Todos los personajes pertenecen a Hidekazu Himaruya, sin ánimos de lucro.


Capítulo 14

Una vez que Tino ingresó al edificio, se quedó admirando por un buen rato la cantidad de gradas que debía subir. Tal vez estaba demasiado cansado, pero no recordaba que fueran tantas. De todas maneras, con la energía que le quedaba, empezó a subir. Todo lo que quería hacer en ese momento era ducharse y descansar, sin tener que preocuparse por algo más.

Había sido un día interesante y ahora sólo quería disfrutar de lo que quedaba, es decir, relajarse, quizás tomar un poco de chocolate y ver la televisión o algo por el estilo. Eso era suficiente para motivarlo a seguir con su camino, a pesar de todo el inmenso esfuerzo físico que había tenido que hacer. Pero sabía que era algo a lo que debía acostumbrarse, si quería quedarse allí.

Cuando llegó al quinto piso, se sentó por unos minutos, para recobrar el aliento. En ese momento, el ascensor hizo un ligero sonido y se abrió. El rubio se quedó boquiabierto, ya que no tenía idea de que el ascensor funcionaba.

—¿Eh? Me pude haber ahorrado todo ese recorrido —se quejó, a la vez que observaba a Eduard y a Raivis salir de allí.

Esos dos, al notar que el finés estaba descansando en las escaleras, fueron a saludarle. Sin embargo, al acercarse un poco más, se sorprendieron por la pinta del primero. A diferencia de los otros días, en los que vestía decentemente, ahora estaba hecho un desastre. Y las manchas de sudor en su camisa no le ayudaban en lo absoluto.

—¡Tino! ¿Qué te ha sucedido? —preguntó de inmediato el chico de gafas.

—¡Ah! Es que hoy comencé a trabajar y he tenido mucho que hacer —explicó el rubio, quien aún tenía ánimos para sonreír —. Sólo estoy tomando un pequeño respiro.

—¿No te has enterado de que el elevador ya funciona? —cuestionó el otro, aunque la respuesta resultaba más que obvia.

—Nadie me lo había dicho —dijo un poco deprimido —.Pero, al menos, ahora ya lo sé —y rió.

Estuvieron hablando por bastante tiempo, hasta podría decirse que cualquiera que no supiera sobre la reciente mudanza del finlandés, afirmaría que tanto él como Eduard eran viejos amigos. Ambos disfrutaban de la conversación que estaban teniendo, hasta que este último recordó sobre lo que Tino había tratado de averiguar acerca de ese danés.

—Oye, hace poco vino el ex-compañero de Berwald, ¿has podido saber algo de él? —indagó el muchacho, quien desconocía por completo todo lo que había pasado hasta ese momento.

—Sí, ¡hasta me ha dado su número! ¿Puedes creerlo? —explicó el de ojos marrones, un poco avergonzado por ello.

—¡¿Qué? —ambos se quedaron anonadados por lo mencionado.

—Pero no es que fuera a llamarlo o algo por el estilo —respondió un poco nervioso —. Además, he perdido el papel donde estaba —se quedó pensativo, seguía sin recordar si lo había quitado del bolsillo de su pantalón o no.

Los dos muchachos se sentaron a su lado, el estonio iba a hacerle una pregunta, mas no quería que fuera escuchado por el sueco. Aunque no lo conocía del todo, sus piernas temblaban cada vez que lo veía pasar. Básicamente, le tenía bastante miedo, a pesar de que el finlandés demostraba que no era tan malo como parecía. Hasta le sorprendía lo bien que se llevaban los dos.

—¿Ya lo sabe...? Bueno, ya sabes a quién me refiero —Eduard intentó ser lo más discreto posible, aunque no tuvo en cuenta cuál podría ser la reacción del rubio.

—¡No, no, no! —exclamó muy ansioso —. No quiero que piense que me interesa o que pienso hacer algo a sus espaldas.

—¿Eh? ¿De verdad no se lo has dicho?

—Es que cuando se lo iba a decir, me olvidé de ello. Y ahora creo que es un poco tarde —se excusó —. Soy un terrible compañero de piso, ¿no es así? —preguntó desmoralizado totalmente.

—Supongo que si no ibas a hacer nada, entonces no hay nada malo en no decírselo —explicó, y le dio una suave palmada en la espalda al finés.

