¡Hola!
Uffffffff, al fin terminé este capítulo. No les miento cuando les digo que estuve un día ENTERO escribiéndolo. Resulta que no me convencia del todo una escena y espero no defraudarlos al respecto.
En cuanto al signo de Gin... ¡Ella es de Cáncer! Su personalidad es muy parecida a la de una amiga mía y la de mi respectiva madre. Alguien me había escrito que Gin era bipolar. Y sí, lo es. Es uno de sus defectos, junto a otros más. Supongo que la plantee así desde un primer momento, todos tenemos defectos e intento hacer a Gin lo más real posible.
A esta parte del fic le quedan cinco capítulos y se viene el centro de la historia. Estoy muy ansiosa por llegar a esa parte, espero sorprender a más de uno.
Con respecto a este capítulo, ¡ME COSTO TANTÍSIMO! Sobre todo por la personalidad de Minho y el género de la saga, e intento que nada se vea forzado. Espero estar lográndolo. Sin nada más que decir, me retiro. Voy a seguir editando diálogos y narraciones de los capítulos anteriores, quizá por eso tarde en subir, pero no pasará menos de una semana. :D
GRACIAS POR LEER, sus comentarios, favoritos y demás me alegran el alma.
Debyom este capitulo es para ti, GRACIAS POR TU APOYO :)
El Fic está basado en la saga "The Maze Runner", escrita por James Dashner. Los personajes son de su invención. A excepción de aquellos que no han parecido a lo largo de la saga.
Parte III: Una sensación agradable.
Capítulo
14
Ginevra.
Encontrar algo con el que descargar su ira no le costó mucho a Gin. Hacía un momento atrás, se había hundido en el bosque con el propósito de calmar sus nervios, alterados por la invectiva de Billy y el resto compañeros y lo único que halló para desquitarse fue un árbol medianamente alto entre los ralos de la vegetación. Puños y patadas remetieron con la fuerza sobre la corteza mientras los sollozos eran apagados por la brizna fresca que barría la noche del Área.
Gin no soportaba la soledad. Y la mera idea de volver a las sombras, de desafiar a la muerte en el Laberinto, le daban ganas de llorar. Sólo había alcanzado a conocer a unos pocos Habitantes, pero ellos eran lo último que le quedaba en la vida y a lo único que se aferraba. El muchacho joven, alto y sincero, que aparecía en su sueño y se hacía llamar su hermano estaba muerto. Ella lo daba por sentado. Y aunque no podía hacer memoria de la muerte de Blas, estaba segura que, en algún momento, lo recordaría.
Se le erizaba la piel de tan solo imaginar a Aris ahorcando a su hermano, dándole un disparo directo al corazón o acabando con su vida de las maneras más atroces posibles. ¿Quién era él? ¿Por qué no la dejaba de atormentarla? ¿Por qué no lo podía mencionar? Hasta entonces nunca se había planteado que tipo de relación había entre su hermano y ella con Aris. Sin embargo, si se tenía que aferrar a los recuerdos que vagaban perdidos en su amanecía, luchando por encontrar un indicio en el que ensamblarse, supuso que no eran cercanos. Ni siquiera amigos. Ella lo detestaba en el pasado del mismo modo que lo hacía en su miserable presente e imaginarlo dentro de su entorno le producía nauseas.
Con los músculos agarrotados y la mirada llorosa, Gin se arrastró hasta terminar bajo el árbol y abrigarse en su sombra. Grietas de luna formaban manchas en el pedrusco como sellos de tintas sobre un lienzo. «¿Por qué tiene que ser todo tan complicado? ¿Por qué les cuesta tanto aceptar que corrí con la suerte de sobrevivir al Laberinto?» Gin se lamentó no haber muerto en aquella ocasión. Tal vez la muerte hubiese sido una mejor solución para los Habitantes y, sobre todo, para ella que tenía que lidiar con las consecuencias que le provocado su infortunio. A estas alturas, deseaba ser Teresa. Vivir en el letargo eterno y no mediar palabras ni explicaciones con nadie. Simplemente cuidarían de ella hasta que se cansen y la dejasen morir. ¿Que ocurriría si Teresa no despertara? ¿Acaso se librarían de ella? Probablemente. ¿Qué sentido tiene mantener una chica dormida dentro del Área?
Oyó unos pasos pesados crujir en el césped y el ensimismamiento se vio interrumpido. Impulsada por la curiosidad, Gin levantó el cuello y sus ojos enrojecidos recorrieron la oscuridad de la arbolada. Al mirar por segunda vez, notó una figura masculina separarse de los matorrales y caminar en dirección hacia ella. Lo primero que se le vino a la mente fue la imagen de Newt, quién creyó que había venido a buscarla.
