Act. XIV

Apenas alcanzó a desaparecer de las miradas ajenas se permitió derrumbar en el piso. Así de cansado estaba; pero no permitiría que alguien supiera su debilidad. Y ésta era que, cuando usaba su poder para curar, este le cobraba un alto precio a su cuerpo; sólo dejándole dos formas de recuperar la fuerza perdida y la cordura de sus pensamientos. Debía hacer algo para separarse a él de aquello que había curado.

Recargado en la pared de un pasillo solitario del castillo, Zoisite jadeó por aire mientras se sujetaba las costillas y se encorvaba para proteger su vientre de un dolor que había hecho suyo. Apretó la quijada con fuerza para recordarse que ese dolor no era suyo en verdad y se obligó a respirar profundo un par de veces para calmarse. Apenas notaba el sudor en su piel mientras la sensación de las heridas de Lady Beryl llevaba a su espina un lacerante dolor.

Necesitaba a alguien. Al que fuera.

Necesitaba recordar las sensaciones de su propio cuerpo y olvidarse de las ajenas.

—Zoisite, ¡Zoisite! —gritó a media voz una Mercury asustada, mientras lo agitaba por el hombro.

Zoisite llevó su mano a la de ella en su hombro y la apretó contra su cuerpo.

—Zoisite, ¿qué te sucede? —susurró Mercury preocupada mientras sentía las manos del Caballero recorrerle el cuerpo.

Tras conocerlo, el Caballero Zoisite nunca le había parecido nada más que vivaz, inteligente y capaz de lograr cualquier cosa. El haberlo encontrado en el suelo, sufriendo, la estaba comenzando a preocupar. No sabía si estaba enfermo o qué le aquejaba. Y así no podía hacer nada para ayudarle. Sintió las manos del Caballero recorrer su espalda y bajar hasta su cintura antes que él se encorvara hacia el frente y cayera al piso con un gruñido de dolor.

—¿Qué te sucede? —repitió asustada, casi en una súplica mientras acomodaba su cabeza sobre sus piernas y pasaba su mano por el rostro sudado. Había visto a algunos terrícolas hacer aquello, y ella sólo podía justificarlo como una rudimentaria forma de medir la temperatura de otro. Y él estaba ardiendo.

Ante su toque, Zoisite relajó el gesto doliente que tenía y siguió, con el rostro, la mano que lo tocaba; como buscando un mayor contacto. Mercury entendió el gesto como uno aprobatorio y no se detuvo. Recorrió sus facciones hasta llegar al cabello y allí se detuvo con ligeras caricias a las ondas castañas.

—¿Te sientes mejor? —preguntó quedamente habiendo visto una ligera mejoría.

—Es mejor que nada —balbuceó Zoisite antes de desmayarse… o quedarse dormido, supo Mercury en cuanto él se movió un poco para pegarse más a ella.

Ella sonrió por la respuesta y de inmediato se preguntó por todo lo demás. ¿Qué lo había dejado así? ¿Qué tan mal se encontraba? ¿Debería llamar a algún terrícola para que lo llevaran a un doctor? ¿Qué podía hacer por él? Y ¿Cómo? Mientras sostenía al Caballero y buscaba aliviarlo con los mismos toques que antes habían parecido servir de algo, Mercury sólo podía preguntarse todo aquello sin llegar a ninguna respuesta.

Siempre le sentaba mal el no encontrar respuestas a sus preguntas pero, esta vez, se sentía más impelida a cuidar al Caballero que a buscar sus respuestas.

Sonrió ampliamente para ella misma. Al final, esta era la respuesta a interrogantes que se había hecho antes de bajar a la Tierra por la Princesa. Zoisite se había convertido en aquello capaz de separarla de su mundo interior; así como la Princesa, pero diferente.

.

