ADVERTENCIA: Antes de leer esto lee el capítulo anterior (Mañana estaremos bien). Lo he colocado en el lugar donde antes estaba la nota de autora y quizás no lo has visto.

Ahora sí, ¡Hola, mis amados lectores! :D Aquí les traigo nuevo cap, ya que en un arranque de inspiración lo terminé en sólo dos horas. Puede que se consigan algunos errores, ya que no está editado, pero como he comenzado a editar la historia (hasta ahora, sin embargo, sólo llevo el prólogo y los primeros dos capítulos) le di sólo una releída rápida, y cualquier typo que vean será corregido más adelante :)

Me disculpo por ellos, de todas formas, recuerden que escribo la historia en mi teléfono.

En fin, los dejo para que lean, y espero les guste el capítulo. No olviden dejar sus comentarios, saben que me encanta saber lo que piensan :D

¡Hasta pronto!

Atentamente,

Nikky Grey.

P.S.: Casi lo olvido, el título del cap viene de una línea de la canción "The ballad of Mona Lisa", por Panic! At the disco. Es una canción muy buena, deberían escucharla :) y parte de un personaje está basado en ella (no les digo cual, porque sino les arruino la historia, jajaja, pero si creen que lo adivinaron díganme, y les diré si están en lo cierto o no :D) Ahora sí, au revoir!


Capítulo XXIII:

Una señal para creer:

Quizás esto fue una mala idea...

La humedad arriba helaba las paredes, como si estuvieran hechas de hielo sólido. Podía distinguir su aliento, nubes de humo blanco que se formaban con cada respiración, y si ella tenía frío, no quería pensar como estaría Peter.

Peter. ¿Lo había llamado así? ¿Aceptaría que lo hiciera? No sabía si ella estaría contenta si de repente la gente se empeñara en llamarla por otro nombre...

Bajaba hacia el salón, y abría la puerta para encontrarse con un niño rubio de ojos azules, muerto de frío. Lo llevaba hasta el cuarto de su madre.

¿Por qué lo hacía? Era algo cruel, algo horrible, llevar a alguien tan joven que sólo quería hablar con una amiga, decirle que esa amiga estaba puerta...

Pero tenía que decírselo a alguien. Tenía que decírselo a alguien o moriría también.

Sacudió la cabeza, apartando el recuerdo y la nueva sensación de culpa que le revolvía el estómago. A su lado, Alfred se detuvo.

-¿Pasa algo? -Preguntó, enarcando las cejas.

-No, nada.

-¿Estás mareada? Quizás debimos quedarnos abajo...

-Estoy bien, Alfred- insistió, y sonrió, burlona- No voy a dejarte sólo en la oscuridad.

-Cállate- espetó, aunque parecía bastante incómodo.

Jane rió entre dientes, y siguieron andando en silencio un rato. Arriba, el papel tapiz de rayas azules y doradas estaba desprendido casi por completo, revelando la madera desnuda. La madera del suelo estaba rota y levantada en algunos espacios, donde podían ver el piso de abajo- o habrían podido de no ser por la casi total oscuridad.

Escuchó una rata corriendo entre las vigas del techo y reprimió un escalofrío.

-Jane...

-¿Sí? -Giró la cabeza hacia el muchacho, pero él no la miraba. Su vista estaba clavada en su mano derecha, el temblor bastante evidente.

-¿Puedes llamarme por mi nombre? Quiero acostumbrarme a la idea.

-¿Hablas de Peter?- Preguntó con el ceño fruncido.

-No, de Rosendo. Obvio que de Peter.

-¿Siempre eres tan encantador o soy un caso especi...- Calló de golpe cuando él la fulminó con la mirada, furioso.

-¿Quieres callarte de una vez? Eres...- Abrió mucho los ojos, como sorprendido de sus propias palabras, y su expresión se relajó- Lo siento- musitó con voz queda- no sé por qué dije...

Parecía sentirlo de verdad, así que Jane trató de no sentirse dolida. No era como si ella no estuviera con los nervios de punta también, y vaya que tenían razones para estarlo.

-Busquemos a Campanita- sugirió, sonriendo solidariamente. Peter asintió, y siguieron adelante.

El pasillo era enorme. Alargado e infinito, como si estuvieran en un laberinto. Le produjo una extraña sensación de familiaridad, pero no sabía decir por qué.

La llamaron, sin éxito, y por más que escudriñaron cada rincón y habitación desvencijada por la que pasaban, no consiguieron dar con ella. En algún punto, a Peter comenzaron a castañetearle los dientes, y a pesar de que seguía actuando como si nada, todo su cuerpo temblaba violentamente, agitándose como la gelatina...