—Vete, Newt. No quiero hablar con nadie —le advirtió Gin, pero Newt no contestó. Sólo se quedo de pie, inmóvil y erguido, allí en las penumbras por donde había aparecido— ¿Newt? ¿Eres tú? —insistió ella, con la voz perturbada por un miedo imberbe que empezaba a florecer en sus entrañas.
Y tampoco respondió. Una mala corazonada azotó a Gin de pronto, fuerte y brusca como un golpe macizo y seco. Los ojos de Newt, que de momento habían estado clavados en el suelo, se alzaron de golpe y desorbitados y brillosos, examinaron a Gin, quien se había puesto de pie. Bastó a que una sonrisa perversa y torcida contrajera su rostro para confirmar lo que había estado sospechando. No era Newt. Con el corazón en la boca, Gin se movió a un costado intentando escapar. Sin embargo en la oscuridad, su pie tropezó con una rama, que emitió un pequeño chasquido y envió su cuerpo sobre la corteza del árbol, en el que minutos atrás se hallaba llorando.
El sujeto estiró su brazo derecho en dirección al cuello de Gin y un haz perdido de luna atrapó. El horror se apoderó de ella al verlo. Costras supuraban la infección en sus dedos, junto a un entramado de cortes en la palma de su mano, que era huesuda y tenía un aspecto verdezco y mohoso.
—Tu me mataste —La voz demencial le generó escalofríos y Gin ahogó un grito de espanto y consternación.
El hombre cerró la mano en un puño, dio un paso hacia adelante y en ese preciso momento, Gin creyó que estaba soñando. Debía rondar los treinta y pico de años. Su rostro era espeluznante y cadavérico. En el lugar adónde tendría que estar su nariz había un hueco profundo, espacioso, que por poco no mostraba el otro lado de su cabeza, llena de pelusa y cabello malsano. Los ojos grandes, vacíos y estremecedores, la miraban de una forma desquiciada. Tenía los parpados quemados, las pestañas incineradas y un tajo vertical, con la sangre fresca y coagulando se abría desde la frente hasta el costado de su mejilla.
Gin gimió del espanto, miró por encima de su hombro y halló un ralo tortuoso encastrado en medio de dos árboles; lo suficientemente grande para atravesarlo cuando llegase la hora de irse.
—¿Quién..eres...tú? —preguntó —. ¿Cómo es qué estás aquí? ¿Cómo entraste?
La respiración del desconocido entraba por su boca abierta y salia resoplando por su nariz. Gin se percató de que su pecho bajaba y subía incrementando la velocidad de las engullidas. En el terror, asoció la imagen con la de un animal furioso en el interior de una jaula.
—Tú...me... mataste —se esforzó por decir el sujeto, y su boca despidió una saliva sonrosada.
—Te advierto —dijo Gin, retrocediendo de espaldas—. No sé de lo que estás hablando, jamás te he visto. Pero si me tocas, gritaré y ellos vendrán. Son demasiados y estoy seguro que te matarán.
—¡Tú me mataste! —bramó el hombre montado en cólera y, segundos después de su advertencia, se precipitó hacia ella.
Gin gritó horrorizada, dio media vuelta y echó a correr a todo prisa. Se escabulló entre los árboles antes de que su captor intente abalanzarse encima. A medida que tomaba terreno por el bosque, lanzaba rápidos vistazos a sus espaldas para verificar que lo había perdido, sin embargo a cada metro que ganaba su entusiasmo se desinflaba. De alguna forma u otra, siempre lo encontraba a centímetros de ella, a punto de alcanzarla.
—¡Ayuda! —sollozó Gin, entretanto saltaba troncos caídos y esquivaba los arañazos de las ramas—. ¡Por favor que...!
El suelo se empinó hacia abajo, en una cuesta, y las piernas de Gin levitaron por un breve segundo. Su cuerpo se desplomó sobre la tierra, rodó por la pendiente descendiente, envolviéndose en hierba, e impactó de lleno con una roca anclada en la tierra. Gin profirió un gemido de dolor y su cuerpo se retorció en el césped. La cabeza daba vueltas y una punzada en los pulmones anunciaba la falta de aire. Agonizó en la tierra y miró el cielo nocturno, recubierto por las copas de los árboles que ahora giraban hacia un mismo eje.
Tardó un tiempo en recobrar la visión y cuando lo hizo, todavía sintiéndose asfixiada por su propio cuerpo, se apoyó en los codos y levantó el cuello. La gasa de su herida se había salido y estaba tendida sobre el la hierba. Inconscientemente, Gin tanteó su cabeza y siseó tan pronto incrustó sus dedos sucios en la herida. El contacto le generó un ardor en la nuca y endureció su espina dorsal a través de un picoso escalofrío. Recordando al hombre deformado se puso de pie y abatida por la situación, inspeccionó el suelo. Se hizo de una pequeña roca, del tamaño de la grana y, armándose de valor, esperó a que su contrincante salga de los arbustos.
