Capítulo XIV
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Lo que está destinado para ti,
Tarde o temprano llegará a tu vida.
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Cuando por fin abrió los ojos, ya era bien entrada la mañana y el sol resplandecía en lo alto del cielo. Pestañeó un par de veces, esperando que sus ojos dorados se acostumbraran a la excesiva claridad del medio día y tuvo que forzar a su cerebro un poco para recordar todo lo que había pasado últimamente.
Muerte.
Lágrimas.
Dolor.
Preocupación.
Aomine.
Se sentó en la cama de golpe, con el sólo recuerdo del moreno. Aunque no había girado el cuello, sabía que había amanecido solo, pero ahora estaba completamente consciente de haberse acostado el día anterior junto a él ¿Qué había pasado? ¿Dónde podía estar? Recorrió con la mirada toda su habitación, sólo para constatar aquello que ya sabía: Aomine no estaba ahí y la verdad era que no tenía idea de dónde podría estar.
No quería ser fatalista ni parecer exagerado, pero al recordar lo devastado que se encontraba el moreno ayer, no pudo evitar pensar lo peor. Y con los nervios de punta y un sudor frío que le recorrió la espalda, erizándole los vellos de los brazos, se puso de pie y salió a la carrera de su pieza.
Sólo sintió que le volvía el alma al cuerpo y podía respirar con normalidad, cuando llegó al living y pudo verlo ahí, sentado en uno de los sillones, mirando concentradamente hacia la ventana. Vestía sólo un pantalón de buzo negro y estaba sentado en una pose relajada, con una de las rodillas flexionada, la que usaba de descansabrazos, el cuello ladeado hacia la derecha le permitía ver tan sólo el perfil de su cara inexpresiva y sus ojos se veían más pequeños de lo común. En ese instante, no supo con certeza si inspeccionaba la cuidad que se dejaba entrever por los amplios ventanales de su departamento, o si por el contrario, seguía tan perdido en sí mismo como lo había estado ayer.
Se acercó con cautela, cuidando no sobresaltarlo, y se sentó sobre la mesita de centro, para poder quedar justo frente a su rostro. Aomine no había dado señas de percatarse de su presencia ahí. Mirándolo de frente, lo detalló mejor: su pelo estaba despeinado y su labio inferior le colgaba ligeramente, estaba perdido en sus pensamientos y parecía ser inconsciente hasta de sí mismo.
—Aominecchi… —su dulce voz viajó por la habitación hasta alcanzarlo.
Contempló por largos segundos, los encantadores ángulos de su rostro varonil, los ojos de un azul profundo, la recta línea de su mandíbula, pero ninguna palabra salió de su boca ¡La vista de su rostro indiferente y su mirada vacía le eran insoportables!
—Todo fue mi culpa —susurró de pronto, sin despegar su vista de la ventana—. Tal vez debí ser más claro con él, decirle desde un principio, que entre nosotros no había nada ¡Tal vez así esto no habría pasado!
Aunque no mencionó nombre alguno, Kise supo a la perfección de quién hablaba y qué era lo que quería decir con sus palabras. Apretó el ceño para mirarlo con preocupación.
—No fue tu culpa Aominecchi… fue un accidente.
—¡Fue mi culpa! Yo nunca debí haberme acercado a él en primer lugar —susurró. Su voz fue amarga—. Todo eso pasó antes de que llegaras tú y debí dejarlo ir cuando te conocí, pero ni siquiera lo pensé ¡Fui incapaz de medir las consecuencias de mis actos! No sólo con él, también contigo… y con todos los que me rodean.
Aomine se interrumpió, como si le costara continuar con aquel relato, las palabras se atoraban en su garganta y sus ojos estaban nublados. Juntó las cejas y las lágrimas brotaron de sus ojos.
—Esto sólo pasó porque soy incapaz de pensar en los demás ¡Encerrado siempre en mi mismo! Fingiendo que no siento nada —hizo una pausa, durante la cual, la seguridad que había mostrado hasta entonces pareció tambalearse— .Traté de convencerme toda la vida que yo no amaba a nadie, que no necesitaba a nadie, que no sentía nada. Pero después de que te fuiste, me di cuenta que eso no era verdad.
