Capítulo trece

Una promesa que cumplir

Lafayette camina de un lado a otro con los nervios a flor de piel, cuenta mentalmente hasta cien, a

veces en inglés, a veces en francés. Cuando llega hasta cien vuelve a comenzar, es su forma de mantener su mente ocupada aunque de poco sirve.

Washington lo mira preocupado, no le gusta nada verlo así, habían recibido una notificación de que habían ganado pero sabía que lo que le preocupa a Lafayette son sus amigos.

Mira al esclavo de Mulligan que está sentado durmiendo, pobre, se lo ve muy cansado. Sonrie, se acerca a él, se saca su abrigo y lo tapa. Al ver la sonrisa del joven Washington piensa en las palabras de Laurens, lo que tiene en frente es una persona, tal y como él, tal vez el deseo de acabar con la esclavitud no sea tan descabellado.

— Quatre-vingt-un, quatre-vingt deux, quatre-vingt trois, quatre-vingt quatre-

Por la décima centena en francés se detiene, los ve llegar, ve llegar a un montón de soldados con John al frente y Alexander a su lado.

Lafayette sonríe sintiendo un enorme alivio recorrer su cuerpo, incapaz de ver los semblante tristes de sus amigos.

Ay, Lafayette…

Apenas John baja de su caballo se ve envuelto en un abrazo por parte de Lafayette.

— Dieu merci! Vous allez bien! (¡Gracias a Dios! ¡Estás bien!)

El abrazo hace que a John se le estruje el corazón, no tiene el valor de devolverlo. Mira a Alexander a su lado, Dios, ¿Cómo se lo van a decir?.

— John— Lafayette coloca una mano en el hombro del aludido — Pese a todo me alegra que no Alexander muerto.

Aún no quiere hablarle, no directamente al menos. Culpa, la culpa le inunda el pecho a Alexander. Joder, el destino tiene un sentido del humor muy cruel.

— Bien, ahora solo falta-

— No — Lo corta Alexander en seco, no podría soportar que lo dijera — No lo digas.

— ¿Decir que?.

Pregunta confundido a John.

Alexander y John intercambian miradas, el menor saca algo de su bolsillo.

Los ojos azabache de Lafayette se horrorizan al ver una bandana ensangrentada, la escudriña y la toma con miedo, la mira tratando de descifrar que significa esa tela maltratada, esa no es la bandana de Hércules ¿O si?.

— ¿Qué? — Mira a sus amigos con miedo y confusión — ¿Qué significa esto?.

John y Alexander no dicen nda, sólo lo miran, no pueden decirlo con palabras. Esas miradas y esa bandana maltrecha en las manos del francés le gritan un horrible hecho.

Lafayette, Hércules está muerto

Y ahí ese mal presentimiento se vuelve un hecho.

La circulación de sus manos se detiene y se quedan heladas, las lágrimas caen sobre la tela.

Serás el héroe más grande, el héroe de dos mundos

Escucha mientras siente un fraternal abrazo tras de si, voltea, obviamente no hay nadie.

— Lafayette — John lo toma del hombro — ¿Estás bien?.

Lafayette se queda viendo la nada, luego voltea lenta y calmadamente, fulmina a Alexander con una mirada vacía, mirada que parece gritar "Debiste ser tú" en medio de su dolor, el caribeño y el americano simplemente lo miran preocupados.

— J'ai des choses à faire (Tengo cosas que hacer).

Y se va guardando la bandana en su bolsillo mientras se limpia las lágrimas dejando sólos a John y Alexander.

Creía que este sería un momento feliz, acaba de liberar a tres mil soldados negros pero...

— John — Lo llama Alexander — Ve con él, yo iré a avisarle a Washington y a su esclavo.

— ¿Tú?.

— Ustedes tres se conocían desde hace mucho, no puede pasar por esto sólo.

— Pero ¿Y tú?.

Pregunta John preocupado, Hércules también fue amigo de Alexander, este le sonrie agradecido de su preocupación.

