Candida Grandchester

OTRA oportunidad

Escenas y algunos dialogos fueron tomados de la novela Dame esta Noche de Lisa Kleypas para los personajes de candy candy, propiedad de Kioko Mizuky y Yumiko Igarashi.

Sin fines de lucro.

GF2010

Capitulo con contenido para mayores de 18 años

Capítulo 14

Candy percibió la intranquilidad que experimentaba Rosemary y se inclinó hacia ella.

—¿Por qué no vas a sentarte en el auto?

—Los Leagan son malos, tía Candice.

—¡Chsss! Todo está bien, Rosemary —contestó Candy enseguida.

—Voy a buscar a papá.

—No, espérame en el auto. No tardaré.

La voz de Candy se había vuelto dura y su rostro frío. Rosemary no era la causa de este cambio, pero era demasiado joven para comprenderlo, de modo que miró a Candy y a Neal con temor y se dirigió con lentitud al auto. Candy se enderezó, miró a Neal a los ojos y levantó la barbilla.

—¿Los Leagan son malos? —repitió Neal divertido.

—¿Qué opinarías tú de alguien que contrata a gente con la finalidad de que destruya la propiedad de otras personas y ataque a sus empleados?

—Aquello sólo fue una advertencia. Supongo que ahora Albert sabe lo que sucederá si no comparte las acciones del consorcio. Sobre todo teniendo en cuenta que le ofrecimos pagarle por este privilegio.

—Albert les ha ayudado al aumento de sus bienes durante años, sin pedirles nada a cambio. Ustedes pueden llevar al consorcio a la quiebra si no se desligan ambas compañía.

—No quiero hablar de él.

—Entonces dime lo que tienes que decirme y vete lo más deprisa posible. No he venido al pueblo sola y, si nos ven juntos, surgirán problemas.

Neal la miró sin parpadear, extrañado por su dureza.

—¿Cómo estás, Candice?

Ella no estaba de humor para charlas insustanciales.

—¿Qué es lo que quieres?

—A ti. —Antes, podría haber sido una respuesta en cierto modo insinuante, pero Neal lo dijo con una voz áspera y una expresión seria en los ojos—. No tardaré, Candice.

Ella enseguida comprendió lo que él quería decir. Neal pensaba poner en práctica los planes que juntos habían trazado y destruiría todo lo que ella amaba, todo lo que ella quería. Todo aquello que, antes, le resultaba indiferente. Candy lo miró sin moverse. Se sentía aterrorizada. ¿Cómo podía haber pensado que lo quería? ¿Cómo podía haberlo ayudado a planificar su perdición?

La firmeza de su propia voz la sorprendió.

—Neal, las cosas han cambiado desde que nos vimos por última vez.

—¿Qué cosas?

—Lo que sentía por ti. Todo lo que te dije era una mentira. Yo nunca te amé.

—Candice, ¿qué demonios...?

Neal levantó una mano para cogerla del codo, pero ella se apartó de una forma súbita.

—No vuelvas a tocarme. No te quiero. No quiero nada de ti.

Al principio, Neal estaba demasiado sorprendido para enfadarse.

—No lo dices en serio. ¿Qué ha ocurrido? ¿Es por lo que pasó en la boda de Luisa? Sólo estaba un poco bebido, cariño. Todos los hombres bebemos en exceso de vez en cuando.

—No, no tiene nada que ver con aquello. Escucha bien lo que te digo. Tú y yo no estaremos juntos nunca. Olvídate de los planes que forjaste respecto a mí y a Albert. —Candy se interrumpió e intentó tragar el nudo que tenía en la garganta—. No quiero que le hagas daño. Te juro que, si le haces algo, te será devuelto con creces. Yo me aseguraré de que así sea.

—¡Cielo santo! ¿Qué estás diciendo? ¿Le has contado algo a Albert? —Neal dio un paso adelante, como si fuera a sacudirla, pero después miró a su alrededor y se dio cuenta de que estaban atrayendo unas cuantas miradas. Neal enrojeció y miró a Candy con fijeza—. No, no se lo has contado a nadie —murmuró—. No te arriesgarás a que él descubra lo que has planeado. Y no dirás nada porque te preocupas demasiado por tu propio cuello y te resulta más fácil quedarte sentada y dejar que ocurra. Sabes que, de todos modos, Albert está cavando su propia tumba. Sólo necesita un empujoncito. ¿A qué viene este cambio de último minuto? ¿Nervios? Es igual. No siempre te entiendo, Candice, pero sé cómo eres en realidad. Sé más acerca de ti que ninguna otra persona. Y te quiero. Y tú sientes lo mismo por mí.

A Candy le temblaban los labios mientras contenía las amenazas que cruzaban por su mente. Todas le parecían ridículas, banales. ¡Si pudiera recordar el nombre del vaquero que los Leagan habían contratado! ¿Qué nombre les había dado ella? «¡Recuerda!», se gritó a sí misma, pero lo único que encontró fue un muro espeso que era imposible de atravesar. «¡Recuerda!»

