Disclaimer: Los personajes no me pertenecen, créditos a Sir Arthur Conan Doyle y a los creadores de la serie Sherlock BBC.
AU/Johnlock/ Quizás un poco OoC/ Dark Sherlock/ Possesive Sherlock.
Enjoy.
POR CIERTO: Advierto que no sé casi nada del mundo de la fotografía y demás cosas, so, no me maten si hay algo fuera de contexto y si lo hay, ilústrenme: siempre es bueno aprender. Sin ánimos de ofender, continúen.
XIV. He's morphine, king of my vaccine.
El sonido se repite varias veces, agudo, vibrante e insistente. Brilla en la mesita de su salón, meciéndose a cada vibración que lo sacude con ligereza. Mientras su vista está dirigida en otro punto. Sus piernas se retuercen en las suaves telas y puede jurar que hasta sus oídos llega el sonido de aquella fricción. El cuerpo de John se deshace en la cama, en un sueño agitado. Las sábanas se retuercen y Greg sólo lo puede mirar desde el umbral de la puerta de su habitación. Movió sus manos hasta su cabello grisáceo para restregárselo con firmeza, moviéndose hasta el salón en silencio. No sabía que esperar realmente. El rubio no había despertado desde que habían salido del centro de la ciudad y tampoco daba indicios de hacerlo.
En unos instantes se había planteado en decirle la verdad a Mycroft Holmes de lo que en verdad estaba sucediendo. Pero lo había descartado en el mismo minuto en que observó a John encogerse en su cama y en sus brazos, cuando lo había encontrado en Regent's Park. Descompuesto. Roto. Viviendo una guerra.
Y al parecer, extrañándola.
¿Por qué otra razón buscaría a Sherlock Holmes?
Varias veces lo había pensado, y aunque no cupiera dentro de su cabeza, por unos momentos llegó a creer que el rubio podía ver en el menor de los Holmes algo más que los demás se negaban a hacer, o en el caso de Greg, habían perdido las esperanzas de verlo.
Y es que, aunque intentara convencerse, Sherlock Holmes no era un buen hombre.
Quizás una vez lo llegó a pensar años atrás, pero como todo lo que se relacionaba con Sherlock; se destruyó.
Nunca lo comprendió, ni quizás tampoco lo comprendería. Pero hubo un fin a las falsas expectativas que tenía. Un fin demasiado perturbador y escalofriante. Irreal.
Es por eso que no quería que destruyera aún más al hombre estropeado en su cama. John Watson apenas podía lidiar con él mismo, lo supo cuando le contó un poco de su vida y por las cicatrices que se encuentran en sus brazos. Entonces, ¿Cómo lidiaría con una persona como Sherlock Holmes?
John saldría perjudicado. Y ese día era un claro ejemplo.
El chirrido es agotador, pero Greg no puede más. Quizás nunca ha podido. Por eso agarró el maldito teléfono del Watson saturado en mensajes y antes de apagarlo con sus dedos moviéndose rápidamente, lo arrojó con furia contra la pared de su cocina.
Entonces, cayó rendido al sofá.
"No es lo que piensas – SH" 5:58 pm.
"Te fuiste sin siquiera terminar de escuchar la historia completa – SH" 6:02 pm.
"Eso no es lo que pasó – SH" 6:02 pm.
"Déjame explicarte lo que realmente sucedió, John – SH" 6:05 pm.
"¿Dónde estás? – SH" 6:15 pm.
"Necesitamos hablar y lo sabes – SH" 6:35 pm.
"Te encontraré. – SH" 7:02 pm.
"John, contéstame – SH" 7:10 pm.
"¿Dónde estás, John? – SH" 7:23 pm.
"Muy bien. – SH" 7:41 pm.
"Tienes que volver. – SH" 7:51 pm.
"Por favor… - SH" 8:00 pm.
"¿Realmente lo crees? – SH" 8:14 pm.
"Lo solucionaremos – SH" 8:17 pm.