Giró su rostro hacia el rubio y lo miró de frente por primera vez, mientras se quitaba las lágrimas con el dorso de la mano. Kise se inclinó hacia delante y sus manos tocaron los costados del rostro de Aomine, depositó sus labios en la frente morena, dándole un suave beso. Aomine sintió cómo el pelo rubio le rozaba el rostro, provocándole cosquillas, y el aroma que percibió en su piel nívea, tan intenso y mezclado con el suyo propio, lo hizo sentir confundido y tuvo que desviar la vista otra vez.
—¡Ya es hora de dejar toda esa historia atrás! —Kise sonrió con mucha suavidad, espontáneamente.
—No sé si pueda hacer eso algún día… No creo poder nunca olvidar todo lo que ha pasado.
-—Olvidar no, pero seguir adelante sí —le habló en un tono conmovedor.
El moreno, ladeó el cuello en su dirección y lo miró fijamente a los ojos con una expresión segura, libre de toda la melancolía que lo rodeaba hace segundos, logrando sobresaltar al rubio que no se esperaba esta reacción. Por el gesto que realizó, Kise permitió albergar la vaga esperanza que estuviera mejor, que el descanso y sueño nocturno le hayan servido para calmar la desesperanza que claramente sentía y que hablar ahora con él, haya logrado tranquilizarlo.
—¿Tienes hambre? ¿Quieres desayunar? —preguntó con voz suave, tratando de cambiar el tema y distraerlo un poco.
—¿Y quién va a cocinar, tú? —Preguntó socarronamente— Además… ¿Sabes qué hora es? Ya casi es hora de almuerzo, Kise.
Parecía completamente recuperado. Su voz había vuelto a adquirir ese tono burlón y arrogante y la sonrisa de lado que cruzó su rostro, pareció mostrar completa normalidad, pero bastaba con ver la tristeza de sus ojos para saber que sólo fingía. Sin embargo, el rubio decidió seguirle el juego.
-—Bueno, almuerzo entonces, ¿tienes hambre? Puedo cocinar algo si quieres.
—¿Cocinar tú? —Lo miró incrédulo— ¿Ya aprendiste a hacer pociones y venenos?
—Muy gracioso…
—No gracias Kise, pero no quiero morir —declaró con una sonrisa de lado—. No quiero ni imaginar la indigestión que me daría si como algo cocinado por tus lindas y cuidadas manos.
—¡Aominecchi! Para que sepas, yo ahora sí sé cocinar de verdad… Comida, no pociones ni venenos —especificó.
—¡Está bien! Voy a hacer como si te creyera —Aomine habló en un suspiro, esbozando una sonrisa—. Pero de todas formas no tengo hambre.
—Ok…
El silencio volvió a caer entre ellos. Ensordecedor en su vacío. Hasta que Aomine dejó que sus labios soltaran la pregunta que había estado rondando su mente todo ese tiempo y que temía hacer.
Desde que abrió los ojos esta mañana y reconoció de inmediato la cama de Kise, su mente formuló aquella pregunta, obvia y dolorosa ¿Por qué estaba ahí? ¿Por qué Kise estaba con él y no con Kagami? Temió que era la pena que había movido a Kise para llevárselo, tal vez creyendo que él no tenía nadie que lo cuidara, que aquello no era más que una medida transitoria y que mañana todo volvería a la normalidad. Se había levantado porque no podía soportar ver el rostro dormido de Kise, sabiendo que en un par de horas lo volvería a perder.
Así que preguntó. No podía aguantarlo más.
—¿Y tu novio? ¿Por qué no está contigo? ¿Decidió soltarte la correa? —preguntó con voz ronca y monótona mientras volvía a mirar a la ventana.
—Me rechazó incluso antes de que me declarara —el rubio admitió encogiéndose de hombros y levantándose para dejarse caer en el sillón a su lado.
—¿Qué? —Kise captó completamente la atención del moreno, pues éste ladeó todo el cuerpo en su dirección y lo miró incrédulo— ¡No te creo!
