Capítulo 14. Emboscada.
Menos de una hora después, Shun estaba asiendo atacado por terribles dolores de cabeza, nausea, ganas de vomitar y dolores estomacales.
El dolor de cabeza le provocaba nauseas y estas le causaban las ganas de vomitar, pero al tener vacío el estómago, no había nada que expulsar. Cuando se concentraba en usar la sangre demoniaca para neutralizar al veneno, entonces aparecían los efectos de la sangre, quemándole las venas, quitándole el control de su cuerpo y luchando por desbordarse en poder y furia.
Así, Shun no luchaba solo contra el veneno, sino también contra la sangre. Usaba el poder demoniaco para neutralizar el veneno y su propia resistencia para detener el avance de la sangre. Luego entraba el ring su siguiente enemigo: el cansancio. Eso era el peor de todos, era el que lo llevaba a no hacer nada, a dejarse llevar por el dolor causado por el veneno y la sangre.
Sin embargo, cada vez que cerraba los ojos, un solo rostro aparecía en medio la oscuridad.
Hasta que nos veamos de nuevo, mantente vivo, Tigre
Esa promesa resonaba en su mente. Se aferraba a ella, era lo único que lo mantenía luchando parte de su orgullo y el ferviente deseo de vivir. Shun pasó las siguientes siete horas debatiéndose entre el dolor causado por el veneno, el de la sangre y el cansancio.
Cada vez que bajaba la cabeza y se dejaba llevar, su voz sonaba en su cabeza. Chistó con amarga ironía: la única imagen que le daba algo de ánimo y ni siquiera lo conocía.
Era la verdad, él no lo conocía. Hyoga no era japonés, no vivía en Japón aparentemente. ¿Qué haría si llegara a salir de ahí? ¿Qué haría si Hyoga se iba a su país? Él no lo detendría, ¿Qué razones tenia para hacerlo? Ninguna.
-Entonces mi vida se resume a eso. No tengo ninguna razón.
Poco a poco fue cerrando los ojos. El deseo de descansar por fin le ganó a cualquier otra vaga excusa para pelear.
En el refugio…
Hyoga seguía discutiendo con los corredores, Hakuren cobraba favores a cambio de instrumentos médicos y Haru practicaba el disparo a corta distancia, guiado por Ikki.
De pronto, el moreno se giró, enfocándose repentinamente en el cosmos de Shun. Descendía lentamente.
-Maldición, Shun… ¡No te rindas ahora!
-Oye, ¿estás bien?-preguntó Haru
-…Sí. Descansemos un rato.
Haru le entregó el arma y se introdujo en la casa, pero Ikki no lo siguió. Él se quedó en el jardín, tratando de concentrarse en el cosmos de Shun. Descubrió que cada vez se le hacía más difícil establecer una conexión. Por un momento se dejó llevar por la angustia y el miedo y apretó los puños hasta que los nudillos perdieron su color y se le hizo un nudo en la garganta. Las lágrimas no tardaron no salir.
-No. No puedes hacer esto. Has sobrevivido a todo, a la soledad, al peligro. ¡No te mueras ahora, maldita sea!
En el hospital privado…
La puerta se abrió y volvió a cerrar lentamente. El médico corrió hacia Shun, con un estetoscopio, para monitorear los latidos de su corazón. El peliverde respiraba con mucha dificultad y ardía en fiebre.
-Maldición, los latidos son débiles. Realmente se está muriendo-dijo el médico-Oye, muchacho, despierta. ¡Dime qué hago!
Aun en contra de cualquier predicción, Shun abrió los ojos.
-Dime qué hacer. ¡No sé qué hacer! ¡Te estás muriendo!
El peliverde ni siquiera levantaba la cabeza, pero al menos estaba despierto. Susurraba algo, por lo que el médico tuvo que acercarse mucho para escucharlo
-La venda…de…mi mano.
-¿Qué pasa con la venda?
-El…chip
-¿Chip?
El hombre comenzó a quitar la venda, teniendo cuidado de no activar el mecanismo de los grilletes. En ese momento, el chip negro cayó al piso, asustándolo. Lo recogió, reconociéndolo inmediatamente.
-Entiendo-dijo el médico, sacando su teléfono e intercambiando las tarjetas rápidamente.-Dime a quien llamo.
