Capítulo 14: El apartamento del periodista.

Lunes, 30 de enero de 2009.

Tras una noche en la que apenas pudieron dormir, inmersas en la lectura de sus libros, el viaje en tren supuso una agradable siesta. No habían llegado a ninguna conclusión, y lo único útil que encontraron fueron vagas referencias a series de sueños que empezaban marcadas por un suceso traumático, y acababan cuando la mente volvía a encontrar el equilibrio, aunque no sabían muy bien como relacionarlo con ellas, pues ninguna había pasado recientemente por una situación límite, ni mucho menos, las dos por la misma.

En la estación de Santa Justa las recibió el comisario en persona, que las llevó hasta su nuevo piso, en la calle Santa Ana, en pleno centro, en cuyo garaje encontrarían estacionado el coche que les había asignado. Tenían a su disposición un ordenador con conexión a la red en el salón, por si no querían acercarse a comisaría, evitando así que nadie las viera. Y les facilitó el teléfono de la hermana de Garay, que tenía copia de la llave de su piso, por si querían ir a echar un vistazo. Le dieron las gracias, y le aseguraron que se encargarían de llamarlo para informar de cualquier avance o pista que encontraran.

-Bueno, pelirroja –dijo Pepa mientras colocaban la ropa en el armario-, a ver si esta es la última parada, porque estoy un poco harta de hacer y deshacer la maleta.

-Garay debió llegar hasta ellos, si dejó algo, los encontraremos –dijo Silvia. Y con voz más débil añadió-. Y con suerte, lo encontraremos a él con vida.

-Empecemos por el periódico. Incluso a esos tipos, por muy buenos que sean, les costaría colarse en la redacción de un periódico tan grande sin que nadie se fijara. Mucho menos si pretendían revolver la mesa donde trabaja el desaparecido.

Cogieron el coche, y bajaron por la calle Torneo, para ir bordeando el río hasta Cardenal Bueno. La redacción estaba llena de gente que gritaba, se inclinaba sobre sus ordenadores o corría de un lado a otro llevando fotografías y papeles en la mano. Preguntaron por el redactor jefe, y las llevaron hasta un despacho del fondo. Allí las recibió el jefe directo de Garay.

-La policía nos llamó el sábado, para ver si había vuelto a Sevilla –les decía-, pero por aquí no ha aparecido, no ha llamado ni nos ha enviado nada.

-¿Cuándo fue la última comunicación con él? –preguntó Silvia.

-Me llamó el jueves por la noche, para decirme que tenía algo, que sólo le faltaba una confirmación. Desde entonces, nada –el hombre parecía realmente preocupado.

-¿Solía pasar días sin comunicarse cuando trabajaba en algún artículo? –quiso saber Pepa.

-Dependía del tema. En ocasiones, se pasaba días recabando información de un lado a otro, y confirmándola. Esas veces sí tenía por costumbre no decirme nada hasta que acababa, y al final me presentaba el trabajo. Por eso no le di más importancia al hecho de que no llamara el viernes. Pensé que estaría, como él dijo, confirmando las fuentes.

-¿Podríamos ver su mesa? –pidió Silvia.

-Por supuesto -les dijo-, síganme, aunque no creo que les sirva. Él trabajaba a la antigua, con notas a mano en su libreta. Sólo usaba el ordenador para redactar el artículo al final.

Se miraron muy serias. La noticia de que Garay trabajaba sólo con sus notas fue un mazazo, porque las hojas de sus libretas habían volado. Si no había una copia de algo allí o en su casa, no tendrían nada.

En su mesa no había nada raro, muchas carpetas con trabajos anteriores, y el dossier sobre el caso de la mujer que apareció en Sevilla. Contenía lo mínimo, unos pocos datos que la policía facilitó en rueda de prensa, y que sólo valían para una pequeña reseña en la sección de sucesos. El ordenador estaba intacto. Silvia rebuscó para confirmar el último día que lo usaron, que fue el martes 24 por la mañana. Ese día había saltado la noticia a los medios, y a Garay lo habían mandado a Madrid. "Al menos hemos confirmado que los Caballero esos no han venido aquí", dijo Pepa, "quizá tengamos suerte y también lleguemos a su casa antes que ellos".