—Creo que tienes razón —y recobró esa sonrisa que siempre tenía.

En ese momento, detuvieron la plática ya que había un olor bastante fuerte. Al principio, no sabían de donde podría provenir aquel hedor tan profundo. Por mera curiosidad, Tino olió su camisa y se dio cuenta que era él. Aquel baño era realmente urgente así que se levantó de inmediato antes de que sus vecinos notaran su esencia.

—Me tengo que ir, seguro que ustedes tienen mejores que hacer —afirmó el finlandés, que empezó a correr rumbo a su apartamento, sin dar la oportunidad de respuesta.

Ambos se miraron, bastante confundidos por la rápida salida del nórdico.

—Pero si tenemos tiempo libre de sobra —opinó Raivis, que seguía observando cómo el rubio se alejaba.

Mientras tanto, dentro del apartamento, Berwald continuaba trabajando. De vez en cuando, mira el reloj, ya que le extrañaba un poco que aún no llegara el finlandés. Intentaba concentrarse en lo que estaba haciendo, tenía poco tiempo para entregarlo, pero aún así no podía dejar de pensar en ello. Además, todavía no podía hallar alguna explicación para que Tino tuviese el número del danés.

Estaba profundamente sumido en sus pensamientos, cuando de repente la puerta se abrió. En ese momento, un agotado rubio se derrumbó al suelo. Aquello no impidió que sonriera por el hecho de haber podido llegar hasta allí. El muchacho trató de mirar hacia arriba, sólo para ver como el enorme sueco se acercaba hasta él y le ofrecía su mano para poder ponerse de pie.

—¿Te encuentras bien? —preguntó el de ojos azules, mientras ayudaba al finés.

—Sí, claro que sí. Sólo estoy un poco cansando —afirmó el chico, en medio de jadeos, contento por haber podido regresar.

Sin embargo, el primero no se lo creía. Observó de pies a cabezas al chico, estaba hecho un completo desastre. Aunque debía admitir que le asombraba que tuviera ese estado de ánimo tan alegre, a pesar de lo exhausto que pudiera estar. Por supuesto, no tardó en ir a la cocina y traer un vaso de agua fría, ya que era obvio que estaba bastante sediento.

En el interín que el sueco se había ido, Tino decidió sentarse por un momento en uno de los sofá. No recordaba que fuera tan cómodo, mas, estaba agradecido por ello. Se quedó contemplando como las aspas del ventilador giraban y giraban, a la vez que aquella brisa que era generada por aquel aparato secaba su sudor. Su mente estaba en blanco, como si nada importara en aquel momento.

—Toma —repitió varias veces hasta que finalmente el finlandés salió de su mundo de ensueño.

—¡Lo siento! Supongo que es el cansancio, por eso no te escuché —respondió y en unos segundos, bebió todo el contenido del vaso —¡Ah! Qué delicia —dijo con cierto alivio.

—¿Has tenido un duro día? —indagó, pues estaba un poco curioso por saber cómo le había ido.

—Algo... —el muchacho se restregó el rostro, y se dio cuenta que estaba terriblemente sucio —. Te lo cuento luego, creo que debería ir a bañarme.

Apenas dio unos cuantos pasos hacia el baño, cuando recordó el asunto del danés. Aparentemente, el sueco no sabía nada, pero no podía evitar pensar en lo que ocurriría si éste se enterara. Por supuesto, no tenía la menor idea de que ya estaba en conocimiento de su compañero. Y por más que se esforzara, aún no podía rememorar en donde había dejado el condenado papel.

Tal vez, era ahora el mejor momento para ponerse a buscar. Mientras elegía alguna ropa para ponerse, podría ponerse en marcha y empezar a indagar en los bolsillos de sus pantalones y chaquetas, hasta encontrarlo. Debía estar en algún lugar, de eso, estaba confiado. La cuestión era el dónde.

Berwald decidió que era momento de dejar el trabajo. Tampoco quería ser grosero con el otro y estar dando golpes con el martillo, a la vez que el finlandés quería relajarse después de un duro día de trabajo. Así que mientras aguardaba a que Tino regresara a la sala, comenzó a guardar todos sus materiales.