"John –SH" 8:22 pm.
"John. –SH" 8:23 pm.
"Muérete. – JW" 8:30 pm.
Es cuando los recuerdos se avecinan y son abismales. Aquellos rostros familiares se distorsionan a su alrededor como sombras que lo rodean. Estaba al medio de aquella circunferencia, círculo, óvalo. Va cambiando de forma cuando esas personas se mueven intentando acercársele y él los aleja de un manotazo. Si lo alcanzan será su fin. Intentarán llevárselo y ya no quiere ir y no quiere volver a ese lugar oscuro, recóndito: su memoria. Son las voces, son sus rostros y son sus expresiones. Son sus actos y los sucesos que lo marcaron debido a estos. No quiere verlo. Ya no quiere recordar. No quiere escuchar, ni tampoco quiere ver.
Ni quiere estar ahí, pero tampoco quiere despertar. Porque sabe que ha aparecido en ese lugar para esconderse.
Ocultarse en las pesadillas, en el dolor, en un estado de profundo sueño del que debe salir, pero para en ese entonces es su mejor opción.
O eso quiso creer cuando un par de brazos lo alcanzaron y no pudo liberarse del agarre. Eran grandes y fríos, de un níveo tono de piel. Reconoció el color púrpura de la seda, transformada en una camisa ceñida al elegante cuerpo. Sabía lo que se avecinaba y por eso arañó los antebrazos, pero no dejó marcas. Aquel largo rostro comenzó a formarse frente a sus ojos oceánicos y no quiso ver. No quería ver. No quería ver. Apretó sus labios y golpeó varias veces el rostro.
Su mano ardió, pero también su corazón cuando lo vio estampado en el suelo. Los labios en forma de corazón estaban hinchados y uno de sus ojos estaba enrojecido. Su nariz sangraba. No quería escucharlo, no quería apenas imaginárselo. Pero hasta lo seguía en sueños.
«Yo lo maté»
«Sí, lo hiciste»
Se escuchó decir en un halo de resentimiento y tristeza.
Para entonces, ya estaba despierto. Su pecho subía y bajaba con moderada rapidez, mientras las sábanas que lo rodeaban caían perezosamente por su hombro izquierdo. ¿Dónde estaba? —Ya estás despierto.
Esa voz se le hacía conocida. Pestañeó varias veces acostumbrándose a la luz que desplegaba la ampolleta en el techo. Era amarillenta y tenue, pero lo suficientemente luminosa para provocarle varios parpadeos molestos. Su cabeza de pronto daba vueltas, y también lo hacía el hombre apoyado en la puerta que no parecía reconocer. —¿Estás bien?
No estaba en su casa.
Y el que estaba en la puerta era Greg Lestrade.
Estaba allí porque había colapsado en el parque. Por eso sus ojos se sentían tan pesados. Estaba allí porque había llamado al detective que vacilaba para acercársele. Lo veía en sus movimientos y en su expresión. Estaba preocupado y nervioso. Quizás le tenía lástima.
Pero a John no le importaba. —¿Quieres…? — hubo una pausa por parte del otro. —¿Quieres agua?
El rubio asintió levemente y Lestrade se perdió entre los pasillos. Sus orbes se perdieron en la textura de las sábanas que lo rodeaban, recordando.
Había una mirada, una expectante y ansiosa, casi alarmada. No lo recordaba muy bien. La garganta se le había secado y hubo un silencio agobiante. Aquellas palabras se repitieron sin cesar en su cabeza, mientras esos dos hombres lo observaban tan fijamente que parecieron disfrutarlo. Su estómago se contrajo, y por eso se llevó su mano hasta su boca para ahogar el quejido del dolor frente a una verdad que no se esperaba. Una verdad que convertía todo lo vivido en mentiras. Su mirada se desvió a Sherlock y luego a Mycroft, y sin saberlo, estaba de pie. No podía creérselo. Y quizás el mayor lo sabía, porque con dos palabras terminó por confirmárselo: —La verdad. — Y no preguntó más, cuando sus creencias se volvieron pedazos ante esas palabras, porque las creyó. Había una honestidad apremiante en esa pequeña frase que no pudo evadir; por eso dio media vuelta con desesperación, ahogándose en los zumbidos de su alrededor. No podía descifrar palabras, ni voces; sólo sonidos. Su cuerpo se había detenido gracias al agarre del pelinegro, pero no lo miró. Ardía. Sus ojos, su pecho y por donde estaba siendo agarrado.
