Capítulo 13

Solo esta noche, ángel.


Todos estaban en silencio. Nadie esperaba escuchar las palabras de Eleazar de ese modo tan rudo e impertinente. Edward abrió los ojos de golpe y giró la cabeza en dirección a Bella, la cual seguía igual de atónita como el resto.

—¿Disculpe?, ¿De qué está hablando, señor Welch? —Preguntó Edward.

Eleazar sonrió y miró a todos alzando una copa.

—Es evidente, mi querido Edward. Mi hija y tú son mayores de edad y fácilmente podrían contraer matrimonio en cualquier momento, ¿sabes cuánto beneficiaría esto a ambas familias?

Edward quería decirle tantas blasfemias y groserías como fuesen posibles pero ahí estaba presentes su padre, a quien le tenía un profundo respeto, Esme su madre, la cual no comentó nada porque simplemente no debía y sobre todo, Bella; el amor de su vida.

—Disculpe que diga esto, pero ¿por qué nos está comprometiendo antes de siquiera hablarlo? Antes de siquiera escuchar lo que quiera cada uno.

Tanya se molestó desde su asiento y frunció el ceño a manera de rabieta.

—Carlisle— Comentó Carmen—. ¿No te gustaría unir a nuestras familias?

El viejo patriarca suspiró sin decir más y entonces, Eleazar tomó la palabra.

—Edward, créeme hijo— Y sonrió sardónico—. Si hubiese sabido mucho antes de tu existencia, desde tu nacimiento quizás, te hubiese comprometido con Tanya.

Y Bella se sintió molesta. La familia de los Welch era total y caóticamente desconsiderada y grosera en todos los sentidos que se podrían explicar. No había dudas de que ellos solamente deseaban el dinero de la familia de Edward y en algún punto, quizás mediante presiones y compromisos obligados, ellos lo conseguirían. Pero no estaba dispuesta ceder ni un poco. Los sirvientes comenzaron a servir los platos fuertes de la cena, sabiendo de antemano que todo aquello estaría en total, incómodo y completo silencio. Edward seguía absorto en sus propios pensamientos, nunca antes pudo estar más presionado en ese momento como antes llegó siquiera a pensarlo y solo se limitó a picotear la comida por el tenedor y no participar en nada.

Su acompañante acarició su brazo con ternura y cuando giró su cabeza, esta, le sonrió dulcemente.

—¿Qué tanto piensas, hijo? — Preguntó Eleazar sonriendo.

Pero Carlisle por fin habló.

—No me gusta la forma en que abordas ese tema, Welch. Mi hijo ni siquiera sabe si desea casarse.

—No seas tan anticuado — Comentó Carmen—. Cualquier joven de su edad desea contraer matrimonio y más si su parte económica está asegurada.

Los ojos Edward estaban abiertos como platos. La insolencia rebasaba los límites y estaba a punto de tirar todo al vacío, tomar a Bella y huir de todos. Pero todo se tranquilizó cuando Bella lo tomó de la mano y lo miró con ternura. Su mirada le daba paz, le decía que no estaba solo.

—Le pido por favor — Pidió el hijo —. Que no anuncie compromisos donde no los hay.

—Edward…— Dijo Tanya.

—Por favor — Pidió de nuevo.

Y todos se quedaron en silencio durante la cena. No había más que incomodidad entre los presentes y el hecho de que Edward no prosiguiera con sus alimentos preocupó a Bella, la cual tampoco pudo seguir cenando. Carlisle y Eleazar se enfrascaron en una conversación de negocios, mientras Carmen y Tanya hablaban de cosas banales. Pasaron a la sala para beber café aunque Edward era el que menos cómoda estaba. Isabella por su parte, era la que menos participaba pero Tanya al notarlo, comenzó a atacarla con preguntas.

—Y dime, Bella. ¿De dónde vienes?

La chica se movió de su asiento y aclaró su voz.

—Soy de este mismo pueblo.

—Vaya que interesante. Supongo que vives con tus padres.

Y Bella miró a Edward de reojo, haciendo que se tensara.

—Sí— mintió.

—Magnífico— Celebró la rubia—. Me alegra que las buenas costumbres se sigan al pie de la letra, ¿sabes lo mal que se ve una mujer que no vive con sus padres antes del matrimonio?

Y todos se quedaron callados hasta que la mujer prosiguió hablando.

—Es un alivio para todos, saber que esta casa está llena de gente con clase— Y bebió del té.

—Bueno— Intervino la castaña—. Yo no soy nadie para juzgar a los demás, pero tampoco puedo asegurar aquello con tanta facilidad— Y la miró a los ojos, desafiante.

—¿Qué trata de decirme, Bella?

—Nada en lo absoluto— Respondió la chica—. Sin embargo, no puede usted hablar por los demás cuando ni siquiera sabe de qué manera están las cosas por su conciencia.

—¡Insolente! —Chilló Tanya parándose de su asiento.

—Catherine— La reprimió el padre—. Hazme el favor de sentarte.

La hija lo miró con ira. Definitivamente, Isabella había dado un golpe clave en la vanidad de la indulgente mujer. Sin embargo, ella sabía que no podía comportarse de la misma manera, nunca dejaría manchado el nombre de Edward.

—Señorita Swan — Intervino Eleazar—. Le voy a pedir que le guarde respeto a mi hija.

—Señor, con todo el respeto que usted y su familia merece. Yo jamás he ofendido a su hija, aquí presente. Sin embargo, me siento desconcertada, porque mis palabras llegaron a herirla a tal grado. ¿No es verdad que dicen que, quién nada debe, nada teme?