— Estaré bien, él te necesita ahora más que nunca.

John le da un abrazo reconfortante, tenían que pasar juntos un proceso de duelo. Le da un beso en la mejilla con cuidado de no ser vistos.

— Eres un buen hombre, Alex.

Mientras John se marcha Alexander despierta al joven esclavo.

— Cato — Lo sacude un poco — Cato.

El chico despierta somnoliento.

— Ah, señor Hamilton — busca con la mirada a alguien — ¿Y mi-

— Cato, Hércules murió — Dice firmemente tratando de no llorar — En Carolina del Sur.

El moreno lleva las manos a su boca, se la cubre con horror, siente miedo

— ¿Q- que será de mí?.

Pregunta, Alexander se da cuenta de que no había pensando en eso.

— Hércules tenía familia, creo quedarás a cargo ellos

— Trata de calmarlo — Cato, yo… lo siento tanto.

Hamilton no es muy bueno para consolar a las personas, decirle al general tampoco fue nada fácil.

— Él salvó mi vida ¿Sabías?

Dijó con una sonrisa triste.

— ¿Lo hizo?.

— Aja. Cuándo un oficial británico, pidió un cobertor de reloj un anochecer, el muy tonto le contó a Mulligan de sus planes: "antes de otro día, tendremos al general rebelde en nuestras manos." Mulligan deprisa me informó, cambié mis planes y evité mi captura.

Silencio, Alexander nunca había visto al general llorar.

— Fue un gran hombre.

Dijo Alex.

— Y no se le da suficiente crédito por sus acciones, que cruel es la historia enterrando en el olvido a tan grandes personas. — Se limpia una lágrima — Puedes irte Alexander.

Alexander sale de la tienda con los ojos llorosos.

Aparentemente las "cosas" que Lafayette debía hacer eran sentarse a orillas del lago y poco más.

— ¿Puedo acompañarte?.

Pregunta John con cautela.

— Claro.

Contesta mientras John se sienta a su lado. La ausencia de Hércules pesa sobre los jóvenes hombros de ambos.

El sol se refleja en el agua, igual que los recuerdos que tienen como protagonista al irlandés. Que raro es el mundo, pasas mil cosas con alguien y, en un segundo, se va, para siempre, no vuelves a verlo.

— Debí ser yo.

Habla John.

— ¿Qué?.

— Esa era mi lucha — habla entre sollozos el ojverde — Era mi causa ¡Si alguien debía morir ahí debía ser yo!

Los ojos de Lafayette se nublan en lágrimas.

— John, no…

— ¡El tenía familia! ¡Esposa! ¡Hijos! ¡Yo soy sólo un rebelde con tendencia suicida al peligro! — Grita tirando de su cabello, sin saber cómo está matando de dolor a Lafayette — ¡Hay tantas personas que no valen una mierda aquí! ¿Por qué tuvo que ser él? ¿Por qué no pude ser-

Lafayette lo abraza de golpe.

— ¡No digas esas cosas, joder! ¿No ves que estoy mal y tu me dices que quieres morir? — se aferra a su espalda con miedo a que John desaparezca, grita entre lágrimas — ¡John! ¡Hércules se fue! ¡Te necesito como nunca! ¡Alexander te necesita! ¡Cientos, miles de esclavos te necesitan! ¡El país te necesita!

— La- Lafayette

Balbucea John aún llorando.

— ¡Eres mi amigo! ¡Eres tan importante para tantas personas! ¿Por qué no lo ves! ¡Idiota!

La pérdida de Hércules los destrozó y sólo pueden juntar sus partes rotas con la esperanza de tal vez volver a estar cómo antes.

— ¡Perdóname Laff! Es sólo que… cuesta — sorbe la nariz — Es más fácil rendirse que juntar fuerzas para seguir adelante.

Laff… hace años no oye ese apodo. John devuelve el abrazó

— ¡Superaremos esto! Merde ¡Lo haremos!.

John asiente.

— El lo habría querido asi.

