, el único sitio donde podía volver a ser la vieja Hermione, la única oportunidad que tenía para conversar con Ron.
Sin embargo no fue así. Ahora ese oasis ya no existía, Malfoy se lo había arrebatado de una forma cruel y despiadada, pero en cierta medida, la ayudó sin quererlo. El cementerio la estaba absorbiendo como un beso de dementor, y ahora que él había roto esa conexión, podía ver las cosas con perspectiva. Era como si le hubieran quitado un gran peso de la espalda, unas cadenas invisibles, y ahora podía volar a donde quisiera.
Se vengaría, ¡claro que lo haría!. Nunca le perdonaría su bajeza, y ahora que tenía la mente en frío, podía llevar a cabo sus planes sin cometer los errores del pasado. O mejor dicho, "ese" error.
Respiró profundo una vez que estuvo al frente de la puerta, buscando el ánimo necesario para entrar y anunciar la triste noticia a la familia Weasley y al resto de la orden.
–¿Va a avisar lo del incendio? –preguntó una voz amigable a su derecha–.No se moleste, ellos ya lo saben. De hecho, el joven Potter salió corriendo a buscarla, es algo sobreprotector, ¿no cree?
Hermione giró el cuello con tanta rapidez que llegó a sonar. A su lado se encontraba un anciano encorvado, de túnica gris y largos cabellos blancos. Llevaba una gran sonrisa en el rostro, pero, a pesar de ello, su apariencia era tétrica, ya que en sus cuencas no existían ojos. Instintivamente, se llevó una mano a la varita que guardaba el bolsillo trasero de su pantalón, y la alzó en contra del sujeto que la acompañaba.
–¿Quién es usted? –preguntó hosca y desconfiada.
–Supuse que diría algo más inteligente, ¿por qué siempre me preguntan lo mismo? –rió el anciano divertido–. Y baje esa cosa, ¿no sabe que es de mala educación apuntar con la varita?. Lo único que logrará es picarle el ojo a alguien, y considerando que yo no tengo, la única que corre peligro es usted.
La muchacha no cabía en su sorpresa. Se removió incómoda y sin bajar la guardia balbuceó.
–¿Cómo…?
–Veo más que la gente que los posee, niña. No los necesito, me estorban –explicó adivinando sus pensamientos–. Además, no seas tan desconfiada, no pretendo hacerte daño, sólo quería conocerte.
–¿Conocerme? ¿Para qué? –inquirió apresurada, mirando alternativamente a ambos lados de la calle, esperando en cualquier momento una redada.
–Siempre he sido una persona muy curiosa, y esta historia en particular me ha llamado mucho la atención. Siglos y siglos he observado tragedias ajenas, y nunca me había animado a intervenir en alguna. Debe ser que con la edad me he puesto más sentimental o algo así con ustedes, los mortales.
"¿Tragedias?" Repitió para sí la aurora, y sin proponérselo, recordó las obras clásicas griegas, donde los dioses prácticamente jugaban con el destino de los humanos para divertirse. Pero esto no se aplicaba, ¿o sí?. Ese viejo no podía ser un Dios, y ella no era ninguna heroína atrapada por la rueda de la fortuna.
–No necesito ser Oráculo para percibir tu profunda confusión, pero no importa. Es normal –continuó Cupidine, mostrando los escasos dientes que le quedaban–. Sólo me he aparecido ante ti para darte una pista y que no estés tan indefensa en el futuro. Verás, todo lo que das por sentado es erróneo, y tu camino está unido a quien menos te lo esperas. No todo es negro ni blanco, encontrarás el brillo del gris. Pero ten por seguro que no será fácil, por el contrario, debes ser muy fuerte, porque sufrirás y harás sufrir. Morirás y Matarás.
Ella abrió la boca para hablar, pero ninguna palabra acudía a su rescate. Estaba absolutamente muda ante él.
–¡Hermione! –gritó una voz familiar.
La muchacha dirigió su atención al origen de la voz, encontrándose con Harry que corría hacia ella con la angustia pintada en el rostro. Luego, devolvió la mirada al lugar donde se encontraba el anciano, pero este ya se había evaporado en el aire como si jamás hubiese existido, así que regresó otra vez al pelinegro, que la observaba con ansiedad.