Eleazar se removió de su asiento y se quedó callado. Sabía que era cierto, el resto del café, nadie mencionó nada.


Cuando estaban tomando aire fresco en la terraza, Bella se disculpó un momento para entrar al tocador. Tanya tenía todas las intenciones de atosigarla hasta hartarla, así que la siguió en silencio hasta el baño.

Cuando la castaña salió, se recargó en el lavabo mojándose los brazos. Bella estaba cansada y bastante hastiada por el comportamiento de sus acompañantes, aunque Edward estuviese presente, ninguno respetaba su presencia a excepción del señor Carlisle, que se mostraba igualmente apenado por cada comentario por parte de la familia Welch. Tanya la observaba en silencio desde la puerta y sonrió al notar indefensa a la chica.

—Hola— Saludó.

Bella se sobresaltó y se giró de golpe para encararla.

—Tanya.

—Sí, Bella. Soy yo, Tanya.

—¿Qué haces aquí? — Preguntó aun controlando su respiración.

—Nada— Dijo seriamente ahora—. Tal parece que te estás olvidando de algunas cosas.

—No comprendo.

—¿Qué haces con Edward?

—Él me invitó— Confirmó la chica de cabello pardo.

—¿Te invitó? ¿Por qué? — Casi gritó.

—No lo sé.

Pero Tanya en un arranque de ira, la sujetó de los brazos, la arrinconó en la pared y la miró con cólera.

—¿¡Por qué, Isabella!? ¿¡Por qué te busca a ti y a mí no!?

—¡No lo sé! —Contestó soltándose de su agarre—. No vuelvas a tocarme.

—¿Qué le diste, maldita mosca muerta? — Preguntó Tanya con la ira saliéndole por los poros.

Pero incluso, antes de que pudiese responderle, Bella le estampó una sonora cachetada a la sínica mujer que tenía delante. La había ofendido esa noche de una y mil formas, haciendo que todos sus buenos modales se fueran al carajo junto con ella. No tenía la más mínima intención de soportarlo más y mucho menos, viniendo de una persona tan vacía y frívola con Tanya Catheryne Welch. También tenía todas las intenciones de golpearla más, hasta que el alarido de la rubia irrumpió el lugar ensordeciéndola.

—¡Maldita!, ¡Maldita! — Gritó tocándose la colorada mejilla—. ¡TE ODIO!

Fue entonces, que como llamado de guerra, los padres, Carlisle y Edward llegaron corriendo hacia la pieza con los ojos al par abiertos por la impresión de aquel grito, encontrando a Tanya postrada en el piso, haciendo una escena mucho más exagerada de lo que en realidad era. Bella desde ese punto, parecía la villana. Carmen comenzó a gritar horrorizada, hincándose frente a su hija como si esta estuviese herida de bala.

—¿Qué le hiciste?

—Me defendí, señora.

—¿Defenderte? ¡Eres una salvaje! — Escandalizó la mujer—. Carlisle, ¿cómo permitiste que una simple muchachita de pueblo entrase a tus aposentos? ¡Esto es el colmo!

Pero Edward se horrorizó viendo como Bella bajaba la mirada y una lágrima se escurría por su mejilla.

—¡BASTA YA! — Vociferó el hombre joven—. ¡Que se la primera y última vez que ofende a Bella de ese modo!

Todos estaban sorprendidos de que Edward, el hombre joven y educado, alzara la voz de ese modo y más, frente a una mujer. Pero eso a él no le importó, simplemente, sabía que haría cualquier cosa por Isabella.

—Edward, no le hablas así a Carmen— Gritó Eleazar—. Ella es la madre de tu prometida.

—¡YO NO ME CASARÉ CON ESA MUJER! — Y la miró hacia el piso.

—Hijo…— Comentó Carlisle viendo que Edward perdía los estribos.

—Lo siento, papá. No voy a soportar a gente tan insolente como ellos.

Y los Welch se quedaron sin habla.

—Edward— Murmuró Tanya llorando con falsedad—. ¿Cómo es que proteges más a esa mujer que a mí?

—¿Crees que no escuché cómo la ofendías?, ¿crees que no me doy cuenta de lo que haces en realidad? Por favor, señorita Welch. Al menos denos eso a todos, la mísera oportunidad de escuchar una palabra suya honesta.

—¡Edward Cullen! ¡Respeta a mí hija!

—Y usted, respete a Isabella— Y la tomó de la mano—. A mí, me importa poco su rango, su dinero, incluso su apellido, pero tengo la certeza de que, a pesar de que no tiene más que lo suficiente, es mucho más valiosa que todos ustedes juntos— Dijo con rabia mirando a la familia interesada.

Carlisle sonrió sin evidencia, estaba orgulloso. Él había criado a un caballero con justicia.

—Padre, perdóname— Le pidió—. Tú sabes lo que pienso. Lamento que las cosas hayan terminado así.

El patriarca asintió y lo miró a los ojos.

—Me retiro— Dijo apretando el agarre de Bella con más fuerza—. Volveré, papá.

—Anda hijo— Contestó notando como Eleazar lo miraba estupefacto.

Y salió junto a Bella, con las manos firmemente sujetas, la rabia consumiéndoles la carne y el corazón latiéndoles fuertemente.

