Pupilas de Gato III
Capítulo 14
Recostada sobre el pecho de Albert, Candy simulaba dormir. Habían compartido una cena silenciosa y más tarde, mientras se disponían a disfrutar de su habitual taza de té, su marido por fin se había sincerado. Era imposible ocultar lo que estaba ocurriendo y prefería ser él quien le diera las malas nuevas. Albert había intentado suavizar sus palabras, imprimirles un aire de optimismo, luchando por mostrarse entero y dispuesto a luchar. Pero Candy lo conocía demasiado bien como para saber cuándo mentía y, sin atreverse a interrumpirlo, lo escuchó en silencio hasta que Albert guardó silencio.
Ambos se miraron sin palabras y entonces Albert dejó de lado la máscara y por fin dio paso al temor y la desesperación que llevaba por dentro. Apretando los puños, bajó la vista avergonzado, sintiéndose incapaz de enfrentar a su mujer. Candy sabía que estaba haciendo un esfuerzo supremo por mantener la calma y mostrarse digno en uno de los peores momentos de su vida. Dudó. ¿Qué debía decirle? ¿Cómo debía actuar ante él? Él no quería su consuelo, ni necesitaba su lástima. ¿Cómo debía hacer frente a una noticia de tal magnitud? ¿Tenía que decirle que no se preocupara, que todo iba a estar bien? El suave temblor en los hombros la volvió a la realidad. No era necesario mostrarse inteligente; sólo era necesario mostrarse comprensiva. Albert se cubrió la cara con una mano y Candy supo entonces que comenzaba a llorar.
Impulsada por el amor más profundo y la rabia de una fiera contra el mundo que dañaba al hombre de su vida, Candy se puso de pie y se acercó a Albert. Cansado de ocultar sus sentimientos, agotado de mostrarse siempre optimista y confiado, Albert se derrumbó frente a su mujer.
Aferrado a su cintura, con el rostro oculto en su regazo, Albert lloró.
Al principio, Candy no supo que hacer, sorprendida que la profunda desesperación de su marido. Confundida, sólo atinó a acariciar su cabello y depositar un suave beso sobre su cabeza. Sintiéndose perdido y odiándose por no poder contenerse, Albert dejó caer más lágrimas. Guiada por un instinto casi maternal, Candy lo acarició en silencio, tiernamente.
- Te amo, Albert…
Cualquier otra palabra habría estado de más. Candy había luchado por mantenerse entera ante su marido, olvidándose del temor que ella misma sentía, concentrado toda su atención en el hombre que luchaba por ella cada día y que ahora, derrotado, acudía a ella por un refugio de paz. Tras algunos minutos Albert recobró el control de sus emociones. Con una sonrisa y una caricia en su rostro, Candy le aseguro que no tenía nada de qué avergonzarse. Habían aceptado compartir sus penas y alegrías. Momentos como ese eran los que ponían a prueba la fidelidad del amor que se habían jurado.
Albert quiso darle más detalles, pero Candy se lo impidió. Ya suficiente había tenido ese día y no tenía nada que justificar ante ella, le dijo con decisión. Ambos se retiraron a su recámara y exhausto por el peso de las emociones del día, Albert se había dormido casi de inmediato.
Pero Candy no podía dormir. Una y otra vez el rostro angustiado de Albert volvía a su mente. Aunque había compartido una vida entera junto a Albert, sólo podía recordar una ocasión en que su marido había perdido por completo el control de sí mismo y se había entregado a la desesperanza. Pero entonces de verdad no había nada más que hacer; su tía había muerto sin que él alcanzara a compartir sus últimas horas. ¿Sería esta una situación así de desesperada?
Candy no temía al trabajo y sabía que juntos saldrían adelante. Tal vez ya no estarían rodeados de lujos, ni podrían cumplir cada capricho de Alex. Tal vez tendrían que vender alguna de las propiedades y limitar sus gastos. Ni hablar de viajes ni obras de caridad. El hogar de Pony… el hogar de Pony era algo que la preocupaba. Desde que había comenzado a trabajar, cuando era apenas una modesta enfermera, siempre había ayudado a sus madres con lo que podía. Odiaba la idea de no poder hacer más, pero sabía que con su trabajo en la clínica aún podría ayudarlas.
La clínica, sin embargo, era otro problema. Hacía meses que no tenían la misma cantidad de clientes y sabía que necesitaba hacer varios ajustes al negocio. Si Albert ya no trabaja para las empresas… no, eso era imposible. Albert jamás aceptaría trabajar con ella. Su orgullo de hombre, de heredero de los Andrew, de empresario poderoso… Ahhh… lo amaba, lo amaba más que a nadie en este mundo, pero ni aún con todo el amor que le tenía podía negar los hechos. La caída del imperio Andrew sería un golpe enorme para William Albert Andrew y era eso, la reacción del hombre de negocios, lo que más la preocupaba.