–¡Hermione! –exclamó estrujándola entre sus brazos–. Por Merlín, que me tenías preocupado, ¿dónde te habías metido?. No sabes cuánto me asusté cuando supe que el cementerio estaba en llamas. La señora Weasley no paraba de llorar pensando que te habías carbonizado ahí, y yo…
–Harry, estoy perfecto, nada me ha pasado –aseguró acariciando una de sus mejillas para tranquilizarlo–. Alcancé a salir de ahí antes que el fuego se volviera incontrolable.
–¿Viste cómo comenzó? ¿Qué sucedió?
Hermione se mordió la lengua y optó por callar. No quería revelar aún que Malfoy seguía con vida, pues eso significaría estar nuevamente bajo la lupa de todo el mundo, especialmente de Harry, y no podría enfrentarse a él sin que todos intervinieran. Y esa pelea no le competía a nadie más que a ellos dos.
–¿Estás bien? Te ves un poco pálida –preguntó preocupado, tomándole la temperatura en la frente con los labios.
–No es nada. Mejor no hablemos de eso, ¿está bien? Necesito descansar –dijo ella, tratando de desviar el tema.
–Entonces entremos, pero primero déjame avisar que estás bien.
1.&
Harry invocó a su patronus y lo envió con un mensaje para los de la Orden. Una vez hecho esto, la tomó del brazo y entraron juntos a la casa, en silencio, caminando lentamente hasta llegar a la habitación que ambos compartían. La sentó en la cama y le quitó los zapatos, la arropó hasta el cuello como a una pequeña y luego se recostó a su lado, observándola, esperando que se decidiera a hablar.
–No te merezco –murmuró ella de pronto, perdida en el universo de sus ojos verdes.
–No digas tonterías –respondió dulcemente, colocándole uno de sus bucles tras la oreja–. Eres demasiado especial para mí. Te conozco hace tantos años, pero a pesar de todo, no deja de sorprenderme que cada día puedo quererte aún más.
–Harry, yo…
Él se acomodó más cerca y comenzó a acariciar su rostro con la punta de los dedos, logrando que la muchacha cerrara los ojos deleitada ante su contacto. Las manos de Harry siempre eran tibias e increíblemente suaves, como si tuvieran una poción sanadora frente a cualquier herida, aliviando su corazón. Era como sentirse en casa, volver al hogar después de un largo y oscuro trayecto. No tardó en percibir como los dedos eran remplazados por sus labios, que trazaban un camino de tímidos besos desde su frente hasta su mentón.
–No hables. No razones. No pienses –le susurró él, chocando su aliento fresco en la oreja–. Por un momento olvidémonos de todo. De la guerra, del dolor y de la muerte. Seamos sólo tú y yo. Por un momento, pretendamos que todo está bien.
Como toda respuesta, ella acomodó ambos brazos detrás de su cuello, y dio sus labios como ofrenda para que él pudiera tomarlos. Harry se hizo de ellos de inmediato, y comenzó a acariciarlos con los propios, en un ritmo tan lento como embriagador, profundizándolo cada vez más, hasta que no se podía distinguir donde terminaba una boca y comenzaba otra. La temperatura corporal de ambos ascendía sin control, y la frazada que separaba sus cuerpos pronto desapareció, sólo la ropa los detenía de ir más allá de las barreras que se habían auto impuesto.
Harry bajó hasta su cuello, y luego se desvió hasta el hueso de su clavícula, delineándolo y probándolo con un pequeño mordisco, logrando de paso que la muchacha perdiera la noción de la realidad y emitiera un profundo gemido, que sólo logró alentarlo a ir más allá.
Más...
Y más...
Las manos de los dos cobraron vida propia y comenzaron a reconocer el terreno del cuerpo del otro, primero con cautela y luego con desesperación, hasta perder definitivamente el control. Ninguno de los dos pensaba, sólo actuaban entregándose a las más bajas pasiones, arrancando, jalando, rompiendo las prendas que los molestaban, que les impedían fundirse en uno para saciar su sed.
Como si no existiera mañana.
Olvidando el presente.
Tal como deseaban.
.
.
El salado aroma del mar la relajaba por completo, llenando sus pulmones de una suave tranquilidad que hace mucho tiempo no experimentaba. Ya había anochecido, y llevaban al menos media hora caminando en silencio por la arena, acompañados sólo por el sonido de las olas al estrellarse contra las rocas. Pansy miraba por el rabillo del ojo la mano de su acompañante, teniendo que reprimir las ganas de tomársela y enlazar sus dedos con los de él como cualquier pareja común y corriente. El problema radicaba en que ambos distaban mucho de caer en aquella simple calificación.