—Yo... lo contaré todo —declaró Candy intentando ocultar su desesperación—. Puedo arruinarte a ti y a tu familia y lo haré si me obligas a hacerlo.

—No lo harás —declaró Neal con una convicción creciente.

Candy sintió un impulso casi irresistible de abofetearlo.

—Te odio —murmuró Candy

—Sí, y también sientes otras cosas por mí.

Neal la cogió del brazo con firmeza y la miró a los ojos con una media sonrisa.

—Te he dicho que no me toques. Nunca te quise, todo esto , todo lo que hubo entre nosotros solo fue un plan que articulé para desenmascararte y desenmascarar a tu familia.

—No hablemos de esto en medio de la calle. Conozco un rincón tranquilo cerca de aquí. — dijo Neal con ojos llenos de lujuria.

Candy se soltó de un tirón y se volvió hacia el auto justo a tiempo de ver el desastre que se aproximaba. Antes de que pudiera pronunciar ningún sonido, notó la ráfaga de aire que produjo Terry al pasar por su lado como una exhalación y lanzarse sobre Neal con tanto ímpetu que los dos cayeron al suelo. Eran como dos animales jóvenes, luchando, gruñendo y rodando por la calle. Candy, estupefacta, vio que la gente se acercaba corriendo desde todas las direcciones mientras proferían gritos y exclamaciones y rodeaban a los dos hombres. El ruido se volvió ensordecedor. Candy retrocedió un paso. Alguien le dio un empujón y la hizo volverse.

Archie estaba justo detrás de ella y la ayudó a mantener el equilibrio.

—Candice, no he podido detenerlo. Los vio y se volvió loco.

—¡Rosemary! —exclamó Candy mientras miraba con nerviosismo hacia el auto.

El auto estaba vacío.

—Yo la encontraré. Tú quédate aquí.

Archie atravesó con celeridad la apretada muchedumbre que se iba apelotonando en la acera. Candy llegó a empujones al interior del círculo que rodeaba a Terry y a Neal para ver lo que ocurría.

—¡Terry! —gritó, pero su voz quedó ahogada entre los gritos y los vítores de la multitud—. ¡Terry!

La muchedumbre no tardó en ponerse violenta. Como todos interpretaron la pelea como una lucha entre los Andrew y Los Leagan, enseguida se formaron dos bandos. O se estaba a favor o se estaba en contra de Albert Andrew, y muy pocos permanecieron indecisos. Candy regresó a la acera y se quedó muda de asombro mientras la muchedumbre rompía en un estallido de puñetazos y gritos penetrantes.

Que poca clase tienen esos—murmuraba un Señor con nariz respingada y andar petulante.

Cierto Mr. Walls, ya la clase alta no goza de la gloriosidad de otros tiempos—respondió la acompañante del caballero mientras miraban con desden la trifulca.

—¡Puñado de idiotas! —murmuró Archie cerca de Candy. Ella se volvió sobresaltada y vio que Archie estaba junto a ella con Rosemary pegada a su lado—. Se morían de ganas de pelearse .

—No se pelean por la valla, sino por...

—¿Por ti? —Archie sonrió ligeramente—. La pelea entre Terry y Neal es por ti, pero el resto se pelean por las malditas tierras.

—¿Tú piensas lo mismo que yo respecto a la valla?

—el hogar de Pony la necesita —declaró Archie con gravedad—. El orfanato ha crecido demasiado los últimos años y la racion de leche que Tom dona ya no es suficiente para la gran cantidad de niños que Miss Pony y Sor Maria tienen que alimentar, Ademas necesitan esa valla para mantener los limites de sus terrenos establecidos, Lakewood seguirá creciendo y algún dia estos terrenos costaran diez veces mas , el orfanato es demasiado grande para sobrevivir sin la valla, pero esto no impide que la odie tanto como tú.

Archie estaba en lo cierto Lakewood siguió creciendo, al igual que lo hizo Chicago, ella recordaba el Hogar de Pony del 1975 con claridad, una edificación maciza de concreto con grandes ventanales y hermosos jardines, dominados por un árbol centenario sobre una hermosa colina. El orfanato constaba de una escuela que llegaba al nivel medio, aquellos niños que no tenían la oportunidad de ser adoptados tenían la facilidad de realizar sus estudios y de aprender algún oficio que les ayudara en su adultez a sobrevivir. Este era el legado de William Albert Andrew y ese legado le había costado la vida.

Candy contempló a Rosemary, quien se había vuelto y miraba la pelea con unos ojos como platos.

—¿Rosemary había ido a buscarte? —preguntó Candy a Archie.

El negó con un movimiento de la cabeza.

—Terry y yo acabábamos de salir de la oficina del sheriff cuando te vimos con Neal. —Archie esbozó una sonrisa —. Terry soltó un par de palabrotas nuevas que todavía estoy intentando comprender y se lanzó sobre Neal como una exhalación.