Cuando Zoisite despertó, apenas recordaba dónde se había quedado dormido. Y, cuando abrió los ojos para ver a Mercury, la encontró concentrada en otra cosa. Apenas se enteró que ella estaba desarmando uno de sus aparatos, ya estaba molesto porque ella estuviera pensando en otra cosa.

Él estaba celoso… de una máquina…

Vaya cosa: él, celoso de un objeto. Sería una mala broma si aquella mujer no fuera ella. Sólo celarla a ella era digno, y eso era por su inteligencia, por su sagacidad, por la gracia de sus movimientos y por esas largas piernas que le obligaban a seguir el camino hacia la figura completa. Entonces recordó una cosa más de ella y sonrió halagado.

—¿Por qué estás nerviosa? —preguntó sin haber movido su cabeza de aquella tibia piel.

—Por nada —respondió tajantemente sin apartar la mirada de aquello que hacía—. ¿Ya te sientes bien? —dijo con una demanda implícita.

—Lo suficiente como para llegar a mi cama —dijo secamente al haber sido corrido del contacto con esa piel, y de forma tan contundente.

—¿Vas a estar bien? —siguió, en tono llano.

—Estaré mejor en un par de días —logró responder mientras se ponía en pie. Un ligero mareo lo aquejó, pero se sostuvo de pie sin necesitar buscar más apoyo.

—Creí que el contacto humano te ayudaría. Eso parecía ayudarte —dijo, aún desde el suelo, sonando sus palabras a una ligera interrogación.

—El contacto físico que tuvimos apenas fue suficiente como para llegar a mi habitación —y no mentía. Aún podía sentir cada uno de los golpes que Lady Beryl había recibido, aún los sentía como propios; aún estaba cansado. Indignado, alzó la mano para despedirla ya que ella ni siquiera se había levantado del piso; así que más despedida no recibiría de él.

—¿Cuánto más necesitas? —preguntó ella viéndolo desde su posición.

Zoisite abrió los ojos con sorpresa ante la pregunta. Estaba entre mentir para salvar su orgullo, decir la verdad y sentirse débil o usar la verdad para sacar provecho de ella. Desde luego, se inclinó por la tercera. Él obtendría algo, ella lo disfrutaría bastante y, todo en consideración, él por fin la tendría… aunque ella sólo sintiera cariño —y no amor— por él.

Como siempre que no trataba con enemigos, todos saldrían ganando.

—Mucho más —respondió entonces, con un tono cargado de doble intención.

Mercury entrecerró los ojos por la fracción de segundo que le costó reunir los varios significados de la frase con los posibles significados de los tonos. Como si de una matriz matemática se tratara, los posibles significados fueron presentados y estaban en espera de que ella hiciera la elección que más se sujetara a lo que conocía del Caballero. Ella tomó su decisión antes siquiera de saber que la había tomado.

—Quiero ayudarte —dijo al tragar con nerviosismo.

Sólo después de decirlo, sus propias dudas saltaron a su mente y miedos que desconocía tener se revelaron. Si había elegido la opción incorrecta…

Zoisite asintió casi formalmente, casi desconfiado.

—Vas a tener que pararte de ahí —avisó secamente.

Mercury enrojeció de inmediato.

—Tengo las piernas entumidas —confesó mientras agachaba la mirada al piso y el rojo en su rostro apareció de inmediato.

—Maldita sea, Mercury. Dime eso cuando pueda cargarte en brazos —lanzó Zoisite como una queja de derrota. Mercury rió apenada, sin subir la mirada. De los celos y la herida de rechazo que había sentido en el pecho, Zoisite ya no sentía nada.

Ambos, en precaria situación, se miraron abochornados por la espera ante lo que ambos sabían pasaría entre ellos.

Ella se incorporó al fin y le ofreció su hombro para llevarlo a su habitación.

Él la llevó a su cama.

No bien cayeron juntos sobre las cobijas, Mercury sintió el cuerpo de Zoisite pegarse al suyo. Se tensó en una respuesta inconsciente y entonces sintió a Zoisite poner un brazo en su cintura y relajarse.

