―Hagan todo lo posible por regresar a salvo ―dijo Zeke, refiriéndose al grupo en general.

Así será, pensé. Y eso quería creer.

El descanso había terminado luego de varios y largos días. Ahora teníamos que concentrarnos en acabar con los shindas y no morir en el intento.

―Papá ―lo llamé antes de que se fuera.

―¿Qué sucede? ―preguntó, deteniéndose.

No pasé de largo sus grandes ojeras, la barba que no se había molestado en quitar, y esa mirada cansada, tan cansada.

―Vuelve con vida ―lo abracé suavemente, escondiendo mi rostro en su pecho.

Ya no sabía qué más hacer por él. Me había estado evitando la mayor parte del tiempo (a todas las personas en realidad), y apenas intercambiábamos unas cuantas palabras al día. Sabía que no le gustaba mirarme; yo le hacía recordar a mamá cuando ella era joven. Y más por un pequeño detalle...

―Está bien ―acarició mi largo cabello negro, algo que en verdad le resultaba doloroso.

Me separé de él, viéndolo una última vez y dedicándole una pequeña sonrisa. Me imitó, aunque yo sabía que la suya era falsa. Una sonrisa falsa para hacerme convencer de que todo iría bien.

Di media vuelta, alcanzando a Levi, quien ya se había adelantado un par de metros. Una vez estando a su lado, me extendió su mano y me ofreció un chicle de menta.

―Dijiste que estos eran tus favoritos, ¿no? ―dijo, mirándome de reojo.

Lo recibí, inspeccionándolo sin saber bien qué decir. Levanté la vista para agradecerle, pero él ya estaba con el rifle en mano, disparándole a un shinda.

Sí. En definitiva, era mi favorito.

~.~

―Detrás de ti ―advertí, pero él no llegaría, así que tomé la navaja y la clavé en el cuello del shinda que se hallaba detrás de Levi, logrando quitarle la cabeza.

―También de ti ―comentó a mis espaldas.

Volteé y Levi ya había acabado definitivamente con la vida de ese muerto.

No mentía al decir que hacíamos un buen trabajo en equipo.

―¿No crees que hay pocos? ―pregunté algo extrañada.

―Eso mismo iba a decirte... ―se quedó viendo fijamente en una dirección―. Mocosa, acabas de invocarlos.

―¿Por qué lo di...? ―seguí su mirada, viendo cómo una horda de shindas se aproximaba hacia nosotros―. Oh, genial.

―Ven, vamos ―me tomó de la mano.

Corrimos al rededor de una cuadra, hasta estar frente a un gran autobús negro. Y, antes de preguntarle qué es lo que quería hacer, se me adelantó. Levi trepó el transporte, hasta quedar en el techo de éste.

Ya entiendo.

No tardé en imitarlo, subiendo por mí misma, aunque él terminó agarrando mi muñeca y ayudándome de todas formas.

―Gracias, aunque podía sola ―dije, sacudiendo mis manos.

Tomé la pistola de mi cinturón, apuntando a los shindas que venían a nuestra dirección. Fue inteligente de su parte subirnos al vehículo, pues ahora teníamos un mejor panorama que nos facilitaba a la hora de disparar.

Nos tomó un par de minutos dar en todas y cada una de las cabezas. En total fueron treinta y cuatro, si mi conteo no fallaba. Algunos estuvieron a punto de trepar el techo, pero una simple patada terminaba desarmándolos.

Consideraba que era demasiado fácil. Sin embargo, nunca había que tomarlo a la ligera.

―Paremos por un momento ―Levi recargó su arma, guardándola.

Seguidamente, se dirigió a la pequeña puertilla que había encima del techo del autobús. La abrió y, de un salto, se metió dentro del vehículo.

Guardé mis armas e hice exactamente lo mismo. Cuando caí en el piso del colectivo, de inmediato confirmé que era de una empresa de viajes. Me dejé caer en uno de los grandes y mullidos asientos, descansando luego de seis horas corriendo y disparando sin parar.

―Espero que a los demás les esté yendo bien ―murmuró Levi.

―Es lo más seguro ―comenté, sacando una botella de agua de mi mochila y tomando un poco―. Farlan está bien.

Hubo un pequeño silencio en donde se dedicó a mirarme de arriba a abajo.