Vista la poca suerte que tuvieron en el periódico, Silvia también rogaba por llegar a su casa antes que cualquier otro. Salieron para allá disparadas, tras pedirle al redactor jefe que repasara todo lo que Garay le hubiera comentado sobre el artículo, y preguntara al resto de periodistas si sabían algo de esas fuentes que esperaba confirmar antes de desaparecer.

Garay vivía en un bloque bastante nuevo, cerca de Tomares. Llegaron al piso poco después, tras evitar de milagro varias colisiones con otros coches, por culpa de Pepa, que conducía como una loca. Lo encontraron cerrado. No habían forzado la puerta; la cerradura estaba intacta. Pepa quería reventar la puerta para entrar lo antes posible, pero Silvia apuntó, con buen criterio, que eso llamaría la atención de cualquiera que llegara después. Si entraban con llave y se llevaban algo importante, nadie que visitara el piso después de ellas lo notaría. Eso les daría ventaja.

La hermana tardó más de media hora en llegar y darles la llave. No quiso quedarse a ver que rebuscaban en el apartamento de su hermano. Pepa se estaba desesperando, caminando de un lado a otro del pasillo. Silvia trató en vano de tranquilizarla; en el fondo ella también estaba inquieta, y a pesar de lo razonado de su argumento para esperar, sentía que el tiempo perdido les haría falta más tarde.

Cuando consiguieron entrar suspiraron aliviadas. Pepa esbozó una enorme sonrisa, y Silvia se tranquilizó. Todo estaba en su sitio, muy ordenado, y apenas se distinguía una fina capa de polvo sobre los muebles. El piso era pequeño, cocina, salón, baño y una habitación. Silvia se sentó frente al ordenador de sobremesa y empezó a revisar carpetas y documentos recientes. Pepa revisó las estanterías, empezando por la grande del salón, e irse después a las del dormitorio, en busca de libretas de notas. Llamó a Silvia unos minutos después.

-Pelirroja, ven aquí –le gritó desde la habitación.

-¿Hay algo?

-No estoy segura –dijo Pepa con tono cauteloso-. Mira esto.

Silvia la vio de pie frente a una pequeña estantería de madera de pino, de las que se compran por piezas para montar en casa. Se notaba que la habían añadido a posteriori, porque no pegaba nada con la decoración del dormitorio, todo en nogal muy oscuro.

-¿Qué pasa? –dijo Silvia desconcertada. Pepa no sujetaba nada, sólo esperaba de pie, muy seria, casi diría que preocupada.

-Mira los libros que hay en este estante –dijo señalando al de arriba.

-"El sueño y sus estímulos", "Sueños: tratado y significados", "Análisis del comportamiento de la mente durante el sueño" –levantó la vista hacia Pepa-. Estos son prácticamente los mismos que sacamos nosotras de la biblioteca.

-Sí, y hay un montón más. En el de abajo están todos los que tú clasificarías como escritos por "chiflados"-dijo Pepa. Silvia se agachó, y allí estaban: "Interpreta tus sueños", "El sueño y el inframundo", "Sueños: recuerdos de vidas pasadas". Había muchísimos.

-¿Qué buscaba este tío? –preguntó Silvia en un susurro-. A lo mejor no tiene nada que ver con lo investigaba, quizá sea aficionado a estas cosas…

-Ojalá tengas razón, porque no me da buena espina –dijo Pepa con sinceridad. Se volvió para seguir buscando en los cajones de las mesitas, la cómoda, y finalmente en los del armario. Se sentó en la cama, intentando pensar-. No hay nada en las estanterías ni en los cajones. A ver, tienes un artículo, escribes notas, los pasos que sigues, las entrevistas que haces… y un día de repente te mandan a Madrid para seguir allí. No te lo llevas todo, sólo lo imprescindible, y el resto… Si guardaras hojas y libretas en un armario, ¿dónde las pondrías, Silvia?

