Hola les agradesco los comentarios.
Aqui va un nuevo Cap, largo como les gusta.
Hermione estaba en el jardín cuando la encontró y ya había desahogado su ira contra un montón de malas hierbas. Ella también lo había visto, por supuesto, pero, imitando el comportamiento de su esposo, apenas se dignó a dirigirle una mirada mientras cavaba la tierra. Se imaginó que un terrón particularmente duro era su corazón, si es que lo tenía.
—¿Qué demonios estás haciendo?
Su voz era más dura de lo habitual y la ojimiel disfrutó perversamente de la tensión que denotaba. ¿Acaso estaba enfadado el gran Potter? Le sonrió dulcemente.
—Trabajo, como casi todos los días. Ayer, con el engorro de la ceremonia, me retrasé por tu culpa.
Tuvo la inmensa satisfacción de ver que, por lo menos, lo había alterado. Cuando levantó la vista él la miraba ferozmente.
—Sabes condenadamente bien que ya no tienes que comportarte como una sirvienta. Deja eso para otra y vístete como es debido. Nos vamos a Londres.
Hermione se agachó para arrancar un ejemplar de mala hierba particularmente grande.
—No —dijo cuando se levantó— »Tú» vas a Londres. Ésta es mi casa. Vivo aquí.
—Ya no. Ahora eres mi esposa.
«¿Lo soy? ¿De verdad soy tu esposa, Harry?», pensó Hermione. Sin embargo no dijo nada. Se negaba a sentir otra cosa que no fuera enojo. Sus otras emociones eran demasiado profundas y dolorosas.
—Por ley, debes obedecerme.
La castaña soltó una risa burlona y muy poco aristocrática.
—Si querías eso, me temo que te has casado con la mujer equivocada. Eres un cabezota arrogante y despótico.
El ojiverde ignoró sus epítetos. Era como si no hubiera hablado.
—No me voy a ir sin ti.
—Entonces, quédate. Pero no esperes que vaya contigo a la capital. No hay nada para mí allí.
Por su culpa, ya no había nada para ella en ninguna parte, pero ella no iba a admitirlo. Levantó una brazada de hierbas con más fuerza de la necesaria y tuvo que ver cómo se deshacía.
—No me provoques, Hermione —dijo él. Pero la castaña ya conocía aquellas amenazas oscuras—. No creo que te gustara tenerme como enemigo.
La reciente marquesa se quedó quieta y cerró los dedos en torno al mango de la pala mientras le miraba a los ojos.
—¿Y qué vas a hacer? ¿Pegarme hasta que conseguir mi sumisión?
Los ojos de Harry relampaguearon. Apretó los labios. Ella recordó lo peligroso que era retarlo.
Aun así, se mantuvo en su sitio sabiendo que, si cedía en ese momento, estaba perdida para siempre.
—Creo que sabes que yo nunca te golpearía —dijo él entre dientes—-. Pero no me costaría trabajo arrastrarte a Londres tal como estás. ¿Quieres hacer tu primera aparición en público vestida como una mendiga, gritando y pataleando mientras te saco del coche?
—No, pero te garantizo que a ti te gustaría menos aún. Te convertirías en el hazmerreír de la buena sociedad porque la gente diría que es una pena que el gran Potter no pueda controlar a su propia esposa.
Por un momento, la ojimiel pensó que había ido demasiado lejos. Harry dio un paso hacia ella con los ojos entornados y vio que respiraba hondo, como si fuera a explotar. Pero soltó una carcajada que disipó la ilusión de que fuera a perder el control; de su distinguida y elegante persona.
—Has estado a punto de incitarme a la violencia mocosa —dijo alejándose unos pasos, la viva estampa de la gracia masculina. Volvió a acercarse a ella—. Vamos, pequeña. ¿No querrás que la gente te crea una marimacho? Tu reputación está a salvo. ¿Por qué destruirla ahora que puedes ocupar el puesto de marquesa?
Volvía a tentarla con su voz de terciopelo y el poder de su personalidad concentrado exclusivamente en ella, dando la impresión de que era el centro de su vida. Al igual que con su propuesta de matrimonio, hacía que pareciera tan lógico que era una locura negarse. Hermione tragó saliva y apartó la mirada.
—Vamos —la apremió—. ¿Cuánto hace que no visitas Londres? Te llevaré a todas partes, a ver el Támesis, al teatro, al Astley, al Almack...
No era extraño que fuera tan buen político, pensó ella con amargura. Estaba tan acostumbrado a manipular a la gente, a someterlos a su voluntad indómita que, incluso sabiéndolo, le costaba trabajo resistirse a su poder de seducción.
—No dejes que un montón de cabezas huecas como Mc Laggen te intimiden. Eres la mujer más valiente que conozco, Hermione —dijo en un tono sobrio que la desafiaba a negarlo—. No tendrás miedo de ellos, ¿verdad?
La ojimiel se dio cuenta de que Harry estaba enmascarando sus intenciones con el reto y levantó la barbilla. Lo único que a ella le daba miedo era su propio marido y lo que podía hacer para herirla más, si ella se lo permitía. Pero no iba a consentírselo.
—Vamos, cariño. Sé que puedes hacerlo.
Aquella frase en particular la alarmó. La castaña lo miró con recelo, pero su mirada velada era indescifrable. ¿Acaso estaba hablando de algo más que un mero viaje a Londres, o era ella la que imaginaba cosas que no estaban allí, creyendo ver lo que quería en vez de la realidad?
—Te desafío.