—¿Dónde está el sheriff? —preguntó Candy con furia.

Le aterrorizaba que Terry pudiera resultar herido o que ya estuviera herido. Entonces el sonido de unos disparos pareció perforar sus oídos. Rosemary se estremeció y se pegó a Candy. El sonido se repitió y algunos hombres se apartaron como gatos escaldados. Sam Dary, el sheriff, era un hombre fornido y de actitud firme y arrogante. Bajó su arma y se abrió paso entre la multitud profiriendo gritos. Se formó un pequeño claro en mitad de la calle, donde unos hombres habían separado a Terry y Neal. Se precisaron varios hombres para mantenerlos separados el uno del otro y ambos jadeaban y se miraban con ojos asesinos.

—Tranquilos, tranquilos... ¡Calmaos! Vosotros dos deberíais saber que no es el momento de pelearos, pues los ánimos ya están bastante caldeados —declaró Dary con gravedad, sudoroso y con el rostro enrojecido—. Y no me importa quién ha empezado la pelea, porque sé perfectamente que hace tiempo que los dos estáis deseando algo así. Ahora ya está, ya lo habéis conseguido. Volved a vuestros asuntos y pensad en algo mejor que hacer que provocar una revuelta. Hace demasiado calor para pelearse. Daos la mano y olvidaos de lo que ha pasado, muchachos.

—¿Que le dé la mano?—gritó Neal atónito.

Terry lo miró con desdén.

—Si crees que voy a...

—¡Ya está bien! —intervino el sheriff.

Poco a poco, las manos que los sujetaban se fueron relajando, pues todo el mundo se dio cuenta de que la pelea había finalizado. Dary apoyó las manos en sus caderas. Parecía sentir la necesidad de imponer su autoridad.

—Todavía estoy esperando a que os deis la mano.

—Ya hemos dejado de pelearnos —declaró Terry rompiendo el silencio glacial que flotaba en la atmósfera—. ¿No le parece suficiente?

Candy sintió flojedad en las piernas y un gran alivio al ver que el sheriff asentía, aunque a regañadientes, y que Terry y Neal se alejaban el uno del otro. Dejó a Rosemary al cuidado de Archie y bajó a la calle. Tenía que comprobar por sí misma que Terry se encontraba bien. Se abrió paso con ansiedad entre la muchedumbre que se interponía en su camino mientras mantenía la mirada fija en la alta figura que estaba a unos metros de distancia de ella. Terry avanzó entre la multitud ignorando las manos que le daban palmaditas en la espalda y no vio a Candy hasta que ella llegó a su lado.

Candy sonrió con esfuerzo.

—No había necesidad de empujar a todo el pueblo a una pelea, ¿no crees?

Terry se limpió el sudor y el polvo de los ojos con la manga de la camisa.

—Ya le dije en una ocasión lo que le sucedería si te ponía un dedo encima.

—¿Estás herido?

—No. Neal es tan blando como el resto de los Leagan. —Una expresión de indignación cruzó su rostro—. No me extraña que tengan que contratar a otras personas para que nos ataquen en su nombre. No tienen el valor ni la fortaleza para hacerlo ellos mismos.

—Blando o no, Neal ha conseguido hacerte daño —comentó Candy mientras contemplaba su cara amoratada. Entonces inclinó la cabeza para ocultar una oleada repentina de emoción—. Vamos, te llevaremos a casa en el auto.

—¡Mírame! —exclamó Terry.

El tono de su voz era tan exigente que Candy le obedeció sin pensárselo dos veces. Sus ojos se encontraron. Los de Candy muy abiertos, por el desconcierto que experimentaba, y los de Terry brillando con una luz cálida e intensa. Terry le cogió la barbilla con una mano, inclinó la cabeza con lentitud y la besó con pasión. De la multitud surgieron unas exclamaciones de asombro y unos cuantos silbidos, pero Candy estaba demasiado sorprendida para apartarse de Terry.

El olor a sudor y polvo inundó sus fosas nasales y percibió sabor a sangre mientras la presión del beso empujaba su cabeza hasta el hombro de Terry.

Candy se apoyó en él medio mareada y con el corazón acelerado. Se sintió flaquear, como si cayera en un pozo de fuego. De lo único de lo que era consciente era de la boca de Terry pegada a la de ella, de sus labios ardientes, ansiosos y dulces. Cuando Terry levantó la cabeza, Candy lo contempló con ojos perplejos y sintiéndose incapaz de proferir ningún sonido.

¡Todo el pueblo! ¡La había besado así delante de todo el pueblo!

—Considéralo el anuncio de nuestro compromiso —declaró Terry, y le indicó a Archie, que los siguiera hasta el auto.

Y la misma pareja petulante cruzó persignándose minutos después de ver a Candy y Terry besarse . — Esta juventud esta cada día mas perdida, hummm.