—¿Por qué me abandonaste?
Gin se petrificó. Jadeando y completamente perpleja, se volvió sobre sus pasos y la roca que apretaba en la mano se resbaló de sus dedos. Ben se encontraba frente a ella, con el rostro artero y las heridas del Destierro todavía grabadas en su piel. Llevaba la ropa hecha jirones, las piernas velludas pegoteadas de sangre seca y una mancha espesa de algo parecido a la tinta impregnada en los retazos de su camisa.
—Ben—susurró Gin sin poder creerlo. Las lágrimas se vertían sobre su cara, ya de por sí hinchada por los raspones—. ¿Qué haces aquí? Creí que estabas muerto.
—Tú me dejaste morir —lloró él, con el ceño fruncido y un deje de resentimiento—. Me dejaste solo.
—No —musitó—. Jamás...
—¡Cállate! —rugió y las venas infectadas por la picadura del Penitente rajaron como un terremoto a la tierra la piel de su garganta—. Creí que eras diferente. Parecías diferente. Pero no, tú eres como ellos...¡Eres una asesina!
—No, Ben. Tú me empujaste —explicó ella desesperada—. Me salvaste. Sino fuera por ti, estaría muerta, Ben. Yo no...
—¡Y me dejaste morir a mí! —la cortó Ben—. ¡Priorizaste tu pellejo antes que el mio!
—¡Eso no es cierto! —Gin se apretujó las sienes que habían comenzado a comprimirse—. Quería que nos salvemos los dos. Juntos.
Los ojos de Ben se oscurecieron, volviéndose arreciados y amenazadores.
—¡Mentira! ¡Me abandonaste!
—No, no...
—Nos dejaste morir. ¡Nos mataste!
La voz de Ben se fundió con otra mucho más distorsionada y grave, que provenía desde las sombras. Detrás de él, el hombre desconocido volvió aparecer. Gin los contempló a ambos. Los dos eran tan diferentes, pero extrañamente similares. Como si habían salido de la misma entraña. Estaban consumidos por la locura; afectados por el mismo designio y la rabia.
Envueltas en lágrimas, Gin se derrumbó en el piso y arrastró su cuerpo con las manos hacía atrás. Desde abajo sus caras se veían propagadas por una tenue luz mortecina que crea un efecto contraluz y terrorífico. Ahogó un sollozo en el hueco de su mano cuando el desconocido se inclinó y le tocó el hombro. Ella repelió su tacto y se alejó.
—Gin.
Llorosa, se incorporó y le dio un empellón. El sujeto gimió, tropezó y Gin aprovechó la ocasión, para echarse a correr.
—¡Gin! —le gritó el tipo desde atrás nuevamente—. ¡Vuelve aquí!
—¿Cómo sabes mi nombre? —le espetó ella mientras corría entre los setos del bosque.
—¿Cómo demonios no voy a saber tu nombre?
Sonaba tan familiar que asustaba. Gin se encontró en las Tumbas y se detuvo en seco al hallar un rastrillo reclinado sobre una de las cruces. Era factible que alguien lo usaba para juntar los montículos de hojas que se formaban a causa de la brizna y los árboles, cuya fortaleza menguaba uno de otros. Sin detenerse a pensar, lo asió hacia arriba. Durante varios segundos, todo fue silencio y permaneció estoica, conteniendo el aliento, hasta que unas pisadas, cercanas tras su espalda, pusieron sus nervios en alerta y giró el rastrillo en redondo.
—¡Aléjate de mí! —escupió Gin—. ¡No me toques!
El desconocido retrocedió con las manos en alto, pero no respondió a la amenaza de Gin. Un destello extraño irrumpió en su mirada, la cordura y la preocupación calibró el espacio y Gin lo noto casi al instante. Queriendo hacerle daño, levantó el rastrillo en el aire al tiempo que el sujeto extendía la mano y cerraba sus dedos sobre el mango, deteniendo el ataque y tirando luego de ella hacia adelante. Firmes brazos rodearon su cuerpo, oprimieron sus costillas y la estrecharon contra la tibieza de un pecho compacto. En respuesta, sus dedos se tensaron hacia abajo, intentando hacerse del rastrillo, que se hallaba ahora tumbado en la tierra. Gin gimoteaba por el miedo y la frustración. El sujeto era demasiado fuerte como para brindar pelea.
—Gin, cálmate. Todo está bien.
Ella lo pisó con ahínco, pero el tipo no la soltó.
—Suéltame.
—Shuck —maldijo—. Gin tranquilízate.
