Capitulo 13

Estaba exhausto. Había sido expulsado de su propia casa, despojado de sus propias propiedades. Los vientos de aquel mundo de ensueño traían consigo granos de azúcar y arrastraban las nubes de algodón azul a lo largo de los cielos rosas. Con dificultad emponzoñaba el suelo con la mugre de sus bambas, pues tantas mordeduras lo habían dejado anémico. Temía que alguna de aquellas heridas estuviera infectada. Poco podía moverse. El brazo izquierdo hasta permanecía inmóvil. ¿Por qué le estaba pasando esto?

No se lo iba a perdonar jamás. Si lograba salir vivo de esta, mataría a esa niña sin piedad. Por lo menos veía alimento por todos sus alrededores. El azúcar siempre era algo apetecible. Necesitaba limpiarse las heridas, o de lo contrario ya podía despedirse.
Pero no llegaría. Pronto sus piernas le traicionaron. Le hicieron caer de frente, haciendo que su sudor se mezcle con las dulces arenas del desierto blanco. Una de las heridas del hombro ardía cual herradura candente. Se retorcía en el azúcar, sin saber qué hacer. Gritaba para que les escucharan, pero nadie iba a acudir en su ayuda. Nadie lo salvaría.
Pronto tuvo la idea de mirar la zona dolorida. Se levantó la manga para ver qué ocurría en sus carnes.

La vista le dejó horrorizado. La más pequeña parecía haber desarrollado una especie de película hecha de líquenes que se arraigaban a su piel como si se tratara de un tronco. No entendía cómo podía ser que unas plantas pudieran invadir su organismo. Pero luego recordó. Aquel niño le había disparado con agua sucia justo en el mordida de la tortuga...
No. Aún no podía creer que le hubiera disparado una planta parasitaria que hiciera tantos estragos a su cuerpo. ¡Era imposible! Mas una cosa era segura. Su sangre estaba ganando densidad a una velocidad preocupante. Y estaba muy mareado. Quizá esas plantas también liberaran neurotoxinas, pensó. Cada vez le costaba respirar un poco más. Y la parálisis se estaba extendiendo por toda su circulación...

No... no existía tal cosa. Claro que no. Todo era un mal sueño. Una pesadilla producida por las almas atormentadas de sus víctimas. Podía ser una tortura psicológica, ¿no? ¿Acaso no era eso lo que los fantasmas hacían? ¿Atormentar a la gente? O quizá fuera su conciencia atormentándole. Mas él no tenía ninguna. Era un psicópata, después de todo. Un lobo voraz que solo se preocupaba por degustar a su presa antes de despedazarla a trozos. Sí, eso es lo que era. Aunque no le gustaba bañarse en humores rojos. Prefería envenenarlas... y menuda ironía, ahora él era el envenenado. Era él quién yacía en el suelo agonizando, recordando quién era.

Iba a reírse para no llorar. Quería que al menos sus últimos momentos fueran tomados con humor hasta que pudo ver dos siluetas negruzcas acercándose a su dirección.
Tenían largas antenas y dos grandes mandíbulas que movían repetidamente. Sus brazos delgados y su tórax pronunciado delataban qué clase de criaturas eran. Eran insectos. Hormigas azabache y de ojos púrpura que andaban a dos patas. Los dos bichos se detuvieron a mirar el cuerpo del ogro, intercambiándose chasquidos entre los dos. Entre aquel ruido, sin embargo, podía distinguir algunas palabras.
─¿Es ella?
─No... tiene la piel rosada, pero más pequeña es...
─¡Eh, un momento! ¡Rebeca! ¿No es ese...?
─Sí... sí parece el que nos alejó de nuestros padres... ¿no, Pedro?
Rebeca y Pedro... ¿por qué esos nombres le resultaban familiares? ¿Acaso no serían...?
No... no puede ser. Eran los antiguos dueños de aquel libro de "Molly el Estegosaurio". Sus primeras víctimas. Y también sus sobrinos. ¿Pero qué hacían en esa forma? ¿Por qué hormigas gigantes?