—-Él y yo nunca fuimos novios —respondió con voz suave sin mirarlo a la cara—. Sólo éramos amigos con ciertos privilegios, pero lo nuestro nunca pasó a mayores.
—¡No te creo!
—¡Piensa lo que quieras imbécil! —gritó hastiado. Su paciencia ya había alcanzado su límite.
—¡Imbécil tu abuela!
Kise se puso de pie abruptamente, soltando un jadeo de consternación. Sonrió con ironía y miró de frente al moreno. La luz del mediodía jugueteaba en sus ojos y su rostro estaba luminoso, turbadoramente bello.
—Yo debo ser un estúpido en verdad —admitió gesticulando con las manos—. ¿Cómo es posible que habiendo conocido al hombre perfecto, haya decidido quedarme con el cretino?
—¿Qué estás diciendo? —preguntó achicando los ojos y ladeando un poco el rostro.
—¡Eso! Que me pude haber quedado junto a Kagamicchi que es dulce, sincero, amable ¡Virtudes que tú no tendrás jamás! —comentó como por casualidad— Pero mi estúpido corazón decidió escogerte a ti a pesar de todo… A pesar de ser un imbécil, cretino, insensible, infiel y desgraciado. A pesar de todo lo malo que me has hecho y de todos tus defectos… ¡Yo te sigo amando!
—No juegues conmigo Kise —declaró con una mezcla de hostilidad e incredulidad.
—¡Te amo! ¿Es que acaso no lo puedes ver? Cretino y todo, te amo igual ¡No! No es eso —se corrigió a sí mismo—. Más bien es un, te amo así ¡A veces creo que si cambiaras, no me gustarías tanto!
—¿Estás hablando en serio?
Silencio.
No respondió y no quiso hacerlo. Todo era culpa de su enorme boca y su ímpetu. No tenía planeado decir todo eso, al menos no tan pronto, pues sabía que había cosas que se debían aclarar antes de ser completamente sincero con Aomine, pero ahora, su rabia ante las mordaces palabras recibidas y su impulsividad innata, lo habían dejado completamente expuesto otra vez, desarmado contra el moreno.
Desvió la mirada, esquivando la penetrante mirada azul del otro, fija en su rostro, y caminó hasta el hermoso piano blanco que tenía la tapa abierta. Se dejó caer con suavidad sobre el pequeño asiento y con delicadeza, estiró los dedos sobre las teclas y las presionó con suavidad. No era ningún músico virtuoso, pero había recibido lecciones desde pequeño, y ahora empezó a entonar una melodía delicada y triste, casi desgarradora en su belleza: Moonlight Sonata, una melodía compuesta por Beethoven, el músico condenado a la soledad perpetua, quien no había nacido para la felicidad ni el amor, y había compuesto esta pieza en honor a un amor imposible… Una melodía que se ajustaba a la perfección a su propia historia de amor desafortunado.
Aomine lo miró tranquilamente, perdiéndose en su contemplación. Su belleza era tanta, que lo distrajo. Pero aunque podría haberse pasado el resto de la tarde simplemente mirándolo, se puso de pie lentamente y se le acercó. Acarició con su mano la superficie suave y brillante del piano hasta que llegó junto a Kise y su mano pasó del frío instrumento a la cálida mejilla. El rubio sólo ladeó la cabeza un poco y cerró los ojos, dejándose acariciar y paró de tocar.
Su piel era tan distinta de todo lo que alguna vez había tocado; suave, aterciopelada, tibia, le provocaba un sinnúmero de sensaciones que le erizaban la piel. Se permitió, al igual que Kise, cerrar los ojos mientras le rozaba con el dorso de los dedos el rostro, concentrándose sólo en las sensaciones que le provocaba.
Cuando abrió los ojos y volvió a hablar, hubo un brillo de profundo dolor en su mirada.