–¿Tienes frío? –preguntó de pronto Alexander, sacándola de sus cavilaciones.
–Un poco –murmuró ella, notando como sus labios comenzaban a tiritar por el viento helado.
–Toma –dijo él, sacándose la chaqueta para colocársela encima de los hombros–. No quiero que te resfríes por mi culpa, después de todo, el paseo fue mi idea.
Pansy asintió con las mejillas encendidas y desvió la mirada hacia el mar, tratando de recordar quién era y por qué no debía sentirse de esa forma; como una adolescente enamorada hasta el cuello. Como una ilusa.
–Alexander –susurró insegura, sintiendo la tibieza de él que aún permanecía en su abrigo–. ¿Por qué decidiste ser auror? –preguntó finalmente, echándole mentalmente la culpa de todo a su profesión.
Él detuvo su caminar y la miró fijamente. Ella pudo percibir un rastro de melancolía y tristeza en sus orbes azules, y supo que la pregunta que había formulado era una mala jugada si quería seguir profundizando la relación con él.
–Yo… –contestó vacilante después de unos segundos de tenso silencio–. Yo no pretendía ser auror. Nunca quise serlo en realidad.
–¿Cómo? –soltó incrédula–. No entiendo, se te da tan natural... Entonces, ¿a qué querías dedicarte?
–Mis aspiraciones eran más ambiciosas y menos filantrópicas –rió nostálgico–. Yo quería hacer una carrera política y terminar como Ministro de Magia algún día. Sin embargo…
–¿Sin embargo? –animó a continuar interesada, tomando asiento en la arena e invitándolo a hacer lo mismo con la mano.
–Me dejé llevar por otras razones. Por sueños ajenos –confesó con amargura, mientras se dejaba caer a su lado sin cuidado.
–¿Por ella? –se atrevió a adivinar–. ¿Por la chica que me hablaste la otra vez? ¿La que te recuerda un poco a mí?
Alex comenzó a jugar con la arena como un pequeño, tomando un puño de ella para luego dejarla escapar entre los dedos progresivamente, hasta que en su palma sólo quedaran pequeños granitos color marfil.
–Sí, por ella –respondió sin mirarla–. La hubiera seguido a donde fuera sólo para asegurarme que estuviera bien, pero no pude protegerla cuando me necesitó, no pude –el muchacho tomó una gran bocanada de aire antes de continuar–. Astoria, es un tema complicado para mí, preferiría no hablar de eso.
–Como gustes –concedió algo mosqueada, ¿cómo podía seguir prendado de una muerta? ¿Qué había hecho la estúpida de Bell para hechizarlo de esa manera?–. Lo que no entiendo es que si nunca quisiste ser auror, por qué ahora no renuncias.
–Porque ahora ser auror tiene su propósito –contestó formando una sonrisa algo macabra en el rostro.
–¿Venganza? –musitó, aún sabiendo la respuesta.
–Así es.
2.&
Pansy sintió que tragar su propia saliva estaba siendo una tarea demasiado engorrosa. Alex odiaba con todas sus fuerzas a un ser enmascarado sin nombre, y había jurado asesinarlo en nombre de un viejo amor. Para la desgracia de ambos, la que ocupaba ese puesto por mera casualidad era ella, pero él desconocía de sus pecados.
No quería que la odiara, no quería que la despreciara, pero una parte de ella sabía que el momento de la verdad se acercaba a pasos agigantados, y tendría que olvidar sus reencontrados sentimientos puros tan rápido como llegaron. Los colores huyeron de su cara ante la revelación, y súbitamente se sintió demasiado débil.
–¿Estás bien? –indagó ceñudo, notando la evidente descomposición de la muchacha.
–Sí, sí –respondió forzando una sonrisa–. Perfecto, sólo tuve un mareo.
–Te llevo de regreso a casa –resolvió, tratando de levantarse de la arena.
–No, no, no, no –dijo interceptando su brazo para volverlo a su lugar–. De verdad, estoy perfecto. No me quiero ir aún, me gustaría estar un tiempo más aquí, contigo.