-Quizá… En una caja.

-Espera –Pepa se volvió a levantar, y abrió las puertas del cuerpo principal del armario. Apartó todas las perchas, y luego alargó las manos y palpó las baldas superiores-. Aquí hay algo.

Sacó varias cajas de zapatos y las puso sobre la cama. Ambas se abalanzaron sobre ellas para abrirlas. Fueron sacando zapatillas, ropa de deporte… y finalmente, folios escritos. Allí estaban, cientos de páginas, llenas de anotaciones. Se sentaron en el suelo para leer. Había artículos antiguos, que fueron desechando, hasta alcanzar lo que buscaban, varias hojas con frases escritas, palabras subrayadas, ideas unidas unas a otras con flechas.

-Aquí están –dijo Silvia triunfante. Pepa se acercó para escucharla-. "Aviso policial. Mujer muerta por atravesarle el corazón. ¿Apuñalada? Hablar con Jaime" ¿Quién es Jaime?

-Es poli en mi comisaría, debe ser el contacto de Garay para obtener información. Sigue.

-"Jaime dice que el caso lo lleva Miranda. Él considera qué es perder el tiempo. No hay pistas. Hablar con la familia" –Silvia pasó a la siguiente página-. "Marido cuenta que ella no tiene enemigos. Es una persona normal, enfermera en el Virgen del Rocío, nunca sufrió ataques ni amenazas en el trabajo. Nada destacable en los vecinos, todos buena gente. Pregunto por su vida diaria, me dice que bien, salvo por las visitas al médico; duerme mal, tiene pesadillas desde hace tiempo. Ha ido al psicólogo, que consideró que está traumatizada por algo. Marido y ella lo niegan, nada malo les ha pasado. Psiquiatra le recetó pastillas, pero sigue con las pesadillas" –Silvia miró a Pepa con el estómago encogido por el miedo-. ¿Por qué tú no lo sabías?

-No le pregunté si ella dormía bien o mal, eso no es relevante para la policía, Silvia. Sabía que visitaba al psicólogo, pero a la gente no la matan por tomar pastillas para dormir. Pregunté por los vecinos, los descarté, descarté a los compañeros de trabajo…

-¿Y te parece relevante ahora? –Silvia cada vez estaba más pálida.

-Por eso tiene los libros… -dijo Pepa que también empezaba a palidecer. Sacó su teléfono y marcó el número de Paco-. ¿Paquito?... estamos bien, no te preocupes… no, no nos ha pasado nada… escucha, ve a ver a los hijos de Montero, el fiambre del almacén, y pregúntales si recuerdan que su padre durmiera mal poco antes de desaparecer… no te lo puedo explicar, sólo hazlo ahora y llámame –se volvió hacia Silvia-. Si este tío investigó los sueños de ella, tuvo que averiguar sobre qué soñaba.

-¿Vas a preguntarle a su psiquiatra?

-No, a los libros. Su jefe nos dijo que trabajaba a la antigua. O sea, que lo apuntaba todo, y lo que averiguara sobre sueños además de en su libreta, estará en la página en la que encontró la respuesta.

Los abrieron uno por uno, ojeando las hojas. Fueron encontrando páginas marcadas, con líneas subrayadas, notas en los márgenes y post-its.

-Aquí dice que los sueños se repetían y se centraban en un entierro, pero él apuntó que ella no había ido a ninguno recientemente. En el libro está subrayada la frase "se desencadenan por un estímulo muy potente, relacionado con el miedo" –leyó Silvia.

-Vale, o sea que soñaba recurrentemente con algo que no había vivido, pero la asustaba… -comentó Pepa-. ¿Hay algo más?

-Referencias a recuerdos olvidados, recuerdos que no corresponden a esta vida… ¿cómo que a esta vida?