Elroy se quedó lívida cuando se enteró de lo que había sucedido, y se enfadó tanto que incluso Albert procuraba actuar con cautela cuando ella estaba cerca.

—¿Entiendes la posición en que la has colocado? —preguntó Elroy mientras caminaba de un extremo al otro del salón.

Terry apoyó un codo en la repisa de la chimenea y la contempló de una forma inexpresiva mientras Albert y Candy permanecían sentados en el sofá sin atreverse a decir ni pío. Albert permanecia quieto y, de vez en cuando, lanzaba una mirada a Candy por encima de vaso de whisky y le guiñaba el ojo con disimulo.

—¡Pelearse por ella en mitad de la calle! —continuó Elroy con voz aguda—. ¡Como si se tratara de un trofeo! Y después..., y después...

Todos sabían que el «y después» se refería al beso que le dio en público, un incidente que se extendía deprisa gracias a los cotillones de los habitantes y los integrantes de las mas altas esferas sociales. Terry inclinó la cabeza en actitud de culpabilidad y a Candy le entraron ganas de echarse a reír. Ella sabía muy bien que él lo hacía por Elroy. Terry no sentía el menor arrepentimiento por lo que había hecho.

Elroy se presionó las sienes con las palmas de las manos como si quisiera calmar un intenso dolor de cabeza.

—La reputación de una Andrew está arruinada. ¡Arruinada!

—tia abuela, nadie se lo tomó en serio —intervino Candy—. Sólo se trató de un impulso. Todo el mundo estaba excitado y revuelto. Sólo se debió a la exaltación del momento. —Candy hizo caso omiso de la mirada de reojo que le lanzó Terry, aunque sabía que sus ojos despedían un destello diabólico. La miraba así desde lo sucedido aquella tarde—. Estoy segura de que no era su intención besarme, simplemente sucedió.

—Debería haber controlado sus impulsos —contestó Elroy mirando a Terry con dureza.

Él asintió de una forma respetuosa.

—Sí, señora.

—Y sospecho, Terence Grandchester, que sabías, exactamente, lo que estabas haciendo. —Terry abrió la boca para contestar, pero Elroy lo interrumpió—. No intentes eludir tu responsabilidad por medio de tus encantos. Todos los presentes sabemos que utilizaste la situación para salirte con la tuya y que no dudaste en aprovecharte de las circunstancias. Pues bien, yo no tengo por qué simular que apruebo tus métodos para conseguir lo que quieres. Jugar con la reputación de Candice como has hecho esta tarde ha sido algo cruel y desconsiderado y espero por su bien que no lo conviertas en un hábito.

—No es ésta mi intención —contestó Terry con calma.

Candy se dio cuenta de que había dejado a un lado su actitud frívola, que se estaba tomando en serio las palabras de Elroy y que la escuchaba sin el menor atisbo de burla. Terry siempre se había mostrado respetuoso con Elroy, aunque Candy nunca había imaginado que permitiría que su tia abuela lo sermoneara de aquella manera.

—Yo soy la matriarca de esta familía —continuó Elroy—, y tengo derecho a expresar mi opinión. Y escucharme es tu obligación. No puedo hacer nada para interponerme en tu camino y ya no quiero luchar más contra ustedes tres. Lo importante es que Candice cree que la harás feliz y supongo que tú también lo crees, pero no lo conseguirás si continúas tratándola con tan poca consideración. No debes hacer de ella un espectáculo público nunca más. Candice merece ser tratada con respeto y amabilidad. Su bienestar debe constituir una prioridad para ti, por encima de tus propias necesidades.

Candy bajó la mirada hacia sus manos con las mejillas encendidas. Le resultaba muy desconcertante oír hablar de sí misma como si no estuviera allí. Quería intervenir, pero no se le ocurría nada que decir, ni en su nombre ni en el de Terry. Sólo Terry podía calmar la ansiedad que Elroy experimentaba.

—Su felicidad, por no mencionar su bienestar, es mi máxima preocupación —declaró Terry. En vista de la seriedad de su expresión, ni siquiera Elroy pudo dudar de sus palabras—. Ésta es la razón de que quiera casarme con ella.

—Ya conoces mis objeciones a que se celebre un matrimonio entre ustedes —soltó Elroy—. Tú sabías que yo no aprobaba esta idea y nos has puesto a todos en una situación intolerable. Pero ahora no puedo objetar vuestro matrimonio. De hecho, debo insistir en que se casen.

Los ojos de Terry brillaron de satisfacción.

—La haré feliz.

—Ni siquiera te has molestado en disculparte por tu comportamiento.

—Me disculpo por mi comportamiento, pero, con el debido respeto, no me arrepiento del resultado. —le ofreció una media sonrisa a Elroy y luego le guiño el ojo a su amigo.

Elroy advirtió que aquella leve disculpa sería lo único que conseguiría de Terry, de modo que desvió su mirada iracunda de él a Albert.