—¿Zoisite? —preguntó tímidamente. En parte decepcionada porque él no siguiera.

Ella tocó la mejilla del Caballero al darse cuenta que se había dormido. Sonrió una vez más por culpa de aquel; él no había mentido cuando dijo que sólo podía llegar hasta su cama.

Preguntándose qué tanto contacto físico requeriría antes de mejorar, ella lo abrazó pegándolo a su cuerpo lo más que pudo.

—Recupérate pronto —le susurró acomodándose y comenzando a acariciar su espalda.

.

En cualquier otro momento se hubiera sorprendido al ver aquella cueva abierta de nuevo. La barricada que había ordenado construir para sellar esa entrada había desaparecido pero no estaba sorprendida; no podía sorprenderse. Caminaba por una inercia ajena a su cuerpo, veía sin ver y ni siquiera sentía el frío de la nieve atravesando su vestido de fino tejido.

Fue llevada por sus pies hasta la entrada de la cueva y más allá. Aun con los ojos entrecerrados por la derrota que sentía en el alma, no chocó contra rocas, no se tropezó y no resbaló en su camino. Sólo se adentró más y más en una cueva que no le era conocida, aunque cualquiera que la viera caminar por ella, juraría lo contrario.

Cuando el pasadizo oscuro terminó, ante sus pies se descubrió un acantilado y una bóveda de inmensas proporciones. Beryl abrió los ojos sintiendo, por primera vez en el camino, una emoción. Le sorprendió la magnificencia a sus pies.

Una ciudad esculpida en piedra se descubría ante sus ojos acostumbrados ya a la oscuridad. Bajo sus pies —a las faldas del acantilado—había pequeñas casas sin madera en las puertas ni en las ventanas, calles angostas y anchas que describían un patrón que dirigía al fondo de la bóveda. Allí, como un majestuoso centinela observando, se erguía un castillo. Con columnas, que parecían sostener el peso de la cueva y abrir las entrañas del planeta al mismo tiempo, balcones de piedras, patios empedrados… y una absoluta falta de vida, Beryl había encontrado el corazón del Reino Oscuro.

Corazón…

Ahora que el suyo había sido destruido, tal vez pudiera reponerlo con éste.

Sintió una corriente de aire una vez más, como si la incitara a seguir… como si la guiara. Y ella se dejó guiar.

Sin ver, realmente, la decoración o el interior de las salas que cruzaba, Beryl sentía saber lo que necesitaba del castillo mientras se adentraba más a cada paso. Sus pasos hicieron eco por los vacíos pasillos y cuando bajó unas escaleras descendientes.

Más cueva rodeaba esas escaleras, más oscuridad. Hasta que se encontró de cara con una puerta. Pesada piedra, tallada con los mismos diseños que el resto del castillo, se erguía inmóvil frente a ella.

Cuando acercó la mano para tocar aquella piedra que parecía húmeda, ésta se abrió sin siquiera un roce. Si había creído que una oscuridad absoluta había dominado la cueva, se había equivocado. El interior tras aquella puerta era negro como si consumiera cualquier luz a su alrededor. Cuando ella exhaló para cobrar valor, aquella oscuridad exhaló también. Aquello le llegó a Beryl como una ráfaga de viento, cálido y cargado; nada reconfortante. Tragó saliva como si dudara por última vez.

"Reina Beryl"

Sonó de nuevo la voz de Metallia. Ya no sabía si la escuchaba de esa oscuridad absoluta o en su cabeza.

—¿Metallia? —dudó el nombre.

"Te otorgaré un enorme poder. Invadirás la Luna para obtenerlo."

—Yo no puedo llegar a la Luna —soltó casi desesperada.

"Te llevaré a ti y a tu ejército. Pero deberás tomar el infinito poder del Cristal de Plata y entregármelo. Sólo así te daré lo que deseas y el Príncipe será tuyo."