—¡No digas mi nombre!
—Gin, soy Minho. ¡Cálmate de una miertera vez!
«Minho». De pronto, Gin dejó de moverse. Aturullada por la revelación, enfocó la mirada y la realidad se vertió lentamente. Por un instante, pensó que estaba alucinando pero cuando Minho se separó de ella y sus dedos rozaron la piel de sus brazos, Gin supo que él era real. Sus ojos preocupados se toparon con los de Gin abatidos y la estudiaron en una brevedad de segundo.
—¿Qué garlopa te sucedió? —preguntó—. ¿Por qué te escapas de mí y actuabas como una demente?
Aún aturdida, Gin volteó la cabeza y miró por encima de su hombro. Esperando la llegada de sus demonios, lo único que encontró fue la profunda tranquilidad de una noche de verano. No habían quedado rastros de Ben ni del supuesto desconocido, aunque tenía la sensación de que sus ojos desorbitados todavía la observaban desde algún lugar del recinto.
El agua empapó la nuca de Gin y destinó pequeñas gotitas heladas al suelo. Se había enjuagado las manos y las rodillas que estaban ensangrentadas con un balde que Minho cargó previamente. La había guiado hacia la parte de atrás de los baños, en donde había un grifo conectado a una instalación de agua. Allí, la tierra estaba muerta y seca y formaba charcos de lodo bajo sus pies. Gin reprimió un espasmo y experimentó un leve alivio cuando el frío calmó la palpitación de su herida.
—Deberías ir a la Finca, algún Doc tiene que ver eso —sugirió Minho, tirando el balde de madera que había usado Gin para lavarse la cabeza. Había tomado una lampara de mano, que apoyó en el césped y atrajo a varios mosquitos.
—No iré —dijo Gin, refregándose el rostro y peinándose el cabello con los dedos. Se había reclinado sobre la estructura de la choza y dedicado varios vistazos furtivos al bosque. Temía que Ben y el tipo desconocido vuelvan a aparecerse y amenazaran con torturarla de nuevo.
Minho captó la dirección de su mirada y volvió a ella, colocando los brazos en jarras.
—No hay nadie en los bosques. Olvídalo de una vez, Gino.
—Sé lo que vi, Minho. —contestó Gin—. No estoy loca. Alguien entró al Área y se escondió en los bosque, no sé cómo lo hizo, pero está aquí y créeme cuando te digo que es horroroso.
Camino a los baños, Gin le narró a grandes escalas lo que había sucedido. Al contrario de lo que había supuesto, Minho no se burló de ella. Por el contrario, se mantuvo en silencio todo el trayecto mientras recorrían juntos las irregularidades del terreno y los espacios libres que atravesaban la surtida arbolada.
—Es imposible, Gino. Nadie entre aquí sino es a través de la maldita Caja.
—Minho... —susurró Gin—. Ben estaba con él, te juro que...
—¡Ben está muerto! —rugió Minho y después suspiró entre dientes—. Súperalo —ella lo observó fijamente, inexpresable. Fue entonces que recordó la furia en el Comedor y su expresión de pánico mudó a una ceñuda—. Creo que debes ir a descansar, todo el asunto de Ben y el Laberinto te esta afectando demasiado.
—Déjame de tratarme como si estuviese delirando. ¿Qué hacías en el bosque? —inquirió Gin, ignorando su consejo—. ¿Estabas siguiéndome?
—¿Estás escuchando algo de lo que te estoy diciendo, larcha?
—Réspondeme.
Minho rotó los ojos.
—Sí — dijo sin rodeos—. Pero no te hagas ilusiones, Novata. No vine a consolarte, tus gritos se escucharon por toda la Finca. Newt tuvo que tranquilizar a los demás, que de por cierto ya han estado bastante alterados con todo lo ocurrido. Estoy seguro que debe estar esperando por ti ahora.
—Pues no iré —Gin dio media vuelta, prendió el grifo y refregó sus manos. Después, las juntos, palma a palma, y acunó un considerable suministro de agua, que se echó a la cara—. No quiero ver a nadie, ¿está claro?
—Por supuesto.
—Lo que significa que tú también tienes que irte —masculló Gin y se secó el rostro con la camisa.
—¿Tienes ideas de lo que acaba de pasar? —le objetó Minho y ella se volvió hacia él—. Por poco y me rompas la cara con un rastrillo. No sé si tengo que reírme de lo ridículo que pudo llegar a ser o preocuparme al respecto.
—Sólo olvídalo —siseó con arrogancia y haciendo alusión a sus palabras—. ¿Me captas? Olvídalo. ¿No es más fácil simplemente olvidarlo?
—Mirá sé que estás furiosa...