Shun tenía los ojos cerrados de nuevo y el médico luchaba para mantenerlo despierto.
En el refugio…
Todos estaban reunidos, discutiendo los últimos detalles. Hyoga vio a Ikki entrar, pero su mirada era más sombría que nunca, incluso se dio cuenta de que sus ojos estaban un poco enrojecidos.
-Estaba llorando.
Entrecerró los ojos y volvió a enfocarse en el grupo frente a él.
-Sólo un gesto, Kaname.
En el hospital privado…
-Cazador, no tengo mucho tiempo, ¡dime a quien llamo!
Shun susurró lentamente un número telefónico que el médico marcó inmediatamente.
-¿Por quién pregunto?
El hombre le buscaba el pulso en la garganta. Lo sentía, aunque débil. Recordó el único nombre que había salido de los labios del peliverde y ese fue el que exclamó.
En el refugio…
El celular de Haru sonaba sin cesar, Hyoga lo escuchó.
-¿Quieres atender eso?
-¿Y si es Verona?
-…Nos encargaremos de hacerle entender que estas ocupado-dijo Hyoga.
Suspirando, Haru atendió, mientras el rubio se enfocaba de nuevo en el plano. De pronto, sintió como el pelinegro lo tomaba fuertemente del brazo. Volteó a mirarlo y s encontró con el rostro pálido del chico. Todos bajaron la voz, quedando la sala en completo silencio.
-¿Quién habla ahí?
-Hyoga, ¿hay alguien ahí llamado Hyoga? ¡Por dios, quien sea que conozca al cazador!-exclamó el médico.
El rubio escuchó su nombre y exigió el teléfono. Haru le obedeció e inmediatamente Hyoga habló.
-¿Quién habla ahí?
-¡Trabajo para Verona, ella tiene al cazador!. Noctis tiene unos terrenos a la fueras de Tokio, es aquí donde lo tienen, tienen que venir rápido…
Hyoga hizo un esfuerzo sobrehumano por mantener la cabeza fría, pero todos vieron que se había puesto tan pálido como estaba Haru.
-Necesito una prueba de que está vivo-dijo Hyoga.
El rubio tenía cada músculo en una asfixiante tensión, sentía que se estaba ahogando del calor y la ansiedad.
-Te lo pondré al teléfono pero no tengo mucho tiempo, trataré de que hable pero está muy mal, lo envenenaron-dijo el médico.
Sin esperar respuesta del rubio, el hombre le pegó el teléfono al oído al peliverde. Hyoga sintió como su corazón se detuvo por un instante al escuchar la respiración entrecortada del otro lado. Escuchó la voz del médico en el fondo, animándolo a hablar.
-Shun…-dijo Hyoga
La tensión en la sala se hizo palpable al escuchar al rubio llamándolo con ese tono tan suave y absolutamente suplicante.
-Shun…-repitió.
El peliverde abrió los ojos y sonrió ligeramente.
-Hyoga-susurró.
El rubio cerró los ojos y bajó la cabeza, cerró el puño sobre el plano, arrugándolo completamente.
-Tigre, me lo prometiste-le rogó.
-Hyoga-dijo Shun.
El médico miró hacia el otro lado al notar los ojos brillosos del peliverde, las lágrimas a punto de salir.
-Sólo tienes que resistir, vamos a sacarte de ahí…
-No…puedo…
-¡Sí puedes! ¡Sí puedes hacerlo!
Hyoga levantó la cabeza mirando hacia el reloj de la sala. Aquello era un movimiento arriesgado pero la voz de Shun lo empujaba a ello.
-Sólo dame una hora. Te sacaré de ahí en una hora, pero resiste, por favor, Shun-rogó
Shun volvió a bajar la cabeza y el médico, aterrado de ser descubierto, apartó el celular.
-¡Shun!
-Tengo que irme-dijo el médico.
-Escúchame, maldito desgraciado-rugió Hyoga.
Tanto el médico como el grupo de la sala se quedaron paralizados por el cambio en el tono de voz, era absolutamente letal y tan amenazante que el aire comenzó a enfriarse. Sólo uno de ellos entendía lo que estaba pasando.