Se quedaron llorando como niños pequeños porque no les importó no hacer ruido, no les importó nada. Sólo querían desahogarse.

— "Él aún es joven, yo ya viví mi vida" de seguro pensó eso.

— Dios — John se frota los ojos — Era tan noble.

— Y tanto, no dejaba de hablar sobre ti y Alexander, parecía tan feliz de verlos juntos — Rie un poco — Ay Dios mío, nunca le dije cuanto-

— Lo sabía — Lo tranquiliza John — Yo lo sé, se cuanto cariño le tenías, él lo sabía de seguro Laff.

El francés le agradece con la mirada, escucha a alguien llegar tras ellos.

— Dime que no es Alexander.— Ruega Lafayette, John mira para confirmar, su expresión lo dice todo

— Agh, lo que faltaba.

Se frota la cara cansado, no tiene fuerzas para lidiar con el caribeño ahora mismo.

— Lafayette...

— Alexander — lo corta John — De verdad no quiere hablar ahora.

— No tiene porque hablar, sólo quiero que me escuche. ¿Puede?.

John mira a Lafayette, está molesto sin duda pero asiente.

— Está bien, anda.

Le da permiso de hablar John. Alexander agradece asintiendo. Lafayette aún le da espalda mientras John lo mira volteando dos tercios de su cuerpo.

— Lafayette, crees que soy un miserable, lo sé y tal vez tengas razón desde tu punto de vista. He cometido mis errores, soy una persona horriblemente complicada, lo sé y no quiero justificarse bajo ningún medio por mentirte, eso estuvo mal.

Obviamente Lafayette no responde, John simplemente observa.

— Me encantaría decirte que si fuera por mi el estaría en mi lugar, que con gusto me habría puesto en su lugar pero eso sería mentira — Mira a John y le da una triste sonrisa — En algún otro momento habría sido verdad pero ya no. — Vuelve la vista a Lafayette, a su espalda mejor dicho. — Tal vez tengas razón, tal vez sea un miserable pero soy el miserable más afortunado del mundo, conocí a alguien tan honrado como Hércules, me gané el amor de alguien tan maravilloso como John y tuve el placer de conocer al "héroe de dos mundos" y el más tonto también, traicione tu confianza. No se que va a pasar ahora, somos un país a la deriva pero no tengo miedo, estoy junto a Laurens y, si me lo permites, junto a tí.

Dos pares de miradas se posaron sobre Lafayette, este está consiente de eso pero no lo demuestra.

— Gracias por escucharme.

Dice antes de irse.

— ¿Sabes Alexander? — La voz de Lafayette lo corta en seco — A Hércules le encantaba este lago, no había notado que era tan silencioso hasta ahora.

John y Alexander lo miraron estupefactos ¿Hace cuanto no le dirigía la palabra a este último?.

Lafayette dirigió sus luceros azabache al caribeño con una sonrisa triste, no podía estar enojado, no le quedaban fuerzas.

— La... — Tartamudeó Alexander sonriente — Lafayette…

— Ven aquí, tonto, siéntate con nosotros.

Mientras Alexander se sienta al lado del francés, quedando este entre John y Alexander, el general los mira feliz de que ya todo se hubiera arreglado entre ellos aunque también sintió compasión, están pasando por lo inimaginable.

— Así que ¿Qué va a pasar ahora?. — Preguntó Lafayette recargando su peso en sus manos ligeramente echado hacía atrás. — La guerra terminó por fin.

— Así es pero nuestra libertad acaba de empezar.

— Bien dicho John, esto apenas empieza, somos una nación libre, pero una nación frágil al fin y al cabo — Dice Alexander — Quiero ayudar a asentar las bases de este país y se donde hacerlo.

— ¿Nueva York?.

Pregunta John con una pequeña sonrisa.

— Nueva York, Jackie.

Asiente Alexander devolviendo la sonrisa.