—¿Cuál ejército? —gritó histérica tras haber recordado la masacre del último al que dirigía.

"Tendrás tu ejército. Me darás el Cristal de Plata. Obtendrás a tu príncipe. ¡Reinarás!"

—Dame ese poder del que presumes, Metallia. Tendrás ese Cristal mientras yo tenga lo que me has prometido —dijo sonando derrotada por última vez.

Y, habiéndose rendido ante su deseo, Beryl anduvo de regreso a la superficie. Metallia también, viéndose como una nube negra y roja, anduvo tras ella como si fueran los sentimientos más nefastos de la mujer concentrándose en una estela que salía de Beryl misma.

Beryl caminó entre los pueblos del Norte. En cada uno de ellos las mismas palabras se repetían. Los súbditos preguntaban "¿Qué sucede, Reina Beryl?", y ella respondía "Los lunares han envenenado la mente del Príncipe Endymion. Estamos en guerra con los lunares.". Y, en cada pueblo y poblado, hombres y mujeres tomaban armas y azadones, escudos y palos mientras sentían la protección de aquello que nadie veía como una nube roja y negra; pero que todos sentían como rabia, envidia y deseo de venganza.

Mientras encabezaba esa oscuridad, siempre mirando al frente, Beryl no se percató de lo que tenía atrás.

.

Sentado frente a los últimos reportes del Reino, Endymion se encontraba en una encrucijada. ¿Podría confiar en ellos?

Tras haber escuchado que muchos llamaran a su amiga "Reina Beryl", haber escuchado de la revuelta de los dos traidores y no saber si aquellos cabecillas habían sido muertos por la mano o el mandato de Jedite o por la batalla misma, no sabía en qué confiar.

Además, tenía que pensar en la seguridad de Serenity, porque, aun siendo seguro el interior del castillo, la situación entre los Reinos del planeta no lo era. Tenía que hablar con ella y hacerla volver a la seguridad del Milenio de Plata.

En ese punto dudó un segundo. No quería separarse de ella, pero no haría nada para ponerla en peligro. Por primera vez dudó, también, de la decisión que había tomado al proponerle matrimonio; al querer unir el Reino de la Tierra y el de la Luna. Sabía que sólo el Cristal de Plata podría proteger a la princesa de todo mal. En la Tierra ella podía ser lastimada, herida… muerta.

No. Él no permitiría que le pasara nada. Y no iba a perderla, se aseguró. Él iba a conseguir un lugar seguro para Serenity y éste sería a su lado —aunque por el momento no pudiera dárselo—; y, si para eso tenía que hacer que el planeta Tierra aceptara a los Selenitas, lo haría. Si tenía que acabar con el Reino Oscuro, lo haría. Si tenía que mandarla lejos… lo haría. Y volvería por ella.

Aunque le tomara años lograrlo.

—Te lo prometo, Serenity —dijo en voz alta, como si con ello sellara un juramento.

—Príncipe —lo llamó una voz que conocía en su fuero interno—. El planeta está en peligro. Despierte.

—¿El planeta? —repitió confundido. La voz apacible de ese niño, que antes había creído conocer, ahora la sabía ajena a sus recuerdos.

—El odio se reúne, el resentimiento pisa con fuerza el camino, la venganza marcha sobre la vida y la ambición busca reina. El planeta está luchando. Despierta, príncipe Endymion, y lucha para proteger tu planeta. ¡Príncipe!

Endymion se despertó para darse cuenta que era sacudido por alguien.

—¡Príncipe! —lo urgió una voz que conocía bien.

—¿Kunzite? —balbuceó despertando casi por completo—. ¿Cuándo me quedé dormido? —comenzó a decir mientras se tallaba la cara para despertar por completo. Se quedó a medio movimiento en cuanto recordó las palabras de un chico al que conocía tan bien como también le era un completo extraño.

—Lo llamé varias veces y no despertaba. Comenzaba a temer que su sueño no fuera por motivos naturales.