Pero entonces, en las sombras, creyó distinguir un juguete. Fue entonces que recordó que entre todos los miembros de su familia, había uno más, pequeño y frágil, para quién la diferencia entre el tener mucho y no tener nada, podía significar la vida misma. Candy dejó escapar un pesado suspiro. Ella y su familia podrían arreglárselas, de eso estaba segura. ¿Pero cómo afectaría todo esto a Emily?
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La pequeña Emily había nacido antes de tiempo. Los médicos habían hecho cuanto les fue posible y contra todo pronóstico, la frágil criatura se las había arreglado para sobrevivir. Sin embargo, desde el primer día todos supieron que la luchadora niña nunca sería como sus primos. Su carita de sol y su sonrisa delicada hacían juego perfecto con su llanto suave. Emily Cornwell tenía el cabello oscuro y los ojos azules de su madre, pero a diferencia de ella en su niñez, la niña no miraba al mundo con timidez, sino con la más profunda indiferencia. Como a todo recién nacido, sus padres la habían llenado de mimos, pero a diferencia de otros bebés, Emily no parecía responder a las caricias. A sus tres años, Emily aún no podía caminar y aunque parecía poder escucharlos, nadie tenía claro si algún día llegaría a hablar.
Todos creían que los males de la niña se debían a las complicaciones de su madre durante el parto. Los médicos, al menos, así lo habían dicho. Sus padres habían invertido sumas astronómicas de dinero, visitando a los mejores especialistas, utilizando los últimos tratamientos y siguiendo con sumo cuidado hasta el más pequeño detalle de sus instrucciones. Pese a todo, nada parecía resultar.
Cuando Emily había cumplido un año y medio, la situación financiera de los Andrew había empezado a complicarse. Tras el cierre de las oficinas de Boston, Archie y su familia habían regresado a Chicago. Mary Anne había sido la única contenta, pues por fin podría estar cerca de su primo y tendría alguien con quien jugar. Sin embargo, Emily no soportó bien el cambio y su salud empeoró de manera alarmante. Una nueva serie interminable de visitas a especialistas, nuevas recetas, recomendaciones y tratamientos inútiles terminaron por agotar la paciencia de Annie. Entonces decidió empezar a guiarse por su propio instinto. Comenzó por tomar nota de los cambios de ánimo de Emily hasta que descubrió un patrón común: la niña parecía mejorar cuando estaba en un lugar tranquilo, sin el ruido de los automóviles ni el ir y venir de la gente. Al principio Archie pensó que Annie sólo lo imaginaba. De hecho, el apoyo de su madre a la idea de que la niña viviera en el cambio siempre le resultó sospechoso. Pero tras hacer algunas pruebas yendo y viniendo de Chicago a Lakewood, terminó por aceptar que su mujer tenía razón. Fue entonces cuando ambos se habían visto obligados a tomar una decisión que jamás se habrían esperado: separar a la familia. Annie y las niñas vivirían en casa de sus padres, mientras Archie seguiría viviendo en la ciudad. En Lakewood estaban cerca de la clínica de Candy y en caso de emergencia siempre podrían llegar con relativa facilidad a la gran ciudad.
Solo en su casa de Chicago, Archie se preguntaba cómo afectaría la quiebra de las empresas a su propia familia y dónde deberían estar sus lealtades. Sabía que el consejo había dado un ultimátum a Albert y que cuando se enteraran de que el banco estaba a las puertas de la quiebra, no dudarían en removerlo de la presidencia. Tal vez algún día el pequeño Alex podría aspirar a ese puesto, pero en ese momento, el único miembro de la familia Andrew a quien correspondería el sillón de presidente era él. Pero, ¿de qué le serviría estar a la cabeza de un impero quebrado?
En sólo tres años había gastado una pequeña fortuna en su hija menor y estaba dispuesto a gastar hasta el último centavo en ella. Pero para hacerlo, primero debía tener dinero y mientras su fortuna estuviera ligada directamente a la de los Andrew, su dinero seguiría en peligro. Debía tomar una decisión pronto y debía hacerlo con la cabeza fría. Sus padres pensaban que debía seguir junto a los Andrew: el honor y la lealtad eran lo primero. Los padres de Annie, en cambio, opinaban que había llegado el momento de que se independizara. Juntos, los Britter y los Cornwell, bien podrían arreglárselas y hacer frente a la situación. Archie podría empezar de nuevo y nadie podría acusarlo de cobardía por ponerse a la cabeza de los negocios de su propia familia. Todo parecía tener sentido, pero aun así, Archie no se sentía capaz de darle la espalda a su familia ni a Albert justo cuando más lo necesitaban.