—Yo creí que ustedes de verdad estaban juntos —habló en voz baja, casi triste—. ¡Y eso fue lo más terrible de estar lejos de ti! Tener que ver cómo él hacía todo lo que alguna vez fue mi privilegio… Cómo te abrazaba, cómo te decía lo que necesitabas oír, cómo te protegía, cómo te cuidaba…
—Aominecchi… —lo interrumpió deliberadamente— Es verdad que él me gusta, aún ahora —admitió mirándolo a los ojos—. Pero lo que siento por ti es diferente… Es un sentimiento incontrolable, que no puedo evitar ni entender… Pero aun sabiendo que te amo, no puedo simplemente olvidar todo lo que pasó, no puedo olvidar todo el daño que me hiciste o que nos hicimos mutuamente ¡Ya no sé!
Aomine lo miró intensamente a la cara, despegando la mano de su mejilla. La dulzura de su rostro en ese instante, se le hizo infinitamente hermosa. Sus ojos estaban brillantes y su boca suave, daba una impresión de inocencia.
—Es verdad, yo te he hecho daño, lo sé ¡Sé que tengo las manos sucias! Pero lo único que quiero es estar contigo —susurró mientras se dejaba caer de rodillas al suelo y sostenía las manos del rubio—. ¡Kise, perdóname por favor!
¡Cuánto le había costado susurrar estas simples palabras! ¡Cuántas calamidades tuvieron que pasar para que por fin estuviera listo para decirlas! A pesar de todas las veces que había dañado a Kise, su orgullo nunca le había permitido susurrar una simple disculpa. Sólo hasta hoy, pudo pedir el perdón que debió haber pedido un año y siete meses atrás.
Hizo una larga pausa, dedicándose simplemente a admirar el rostro del rubio. Cuando volvió a hablar, su voz sonaba más grave, un poco áspera.
—He estado mucho tiempo perdido, en la vida —aclaró—. ¡Pero ahora tengo las cosas claras! Antes no sabía qué era lo que sentía por ti, pero ahora sí lo sé. Sé que me gustas, sé que te quiero, sé que te amo y que te necesito
Silencio.
Kise no respondió. Se retrajo en sí mismo sin saber qué pensar. Tenía miedo, esa era la verdad. Ya había reconocido que aún amaba a Aomine, pero el temor a sufrir por su causa, era aún latente. Aomine pareció percibir su duda, porque volvió a hablarle, cada vez con voz más segura.
—¡Ya no quiero huir más, Kise! le temo y odio a la soledad, pero nunca me he permitido amar libremente, ni que me amen en retribución ¡He vivido la vida entera con miedo! —dijo cerrando los ojos con fuerza para evitar llorar, sin soltar las manos del rubio. Hizo una pausa y tomó una gran bocanada de aire— Pero ya no quiero vivir más así ¡Ya no puedo hacerlo! Porque aunque siempre he sido un luchador, ahora me di cuenta que sin ti no soy nada.
—¿Y qué seguridad tengo de que no volverá a pasar otra vez lo mismo de antes? —El rubio preguntó mirándolo con ojos acuosos y tristes— ¡Entiéndeme a mí también! Tengo miedo de volver a sufrir por ti.
—Sé que no puedo remediar los errores que cometí en el pasado, pero sí puedo prometerte que todo mi futuro será para ti —afirmó. Mientras hablaba, lo miraba a los ojos y sus palabras estaban revestidas de seguridad—. Sé que me he perdido muchos momentos contigo. Que cuando más me necesitaste, yo no te apoyé, no te acompañé ¡Sé que te dejé solo! Pero te juro por lo más sagrado que no te volveré a dejar nunca más.
Kise lo miró desde arriba. Su rostro bronceado y varonil se veía sombrío, o tal vez melancólico. Sus cejas se juntaban en una expresión suplicante y tenía los ojos acuosos. Su labio inferior temblaba cada vez que hablaba, pero su voz se oía decidida, firme y convencida.
—Kise ¡Dame otra oportunidad!
—Tengo miedo… Tal vez porque te amo demasiado —susurró tiernamente.
—Puedo estar toda la tarde enumerando con las palabras cursis que tanto te gustan, todo lo que soy capaz de hacer por ti, pero prefiero demostrártelo con hechos… ¿Me dejarías? ¿Me dejas demostrarte cuánto te amo?