—No has pronunciado ni una palabra en todo este rato.

Albert adoptó una postura autoritaria, se puso de pie y señaló a Terry.

—Voy a tener una conversación de hombre a hombre con él. El simple hecho de que vaya a casarse con mi hija no significa que pueda librarse de una buena reprimenda cuando se la merece. ¡Vamos, Terry, a mi despacho!

—Sí, para fumar un puro, tomar un trago y darle una palmadita en la espalda —declaró Elroy con acritud.

Candy no pudo evitar reírse por lo bajo.

Cuando Terry salió del despacho de Albert, su aliento despedía, indudablemente, cierto olor a whisky. Terry sonrió a Candy cuando se la encontró cerca de la puerta del despacho y la siguió en silencio mientras ella lo guiaba al porche para disfrutar de unos minutos de intimidad. Terry tenía el rostro encendido a causa de la bebida y del bienestar que experimentaba.

—¡Pobre, se nota que te ha dado una buena reprimenda!

Terry sonrió y colocó sus manos alrededor de la cintura de ella.

—Me ha dicho que éste es el día más feliz de su vida.

—Me alegro de que alguien se sienta así —contestó Candy con picardía—. En cuanto a mí, si llego a saber cómo sería el día de hoy, me habría quedado en la cama.

Terry enderezó la espalda y realizó una mueca de dolor.

—Pues yo me siento como si me hubiera arrollado una manada.

—¿Cómo te atreves a quejarte? Tú eres el culpable de todo lo que ha sucedido. Primero la pelea, después el beso...

—Por favor, pecosa, ya he escuchado la opinión de Elroy sobre este asunto durante más de una hora.

—Entonces, ¿qué quieres que te diga? ¿Qué has aguantado el castigo como un hombre? ¡Bravo!

—Estás muy peleona esta noche —comentó Terry mientras se dirigía a un extremo del porche y apoyaba una mano en la barandilla—. ¡Eh, Watts! —exclamó en la oscuridad.

El vaquero que estaba vigilando la zona le contestó con voz apagada.

—¿Sí, Terry?

—¿Por qué no te vas a vigilar la parte trasera durante un rato?

Se oyó una risita ahogada.

—Esto mismo estaba planeando hacer.

—¡Vamos, ve para allá!

Candy escudriñó las sombras y, aunque sólo vislumbró vagamente su fornido contorno, siguió con la vista la figura de Watts hasta que desapareció por la esquina de la casa. Cuando el sonido de sus pasos se desvaneció en la lejanía, Candy contempló a Terry con el ceño algo fruncido. Entonces se acordó de la noche en la que, después de descubrir que su hermana era una prostituta, Watts lloró, completamente borracho, en el hombro de Terry.

—¿Su hermana todavía trabaja en aquel salón de baile? —preguntó Candy.

Terry se encogió de hombros.

—Por lo que yo sé, sí.

—¿No ibas a ofrecerle dinero para que la sacara de allí?

—No conseguí que lo aceptara.

—Quizás es demasiado orgulloso —reflexionó ella en voz alta—. ¿Y si le ofrecieras más trabajo y le pagaras...?

—Ya lo he intentado, pero no, no quiere trabajar más. Creo que todo el mundo ha aceptado la idea de que su hermana es una prostituta, pecosa. Ahora deja de intentar solucionar los problemas de los demás y, para variar, preocúpate por mí.

—¡Preocuparme por ti es lo único que he hecho últimamente! —Candy apoyó las manos en las caderas. Terry se acercaba a ella con paso lento pero decidido. Candy había tenido un día horrible por causa de él y había llegado el momento de poner cada cosa en su sitio—. No avances más. —Terry se detuvo a unos metros de Candy y arqueó una ceja de una forma inquisitiva—. No pienso permitir que te acerques a mí, Terence Grandchester. Te has portado muy mal conmigo durante toda la semana. Te has mostrado brusco, malhumorado..., me has ignorado e insultado.

—He tenido una semana de mil demonios. Te deseaba tanto que no veía con claridad y he tenido el suficiente trabajo y preocupaciones como para hacer renegar a un santo.

—¿Y crees que ha sido más fácil para mí? ¿Cómo crees que me sentí cuando te vi pelear con Neal ; en mitad de la calle como un oso y un toro? Lo único que conseguiste fue empeorar la situación entre nosotros y los Leagan.

Terry frunció el ceño y su buen humor desapareció.

—No pude evitarlo. Cuando lo vi mirarte de aquella forma. ¡Parecía que, para él, fueras la única mujer de Lakewood! Y cuando te tocó...

—¡Por todos los santos, no creo que fuera a violarme en medio de la calle! Prácticamente todo el pueblo estaba allí.

—Él actuaba como si te poseyera —declaró Terry malhumorado mientras cruzaba los brazos sobre su pecho, apoyaba el peso en una pierna y doblaba la otra en una postura típicamente masculina—. Actúa como si tuviera algún derecho sobre ti, Candy. ¿Por qué será?