Salieron por el patio trasero. La chica estaba bastante confundida, porque pensaba que se retirarían tan inmediatamente como ingresaron. Edward caminó por un largo rato adentrándose en el jardín en silencio y entonces entendió que, las cosas no iban bien. Su mano aun apretaba con fuerza la de su acompañante y este comenzó a flaquear con dificultad recargándose en la corteza de un árbol, ahí donde las luces de la mansión apenas y se veían y la luna resplandecía su camino.

—Espera — pidió—. Necesito sentarme.

—¿Estás bien?

—No— Respondió tirando con rabia sus lentillas—. No, lo estoy.

—¿Necesitas algo?, ¿Quieres que vuelva por ayuda? — Preguntó asustada caminando hacia el lado opuesto hasta que una mano la detuvo.

—No, por favor. No te vayas, Bella.

—No lo haré— Dijo cerca de su cara—. No me iré.

—Por favor…

—¿Qué necesitas, Edward? — Preguntó con un tono de preocupación en la voz.

La noche comenzó a enfriar un poco más. La hierba que crecía a lo lejos se mecía con pereza anunciando que esa noche, justo como hacía dieciocho años, llovería.

—Solo necesito que te quedes aquí.

—¿Solo eso?

—Nunca necesitaré más de lo que no puedas darme, ángel.

—Me quedaré contigo— Prometió.

Edward sonrió y la miró en la oscuridad. Con su vestido, su hada si parecía en realidad un ángel. Su blanca piel contrastaba con el grisáceo de la luna y sus ojos chocolates resplandecían con alegría y vida que nada importaba en ese momento. Pero estaban las palabras de odio de aquella familia. Los detestaba, no importaba en ese momento lo que en realidad le fue inculcado desde niño, el odio hacia esos, no le permitía la paz en su cabeza ni corazón.

—¿Podrías distraerme? Distráeme para no volver.

—¿Qué?

—Háblame de lo que sea, Bella. No importa.

—Yo… Yo…

Pero al darse cuenta, las palabras hirientes volvieron a su cabeza. Bella era una chica nerviosa e indefensa que solo inspiraba ternura y protección. Podía pasar frente a los ojos de miles de hombres pero ninguno, vería en realidad lo que ella significaba. Solo observarían sus curvas y esa belleza nata que destilaba de sí, pero jamás verían esa belleza de corazón que la hacía aún más hermosa y valiosa. Simple y sencillamente, solo él lo atesoraba.

—¡NO LO SOPORTO MÁS! ¡ESTOY HARTO! — Gritó tan fuerte que asustó a Bella. Edward ya no soportaba la rabia, la forma en que había ofendido a Bella. Tras dieciocho años de murmullos, miradas de miedo y comentarios hirientes, todo había explotado.

—Edward, tranquilízate por favor.

—No puedo ángel. No puedo— Dijo casi llorando—. Los odio, odio este mundo, odio como la gente te trata, Bella.

—No me importa que digan de mí— Comentó tratando de abrazarlo pero Edward no permitía su roce, tenía miedo de lastimarla.

—¿Cómo puedes decir eso? —Preguntó Edward casi estupefacto.

—Es la verdad.

—¡ELLOS MANCHARON TU NOMBRE!

—Nunca he tenido nada más allá de lo que sé. No me importa nada, Edward.

—No voy a permitir que te lastimen, jamás.

—Tú siempre me estás cuidando. Déjame ahora cuidarte yo.

Y los ojos dorados oscuros comenzaron a llorar.

—No sabes qué se siente vivir de este modo — Confesó resbalando hacia el suelo y colocando su frente sobre sus rodillas—. Esto no es vida.

—Déjame ayudarte.

—No quiero que te llenes de este fango, ángel. No quiero.

—¿Por qué no me dices la verdad, Edward? ¿Cómo sabes que esto no tiene solución?

—Porque ni yo mismo lo sé— Susurró casi diciendo la verdad—. Porque tengo miedo.

—Yo no, déjame compartir este valor contigo.

—Ahora, solo necesito algo, Bella.

—Dime.

—Ven conmigo, por favor— Y alzó su mano.

Bella se sintió deseosa de tomarlo de la mano. Quería acompañarle, decirle "Sí, aceptaré ir a dónde tú quieras que vaya". Pero no era necesario decir algo, la mera disposición de hacerlo le indicaba a Edward que ella confiaba plenamente en él. A decir verdad, era una cuestión que siempre le mostraba, que no importaba de qué modo o no lo dijese, esa absoluta fe existía para bien.

Caminaron en silencio en el jardín extenso de la familia Cullen. Para Edward, era una mantra poder decirse que aquello era verdadero, que la mujer que tomaba con fuerza su mano, era completa y absolutamente real y que más que cualquier cosa, Bella estaba ahí por mera disposición suya. Sin embargo, después de todo lo ocurrido con la familia Welch, ¿cómo sería capaz de enfrentarse de tal modo a aquella familia tan hostil? ¿Cómo lo veía ahora ella después de aquel enfrentamiento tan violento de palabras?

—Estaba pensando que, quizás debas creer que soy un troglodita— Confesó caminando aún por la basta hierba.

—¿Por qué pensaría eso?

—Por la forma en que me comporté— Y se removió el cabello con nerviosismo—. No me gusta estallar de ese modo.

—No tienes por qué disculparte. A decir verdad, yo tendría que agradecerte por lo que hiciste por mí.

—No tienes que hacerlo— Comentó mirando que apenas el faro de una tenue luz se asomaba a lo lejos.

—Eres muy valiente, Edward.