-Peter...

-D-d-déjalo. Es sólo...-Su voz se apagó cuando, sin pensárselo mucho, la chica lo abrazó. Era como abrazarse a un iceberg, y no se sorprendería si se quemara por el frío. El muchacho se quedó inmóvil, sorprendido.

-Jane... ¿Qué estás...?

-Cállate. Yo tengo fiebre y tú estás al borde de la hipotermia. Es sólo con fines médicos- masculló, con la mejilla pegada a su cuello y cuidado de no lastimar si brazo fracturado. Luego de otro momento incómodo, su brazo bueno le rodeó la cintura, y sintió que apoyaba su barbilla contra su cabello.

-¿Sólo con fines médicos?- Preguntó, burlón.

-Enteramente. Todo por el bien de t... De mi salud- respondió, aún con el mismo tono pragmático.

-Lo mismo digo- coincidió, y la apretó con más fuerza.

Permanecieron así, en total silencio. No había nada de personal, se dijo Jane, ella había sido enfermera –o casi- y no había que estudiar medicina para saber que la mejor manera de transmitir calor era por el contacto físico.

Así que no había nada de malo con que se quedaran así un rato. Estaba segura de que el eje de Nunca Jamás no serviría de mucho convertido en un helado de tamaño grande.

Aunque puede que no resultara tan malo como ella lo había esperado, ni tan incómodo como se dijo que sería. Puede que la voz de Peter sonara diferente esa vez, menos burlona y sarcástica.

Y puede que, quizás, no fuera por interés clínico después de todo.

...

Christine se dejó llevar, su mente demasiado lejos como para importarle a donde la llevaba Simon. El chico la sostenía por los hombros, repitiendo algo de que los demás los estaban esperando, de que todo iba a estar bien...

La frase le sonaba ahora incluso fastidiosa, pero no tenía ganas de decirle que se callara, y se sorprendió al ver que una parte de ella quería incluso que siguiera hablando.

No quería estar sola con sus pensamientos otra vez, porque sabía a dónde volverían.

-¡Gracias al cielo! -exclamó una voz grave (Arthur, se dijo), y a esto siguieron un montón de preguntas que no conseguía comprender y que dejó que el muchacho respondiera.

Hasta que el cocinero dijo:

-¿Dónde está Joe?- fue como una cachetada, y Christine levantó la cabeza violentamente, jadeando. Sentía que volvían a empañársele los ojos, y el brazo de Simon se apretó más en torno a ella.

-Él...-comenzó, vacilante, y a pesar de que la pareja que los observaba ya había adivinado la respuesta, algo impulsó a la mujer a responder.

-Me salvó la vida.

-Oh, Christie- Marlene, su compañera de la infancia, dio un paso hacia ella. Quería saltar a sus brazos y llorar, desahogarse como el día que le habían roto el corazón por primera vez, como el día en que su padre se había marchado a la guerra, como el día que su madre se había ido y la había dejado sola...

Quería que la acompañara, pero sabía que tenía que superarlo sola.

-Nunca se lo dije- musitó, odiando el temblor en su voz y las lágrimas en sus ojos. La rubia se detuvo, y también contenía el llanto- Iba a hacerlo- continuó- casi lo hago, y luego...

-¿Decirle qué?- preguntó Simon tranquilizadoramente, a pesar de que su aspecto no era mejor al de ella. Marlene lo fulminó con la mirada por entrometerse, pero Christine sólo sonrió con tristeza.

-Que yo...

-¡Miren esto!- Arthur, que se había alejado respetuosamente, señaló algo que veía desde la ventana destruida- Madre de...

Su exclamación fue seguida por un jadeo de Marlene, y algo que masculló Simon en voz baja. Christine observó atónita la escena frente a ella, incapaz de creer lo que veían sus ojos.

Antes de que alguien pudiera detenerla, echó a correr. Sus compañeros reaccionaron al mismo tiempo.

-¡Christie! -chilló Marlene- ¡El toque de queda!

-¡Christine! ¿A dónde vas? -exclamó Simon bruscamente, siguiéndola.

-No puedes salir, podría haber otro—

Pero no escuchó el final de la frase de Arthur, puesto que ya había dejado el cafetín, y mientras saltaba los escombros de la puerta que había cruzado cientos de veces cada mañana, y la cálida humedad del fin de la lluvia le golpeaba el rostro y le pegaba las sucias ropas a la piel, se dijo que estaba muerta.