Aomine besó con suavidad el dorso de la mano nívea que aún mantenía entre las suyas y se puso de pie, esperando por la respuesta. Kise lo imitó y se le acercó con paso lento ¡Qué dulce era su cara en ese momento! Revestida de inocencia y preocupación. Era demasiado bonito para ser simplemente bello, porque su belleza eclipsaba cualquier otra cualidad que pudiera tener y distrajo al moreno de todo lo que existía alrededor. El rubio se puso de puntillas para alcanzar el rostro del otro muchacho, un movimiento lleno de soltura y elegancia, y cerrando los ojos, lo besó en los labios.
Esa fue toda la respuesta que necesitó. Aomine deslizó sus brazos por la cintura del rubio y lo atrajo a su cuerpo, en un movimiento lleno de sutileza y suavidad, respondiendo al dulce beso de su sol.
—Te amo… Nunca he dejado de hacerlo —Kise le susurró con una sonrisa súbita. Tan pura y cálida.
—Te amo, desde siempre y para siempre —respondió tomándole el rostro entre las manos, apoyando su frente en la del otro.
Naturalmente, Kise sabía que no todo se solucionaría así de fácil, con un simple beso. El dolor que ambos guardaban en el corazón era demasiado para desaparecer de la noche a la mañana, pero él estaba dispuesto a trabajar día a día para hacer que su relación funcionara. Lo quería ¡Lo quería tanto, que estaba dispuesto a hacer todo por él!
Volvió a besarlo, esta vez, enlazando sus brazos en el cuello del moreno, cerrando los ojos con fuerza y perdiéndose en la profundidad del sentimiento que acarreaba aquel contacto. Expresando con sus labios todo el amor que sentía por él. Sintió que la boca suave de Aomine le aprisionaba los labios y ansiando tener más contacto con él, sacó la lengua para delinear los labios contrarios, adentrándose en la cálida profundidad de su boca.
Pero el insistente timbre de su celular, derrumbado en uno de los sillones, lo distrajo y tuvo que separarse del moreno para poder contestarlo. Inicialmente pensó que se trataba de Kotaro Aomine que como era lógico, quería saber cómo había amanecido su hijo y si todo marchaba bien, por eso corrió hasta tomar el aparato entre sus manos, pero al ver el nombre escrito en la pantalla, su rostro palideció.
Se mordió el labio con frustración y pareció dudar de sus acciones, estaba parado mirando el celular en sus manos que no paraba de sonar, con la cabeza levemente gacha, pero finalmente, se giró hacia Aomine y le habló con voz neutra.
—Es para ti —dijo lanzándole el teléfono—. Es Satsukicchi.
Aomine frunció el ceño levemente y contestó la llamada.
—Satsuki, ¿pasa algo?
Una sombra de duda cruzó su rostro moreno, que segundos atrás se veía sereno. De pronto se dio vuelta y caminó lentamente hasta los ventanales, se apoyó con el antebrazo en uno de los cristales y recostó la frente en la fría superficie. No había mencionado palabra alguna, se dedicaba a escuchar a la pelirrosa.
Kise no le había quitado los ojos de encima y con movimientos desganados, se dejó caer sentado en uno de los sillones, soltando un suspiro fuerte y pesado que pareció invadir el ambiente de pesimismo.
—Estoy bien, tranquila —Aomine respondió con voz grave—. ¡Está bien! veámonos allá —fue lo único que dijo antes de colgar.
Su conversación con la chica había sido escueta, más bien se había dedicado a escucharla y aceptar su propuesta sin la menor vacilación, como tantas veces antes. Se despegó del cristal y dio la vuelta para mirar a Kise, y caminando lentamente en su dirección le devolvió el celular en la mano. Su rostro se veía ahora completamente inexpresivo, era imposible leer su reacción ni sus intenciones, pero de todas formas, eso no tenía caso, porque Kise ya había sacado su propia conclusión.
—Satsuki quiere que nos encontremos ahora —dijo. Su voz se oía terriblemente seria.