—Quizás no lo sea en realidad.

—No niegues lo que todos vemos— Comentó Bella alzando la falda de su vestido—. Yo soy la cobarde aquí.

Pero Edward sonrió. No podía contradecirla, no porque tuviese la razón, sino porque sencillamente, su ángel era su sol y como tal, jamás se daría cuenta de la inmensa luz que portaba consigo. No importaba si ella misma se viese un espejo, para sí, jamás sería más allá de lo que debiese merecer.

—Bella, jamás entenderás lo que en realidad eres, ¿verdad?

—No lo sé— Respondió culpable—. ¿Debería acaso presumir lo que tú me dices con tanta frecuencia? No es falsa modestia, pero, ¿si uno se siente orgulloso, no es suficiente con que uno lo sepa?

—Bella…

—Dime— Contestó la mujer castaña.

—Cada día me sorprendes más.


En la casa de los Cullen, la pesadez del humor negro de Tanya reinaba con tanta fuerza que incluso, los mismos padres, no podían soportar aquellas rabietas ensordecedoras de su hija. La rubia estaba enojada, jamás en su vida, alguien la había ofendido o golpeado de aquel modo. Siempre acostumbrada a hacer su voluntad, hoy por fin, alguien se había revelado en su contra, un hecho que sin duda dejaba boquiabiertos a cualquiera que los conociese.

—Tranquilízate, hija— Pidió Carmen tratando de hacer que su hija bajase el volumen.

—¿Cómo me puedes pedir eso, cuando esa maldita se fue con Edward?

—Te lo estás tomando demasiado en serio.

—¡No es verdad! Él la prefiere, madre. Esa y Edward están juntos.

—Creo que todo tiene una explicación.

—Y espero que la haya— Comentó Eleazar con el ceño fruncido—. ¿Qué clase de anfitriones permite que una persona de menor grado nos hable de ese modo?

Y todos callaron cuando el patriarca entró con paso firme hacia la habitación que daba a la sala. Había salido a buscar a Edward, en un intento por calmar las aguas con la familia Welch, aunque el trato con aquellas personas lo tuviesen sin cuidado alguno. Sin éxito, mandó a llamar a Esteban, quien había asegurado que el joven amo, no había sacado el caballo y que jamás había salido de la mansión, por lo que parecía que él y la señorita Bella, estaban internados en alguna parte de la propiedad solos.

No era una cuestión que le gustase demasiado pero confiaba ciegamente en su hijo que aquello no le importó demasiado. Pero también quería librarse de aquella odiosa familia. Carlisle comenzaba a aceptar incluso, que la presencia de Bella si era un monumento que no se podía pasar por alto en aquella mansión, sin embargo después de aquellas horas observándola, notó que la chica, era una mujer educada, respetable y muy inteligente, incluso aún más que la misma primogénita de los Welch.

—No encontré a mi hijo— Anunció con firmeza—. Tal parece que realmente estaba molesto y se marchó.

—¿Se habrá ido? —Preguntó Carmen sobando los hombros de su hija.

—No lo creo— Respondió Carlisle—. Iba con la señorita Swan.

—Deberías tener cuidado, viejo amigo— Intervino Eleazar—. Sabes que soy un caballero y tengo una esposa y una hija, pero esa señorita no me da una buena impresión.

Y entonces el patriarca alzó una ceja.

—¿A qué te refieres?

—Sabes de lo que hablo, Carlisle. ¿Qué pasa si esa señorita, trata de seducir a tu hijo?

—Mi hijo es un adulto ya. Él sabe lo que es bueno y lo que no.

—Las más serias son las peores, amigo.

Pero Carlisle estaba poniéndose incluso más molesto junto con Esme, la cual, estaba en la sala en total silencio atendiendo a los invitados del lugar y blasfemando en silencio.

—No me parece que sea lo correcto hablar de una señorita— Intervino el padre de Edward—. No tenemos derecho de juzgarla.

—Lo sé. Pero se me hace tan sospechoso ese pegamiento que tiene con tu hijo. No es normal, a menos que sean marido y mujer.

—No lo creo— Dijo negando con la cabeza y entonces, Esme se posó a su lado como para tomar guardia—. No creo que así sean las cosas.

—Piénsalo, Carlisle. ¿No crees que ganaría más una mujer preñada por un hombre rico y joven, que ganando un dinero de manera limpia?

—Me parece que estás exagerando, Eleazar.

—No exagero, yo simplemente deseo que mires las cosas con la verdad.

Pero Carlisle no quiso darle la menor importancia, a decir verdad sus palabras le tenían sin cuidado. ¿Cómo iba a confiar más en un desconocido que un hombre que ni siquiera había aceptado su difunta mujer? Era el colmo si en verdad lo creía.

Tanya estaba consumiéndose sola. Rechazó totalmente los mimos de su madre la cual, entendió que no tardo demasiado en dejarla de lado y escuchar la atenta charla entre Carlisle y su marido. Para Carmen, el hecho de casar a su hija con un heredero de esa índole era una cuestión bastante tentadora. No importaba de qué modo, pero le pareció que aquello habría de lograrse de la forma que fuese. La hija comenzó a caminar o mejor dicho, a vagar por el lugar. Mientras todos estaban en sus propios asuntos, salió por el patio sin rumbo esperando encontrarlos. Fue así, como Catheyne emprendió una búsqueda inalcanzable de Edward, tomando a uno de los caballos de los establos, perdiéndose en la neblina.