Estaba muerta, o estaba moribunda y alucinaba, porque eso no podía ser...

-Christine- sintió una mano en su hombro, pero no se volteó. Simon no dijo nada más, tan sorprendido como ella.

-Eso no es una bomba- dijo, señalando lo obvio. Sin apartar los ojos de la enorme bola de metal, el chico a su lado negó con la cabeza.

-No, no lo es.

...

-¡Campanita!

-¡Campanita!

-¡Campa... Esto es ridículo- Peter se detuvo, mirando al interminable pasillo con frustración- Es obvio que no está aquí- Debían de llevar una hora en el mismo plan, y lo único que habían conseguido era tragar polvo como locos y, en el caso de Peter, casi sufrir de hipotermia.

Y el episodio del "abrazo medicinal" era uno del que preferían no tener que hablar por el resto de sus vidas.

-Pero ¿Dónde está, entonces?- preguntó Jane, más para sí misma que para él, y también se detuvo- Nos habría…-su voz se apagó.

-No, lo sé, pero... -se detuvo al ver la expresión de la pelirroja- ¿Qué pasa?

Jane no respondió. Una voz acababa de aparecer en su cabeza, un recuerdo, de la misma manera que había ocurrido con el anterior.

"Eso no significa que tengas que dejar de buscar."

En su sueño había visto un pasillo largo e interminable, con puertas extrañas que guardaban secretos inimaginables...

Pero sólo una contenía lo que ella necesitaba.

"Cuando lo encuentres, recordarás"

-¿Jane?- La chica sacudió la cabeza y las puertas de colores desaparecieron, reemplazadas por la realidad. Sin embargo, supo de qué se trataba.

-Campanita si está aquí.

-¿Cómo lo sabes?- su pregunta no tenía el matiz escéptico que había esperado, pero aun así se vio sin saber cómo explicarse.

-No estoy segura, pero sé que es así- y su voz sonó tan confundida como se sentía. Lo miró, esperando que pusiera los ojos en blanco, que soltara algún comentario sarcástico y le dijera que debían irse y buscar en otro lado.

Sin embargo, lo que dijo en su lugar fue:

-Sigamos buscando, entonces- y supo que le creía.

Lo que, en vez de reconfortarla, hizo que se sintiera peor consigo misma.

Se dijo que en algún momento tenía que contarle lo que había hecho. Había meditado la posibilidad desde que había despertado, pero se sorprendió del miedo que le causaba la idea de que no quisiera volver a hablar con ella después de eso. De que la odiara por lo que había causado sin darse cuenta...

Y se dijo que eso se debía solamente a que, como él, no quería quedarse sola en ese lugar. Además, no tendría sentido decírselo ahora que no podía recordar nada ¿Verdad? Tendría que esperar que supiera más sobre su vida...

Aunque quizás, no tendría que hacerlo, porque él ya lo habría recordado.

Y entonces sería peor, porque no la dejaría explicarse, porque recordaría a Wendy con total claridad, y estaba segura de que diez años no harían que le doliera menos el verla muerta.

Pero no tenía caso pensar en eso ahora- mejor dicho, no quería pensar en eso ahora- y mientras continuaban con la búsqueda exasperante, sus voces retumbando en la oscura frialdad del pasillo, Jane escuchó la voz de Seashore, cálida y tranquilizadora.

"Piensa, Jane. Puedes encontrarlo. Sé que puedes hacerlo."

¿Cómo? No tenía idea de que estaba buscando ni de…

"Sólo mira bien. Está justo allí."

Eso hizo, se detuvo otra vez, tomó aire y miró a su alrededor y al montón de puertas iguales. Sólo una contenía lo que quería, una y nada más, y aunque no sabía lo que era, sabía que tenía que encontrarlo, tanto como tenía que salvar al país con el que cada vez se sentía más y más relacionada.

Una, sólo una...

Sintió una cálida corriente de aire, diferente al frío glaciar que hacía, y el familiar zumbido volvió a sus oídos. No se movió, sin embargo, y continuó con la vista puesta en el frente, regulando su respiración todo lo que podía.

Puedo hacerlo.Una puerta diferente...

"Mira bien"

Y de repente, las puertas cambiaron.

...

-¿Es lo que creo que es?- preguntó Marlene, quien había salido tras ellos.

-Increíble- musitó Arthur, que había hecho lo mismo, y proyectó en voz alta la pregunta que todos se hacían-¿Cómo demonios cae del cielo una bala de cañón?