En respuesta, Kise soltó una leve risa amarga. Comprendía la situación perfectamente ¡Todo había vuelto a ser como antes! Satsuki, la eterna prioridad de Aomine, por supuesto que él correría hacia ella, siempre preocupado por la pelirrosa, él nunca le había negado nada ¿Y por qué tendría que hacerlo ahora? Después de todo, nada había cambiado. Ahora Aomine volvería a marcharse y él volvería a quedar solo.
Se volvía a sentir herido por el amor de Aomine, pero se negó a dejar que las lágrimas que se alojaron en sus ojos, salieran de ahí. Respiró con fuerza y se masajeó el puente de la nariz, buscando en vano tranquilizarse.
Aomine comenzó a caminar con lentitud, con pasos más bien desganados, encaminándose hacia la habitación, pero al ver que Kise no se movía en lo más mínimo, dejó de caminar para voltearse a verlo, extrañado.
—¿Qué haces ahí sentado? ¿Piensas ir así? —preguntó serio, pero había un tinte de curiosidad en su voz.
—¿Qué?
—Bueno, si quieres ir en pijama es tu problema, pero yo no pienso ir así —hizo un gesto con las manos, señalando la escasa ropa que vestía—. ¡Así que vas a tener que prestarme algo! Decente… —especificó.
—Quieres decir que… ¿Quieres que vaya contigo? —preguntó con duda.
Aomine lo miró sin entender su pregunta, ladeó la cabeza hacia la derecha, como si con cambiar el ángulo de su visión, pudiera entender mejor la pregunta del rubio, pero sólo logró ver la misma expresión insegura en el rostro de Kise. Devolvió sus pasos y se acercó al rubio que no se había movido del sillón, se acuclilló frente a él y recorrió con ambas manos sus largos muslos por debajo del short. Su rostro se veía dulce cuando miraba al rubio.
—¿Qué clase de pregunta es esa? ¡Claro que quiero que vayas conmigo! —Habló con voz suave, mirándolo a los ojos— No quiero separarme nunca más de ti. Si por mí fuera, te cosería a mi piel para tenerte junto a mí siempre.
—¡No, qué horror! —bromeó ante las exageradas palabras del moreno.
—¡Maldito rubio bastardo! —exclamó tomándolo de la cintura y levantándolo del sillón— Aunque no quieras, vas a tener que estar conmigo ¡No tienes escapatoria!
—¡No! Esto es una injusticia —Kise se quejó en medio de fuertes risas.
Aomine lo levantó a la fuerza, en medio de las protestas de Kise, pero sin parar de reír, éste se afirmó de sus hombros y le pasó las piernas por las caderas, hasta quedar seguro entre sus brazos. Sólo ahí, Aomine se lo llevó cargado hacia la habitación. Y sin siquiera ser consciente de ello, la espontaneidad de Kise, logró sacarle la primera risa del día… Una risa que creyó que no recuperaría jamás.
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— II —
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Cerca de una hora después, llegaron al lugar acordado. Kise no había preguntado dónde era ni con qué objeto Satsuki lo había citado ahí, pero al bajar del taxi, supo exactamente dónde se encontraban: el cementerio.
¡Qué extraño lugar para citar a alguien! ¿Qué estaría pensando Satsuki? ¿Por qué le habría pedido a Aomine encontrarse en ese lugar? Tan sólo hace un día que habían estado ahí y el moreno no había salido precisamente bien de toda esa experiencia, así que no pudo evitar la preocupación ni el temblor en sus manos al volver a pisar ese lugar.
Miró en todas direcciones buscando a la pelirrosa, pero no la vio en ninguna parte, así que siguió al trote a Aomine, que se había bajado del taxi y había caminado directamente hasta un puesto de flores y ahora compraba dos preciosos ramos, uno de hortensias celestes y otro de azucenas. Obviamente las primeras eran para Kuroko, pero no tenía idea para quién eran las segundas.
Aomine tomó los dos ramos con su mano izquierda y se guardó la billetera en el bolsillo posterior del jeans azul de su propiedad que había encontrado en el departamento de Kise. Se dio la vuelta y estiró la mano libre hacia el rubio.