Alex pareció incomodarse con la última palabra, pero nada dijo. Se recostó sobre la arena de espaldas y cerró los ojos, concentrándose en el sonido del mar, del viento y de las gaviotas que los sobrevolaban. Ella aprovechó de observarlo sin pudor, aprendiéndose sus facciones, grabándolas en su memoria como aquellos recuerdos que luego nos entibian el corazón en los momentos difíciles.
–Cuando te conocí... –esbozó él aún con los ojos cerrados, colocando ambas manos en la nuca–, ¿por qué me perseguías tanto?
–Porque me gustabas, Alexander Bleu, y aún me gustas –declaró ella, horrorizada con la honestidad de sus palabras.
Si bien, todo había comenzado como un juego cruel, ese juego había mutado en su contra, logrando extraer de su ser una personalidad que jamás supo que tenía. Conocerlo había sido frustrante en un principio, pero con el correr de los días, no pudo evitar desear que la mirara, que la deseara. Ambiciaba esa luz que percibía tras sus ojos, esa tibieza que sabia que encontraría en sus brazos.
Era extraño sentir devoción por Draco y a la vez, deseo por Alexander. Hombres tan distintos como la noche y el día.
–¿Por qué? –insistió el auror, con un dejo de frustración en el tono de su voz.
–No lo sé –suspiró frustrada también–. No preguntes cosas que no puedo responder. No soy esa clase de chica. No suelo estar conectada con mis sentimientos. Para mí, sentir esto, también es un misterio.
"Y no sabes cuánto me complica" pensó para sus adentros, alzando la mirada al cielo, donde se encontraba la luna llena iluminándolos.
Su vida nunca había sido fácil. Desde pequeña había convivido con padres exigentes y jamás se sintió querida por ellos, de ahí que su capacidad de amar se encontrara truncada. Lo más parecido al amor que había sentido era precisamente por Draco, porque ambos habían tenían existencias similares. Y ahora, con el hombre que tenía al lado, estaba experimentando sensaciones desconocidas, profundas, más allá de su limitada comprensión emocional.
–¿Y porqué tú arrancabas de mí? ¿Tanto me odiabas? –preguntó esta vez ella, temerosa de la respuesta.
–A decir verdad, te tenía pánico –confesó Alexander, riendo amargamente–. A diferencia tuya, he de confesar que yo sí estoy muy conectado con lo que siento, y si permitía que te me acercaras de esa manera, existía el riesgo de que terminara prendado de ti como lo estuve de… –el muchacho se censuró, y suspiró antes de proseguir–. En fin. No estoy para pasar por lo mismo otra vez. Pero me alegra haberme dado un tiempo para conocerte, creo que podremos llegar a tener una larga amistad.
Pansy sintió sus palabras como dagas en el pecho. "¿Amistad? ¿Eso le estaba ofreciendo?" Podría haberle lanzado un maleficio en ese instante y no le habría dolido tanto como aquello.
–Alex –soltó ceñuda y con firmeza–. Lo siento, pero no te voy a mentir. Yo no quiero ser tu amiga, no me basta con eso. ¿Acaso no me escuchaste cuando te dije que me gustabas? Hablo en serio, y si no me vas a dar la oportunidad de conquistarte, que sea por mí y no por otra –"perra infame que afortunadamente, por error, me encargué de eliminar"–persona.
El auror se quedó en silencio y para esas alturas, Pansy estaba al borde de la locura. Deseaba al sujeto que se encontraba tendido a su lado con los ojos cerrados, pero ese deseo iba más allá de lo carnal. Lo que más deseaba era ser amada por él, y aprender con él a querer. Tener noches de eternas conversaciones en la cama, y despertar abrazados entre las sábanas, completamente despeinados, con una sonrisa adornando el rostro.
Quería aprovechar de ser feliz por ahora, antes de resignarse a perderlo en definitiva, cuando ambos se vieran enfrentados en bandos opuestos, y separados por la muerte. Pansy gateó hasta donde él se encontraba y se inclinó hacia su cara. Aguantó los deseos que tenía de besar aquellos labios entreabiertos y se agachó hasta su oreja.
–Piénsalo, no pierdes nada –le susurró–. Y ahora sí llévame a casa, que muero de frío.
Alexander sonrió y abrió los ojos. El color de sus orbes parecía un mar tranquilo y soleado luego de una tempestad, llenándole el corazón de esperanzas.