Las siguientes palabras estremecieron al captor de niños más de lo que debía.
─Oye... ¿sabes qué? Ando un poco harto de tanto dulce... ¿y si tomamos algo salado esta vez?
─¿Eh? Pero... lo único salado que hay aquí es...
No. No se lo irían a comer, ¿verdad?
─¿Estás proponiendo comernos a nuestro tío Nicolás, Pedro?
─¡Sí, sí!
─¡Pero fue nuestro tío después de todo! Y además es una persona...
─Pero ahora somos hormigas, ¿no?
─Y... y mira el aspecto de su brazo... no pinta bien. Está demasiado podrido.
─¿Qué más da? Seguro que el resto está bueno. Además, nos hizo cosas muy malas. Merece desaparecer.
─Tienes razón...
─¡No, no, por favor, no me comáis! ¡Nunca más secuestraré a niños, lo juro, lo prometo! ¡No me comáis!─ Pedía clemencia en vano.
─Es demasiado tarde para eso, tío Nicolás.─ Dijo Rebeca.
─Todos hemos esperado este día.─ Prosiguió Pedro.

Pronto sus rostros se acercaron a su cara granulada. Las mandíbulas se abrían, dejando ver el interior de sus bocas. Mientras estas cabezas tapaban el cielo rosado, podía ver las caras de los muertos, mirándoles impasiblemente. Incluso había unos cuantos que sonreían con malicia ante su sufrimiento.

Un desgarrador sonido. Unos gritos de espanto. Las voraces hormigas extraían cada parte de él, sin importar lo malo que estuviera. En un momento dado, el gran hombre entró en un perpetuo silencio. En cuanto no se escuchaban más agonías, el pájaro blanco apartó sus zarpas de aquella piedra de gominola y desapareció mientras se alzaba. Algo extraño estaba pasando en la dinámica del juego.

29 de octubre de 2005

Me encuentro en un lugar bastante raro, diferente a la Tierra. Parece que el sol es sustituido por un mrísero punto azul que destaca entre la oscuridad añil de esta tierra; pero no emite calor ni nada. Solo corre un aire tibio por el lugar. Aunque no entiendo cómo demonios se puede sentir tan húmedo sin caer ni gota. En serio, ¿dónde demonios está el agua? Me está entrando sed, de verdad. Vamos, es la Tierra de Pozas y Ranas, ¿no? Algo de beber tiene que haber. Y si me llegan a agotar las provisiones por lo que sea, me voy a meter en un buen lío. Creo que lo primero que haré será buscar algún pozo con agua potable. Por si acaso.

Todo y que hay poca luz propia en este sitio, parece que hay unas rocas azules que me alumbran el camino. Creo que sin ellas no podría ver por dónde estaría pisando. Voy a examinarla de más cerca, a ver lo útil que puede ser.

Lo cierto es que se siente frío y mojado al acercar la mano. Es extraño. Puede que me lleve una muestra. ¿Pero y si es radiactivo?
No... creo que estaría caliente si así fuera.
Más me preocupa son los posibles encuentros con los imps. Es complicado vencerlos teniendo solo un arma hecha de metal... y más si pueden electrocutarte. Pero de momento me preocuparé por buscar comida. Aunque sean ancas de rana, me da lo mismo.

Me pregunto si mi hermana está bien...

No se entretuvo más. Cerró su fiel libreta y la guardó en su mochila de acampada, junto con los víveres, la piedra luminiscente y una navaja, por si perdía el sable y tuviera que tallar otra arma puntiaguda. Comprobó que su cartera siguiera en el bolsillo y empezó a caminar entre el bosque de acacias.
Eran las nueve de la noche cuando Samantha se embarcó en un una aventura sin retorno por aquel terreno escarpado. Tal y como describió en su diario, el planeta entero estaba alumbrado por esas piedras celestes, inspirando tranquilidad en todo el globo. Tanto azul empezaba a darle sueño. Pero hoy no era un día para dormir. Debía de continuar explorando.

Pero de momento no cumplía su primer propósito. Había múltiples cráteres profundos que rezumaban de humedad; mas en sus interiores solo podía encontrar lodo y criaderos de zumbantes y voraces mosquitos. Después de recibir unas cuantas picaduras, se decantó por no mirar ningún agujero más. A saber si transmitían alguna enfermedad vírica. Tampoco creía que iba a padecer los estragos de la infección apenas empezar. Claro que nadie le dijo que este juego sería fácil. Podía pasar cualquier cosa.

