Capítulo 13
—Necesitamos pensar en algo antes de luchar contra ellos —dijo Gandalf al observar los ímpetus de Nasthir—. Nuestra prioridad no es la batalla, por lo menos no en este momento. Lo mejor es pensar en una manera de distraerlos, tenemos que alejarlos de aquí lo más que se pueda. Lo peor que podría pasarnos es que Smaug nos escuchara combatir.
—Pero será más fácil matar al dragón si sale del castillo —comentó el humano. El mago lo fulminó con la mirada.
—Ya te dije, Nasthir, nosotros tenemos nuestro plan para destruir al dragón. Si algo en ellos cambia, entonces nos podemos olvidar de recuperar Erebor. Smaug es una de las criaturas más poderosas de toda la Tierra Media, por lo que se necesita ser muy astuto para lograr derrotarlo.
—Sólo lo haremos enfadar si sabe que estamos aquí —coincidió Legolas—, es por eso que debemos evitar pelear, eso sólo conseguirá alertarlo. Lo primero es encontrar la manera de sacar a los orcos de aquí.
—¿Qué sugieren, entonces? —gruñó Nasthir, quien no estaba acostumbrado a recibir órdenes.
Gandalf lo ignoró y se digirió al elfo.
—¿Crees que puedas acercarte a ellos sin ser visto? —Cuando Legolas asintió, el mago continuó:— Tenemos que saber cuántos son, aproximadamente, sólo así podré pensar en una manera de organizarnos para alejarlos. Si son muchos, tendremos que dividirnos.
Legolas le dirigió unas palabras rápidas en élfico y Gandalf asintió. El elfo se alejó de ellos; sólo pasaron unos segundos antes de que se perdiera entre la maleza y se dejaran de escuchar sus pisadas.
—Los demás tenemos que mantenernos alerta —dijo Gandalf—, en el momento en que regrese Legolas con la información sabremos a lo que nos enfrentamos.
Thorin y el resto de la Compañía sacaron sus armas, esperando encontrarse con alguna amenaza en cualquier momento. Sin embargo, el príncipe de los enanos estaba distraído; sus pensamientos constantemente se dirigían hacia Erebor, hacia donde se encontraba el pequeño hobbit. La última vez que había hablado con él le había parecido que se encontraba bien, a pesar de que no había podido verlo, sin embargo, hubo algo en su voz… quizás su tono o tal vez la duda que percibió en ella cuando hablaron del dragón.
Instintivamente, Thorin se aferró con más fuerza a su espada; su brazo se tensó como si estuviera listo para atacar. Estaba preocupado por Bilbo. Todavía, después de todo lo que había tratado de explicarle Gandalf, no podía creer que Smaug no le hubiera hecho daño. Porque estaba seguro que nadie podría querer o cuidar a Bilbo mejor que él, nadie podía verlo como él lo hacía.
Y aún así comenzaba a tener miedo. Porque hacía tiempo que ya no sentía la presencia de Bilbo cerca de la suya. Tal vez su hobbit ya no pensaba tanto en él, tal vez había decidido no traicionar al dragón porque sus sentimientos habían cambiado.
En esos momentos un sentimiento explosivo lo cegaba y sólo podía pensar en destruir a aquel dragón con sus propias manos. Sin embargo, inmediatamente después a esa ira le llegó un momento de calma en el que hasta una sonrisa amarga logró dibujarse en sus labios. Él conocía lo suficiente a su hobbit como para saber que sería algo difícil para él cometer una acción tan cruel como la traición, él siempre buscaría otras maneras de solucionar las cosas.
De pronto se sintió muy cansado y se acercó a uno de los árboles para apoyarse, le pareció escuchar a Fili, llamándolo por su nombre con preocupación, pero lo ignoró. De pronto se puso a pensar en un escenario mucho más favorable, uno en el que podía quedarse con Bilbo y con Erebor… y aún así, aun cuando pudiera recuperar su hogar no estaba seguro que el hobbit estuviera dispuesto a abandonar la Comarca. Y si Bilbo decidía regresar él nunca podría seguirlo, porque tenía una responsabilidad con su pueblo.