Había un destello de celos en su mirada.

—¿Qué me estás preguntando?

—Te pregunto hasta dónde llegaste con él.

A Candy le sorprendió su brusquedad.

—¿Cuando cortejábamos?

—Sí.

—¡Santo cielo, no esperarás que conteste semejante pregunta!

Terry no respondió, pero sostuvo su mirada con obstinación.

—Sí que lo esperas —declaró Candy con lentitud—. Después de todo lo que tú y yo... ¡Nunca habría esperado de ti algo como esto! ¿Hasta dónde crees tú que llegamos? Ya sabes que eres el primero y el único hombre con el que he hecho el amor. ¿Esto no es suficiente para satisfacer tu querido ego? Pues, si no es así, lo siento, porque no pienso contarte los detalles íntimos de mis relaciones con otros hombres. No a menos que tú estés dispuesto a contarme lo que has hecho con otras mujeres.

—No es lo mismo.

—No... —empezó a repetir Candy, pero se interrumpió asombrada. A veces se olvidaba de que, aunque Terry era menos machista que el resto de los hombres de aquella época, también tenía sus momentos machistas. De repente, sintió deseos de echarse a reír—. ¿Por qué no es lo mismo? —preguntó—. Si tú tienes derecho a conocer mis experiencias pasadas, yo tengo derecho a conocer las tuyas.

—En estas cosas no somos iguales. Se supone que un hombre debe tener experiencia y una mujer...

—¿Una mujer se supone que debe ser ignorante? Perdona, había olvidado que hay unas reglas para ti y otras para mí.

—No estoy hablando de reglas.

—Ah, ¿no? Se supone que tú debes tener experiencia y yo no. Pues bien, yo me alegro mucho de que tú hayas sido mi primera experiencia. ¿No crees que a mí también me habría gustado ser tu primera experiencia?

Terry se quedó atónito, como si aquella idea no se le hubiera ocurrido nunca antes.

—Tienes el don de tergiversar las cosas.

—A veces no tengo más remedio, porque tú no siempre eres justo conmigo.

Terry torció la boca y maldijo en voz baja.

—Mira, siento haber iniciado esto. No sé por qué te he preguntado nada acerca de ese idiota. Es sólo que no soporto la idea de que estés cerca de él.

—No puedo cambiar el hecho de que le guste, pero nunca he sentido por él lo que siento por ti. Tú lo sabes.

Terry se encogió de hombros y bajó la mirada al suelo.

Candy suspiró.

—Deja que te cuente algo. Yo odio pensar que has estado con otras mujeres. Desearía poder borrarlas de tu memoria. Desearía que no hubieras estado con nadie salvo conmigo, pero no puedo hacer nada para cambiarlo, ¿no? ¿No ves que resulta inútil preocuparse por algo que uno no puede controlar?

Terry levantó la mirada hacia ella. Sus ojos verdeazules brillaban de una forma intensa en la oscuridad. Se acercó a ella poco a poco y ella se vio obligada a retroceder hasta la pared de la casa. Cuando no quedaba espacio entre la espalda de Candy y la pared, Terry apoyó en ésta las manos a ambos lados de la cabeza de ella. Ella volvió el rostro a un lado mientras sentía la presión del cuerpo de Terry contra el de ella y el roce de su aliento en su mejilla. ¡Santo cielo, nunca podía permanecer mucho tiempo enfadada con él!

—Nunca dije que fuera de trato fácil —dijo Terry.

—No era preciso que lo dijeras, yo ya lo sabía.

Terry cerró los ojos y besó el mechón de pelo ondulado que había caído sobre la sien de Candy. A continuación, rozó con sus labios la suave piel de su párpado inferior y los deslizó a lo largo de su ceja. Candy notó el roce de su lengua sobre el pelo lacio y suave de su ceja y levantó la barbilla buscando su boca. Terry la besó con lentitud e intensidad y ella exhaló un suspiro leve. Sin pronunciar una palabra, se apretaron el uno contra el otro, abrazándose con fiereza y ansiedad, y prolongaron su beso hasta que Terry profirió un sonido de contrariedad y levantó la cabeza.

—No podré parar —declaró mientras respiraba con pesadez.

—Terry, ¿cuándo podremos...?

—Ojalá lo supiera. —Terry parecía afligido—. Esta noche no podré ir a verte. Después del escándalo de esta tarde, nadie dormirá profundamente.

—¿Qué sucederá entre nosotros y los Leagan? —murmuró Candy mientras se acurrucaba más en los brazos de Terry—. Odio que las cosas hayan llegado tan lejos.

—Tendremos que tomarnos las cosas como vengan. No permitiré que mi temperamento se me escape de las manos otra vez. Todo me resultará más fácil ahora que nuestro compromiso es público.

—¡Tienes tantas responsabilidades! Desearía hacer algo para que todo te resultara más fácil.