—No, no lo sabes. —la cortó Gin enrojecida por un sentimiento ambiguo que lidiaba la tristeza y el recelo—. Tú piensas que lo sabes todo, pero no tienes idea. ¡No tienes una garlopa idea de cómo me siento! Así que cierra tú boca y vete de aquí.
Durante una fracción de segundos, ninguno de los dos dijo nada. Se mantuvieron en silencio, en un desafío tácito. Gin se quedó observando la expresión indescifrable que adornaba el semblante de Minho y éste examinó cada detalle del dolor que Gin se esforzaba por ocultar. Cuando ella creyó que había vencido, Minho esbozó una expresión que a Gin le trajo mala espina.
—De acuerdo —dijo, agarrando la lámpara de mano por las astas y echando andar en dirección a la Finca. Gin atinó a seguirlo apenas se percató de que la oscuridad se cernía encima de ella, sin embargo el orgullo la frenó a tiempo—. Andando —ordenó Minho luego.
—¿Disculpa? ¿Adónde se supone que tengo que ir? He sido clara, quiero estar sola. Lárgate.
—Tienes trabajo —le explicó Minho, quien se había reclinado para atarse los cordones de sus zapatillas—. ¿Recuerdas que me debes una por haberte salvado la vida? —Gin frunció el ceño y Minho lo interpretó como una afirmación—. Muy bien, me las estoy cobrando. Aunque luces como la mierda, me sirves para el trabajo blando. Mueve tu trasero, nos vamos.
La reacción de Gin se hizo en cadena. Primero, abrió la boca estupefacta y después profirió una carcajada sonora y agría.
—No pienso ir contigo a ningún lado. Vete.
—Irás.
—Claro que no.
—Lo harás.
—¿Por qué estás tan seguro?
—Porque no te quedarás a solas sabiendo que lo que sea que crees que hay aquí fuera puede volver —Regodeándose en su triunfo, Minho giró sobre sus talones y caminó hacia el lado Este del Área—. Te espero, Gino.
Los dos se dirigieron hacia la parte trasera de la Finca. Minho detenido frente a una puerta angosta y destartalada, miró hacia arriba y alzó la lampara a la altura de su rostro. Las cortinas de la habitación en la primer planta se sacudieron y la luz del interior se apagó de golpe.
—¿Qué diablos ha sido eso? —dijo Gin, todavía trinando de la rabia por lo sucedido mientras Minho hurgaba en el fondo de los bolsillos de sus pantalones.
—Una seña para Newt. Te dije que estaría esperándote —contestó. Había sacado una diminuta llave de bronce, cuya ranura se hallaba oculta, y colocado en la cerradura. La puerta destartalada emitió un sonoro "boom" y se abrió—. Le acabo de avisar que estás conmigo. Muévete.
Sin proporcionarle tiempo para replicar, Minho sostuvo la lampara de mano y entró. Gin permaneció bajo el marco de la puerta, procurando no perder los estribos. La puerta destartalada era una entrada a un deposito de almacenamiento. En su interior, había cadenas, cuerdas y otras cosas de poco uso sumidas en una fina capa polvorienta y que la lampara revelaba gradualmente. Una cortina de aire gélido le dio la pauta de que el ambiente era fresco y estaba viciado de tierra. Las motas de polvo que rondaban por el aire le hacían llorar los ojos y picar la garganta.
Gin tosió y tuvo la impresión de que algo hormigueaba en su pie. Cuando bajó la cabeza descubrió que una cucaracha, de un tamaño considerablemente grande, trepaba por su pierna. Queriendo vomitar por el asco que le despertaba aquel insecto viscoso y pestilente, se aferró al marco de la puerta y agitó el pie. La cucaracha terminó en el suelo y Gin la pisó con saña. El crujido de su invertebrado caparazón le provocó un ceño de repugnancia en la cara.
—¿Que mierda haces? ¡Cierra la puerta! —le regañó Minho, desde adentro.
—Los Fregones podrían limpiar este lugar, ¿no crees? —Gin mordió su lengua para no insultarlo y con un gran esmero de su parte, entró al deposito y volvió a toser—. Es horrendo —sentenció.
—Nadie entra aquí. A excepción de que sea alguien de mi confianza como Alby o Newt —dijo Minho y arrastró unas cajas pesadas que se encontraban pegadas a la pared trasera. Sujetó la aldaba, levantó una especie de tapa subrepticia y alumbró con la lampara de mano una escalera de doce escalones, que Gin supuso que conducían a un sótano. Adelantó dos pasos y ordenó:—. Sígueme.
Gin se mantuvo firme en el nacimiento de la escalera.
—Creí que pensabas que era una mentirosa sin escrúpulos.