Todo parecía estar en su contra en aquellos momentos.
Estaba desesperado por volver a verlo, se sentía completamente ansioso por volver a hablar con él. Antes de conocer a Bilbo, jamás hubiera pensado que podría existir algo más importante que recuperar Erebor, y ahora, a pesar de que sabía que le debía a su pueblo un hogar, a pesar de que les había prometido regresarles todo lo que les habían arrebatado, eso se había convertido en algo sin importancia a comparación de su deseo por tener a Bilbo cerca de nuevo.
Había estado tan sumido en sus pensamientos, que se fue el último en percatarse de que Legolas había regresado. Gandalf se acercó a él rápidamente, parecía bastante preocupado por la información que el elfo pudiera traerle. Tratando de concentrarse en lo que sucedía, Thorin sacudió su cabeza y se acercó a él, también.
—Se acercan treinta en el…
—No son nada para nosotros, podemos hacernos cargo —dijo Nasthir con brusquedad, interrumpiendo al elfo.
Gandalf lo observó severamente y le hizo un gesto para que se callara; el rostro de Legolas lucía bastante preocupado.
—Sólo es el primer grupo —dijo el elfo, rápidamente.
Thorin dio un paso al frente, con su espada firmemente aferrada en una mano.
—¿Qué quieres decir?
—Son muchos, pero sólo treinta son los que están más cerca de aquí. Al parecer hay otros dos grupos como siguiéndolos. No tardarán en llegar.
—Necesitaremos un excelente plan para compensar la diferencia de número, estamos en desventaja —comentó Gandalf. Su rostro se había endurecido por la desesperación, parecía mucho más viejo en esos momentos.
En ese momento todos tuvieron la certeza de que algo terrible estaba por desatarse.
Bilbo se dio cuenta, demasiado tarde, que su cuerpo se acomodaba inconscientemente cerca del de Smaug y que sus brazos que ahora lo rodeaban y le bridaban esa calidez comenzaban a sentirse como su hogar. Su corazón bombeaba con fuerza la sangre y subía hasta sus mejillas para colorearlas de rojo. En otras circunstancias su razón lo habría obligado a separarse de él y levantarse, pero se dio cuenta que en realidad no quería, estaba cansado de resistirse.
Smaug se inclinó más cerca de Bilbo y comenzó a besar sus labios suavemente. Había un extraño brillo de alegría en los ojos del dragón, como si estuviera feliz. Trató de acercarse más a él, mientras que con sus labios besaba dulcemente el cuello del hobbit, a Bilbo le dio la impresión de que Smaug estaba tan cerca de él que parecía tener ganas de fundir sus cuerpos.
—Cada vez pienso más en ello —dijo el dragón, de pronto, confundiendo a Bilbo.
—¿En qué?
Smaug sonrió y con uno de sus dedos acarició el cuello del hobbit y después fue bajando lentamente hasta llegar a su pecho. Bilbo no pudo evitar estremecerse de placer.
—Tú y yo viviendo en la Comarca —respondió—. Yo podría serte bastante útil… podría encender tu chimenea cuando quisieras, además soy fuerte, puedo defenderte de quien sea, nadie se atrevería a tocarte.
Bilbo se rió porque no podía creer que aquel dragón se estuviera planteando la posibilidad de vivir en un lugar como ese. Sin embargo, su buen humor se esfumó cuando observó atentamente el rostro de Smaug, él parecía tan sincero… que el hobbit sólo podía repetirse que no se merecía que él lo quisiera.
—No importa si los días son tranquilos —continuó el cambiante, abriendo los primeros botones de la camisa de Bilbo—, lo único que me importa es que en las noches me recibas en tu cama…
El hobbit se ruborizó, pero no impidió que la lengua de Smaug comenzara a acariciar su piel.