-Procura que no vuelvan a tocarlo durante la siguiente hora y ponte algo que pueda reconocer porque en cuanto entre ahí mataré a todo lo que se me cruce en el camino. No dejes que lo toquen y no dejes que muera o tendrás que ir a esconderte al maldito infierno. ¿Te quedó claro?
-¡S-s-si!
El médico colgó como pudo y volvió a mirar al peliverde. Ahora su vida dependía de la del cazador.
Hyoga, poco a poco perdió la expresión de furia y fuerza en la mirada. Sintió las rodillas flaqueaban e hizo un esfuerzo por no caer al piso. Bajó la cabeza y la mano, apretó el celular con tanta fuerza que la luz de la pantalla comenzó a titilar. La sala se mantenía en un silencio sepulcral.
-Quien quiera irse ahora puede hacerlo-dijo Hyoga.
Finalmente levantó la mirada, sus ojos brillaban con un fulgor blanquecino. Algunos retrocedieron instintivamente. Ikki entornó la mirada.
-Su cosmos…
-Al que se quede, saldremos en 25 minutos-dijo Hyoga.
El rubio se giró para salir pero los susurros comenzaron a inundar la sala.
-Estas jodiendo el plan, tú mismo dijiste que teníamos que seguirlo al pie de la letra, aun tenemos tiempo para…
-¡No, Taki, no tenemos tiempo!-estalló Hyoga-¡Shun se está muriendo, no aguantará dos hora más, mucho menos cinco! Está envenenado.
El silencio volvió a apoderarse de la sala.
-25 minutos es más que suficiente-dijo Ikki
-Tiene que serlo. El que quiera irse, puede hacerlo. Con o sin ustedes, lo sacaré de ahí.
Hyoga salió casi corriendo de la casa. Ya no había miedo o ansiedad, sólo un profunda ira. Shun estaba vivo, pero apenas. Sin embargo ahí estaba y sí lo habían lastimado.
La furia se unió a la determinación. Ya había jurado hacerle pagar a Noctis si él estaba lastimado, ahora faltaba ver cuánto pagarían.
Se apoyó en la maleta del auto, su mirada era fija y su mente sólo se enfocaba en una cosa: llegar a Shun, a costa de lo que fuera y de quien fuera.
Ikki tomó el mando y para su sorpresa, nadie retrocedió. Los corredores estaban listos, aterrados pero enloquecidos por la adrenalina, Taki estaba más centrado que nunca, a Haru ya no le temblaba el pulso, Hakuren sólo estaba a la espera y él… él sólo quería ver a Shun. Recorrió la sala con la mirada y asintió
-Muy bien, acabemos con esto-dijo Ikki
Todos salieron de la casa y cada pareja se montó en su auto y lo encendió. Sólo Haru, Taki, Hakuren e Ikki fueron hasta Hyoga.
-¿Te dijeron qué veneno era?-preguntó Hakuren.
Hyoga negó con la cabeza.
-Bueno, haré unas llamadas-dijo Hakuren retirándose.
-Ve con Taki y Haru, ya yo tengo el rifle listo, me adelantaré como planeamos-dijo Ikki, antes de retirarse.
Hyoga asintió y volvió a mirar su reflejo en el espejo trasero del mustang negro.
-¿Estás bien?-preguntó Haru
Sabía que el pelinegro lo miraba con preocupación y hasta miedo, pero no quería siquiera pronunciar una palabra, tenía que contener esa furia dentro de él para expulsarla con quien se lo mereciera. Sacó las llaves de su bolsillo y se las extendió a Taki, quien las tomó rápidamente y se encaminó hacia la puerta del conductor. Hyoga fue hasta el asiento del copiloto y Haru se metió en la parte de atrás.
Rápidamente la casa quedó vacía, sólo Hakuren y Kara quedaron ahí.
En el hospital privado…
El médico se había quitado la bata blanca y tapado a Shun con ella, en un intento por mantenerlo caliente, aunque la fina tela servía de poco. Los latidos de su corazón aun eran débiles, aun ardía en fiebre y su respiración se hacía cada vez más dificultosa.
Lo tomó entre sus manos y levantó un poco su rostro.
-Aguanta muchacho, vendrán a buscarte. En menos de una hora estarán aquí-dijo el médico.