—Lo pienso —comenzó a decir Minho, desapareciendo en la oscuridad. Su voz sonaba como un eco perdido en una habitación vacía—. Pero el hecho de que ocultes cosas no quiere decir que no confíe en ti. Tú me detestas y, así todo, lo haces —Gin abrió la boca para responder que ella no lo odiaba, pero Minho la interrumpió—. Aquella vez en el Laberinto, cuando te dije que no te separes de mí ni siquiera lo dudaste. Sabías que iba a protegerte. Confiaste en mí.
Las mejillas de Gin se acaloraron de forma tan grosera que agradeció que Minho no pudiese verla. Él estaba en lo cierto y negarlo era absurdo. Gin lo imaginó sonriendo en las penumbras y se enojó consigo misma. ¿Por qué Minho siempre podía ver dentro de ella? Resignada, prefirió darle por ganada la partida antes de empezar una trifulca cuyo sentido radicaba en echar por agua lo evidente, e intentando no acobardarse, colocó un pie sobre el primer peldaño. El rechinar de éste le indicó que la estructura no era demasiado sólida y confiable, y retrocedió.
—Cuidado por donde pisas. O terminaras con la mandíbula rota.
Gin suspiró. Con la mano como guía, palmeó la barandilla y descendió con cuidado los peldaños. Al bajar y tocar el suelo firme, se sintió extrañamente aliviada y no tuvo tiempo de pensar muy bien por qué. Una luz la cegó de golpe. Minho había encendido un foco jalando de un cordel y abandonado la lampara de mano sobre una mesa de madera apilable.
—¿Qué...? —Las palabras de Gin se atoraron en su garganta. La sala no sólo era fría sino también enorme. Había capas de polvo sobre un sin fin de armas de todo tipo —sierras, cuchillos, arcos, espadas—, junto a otros elementos de construcción que Gin reconoció camuflados en las estructuras de la Finca y lo que conformaba gran parte del Área—. Madre santa —exclamó.
—¡Qué expresión miertera! —comentó Minho, medio divertido—. El sótano de armas, ¿qué te parece?
—Un arsenal de batalla —dijo Gin—. ¿Por qué tantas armas?
—Algunas las hicimos, otras ya estaban aquí y las más limpias se las pedimos a los Creadores. Por el momento usamos algunas, pero uno nunca sabe. Hay que estar preparados. —Gin distinguió el machete de Newt, adosado a una pared dedicadas a las cuchillas cuando Minho se lo señaló—. Lo reconoces, ¿cierto? ¿A qué lo extrañabas?
—¿Por qué Newt no lo lleva encima?
—Porque no portamos armas. Sólo los Corredores, Alby y algún que otro afortunado llevamos cuchillos en ciertas ocasiones. ¿Te imaginas que tipos como Gally estuviesen armados? —Gin no respondió. La mención de Gally le era desoladora. Aún le costaba creerlo muerto o luchando con los Penitentes en el Laberinto—. El día que llegaste fue una excepción —continuó Minho—. Recién habían picado a Ben y estábamos atento a que otro ataque similar pudiese pasar. Ahora creo que tendrá que volver a usarlo. Ah, tomá este es mi favorito.
Un baúl estaba abarrotado de cuchillos de aspecto amenazante sobre el suelo. Minho agarró uno de mango y hoja corta, y se lo lanzó a Gin, quien quiso tomarlo al vuelo y no pudo cohibida por el filo del metal. El cuchillo tintineó en el piso de piedra, cerca a sus pies.
—¿Te has vuelto loco? ¿Cómo vas a ti...?
—No tienes reflejos Gino —observó Minho y ella lo miró con hastío, recogiéndolo del suelo.
—¿Por qué me das un cuchillo?
—Porque eres una afortunada. Guárdalo.
—No voy a usarlo.
—¿Por qué eres tan testaruda? —dijo Minho—. Sólo quédatelo y ya. Tómalo como un regalo de mi parte —Gin resopló y se guardó el cuchillo dentro del bolsillo de su pantaón. Minho sonrió satisfecho y recogiendo unos cuantos cuchillos, los desperdigó sobre la superficie de la mesa y le hizo una seña para que se acercara—. Aquí está el trabajo blando.
Gin se arrimó. Había una piedra rectangular, con una textura llana, pero rasposa sumergida en agua en el interior de un recipiente. Minho la retiró y la colocó sobre un trapo seco. Agarró una daga por el talón del mango y apoyó la hoja de la cuchilla de forma vertical, cerca del extremo.
—Tienes que afilar los cuchillos. Debes hacerlo en diagonal a la pared. Así —Minho deslizó la hoja lentamente por la piedra—. ¿Ves? Mantén los dedos lejos de la cuchilla y evitarás cortarte. Enseguida vuelvo, tengo que ordenas unas cosas y buscar unos calzoncillos arriba —Gin enarcó una ceja y Minho rió frente a su mueca de incertidumbre—. Son lo que usamos los Corredores para sostenernos los...