Dejó de centrarse en las provisiones. Estaba bien servida, de momento.
Caminó por el interior del bosque para ver si había algo más que hojas al decaer. El espesor de esa arboleda estaba empezando a agobiarla. ¿Cuántas horas llevaba ahí dentro? ¿Cinco? La piel de las sandalias empezaban a pegarse en la planta de los pies debido al sudor y la humedad. Sus piernas empezaban a resentirse. Antaño era la mejor corredora de su curso, y estaba bastante orgullosa de ello; pero tantos años estando recluida en esa prisión de hormigón la habían atrofiado. Maldecía a aquellos malvados por despojarle de su vida. Menos mal que ahora estarían ardiendo en sus bases, pagando por todos los crímenes que habían cometido, junto a millones de inocentes que nada tenían que ver con este juego.

Tampoco le hacía gracia sacrificar a todo un mundo por salvarse de su final. Aunque a fin y a cuentas, las campanas ya habían anunciado la llegada del Apocalipsis. Quién importaba seguramente entraría. Tenía la corazonada de ello. Confiaba en sus amigas. Y también en su hermana, pese a su alocada personalidad.

Finalmente tuvo que cesar su marcha, al igual que sus reflexiones. Sin apenas acacias cubriéndole el cielo, podía ver más allá de la arboleda. Había una extensión árida por todo lo largo de la tierra. Grandes agujeros se disuadían desde lo lejos, igual que agrupaciones de árboles, sean en planicies o por el suelo seco. Y justo en frente, una gran montaña se alzaba majestuosa entre aquella sabana.

Era extraño. Tenía la sensación de que conocía ese monte, como si ya la hubiera visto en algún lugar cercano. Casi podía decir que era el mismísimo Teide. Tenía los mismos surcos y la misma piedra, aunque un poco oscurecida.

O eso diría si no fuera porque este estaba en Tenerife. Debía dejar de suponer tanto, o se quedaría ahí mirando como una boba hasta que un imp le empujara barranco abajo.

Volvió a la espesura forestal, y se sentó. Una sensación de vacío y mareo empezaba a apoderarse en su estómago. Tenía que comer algo, o de lo contrario no podría seguir. Se sentó en una de las piedras y sacó una barra de pan cortada envuelta en papel de plata. Era el momento perfecto.

Aunque fuera dentro de un bochornoso bosque, quería probar su creación. Un bocadillo de ensalada de aquel mediodía, sin ningún añadido más. Eran sobras, desde luego, y tampoco le entusiasmaba la idea de consumirlas entre las dos mitades del pan. Pero era fundamental hacer algo nutritivo, y tampoco pensó que tendría mucho tiempo antes de que alguno de esos diablos irrumpiera en la cocina. Estaba a punto de hincarle el diente cuando oyó un movimiento agitado, como hojas meciéndose a son del viento sin brisa alguna. Volvió a guardar el bocadillo para después. A saber si aprovecharían el descanso para pillarle desprevenida.

Lentamente, retiró el sable de su cartera y miró a su alrededor manteniéndose alerta. Tras unos arbustos, podía ver dos fauces redondeadas de color cobalto que se asomaban junto a unos nerviosos ojos jade. Habían dejado de asomar el morro cuando ella empezó a lucir la hoja de su sable.

No sabía si descartarlos como criaturas tímidas o tomarlos como voraces bestias que esperaban el momento adecuado. Pero que mantuvieran sus ojos fijos en ella le traía sin cuidado. Por prevención, pensaba que era mejor derramar sangre fría en pos de su supervivencia. Se acercó a la planta. Forzó el brazo para sacudirlo y podó parte de la planta para ver a sus espías.

Eran reptiles bípedos de corta estatura y bípedos. Sus escamas recias relucían ante el fulgor celeste, dejando ver los pliegues de piel que tenían por cuello y extremidades. Junto con esa fisonomía y su cola aplanada por los lados, podía identificarlos como una especie de varanos. Que hubieran depredadores tan grandes solo podía significar que había algo más que mosquitos como alimento. Menos mal que no los llegó a matar.

Pero sí los había espantado. Corrían como posesos siseando y bufando entre ellos tras los troncos. Parecía que iban de cacería. No dudó ni un segundo y empezó a perseguirles tan rápido como sus piernas le permitían.