—Estaré bien. —Terry dejó escapar un gemido y apoyó la barbilla en la cabeza de Candy—. ¡Si al menos no te quisiera tanto! Ni siquiera puedo mirarte a través de la mesa sin que me ocurra esto.

Terry presionó sus Caderas contra las de Candy y ella apretó su acalorado rostro contra el cuello de él mientras su corazón se aceleraba.

—A mí me resulta igual de difícil.

—Para los hombres es distinto,pecosa . Créeme.

—Lo siento —murmuró ella con una sonrisa.

—¡Candy! —se oyó la voz de Elroy en el interior de la casa, lo cual constituía una señal de que habían pasado demasiado tiempo a solas en el porche.

—¡Enseguida voy, tia ! —Candy se separó de Terry, pues sabía que tenía que irse, pero enseguida echó de menos el calor de su cuerpo. Con un movimiento repentino, lo abrazó con fuerza—. ¡No puedo separarme de ti!

—Candy —murmuró él apretándola contra su pecho. Candy se pegó a él hasta sentir dolor, pues necesitaba saber que la pasión del amor de Terry era tan intensa como la de ella—, te quiero todos los minutos del día. Echo de menos estar contigo y querría abrazarte durante horas. —Terry le mordisqueó con cuidado el lóbulo de la oreja y hundió el rostro en el pelo de Candy—. Un beso más y, después, entra en la casa.

Candy le ofreció, temblando, sus labios, y aunque al principio el beso fue tierno, al final fue ardiente y apasionado.

—¡Candy! —se oyó de nuevo la voz de Elroy— a partir de mañana serán supervisados por una doncella.

—Ahora vete —declaró Terry, aunque su corazón ansiaba pasar unos minutos más con ella. — ya nos pusieron chaperona.

—No te muestres distante conmigo mañana —susurró Candy—. Cuando hay otras personas a nuestro alrededor, no me miras como si me amaras.

—Antes no me lo permitías, ¿recuerdas? No fue idea mía mantener nuestra relación en secreto.

—No estaba segura de darte Otra Oportunidad —admitió Candy—. ¿Y tú?

—Yo nunca albergué ninguna duda. Hace tiempo que sé lo que siento por ti , mi mona pecas.

Candy se sintió abrumada al saber lo mucho que él la quería. No le resultaba difícil recordar los días en que no tenía a nadie salvo a Rosemary. Y también recordaba la noche lluviosa cuando incluso Rosemary le fue arrebatada. Ahora tenía más de lo que había soñado nunca.

Sin embargo, los recuerdos de Candice se iban deslizando por su mente como una sombra, oscuros, indistintos e ineludibles. Durante el resto de su vida tendría que lidiar con esos recuerdos, aunque en el fondo de su mente siempre recordaría quién había sido antes. ¿Qué había ocurrido para que fuera como era antes? ¿Cómo podía una hija conspirar contra su propio padre?

De repente oyó el eco de algo que Annie le dijo en una ocasión: «Durante un tiempo creí que Albert te había malcriado tanto que te habías vuelto mala.»

«Esto es lo que ocurrió —pensó Candy con vergüenza y desesperación—. ¿Me había vuelto mala?.»

¿Había alguna manera de compensar lo que había hecho? La culpabilidad se convirtió en un dolor tangible en su pecho.

—No te merezco —murmuró Candy.

Terry realizó una mueca.

—¿Por qué demonios dices esto?

—En el pasado he hecho cosas terribles, cosas que ni siquiera puedo contarte. No soy ni la mitad de buena o amable de lo que debería ser y de lo que fui ...

—Yo nunca he esperado que fueras una santa, Candy. Y en cuanto a lo de no merecerme, de todas las personas que... —Terry se interrumpió y sonrió de una forma burlona—. Digamos, simplemente, que es más probable que yo no te merezca a ti. Es posible que yo sea el castigo a tus pecados y casarte conmigo será tu penitencia. ¿Alguna vez has pensado en esta posibilidad? Ahora dame otro beso y vete, si no no podré dejarte ir y Elroy saldrá a buscarte.

Medio enojada por la actitud desinteresada de Terry hacia su sentimiento de culpabilidad, Candy le ofreció la mejilla en lugar de los labios. ¡Ella intentaba sincerarse con él y él se tomaba a la ligera sus preocupaciones!

Terry rió con suavidad mientras la besaba en la mejilla.

—¿A qué viene este cambio repentino de temperatura? Hace sólo un minuto tu actitud hacia mí era muy cálida.

—Intentaba contarte mis defectos y tú...

—Tus defectos no me importan en absoluto. Los que conozco no me molestan y el resto los descubriré pronto.

—Intento advertirte de...