Su voz era como una caricia líquida, prometiendo toda clase de cosas que no tenían nada que ver con aquel viaje. Evidentemente, el ojiverde se daba cuenta de que la determinación de su esposa estaba flaqueando. Tenía razón. Ella nunca había dado la espalda a un desafío. Pero aquel... enfrentamiento emocional podía ser mucho peor que cualquiera de sus batallas con Hogwarths, tío Tom o Luna. Era su corazón lo que se hallaba en juego y ya estaba suficientemente malherido. Se preguntó si aquel desafío no sería una propuesta formal para que lo ayudara a convertir su matrimonio vacío en algo más. ¿Acaso no era capaz de conseguir que su unión funcionara?
Apretó el mango de la pala hasta que le dolió la mano. Bajó la vista al suelo. En una vida llena de desafíos, aquél era el mayor al que se había enfrentado. ¿Podía hacerlo? ¿Podía conseguir que Harry la quisiera?
—Puedes hacerlo, mocosa —insistió con su voz suave.
Sobresaltada de que repitiera lo que ella estaba pensando. Hermione lo miró de nuevo. Por un segundo, algo pasó por sus ojos, una súplica oscura que le recordaba lo que habían compartido aquella noche. Otra vez volvió a preguntarse si le estaba pidiendo algo más de lo que nunca le diría con palabras. Aunque parecía una tontería, la ojimiel se aferró a esa visión fugaz y tomó su decisión.
Dejó escapar el aliento.
—¡Está bien!
De inmediato fue recompensada con su sonrisa más maliciosa. ¡El muy sinvergüenza! Sabía cómo salirse con la suya, eso por descontado.
Ahora la cuestión era, ¿sabría ella hacer lomismo?
A final, Hermione dejó Hogwarths por propia voluntad, pero con un peso en el corazón. La casa estaría cerrada mientras se encontraran en Londres y no tuvo más remedio que preguntarse cuánto tiempo pasaría antes de que se abrieran sus puertas. Ni siquiera el lujo del coche del marqués, que había hecho llevar exclusivamente para hacer el trayecto, consiguió elevar su ánimo. Incluso aquella cabina espaciosa parecía contribuir a aislarla de su marido, que iba a caballo. Los sirvientes los seguían. Sola, Hermione vio cómo la vida que había conocido desaparecía para siempre tras un recodo del camino.
Aunque sólo habían trascurrido unas pocas semanas desde su visita furtiva a la casa de Harry, la situación en que se encontraba era harto distinta a la de entonces. En vez de entrar por la ventana del despacho, pistola en mano, lo hizo por la puerta principal, llevando sólo una escarcela elegante. Fue presentada a la servidumbre con toda solemnidad como la nueva marquesa.
La castaña se sintió incómoda ante tantas miradas escrutadoras. Aunque sabía que Hogwarths había tenido en tiempos tantos o más empleados, ni se acordaba ni estaba acostumbrada. Para su enojo, apenas habían llegado cuando Harry lanzó sobre ella una horda de modistas capitaneada por una francesa voluble. Por lo visto, su nueva posición requería un número infinito de vestidos que habían de ser confeccionados lo antes posible. Aunque la señora Aboth seguía trabajando, aquellas mujeres tenían que coser a un ritmo frenético para satisfacer las exigencias del marqués.
Aquello resultó agotador. Cuando la multitud recogió sus cosas y se marchó, Hermione estaba exhausta y de mal humor. Trató de echar una cabezada, pero no pudo conciliar el sueño en aquellas habitaciones extrañas y, cuando estaba a punto de conseguirlo la despertó una joven que dijo ser su doncella personal. La ojimiel permitió que la desconocida la vistiera para una cena temprana y siguió a uno de los muchos lacayos hasta el comedor, donde había preparada una mesa interminable y resplandeciente para dos únicas personas.
Sirvientes sin nombre la atendían por todas partes, mirándola de un modo que le hizo arrepentirse de haber decidido asumir el papel de marquesa. Las pocas caras que podían serle familiares y que sabía que tenían que estar cerca, no aparecían por ninguna parte. Hagrid debía estar confinado en los establos, Maxime en la cocina y Snape ocupado en sus obligaciones como ayuda de cámara.
La cena fue un evento insoportablemente afectado y, aunque la ristra interminable de platos delicados hubiera tentado a un santo, Hermione no pudo hacerles justicia. Se contentó con mover un poco la comida en el plato y tomar algunos sorbos de vino. Harry parecía tan extraño como el resto de la casa y la conversación, que había fluido entre ellos sin esfuerzo durante su convalecencia, era ahora escasa y crispada.
Cuando la castaña se excusó de la mesa con el pretexto de que estaba cansada, Harry asintió.
—Seguro que es por el viaje. De todos modos, aún es temprano en Londres. Creo que iré a echar un vistazo al White.
La prontitud con que estaba dispuesto a dejarla la irritó aún más, aunque tampoco estaba segura de lo que esperaba de él. Tenía la sensación de haber dejado en Hogwarths su optimismo habitual y empezó a pensar que sus grandes planes de ganarse el cariño de su marido no tenían la menor esperanza de cumplirse porque estaban condenados al fracaso desde el principio. Demasiado tensa para discutir con él, dejó que uno de los lacayos la llevara a sus habitaciones, donde despidió a la estupefacta doncella para poder desvestirse y asearse por sí misma. Aunque mucho más lujosa y mejor equipada que las habitaciones de su mansión campestre, su nueva suite le parecía fría y solitaria. Todo en ella era nuevo y precioso, pero carecía de significado o de valor sentimental.