No supo cómo, pero escapó olvidándose de sus pertenencias, mientras su nombre era repetido en fuertes alaridos que lo acompañaron hasta la calle.
—Aquí. — la mano de Greg estaba frente a él y con lentitud aceptó el vaso. El líquido que recorría su garganta calmaba su boca y garganta seca. —¿Tienes hambre? — negó con la cabeza, cuando soltó un sonido de satisfacción con el vaso ya vacío. —¿Qué hora es? — su voz estaba más ronca de lo normal.
—Son las nueve de la noche.
Greg depositó el vaso en la mesita de noche a su lado y se acomodó frente a él en la cama. El colchón se hundió por el peso. —¿Cuánto dormí?
—Cerca de cuatro horas y… ¿Diecisiete minutos? — Lestrade lo miraba de una forma extraña. —No lo sé, la verdad. — su rostro se cinceló en una ínfima sonrisa nerviosa y quiso regresarle el gesto pero no pudo. Su exhausta mirada se fijó en el hombre, que parecía cansado también. Y sintió pesar en su pecho. Debía volver a casa, pero no quería. No quería estar cerca de algún lugar conocido por él.
—Gracias Greg. — musitó con la gratitud que sentía por el detective inspector. —Y siento haberte causado problemas.
Hubo silencio. —No hay problema. — y sin esperar respuesta, se irguió. John sintió la falta de calor cerca de él y lo siguió con la mirada. —Hoy te quedas.
Iba a protestar, pero nuevamente fue interrumpido. —No voy a dejarte salir de aquí.
Su expresión era seria, al igual que sus palabras. John lo supo y por eso lo agradeció con un leve asentimiento de cabeza. Lestrade lo observaba de una forma inexplicable y desconocida para él. ¿Qué era? Había culpa en sus ojos, preocupación y más. Una amalgama de sentimientos que John no podía descifrar en esos instantes.
Y sin quererlo realmente, dudó sobre Greg.
Se levantó despacio y ligero, vestido con sus vaqueros desgastados y su camiseta gris. Sus pies envueltos en calcetines negros se movieron siguiendo la figura de Lestrade, adentrándose a la pequeña sala del departamento. —Lo sabías, ¿Verdad? — preguntó sin más preámbulos. Greg le daba la espalda, tenso. El detective no creía que el tema saldría tan rápido a la luz.
—¿Qué cosa sabía?
Un trago amargo. Su ceño se frunció, aunque el recuerdo le causaba dolor. —Lo de Sherlock. ¿Era eso lo que no querías contarme, Greg? Pensé que debías ser más claro.
Lestrade se dio media vuelta, observándolo, huyendo de su mirada. —¿Qué te dijeron, John? — El detective intentó devolverle la mirada — Cuéntame que es lo que te dijeron.
El rubio alzó una ceja confundido, apretando sus manos en puño. —¿Qué me dijeron? Greg, ¿Sabes lo que pasó? —entrecerró sus ojos, mientras ladeaba su cabeza hacia un lado. Vio como el detective tensaba su mandíbula.
—Yo… yo…
Lo escuchó balbucear.
Y sus ojos se abrieron sorprendidos.
No puede ser. No podía ser verdad. No Greg.—No me digas…— se interrumpió, aspirando una bocanada de aire. —¿Cómo conoces a Sherlock? Jamás me contaste. Dime, por casualidad, ¿También conoces a Mycroft Holmes?