–Como ordene, señorita Greengrass.
"Parkinson", corrigió en su mente la mortífago, "Señorita Parkinson".
.
.
Temblaba de pies a cabeza, pero ya no estaba segura si se trataba de miedo o algo más. La cercanía del mortífago le nublaba los sentidos, haciéndola sentir pequeña e indefensa, increíblemente frágil ante los fuertes brazos que alzaban sus muñecas por los costados de su cabeza, dejándola inmóvil. El peso del trabajado cuerpo de Zabini le aplastaba las costillas, y sus ojos verdosos, tan hipnotizantes en contraposición a su piel morena, la miraban con una mezcla de deseo y diversión.
–¿Te comieron la lengua los ratones, Weasley? –le susurró, acercándose peligrosamente a su cuello–. No temas, querida. Sentirás dolor, pero será de aquellos placenteros.
El corazón de Ginny palpitaba furioso, repleto de deseo, mientras la lengua de su captor recorría lentamente su cuello, a penas rozándolo, dejando un camino húmedo a su paso. Una de las manos del mortífago comenzó a subir por su muslo, quemándole la piel con su tacto, y un gemido se escapó de sus traicioneros labios; gemido que logró encender aún más a su captor.
La muchacha cerró los ojos con fuerza esperando lo que tuviera que pasar, sintiendo que la ropa la estaba comenzando a asfixiar, que era absurda e innecesaria. Enterró las uñas en el colchón para reprimir el impulso de llevarlas a aquella espalda y delinear los músculos del moreno, crispándose cuando notó que una de las manos de él se escapó hacia su entrepierna, y subía peligrosamente al terreno prohibido.
Cinco centímetros de lejanía que pronto fueron cuatro, tres que rápidamente llegaron a dos, y cuando estaba a un par de milímetros de tocarla dónde nadie había llegado, Blaise se detuvo, liberándola de su peso de un solo movimiento.
–¡¿Ah?! –chilló sorprendida, con la respiración agitada.
Se incorporó apoyando ambos codos en la cama, mareada de placer. Sus cabellos estaban completamente despeinados, sus mejillas sonrosadas y sus ojos brillosos, ansiosos de descubrir qué seguía en esa movida que hábilmente había iniciado el moreno.
–Sólo estaba jugando contigo, Weasley –respondió colocándose una bata que estaba colgada detrás de la puerta del baño, cubriendo su desnudez–. Ya te dije que yo no tomo una mujer a la fuerza, ellas me lo piden.
¿Decepción? ¿Frustración? Ya no sabía qué sentía Ginny. Sus hormonas se habían rebelado más allá de lo imaginable, y ya no tenía certeza de lo que quería. De si efectivamente la estaban obligando a algo o ella estaba dispuesta a hacerlo por su propia voluntad.
–A menos que… –dejó en el aire el moreno, regalándole una mirada significativa.
La muchacha parpadeó varias veces, imaginando los distintos escenarios que se podían producir con esa decisión. Después de aquella demostración, no tenía duda que el mortífago hablaba en serio y que podía llevarla al límite del paraíso con su experticia.
–No –mintió descaradamente–. No quiero.
Zabini simplemente se encogió de hombros y salió de la habitación como si nada hubiera sucedido, dejando a sus espaldas a una pelirroja maldiciendo su orgullo, y necesitando con urgencia una ducha de agua fría.
.
.
–¡Perra! –gritó enfurecido mientras pateaba cuanto mueble se le atravesara en el camino–. ¡Zorra!
Draco Malfoy parecía un torbellino dentro de su habitación, destruyendo todo a su paso, completamente enloquecido. De vez en cuando se llevaba la mano al pecho adolorido, aumentando su irascibilidad a niveles insospechados. Sus ojos estaban inyectados de furia, y podría haber intentado asesinar al mismísimo Voldemort si con eso hubiera aliviado su dolor.
–Joven Malfoy, ¿le sucede algo? –preguntó Cupidine desde el marco de su puerta, alertado por todo el barullo que el rubio había ocasionado a medianoche.
–¡Tú! –farfulló el aludido, acercándose al anciano a pasos agigantados–. ¡Tú también lo sabes! Puedo verlo en tu patético rostro burlón, ¡Sabes perfectamente lo que me sucede! ¡Viste como la puta de Granger se jodía a Potter!, ¿no es así?