Hermione sacó de su equipaje el cepillo de plata y marfil que había sido de su madre, pero no tenía más posesiones y era imposible darle un poco de alma a la suite. Echaba de menos a Hagrid y a Luna, incluso añoraba a su gato tuerto. El gato debía soportar la soledad mejor que ninguno de ellos, pero la ojimiel estaba preocupada por él y aún se deprimió más al pensar que ninguno de sus seres queridos la necesitaba.
Una vez que se puso una versión más recatada del camisón de su noche de bodas, se acercó a la puerta que daba a la habitación de Harry. No tenía llave para cerrarla, naturalmente, de modo que encajó el respaldo de una silla bajo el pomo, atrancándola. No aguantaría indefinidamente, pero el cerrojo improvisado le haría saber al ojiverde que no era bienvenido. Que se quejara de su presencia en su cama. Sin embargo, era una victoria amarga y, cuando se metió entre las sábanas frías, no pudo dormir.
Dos días de matrimonio y, aunque la mayoría de la gente todavía estaría celebrándolo, se sentía más sola y miserable que nunca en su vida.
Harry no tenía interés en visitar el White. Sólo fue para probar que podía hacerlo, para demostrar que era un hombre normal que controlaba sus acciones y los apetitos de su cuerpo. Y porque sabía que si seguía mirando a su mujer por encima de la mesa acabaría poseyéndola allí mismo, que el diablo se llevara los sirvientes y el cansancio que ella pretextaba.
Había tenido la esperanza de llegar a distraerse de la mujer que se había apoderado de su vida con el juego, al que siempre dedicaba una concentración absoluta. Pero antes de que pudiera llegar a una de las mesas, se vio detenido por varios conocidos que le preguntaron dónde se había metido durante las últimas semanas y si los rumores que corrían sobre su compromiso matrimonial eran ciertos.
Cuando anunció que, en realidad, ya se había casado, se alzaron algunas cejas. Harry maldijo su lengua. ¿Qué hombre iba a preferir tan pronto el White a sus deberes maritales? Sólo alguien que se hubiera casado con una dragona horripilante. Potter cerró la boca, no estaba dispuesto a hablar sobre su esposa. Con una mirada fría, se libró de los menos tenaces.
—¡Harry! Disculpa, Zabini —dijo Cedric Diggory, agitando una mano lánguida para espantar a la concurrencia—. He de mantener una conversación a solas con nuestro recién casado.
Aunque el ojiverde estaba acostumbrado a los modales de la aristocracia y a las preguntas incómodas, agradeció la intervención de Cedric y lo siguió a un rincón tranquilo, donde el vizconde pidió una botella de champagne, aunque Harry no se encontraba de humor para celebraciones. Él habría preferido algo más sustancioso, pero cuando su amigo alzó la copa, este se le unió, tragando el líquido espumoso con una mueca.
—Tengo entendido que hay que felicitarte —dijo el vizconde con desgana.
Harry no se dejó engañar. Sabía perfectamente que tras la pose indiferente, su amigo le tenía en el punto de mira.
—¿La has traído contigo a Londres?
La pregunta sorprendió y molestó al marqués.
—Por supuesto. ¿Crees que la dejaría encerrada en aquel caserón?
El vizconde se encogió de hombros y tomó otro sorbo de champagne sin quitarle los ojos de encima.
—No sé qué pensar de un hombre que empieza a remolonear por su club tan sólo un día después de su boda.
En vez de encararse con su amigo, Harry apartó la mirada. La intuición de Cedric lo había pillado desprevenido más de una vez. No quería admitir el motivo por el que estaba allí, ni que el deseo que sentía por Hermione lo estaba consumiendo. Había creído que iba a poder saciarse en la cama, pero sólo había conseguido empeorarlo, que se hiciera más fuerte. Al final había huido de él, algo que no había hecho jamás en su vida. Por primera vez se sentía un cobarde y, aunque no le gustaba la sensación, se negaba a depender de nadie para nada. Y eso incluía a su esposa.
—Bien, ¿dónde está?
La pregunta sacó a Harry de sus pensamientos.
—En casa. En la cama.
—¿Sola? —-preguntó el castaño con un interés casual.
Potter se puso tenso. Luchó contra sí mismo para permanecer sentado cuando lo único que deseaba era lanzarse a la garganta de Cedric.
—Sola —masculló.
El vizconde volvió a encogerse de hombros, como no fuera consciente del terreno peligroso que pisaba.
—Pero por cuánto tiempo más, me pregunto dijo en un susurro mientras hacía girar el champagme en la copa—. Una mujer tan hermosa suelta por Londres y teniendo en cuenta cómo son los matrimonios de la aristocracia...
Con una expresión sarcástica, dejó en suspenso la frase y dio rienda suelta a la imaginación del marqués.
Sí, sabía de sobra que la mayoría de los aristócratas, tanto hombres como mujeres, cambiaban de amante con más frecuencia de la que se bañaban, pero él no tenía intención de que su matrimonio fuera de ésos. Él pretendía mantenerse fiel y esperaba lo mismo de su esposa, no le gustaba que lo compararan con la gente que tanto despreciaba
—No comparo lo que hago con las costumbres del resto de mis contemporáneos —dijo Harry—. Si hubiera querido un arreglo de ese tipo, no habría escogido una mujer como Hermione.