—¿A dónde vamos, Edward? —Preguntó Bella alzando los pies.

—¿Estás cansada?

—Un poco— Confesó.

—¿Quieres que te ayude? Puedo cargarte si así o prefieres.

—No— Contestó la chica apenada—. Jamás dejaría que te sacrificaras de tal modo.

—No tengo ningún problema con ello — Apuntó orgulloso—. A decir verdad, me siento hasta un poco apenado por pedirte que me acompañes.

—No, no deberías sentirte así. Lo siento.

—Deja de disculparte— Comentó sin detener su camino—. Pero pensándolo bien, tienes razón.

Sin pensarlo, Edward se detuvo y alzó a la chica en brazos haciéndola chillar de la impresión. La acomodó haciéndola saltar y esta, se quedó quieta sintiendo su calor cerca. No había nada ahí, excepto la luna quien era su compañera, sin embargo, él sabía que si se detenía a observarla, a sentirla quizá incluso, todo se quedaría estático en un beso. Y no podía permitírselo, no al menos a en ese instante.

—Edward… Bájame.

—No hasta que lleguemos— Y comenzó a avanzar.

—¿Siempre eres tan testarudo?

—¿Hasta ahora lo vas viendo? — Y se sonrió.

—No me contestes con una pregunta— Lo regañó Bella cruzándose de brazos y frunciendo el ceño. Sabía que debía resignarse.

—Lo lamento — Y no pudo evitar reír—. Me gustaría que de verdad entendieses lo que pasa por mi cabeza cuando se trata de ti.

—¿Es tan difícil de entender?

—A veces ni yo lo comprendo.

—No te agobies— Comentó acercándose a su grueso pecho—. Quizá algún día me lo expliques.

Y Edward recargó la cabeza en el tope de la de Bella. Su cabello olía a lilas y rosas. Y entendió que, no hacía mucho tiempo, quizás no habiendo tanta diferencia, ella le temía de algún modo y ahora, quizás en un mundo paralelo o un sueño tal vez, ellos dos se pertenecían.

—¿Recuerdas cuando nos conocimos?

—Cómo olvidarlo— Respondió ella sonriendo—. Aun sigue siendo un misterio, señor Cullen.

Y Edward rio como niño.

—Lo sé.

—Deberías darme más pistas.

—Esto no es mímica, Bella— Comentó divertido.

—Sabes que en algún momento te veré.

—¿Es una pregunta?

—Es una afirmación. Quiero verte algún día.

Y Edward pasó un trago enorme y silencioso de saliva.

—Bella…

—No puedes ocultarte siempre.

—Lo sé.

—¿Entonces?

—Algún día verás que es mejor así, creo que incluso ese día… Te irás.

—Edward— Lo regañó.

—No comprenderás nada hasta que veas lo que pasa en realidad, Bella.

—No me alejaré de ti— Prometió tratando de acercase a su cara.

—No digas más, por favor. No quiero que te arrepientas luego…

—Yo no… — Dijo, pero Edward la interrumpió en seguida.

—Llegamos, Bella. Por fin.

El jardín en esa parte parecía un fragmento de un cuento de hadas. Había flores, árboles silvestres, y una estatua de piedra tallada finamente con la figura de una mujer mirando hacia la mansión. Su cabello era realmente largo y portaba un bello vestido sencillo que le caía muy bien en las caderas y los hombros y amoldaban una exquisita figura. Su rostro era dulce y destilaba ternura aunque fuese piedra tallada. Junto a ella había una capilla de mediano tamaño, donde apenas y había unas flores medias marchitas, una lápida con una oración elevada a Dios y su nombre encriptado a mano cursiva.


Elizabeth Masen de Cullen

Amorosa madre y esposa, siempre protectora en el cielo.

Con amor, su esposo e hijo.


—Bella, ella es mi madre— Dijo depositándola en el suelo con ternura.

—Edward…— Dijo casi con lágrimas en los ojos.

—Ella murió el día de mi nacimiento, Bella. Ella siempre me dio incluso más allá de su vida.

Los ojos chocolates se anegaron en lágrimas salinas. Se sentía triste por la desventurada vida que había tenido Edward sin su madre, sin ese cariño materno que nos es vital para cualquier ser humano, sin embargo, entendía aquel dolor como si fuese propio, por lo que no pudo evitar lanzarse a sus brazos.

—Lamento tanto que esto te haya ocurrido a ti.

Y Edward la abrazó con fuerza.

—No tengas penas por mí, Bella. Yo estoy feliz ahora.

—Pero debiste haber sufrido mucho.

—Esme, es prácticamente mi madre y jamás permitió que yo me olvidase de ella— Y miró la estatua de piedra—. Siempre inflamó el recuerdo y amor de mi verdadera mamá.

—Esme es una buena mujer.

—No pude haber tenido mejor suerte que con ella. Cualquiera en su lugar, me hubiese dejado a mi suerte. Nadie hubiese amado a un niño como yo— Soltó sin pensarlo.

—¿Cómo tú?

—Yo… Yo… Me refiero a… Que…— Tartamudeo—. Me refiero a que… Un niño sin una pizca de amor.

—Yo jamás hubiese rechazado a una criatura por esas razones.

—Porque tú, como Esme, eres buena.

—No, Edward— Respondió segura de sus palabras—. Simple y sencillamente, porque te tengo cariño.