—Smaug…
Sin embargo, no fue necesario que Bilbo dijera algo más para detenerlo porque el dragón ya se había puesto de pie, alerta. Parecía muy tenso. El hobbit siguió su ejemplo y se acercó a él.
—¿Qué ocurre? —Le preguntó Bilbo, un poco preocupado.
—No lo sé exactamente —respondió Smaug—. Verás, los dragones somos muy perceptivos, sobre todo cuando se trata de nuestro territorio… Y en estos momentos puedo percibir el aroma de intrusos, muchos; están afuera, pero todavía no están cerca.
Bilbo sintió que su sangre se helaba; su cuerpo se puso completamente rígido. Sabía que si Smaug descubría que sus amigos estaban ahí, podría enfadarse y hacerles daño.
—Es mejor que salga a revisar. Otras veces han intentado acercarse a esta montaña para matarme y llevarse el oro, y aunque no representan ningún problema para mí, no quiero que causen problemas.
—¡No, Smaug, espera! —exclamó Bilbo, al notar que tenía intenciones de transformarse de nuevo— ¡No vayas!
—¿Por qué?
—No quiero que me dejes solo —soltó el hobbit.
El dragón le sonrió y acarició su cabello con ternura.
—Voy a regresar pronto, lo prometo. Además, puedo traerte más comida.
—No tengo hambre —replicó Bilbo, tratando de ocultar su desesperación—. Smaug, quiero que te quedes conmigo.
—Necesito cerciorarme —insistió el cambiante—. No quisiera que por un error mío entraran aquí te hicieran daño.
Ya que sus palabras no funcionaron, el hobbit comenzó a pensar en otras maneras de convencerlo. Así que se acercó a él y tomó uno de sus brazos para obligarlo a girarse nuevamente hacia él y detener el proceso de transformación. Bilbo rodeó el cuello de Smaug con sus brazos y lo obligó a inclinarse hacia él. Por segunda vez en todo el tiempo que había estado ahí, el hobbit fue quien tomó la iniciativa y comenzó a besarlo. El dragón no dudó en corresponderle, Bilbo notó que su cuerpo se estremecía y supo que ya casi lo convencía.
—Esto es injusto —se quejó Smaug con la respiración agitada—, así no me dan ganas de salir de aquí, pero tengo que hacerlo…
—Quédate —insistió el hobbit.
—Regresaré pronto, Bilbo…
Pero Smaug se interrumpió cuando vio que su pequeño hobbit comenzaba a desabrochar todos los botones de su camisa. Bilbo pudo ver el momento en el que los ojos del dragón quedaban completamente nublados por el deseo. Parecía que ya no podía pensar en otra cosa que no fuera él. De pronto se sintió nervioso por lo que iba a hacer, sin embargo, estaba decido.
—¿No quieres quedarte conmigo? —Preguntó el hobbit en el momento en que su camisa cayó al suelo repleto de oro, debajo de ellos.
—Estar contigo es lo que más deseo, Bilbo —respondió el dragón con la voz completamente enronquecida por la excitación—, yo no podría ser feliz sin ti.
Después de que esas palabras salieran de su boca pareció no soportarlo más y tomó a Bilbo entre sus brazos. Sus dedos comenzaron a acariciar cada centímetro de su piel con voracidad y no tardaron en quitarle los pantalones. Se sintió un poco expuesto al quedar completamente desnudo, sin embargo, esa sensación se esfumó cuando Smaug lo estrechó más contra su cuerpo y la calidez que despedía embargó completamente al pequeño hobbit.
—He esperado mucho tiempo por eso, Bilbo —murmuró Smaug en su oído antes de chupar suavemente el lóbulo de su oreja—. Creí que me volvería loco si no te tenía… Te deseo tanto…
El dragón lo tomó en brazos y lo colocó con suavidad sobre el oro. Por un momento, Bilbo creyó que todo a su alrededor desaparecía y sólo existían las caricias que el dragón le hacía. Smaug besó su pecho hasta encontrarse con uno de sus pezones y chuparlo con fuerza. El hobbit se arqueó de placer y soltó un gemido.