—¿En serio? —dijo el castaño, arreglándoselas para que una sola palabra rezumara escepticismo—pues entonces te sugeriría que no dejaras sola a la dama demasiado a menudo, de lo contrario tendrás que abrirte paso entre la multitud sólo para llegar a tus habitaciones. En cuanto la población masculina de Londres se entere de que ella está disponible, se pisarán la cabeza para ser el primero en gozar de la mujer de Potter y ponerle los cuernos al gran marqués.
Harry apretó los dedos en tomo a la copa.
—Por supuesto, no estoy diciendo que no la deseen por su belleza. Es encantadora, un soplo de aire fresco. Virginal, por así decir. Sí, será un trofeo, no sólo para el primero, sino para el último de los amantes que acepte.
El cristal estalló entre los dedos del ojiverde.
—No habrá ningún amante —dijo con los dientes apretados.
Dejó caer los trozos de cristal al suelo y se secó la mano con el pañuelo. La sangre brotó de un corte en la palma. Harry se enrolló el pañuelo alrededor de la mano.
—Te has herido. ¡Condenadas copas! —dijo Diggory mientras llamaba a un sirviente—. Bueno, ¿por dónde, íbamos? De todas las parejas que conozco, los que reservan sus favores para el matrimonio no son los que están unidos por una promesa, ni por un contrato, sino por amor.
Luego hizo una pausa para traspasarlo con una mirada que se mofaba de su ferocidad.
—¿Tú la amas, Potter?
Harry no se dignó a contestar. Cedric había traspasado los límites de su amistad. Rara vez alguien osaba interrogarlo y nunca a burlarse de él. No había nadie que se atreviera. Su primer impulso fue aplastarle la cara bonita a aquel petimetre. Sin embargo, le dio la espalda y se alejó de él, de las mesas de juego, del White.
Hermione. Hermione. Hermione. Como una música primitiva, el nombre resonaba en su sangre al ritmo que marcaba su corazón, pero se negó a preguntarse por el significado de aquel ritmo peculiar.
La castaña seguía despierta cuando oyó entrar al marqués cuyos menores movimientos eran perceptibles en aquel silencio. Aunque le dio la espalda a aquellos sonidos, pudo imaginar perfectamente sus actos quitándose la levita y dejándola sobre una silla, aflojándose el lazo, desabrochándose la camisa... de repente le pareció que aquella habitación enorme era un sitio estrecho y caluroso. Hermione se tapo la cabeza con la manta que había estado aferrando con ambas manos. Volvió a bajarla. ¿Se habría metido en la cama? ¿Se había desnudado? Por desgracia recordaba demasiado bien aquel cuerpo desnudo y lo conjuró en su mente, dorado a la luz de las velas, oscuro y tentador.
Hubo un traqueo en la puerta. La ojimiel se puso rígida cuando oyó girar el pomo. Un golpe. La silla resistió. Aunque había improvisado aquel dispositivo para impedirle la entrada, Hermione no pensaba que iba a descubrirlo. Creía que iba a quedarse con sus amigos hasta altas horas de la madrugada y luego se acostaría solo. ¿Acaso no había puesto objeciones a que ella ocupase su cama?
Y sin embargo, allí estaba, temprano en casa y tratando de llegar hasta ella. ¿No iba a captar la insinuación y dejarla en paz? No era probable, Harry nunca permitía que contrariaran sus deseos. Un silencio extraño sobrevino. La castaña contemplo la otra puerta, la que daba al pasillo. Se preguntó si no intentaría entrar por allí o preferiría volver a las distracciones que lo esperaban en la ciudad.
¡Crash! Hermione se encogió. La silla que atrancaba la puerta voló por el aire y golpeó violentamente contra la pared. Y allí estaba Harry, una figura oscura que llenaba el marco desencajado con una amenaza vaga que la hizo temblar.
—¿Estás tratando de impedirme el paso, mocosa?
Su voz era un ronroneo aterciopelado que parecía reñido con aquel estallido de violencia. Eso le recordó lo peligroso que era, pero se negó a dejarse amedrentar. La marquesa se sentó y alzó la barbilla.
—Esta mañana te quejabas de mi presencia en tu cama.
—¿De verdad? ¡Qué torpeza por mi parte!
El pelinegro entró en la habitación. Llevaba una bata larga de seda que se movía al andar y se ondulaba en pliegues suaves en torno a su cuerpo firme. Al verlo, Hermione tragó saliva. Se detuvo junto a la cama, sombrío a la luz de los rescoldos de la chimenea, haciendo que se le secara la boca.
—En el futuro dormirás conmigo. Siempre — dijo en un tono duro que sugería un significado más profundo—. Ahora, sé una buena esposa y ayúdame a quitarme esto.
Era un desafío. Ella lo supo en cuanto buscó su mirada en la penumbra. Sin embargo, el gran Potter había capitulado. ¿Qué más podía pedir?
La desdicha de Londres y una casa llena de desconocidos se evaporó bajo el fuego de su mirada. Lentamente, Hermione se puso de rodillas ante él. Los dedos le temblaban al desatarle el cinturón y la bata se abrió para descubrir la anchura de su pecho, el vello rizado que llevaba hasta su erección. Alzó los brazos y le quitó la bata, dejándola que cayera sensualmente sobre su cuerpo. Entonces le besó el pecho y pasó las manos sobre el vello rizado, tocándolo libremente, como siempre había deseado. La ojimiel se inclinó hacia delante y le lamió el pezón y los músculos duros que cubrían sus costillas.
—¡Hum! ¿Otra vez vuelves a morderme;? —dijo él, recordándole su primer encuentro en el despacho.