Shun no le respondió, estaba completamente inconciente. El hombre lo miró por varios segundos, rogándole a Dios que lograra sobrevivir. Luego lo soltó suavemente y se levantó para salir de la habitación. Al cerrar la puerta y girarse, se encontró con una visión que lo paralizó en el sitio: Draco estaba ahí, cruzado de brazos, con la misma expresión tranquila pero siniestra.
-¿Así que en menos de una hora?
El médico estaba a punto de ensuciar sus pantalones. El tono bajo y ronco del rubio resultaba mucho más aterrador que un arranque de furia. Antes de que el pobre hombre pudiese mover, Draco atacó, tomándolo del cuello tan rápidamente que el médico no fue capaz de divisar el movimiento de su brazo.
Se acercó hasta él y lo olió ligeramente.
-El olor del miedo…es tan erótico-dijo Draco
-Por favor…
Absolutamente paralizado y temblando de miedo, el médico vio su final, cuando, en su segundo movimiento, Draco le quebró el cuello. Luego, dejó caer el cuerpo inerte al suelo.
Los dos hombres que lo acompañaban ni siquiera se movieron, tampoco se sintieron conmovidos por la expresión de terror y suplica del médico. El cuerpo muerto cayó sobre la puerta, empujándola y abriéndola de nuevo. El rostro simétrico y frio del rubio estaba cubierto por las sombras, pero sus ojos brillantes como el oro captaban perfectamente la figura sentada en la silla. No movía un sólo músculo, simplemente lo contemplaba.
-Dile a Verona que no venga. Que envíe inmediatamente al grupo que tenia dispuesto para la medianoche-dijo Draco.
Uno de los hombres asintió y salió de la casa. El rubio caminó hasta dentro de la habitación y tomó a Shun por el mentón, para obligarlo a levantar el rostro.
-Si aun no te he matado, es porque disfruto verte sufrir. Sólo por eso voy a permitirte vivir hasta el último momento… Santo de Andrómeda.
Luego, lo soltó y salió de la habitación.
Un rato después…
Los 20 corredores manejaban a toda prisa mientras Draco se metía en la limosina y el auto se ocultaba entre las sombras. Los dos hombres que lo acompañaban se quedaron dentro de la casa, en la habitación continua a las de Shun. El rubio esperó pacientemente a sus nuevos invitados, mientras su grupo de asesinos se ocultaban entre las sombras, todos cerca del auto de lujo.
Ikki llegó primero, como era previsto. Se bajó del auto y caminó los 300 metros que lo separaban de los terrenos de Noctis. Siguió el camino que Hyoga le indicó, esquivando perfectamente, tanto las cámaras como las luces. Entró a la estructura sin acabar y se posicionó en el primer piso, a un metro del marco de lo que sería una ventana.
Draco, por su parte, marcaba un número telefónico en su celular.
-Libera algunos demonios aquí en Tokio…donde quieras, no me importa…para dentro de unos quince minutos.
Ikki miraba todo el terreno desde la mira del rifle. Con ella logró divisar la limosina, frente a él pero del otro lado del terreno.
-Maldición, hay alguien aquí
-De pronto escuchó los autos acercarse. Giró el rifle y apuntó a las primeras luces, disparando inmediatamente. De esa forma, desde la casa nadie lograba ver la formación de "V" invertida constituida por los 20 autos. Cada metro que se acercaban era un metro que caía en la oscuridad gracias a Ikki. Draco, sin embargo, tenía un ángulo perfecto de visión, aunque no lograba ver quien destruía las luces de los faros del terreno.
Sólo hasta que estuvieron lo suficientemente cerca, fue cuando los corredores encendieron las luces de sus autos y subieron todo el volumen de sus equipos de sonido. Comenzaron a disparar al aire formando un caos increíble.
Draco no contaba con los 20 autos y sus hombres fueron agarrados desprevenidos. Estos salieron de la casa, con las armas en la mano, tratando de apuntar, pero los autos comenzaron a rodear la casa, disparándoles a los pies a diestra y siniestra. Dos de ellos se les lanzaron encima, obligando a los hombres a alejarse de la estructura y quedando aun más expuestos a los cinco autos que siguieron dando vueltas a su alrededor.
Los otros quince comenzaron a dibujar círculos concéntricos alrededor de la casa, formando aros de protección y alejando a los asesinos que ahora se mostraban y disparaban a los cauchos de los autos.