Con esas palabras, algo se acomodó en el cerebro del Príncipe. Esas palabras eran un mensaje de Elysion. Se separó de su escritorio en raudo movimiento y se hincó sobre la piedra del suelo esperando que aquello sirviera.

Las imágenes que plagaron su mente le supieron amargas. Un ejército formado por sus súbditos y dirigidos por Beryl marchaban hacia el castillo destruyendo todo a su paso.

Endymion dejó caer una lágrima al ver a su amiga —a la que había sido su amiga— enfrentarse así a él.

—Kunzite —dijo el Príncipe mientras se ponía regiamente en pie—, llama a mis Caballeros. Estamos en guerra.

Kunzite se quedó inmóvil durante el segundo que tardó en procesar las palabras escuchadas.

Lady Beryl no había sido encontrada en el castillo después que Zoisite la curara, el movimiento de sedición no había muerto con sus cabecillas. El grueso del ejército había sido devastado en la última batalla contra el Reino Oscuro. El estratega entre los Pilares del Imperio había sido distraído e inutilizado… Ahora todo le parecía planeado con anticipación.

Necesitarían refuerzos… Ayuda al menos. Y no sabía si podían confiar en los habitantes de su propio planeta.

—Príncipe —comenzó con un tono de severa obediencia que dejaba implícita la aceptación de las órdenes—. Por el estado de nuestro ejército, me permito pedirle permiso para requerir la asistencia de las guardianas planetarias.

Ante la petición tan formal que Kunzite le hacía, se tomó tres segundos para pensar en su respuesta. Aunque quisiera evitarlo, las necesitaba. Y las necesitaba para cuidar a Serenity.

—Llama a los Caballeros y a las guardianas planetarias.

Con un severo asentimiento Kunzite dio media vuelta para ir a cumplir la orden. Endymion lo miró marchar y cerró los ojos sintiendo el peso de sus decisiones por adelantado. Si Kunzite pesaba que guardianas planetarias y Caballeros pelearían brazo con brazo en esta guerra, él iba a decepcionar a su Caballero.

.

Despertó de golpe. Las imágenes de su sueño le habían repetido cada una de las heridas que Lady Beryl había recibido. Mientras que las explicaba —y le dejaba saber qué había sucedido en el campo de batalla— el dolor se esparcía, se diluía, en los momentos de oscuridad inconsciente dando paso a las sensaciones que eran verdaderamente suyas. Y sentía un cuerpo pegado al suyo.

Apenas miró de reojo para ver el azul del cabello de Mercury, se sorprendió por la escena. Antes de moverse más sintió, también, que el cuerpo de ella lo abrazaba. Además de eso, sentía una debilidad diferente a la anterior, un ligero mareo y hambre… mucha hambre. Se preguntó cuánto tiempo habría estado durmiendo.

La verdad fuera dicha, se sentía débil pero funcional. Y era gracias a Mercury que ya no estuviera incapacitado.

Abrió la palma de su mano tratando de reunir poder allí, en esto sí falló. Aún le faltaba un tanto más para recuperarse. Se removió en la cama y entre los brazos de ella y le acarició el flanco por la espalda. Y es que su mano no podía detenerse de tocarla teniéndola tan cerca como la tenía.

Mercury despertó lentamente, estiró cada músculo de su cuerpo sin moverse realmente de la posición en la que estaba y bostezó antes de abrir lentamente los ojos. En un segundo, el azul profundo se clavó en Zoisite y su mano voló a la frente del enfermo.

—Aún no te ves bien —dijo ella, aliviada por la temperatura que sentía en la piel ajena—. Llevas dos días sin comer, pero no me atreví a despertarte —dijo apartándose de él con la intención de salir de la cama—. Voy a traerte comida.

Zoisite alcanzó a sujetarla por la mano y la jaló de vuelta a la cama, pero no a su abrazo.

—La comida puede esperar —anunció—. ¿Has estado aquí todo este tiempo?