Greg no lo miraba y no recibió respuesta; John soltó una risa, incrédulo, engañado, dolido. Más mentiras. —Claro que lo conoces. Era obvio, tú estando en su casa, luego en la mía…— llevó sus manos hasta su rostro. De verdad, ¿Es que ya no podía confiar en nadie? —No sonabas realmente sorprendido cuando te llamé por el desastre en mi departamento, tampoco cuando me despidieron. Lo debí haber imaginado, tú vinculado con Mycroft Holmes. ¿Qué me podía esperar?
¿Qué se podía esperar del mundo a estas alturas?
»Apuesto a que siempre lo has sabido, quizás es una táctica para mantenerme alejado de él, no lo sé. Todo esto es tan turbio. — suspiró. —Dime, ¿También me espían cuando voy al baño? No, no, no, ¿También te hiciste mi amigo como parte del plan? Dios…— su voz sonaba temblorosa y se molestó por eso. No ahora, no otra vez. —Son unas mierdas. Que poco humanos son.
Estaba harto de todos. —Eso no es verdad, John, joder, maldito cabrón. ¡¿Cómo puedes pensar que no soy tu amigo?! Si no te dije nada es porque estaba preocupado por ti, y es que joder, ¡No sabes absolutamente nada!
Lestrade también estaba cansado.
—¿Cómo esperas que sepa algo cuando todos me ocultan mierdas? ¡La puta verdad, Lestrade! ¡¿Qué tanto les costaba la puta verdad desde un inicio y nada más?! ¡Y tú…! — se acercó amenazante al hombre y este se alzó de la misma manera. —Pensé que podía confiar en ti.
Greg veía la decepción en ese rostro que conservaba ojeras y bolsas bajo sus ojos. No había brillo, salvo angustia.
—¿Qué esperabas John? — Lestrade sonaba más calmado, pero igual de molesto. —¿Qué te dijera que el maldito cabrón se escapa eludiendo la seguridad y vigilancia de su hermano para buscarte? ¿Qué el maldito tiene una maldita habitación llena de fotografías tuyas y de tu información personal? ¿De qué te dijera que un maldito loco que acababa salir de rehabilitación se obsesionó contigo? ¡¿Es eso lo que querías que te dijera?! ¡¿Eso?!
La verdad siempre dolía. Pero más dolor le traía los engaños. —Y asesino. — susurró, taciturno.
Lestrade frunció el ceño. —¿Qué?
—Te faltó decir que es un 'maldito' asesino.
Niégamelo, Lestrade. Pero su rostro sólo se mostró contrariado. Por favor. —John, la verdad es que…
»Es algo más complicado que eso.
Y John se hundió en sus manos, negándose el sollozar, como siempre solía hacer. Greg alargó su mano, intentando calmar el temblor del cuerpo del rubio. Pero no pudo. Había hecho justo lo que no quería. Herir a John. —Él no… — quiso remediarse. —La verdad es que Sherlock…
—No quiero escucharlo.
Aquella madrugada John salió del departamento de Greg Lestrade a las 2:45 am.
No puede perderlo, porque es suyo. Le pertenece desde que el rubio lo había aceptado, desde que tuvo que ceder a la torpeza de lo que escupiría con desagrado a lo que se le llama "sentimientos", pero no lo puede evitar, porque la cordura se le va de las manos cuando quiere conservarlo a la fuerza. Lo agarra porque es temeroso, porque la soledad ya no lo protege, si no, John Watson, al que retiene para que se quede.
Porque tiene que hacerlo.
Porque Mycroft sólo había hecho todo eso para alejarlos y John, siendo el idiota que era –de los soportables-, le había creído. Aunque la verdad no era tan diferente, John, de pronto, y sin entenderlo del todo, no quería estar con él.
—John. — le gritó antes de tomarlo del brazo con fuerza, esa que cualquiera diría que no tenía, por la delicadeza de sus dedos largos y finos. Pero la tiene, y hace daño, porque su palma quema a través de la tela al hacer contacto con la carne ajena. El rubio no lo mira, y quiere atraerlo a su cuerpo para que se acuerde de sus palabras, pero son los brazos de su hermano que lo inmovilizan y dejan que John Watson escape del departamento, y quizás de su vida.