—¿De que no eres lo que pareces en la superficie? —Terry sonrió, apoyó las manos en la cintura de Candy y la atrajo hacia él—. Esto ya lo sé, y también sé unas cuantas cosas más. En ocasiones, te gusta portarte mal. Esto puede constituir uno de tus defectos, Candy, pero da la casualidad de que me complace mucho. Y ahí va otro: en la cama eres una de las mujeres más lujuriosas que he conocido nunca. —le mordió el cuello y Candy pudo sentir que el sonreía.

—¡Terry! —exclamó Candy sonrojándose.

—Pero da la casualidad de que esto también me gusta. ¿Quieres que siga o has comprendido mi punto de vista?

Candy empujó con fuerza su pecho para liberarse de su abrazo.

—Eres ordinario y...

—¡Candy! —se oyó otra vez la voz de Elroy. Esta vez con más insistencia que antes—. ¡Ya es hora de que entres! ¡Ahora!

—Ya la has oído —declaró Candy con impaciencia—. Suéltame o los dos tendremos problemas.

Terry sonrió y le besó la punta de la nariz.

—Esto no se parece en nada al «No puedo separarme de ti» de antes —declaró, y la observó con ojos resplandecientes mientras ella entraba en la casa.

A la mañana siguiente, Candy descubrió que Albert se había ido a pesar de que le había prometido que hablaría con ella antes de irse. Nadie entendía por qué su desaparición la alteraba tanto. Por la tarde, cuando Terry salió del despacho, Candy se quejó de la marcha de Albert y Terry se encogió de hombros sin darle importancia.

—Albert no es como la mayoría de los hombres civilizados, a él le gusta la vida dura y ser independiente; sentirse demasiado enraizado lo asfixia. Le gusta contemplar el mundo .

—¿Y tú? —preguntó Candy—. ¿Tú también cogerás tus cosas y te largarás cuando empieces a sentirte encadenado por los negocios y el anillo de bodas?

—No, señora —la tranquilizó Terry con celeridad y con ojos chispeantes. — yo no soy un típico hombre.

Candy examinó de una forma patente sus botas sucias, sus tejanos desgastados y su camisa de algodón azul.

—Pues a mí me pareces bastante típico. ¿Cómo puedo estar segura de que no te sentirás demasiado enraizado y me dejarás?

—Porque estoy listo para pertenecer a algún lugar. Y prefiero, y preferiré siempre, dormir contigo a dormir en un vagon de tren o en un barco.

—¿Estás seguro de que tener una esposa y una familia no será demasiado para ti?

—La verdad es que siempre he sentido una devoción secreta por la respetabilidad. Y no me importa que me consideren un hombre de familia. A Albert, por ejemplo, tampoco le importa ser un hombre de familia.

—Sí, pero él...

Albert a sus 33 ños aun no se había casado, no tenía hijos y mucho menos una novia . Candy lanzó una mirada nerviosa a la puerta cerrada del despacho.

Terry pareció comprenderla. Con toda tranquilidad, le rodeó el cuello con el brazo y acercó su boca al oído de Candy.

—él será feliz algún dia, encontrará una mujer que lo aprecie y valore por lo que es. —murmuró Terry, y la besó en el cuello antes de soltarla.

Candy sonrió con inseguridad.

—Entonces, ¿esperas que las cosas cambien por aquí?

—Así es. Todo cambiará, incluso estoy pensando en ayudar a Tom con una nueva raza de ganado. Últimamente hay mucha demanda de reses de mejor calidad. Las reses de cuerno largo son fáciles de criar, pero son de carne dura y correosa.

—¿Tú y Albert no hablaban el otro día acerca de cruzarlas con otra raza mejor? ¿Las reses de cuerno corto tienen más carne?

—Muchos rancheros le están dando vueltas a esta cuestión. El problema consiste en que las reses de cuerno corto requieren más cuidados y atención y la mayoría de los vaqueros no quieren saber nada de ellas. Además, criar reses de cuerno corto significaría levantar más vallas y esto implicaría que pronto habría tantas vallas de alambre en el condado que tendríamos que cortarlas para poder ir al pueblo. De modo que... —Terry lanzó una ojeada a uno y otro lado del pasillo antes de inclinarse y robarle un beso rápido a Candy—... los campos abiertos serán cada vez más pequeños y el ganado deberá permanecer en un solo lugar, entiendes lo que esto significa, hay que idear métodos para llevar el agua hasta esas tierras.

Entiendo, ¿De modo que te convertirás en el creador de una nueva raza de reses?

—Sí, señorita. Y será una de los mejores.

—¡Cuando pienso en todo lo que podrías hacer si tuvieras más confianza en ti mismo!

Terry sonrió ampliamente y salió de la casa mientras Candy lo contemplaba desde el umbral de la puerta, sacudía la cabeza y sonreía con ironía.

Por fin anunciaron el compromiso, era hora.

Pobre Albert se fue, aunque no por mucho tiempo, al parecer no soportó la pena del anuncio del compromiso, la boda ya es un hecho.

Gracias por seguir leyendo.

Nos leemos luego.

Candida

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