Ella asintió una vez.

—Lo siento —comenzó ella sintiendo que había sobrepasado un límite importante—. No quería incomodarte, pero me preocupé… y dijiste que necesitabas contacto físico, yo… Uhm, perdona.

—No te disculpes, Mercury —dijo acariciando su mejilla para que volteara a verlo. Sólo esperaba no tener una mueca de imbécil tras haberle escuchado decir aquello—. Te agradezco por preocuparte y por acompañarme, por sostenerme cuando lo necesitaba y por querer ayudarme.

—No tienes que agradecer —dijo sinceramente.

—Debí haber usado más poder del que pensé —farfulló llevándose una mano a la cara.

—Vas a estar bien, ¿verdad? —interrogó mostrando una ligera ansiedad.

—Sí, Mercury. Sólo tardaré en recuperar toda mi energía. No debiste quedarte tanto. Ahora me preocupa que tú te debilites —dijo rozándole la piel del brazo fingiendo el gesto uno inocente.

—Sólo quería hacerte sentir mejor.

Zoisite miró a Mercury sabiendo qué podría decir y hacer para sacar algo bueno de su debilidad; porque tras haberle escuchado decir eso sólo podía tomarle la palabra, ¿no?

—Hay una forma para que recupere mi energía rápidamente, pero…

Dejó la frase incompleta a propósito. Mercury lo miró entrecerrando los ojos, como si estuviera buscando en su cerebro lo que había dejado de decir él.

Zoisite sonrió malsanamente, tomó a la chica por los hombros y la llevó de espaldas sobre la cama. Allí presionó su cuerpo con el propio y acercó los labios a los de la guardiana, completamente roja de las mejillas.

—¿Aún quieres ayudarme? —preguntó con una insinuación de reto.

Cuando ella asintió, él gruñó bajo mientras se lanzaba a sus labios. Tuvo que reprimir su sonrisa cuando ella se tensó asustada. Y, cuando ella abrió los labios para él, obedeció como si fuera una orden.

Sus manos recorrieron el cuerpo de la guardiana mientras los sonidos sorprendidos de ella lo alentaban a seguir. Y él lo hizo, hasta tener su mano sobre la piel de ella y no sobre su uniforme. Cuando llegó a su pecho, ella lo detuvo con un tembloroso agarre a sus brazos. Zoisite aún retenía un poco de control en sí mismo como para darse cuenta que la mujer lo estaba deteniendo.

—¿Estás bien? —cuando ella asintió sin voz, él tuvo que preguntar de nuevo—. ¿Está bien seguir? —preguntó con su mano aún bajo el uniforme de ella.

Mercury asintió con el rostro rojo brillante y apartó las manos de la sujeción que tenía en sus brazos. Le estaba dando acceso total a su cuerpo. Zoisite sonrió como un verdadero depredador.

—Sólo porque eres tú está bien. Sólo a ti… quiero darte lo que a ningún otro le he dado —dijo ella mirando a lo lejos antes de cubrir su rostro con las manos.

Zoiste maldijo mentalmente. Era la primera vez de Mercury y él se estaba comportando como un zendo patán que sólo buscaba estar entre sus piernas. Deteniéndose por completo, se alejó de la piel de ella y le acarició el rostro con ternura, besó sus labios como si le hiciera la reverencia que se merecía y recorrió su piel con delicadas caricias que buscaban decirle cuánto la atesoraba.

—¿Zoisite? —preguntó ella temerosa—. ¿Hice algo mal?

—No, mi princesa. Yo soy quién hizo todo mal desde el principio —dijo depositando un tierno beso sobre sus labios—. Es un honor para mí estar aquí, contigo; de ésta, o de cualquier otra forma en que me lo permitas.