Iban demasiado raudos. La distancia entre ella y y aquellos reptilianos aumentaba gradualmente por aquella endemoniada velocidad. Costaba seguirlos con las piedras que habían por el camino y lo escarpado del terreno. Tras tantos saltos y carreras, los varanos se dejaron arrastrar por una bajada pedregosa, perdiéndose de su vista.
Las acacias arraigadas a la empinada bajada le tapaban el horizonte. No sabía con certeza qué sería lo que habría tras la vegetación. No obstante, estaba claro que el bosque tampoco tenía nada que ofrecer. Debía de descender con cuidado. Se agarró a un árbol para ver cuán resbaladizo era.

Demasiado. Tenía que dejar trabajar a la vieja gravedad y la fricción. Se soltó y movió los pies hacia delante lo más rápido que podía para frenar el arrastre. Logró llegar de pie sin ninguna fractura.

Había llegado a una tierra seca poblada de más oasis semi-disecados, lejanos, pero aún claros. En una de ellas se alzaba ligera una benigna columna de humo blanca. Fue una grata sorpresa. Aquello era indicativo de que también había vida inteligente; tal vez primitiva, pero algo era. Sin duda parecía conveniente. Quizá los nativos la acogerían y le darían un cobijo seguro, con agua y alimento. O bien fueran devotos cazadores y aprovecharían la ocasión para probar por primera vez la carne humana.

No. Era demasiado arriesgado entablar contacto con esos desconocidos, y muy pronto para considerar conocerlos de primera mano. Prefería volver arriba y desenrollar el saco de dormir para descansar.

Espera. Tampoco podía. La subida era demasiado empinada. Tendría que ir a otra arboleda. Y justo a su derecha había otro bosque en terreno llano. Parecía buen lugar para asentarse. Tenía que hacer un último esfuerzo y dirigirse hacia aquel refugio por tal de poder seguir.

De camino hacia aquel pequeño paraíso, sintió algo raro bajo la suela de los zapatos. Era como pisara baldosas desencajadas al andar sin ellas. Era una sensación rara para un páramo natural como aquel. Y le desconcertaba. Tuvo que bajar la cabeza para ver qué estaba ocurriendo.

Había una grieta que se estaba ensanchando con relativa rapidez. No le gustaba. ¿Y si bajo aquella tierra quebradiza hubiera pozos sin fondo?
Se apartó de enseguida. La grieta no hacía más que aumentar. Y aún quitando la presión de su peso por aquel punto frágil, seguía agrandándose y haciéndose cada vez más consistente. Pero no era la única.

Algo no andaba bien con estos suelos. Se estaban formando más oberturas a su alrededor, como si hubiera una placa tectónica que se estuviera moviendo. Para desgracia de ella, no sentía ningún temblor ni nada más que sugiriera un fenómeno telúrico. Juzgando por la formación, la velocidad que las líneas se dibujaban en la tierra y el cómo se levantaban los fragmentos, podía decir con certeza que era una obra de topos hostiles, o sea lo que fuere lo que habitara por aquel globo. Nada más especular, pudo ver que tenía razón.

Cinco criaturas cortas de enormes garras y cabeza acabada en punta salieron disparadas del subsuelo tirando grava por los aires mientras se alzaban de un salto. Dos de ellas, con grandes cuernos rectilíneos, eran ayudados por fogosa una estela de fuego. Aquellos cuyos pies de plomo no se fundían en una llamarada tenían esa molesta cola chisporroteante que tantos problemas le dieron y esos malditos altavoces en las mejillas que producían una desagradable estática para los oídos. Parecían imps más crecidos dotados de enormes garras para escarbar y vivir bajo tierra. Pero no lo eran. Era evidente que entraban en otra categoría.

Lo primero que hizo fue preguntarse quién fue el listillo que prototipó su sprite con un demonio en llamas. Luego giró su eje noventa grados a la derecha para evitar la zarpada que le iba a propinar. Acto seguido se inclinó hacia abajo para evitar los dos esputos ígneos que venían por los costados.

Por poco no era arrastrada por el peso de su equipaje. Debía procurar no volver a echar la espalda hacia atrás; algo difícil, puesto que los otros dos excavadores eléctricos usaban sus armas a diestro y siniestro. Mantenerse erguida ilesa era un trabajo complicado; la mínima distancia, junto a los proyectiles que lanzaban a lo lejos impedía esquivar propiamente. Era una suerte que reaccionara lo suficientemente rápido como para evitar una herida profunda. Sin embargo, las pequeñas bolas ígneas le daban de lleno, provocando varias quemaduras mayormente en manos y tobillos, como si no tuviera suficiente con las que ya tenía.