No hubo dolor esta vez, no hubo siquiera una mínima muestra de cambio en padecimiento físico. Los ojos de Edward se cerraron provocando que su pupila se ensanchara. El color amarillento se quemó haciendo que el dorado se tornara incluso más pálido, haciendo que un amarillo en tonalidad limón apareciese en sus ojos de pestañas pobladas. Ninguno de los dos, se percató de ese segundo cambio, en la oscuridad, aquel hecho era físicamente imperceptible, pero Edward, al escuchar aquellas palabras, solo cerró los ojos. Disfrutaba de cada pequeña pero sincera muestra de amor que había por parte de Bella. Jamás le había importado menos el hecho de haberse hecho ilusiones con unas simples palabras que a la vez significaban tanto, nunca pudo haber deseado un cumpleaños tan feliz como ese, uno donde por fin no se sentía solo.

—¿Me tienes cariño? —Preguntó cómo niño pequeño.

—Sí.

—Gracias— Respondió con el corazón.

—No tienes porque…

Pero él no quiso romper aquella burbuja de felicidad que había entre los dos en ese momento. La tomó de la mano y avanzaron hacia la cripta de Elizabeth. Bella se quedó atenta viendo como la cara de la mujer de piedra vigilaba con tanta atención hacia la casa de los Cullen, ¿qué observaba en sí?

—¿Edward?

—Dime— Contestó recogiendo algunas flores silvestres y colocándolas en uno de los jarrones de concreto.

—¿Qué está viendo ella?

El joven se quedó pensativo. Nunca antes se había hecho aquella pregunta, sin embargo, Bella la había hecho de una manera tan interesante, ¿qué estaba viendo su madre? Colocó su cabeza en posición a los hombros de Bella, como si la fuese a abrazar por la espalda. Ahí, su mirada hizo un largo viaje desde su posicionamiento en el jardín hasta una de las ventanas que daba hacia su casa y ahí, dedujo lo que menos esperaba.

—Está viendo hacia mi habitación.

—¿Tu habitación?

—Sí— Respondió tratando de encontrar una respuesta lógica—. Hace tiempo, cuando yo apenas y tenía aproximadamente seis o siete años, mi padre la mandó a construir. Según Esme, mi madre le había pedido que la sepultase desde un lugar donde pudiese cuidarme, pero mi padre no se atrevió a hacerlo hasta que por alguna razón, yo comencé a insistir, verdaderamente no lo recuerdo.

—¿Cuidarte?, ¿crees que tu madre te cuidaba? — Preguntó concentrada.

—Siempre he creído que lo ha hecho.

Y la chica sonrió con dulzura.

—¿Cómo un ángel?

—No sé si de ese modo, pero si deseas llamarle así, me gusta.

—Creo que eres afortunado— Y ella se giró para encararlo pero Edward retrocedió por instinto—. Tranquilo, no puedo verte.

—Lo…

—No digas más, lo entiendo— Y lo abrazó por el torso—. No deseo más que un feliz cumpleaños para ti.

Y el cuerpo de Edward se tensó. La piel de su ángel estaba fría, muy fría para ser cierto, por lo que decidió abrazarla para brindarle calor, cosa que ella agradeció infinitamente. No dijeron nada, hasta que una racha de viento fría abatió ambos cuerpo con violencia. Bella jadeo de frío, su sencillo vestido no le proporcionaba el calor suficiente como para estar ahí y entonces, se aferró con más fuerza hacia el cuerpo de Edward.

—¿Estás bien? — Preguntó él envolviéndola con su abrigo largo.

—Sí-í—Tiritó.

—Deberíamos volver.

—N-oo. Es-sto-y bien-n.

—No quiero que tengas frío por mi culpa.

—Quiero-o est-ar aqu-íí.

Los ojos amarillos ahora la miraban con rudeza, sabía que era una chica testaruda pero siempre le llevaba la contraria. Nunca comprendió porque ella era capaz de hacer tantos sacrificios por él, cuando ni siquiera eran nada.

—Eres tan terca, Isabella.

Y la chica sonrió victoriosa, pero incluso, antes de poder festejar su triunfo, las hojas de los árboles comenzaron a sonar con fuerza. La lluvia de Junio bañaba generosa aquel basto jardín que se perdía en el bosque y la estatua de Elizabeth, guardaba agua entre sus manos, haciendo de ella, una espectacular cascada que bajaba delicadamente el agua clara.

—Ven— comentó Edward resguardándola entre sus enormes brazos—. Entremos a la capilla de mi madre. Nos quedaremos un rato aquí, hasta que la lluvia se tranquilice.

La tomó de la mano abriendo el portón negro cerrado, que daba hacia la entrada del lugar. No fue difícil penetrar aquel santuario lleno de imágenes religiosas y un altar adornado de flores recién colocadas seguramente por Esme. La capilla apenas y tenía algunas bancas acolchonadas y enormes que fácilmente podrían ser utilizadas como camas donde seguramente, alguna vez se ofició una misa, las paredes eran blancas con colores pasteles y en el fondo, había dos lugares para arrodillarse frente a una cruz de madera enorme, como una ceremonia de matrimonio religiosa, además de una habitación más donde había otra banca similar a las que había en la sala de oración pero en esta, no había imágenes ni santuario.

Afuera, del lado derecho y seguramente el lugar más bonito, estaba la foto de Elizabeth Masen. Llevaba un hermoso vestido de encajes y una rosa que miraba entre sus manos con tanta ternura, la imagen de blanco y negro, tenía algunas veladoras, rosas de castilla y muchas otras flores silvestres.