—Ya lo he entendido. No hace falta el detalle.
—Thomas necesitará una pasado mañana —siguió diciendo Minho como si Gin no lo hubiese interrumpido—. ¿Sabes? Ese shank me cae bien. Es valiente.
—Es un gran chico.
—Sí, eso parece. —concedió Minho—. Haz lo tuyo —añadió. Luego, sonrió, le dio una palmadita en la espalda a Gin y subió los escalones a zancadas.
Gin siguió las indicaciones al pie de la letra. Al principió lo hizo con cautela; temerosa a lastimarse, sin embargo no tardó acostumbrándose al trabajo y pasar la cuchilla resultó ser incluso confortante. A la media hora, Minho regresó sudoriento y exhausto. Gin ya tenía prácticamente la mayoría de las dagas y cuchillas del baúl afiladas.
—Guau —exclamó él y se pasó el antebrazo por la frente—. Bien hecho, Gino.
—¿Terminaste? Has hecho un escándalo tremendo, ¿qué demonios hacías allá arriba? —dijo Gin mientras sostenía una navaja y comenzaba a sacarle filo.
—Moví algunas cajas.
—Minho...
—¿Qué?
—¿Le has pegado a Jackson y a Billy?
La ronca carcajada de Minho sobresaltó a Gin de tal manera que procuró no abrirse la mano con el filo de la daga.
—¿Y qué hay del torpe de Toby? —bromeó—. Ganas de pegarle no me han faltado, pero lamentablemente Newt me detuvo a tiempo y todavía tienen todos sus dientes. Gin, lo que hiciste en el Comedor...
—Siento ser una carga. —intervino Gin. Se había quedado con la vista prendida en la navaja. Sus ojos se reflejaban en la hoja de la cuchilla , que hacía girar sobre la yema del dedo indice y le mostraba un semblante aterido y triste—. Desde que he llegado he intentado ayudar, pero lo único que hago es traer problemas y ganarme el odio de los demás. Lo siento.
—No eres una carga. —contestó Minho en un adusta expresión—. Lo que dije...Es una tontería. Te necesitamos, Gin.
—Minho, no he recordado nada más desde que vine del Laberinto. Sin mis recuerdos...
—Pronto lo harás —Minho suspiró—. Lo sé. Eres fuerte.
—No...
—Lo eres. Sólo que aún no te has dado cuenta.
Gin esbozó una alicaída expresión
—Eso lo dices para hacerme sentir bien —expresó—. No sé cómo haces... Siempre apareces cuando más te necesito. Es como si supieras siempre lo que me sucede. Nunca te he agradecido en serio todo lo que has hecho por mí, Minho. Aunque seas un cabrón la mayor parte del tiempo, gracias.
La sorpresa inundó en los ojos oscuros y estrechos de Minho y por un instante, Gin tuvo la leve impresión de que un sonrojo, muy insignificante, se esparcía por sus mejillas. Su expresión generalmente arrogante y suficiente había mostrado un signo perturbación y le despertaba una sensación satisfactoria saber que ella era la responsable.
—Sí, bueno —Minho apiló la navaja junto a otras amontonadas al costado de la mesa—. Puedes irte. Me las apañaré solo.
—Bien. Buena suerte y gracias de nuevo —Gin se volvió y caminó hacia la escalara. Cuando colocó un pie en el primer escalón, él la llamó desde atrás—. ¿Qué sucede?
—Yo...tú...es decir...Bah, mirá te lo diré una sola vez, ¿me captas? —farfulló Minho—. Perdón por ser un cabrón. No es nada personal contigo, soy así. Eres la primera chica con la que he hablado desde que me desperté en ese maldito ascensor y a veces simplemente no sé cómo actuar contigo. Hay muchas actitudes tuyas que me cabrean y otras que hacen... que simplemente no pueda dejar de mirarte.
Gin tuvo la impresión de que las rodillas se le doblaban y aferró su mano a la barandilla de la escalera. El corazón se le tensó y percibió el súbito calor de la sangre inundar su rostro, sus piernas, sus brazos y obnubilar gran parte de sus sentidos. Se sintió más inquieta todavía cuando Minho se colocó a su lado y percibió la intensidad con la que la miraba. Gin notó como sus ojos estrechos viajaban por los despuntes de su cara y descendían a sus labios, entreabiertos y húmedos. Sabía que iba a besarla y aquella situación la aterrada.