— Es bueno oir eso — Dice Lafayette — Alexander, con o sin Hércules lo que dijimos sigue en pie, ya sabes lo que te pasará si llegas a hacerle algo a John.

Alexander asiente mientras se frota el brazo con miedo. Lafayette notó que se frotó el brazo derecho, ese era su brazo hábil, lo recordaría.

— ¿Qué? ¿Qué cosa?.

Pregunta John inocentemente, tanto Alexander como John negaron con la cabeza, algo en el sexto sentido de Laurens le dijo que era mejor no entrometerse.

— De cualquier manera, Lafayette, ¿Tú que harás?.

— Con o sin ayudar Francia no se liberará sola, esa es mi siguiente misión pero…

— ¿Pero?.

Lafayette meditó un poco.

— Si les pidiera que me acompañarán a un lugar ¿Lo harían?.

John y Alexander se miraron preguntándose a donde hablaba Lafayette.

— Claro

Respondió sin dudar el caribeño, John asiente. Lafayette saca la maltrecha tela de su bolsillo.

Dos toques en la puerta de la casa de Elizabeth, camina hasta la puerta a paso calmo. Al abrirla se encuentra a tres muchachos, bastante jóvenes vestidos con uniforme militar americano

— ¿Si?.

Pregunta gentil la mujer rondando los cuarenta.

— Usted es Elizabeth Sanders Mulligan ¿Verdad?.

Pregunta el muchacho con acento francés.

— Así es ¿Cómo puedo ayudarlos?.

John y Alexander se miran mientras Lafayette saca la maltrecha bandana. La mujer jadea de horror mientras cubre su boca.

— Su esposo...

Ahora entiende como se sintieron John y Alexander, no es capaz de terminar la frase.

Los ojos de la mujer se adornaron con lágrimas y su boca con una pequeña sonrisa.

— Ay, Hércules…

Lo sabía, desde que sintió esa punzada en su brazo. La mujer devuelve la bandana al joven francés, este la mira sorprendido.

— Quedatela — acaricia de forma maternal la mejilla de Lafayette — Hércules me ha hablado mucho de usted, señor heroe de dos mundos.

Lafayette vino con la idea de ser él quien comfortaria pero se encontró a si mismo llorando, mojando de lágrimas la gentil mano que acariciaba su mejilla de forma maternal, de esa forma en que nadie lo había hecho.

Hércules Mulligan se había ido, dejando siete niños, una esposa y un dolor inmenso en el corazón de sus amigos.

Habían ganado la guerra y aún así su querido amigo no respondía las cartas que le mandaba.

Peggy camina nerviosa tratando de calmarse, los paseos la ayudaban en estos casos, estaba muy preocupada.

— John, ¿Dónde cuernos estás?.

Se siente estúpida por hablar así pero ha notado que en su vocabulario había demasiadas maldiciones y quería cambiar eso. La joven de vestido amarillo pasa por la casa de su amigo de pecas, está deshabitada desde hace un buen rato. Piensa en su breve noviazgo con el muchacho de pecas, no fue una mala relación, para nada y John es de los mejores chicos con los que había salido pero algo en ella le decía que no eran tal para cual, que estaban destinados a personas diferentes.

De repente, no ve nada, sólo ve un inmenso vacío frente a ella.

— ¡Me quedé ciega! — Grita con horror la menor de las Schuyler, escucha una risita — ¡Oh no! ¡Un secuestro! ¡No te convengo como rehén! ¡Como mucho y nunca me cayo!

— No has cambiado nada, Peggy.

Esa voz...

— ¿J-John?. — Siente que una mano libera sus ojos, voltea y ve a un muchacho de pecas sonriendo amablemente. — ¡ Santa mierda, John!.

Y ahí queda lo de no decir groserías. Se lanza hacía él para un amistoso abrazo el cual John devuelve con gusto con el brazo que tiene libre, pues con la otra carga la guitarra que Hércules le dió.

— ¿Cómo está mi Schuyler favorita?.