—¿Vamos? —pidió. Su rostro se veía un poco triste, pero sereno.
Él le sonrió con amplitud y se sostuvo de su mano. Su sonrisa amplia y sincera que parecía ir tatuada en su rostro, provocó un tibio reflejo en el moreno, que se la devolvió con una mezcla de ternura y dulzura.
El trayecto fue largo y transcurrió en completo silencio. Aomine caminaba con paso lento, pero firme, completamente concentrado. De vez en cuando, paraba de caminar y miraba en todas direcciones, vagamente perdido en aquel laberíntico lugar, pero enseguida retomaba el paso con la misma seguridad de antes. Kise no le preguntaba nada, pero no dejaba de vigilarlo por el rabillo del ojo, sin saber con exactitud hacia dónde se dirigían, hasta que finalmente se detuvieron frente a una tumba.
Era antigua, parecía abandonada y en desuso. Flores marchitas y achicharradas por el sol se doblaban sobre sus tallos dentro de los únicos dos floreros de cemento anclados a la misma sepultura, hierbajos habían comenzado a brotar por entre las grietas del cemento y la fotografía expuesta a los inclementes rayos del sol y a la lluvia, se había borrado. Sólo el nombre de Anki Aomine esculpido sobre la roca, permanecía inamovible y atemporal, y fue sólo hasta ese instante que Kise comprendió de quién se trataba: era la tumba de la madre del moreno.
—No estaba seguro si iba a poder llegar hasta aquí —confesó soltándole la mano y acuclillándose frente al monumento—. ¡Hace años que no la visitaba! Y no sabía si podría encontrar su tumba.
Con delicadeza sacó las flores marchitas y depositó el fresco ramo de azucenas en los dos floreros ubicados a cada lado del nombre. Luego quitó las hierbas y las hojas secas hasta dejar nuevamente el monumento en un estado presentable. Recorrió con la punta de los dedos el nombre esculpido y sus ojos parecieron entristecerse más aún.
—¿Esas flores le gustaban? —Kise le preguntó acuclillándose a su lado.
—La verdad es que no lo sé… Recuerdo muy pocas cosas de ella —comentó con voz baja, sin apartar la vista de la fotografía.
Kise en cambio, no había dejado de mirarlo a él en ningún momento, detallando cada una de sus acciones. Sabía a la perfección que la madre del moreno había fallecido hace mucho tiempo, pero nunca había oído nada sobre ella y Aomine nunca le había querido decir nada, hasta su nombre era un misterio para él, por eso le pareció tan conmovedor que ahora lo haya llevado ahí.
Kise lo comprendió al instante, esa era una prueba de que el moreno le estaba abriendo su corazón.
Sonrió con dulzura y estiró el cuello hasta depositar un beso en la mejilla morena, un beso corto y suave, y luego se puso de pie, alejándose un par de pasos de Aomine para darle el espacio que necesitaba en un momento así. Y el moreno pareció agradecerle con la sonrisa que le lanzó a la distancia antes de fijar su vista nuevamente en la tumba, reconciliándose por fin con su pasado.
Permanecieron ahí un rato más, hasta que Aomine exhaló un fuerte suspiro y se puso de pie, pero antes de marcharse, se besó la punta de los dedos y los dirigió hasta la fotografía de la mujer, un sincero beso de despedida.
—Nos vemos vieja… No voy a volver a perderme ¡Ya lo verás!
Cuando llegó junto a Kise, y volvió a tomarse de su mano, había una profunda paz en su mirada y sus labios eran decorados por una sonrisa tranquila. Buscó la boca del rubio y lo besó con suavidad, tomándolo del mentón, y antes de romper el contacto, depositó tres fuertes y sonoros besos en su aterciopelada boca.
—Gracias por acompañarme —susurró distanciándose de la boca del rubio.
—Gracias a ti por traerme.