Sin embargo, repentinamente escuchó un tremendo ruido que provenía del dormitorio de ambos. El de ojos azules se detuvo en ese mismo instante, no se le ocurría qué era lo que podría haber pasado para hacer semejante ruido. Dejó todo lo que estaba haciendo y se fue junto al otro rubio, para ver qué era lo que exactamente estaba haciendo, y si se encontraba bien.

Al entrar a la habitación, se quedó allí parado por un rato admirando el desastre que había. Tino estaba en medio de un mar de ropa, intentando levantarse. Había tenido la mala suerte de haber estirado demasiado fuerte un pantalón, que estaba apilado sobre otros, provocando que todo lo demás, se viniera abajo, incluyendo el ropero. Pese a que estaba buscando encontrarle alguna lógica posible a ello, el sueco no comprendía que era lo que el finlandés había querido hacer.

—¡Que alguien me ayude! —exclamó el nórdico, que no tenía la fuerza para empujar el armario de vuelta a su lugar.

El hombre no dudó un segundo y con toda la fuerza que tenía, puso de vuelta a su lugar a aquel enorme mueble de madera. Sin embargo, no era eso lo que le importaba. Todo lo que quería saber era dónde estaba ese muchacho y si estaba bien. Miró por todas partes, hasta que vio una mano que sobresalía y la agarró enseguida.

Cuando finalmente pudo ponerse de pie, Tino no sabía dónde meterse. Quizás hubiera sido mejor quedarse sumergido en ese mar de ropa recién lavada, dado que no tenía la menor idea de cómo explicarle qué era lo que estaba realizando en ese momento. Sólo estaba con la cara colorada, sudada y con un calzoncillo sobre su cabeza.

—Yo, bueno, verás... —pero tenía su mente completamente en blanco.

—¿Te encuentras bien? —eso era todo lo que realmente quería saber, más allá del porqué había ocurrido semejante cosa.

—Sí, bien... —el finlandés suspiró, parecía estar en una espiral de mala suerte de la cual no podía salir.

—Ve a bañarte —le indicó el sueco, a la vez que puso en su lugar aquel armario que él mismo había construido.

—¡Ah! Pero sí esto fue mi culpa, deja que lo haga yo —respondió, desesperado por el hecho de que el otro rubio pensaba encargarse de su propio desastre.

—Estás cansado, hazlo —repitió, sin siquiera considerar lo que le había replicado Tino.

El de ojos marrones se dio cuenta de que no había forma de disuadir al sueco, así que decidió hacer lo que le había sugerido. Además, aún tenía un poco de miedo de enfrentarle, tenía esos ojos azules tan profundos que parecían penetrar hasta lo denso de sus pensamientos. Sin embargo, apenas dio unos cuantos pasos, cuando notó que no llevaba ninguna ropa para cambiarse.

Así que regresó hasta la habitación. Berwald estaba concentrado en su nueva tarea, pero no lo suficiente para ver que el finlandés había vuelto hasta allí.

—Sólo vine por mi ropa interior —explicó el joven, aunque sería bastante difícil sacar algo de ese enorme desastre —Espero no interrumpirte.

—Tienes uno —el sueco le señaló y luego sacó ese par de calzoncillos para entregárselo.

¿Ha dejado que use eso como sombrero hasta ahora? —aunque al principio le molestó, se dio cuenta que esos calzones no eran suyos —. Nunca los he visto, no son míos. Además, creo que son un poco grandes —resolvió.

—¿De verdad? —preguntó el hombre.

—¡No digo que estés gordo o algo por estilo! Sólo que no me quedarían —intentó arreglar lo que acababa de mencionar.

—Tampoco son míos —aclaró el de ojos azules.

Ambos se quedaron contemplando a aquel par de ropa interior. Si no pertenecía a ninguno de los dos, entonces, ¿cómo era posible que estuvieron en el armario? Sólo podría ser una persona. Tanto Tino como Berwald se dieron de quién podría tratarse y el primero no pudo evitar dar un grito.

—Los quemaré luego —optó el sueco, quien tocó con mucho cuidado aquella ropa íntima.

—No puedo creerlo, eso estuvo en mi cabeza —opinó un poco traumatizado por lo que sucedió.

—Te llevaré la ropa luego, vete a la ducha —replicó seriamente.