En medio del caos generalizado, un auto negro se salió de la formación. Ikki lo tenía en la mira y disparaba a los asesinos para mantenerlos alejados del mustang.
Draco frunció el ceño al ver que el auto se detenía en la parte trasera de la casa.
Se bajó de la limosina rápidamente y comenzó a caminar entre los círculos. Auto que se le atravesaba en el camino era un auto que salía volando por los aires o que se estrellaba contra el que lo seguía detrás. Ikki lo vio por la mira.
-¡Ese maldito...!
Siguiendo al pie de la letra las ordenes de Hyoga, los autos que estaban en perfectas condiciones socorrían inmediatamente a los caídos, rescatando a sus compañeros caídos de forma que no había bajas significativas. Sin embargo cada había menos autos y los aros se dispersaban por lo que el tiempo corría rápidamente.
Hyoga se bajó del mustang, mientras Haru le cubría la espalda tanto a él como a Taki que permanecía sentado en el asiento del conductor, siendo un objetivo demasiado fácil. Como era de esperarse, la puerta estaba cerrada, por lo que Hyoga disparó dos veces antes de que esta se abriera.
Ikki vio a Draco y tres de sus hombres entraron con él a la casa por lo que comenzó a disparar en su dirección, obligándolos a dispersarse. Los hombres no sabían a donde responder el ataque, por lo que se colocaron en sitios estratégicos de la casa, rompieron las ventanas y comenzaron a disparar a los autos. Otros cuatro lograron entrar, se adelantaron a Draco y fueron directo hacia la habitación. Entraron al mismo tiempo que Hyoga. Éste dejó que la furia que llevaban dentro se desbordara y disparó despiadadamente a los asesinos, acabando con dos rápidamente. Mientras tanto, Haru se enfrentaba a cuerpo a cuerpo con los otros dos. Hyoga se unió a él apareciendo justo detrás de uno de los asesinos y siendo más letal que estos, le quebró el cuello con un solo movimiento de sus manos.
El cuarto se distrajo un par de segundos, pero fue más que suficiente para que Haru le clavara el cañón del arma bajo el mentón, obligándolo a subir la cabeza y mirarlo.
-Esto lo voy a disfrutar-siseó el pelinegro.
Luego disparó, la bala salió por la parte superior de la cabeza del sujeto y éste cayó inerte al suelo.
Durante escasos segundos, la habitación estuvo sola y Hyoga recorrió con la mirada hasta encontrarse a Shun, de espaldas a él, con los brazos aprisionados por los grilletes que Ikki había mencionado anteriormente. Por un instante, Draco regresó a la puerta de la casa, casi sintiendo una energía diferente.
Se regresó al presentir aquella cosmoenergía y el sitio donde se encontraba por lo que se asomó y clavó la mirada en el sitio específico donde estaba Ikki. Este se cubrió inmediatamente, ocultándose detrás de la pared. Draco entrecerró los ojos, había dejado de sentir aquel cosmos naturalmente agresivo.
Miró su reloj y volvió a entrar en la casa, mientras afuera el caos seguía desatado.
Ikki, recibió una alerta de ataque desde su celular, que ahora estaba conectado con la computadora del refugio.
-¡Maldición!
Volvió a asomarse por la mira, notando que Draco ya no estaba por ahí. Él estaba a punto de entrar en la habitación donde Shun se encontraba. Hyoga apuntó hacia los grilletes, destruyendo el mecanismo y separándolo de las cadenas. Otros dos asesinos entraron, pero Haru le cubrió perfectamente las espaldas.
El rubio sólo pensaba en sacar a Shun de ahí, por lo que Haru enfrentó al enemigo. Por fin pudo separar al peliverde de la silla y cuando quiso agarrarlo éste se desplomó entre sus brazos. Cayó suavemente, sin ningún atisbo de esfuerzo por levantarse, sin decir una palabra, sin rechazar su acercamiento. A Hyoga se le erizó la piel al sentirlo sudando frio, la tela blanca que parecía una bata cayó al piso revelándome que Shun estaba prácticamente desnudo.
La misma furia que lo llevó a adelantar toda la misión, le dio la fuerza suficiente para levantar al peliverde y dirigirse hacia la puerta. Haru ya estaba afuera, abriéndole la puerta de la parte trasera del auto.