Por eso teme, porque es su jeringa de todos los días; de cada mañana que pasea por aquella habitación tan meticulosamente adornada de lo que más le trae dolores de cabeza: John.
Grita tan fuerte, que la furia y el subidón de epinefrina hacen que se suelte del agarre de su hermano al que nunca ha llegado a orgullecer. Baja las escaleras con velocidad, evitando a la preocupada casera que aparece desde el piso de abajo y salta los escalones que lo separan de la calle. Sigue gritando su nombre, porque es todo lo que puede pensar. John. John. John. John. Sus ágiles ojos lo buscan entre la muchedumbre, pero no lo logra encontrar y se frustra por su ineficacia. Los sentimientos no lo dejan pensar con claridad, y es por eso, que en toda su vida, Sherlock Holmes no sabe qué hacer. Lo busca con su mirada, y saca su teléfono de la bata para enviarles mensajes con desesperación, aunque los caracteres no lo reflejen. El primer mensaje es enviado, y es lógico de que no tenga respuesta, pero aún así insiste. De unos automóviles salen hombres de trajes caros y elegantes, pero no les hace caso, porque esta vez John no podría volver.
Aunque su hogar estuviese con él, con Sherlock Holmes.
Los hombres lo llevan de regreso al 221B de Baker Street, porque se encuentra lejos de allí. Lo cargan como si fuera cualquier cosa, y Sherlock trata de pensar dónde podría encontrar a John. Pero está bajo presión. De la sorpresa, de la rabia y el enojo.
Porque todos tenían razón. Todos, todos.
Pero tenía que hacer volver a John. Aunque estuviese jodido, y él también, y fuese egoísta; John debía volver.
Mycroft lo mira de esa forma de la que siempre lo ha mirado y se niega a pensar que su hermano mayor siente por él preocupación. Porque siempre le ha inculcado que el cariño no es una ventaja, a pesar de que compartiesen sangre. Por eso huye de esa mirada, lejos, más lejos de lo que alguna vez pensó. Era un abismo lo que creaba Sherlock Holmes entre él y Mycroft, entre él y la gente.
Los hombres lo revisan, a su alrededor hay un ajetreo del que no es partícipe. Mycroft le habla del episodio agresivo que acaba de tener y él acepta lo que dice, sin concentrarse en él. Lo acepta, inclina su cabeza en aceptación y finge sentirse ofendido porque siempre lo está con su presencia. Pero sólo pasa eso; porque su cabeza está intentando saber qué hacer cuando todo el mundo se vaya y regrese John.
No estaría dispuesto a dejarlo ir.
Ha enviado el noveno mensaje cuando su hermano ya no está.
Sherlock se tambaleó en el sofá y buscó con su mirada imperturbable las cámaras, el aparato en sus manos y los micrófonos. Los busca de tal manera que al encontrarlos, los hace trizas. La señora Hudson aparece preocupada en su puerta y la tranquiliza con familiaridad, porque esa señora vale la pena. Ella se aleja y sin decir alguna palabra, va a las calles en búsqueda de John Watson.
Después de una hora, no lo ha localizado, pero advierte a su red de vagabundos por alguna información.
Sin embargo, todo empeora cuando un mensaje de John es recibido en su teléfono.
"Muérete. – JW"
Son las ocho y media, y al parecer muere, porque su cuerpo se desploma en el sillón de tres plazas que se encuentra en el departamento. Intentaba creer que aquello no era verdad, intentó pensar en algo lógico cuando eran sus extraños y retorcidos sentimientos los que hacían mella en su ser. Siempre supo que era un monstruo y siempre supo que lo que 'sentía' por esos rubios no era algo normal. No era sano.
Pero ningún insulto se comparaba con el dolor que le estrujaba el órgano llamado corazón. Se parecía al mismo sentimiento que tuvo cuando perdió a Redbeard.