¿Cómo podía Harry hablar? ¿Como podía pensar? Hermione apenas podía acordarse de quien era, sentía que las extremidades se le transformaban en jalea y, sin embargo él seguía allí, frente a ella, tranquilo y sereno. Era evidente que tendría que cambiar de táctica. Ella trazó una senda descendente de besos, hundió la lengua en el ombligo y le acarició el miembro.
Conoció un momento de triunfo cuando él contuvo la respiración. Pero aquellas exploraciones avivaban su propio deseo. El calor era súbitamente insoportable. Hermione echó la cabeza hacia atrás para respirar mejor mientras lo acariciaba. Harry tuvo que notar su ansiedad porque levantó el borde de su camisón, refrescando la piel enfebrecida. Entonces, sacándoselo por la cabeza, hizo que se recostara en la cama y se tumbó sobre ella.
—No vuelvas a cerrarme la puerta, Hermione. Jamás vuelvas a cerrarme la puerta.
Aquel susurro urgente era a la vez una advertencia y una súplica. Pero antes de que pudiera responder, Harry le tomó la cara entre las manos y la besó en la boca.
A la castaña le pareció que la besaba por todo el cuerpo, en los párpados, tras los oídos, en las venas de las muñecas, en las plantas de los pies, en los tobillos y en las piernas. Sus labios estaban en todas partes, húmedos y ardientes, encendiendo sus pasiones, pero cuando llegaron al rincón íntimo entre sus muslos, Hermione protestó.
El ojiverde la ignoró y la sujetó fuertemente mientras se adueñaba con la lengua de sus sentidos.
La castaña no tardó en sujetarse a las sábanas, elevando las nalgas y gritando su nombre, sabiendo que nunca podría negarle nada.
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Fiel a su palabra, Harry la acompañó a todas partes, enseñándole las zonas de la ciudad que no conocía, las distracciones elegantes y las vistas exóticas reservadas a los que tenían dinero para pagar. Aunque Hermione recordaba vagamente otras visitas de su infancia, no había vuelto a aquel mundo rutilante desde que la tragedia se había cernido sobre Hogwarths. Pero ahora era marquesa. Se sentía a la vez maravillada y consternada por lo que opinaba de Londres y por lo que la ciudad opinaba de ella.
La gente la miraba, era lo normal. Harry era un personaje destacado y conocido, cualquiera que lo acompañara despertaba interés. Sin embargo, no acababa de convencerse. El asombro que despertaba por las calles no tardó en dar lugar a una atención más incisiva que la hizo sentirse como uno de los animales de la casa de fieras.
Las damas murmuraban tras sus abanicos sobre la repentina boda del marqués y la idoneidad de su esposa, mientras los hombres especulaban sobre sus encantos de la manera más ofensiva. Aunque Potter había hecho circular la historia de que estaban comprometidos desde infancia, las comadres no se conformaban con una explicación tan mediocre de los esponsales. Hablaban de la mala boda que había hecho el padre de la ojimiel, de las muertes de sus padres, hasta el nombre de Riddle era pronunciado alguna vez en los tonos sombríos reservados para las ovejas negras.
Incluso escondida en un palco privado del teatro, Hermione los veía señalarla sin miramientos desde otras localidades. Eso le molestaba porque no estaba acostumbrada a exhibirse. Harry, demasiado arrogante siquiera para darse por aludido, los ignoraba olímpicamente. Ella empezó a imitar su actitud distante, aquel comportamiento desconsiderado no se merecía el menor respeto.
Cada vez era más hábil en aquella charada, pensó con una sonrisa mientras la doncella ponía un collar de rubíes y diamantes en tomo a su cuello. Despidió a la chica y se levantó para darse un último vistazo en el espejo. La mujer que le devolvió la mirada poco se parecía a la chica que se vestía con ropas de muchacho en Hogwarths. En realidad, no parecía distinta a las mujeres que formaban el círculo social del marqués, pero la transformación no la enorgullecía.
Se sentía incómoda metida en aquel personaje. En su mente, empezó a abrirse camino la idea de que ella no era sino un adorno elegante para Harry, Ella deseaba mucho más y, a pesar de su aparente éxito social, el desafío que la había llevado allí aún no estaba resuelto.
Cierto que ya no albergaba temores por encajar en una mayoría de mujeres toscas y de lengua viperina que formaban la élite. El ojiverde tenía razón, lo único que debía hacer era llevar la ropa adecuada y no perder la cabeza. Pero, ¿y el auténtico valor que hacía falta para estar junto a su marido? Hasta ese momento, sus esfuerzos para conquistar su cariño se habían resuelto en humo. Aunque Harry acudía a su cama cada noche y no discutía sobre dónde dormía, todavía seguía distanciado de ella de una manera que Hermione no creía posible hasta que vio cómo otros hombres trataban a sus esposas.
No tardó mucho en descubrir que los matrimonios ricos y aristocráticos rara vez se dejaban ver juntos en público. Era más corriente que cada cual siguiera su camino, a veces ambos con uno o varios amantes. Los supuestos caballeros, mantenían queridas y coqueteaban con las esposas de los demás, mientras que las mujeres tenían hijos cuya paternidad era incierta.
Poco acostumbrada a ese comportamiento, Hermione se sentía estupefacta y aterrorizada. Aunque Harry no se había separado de ella en varios días, ella se preguntaba si ése era el futuro que los esperaba. Sintió escalofríos. Ahora más que nunca, deseaba conquistar e! corazón de su marido, pero cada día que pasaban en la ciudad parecía alejarla del sinvergüenza atractivo que la había seducido desde la cama donde convalecía. Era un compañero atento, con una conversación interesante y, sin embargo, nunca se acercaba demasiado, ni de palabra ni de obra.