—Esto es…—Comentó Bella fascinada.

—Lo sé— Completó Edward—. Mi padre la diseñó y construyó para ella.

—La amaba demasiado— Dijo ella caminando hacia el retrato de la madre.

—Más que a nada en el mundo.

—Debe ser hermoso— Y suspiró mientras tocaba las flores con la punta de los dedos.

—¿Qué cosa?

—Que alguien, te ame de tal modo.

Pero el joven se tensó sabiendo que si por él hubiese sido, hubiese confesado toda la verdad en ese instante. Decirle "te amo", era algo que simplemente no se permitiría en lo absoluto. Una de las pocas cosas que él guardaba con tanto fervor dentro de su corazón de hierro forjado, un hierro tan duro que una niña de ojos chocolate logró penetrar.

—Todos tenemos esa ilusión de amar… Supongo.

—¿Tú la tienes?

—Yo…— Y se puso nervioso—. Yo no lo sé, Bella.

Y entonces sabía ella, que había dado en un punto clave.

—¿Eres siempre de ese modo?

—No lo comprendo — Contestó él encendiendo una vela pequeña.

Pero la chica buscó su mirada y él se negó.

—Vamos, respóndeme.

—Ya te dije que no lo sé.

—Edward… Tú siempre crees que no debes recibir amor. Eso me molesta.

—No deseo importunarte de ese modo, ángel.

Pero Bella estaba cansada de esas evasiones, quería respuestas, quería verlo a la cara y que le comentara que era lo que en realidad pasaba por su mente. Ya no quería conjeturas, deseaba con toda el alma que aquello que él aguardaba en su corazón se lo dijese abiertamente, o ella misma terminaría por enloquecer.

—No me importunas, Edward— Dijo dando por fin aceptado aquel cariño suyo—. Lo que a mí me molesta es que te comportes evasivo conmigo.

—No lo vas a comprender— Respondió con seriedad apretando las manos a su costado—. ¡No me presiones por favor! — Y notó casi imperceptible como la cara de la joven se desfiguraba de miedo.

Trató de retractarse per fue demasiado tarde.

—Lo siento, Bella. Perdóname por favor.

—No, lo siento yo— Y la lluvia se hizo más fuerte—. No debí hablarte de ese modo, no tengo ningún derecho de hacerlo.

—Tú sabes lo que siento— Dijo acercándose a ella, tomando su cara entre sus manos, bebiendo la esencia de sus labios sin tocarlos.

—No, yo no sé qué sientes, Edward.

—Tú me importas — Y sintió como Bella trataba de despegarse de su lado, pero él lo impidió.

—Edward…— Se quejó sin poder librarse.

—No te vayas, Bella — Le pidió.

—Edward… — Se quejó de nuevo sin lograr zafarse y haciendo la cara hacia a un lado con el gesto serio. La rabia la consumía. Ella era una chica que tontamente lloraba por el enojo, una costumbre o mejor dicho, un sentimiento que no podía ocultar ni desterrar de su vida. Para Bella, Edward era una persona verdaderamente importante, ya que, de algún modo, todo ese tiempo, juntos, había hecho que se unieran con un lazo indestructible.

¿Qué era lo que verdaderamente detestaba de todo aquello? No podía alguien a quien aprecias de verdad, llegar y decirte que no te metieses en su vida, por más buenas intenciones que de verdad tuvieses en protegerlo, sea cual fuese la razón. Era una bofetada quizás en comparación. Mediante una simple palabra, cualquier persona en general se daba cuenta, cuánto en realidad le importabas a alguien. Era entonces, que por medio de todas aquellas frases, Bella comenzaba —según ella — a sentir un amor no correspondido. Un amor, que quizás no tenía siquiera un futuro.

Sí no te amas a ti mismo, ¿cómo llegarás a amar a alguien más, Edward? — Pensó con las lágrimas desbordándole por las mejillas.

Y entonces, él lo notó.

—¡Bella!

—Déjame— Pidió ella soltándose al fin de sus manos y dándole la espalda.

—Perdóname por favor— Y trató de abrazarla pero ella se lo impidió.

—Yo no… Por favor, Edward Cullen. Yo no tengo nada que perdonarte.

¡Oh! Cuanto odiaba esa vívida indiferencia suya. Mil cuchillos hubiesen sido mucho menos dolorosos que aquellas palabras, simple y sencillamente, toda muerte hubiese sido mejor.

—Sé que no quieres hablarme, sé que me he comportado como un bufón idiota… Por favor… No.

—Tal vez tienes razón— Dijo ella saliendo de su silencio—. Tal vez jamás lo entenderé.

—No es eso realmente lo que quería…

—Y sin embargo— Interrumpió Bella—. Creo que mi tiempo ha llegado.

—¿A qué te refieres? — Preguntó Edward confuso.

Y la lluvia afuera se convirtió en un leve murmullo, haciendo que solo el viento hiciera más fresca la noche.

—Debo volver a casa, es lo mejor.

—Bella, no… No tienes que marcharte— Y su voz se quebró como miles de cristales.

—Pero debo hacerlo, Edward— Contestó con lágrimas—. Tanya y su familia tienen razón, yo no debo estar aquí. Y aunque ellos no sepan porque me he ido, algo de mí, me dice que no está bien— Y se giró completamente dándole la espalda—. Estoy cansada de ser una carga.

—Tú no lo eres.

—Siempre me lo dices. Dices que no lo soy pero yo siento lo contrario— Y apuñó las manos a su costado—. Y no puedo retrasar lo inevitable, Edward.