Cupidine entró a la habitación y tomó asiento en uno de los sillones tranquilamente, como si nada ni nadie pudiera perturbarlo.
–Así es, yo lo supe antes de que ocurriera, a decir verdad –asintió con normalidad–. Ahora la pregunta que debes hacerte es cómo lo sabes tú, y porqué te importa tanto.
La expresión enfurecida del muchacho mutó a una confundida. Comenzó a caminar en círculos llevándose la mano al cabello una y otra vez, desordenándolo compulsivamente.
–Ahora que lo mencionas, ¿cómo estoy seguro de que eso ocurrió? –murmuró para sí–. ¡Y quién dijo que me importaba! –bramó contrariado–. Esa sangre sucia me es indiferente.
–Seré senil pero no estúpido –rió Cupidine–. Quizás si me explicas lo que sientes en estos momentos puedo ayudarte.
Draco lo miró desconfiado y se sentó al borde de su cama, escondiendo la cabeza entre ambas manos, compungido sin saber porqué. El anciano se levantó de su lugar y caminó hasta él con una mueca comprensiva, sentándose a su lado con cautela. En esos momentos el mortífago era una bomba de tiempo y era mejor no activarla.
Pasó antes de lo que pensaba, entonces –dijo el Oráculo.
–¿Pasar qué? –preguntó con un rastro de preocupación en la voz.
–Como te dije hace un tiempo atrás, ustedes dos están destinados, lo quieran o no. Las almas gemelas son dos porciones de una misma alma que cae a la tierra dividida, y normalmente no suelen volver a unirse. Pero cuando se encuentran y se reconocen entre sí, a pesar de no estar concientes de ello, se conectan de una manera inexplicable. Si uno sufre, el otro sufrirá también, pero si un alma traiciona a la otra, su compañera lo sabrá de inmediato, como ahora te está sucediendo a ti. Te duele el pecho, ¿no? Apuesto que también te cuesta respirar, como si te hubieran arrancado los pulmones y te estuvieras desangrando por dentro.
El silencio operó como toda respuesta, y Cupidine casi llegó a sentir compasión por el muchacho.
–Joven Malfoy, es hora que lo aceptes –dijo, colocando su huesuda mano encima del hombro izquierdo–. No sirve de nada luchar. Quizás sólo aceptándolo puedas lidiar con ello y aprender a comerte tus sentimientos para llevar a cabo la misión que confió en ti el señor oscuro… ¿A dónde vas? –preguntó al verlo ponerse de pie decidido, caminando hacia la salida de la habitación
–Si yo no puedo respirar, ella tampoco –sentenció sombrío, antes de marcharse con un solo objetivo, que claramente Cupidine ya conocía.
"La juventud", reflexionó el anciano, "tan impulsiva y tendiente a cometer errores"
.
Se despidieron a la entrada, separándose para ir a refugiarse en sus respectivas habitaciones. Pansy observó con una sonrisa de oreja a oreja como Alexander desaparecía a la vuelta del pasillo, deseando que aquel paseo se repitiera otra vez, ojalá, antes de que la guerra explotara irremediablemente. Giró sobre sus talones para entrar a su pieza y dormir, sin embargo, la marca de su antebrazo izquierdo comenzó a arder. El Señor Tenebroso la estaba llamando.
La preocupación se hizo presente de inmediato, y avanzó a grandes zancadas a la salida. No le gustaba hacerlo esperar, había visto con sus propios ojos las consecuencias de su furia.
–No te lo lleves –susurró alguien a sus espaldas, justo al momento en que iba a tomar la perilla de la puerta principal–. No me lo alejes.
La mortífaga dio la media vuelta para encontrarse con la persona que le había hablado. No era nadie más ni nadie menos que Susan Bones, su rival. Estaba pálida, maltrecha y con los ojos hinchados, como si hubiera pasado toda la tarde sumida en un mar de lágrimas.
–¿Disculpa? –espetó Pansy alzando una ceja despectivamente.
–Lo supe a penas te noté comiéndotelo descaradamente con la mirada –prosiguió la muchacha–. Lo quieres, ¿cierto?
–¿A quién?
–A Alex. No te hagas la estúpida, conozco a las de tu clase –escupió taladrándola con la mirada–. Sé que quieres jugar con él, y no lo permitiré. No dejaré que me lo quiten otra vez, no ahora que Katie está fuera del mapa.