— ¿Yo? ¡Mirate tu! — Peggy tenía frente a ella a un John de veintisiete años — ¡Eres todo un hombre!.—

De repente Peggy se percata del muchacho pelinegro al lado de John quien lucía más bien incómodo.— ¿Es amigo tuyo?.

Pregunta con cierto deje de inocencia.

— Oh, Peggy él es Alexander, él es mi…

De repente John se da cuenta de la situación, está presentando su novio a su ex-novia…

— ¿Son pareja?.

Pregunta la de vestido amarillo, el sonrojo de ambos los delata.

— Ah, esto… — John tartamudea nervioso causando una sonrisa tierna en Peggy, así que era por eso que aquel presentimiento no se iba. — Él y yo…

No quería negar lo suyo con Alexander frente a nadie, si fuera por él lo gustaría a todo el mundo pero ya conocemos muy bien los riegos.

— John, ¿No somos amigos? Puedes confiar en mi.

La Schuyler le frotó el brazo de forma reconfortante ganándose una sonrisa.

— Peggy, él es Alexander, es mi… pareja, si

Dice sonrojado, por un momento pensó en decir "novio" pero la verdad le daba vergüenza decirlo.

— Un gusto — Hace una referencia educada — Soy Margarita Schuyler, amiga de John — Vió la expresión confusa de Alexander — Mis amigos me llaman Peggy.

Aclaró gentilmente, Alexander le besó la mano por mera educación aunque John igual sintió una pequeña punzada de celos, aunque él no tenía mucho derecho a reclamar en esta situación.

— Alexander Hamilton, he oído varias cosas buenas de usted señorita Schuyler.

— Pues yo no he oído nada de usted ¿Se conocieron en el ejército?.

— Así es, tuve el honor de conocer a Laurens ahí y la fortuna de ganarme su corazón.

Peggy sonríe con aún más ternura, esos dos ya se hab vuelto su pareja favorita, está tan feliz que propondría la amenaza a ese tal Alexander de lo que le haría si lastimaba a su amigo.

— John ¡Quiero hablar de tantas cosas!.

Entre ellas ¿Por qué había vuelto con una guitarra?.

— Me encantaría Peggy pero…

— Lo se, estás cansado, vendré en unos días y hablaremos ¿Si?.

— Sería genial.

Peggy se retira feliz de saber que su querido amigo está de vuelta en su vida.

John y Alexander miran la casa frente a ellos, la casa de Laurens, ni muy grande ni muy pequeña, ideal para una persona.

— Parece que ha pasado una vida. — Dice John viendo su hogar.— Tal vez se quede algo pequeña para los dos pero…

— ¡Sólo será unos días! ¡Apenas encuentre una casa me mudaré! ¡Lo juro!

Se apresura en aclarar el menor, no quería causar molestias al mayor.

— Suenas cómo si no quisieras vivir conmigo, Alex.

— No digas tonterías Jack, nada me gustaría más que compartir una casa contigo y unos niños — Rie — Pero no quiero molestar.

— Tu no molestas Lexi — Lo abraza rodeando sus hombros — ¿Cómo puede ser molesta una vida a tu lado?.

"Una vida a tu lado"

Alexander rie felíz.

— ¿Crees que exista algo que dure toda una vida?.

— Por primera vez, si, Lexi.

Alexander sabe que tal vez puede ser molesto y sabía que las cosas no iban a ser fáciles presisamente, John está muy lejos de acabar con la esclavitud, Estados Unidos apenas está estableciéndose como nación libre, Hércules se fue y… amar a un hombre no sería fácil precisamente pero ¿Saben qué? Nada de eso es más grande que el deseo de Alexander de feliz junto a Laurens.

Prométeme que serán felices.

Y tanto que iba a hacerlo, puede tener sus errores pero su amor por Laurens y su deseo de verlo sonriente a su lado eran mucho más grande que eso.

Si ambas partes quieren, puede superar juntos mil huracanes.

— Tenemos mucho trabajo que hacer.

Dice Alexander feliz, tienen una promesa que cumplir.