¿Sería así como terminarían los Andrew? ¿Él uniendo su fortuna a la de los Britter, Albert haciendo lo que pudiera junto a Candy y George? ¿O simplemente debería aceptar el puesto de Presidente, sacar fuerzas de flaqueza, hipotecar el futuro y apostar en grande para sacar a flote el barco? Archie miró la foto de su pequeña familia que adornaba su escritorio. Junto a ella, una nueva factura médica le recordaba que, sin importar lo que otros dijeran, en este mundo despiadado era casi imposible vivir de amor y lealtad.
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- Hola, señorita Rose.
El inesperado saludo de Rick la hizo dar un salto.
- Déjame tranquila, Rick. Ya te dije que no le diré nada a nadie, ¡déjame! – gritó Rose mirando a todos lados, segura de encontrarse en cualquier momento con los ojos verdes de Frank o algún otro mafioso.
- Vine solo, señorita Rose – le dijo el chico en tono conciliador, tratando de acercarse.
- ¡Aléjate de mí! – volvió a gritar Rose, mientras luchaba por abrir su cartera para sacar algo con qué defenderse. Las llaves, una peineta, un libro, lo que fuera. ¡Sabía que no debía pasar por esa maldita calle! Pero la curiosidad le había ganado. ¿Qué rayos estaba haciendo ahí? ¡Era ponerse en las manos de los mafiosos!
- Está bien, está bien, tranquila – respondió Rick entre divertido y asustado - ¿Por qué tan nerviosa? No voy a hacerle nada…
- ¿Y tus amigotes…?
- Ya le dije que estoy solo. Nadie anda por estos lados a estas horas de la mañana. ¿Va al café?
- ¿Qué rayos te importa? – gritó asustada Rose. No le creía ni una sola palabra. Seguro los matones debían estar en algún lugar, espiándolos. ¿Es que nunca la dejarían en paz?
- Imagino que debe tener razones para estar algo molesta conmigo…
- ¿Algo? – dijo sorprendida Rose - ¿Algo molesta contigo? ¡Ja! ¿Te parece que exagero?
- Le juro que yo no sabía lo que Frank iba a hacer – intentó disculparse Rick.
- Me trae sin cuidado lo que tú y tus amiguitos hagan – contestó Rose. Y sin darle tiempo para reaccionar, dio media vuelta, dispuesta a dejar cuanto antes el lugar.
- Espere, por favor – rogó el muchacho, dando un salto para interponerse en su camino.
- ¡Déjame tranquila!
- ¡Pero escúcheme!
- ¡No quiero escucharte! ¿Qué vas a decirme? ¿Eh? ¿Qué no soy más que una basura y que tus amiguitos tienen un trabajo para basuras como yo?
- Frank dijo que…
- Frank, Frank, ¡me da lo mismo tu Frank! Sal de aquí – con un gesto brusco, Rose empujó a Rick y otra vez trató de alejarse.
- Señorita Rose, por favor, ¡escúcheme! Frank no sabe nada de usted, nunca nadie la ha seguido.
- ¿Y tú piensas que te voy a creer esas mentiras? ¡Seguro que tú mismo les contaste a qué hora salía del café para que me siguieran! – le contestó Rose furiosa, volviendo sobre sus pasos para enfrentarlo.
- ¡No! ¡Le juro que no lo hice! Por favor, créame – rogó Rick.
- ¿Y cómo entonces sabían tanto de mí? ¿Acaso tu Frank tiene una bola de cristal?
- No…yo… yo les conté todo… – contestó en voz baja Rick, claramente avergonzado.
- Pero… pero… - Rose sintió un profundo alivio. ¡Entonces no sabían dónde vivía, ni qué hacía, ni nada! Entonces todas esas noches de pesadilla, sus miedos y sus lágrimas habían sido… ¡en vano! El alivio dio paso a la más profunda indignación y sin poder evitarlo, su mano derecha comenzó a levantarse.
- ¡Yo sólo quiero lo mejor para usted, señorita Rose! - La inesperada respuesta de Rick la hizo olvidar la bofetada que sentía ganas de darle – Sé que usted es una buena persona, yo sé que es inteligente y el viejo Wood… ¡Usted se merece algo mejor que trabajar con ese viejo mugroso! Frank está buscando a una persona nueva para llevar las cuentas y hacer otras cosas y yo pensé que usted…
- ¿Qué yo qué?
- Yo pensé que usted podría hacer cualquier trabajo que él quisiera.