Y entonces ella avanzó hacia la salida pero él, abrazó por la espalda a la chica, y la detuvo.

—No te vayas…— Dijo apretándose contra su cuerpo con fuerza, con tanto amor como le fue posible.

—No impidas algo que sin lugar a dudas haré, por favor.

—No tienes que marcharte.

—Lo siento— Contestó ella—. Me voy.

Pero Edward la hizo girar y la abrazó de frente, tan fuertemente pero sin hacerle daño. Bella derramó lágrimas de dolor, ella tampoco quería irse pero algo dentro de sí, le decía que debía marcharse, aunque esa fuese la peor decisión de todas. Tenía más que en claro que al volver, sus padres la reprenderían de tal modo, que no la dejarían salir de casa.

Después de eso y conforme a la ley, la mantendrían cautiva hasta el trece de septiembre y, tan predecibles como eran, la casarían un día después con Jacob Black tras haber cumplido sus dieciocho años, ¿por qué se iba entonces?, ¿por el rechazo inminente de Edward? Nada de él o explícitamente de sus palabras, la habían hecho a un lado, al contrario, siempre había mostrado una implacable fuerza de voluntad y cariño, que la mantenía unida a él, sin embargo, su dolor, su silencio y todas aquellas emociones que la poseían, no eran normales y aparentemente no correspondidas.

Y entonces, ella concluyó que esa era la razón, ¿por qué lloraba entonces por alguien que no era suyo? Porque simple y sencillamente, no había esperanza tras el hombre que encerraba su corazón de hierro. No había riesgos, solo un adiós y el dolor penetraría en su carne como cuchillo, solo eso y todo acabaría. Después sabría que tras aquel matrimonio forzado con Jacob, viviría infeliz y moriría de tal modo.

—Si te marchas— Comentó Edward con la voz rompiéndosele—. No sabes qué ocurrirá.

—¿Conmigo? —Preguntó alzando su voz.

—No— Dijo respirando cerca de su cabello—. Conmigo.

—Edward… Por favor— Dijo sin apartarse—. No me hagas esto, por Dios.

—No lo hagas tú entonces — Y la seguía sujetando, impidiendo que se marchase.

—¿Qué quieres que haga?

—Quédate.

—¿Cuánto tiempo?

Siempre— Caviló, pero se ese pensamiento se esfumó tan rápido como apuñó los ojos. Aquella idea era demasiado, demasiado revelador para el corazón mismo.

Y entonces, aclaró su voz y habló con firmeza.

—Esta noche, quédate aquí… Conmigo.

Y Bella se tensó.

—¿Contigo?

—Sí mañana cambias de parecer, te dejaré ir. Solo te estoy pidiendo que esta noche pienses bien lo que harás.

—Edward…

Pero él no la dejó continuar.

—Eres libre, Bella, No hay nada que te una a mí, sin embargo, veló por tu bien — Y la despegó de su pecho con lentitud—. Solo esta noche, ángel.

—¿Esta noche?

—Sí cambias de parecer, te dejaré marchar. No habrá nada que detenga tus decisiones pero hoy, solo quédate conmigo… Solo esta noche, para mí.

Y los ojos llenos de lágrimas de Bella se inundaron otra vez, sintió la necesidad apremiante de tocarlo, besarlo, demostrarle que no deseaba marcharse.

Pero incluso, antes de que él continuase hablando, Bella atacó su boca con ternura y necesidad. La lluvia de nuevo arreció con mucha más fuerza. Demonio, desde el establo, comenzó a relinchar con fuerza, haciendo que todos los empleados, incluso los presentes en la mansión se asustaran.

Carlisle ahora estaba inseguro y preocupado por la desaparición de su hijo, incluso, los Welch, quienes no encontraban a Tanya.

Dentro de la pequeña capilla de Elizabeth Masen, en el mismo cuarto donde no había más que la suave banca acolchonada, ambos entraron a tientas dándose besos y el mismo calor, comenzó a aumentar. Cualquiera ahí presente, hubiese dicho que aquel acto era sacrilegio, pero a ninguno le importó ya que técnicamente no estaban dentro de la capilla. Edward sintió su cuerpo friccionarse, ahora era ella quien los buscaba de tal modo.

No supo cómo, pero la alzó entre sus brazos, teniendo su cintura atrapada para sí solo y entonces, los hombros del vestido de Bella comenzaron a descender, desnudándola lentamente de la espalda. No había palabras, no había ninguna otra interacción más que la de sus bocas y manos. El saco de Edward cayó primero. Era largo y negro y lo dejó en el piso frío sin ningún rumbo. Y entonces, recostó a Bella en la banca suave, sin dejar de besarla en uno de los asientos acolchonados que había en la habitación. Se cernió sobre ella y tocó su rostro con ambas manos.

—Bella…

—Shhh…— Lo calló—. Dijiste que esta noche querías que me quedara… Tú lo dijiste.

—Yo…

—No— Dijo ella buscando su mirada oscura sin lograr nada—. No eres tú… Somos los dos— Y lo besó con fuerza, haciéndolo jadear, logrando que Edward Cullen perdiera el control de sus pensamientos, de sus acciones y el ritmo apasionado de su joven y amante corazón.


Inicio de lemmon, mmm quizás... ;) espero no me maten pero esto está mejor cada día, ángeles

DEJEN SUS REVIEWS. *-* LAS AMO GRACIAS POR TODO