Volvieron a caminar, sin soltarse de las manos, hasta que llegaron a la tumba de Kuroko. Satsuki ya los esperaba ahí, sentada en una de las tumbas contiguas a las del peliceleste. Había encendido incienso y el suave aroma se esparcía por todo el lugar mientras el humo subía en espiral hacia arriba. Al escuchar sus pasos, la chica se giró abruptamente en su dirección, y pareció sorprenderse de la presencia del rubio en el lugar, porque lo miró directamente, con el ceño fruncido.
—¿Ki-chan? ¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó mientras se ponía de pie.
—Vino conmigo ¡De ahora en adelante, vamos a estar juntos por siempre! —Aomine respondió en su lugar. Su voz era firme al igual que su mirada.
—¿Qué significa eso? —el timbre de voz de Satsuki era agudo, más aún cuando se sentía intrigada.
—Simplemente eso —reconoció. Su voz volvía a ser grave y neutral, se oía potente en medio de la quietud del cementerio—. Por fin hicimos las paces y de ahora en adelante, no permitiré que nada nos separe.
—¡¿Y qué hay de nuestra promesa?! —la pelirrosa preguntó casi en un grito, mientras su mirada reflejaba incredulidad.
Aomine no respondió. Desvió la atención de la chica y miró, por primera vez desde que habían llegado, la sepultura de Kuroko. Se soltó de la mano del rubio y caminó hacia la tumba del peliceleste, para colocar el delicado ramo de flores en uno de los jarrones, frente a la mirada impaciente de la pelirrosa, y después de permanecer unos minutos contemplando el monumento póstumo, se giró para ver a la chica de frente.
—Después de todas las cosas que me han pasado, Satsuki, finalmente me di cuenta que la única persona que necesito para ser feliz es Ryouta y cómo te dije antes ¡Nadie podrá separarnos!
—Esa no es una respuesta a mi pregunta. ¿Vas a olvidar nuestra promesa?
Aquella promesa, un juramento pronunciado por dos infantes que se sentían solos y rechazados por sus padres. Un compromiso que los unía a ambos a permanecer juntos de por vida, dándose el apoyo y compañía mutua que siempre se habían dado ¡Era un juramento hermoso! Pero se había transformado en una atadura.
—Sí. Por Ryouta sí —confesó con voz calmada y firme—. ¿No te das cuenta? Esa promesa no tiene sentido ahora, porque alejarme de él sería como mi sentencia de muerte.
—Dai-chan…
—Satsuki… Tú y yo creímos que nos teníamos mutuamente, creímos que así no estábamos solos, pero la verdad es que siempre estuvimos solos.
—¡No estábamos solos! Yo te tenía a ti, así como tú me tenías a mí —la chica replicó con lágrimas en los ojos.
—¡Eso aún puede seguir así, Satsuki! —Aomine elevó la voz por primera vez— Nosotros podemos seguir siendo amigos ¡No tenemos que distanciarnos por esto! Pero debes entender que no hay nadie más en mi corazón además de Ryouta.
Ella no respondió, se cubrió el rostro con ambas manos y comenzó a llorar. Su delicado cuerpo se agitaba debido a la intensidad del llanto y cuando retomó la palabra, su fina voz tenía un toque de amargura desgarradora ¡Qué frágil se veía!
—¡Esto no es justo! Primero Tetsu-kun y ahora tú… ¡No puedo perderlos a los dos!
Aomine desvió la mirada hacia la tumba del peliceleste, como si al oír nuevamente su nombre, recordara de súbito la existencia de la sepultura, y cuando volvió a hablar, lo hizo mirando fijamente el nombre ahí grabado.
—Yo no quiero que vuelva a pasar lo mismo que con Tetsu otra vez, por eso te lo digo aquí y ahora, con Ryouta de testigo… Él es el único al que amo y es la única persona con la que quiero pasar el resto de mi vida.
Kise se había transformado en un mero espectador, como si todo aquel drama no le incumbiera para nada o fuera parte de una obra, pero la verdad era que sentía que no tenía derecho de entrometerse ahí, esa era una despedida que debían darse ambos chicos y él, había sido invitado por una sola razón: para ser testigo de los actos de Aomine, para tener certeza que él estaba rompiendo con sus ataduras del pasado y que de ahora en adelante sólo existirían ellos dos.