-No lo sé, pero no cabe duda de que lo es -respondió Simon.

Christine no hablaba. Tenía los ojos clavados en la bala, como si creyera que se trataba de una ilusión que podía desaparecer en cualquier momento.

¿Era eso lo que había matado a Joseph? ¿La onda expansiva de la bala al caer? No tenía sentido ¿Cómo habían podido...?

Sintió una mano en su hombro, trayéndola de vuelta a la realidad, y vio que Simon la miraba fijamente.

-Deberíamos entrar otra vez, Chris. Podrían venir en cualquier momento.

-¿Y estamos seguros allí? -espetó, sonriendo con cruel ironía- Joseph estaba adentro, y...

-Chris- la interrumpió él, su voz firme, a pesar de que la tristeza oscurecía el brillo de sus ojos- tenemos que entrar.

Los otros dos también la miraban, sin saber que decir, y nunca se sintió más derrotada como en ese instante, a pesar de que incluso ella sabía que estaba equivocada.

-Pero...

-Hay un sótano.

-¿Sót...?- se dio cuenta que tenía razón, en ambas cosas. No podían quedarse allí, a riesgo de otro bombardeo.

O balacera, ya ni sabía cómo llamarlo.

Pero no quería entrar, no quería volver, no cuando sabía que él todavía estaba allí, que él…

Cobarde. Su propia conciencia la sorprendió, hasta que se dio cuenta de que ella misma lo pensaba. ¿Crees que él dio la vida por ti para que te suicidaras como una idiota? ¿Crees que eso es lo que habría querido?

No, no podía morir. Tenía sobrevivir, por Joseph, por...

Un trueno cortó sus pensamientos, y los cuatro levantaron la cabeza hacia el cielo, oscuro al ser ya de noche, pero sin una nube a la vista. Christine estaba temblando, aunque no porque tuviera frío, y cuando otro trueno retumbó a si alrededor y la luz blanca brilló a la lejanía, sintió que las piernas se le doblaban.

-¡Chris!- Simon la sujetó por los hombros, y Marlene corrió hacia ella.

-Tenemos que entrar- dijo con voz firme, y Arthur y el chico asintieron.

Para cuando Christine salió de su pesadilla y dejó de escuchar las últimas palabras de Joseph en su cabeza, de ver el cielo cayéndose sobre los dos, ya regresaban al cafetín. Se sentía mareada y confusa, pero quizás eso se debía a otra cosa.

Simon decía algo a lo que no estaba prestando atención, pero cuando el muchacho se detuvo de golpe, tenso, y una sombra enorme los cubrió a los dos, la morena levantó la cabeza.

-Dime que estoy alucinando...-jadeó, paralizada.

-Si es así, estamos locos los dos.

-¡Adentro, rápido!- gritó Arthur, corriendo como una centella hacia el destrozado restaurante, con Marlene, Simon y Christine pisándole los talones.

Simon y ella iban detrás, y alcanzaban la puerta cuando la sombra comenzó a moverse, indicando el desplazamiento del barco. Arthur cerró la puerta tras ellos, y se dio la vuelta para mirarlos a los tres.

-Esto es una locura- masculló, su piel perlada por el sudor y sus ojos cafés dilatados por el pánico.

-Al menos ya sabemos de dónde vino el cañón- comentó Simon con ironía. Marlene miraba la ventana, atenta a la sombra que se alejaba más y más.

-¿Estarán buscando algo? -preguntó, sin apartar la vista del agujero, ni prestar atención al modo en que sus pies hacían crujir el cristal y la madera.

-O a alguien- apuntó Simon.

-Deberíamos escondernos en el sótano hasta que se vayan- dijo Arthur, y los demás asintieron. De golpe, Christine recordó algo.

-La llave- todos la miraron- El sótano está cerrado con llave, y la única copia la tiene...

La tenía, se corrigió mentalmente, y las palabras murieron en su garganta.

Aunque no hacía falta que terminara la frase, pues los demás sabían a qué se refería, y giraron la cabeza hacia al punto donde yacía el cadáver.

-Yo iré a buscarla- dijo Simon, decidido, y Christine lo sujetó por la camisa cuando se daba la vuelta.

-Te acompaño- él la miró, vacilante, pero accedió de todas formas.

Saltaron los escombros hasta la cocina, la morena sujetándose de su brazo para no caerse. Su corazón latía desbocado contra su garganta cuando se acercaron a lo sobreviviente de la puerta gris, y a través del agujero astillado pudo distinguir lo que quedaba de la habitación.