Hermione no sabía cómo llegar hasta él.
La idea ominosa de que quizá no lo lograra nunca hizo que contuviera la respiración. Harry hacía honor a su reputación, era arrogante, frío, quizá despiadado, con inclinación a controlar a la gente, y eso incluía a su esposa. Los rumores insistían en que sólo tenía una pasión, el juego. Era posible que ya no tuviera espacio para otra.
Con una última ojeada al espejo que se negó a contestarle, la castaña se envolvió en su propio manto de desdén y bajó a reunirse con él. Aunque habían asistido a diferentes espectáculos y recepciones, aquella noche iba a ser su presentación oficial en sociedad en una reunión que organizaban los Parkinson.
A pesar de sus esfuerzos, el corazón todavía se le desbocaba cuando lo veía vestido de etiqueta, un traje negro que se pegaba a su cuerpo resaltando su porte musculoso. La ojimiel se preguntó cómo era posible que pareciera tan frío llevando tanta ropa, cuando ella se acaloraba a pesar de la levedad de su vestido.
—¿No tienes calor con ese traje? —preguntó mientras le tomaba del brazo.
Harry le lanzó una mirada penetrante y luego soltó una carcajada suave.
—Es un poco agobiante y me pica el hombro — confesó.
Su herida. La sonrisa de Hermione palideció al recordarlo.
—No estamos obligados a ir. Podemos quedarnos cómodamente aquí —dijo, sonrojándose con la idea de desvestirlo ella misma—. Yo... podría lavarte el hombro... —añadió casi sin aliento.
Bajo la mano, sintió que el pelinegro tensaba los músculos del brazo, pero apartó la mirada.
—Debo admitir que es toda una tentación, pero les he prometido a los Parkinson que te llevaría y es lo que pienso hacer. En serio, pequeña no dejarás que esos idiotas te intimiden, ¿verdad?
Hermione se puso rígida. Era una regañina, suave pero reprimenda al fin y al cabo. Se sorprendió de lo mucho que le dolía. ¿Acaso no la deseaba? ¿Era posible que no la hubiera deseado nunca? Las viejas dudas resurgieron para sumarse a los temores que le inspiraba el estilo de vida de que era testigo en Londres. Tropezó y aprovechó para retirar la mano de su brazo. Harry no intentó volver a recuperarla mientras caminaban hacia el carruaje. La marquesa se cerró el chal sobre el pecho, presa de un frío repentino.
El frió duró hasta que llegaron a su destino, una mansión elegante, tan llena de gente que la ojimiel se sintió agobiada antes de entrar. La anfitriona, lady Parkinson, se la llevó para presentarla a una multitud de conocidos. Hermione sólo pudo ver un momento al marqués antes de que desapareciera entre el gentío. Sufriendo bajo una infinidad de ojos ávidos y las miradas despechadas de señoras acompañadas de sus hijas, la castaña se sintió abandonada mientras que la cháchara de lady Parkinson flotaba a su alrededor como una lluvia de palabras.
¿Dónde se había metido Harry? ¿La había dejado sola a propósito? Los temores que anidaban en sucorazón crecían por momentos. ¿Estaba coqueteando con la esposa de otro? Mientras saludaba a las damas con un movimiento de cabeza, Hermione no dejaba de buscarlo entre los invitados, pero había demasiada gente, demasiadas habitaciones, demasiados sirvientes que iban de un lado para otro.
—¡Lady Potter! —dijo una voz masculina.
Hermione se dio la vuelta y reconoció al amigo de su marido, el vizconde Diggory, que había llegado poco después que ellos. A pesar de sus modales de dandy, a la castaña le caía simpático y sonrió al saludarlo.
—¡Es espléndido encontrarla aquí! —dijo Cedric con una sinceridad que brillaba en sus ojos-—- No le importa que la aparte de este tumulto, ¿verdad? —preguntó con una sonrisa irreverente.
Hermione negó con un movimiento de la cabeza.
—Justo lo que yo pensaba. Miserables criaturas. ¿Le apetece que salgamos a respirar aire fresco?
Ella asintió y aceptó su brazo para salir de la casa. La brisa nocturna era un alivio bienvenido tras el agobio que reinaba en el interior. Se apartó del vizconde para apoyarse en una balaustrada decorativa,
—No han dejado de repetirme que nadie que se precie se queda en Londres durante el verano —dijo Hermione— Entonces, ¿quién es toda esta gente?
Cedric se echó a reír.
—Es usted deliciosa, pero ya me lo figuraba. ¿Le importa que nos tuteemos? —preguntó y ella asintió—. Todos son unos don nadie, la casa está atestada de ellos, se alimentan de su propia insignificancia.
El castaño apoyó la espalda contra un muro y levantó los impertinentes para estudiarla con detalle.
—Tienes una costumbre muy desagradable -dijo ella por encima del hombro.
—¿Eh? ¡Mis excusas! —exclamó él mientras volvía a reír—. Eres una joven fuera de lo común. Me pregunto si serás real. ¿Tengo que pellizcarme o prefieres hacerlo tú?
—Preferiría que no hubiera pellizcos, si no te importa —dijo ella, sonriendo a su pesar.
-—Que me cuelguen si lo hubiera creído, pero veo que eres una oponente digna del marqués. Corre el rumor de que eres tan fría como él, la compañera perfecta para el gran Potter.
—Eso no es todo lo que se rumorea —replicó ella sintiendo que se evaporaban sus ganas de reír.