Lo único que podía hacer era mover su espada para dar tajos horizontales que tan solo incitaban a la mofa. Mientras ella estaba desesperada por rallar su pesado cuerpo, uno de los cables le rasgó la manga izquierda. Pudo sentir cómo aquel roce le enviaba miles de agujas aturdidoras. Además del arma, la joven soltó un pequeño aullido de dolor. Tan solo fueron dos segundos; pero no le hizo ni pizca de gracia que esas viles puntas electrizadas entraran en contacto con su piel.

Despojada de su raciocinio, Samantha volvió a tomar su sable y ejecutó venganza ciegamente sobre su agresor. Con la mirada fija en aquella serpiente negra, alzó levemente la fina hoja del renacimiento e hizo un corte diagonal alcanzando a su objetivo con presteza.
"¡Al fin!"
Por fin había conseguido despojar el orgullo de uno de esos bichos. El grito estremecedor de aquel desgraciado le dio confianza. Y más aún cuando sus otros dos compañeros se apartaron de su alcance. Parecía que les había tocado la fibra sensible. Era el momento perfecto.

Aprovechando el shock de aquella vil criatura, puso el arma en ristre y clavó la punta en el altavoz derecho esperando librarse de aquella molestia. Las descargas recorrían por su brazo mientras este convulsionaba para al final explotar en una lluvia de grist y alijos de plomo.

Había dado con la forma de derrotarlos. Después de tantas heridas y tanto esquivar, encontró al fin un punto débil en los enemigos que ella misma había dado forma. Con aquello había dejado claro que era capaz de eliminarlos, pese a lo endeble de su entrenada fisonomía.
Aterrorizados, los seres de pesado metal se sumergieron de nuevo entre roca y desaparecieron de su vista; algo que le aliviaba bastante. Solo le faltaba aquellos dos hirvientes demonios que intercambiaban miradas nerviosas.

O eso pensaba.

Justo cuando esperaba pacientemente sus candentes garras, ellos también se zambulleron al subsuelo, apresurados por escapar. La exploradora se dio el pequeño placer de dar una sonrisa de ingenua confianza mientras se echaba flores por sus improvisadas maniobras y soportar todos los golpes que le atestaban.

No tuvo que hacer eso.

Pronto estallaron dos columnas de plomo incandescente frente a ella. Con tan solo el calor que emanaban era suficiente para cegarla por un buen tiempo. Después fue empujada por un contundente golpe en el abdomen.

Dolía. Podía sentir el aire penetrando por la tela. Había soltado la espada cuando aquel nuevo enemigo metió sus filosas uñas en sus carnes. Nada más intentar hacer un movimiento, aquella hendidura sangrante le hacía volver a tumbarse. Una vez capaz de volver a ver, se encontró con unas garras de color ultramarino ensuciadas con su propio carmesí dispuestas a acabar su trabajo.
El corazón le latía con fuerza al ver la mano alzada. Ante el peligro, pudo producir la suficiente adrenalina como para hacer soportable el dolor, retirar los brazos de los tirantes acolchados y dejó que aquella gran mano se clavara en sus provisiones.

Era otro de ellos. Solo que esta vez no se derretía con sus propio calor. Era un diablo de puro lapislázuli, capaz de quemar y electrificar con su cola al mismo tiempo. Siendo más duro y más ligero, era consciente de que aquel nuevo oponente iba a ser más difícil de vencer.
Además, tenía el tiempo en su contra. No sabía cuánto perdía; pero si no se lo quitaba de en medio pronto acabaría a su merced por la anemia.

Y había una forma para cumplir con su propósito.
Al igual que los anteriores, sus puntos débiles estaban completamente expuestos. El único problema era aquel velo llameante que le cubría los pies. Tenía que procurar no quemarse.
Mas su oponente no esperó a que se moviera.

El demonio de piedra azul sacó las garras del suelo y se abalanzó a por ella con prestos zarpazos que intentaban desgarrar los tendones. Aunque el constante desplazamiento le garantice que aquello no pasara, se llevaba al menos un arañazo por cada traspiés. Derecha e izquierda eran las direcciones que tomaban. A medida que seguía aquella danza por la cuerda floja de la vida, las uñas de aquella lustrosa abominación se imbuían en lumbre. Las ascuas saltaban como pequeños perdigones al azotar el aire; algunos tocaban la cara, dejando pequeñas quemaduras de primer grado en la mejilla. Trataba de defenderse de ellas con esgrima mal ejecutada, también intentando contraatacar.