—Sí, Bilbo, gime más para mí, quiero escucharte —dijo el dragón sobre su piel. Sus manos se aferraron a sus caderas, pero una de ellas bajó todavía más, hasta que sus dedos se encontraron con su entrada.
—Smaug… —jadeó Bilbo, sintiendo los dedos del dragón acariciarlo hasta que uno de ellos lo penetró. El hobbit se mordió el labio con fuerza, mientras aquel dedo se movía dentro de él.
—Mi hermoso hobbit —dijo Smaug, antes de morder suavemente uno de los hombros de Bilbo, mientras metía el segundo dedo en él—, eres lo mejor que me ha pasado.
Bilbo se arqueó, sin poder responder nada, pero justo en ese momento, el dragón retiró sus dedos. Estuvo a punto de protestar, pero fue interrumpido cuando sintió la embestida con la que Smaug lo penetró completamente.
El dragón se inclinó sobre él y le pasó la lengua por los labios. Sus ojos parecían esmeraldas ardientes en aquel momento. Sus manos comenzaron a explorar lentamente su cuerpo, desde la base de su cuello hasta la cadera y sus glúteos, mientras comenzaba a embestirlo.
—Te amo, Bilbo —jadeó el dragón mientras se movía, parecía que entraba profundamente en él. El hobbit no sabía qué responderle, así que prefirió arquearse y comenzar a mover sus caderas a su ritmo. Sentía que el placer lo estaba consumiendo.
—Más rápido —gimió Bilbo. Estaba desesperado; cada vez que Smaug se movía dentro de él sentía que lo penetraba más profundamente y eso lo inundaba de un incontrolable placer. Pero sus embestidas no eran rápidas, como si deseara prolongar el momento… El problema era que para Bilbo era una tortura sentirse embriagado de placer y estar cerca del orgasmo y no poder llegar a él.
Smaug se rió y le arrancó otro beso de sus labios. Su lengua comenzó a juguetear en su boca, como si quisiera provocarlo todavía más. Bilbo volvió a gemir, pero su gemido se parecía más a una súplica.
—Todavía no, Bilbo —le dijo el dragón, aunque él también se escuchaba bastante afectado por tratar de contenerse—. No podemos ir tan rápido, no esta vez… porque quiero que sea especial, quiero que sepas que esto no es sólo sexo. Te estoy haciendo el amor. Yo te prometí tratar cada centímetro de tu piel con adoración… quiero que sepas lo mucho que significas para mí.
Bilbo sintió que su corazón se agitaba en respuesta a sus palabras y sin pensarlo, le dio un rápido beso la nariz a Smaug, él le sonrió.
El dragón continuó moviéndose dentro y fuera de su hobbit y éste escuchó su propia respiración acelerarse. Bilbo sentía que el placer iba aumentando la temperatura de su cuerpo y que muy pronto iba a terminar quemándose por dentro. Levantó más sus caderas para que Smaug pudiera entrar un poco más y pudo escuchar el gemido de satisfacción que brotó del dragón en respuesta a su movimiento.
—Sólo me lo haces más difícil —soltó con voz ronca—, no podré resistir más si sigues moviéndote así, Bilbo.
El hobbit sonrió e inclinó su cabeza para alcanzar el rostro de Smaug. Lo besó y mordió su labio inferior con fuerza para apremiarlo a moverse más rápidamente. Una gota de sangre escapó de la herida que le hizo y Bilbo la lamió lentamente. Smaug se estremeció y miró a Bilbo con sus ojos encendidos de pasión.
Entonces sus embestidas se volvieron más urgentes, tanto que Bilbo se aferró a su espalda con fuerza y soltó un grito de placer.
—Quiero amarte así todas nuestras noches juntos —soltó Smaug—. Eres mío, Bilbo. Mío.