De forma instintiva, como una presa asustada, se alejó. Herido, Minho intercambió una mirada con Gin y eso fue suficiente para que comprendiera que ambos compartían el mismo deseo. Tomando coraje, dio un paso hacia adelante y cerró los ojos. El aliento de Minho acarició su nariz y la presión sus labios estalló sobre su boca. El beso fue suave y quieto, casi un roce que desató una tormenta de emociones en su interior y logró separar a ambos. A Gin le temblaba las manos, las piernas y el corazón por el subidón de adrenalina. La sangre le bombeaba en el interior de los oídos y se sentía mareada y perdida.
Casi pidiendo permiso, Minho estiró el brazo y rodeó la cintura de Gin. Por un momento se quedaron estáticos, aguardando algún regaño o insulto por parte del otro. Pero ninguno se movió. El placer que Gin sentía era inexplicable. Le agradaba que Minho la tomase con cuidado, como si fuese tuviese miedo de romperla. Su rostro se había dulcificado y vuelto más atractivo. El cabello negro le caía sobre la frente, cubriendo sus lanudas cejas y la nariz chata, que a perfil parecía sofisticada y delicada, estaba perlada en sudor. Se besaron. Al principio, el beso fue ingenuo e inocente, pero cuando él soltó un sonoro gemido el vientre de Gin hormigueó, las rodillas se mecieron de los nervios y el beso se intensificó.
Minho recorrió su espalda con las manos, presionó su cintura y jadeó, humedeciendo sus labios. En respuesta, Gin rodeó el cuello con sus brazos, descansando los codos en sus hombros y atrapando su boca, que se movía frenética e insensata con la suya. Le resultaba excitante y placentero sentirse derretida en el abrigo de su cuerpo, embriagarse de su aroma masculino y el dulce sabor de su boca.
Gin no sabía cuánto tiempo había transcurrido besándose, pero el momento se cortó tan pronto un ruido en la planta alta se coló entre ambos. Minho y Gin se separaron de prepo.
—¿Qué demonios fue eso? —susurró Gin, intentando normalizar su respiración. Le humillaba la idea de que la hayan visto compartido un beso con Minho.
El corredor le hizo una seña con el dedo para que se calle y Gin acató su orden. Luego, de manera silenciosa, Minho subió un escalón y retrocedió apenas lo hizo. Su brazo resguardó el cuerpo de Gin, quien detrás de él, observaba la escena con curiosidad y terror. Dos zapatillas habían aparecidos en el rellano de la escalera. Lo primero que imaginó Gin fue se trataba del sujeto loco del bosque y tanteó el bolsillo de su pantalón dispuesta atacar si se disponía a hacerles daño. Sin embargo, se relajó cuando comprobó que quien descendía los peldaños con premura era Newt.
—Viejo, ¿qué garlopa haces aquí? —bramó Minho, un tanto enfadado y otro tanto aliviado.
Newt le dedicó un rápido vistazo a Gin y después a Minho. Su expresión era hosca y poco amigable.
—Te has olvidado la llave en la puerta —respondió—. Y tenemos problemas.
—¿Qué pasó? —inquirió Minho.
—Es Alby. Le conté que Gin sobrevivió al Laberinto.
—¿Aún no se lo habían dicho? —chilló Gin—. ¿Por qué?
Minho rotó los ojos y adoptó su habitual mueca arrogante. Se volvió hacia ella.
—¿Qué esperabas? ¿Qué le íbamos a decir que tú saliste vivita y coleando del Laberinto? Íbamos a matarlo, el pobre apenas podía asimilar que Thomas y yo estemos vivos. Menos lo crearía de ti —dijo y se dirigió hacia Newt—. ¿Por qué se lo has dicho?
—Es mejor que lo sepa ahora. Clint y Jeff dicen que ya puedo volver con la rutina, que se encuentra en buen estado —Newt suspiró y posó su atención en Gin—. Quiere hablar contigo. Dice que es importante.
—Por supuesto que no —objetó Minho—. Ya hemos tenido una bonita experiencia ¿recuerdas?
—Él insiste.
—Pues dile que no. Va a destarrarla —masculló Minho.
—¿Por qué quiere hablar conmigo? —preguntó Gin.
—No lo sé.
—Pues...
—Minho —intervino Newt—. Yo tampoco quiero que algo le pase a Gin. Pero Alby, tú y yo sabemos más que nadie que el Laberinto te transforma. Mira a Gin, ella no es la misma desde que entró y lo sabes. No podemos temerle a nuestros amigos, tenemos que confiar en él, como lo hemos hecho siempre. Tú decides Gin, ¿quieres ir verlo?
«El laberinto te transforma», pensó Gin. Luego, dijo que sí.
¡Sí, al fin! Bueno se hizo esperar. Espero que les haya gustado.
Gracias por leer.
Perdón por los dedazos y faltas de ortografía.
Un beso grande.
Gaba.