-No tienes que venir- comenzó él. Le costó encontrar su voz para responder, pero se aseguró de sonar lo más firme posible.

-Sí, si tengo.

Y Simon no cuestionó por qué, sólo apartó la puerta para que pasara.

Resaltaba entre los escombros, o eso le pareció a ella. Destacaba como algo que no pertenecía allí, que debería estar en otra parte...

Debería estar vivo, para empezar, pero tampoco podía dejarlo allí.

-Lo enterraremos- dijo Simon, adivinado lo que pensaba- Cuando todo esto termine.

No va a terminar nunca, pensó, pero asintió de todas formas, agradecida de que intentara reconfortarla.

Simon se arrodilló, con cuidado de no pincharse con nada que pudiera haber en medio del destrozo. La mujer sabía que debía de ser increíblemente incomodo para él hacer lo que iba a hacer, y quiso librarlo del problema y hacerlo ella misma...

Pero ni siquiera podía mirarlo. No podía respirar, el aire se había condensado dentro de la habitación y bajaba como una piedra helada a sus pulmones. No quería estar allí, era cobarde y despreciable, pero no quería estar allí.

Lo siento, no puedo, perdóname.No podía verlo, había muerto por su culpa y ni siquiera podía mirarlo...

-Chris- levantó la cabeza al escuchar su voz. Vio a Simon ya de pie, con algo en su puño apretado. La miraba, preocupado, como no había dejado de hacerlo desde que la había encontrado.

-¿La tienes?- preguntó, antes de que pudiera hablar.

-¿Qué?- pareció desorientado un momento, como si la pregunta lo hubiera encontrado desprevenido.

-La llave.

-Oh, -levantó el puño que apretaba.

-Bien- se pasó el cabello detrás de la oreja, sin saber que más hacer o decir.

¿Qué se suponía que tenía que decir? ¿"Gracias por sacar la llave del pantalón de mi novio muerto, porque yo soy una cobarde desagradecida que ni siquiera puede acercarse a él por riesgo de vomitarle encima"?

-Pensé que, bueno...-Simon cayó, apartando la mirada.

-¿Qué pensaste?- insistió con calma, al ver su incomodidad.

-Que querías, bueno... Ya sabes- se encogió de hombros, mirándola otra vez- Despedirte.

-Oh- eso había ido a hacer ¿No? Por eso lo había seguido. Pero...

-Quizás después- dijo él, comprensivo.

-Sí- coincidió- después.

Sonrió brevemente, y el chico hizo lo mismo, aunque su sonrisa era más nerviosa que reconfortante.

-Vamos a decirle a los demás que ya tenemos la—

Un golpe seco hizo que enmudeciera, seguido de un chillido de mujer, y ambos echaron a correr a ver de qué se trataba. Lo primero que vieron fue a Arthur en el suelo, inconsciente y con una herida en la cabeza, a Marlene asustada, gritando, sujeta por un hombre de vestimenta extraña...

Luego vieron a los dos hombres, de pie en la entrada, espadas en mano. Ambos la miraron, y esbozaron al mismo tiempo una sonrisa idéntica.

Pero eran muy diferentes. Uno era pálido, delgaducho y tenía el cabello verde brillante y ondulado, el otro...

El otro lo conocía, era el hombre que había venido al restaurante el otro día.

-¿Qué quieren?- preguntó Simon, escondiendo a Christine detrás de él- ¿Qué le hicieron a Arthur?

Luke desvió su mirada hacia el cocinero, divertido.

-Hablaba demasiado.

-¿Está muerto?- la voz del muchacho, aunque todavía desafiante, había adquirido un matiz de pánico. El pirata de cabello verde lo miró, enarcando una ceja.

-¿Muerto? No, sólo se toma una siesta- los señaló con la cabeza- Ustedes vienen con nosotros.

-¿A dónde nos llevan?- preguntó Christine, abandonando la protección del muchacho.

-Es una sorpresa- aseguró Luke, y el pirata de cabello verde rió entre dientes- No te preocupes, hermosa, que todos están invitados, incluido tu amigo dormilón.

-¿Y si no queremos ir?- Simon retrocedió, sorprendido, cuando Luke lo apuntó con su espada y el acero casi lo atraviesa. Detrás del pirata, escuchó el ruido seco de botas que golpeaban el suelo de piedra, y no tardó en ver más piratas como él, que los rodeaban, amenazantes.

Los ojos del pelinegro brillaron con la misma amenaza.

-Lo hacemos por las malas, entonces.