Disclaimer: nada de esto me pertenece, los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer y la historia a Rochelle Allison, yo solo la traduzco.
AIR
Capitulo catorce – Escala
No habían cambiado muchas cosas entre Edward y yo. En el exterior, claro.
Por dentro, las cosas eran diferentes -todo estaba más centrado. Antes me había sentido feliz solo con pasar el rato con él, viviendo la vida sin pensar demasiado en el futuro. Me refiero a que pensaba en mi futuro en términos de clases y si continuaría o no viviendo en Oakland después de graduarme -ese tipo de cosa-, pero no lo había hecho con Edward.
A lo mejor, había sido una decisión inconsciente no poner perímetros y etiquetas en algo porque tenía miedo de que no fuera a gustarme al final. O tal vez antes no me había preocupado. Por una vez, había seguido la corriente.
En realidad, sin embargo... nada se mantiene igual. Si lo hace, las cosas se estancan y pueden llegar a pudrirse. Si no crecen, se mueren.
Subir mi apuesta con mis sentimientos por Edward había sido como cambiar de piel: un poco sucio y realmente necesario.
Se sentía bien mirar a mi futuro y verle ahí.
* . *
―¿Depresión post-vacacional? ―preguntó Edward, con los ojos brillando como joyas sobre el goloso sundae que se estaba comiendo.
Me encogí de hombros, moviendo mi cuchara alrededor de mi helado. ―Algo así. Me he acostumbrado a dormir y descansar. Ahora tengo... ugh, clases temprano por la mañana.
―¿Por qué no elegiste una más tarde? ¿No había?
―No para esta asignatura. Era ir a las ocho o no ir. Y tengo que cursarla.
―Ah. Que asco.
―Sip. ―Tomé un gran bocado. No tardé mucho en sentir el frío recorrido de algo dulce y pegajoso por mi barbilla, y Edward lo limpió con el dedo y lo succionó.
Mi estómago saltó de la forma que lo hacía cuando él hacía ese tipo de cosas. Cosas íntimas.
Nuestra primera cita. La tortilla.
―Me encanta que hagas cosas como esa, ―dije, usando una servilleta para limpiar lo que él se hubiera dejado.
―¿Sí?
―Sí.
―Que mujer.
Bajé la mirada hacia mi banana split con una amplia sonrisa, asintiendo.
* . *
―Mi madre quiere conocerte.
Acabábamos de cruzar la puerta de su casa, todavía con las chaquetas puestas. Edward estaba mirando el correo, tirando la propaganda a una papelera que tenía junto al perchero.
―Ya lo ha hecho. ―Fruncí el ceño, señalando su mesita baja―. ¿Recuerdas? La pizza...
―Lo sé. Pero le gustaría conocerte de nuevo, ―explicó―. De forma apropiada. A mi padre también.
―¿Quiere conocer a tu padre? ¿Qué, es cómo tú? ¿No se abre?
―Listilla. Él quiere conocerte a ti.
―Yo también quiero conocerlos. ¿Tu padre se parece a ti?
―Es psiquiatra.
―Ah. Eso explica mucho.
―Estás muy rebelde desde que hemos vuelto de Tahoe, ¿sabes?
―¿De verdad? ―pregunté, sabiendo que seguramente lo estaba.
Edward gruñó a modo de respuesta, mirándome. El sol de final de la tarde cayó sobre sus ojos, incendiándolos.
―Tú también estás rebelde, ―dije―. A tu manera. Rebeldía silenciosa.
Resopló, quitándose las botas.
Le seguí a la cocina. ―Y, ¿cuándo vamos a ir a su casa? ¿A cenar o algo así?
―Cuando sea. Podemos ir este fin de semana si quieres.
―Vale.
No sabía si aquello era algo grande o no, si significaba algo para él o para sus padres, pero para mí sí importaba. Ahora que tenían permitida la libertad, la escala de mis sentimientos solo se había intensificado. Me pregunté si él se sentiría igual; no podía ser una coincidencia que estuviéramos planeando una cena con sus padres una semana después de confesarnos que nos amábamos.
De repente, el suelo bajo nuestros pies tembló. Los platos y los vasos de la alacena chocaron y una pila de papeles que había en la mesa de la cocina cayó al suelo.
Me quedé helada, con el corazón golpeando en mi pecho, y miré a Edward. Él estaba junto a la nevera, con los ojos fijos en mí. Empeoró un poco y estiré la mano hacia la pared.
Terminó tan rápido como había empezado.
―Whoa, ―susurré. La débil sensación de pánico que me había golpeado empezó a desvanecerse.
Edward cruzó la habitación hasta estar a mi lado, agarrándome por el codo. ―¿Estás bien?
―Sí...
―¿Primer terremoto? ―Su sonrisa era dulce.
Asintiendo, apoyé la cabeza en su pecho. Me encantaba cómo olía -como a madera, pintura y detergente.
Sus manos pasaron por mi pelo, tirando suavemente, y luego me abrazó.
Os juro que estoy enamoradita de este Edward.
¿Qué os ha parecido el capítulo? Estoy deseando leer vuestras opiniones.
Nos vemos el lunes.
-Bells :)