La Susan Bones que estaba al frente de ella distaba mucho de la que había visto con regularidad los días anteriores. Ella solía sonreír tímida y tener una expresión amigable en el rostro, pero la mujer que hoy le hablaba parecía un inferi, dispuesta a decapitarla a penas ella le diera la espalda.
–Estás loca –soltó rodando los ojos.
–¡No lo estoy! –chilló la medimaga con los ojos vidriosos–, ¡Y te lo advierto! No te atrevas a acercarte a él con otras intenciones, ¿me oyes?. Alexander me quiso mucho, y debe quedarse conmigo ahora.
–Pero no te quiso lo suficiente, igual eligió a otra por sobre ti, ¿cierto? –siseó venenosa.
–¡¿Cómo lo sabes?! –exclamó dolida–. Da igual, a mí no me importa el pasado, yo siempre supe en dónde me había metido, y por más que traté de arrancarlo de las garras de esa mujer que tanto lo dañó, no pude lograrlo. Por eso mismo no dejaré que otra venga con sus jueguitos estúpidos. Él no necesita a alguien como tú, Astoria, él se debe quedar conmigo, yo le haré olvidar todo.
–¿Te estás oyendo? –soltó Pansy, acompañada de una risita malévola–. En primer lugar, mis intenciones no te competen, y en segundo lugar, ¿no crees que es él quien debe decidir con quién se queda?. Deja de ser tan infantil, Bones, aprende a perder. Ya deberías estar acostumbrada a eso.
La mortífaga le dirigió una última mirada altanera y se volvió hacia la puerta. La marca la llamaba con premura y no podía seguir perdiendo tiempo con esa débil mental.
–¡Te desenmascararé, Greengrass! –rugió fuera de si la pelirroja–. Estoy segura que algo ocultas, y lo averiguaré. ¡Te destruiré!
–Lo que tú digas –respondió sin darle importancia.
Pansy salió de Grimmauld Place como quien lleva el alma al diablo, consternada por lo que el Señor Oscuro podía querer. Sin embargo, más tarde aprendería que una Hufflepuff enamorada podía ser más peligrosa que una Slytherin vengativa, y eso sería una lección que jamás olvidaría.
Nunca.
.
.
Se llevó la mano al pecho asustada, su corazón dolía una brutalidad. Parecía como si mil estacas estuvieran atravesando su cuerpo, y los pulmones no le funcionaban con normalidad. Una pequeña lágrima se escapó de sus ojos, y la angustia se hizo dueña de todo su ser. No podía explicar porqué, pero se sentía traicionada, dejada de lado y sumamente triste… y lo peor de todo, era que tenía la certeza que en ese mismo instante, Draco Malfoy estaba revolcándose con otra mujer. ¿Por qué lo sabía? ¿Por qué habría de importarle? La idea no parecía tener pies ni cabeza, pero era demasiado evidente como para negarla.
A su lado, Harry dormía apaciblemente, ajeno a todo su dolor, dolor que aumentaba cada vez más. Se incorporó algo mareada y trastabilló hasta chocar con la cómoda que estaba a su lado, volteando el vaso de agua que descansaba encima, agua que comenzó a avanzar por la madera hasta el borde, derramándose al piso en una gotera inconstante. Hermione no le dio mayor importancia y caminó a tientas hasta el baño, necesitaba tomar una ducha, necesitaba cortar esa sensación de dolor y traición que se le había incrustado con potencia en el corazón y le impedía respirar.
Podía percibir a Malfoy a la perfección. Podía sentir su excitación, el placer que estaba experimentando en ese mismísimo instante, pero para ella el resultado era inversamente proporcional. Lejos de agradarle, la volvía miserable, se sentía apuñalada por la espalda. Miró su reflejo en el espejo del baño con desconcierto. Primero, porque no entendía por qué tenía esa certeza tan tangible, y segundo, porqué ese hecho le dolía hasta lo más recóndito de sus entrañas. "Ahora sí que enloqueciste, Hermione" pensó.
Se lavó la cara con abundante agua y decidió dejar la ducha para mañana. Volvió con la respiración entrecortada a la cama, tapó con la frazada el cuerpo de Harry y se acopló a su espalda.
–Te amo –balbuceó él entre sueños.