Ya dentro de la ducha, el finlandés pensaba en todo lo que últimamente le pasaba. Aún seguía sin comprender cómo era posible que todas esas cosas le pasaran. Y siempre era enfrente del sueco, ahora ya no tenía ganas de saber qué era lo que éste pensaba de él. Su torpeza le exasperaba, a pesar de que procuraba prestar atención, pero simplemente le era inevitable pasar esas vergüenzas frente al otro.

Sin embargo, lo que más le sorprendía de todo el asunto, era lo paciente y lo amable que podía llegar a ser Berwald, pese a la primera impresión que le había dado. Todavía no podía creer que no le dijera nada, ningún regaño o algo por el estilo, aunque realmente todo era sin intención, no era precisamente que había planeado que el armario se cayera y toda la ropa junto a éste.

—¡Ah, soy un estúpido! —exclamó el rubio, apenado por todo lo que le había hecho pasar al sueco.

En ese mismo instante, escuchó un golpe en la puerta. El de ojos azules había estado esperando por un buen rato, ya que no quería interrumpir el baño del finlandés. Por supuesto que había oído el grito del muchacho y decidió que iría a preparar algo para que el joven se sintiera mejor, pues aparentemente estaba bastante estresado.

Tino abrió la puerta, solamente lo suficiente para que el otro pudiera pasarle la ropa. Ni siquiera fue capaz de mirarle, si lo de la mañana ya le había hecho sentir mal, ahora estaba peor. Tomó enseguida la vestimenta y volvió a cerrar la puerta.

—Gracias —dijo de manera entrecortada, y luego volvió a meterse a la ducha.

Luego de pasar un largo rato allí, finalmente salió de allí. Se dirigió directamente junto a donde se encontraba su compañero, pero al llegar a la sala de estar, se quedó con la boca abierta. No sólo había ordenado el desorden que había producido por accidente, sino que también le había dado el tiempo para preparar unas galletas.

—¿De verdad? —preguntó Tino, no podía creer lo que sus ojos estaban viendo.

—¿Qué sucede? —no entendía a que se debía esa reacción, había pensado que serían del agrado del otro.

—Ah, no es nada —le restó importancia y se sentó cerca del otro —. No debiste molestarte —contestó en medio de risas nerviosas.

—Pensé que te gustaría —replicó.

Realmente no era necesario —pensó mientras que saboreaba una de las galletas recién horneadas.

Tras un tenso silencio, en el cual el finlandés solamente recorría en su mente todo lo que había pasado hasta ese entonces, sin darse cuenta de que no estaban hablando absolutamente de nada, el sueco decidió que podría proponer algún tema de conversación. Aunque le parecía un tanto extraño que Tino estuviese tan callado, normalmente era éste quien empezaba la plática.

—¿Cómo te ha ido en tu primer día de trabajo? —indagó Berwald.

—¡Ah! Pues me han pasado muchas cosas, bastantes de hecho —aseguró el muchacho, quien tenía llena la boca de chispas de chocolate.

Allí comenzó una larga charla, aunque la realidad era que Tino quien hacía toda la conversación, mientras que el otro sólo escuchaba y de vez en cuando soltaba algún monosílabo o asentía. Por supuesto, el muchacho terminó con la garganta seca, pues estaba hablando por la emoción que sentía por su primer trabajo en la ciudad.

—Iré a traer algo para tomar —el hombre simplemente se marchó antes de que el finés pudiese objetar.

Mientras esperaba, su mirada se dirigió hacia un pequeño papel que se encontraba sobre la mesa. Al principio no le dio mucha importancia, quizás sólo se trataba de algo que tuviese que ver con el trabajo del sueco, tal vez unas medidas o parecido. Sin embargo, su curiosidad lo impulsó a acercarse y lo tomó. Y allí fue cuando se dio cuenta. El sueco lo sabía y de esto no le cabía dudas, ya que había un par de huellas con pintura.

¿Se lo debía decir o dejarlo pasar? Estaba en una encrucijada.


Estoy empezando a sentir un poco de lástima por Finlandia, menos mal es de mis personajes favoritos xD.

Quiero agradecer los comentarios de: Rina. Y, LunaraKaiba, Eirin Stiva y Kuro0Dango.

¡Hasta la próxima~!