Por eso la sala daba vueltas a su alrededor, cuando la aguja perforaba su pálida piel. La jeringilla se hundía en su antebrazo marcado por múltiples pinchazos, mientras la solución al siete por ciento, esta vez de Morfina, se colaba a su organismo.
Así aplacaba el dolor, así despejaba su mente, y el mismo tiempo, la estimulaba. Se aclaraba todo.
Se dejó caer hacia atrás, hundiéndose en el mullido sillón y exhalando un profundo y prolongado suspiro. En esos instantes, John Watson era una confusa imagen en el techo.
Y aunque duró unos pocos segundos esa difusa silueta en sus pensamientos, Holmes se ahogó en el efecto de la droga corroer su cuerpo lánguido en el sillón. Sus manos estaban posadas debajo de su barbilla, y por mucho que pensara que se encontraba bien y sosegado: estaba destruido.
Sus ojos estaban hinchados, y él sudoroso, con la nariz moqueada y el temblor en sus extremidades. La bata de seda de color vino se encontraba sucia y ligeramente magullada. Aquellos bucles que yacían rebeldes hasta hacía unas horas, se encontraban pegados a su frente.
Con esa imagen se encontró John Watson, mientras subía las escaleras. Varías jeringillas y extraños artefactos se desperdigaban por el suelo. Y él no sabía verdaderamente la razón del porqué había ido allí. Tal vez por su cámara y sus pertenencias, pero sólo era una mala excusa para adentrarse a la boca del lobo.
Desconfiaba de él, y por eso verlo en ese estado, empeoró el suyo.
Sherlock lo encontró con la mirada, mientras intentaba incorporarse y vio como John Watson se tensaba. ¿Por qué estaba allí? Sherlock hizo una mueca; la misma que veía muchas veces, la que causaba escalofríos y que le gustaba. La rara, la extraña, la espeluznante. Tenía que correr rápido de ahí. Y estaba dispuesto a hacerlo.
El Holmes también era un maldito drogadicto.
El ambiente para él era tenso, pero para Sherlock era satisfactorio. Porque John había regresado. Y no se iba a ir. No lo quería muerto.
O tal vez sí.
El rubio se apresuró a buscar con su vista su mochila y cuando la encontró, se esforzó por moverse lo más rápido que pudo, siendo seguido por la nublosa mirada de Sherlock.
Ninguno habló. Hubo un total silencio. Un peligro y un miedo y el mismo ciclo se repetía otra vez. Ahora mucho más claro.
John se volteó dispuesto a irse. Va a volver con Lestrade.
Pero se escucha un ruido fuerte y una respiración en su nuca. La puerta que había abierto para irse había sido azotada por un brazo que se encontraba al lado de su mejilla derecha. John aprieta su mochila contra su pecho, sintiendo el calor en su espalda, y su cuerpo temblar.
Sherlock no le dejaba escapar.
—Tengo que irme, Sherlock.
No permitiría que su morfina se alejara de él. Maldito seas, John Watson.
—No, quédate.
Era una amenaza. Y John lo sabía.
—Quiero irme a mi hogar.
John temblaba, Sherlock olisqueaba su cabello rubio.
—Este es tu hogar.
—Mary es mi hogar.
*epinefrina: hormona de la adrenalina.
Hola, es bastante tarde por acá, acabo de iniciar mi entrada a la universidad y no sé que hago escribiendo. Pero si no lo hacía ahora, no lo haría hasta el fin de semana y así no se puede. En fin, ojalá le guste el cap, muchas gracias por el apoyo que me animó a tener el capítulo hoy. En serio, que me gusta ver los review y todo eso.
Me voy, que es tarde y en... ¿Tres horas? Me levanto para ir a clases. xd.
(Perdonen los errores en el escrito, plox, después lo arreglo mejor, pero ahora estoy muriendo)
Gracias por todo. Arrivederci.
-Lyrock.