Su corazón dio un vuelco ante esta declaración y se levantó para acostarse al frente del muchacho. Con la yema de los dedos fue despejando aquellos rebeldes cabellos negros de su rostro y delineó con ternura la cicatriz marcada en su frente. Una sonrisa inconsciente se formó en el rostro de Harry, dejando escapar un suspiro entre sus labios. Ella también sonrió, pero en ese momento, una nueva punzada atacó su corazón, arrancándole un gemido de dolor. Al parecer, la noche de Malfoy recién había comenzado, y ella no podría dormir hasta que literalmente terminara.
.
Afortunadamente había llegado a tiempo, aún el Señor Oscuro no se aparecía en la sala de reuniones. Miró a todos lados con ansiedad en búsqueda de Draco, pero no lo vio por ningún lado, así que tuvo que esperar un buen rato para que finalmente el rubio apareciera.
–Estás atrasado –bufó ella cruzándose de brazos–. ¿Cómo es posible que llegues atrasado si vives aquí? En mí se justifica, tengo que hacer malabarismo para poder arrancar de esa horrenda casa. Pero tú, eres sencillamente un irresponsable.
–Estaba ocupado en otros asuntos –respondió sin darle importancia, mientras se acomodaba su túnica oscura.
Pansy reconoció de inmediato aquella mirada satisfecha, y no tuvo que preguntarle nada para saber en qué "asuntos" estaba ocupado. Sus ojos volaron a otro de los recién llegados, una mortífaga de largos cabellos rubios y curvas pronunciadas, cuya aura parecía estar iluminada por mil estrellas de la felicidad post sexo.
"¡Draco!" reclamó horrorizada dentro de su cabeza "¿Con Elizabeth Hart? ¿Esa loca? Sabía que estabas necesitado, pero por último me hubieras esperado. A mí tampoco me ha ido bien con la abstinencia".
"¿Todavía no satisfaces tu pequeño capricho con ese intento de auror?" respondió él, ignorando su reproche. "Pareces que estás perdiendo tus encantos".
"Mis encantos están perfecto, gracias" refunfuñó ella. "No puedo decir lo mismo de tu sentido común. A la otra métete también con Sophie Saunier, ese par de perras están completamente locas.".
Como si la pelinegra la hubiera invocado, en ese instante ingresó Saunier caminando con aires de diosa, lanzándole a Draco un beso coqueto al aire, antes de colocarse al lado de Hart para conversar en voz baja.
"Dime que no es cierto" rogó Pansy con tono de tragedia, pero el silencio del rubio lo dijo todo. "Draco, te has pasado. Sé que no tengo derecho a reclamarte nada, pero igual lo haré. No sé cómo pudiste cometer semejante error, ¿te hechizaron?. Es la única explicación racional que se me ocurre. Ahora tendré que espantártelas, y no es una tarea fácil, considerando lo arrastradas que son. ¡Mira que hacer un trío!".
"No es necesario que me espantes a nadie. Gracias".
"De todas formas" bufó ceñuda, asesinando con la mirada al par de mujeres que cuchicheaban al frente de ella, muertas de la risa. "Y sólo para tu información, estoy muy celosa".
"No lo pareces" rió él, mirándola de reojo "La antigua Pansy Parkinson no era tan racional, y ya se habría lanzado a romperles la cara. Me pregunto si ya me cambiaste por ese auror".
"Jamás te cambiaría, Draco".
"Quizás, pero me preocupa que puedas llegar a sentir algo más por ese tipejo. No lo digo por mí, a mí me da exactamente lo mismo con quién te acuestas o no. Es por ti. Sabes que es imposible y supongo que tienes claro que no puedes permitírtelo" la voz en su mente retumbaba como si se tratase de su propia conciencia. "Es un juego para ti, Pansy, y por tu bien, déjalo así".
Para fortuna de la mortífaga, en ese momento ingresó el hombre de rostro serpentino, agitando la varita con inusitada emoción. Ambos interrumpieron la comunicación mental que estaban sosteniendo y dirigieron su completa atención al Señor Oscuro, que parecía extrañamente ¿Alegre?
–¡Estimados! –exclamó, sonriendo de una forma sencillamente aterradora–. Les tengo excelentes noticias. Pónganse sus máscaras. Ha llegado la hora de trabajar en serio.
&.&.&
.
&.&.
.
Continuará.