-¡Apresúrate, Hyoga!-exclamó Taki
Los disparos venían de todas partes, desde cualquier punto entre las sombras. Sólo Ikki y los corredores los protegían.
Justo antes de salir de la habitación, Hyoga sintió una energía muy agresiva detrás de él. Se dio la vuelta y lo vio. Sonreía de forma siniestra, aunque estaba absolutamente enfurecido.
Sólo una palabra vino de golpe a su mente: Radamanthys.
Ambos se miraron por pocos segundos, ambos jurando lo mismo: volver a encontrarse. Aquello, definitivamente no se terminaba ahí.
-¡Hyoga, vamos!-dijo Haru.
El rubio se dio la vuelta y entró rápidamente al auto con Shun. Ikki lo vio por la mira del rifle. Sólo vio el cabello de su hermano, pero fue más que suficiente para devolverle la vida.
-Lo dejo en tus manos, Hyoga.
Se apartó de la ventana y salió corriendo de ahí, directo hacia el lugar donde se aparecerían los demonios en pocos minutos.
El mustang negro salió disparado del terreno, seguido muy de cerca por los otros 10 autos que sobrevivieron a la misión.
Haru iba en el asiento del copiloto pero miraba hacia la parte trasera, donde estaba Hyoga, con la espalda pegada a la puerta y Shun sobre su pecho y entre sus piernas.
-Está helado -dijo Haru
El pelinegro se quitó la chaqueta y se la pasó a Hyoga, quien la tomó para cubrir al peliverde y darle todo el calor posible. Taki, por su parte, encendió la calefacción.
-¿Está…?
-Sólo dale un minuto-dijo Hyoga.
El rubio no era capaz de revisarle el pulso, no lograba detectar su respiración. Lo abrazaba fuertemente, pero no podía confirmar que Shun estuviese con vida.
-Lo prometiste, Tigre-le susurró-Lo prometiste.
Cerró los ojos durante segundos que le parecieron una eternidad. Su corazón palpitaba con fuerza; por fin lo tenía de nuevo cerca de él, como si de pronto sintiera que había pasado años sin poder verlo y añorara su cercanía.
De pronto, el rostro que estaba escondido en su cuello se levantó sólo un poco.
-Hyo…ga
Tanto Haru como Taki se giraron inmediatamente. Hyoga volvió a respirar y Haru se echó a reír de felicidad.
-Taki, ve lo más rápido que puedas- ordenó el rubio.
-Será un placer-dijo Taki
Así, los 10 autos volaron hacia el refugio, con Shun entre ellos, luchando por mantenerse con vida.
Ikki, también se apresuraba por llegar al sitio que ya estaba siendo atacado por los demonios.
Draco, ahora descubierto por Hyoga, como Radamanthys de Wyvern, uno de los tres jueces del inframundo, estallaba en ira e incendiaba toda la casa y los edificios cercanos.
-Esto no se queda así, Cisne, sólo has hecho el juego más interesante-siseó.
En otra parte de Tokio…
El peliazul llegaba al sitio indicado, topándose con algunos cadáveres.
Específicamente, ningún demonio estaba en pie.
-¿Qué diablos pasó aquí?- susurró.
-¡Llegas tarde, Ikki!
El aludido se quedó estático por un par de segundos, antes de reconocer el tono naturalmente arrogante y jovial. Luego, sonrió al sentir la débil, pero estable cosmonoenergia, igualmente encerrada en el baúl de los recuerdos. Se giró lentamente y levantó el rostro en la dirección de donde venia la voz.
Estaba oculto entre las sombras, detrás de una ventana, dentro del primer piso de un edificio. Una par de niñas gritaban como locas detrás del hombre que sostenía un pequeño demonio alado debajo de su brazo.
-¡Lo siento, señoritas, pasen buenas noches!
Ikki lo vio saltar de la ventana y caer justo frente a él. Enarcó una ceja y sonrió con arrogancia al reconocer el cabello castaño y la mirada llena de vida y rebelde.
-Te perdiste toda la diversión, Fénix-dijo él, sonriendo con sorna.
-Ya lo veo, Pegaso-respondió Ikki, con el mismo tono.
Seiya, el Santo de Pegaso, recién llegado a Tokio, estaba justo frente a él.