El hobbit se arqueó una vez más y gimió con fuerza cuando sintió que el orgasmo lo consumía. Sintió que Smaug se estremecía y se metía más profundamente en él cuando llegaba al clímax.
Mientras sus cuerpos comenzaban a relajarse, el dragón salió de él y se recostó detrás de él. Sus brazos lo rodearon con fuerza, como si no quisiera soltarlo nunca. Bilbo se sentía completamente satisfecho, sin embargo, en esos momentos que no estaba cegado por el placer se sintió culpable. Smaug siguió murmurándole palabras de afecto y promesas de felicidad hasta que se quedó dormido. Bilbo no pudo evitar que sus ojos se cerraran también. Sin embargo, su descanso sólo duró unos minutos ya que el dragón se movió y se puso de pie rápidamente.
—¿Qué es? —Preguntó el hobbit, comenzando a vestirse. Su corazón se agitó con angustia, como si esperara que ocurriera algo en cualquier momento.
—Escucha —indicó Smaug—. Orcos. Wargos. Hay una lucha.
Bilbo se cubrió la boca con los labios. El sonido venía de afuera, pero aún se podía escuchar en la lejanía, era el sonido de la batalla y la muerte. Sabía que todos sus amigos estaban ahí y… Thorin. No quería que ninguno muriera. Tenía que haber una manera de ayudarlos.
—Bilbo… ¿estás bien? —Smaug se acercó a él y acarició su rostro, limpiando suavemente las lágrimas que escapaban de sus ojos.
—Mis amigos están afuera —dijo él con voz trémula.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque ellos quieren recuperar Erebor.
—¿Y él está con ellos? —Preguntó Smaug, frunciendo el ceño.
Bilbo supo, por su expresión, que sólo podía referirse a Thorin.
—Sí.
El dragón apretó los puños, pero Bilbo se acercó a él, sollozando.
—Yo me voy a quedar contigo —le prometió, entre lágrimas—, pero, por favor, ayúdalos. No quiero que mueran.
Smaug tomó entre sus brazos a Bilbo; en su rostro había una sombra de profunda tristeza.
—Sólo lo haré por ti. Yo haría cualquier cosa por ti.
El hobbit sonrió y lo besó. Smaug lo acercó a su cuerpo y le correspondió el beso apasionadamente, como si quisiera grabarse el sabor de sus labios en la memoria.
—Cuando todo termine y yo regrese —comenzó, con voz inestable—, tú podrás irte, si eso es lo que quieres.
Bilbo lo observó fijamente, sorprendido.
—¿Qué?
Smaug estaba apretando los puños con tanta fuerza, que el hobbit pensó que se haría daño.
—Todavía lo quieres y aún sufres por él —dijo, tocando las mejillas húmedas de Bilbo—. Yo quiero que seas feliz. Y si tú deseas estar con él yo te dejaré ir.
—Pero…
—No te preocupes, dejaré Erebor —lo interrumpió— y todas sus riquezas. Yo ya no podría vivir aquí, porque tu recuerdo me atormentaría todos los días. Me iré y esperaré hasta que mueras para poder seguirte. Tal vez en otra vida tenga más suerte y me elijas a mí.
—¿Y si decido quedarme contigo?
Un brillo de esperanza iluminó los ojos del cambiante.
—Entonces me harías muy feliz.
Smaug tomó su forma de dragón antes de que Bilbo pudiera decir algo más y se salió del castillo rápidamente, dejándolo completamente solo.
Bilbo se sintió vacío cuando el dragón se fue. Todavía no podía creer que le hubiese ofrecido su libertad, que estuviera dispuesto a dejarlo ir… Y se sintió destrozado cuando recordó la expresión rota en su rostro. Las lágrimas volvieron a brotar de sus ojos; estaba muy confundido, porque ahora, cuando pensaba en la posibilidad de no volver a ver a Smaug, se sentía completamente herido.