—Pero los dos sabemos que todo lo demás son zarandajas.
—¿De verdad?
La castaña contempló los jardines pensando en Harry. Los motivos que había tenido para casarse nunca habían estado claros para ella.
—Debo confesarte, que nunca creí que vería a Potter tan enamorado. Es un hombre bueno, aunque más de una vez me he preguntado si tenía hielo en las venas en vez de sangre. Resulta reconfortante descubrir que también es humano.
¿Lo era? ella no estaba tan segura. Y tampoco podía aceptar fácilmente lo que Cedric había dicho sobre que estaba enamorado. Harry no tenía el aspecto de un hombre que sintiera algo, y menos que estuviera herido de amor. Había muchas cosas que ella habría podido decir, pero, a pesar de toda su simpatía, el vizconde era un hombre muy atractivo además y la castaña no se sentía cómoda discutiendo aquellos asuntos con él. Lentamente, retiró las manos de la balaustrada.
—Me siento mucho mejor después de respirar este soplo de brisa. Gracias, Cedric.
—¡Diantres! He dicho algo inconveniente, ¿verdad? —dijo él, al parecer perplejo—. Mi hermana se queja continuamente de que soy un bocazas.
Hermione sonrió.
—No, sólo eres como debes ser. Te agradezco que me hayas rescatado de todos esos estirados.
—¡Bah! Tú estás infinitamente por encima de ellos, de modo que ni siquiera lo pienses —dijo con una expresión sombría en su cara juvenil—. Te esperan tiempos difíciles. Yo procuraré ser tu amigo, si puedo.
—Ya eres un amigo —le aseguró , dándole unas palmaditas en el brazo.
Cedric apartó los ojos un momento antes de volver a mirarla más serio que nunca.
—Que me cuelguen, pero quiero decirte que tú eres lo que él necesita, aunque puede que todavía no se haya dado cuenta. Es muy obstinado y está acostumbrado a salirse siempre con la suya.
—Lo sé.
Aunque la emocionaban los esfuerzos del castaño por darle esperanzas para su matrimonio, no estaba preparada para mantener con él una conversación así. Dejó que la condujera de vuelta a la casa, pero su marido seguía sin aparecer por ninguna parte y, cuando otro caballero saludó al vizconde, lo dejó ir, dominando la sensación de abandono que la invadía con una buena dosis de irritación hacia el ojiverde.
Antes le había dado miedo no encajar en su mundo. Ahora se asombraba de haberse molestado en pensarlo. Por fuera, estaba al mismo nivel que toda aquella gente. Por dentro, jamás podría estarlo. ¿Dónde la habían llevado sus modales refinados y sus vestidos elegantes? No habían servido para conquistar el cariño de su marido, por mucho que Cedric dijera lo contrario.
Perdida en sus pensamientos, Hermione no se fijó allí principio en dos mujeres que murmuraban tras sus abanicos mirándola fijamente. Cuando se dio cuenta, se escabulló de allí. Se le ocurrió que quizá pudiera encontrar un sitio para sentarse en alguna de las habitaciones. Acababa de doblar por un pasillo razonablemente tranquilo, cuando oyó que alguien mentaba su nombre. Aun cuando sabía que seguramente no se trataba de nada agradable, detuvo sus pasos.
—¡Por Dios que sí!—exclamó un caballero de corpulenta figura, cuyo pelo empezaba a escasear—. Sólo Potter podía ir a buscar una campesina y encima acabar casándose con una heredera tan atractiva.
—Había oído que estaba buscando esposa, pero, ¿por qué una provinciana?
—Creo recordar que estuvo interesado en lady Ginebra Malfoy en su época, aunque nunca me lo imaginé conviviendo con un vicario por suegro —dijo el primero, riéndose de su propia gracia.
Hermione se retiró discretamente.
—Una virgen fresca para darle descendencia es lo que buscaba. Apuesto a que no tardará en engordar con el heredero del marqués en la barriga.
La castaña no pudo seguir escuchando. ¿Era posible que no fuera sino una yegua de cría? ¿Una muchacha lo bastante ingenua y conformista como para cumplir con los requisitos que Potter le pedía a la madre de sus hijos? ¿Y quién era lady Malfoy?
Luchando contra unos celos inusitadamente, mortificantes, Hermione no vio que lady Parkinson se dirigía hacia ella hasta que fue demasiado tarde. Reprimiendo un suspiro de resignación, permitió que la anfitriona le presentara a dos caballeros que inmediatamente empezaron a deshacerse en halagos v zalamerías de la manera más ridícula. No eran como Cedric, en sus ojos no había sinceridad, sólo lascivia. La castaña no tuvo dificultad en darse cuenta de la clase de amistad que buscaban.
¿Dónde estaba Harry? ¿Cómo podía abandonarla entre aquellos miserables? ella se preguntó si no estaría haciéndole la corte a otra mujer, alguna dama sofisticada que fuera demasiado excitante como para relegarla a la condición de madre de sus hijos. ¿Acaso había llegado ya el futuro que ella más temía?
Harry deambulaba inquieto por la casa de los Parkinson, diciéndose que no era necesario vigilar a Hermione. Empezaban a correr rumores sobre cómo el marqués bailoteaba en tomo a su mujercita y, aunque él nunca había prestado atención a las habladurías, se acercaban demasiado a lo que él sentía como para sentirse cómodo.
Claro que la había acompañado constantemente desde su llegada. ¿Acaso no había prometido enseñarle la ciudad? Y si había retrasado su asistencia a las inevitables fiestas y reuniones era porque esperaba a que las murmuraciones sobre lo repentino de su boda se calmaran un poco.