Lo logró. Había conseguido cesar su frenesí. Logró rasgar el altavoz ligeramente. Le había dejado atónito, cabizbajo, resentido. Tal fue el azote que sus llamas se apaciguaron a causa de la sorpresa.

Ahora sí. Ahora sufriría su cólera.
Dejando a un lado la cordura, Samantha flagelaba a su enemigo sin piedad mientras este intentaba reaccionar. Empezaba a padecer. Con aquella lluvia de sablazos solo podía lanzar varias miradas de odio acompañados de graves gruñidos que se intensificaban a medida que iba llegando su hora.

La piedra no resistiría más. Era el momento de dar el golpe de gracia. Mas cuando iba a acabar con aquel desdichado, fue otra vez apartada de su alcance.

Había soltado una onda sónica, despojándola de oído y ensanchando las distancias. Después de haber sido tirada, contempló como ese cornudo se prendía todo el cuerpo mientras chisporroteaba. Empezaba a apreciar como dos alas de insecto se expandían desde la espalda mientras le crecían dos antenas en la cabeza, una fogosa collera y desaparecían sus cuadradas mejillas para trasladarse a sus nuevas partes. Una vez que tenía sus alas de alevilla completamente formadas, saltó impulsado por su propio calor y esparció el fuego que le protegía por el aire.

Samantha se estremeció. A alguien se le había colado una polilla en su kernel y había provocado una repentina evolución en ese monstruo. O al menos era la única explicación que encontraba.
Qué oportuna era la maldita.

Voló por encima de su cabeza dejando una hilera de rayos que caían directamente al suelo. Aunque ella hizo el esfuerzo de esquivarlos, uno de ellos la azotó de tal manera que la aturdió por un instante. Se había derrumbado por aquella leve descarga. Intentó incorporarse de nuevo; sin embargo, aquel maléfico y agraciado insecto volvió a echarla de cabeza al suelo con su ruido. Todo y que empleaba hasta el último ápice de fuerza para proteger sus tímpanos, no podía evitar que su cabeza retumbara. No sabía cuánto tiempo podría aguantar. Hasta las heridas remitían, haciendo de aquel momento un calvario que anunciaba una cercana muerte.

Estaba acabada. No podía hacer nada más. Solo debía esperar a que aquella tortura acabara de una buena vez.

Sin ninguna explicación, el topo volador había dejado de chirriar.

"¿Ya? ¿Ya he muerto?"

No. Imposible. Aún sentía su cuerpo maltrecho por las anteriores batallas. Apenas podía levantarse. ¿Pero qué ha ocurrido? ¿Por qué no oye ese penetrante ruido? ¿Se habrá ido?
Tenía que abrir los ojos. Tenía que saber si estaba viva.
Suspiró de alivio. Las paredes grises que le rodeaban y la alfombra por donde reposaba eran indicativo de que había vuelto a casa. Sin embargo, aún tenía alguna inquietud. ¿Cómo llegó hasta ahí?

Tan rápido como se cuestionó su llegada, escuchó un eco lejano.
─¿Sammy? ¡Sammy!

¿Señor Vergel?
No. No podía hablar. Su visión se nublaba. Estaba muy débil. Gastó todas sus fuerzas para enfrentar a aquel ser despiadado. No podía decir que estaba viva. Aún podía deducir, sin embargo, que había despertado preocupación en su guardián peluche.
─¡Sammy! ¡Sammy, dime algo! ¿¡Qué te ha pasado!? ¡SAMMY!
Nada. Le faltaba voz. Necesitaba ayuda de enseguida. No podía quedarse así. Tenía que pedirla de inmediato. Trató de levantar la ligeramente el torso para inclinar la cabeza y dirigirse al borrón oliva que se plantaba desesperado sobre ella.
─¡Sam! ¡Estás bien! ¿Qué ha ocurrido? ¿¡Por qué tienes la ropa llena de agujeros!?
─Ve... Vergel... bu... busca...

Finalmente dejó caer sus hombros y estampó su barbilla con el tapiz.
Estaba inconsciente.