Zoisite la besó de nuevo y se entretuvo en hacerla sentir bien en cada momento, en cada caricia. Bajó sus labios al cuello ofrecido y lo besó primero antes de seguir más abajo. Sus hombros, sus brazos, muñeca, nudillos, la palma de la mano; tobillos, pantorrillas, rodillas… en todo y en cada parte de su cuerpo fue depositando besos ligeros pero no tan castos; preparándola y tomándose su tiempo para ella.

La amaba, lo sabía ahora como nunca antes lo había sabido. E iba a darle todo lo que él era.

—Mercury —dijo volviendo su atención a las profundidades azules de sus ojos. Llamarla por su nombre sirvió, como deseaba, para que ella volviera su atención a él y no a lo que hacía—. Mi nombre es Zoisite, soy el Caballero de la purificación y la sanación; y te entrego todo lo que soy y todo lo que seré.

Ella lo abrazó, de inmediato pegando sus cuerpos por completo y escondió su rostro en su cuello.

—Te acepto, sólo si tú me aceptas en la misma forma —susurró con la voz quebrándose por los sentimientos.

El selló la promesa con un beso en los labios de la mujer. La miró a los ojos y sonrió dispuesto a seguir besándole el cuerpo.

—¡Zoisite! —gritó la voz de Kunzite desde el otro lado de la puerta.

Zoisite gruñó ligeramente, aún en el abrazo de Mercury. ¿Podría fingir que no estaba en su habitación?

—¡Zoisite! —volvió a gritar Kunzite—. El Príncipe Endymion nos llama y pide la presencia de las guardianas, alístate en cinco minutos —terminó.

Zoisite suspiró pesadamente y abrazó a Mercury, reticente a soltarla.

—Quiero estar contigo, Mercury —dijo tragando la decepción que aquel llamado le había provocado. Cuando sintió a la guardiana asentir aún pegada a su cuello, maldijo mentalmente. Cinco minutos no serían suficientes. Nunca lo serían—. Pero no de esta manera, no apresuradamente. Después, con tiempo y sólo si aún deseas que esto suceda entre nosotros…

Ella lo interrumpió con un beso que, antes que a aceptar sus palabras, sabía a una promesa.

—Lo sé. Y, yo… —titubeó la guardiana— yo… voy a… aún lo desearé —dijo al fin.

Zoisite sonrió con el más puro afecto y la besó una vez más. No quería… no podía dejar de abrazarla. Pero sabía que debía separarse de ella, y sabía que le costaría cada onza de su fuerza de voluntad.

—Tenemos que irnos —dijo Mercury, tampoco soltando su abrazo.

Zoisite asintió en silencio. También la retenía entre sus brazos. Y dejarla ir parecía ser la cosa más difícil por hacer en toda su vida.

—Apárteme tú, Mercury. Parece que soy incapaz de dejarte ir a ti o de apartarme yo de ti —dijo apoyando su mejilla en la cabeza de ella.

—No te quiero apartar, Zoisite —dijo ella con una pequeña risa más alegre que nerviosa—. Pero tus deberes te reclaman… y yo no voy a cambiar de opinión.

Mercury empujó a Zoisite con las palmas y ella misma se hizo para atrás rompiendo el contacto amoroso. Le sonrió tratando de mostrar en el gesto la comprensión que tenía para con la misión que él llevaba en los hombros, del amor que le tenía y de la felicidad que le daba el estar a su lado. Y es que, para ella, "estar a su lado" no sólo significaba estar en su abrazo… o en su cama; era el conocer y reconocer su misión —una tan parecida a la que ella tenía—, era el alentarlo a cumplir con sus responsabilidades y no oponerse a ellas; era… dar un paso atrás cuando era necesario, porque nunca lo haría escoger entre su misión y ella.

Mercury abrazó su propio cuerpo cuando lo vio bajarse de la cama, acomodar sus ropas y cubrir sus hombros con la capa de su uniforme; cuando se marchó de la habitación y cuando asomó la cabeza para dirigirle una sonrisa más.

Era tiempo que ella también se reuniera con sus compañeras.

(À suivre)