―¿Sabes? ―Levi se acercó a mi asiento, pidiéndome la botella de agua―. Últimamente, has estado confiando más en los demás.

―Lo sé... Aunque es gracias a ti ―él se sorprendió un poco tras mi afirmación, pero supo disimularlo―. Desde ese día en que vi cómo le enseñabas a Connie y Sasha a usar un arma, admití estar equivocada al tratar de proteger a todos yo sola ―suspiré, notando que él me observaba curioso―. Es sólo que... desde lo que ocurrió con Rod Reiss, no quise llevar a nadie más conmigo.

―¿Qué fue lo que pasó ese día? ―indagó, sentándose en el asiento frente a mí―. Todavía mantengo intacto el pensamiento de que no usaste a Rod como escudo.

―Umm. Él salvó a Taffy ―balbuceé.

―¿Qué?

―Que Rod Reiss salvó a Taffy ―volví a repetir más claro―. Estaban a punto de convertirlo, pero Reiss lo tomó en sus brazos y lo apartó antes de que lo hicieran. Terminó recibiendo la mordida.

―¿Y por qué mentiste?

―Por Alma ―respondí luego de unos momentos―. Temía que le hiciera algo a Taffy si se enteraba de que su esposo murió a causa de él.

―No creo que esa mujer se atreva a hacerle algo a tu saco de pulgas ―rodé los ojos ante el apodo que le había puesto a mi perro.

―Yo sí la creo capaz ―susurré, acomodando mi pelo hacia un costado―. Sí lo intentó conmigo.

Noté cómo Levi se tensó ante mis palabras, queriendo protestar.

―De igual forma, no la culpo―me apresuré a explicar―. Fue mucho antes de que Isabel y tú llegaran a la mansión. Alma intentaba lastimarme cuando me encontraba distraída, pero nunca lo lograba. Creo que Petra la convenció de que eso no serviría de nada, despues de todo, yo era la encargada de llevar las cosas necesarias para que sobrevivieran.

―Nunca me cayó bien esa mujer ―bufó molesto, haciéndome sonreír.

―Entonces, si quiso hacerme daño a mí, ¿crees que a Taffy no se lo hubiese hecho? ―le pregunté.

Levi no contestó. La respuesta era más que evidente.

―¿Segura que Alma no ha intentado dañarte otra vez? ―preguntó, mirándome a los ojos.

―No, no lo ha hecho ―contesté, calmada―. A veces siento que tiene intenciones de hacerlo, pero logra calmarse. Por eso me grita tanto; es como otra forma de desahogarse para ella.

―De igual manera―se veía realmente enojado―, esa mujer te pondrá una mano encima por sobre mi cadáver.

Me quedé perpleja al oír sus palabras y la determinación con la que las dijo. Nos quedamos observando por un rato, sintiendo que el ambiente se ponía raro.

―Levi, ¿tú...?

Cerré la boca cuando vi que se acercaba a mí, recargando su rodilla en mi asiento, entre medio de mis piernas. Tomó mi mentón suavemente, haciéndome levantar la vista hacia él. Su mirada azul era tan profunda y penetrante. Me desnudaba el alma, haciéndome creer que sabía todos y cada uno de mis pensamientos.

Fue aproximándose a mi rostro cada vez más, y yo no hice ni el mínimo intento de apartarlo. Tan solo esperaba que siguiera acercándose de esa manera. Y lo cumplió.

Sus labios se movieron, diciendo unas cuantas palabras. Sin embargo, yo estaba tan perdida en él que no logré escuchar lo que decían. Seguidamente, dejó un fugaz beso en mi mejilla, casi en la comisura de mi boca.

Y, esa simple acción, hizo que volviera a la realidad.

―Terminó el descanso ―quitó su mirada de mí, apartándose de mi cuerpo.

Se dirigió a la parte delantera del autobús, giró las llaves y lo encendió. Estuvo unos momentos tocando botones, hasta que al fin presionó el indicado, logrando que las puertas se abrieran.

Hice una pequeña mueca, saliendo del vehículo y siguiéndolo. Me di una cachetada mental, intentando olvidar lo que acababa de suceder, pero no lo conseguía en lo más mínimo.