No tenía nada que ver con las predicciones de Cedric.
Pasó por el salón de cartas, pero no tenía interés para él. No podía dejar de pensar en Hermione. Siempre se había burlado de los hombres que perdían el seso con las bellezas de cada temporada y aquella noche se sentía uno de ellos. Era absurdo, ridículo, mortificante, inconcebible. ¡No estaba dispuesto a tolerarlo!
—¡Vaya, Potter! ¡Pareces una nube de tormenta! ¿Ya te está dando problemas tu esposa? —preguntó con sorna una viuda entrada en años.
Harry se dio cuenta entonces de que tenía los puños apretados. Deliberadamente, relajó los dedos y clavó en la mujer una mirada de desprecio que la hizo abanicarse.
A pesar de la distracción, el problema principal seguía siendo el mismo. La necesidad que tenía de la castaña le estaba devorando las entrañas. No importaba cuánto se esforzara en negarlo, deseaba a Hermione, deseaba su cuerpo, su olor, su voz dulce, su fuerza serena, su mente rápida. Su elegancia era algo innato en ella y no tenía nada que ver con la ropa que llevara, era una gracia espiritual.
Pero se había convertido en una adicción, cuanto más gozaba de ella, más desmedido era su deseo. Tras el sermón del vizconde, Harry se había dado cuenta de que no podía dejarla sola. En consecuencia, tenía que sufrir todo el día sus tentaciones. Pero eso tampoco cambiaba nada, la deseaba en cualquier momento y en cualquier lugar. En la biblioteca, sobre la mesa del desayuno, todo se convertía en escenario de su placer.
«Placer». Aquélla era una palabra descolorida para describir lo que sentía cuando estaba dentro de ella. El ojiverde se estremeció al recordar aquel continuo éxtasis que jamás habría creído posible. La sangre empezó a hervirle en las venas y se maldijo a sí mismo por su falta de contención.
Era algo mucho más profundo que el sexo.
Harry era consciente de que eso sólo era un aspecto de su creciente obsesión. Como la bestia primitiva en que temía convertirse, codiciaba cada pulgada de su piel, cada suspiro de su boca, cada mirada de sus ojos de miel. Y el ambiente en que una vez se había movido con soltura se convertía en una rampa que la mantenía apartada de él.
Tomó una copa de un camarero que pasaba y dio un trago sin mirar. ¡Otra vez champagne! Pero siguió buscando a su esposa. Cuando la encontró, se quedó paralizado. ¡Cedric tenía razón! Hermione ya no se hallaba bajo la protección de lady Parkinson, sino que ocupaba el centro de un círculo de bribones que no dejaban de mirar babeando la amplitud generosa de su escote. Quizá los atrajeran sus evidentes encantos, o quizá, como decía Diggory, la posibilidad de llevarse a la cama a la mujer de un hombre notable. Daba igual, la rodeaban y la miraban con lascivia.
No iba a tolerarlo. Aunque en la fiesta había muchos hombres cuyas esposas estaban coqueteando con otros, é se detuvo y respiró hondo. Se dijo que Hermione estaba manejando a sus admiradores con su aplomo habitual. En realidad, sus ademanes eran notablemente más fríos que los de la mayoría de las invitadas que se desvivían por descubrir su anatomía para que se fijaran en ellas. Hermione no. Sin embargo, lo molestaba que mirara a otros, que los escuchara, que los obsequiara con una sonrisa... sus dedos se cerraron sobre la copa que sostenía.
—Ya veo que tu esposa no ha tardado en hacer algunas conquistas.
Harry no tuvo que darse la vuelta para reconocen a Cedric. Vigilaba a un individuo particularmente osado que se inclinaba para susurrar algo al oído de "su mujer". ¿Cómo se atrevía a rozarla con su aliento?
—Trae acá esa copa —dijo el vizconde, quitándosela de la mano—. No puedes ir por todo Londres rompiendo la cristalería, Potter.
El pelinegro apenas oía a Diggory. Conocía al miserable que abordaba a su esposa, era un vividor que siempre iba detrás de cualquier cosa que se vistiera con muselina. Boot, se llamaba. A Harry le hubiera encantado estrangularlo allí mismo.
Vio que Hermione se apartaba, pero Boot insistió. Incluso llegó a levantar la mano y pasársela suavemente por el hombro. El marqués se soltó de Cedric y sin hacer caso de la expresión alarmada de la castaña, se interpuso entre su mujer y aquel indeseable.
—No toque a mi esposa —lo amenazó.
—¿Cómo dice, Potter? No sabía que fuera tan. posesivo —dijo Boot con una sonrisa taimada.
Harry se contenía para no dejarlo reducido a pulpa, aunque le hormigueaban los puños. —Vuelve a tocarla y te mato.
Oyó las expresiones de asombro de los que miraban, pero no les hizo caso y se inclinó hacia Hermione.
—¿Nos vamos?
Cuando ella asintió, la tomó del brazo y echó a andar entre la multitud que se apartaba a su paso, ignorando los comentarios que su salida suscitaba. Tampoco quiso ver a Cedric que los despedía con cara de preocupación.
-UUUYYYYY ¡qué pasará?, ¡me encanta el vizconde Cedric Diggory!, es súper inteligente, hará reaccionar a Harry y todavía falta el encuentro de Hermione con Lady Ginebra, una amenaza y una huida.
Espero sus comentarios..¿que les trajeron los reyes?. Bye :)