- Claro – dijo en tono irónico Rose, cruzándose se de brazos - ¿Y qué tipo de trabajo crees tú que un tipo como ese me podría ofrecer mí? ¿Servirle el café? ¡Por favor, Rick!
- Pero él dijo…
- ¿Qué te dijo? ¡Vamos, Rick! Ya no te compro su carita de niño bueno. Estoy segura de que sabes muy bien qué tipo de trabajo tienen tus amigos para las mujeres.
- No es lo que usted cree, señorita Rose. ¡Por favor, créame! Sé que algunas chicas hacen… bueno… - Rick bajó la vista. Parecía avergonzado.
- Oh, por favor, ¡era lo que me faltaba! No tienes miedo para andar con mafiosos y te da miedo hablar de eso.
- Frank no está metido en esos negocios, señorita Rose. Usted sabe muchas cosas y ellos necesitan alguien como usted. Se lo digo en serio: con nosotros puede ganar mucho dinero. Así podrá ayudar a su madre, igual como yo ahora ayudo a la mía.
- ¿Sabe tu madre en qué andas metido?
Rick bajó la vista. Rose no necesitaba una respuesta.
- Piérdete, Rick. Eres un idiota si piensas que voy a involucrarme con gente como ustedes.
- Frank quedó muy impresionado con usted…
- ¿En serio? No me digas…
- Yo creo que…
- Me da lo mismo lo que creas, Rick.
- Pero…
- Quédate tranquilo, niñito, no pienso decirle nada a tu familia ni a nadie. Haz lo que quieras. Me da lo mismo lo que te pasé. Tú te lo buscaste.
Sin más que decir, Rose dio media vuelta y se alejó. No tenía forma de saber entonces que su próximo encuentro con Rick, en esa misma calle, sería en condiciones muy, muy diferentes.
CONTINUARÁ...
Holas:
Hace sólo unos días que por fin pasé un gran examen para el cual me estuve preparando un año y medio. ¡Por fin! Así que mi cabeza estuvo de lleno en los estudios. Pero ha valido la pena. Ahora tengo tres veces más trabajo por delante, pero como sea, voy avanzando. Y se siente muy bien :-)
Así que un poco tarde, pero de todas formas con cariño, aquí va el nuevo capítulo. Annie sí que tenía algo que decir... y aunque esta vez Candy no dijo gran cosa, imagino que su silencio era lo más adecuado para este capítulo. Ahora ya conocemos a todos los integrantes actuales de los Andrew y los Cornwell, sus miedos y sus conflictos. Ahora que Rose comenzó a caminar por la cuerda floja, estamos casi listos para que la fiesta comience... o algo así.
Algunas respuestas a sus muchos y geniales comentarios:
Ginaa: He tomado nota de tu aburrimiento. Lamento que los capítulos hayan sido tan lentos y que haya aún tan poca acción. Yo trato, en serio, pero a veces simplemente no me quedan mejor las ideas. Espero que los próximos sean algo más movidos, pero antes de la acción tenían que pasar algunas cosas. Gracias por tu sinceridad, en serio la aprecio y me sirve para no bajar al guardia ;-)
Shadow: Lo de la patria potestad por ahora queda en duda, creo yo. Sería un poco fuerte para la pobre Emily, creo yo :-/ El héroe de Alex ya hará su entrada, eso seguro que sí ;-)
Cherryhino: Gracias por haber leído mis historias en el Foro Rosa. Por ahora no creo que me dé el tiempo (ni los sesos, la verdad sea dicha) para subir este fic en el Rosa, así que de verdad agradezco que estés aquí.
Paolau2: No se podía esperar menos de George, ¿cierto? Él, como siempre, al cuidado de su Albert.
Mysha: Sí, concuerdo: ¿por qué tendrían que ser siempre ricos los Andrew? Efectivamente, esto abre nuevas posibilidades. Aunque las posibilidades que yo imagino para ellos tienen algo que ver con lo que he leído de Final Story. Aclaro que no he leído la novela completa, sólo comentarios (y muchas peleas) por aquí y por allá, así que es una interpretación muy personal y libre. Si alguien opina que Anohito es Anthony, ¿quién soy yo para contradecirlos? De hecho, he leído que podría ser Anthony (pero era un ensayo en tono de broma, pero igual interesante).
Blackcat2010, Laila, Faby Andley, Vere Canedo, Opalsv, Magnolia, Mily (perdón por no incluir aquí todos los nombres): Pos nada... la pérdida de una fortuna no es cosa fácil de aceptar, así que nuestro Albert por ahora no va a tener muchos momentos de alegría. ¡Lo siento!
¡Saludos!
PCR