No iba a admitirlo en voz alta, pero, de alguna manera, esperaba que otra cosa hubiese pasado.

~.~

―Dios mío, Mikasa. No puede ser que sigas pensando en lo mismo ―me reprendí a mí misma, rodando en la cama.

Taffy me miraba como si yo estuviese loca, sentado en el piso y ladeando su cabecita. Estaba comenzando a pensar que en serio tenía algún problema, ya que habían pasado cuatro días y yo continuaba repitiendo esa jodida escena en mi mente.

Levi actuaba tan normal que me molestaba; con su expresión seria y su tono de voz pesado. Me molestaba porque yo no podía hacer lo mismo. Cada vez que lo veía, los nervios se apoderaban de mí y él siempre me preguntaba si me ocurría algo.

¿Es que acaso no ve que me idiotizó al besarme la mejilla?

―Estúpido ―murmuré, levantándome de la cama y saliendo de la habitación.

Iría por algo para beber a la cocina, a ver si eso me relajaba un poco y me hacía regresar a la tierra de una vez por todas.

Bajé las escaleras cuidadosamente para no tropezarme. Todo estaba en completo silencio y no se divisaba un carajo, pero, por suerte, llegué ilesa a la cocina. Abrí la puerta de manera suave y me adentré, yendo a tocar el interruptor. Sin embargo, apenas di unos cuantos pasos, me choqué con algo. O, más bien, con alguien.

Me sobresalté al instante y largué un pequeño gritito. Por instinto, empujé a la persona delante de mí y, rápidamente, fui a encender la luz.

―Tsk, estás media alterada, ¿no crees? ―dijo Levi, recobrando el equilibrio.

―¿Qué haces a las tres de la mañana en la cocina, y a oscuras? ―pregunté, aún con el corazón en la boca.

Sonaba tonto, pero había recordado todas esas películas de terror que veía de adolescente, y por eso me espanté.

―Vine a buscar algo para tomar, ¿no es obvio? ―balanceó un vaso con agua en sus manos―. Te asustas fácilmente, mocosa.

―Ti isistis ficilmimti ―susurré lo más bajito que podía, pero él logró escucharme, ya que largó una seca risa.

Lo ignoré y pasé de largo hacia la gigante heladera. La abrí, recorriendo con los ojos cada alimento que había, hasta encontrar el jugo de naranja. Lo tomé y lo vertí en un vaso de vidrio.

―Mikasa ―me llamó. ¿Es que aún no se iba? ―. Has estado actuando extraño estos últimos días.

No respondí, tan solo me quedé mirando hacia la pared, bebiendo un sorbo de jugo y no atreviéndome a voltear.

―Oe ―a continuación, lo sentí detrás de mí, encerrándome contra la mesada―. Ya dime qué te sucede.

Finalmente, di media vuelta, descubriéndolo a centímetros de mi cara.

―Nada ―respondí, tragando duro.

Traté de no evidenciar que sólo llevaba un maldito pantalón largo, dejando apreciar la parte superior de su cuerpo. Lo había visto de esa manera en muchas ocasiones, ¿por qué ahora era diferente?

―¿Nada, eh? ―levantó una ceja, sonriendo de medio lado, viéndose tan malditamente bien.

En ese momento, quise golpearlo por ser tan perfecto.

Molesta, me acerqué peligrosamente a su rostro, tomándolo entre mis manos como si de un objeto de cristal se tratase. No demoré en dejar un beso en la comisura de sus labios, el cual duró apenas unos segundos.

Tras mi acción, se quedó estático. Su cara era graciosísima, pero evité reírme frente a él. Se notaba a simple vista que no se esperaba eso de mí.

Bien. Ya había cumplido con lo que quería.

Tomé el vaso con jugo y me encaminé hacia la puerta.

―Buenas noches, Levi...

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Hola :3 Este capítulo iba a ser más largo, originalmente. Pero cambié de idea y lo dejé para otra ocasión.

Espero que les haya gustado .

Dejo datos otra vez:

~Mikasa toma como una venganza el hecho de besar a Levi. Piensa que, de esa forma, no solo ella se sentirá nerviosa.

~"Quise golpearlo por ser tan perfecto". Sé que la frase es de un libro, pero no recuerdo cuál. Así que créditos correspondientes.