Oyeron abrirse el ascensor, y se miraron en silencio, esperando. Sonaron unos pasos por el descansillo que se pararon delante de la puerta del apartamento. Un escalofrío recorrió a Silvia, que se aferró a Pepa inconscientemente. Esta pasó un brazo por sus hombros, intentando transmitirle una seguridad que no sentía, y sacando la mágnum. Se movieron despacio de vuelta al salón, y se quedaron tras el sofá, de cara a la puerta. Alguien empezó a manipular la cerradura.

Silvia empezó a temblar, se decía que era estúpido, era policía, había estado en cientos de operativos, pero no podía evitar sentir que el pánico la invadía, dejándola vacía de cualquier otra cosa. Se acercó más a Pepa, y cogió su mano, mientras sacaba la pistola. También ella temblaba. Se acercó a su oído, y en un gesto totalmente irracional, instintivo, le susurró: "te quiero". Se miraron en silencio, con toda la ternura que podían expresar sus ojos. Pepa movió los labios en silencio: "yo también te quiero".

La puerta se abrió y los pasos avanzaron por el piso. El pánico que Silvia sentía se volvió insoportable; a su mente acudieron todos los recuerdos de Pepa, cada segundo que había pasado con ella, cada beso, cada caricia. Y algo más, algo que se removía en el fondo, y que no podía ver, un recuerdo que luchaba por abrirse paso, pero a la vez rechazaba, asustada.

El silbido del metal rasgó el silencio. Sólo lo había oído en sus sueños, pero era imposible equivocarse: era una espada saliendo de la vaina. Pepa abrió mucho los ojos; también lo había reconocido. Los pasos se acercaron, eran varias personas. A Silvia cada vez le costaba más mantener el silencio, se asfixiaba, necesitaba gritar con todas sus fuerzas. Oyeron cómo llegaban al dormitorio, el sonido del papel arrugándose, libros cayendo al suelo. Pepa sacudió su brazo para que la mirara. La vio con la boca abierta, intentando respirar; le señaló la puerta, y levantó el índice: uno. Se movieron despacio para quedar en cuclillas, listas para correr. Pepa volvió a inspirar, y unió el dedo corazón: dos. Silvia apretó los dientes. La vio levantar el anular…

"Tres", gritaron a la vez mientras se levantaban y alcanzaban la puerta. Un hombre grande, con ropas negras y la cabeza cubierta por una capucha cubría la salida. Se abalanzaron a por él, apuntándole, pero salió hacia el descansillo, cubriéndose con la pared. Carreras por el pasillo, dos hombres se dirigían hacia ellas, levantando sus espadas. Dispararon a la vez. Uno gritó, el otro se colocó detrás de su compañero, usándolo como escudo. El que estaba en el descansillo aprovechó que ellas se habían vuelto hacia los otros y atacó con un espadín. Alcanzó el brazo con el que Silvia empuñaba el arma. La soltó con un grito, mientras su mente, al contacto con el acero, se llenaba de voces, amenazas, una pelea, entrechocar de armas. La sangre empezó a caer a lo largo del antebrazo. Pepa tenía que disparar de nuevo, tenía dos blancos en distintas direcciones, y los dos se estaban acercando. Optó por el que les cortaba la salida. Vació el cargador mientras cogía la mano sana de Silvia y tiraba de ella hacia el exterior, el tipo que estaba delante cayó, pasaron por encima, Silvia gemía de dolor. El tercer hombre salió tras ellas. Bajaban las escaleras de tres en tres, dejando un reguero de sangre. Escucharon un grito: ¡Ya sabemos quienes sois! ¡No hay escapatoria!

Silvia estuvo a punto de caerse cuando ya salían a la calle. Pepa la cogió en brazos hasta el coche. Arrancó y atravesó la ciudad sin respetar señales ni semáforos. Silvia intentaba taponar la hemorragia; el tajo alcanzada desde su muñeca al codo, a todo lo largo del interior de brazo derecho, y aunque aparatoso por tanta sangre, no parecía profundo.