Disclaimer: Percy Jackson es propiedad de Rick Riordan


Después de que Connor terminase de leer, el grupo hizo una pausa para cenar algo y poder así continuar con la lectura, aunque fuesen un par de capítulos más.

—Si a nadie le molesta, me gustaría leer ahora —dijo una de las cazadoras, de nombre Phoebe. Al ver que nadie estaba en contra, cogió el libro y lo abrió por la nueva página—. Muy bien. Practico snowboard con un cerdo... ¿Cómo?

—Es Percy —dijeron varios de forma monótona.

Habíamos llegado a los alrededores de una población de esquí enclavada entre las montañas. El cartel rezaba: «Bienvenido a Cloudcroft, Nuevo México.» El aire era frío y estaba algo enrarecido. Los tejados estaban todos blancos y se veían montones de nieve sucia apilados en los márgenes de las calles. Pinos muy altos asomaban al valle y arrojaban una sombra muy oscura, pese a ser un día soleado.

Incluso con mi abrigo de piel de león, estaba helado cuando llegamos a Main Street, que quedaba a un kilómetro de las vías del tren. Mientras caminábamos, le conté a Grover la conversación que había mantenido con Apolo la noche anterior, incluido su consejo de que buscase a Nereo en San Francisco.

—Bueno, primero tenéis que llegar a San Francisco. Luego ya os preocuparéis de encontrar a Nereo —dijo Rachel.

Grover parecía inquieto.

—Está bien, supongo —dijo—. Pero antes hemos de llegar allí.

—Y actualmente estáis sin medio de transporte. Y, aunque no puedo asegurar el dinero que llevabais en ese momento, puedo decir que no sería el suficiente como para pillar un taxi hasta San Francisco —dijo Chris.

—Oh, definitivamente no teníamos el dinero suficiente para un taxi —dijo Thalia, recordando el precio que le habían dicho cuando había ido a preguntar a las tiendas.

Yo hacía lo posible para no deprimirme pensando en nuestras posibilidades.

—Pues no te salió muy bien —dijo Grover.

—Oh, lo siento —se disculpó Percy.

No quería causarle un ataque de pánico a Grover,

—No lo hubieses hecho. Ya era consciente de que no íbamos muy bien de tiempo.

pero sabía que había otra fecha límite que pendía sobre nuestras cabezas, además de la que nos obligaba a salvar a Artemisa antes de la Asamblea de los Dioses. El General había dicho que sólo mantendría con vida a Annabeth hasta el solsticio de invierno, es decir, hasta el viernes. Sólo faltaban cuatro días. También había hablado de un sacrificio. Y eso no me gustaba nada.

—En general el tema de los sacrificios no suelen gustar a nadie —dijo Will.

Nos detuvimos en el centro del pueblo. Desde allí se veía casi todo: una escuela, un puñado de tiendas para turistas y una cafetería, algunas cabañas de esquí y una tienda de comestibles.

—Vaya, suena pequeño el lugar —comentó Meg.

—Es pequeño —reconoció Percy.

—Estupendo —dijo Thalia, mirando alrededor—. Ni estación de autobuses, ni taxis ni alquiler de coches. No hay salida.

—Bueno, de alguna forma tuvisteis que salir de allí, ¿no? —dijo Piper.

—Lo hicimos... pero no de la mejor forma posible —dijo Thalia.

—¡Al menos conseguimos un medio de transporte! —replicó Grover.

—¡Hay una cafetería! —exclamó Grover.

—Ya esta. Todos vuestros problemas solucionados —dijo Hermes.

—Pues no estaría mal que se parasen a tomar algo —señaló Hestia—. Llevan varias horas sin comer, así que un buen desayuno les sentará de maravilla.

—Aunque tampoco es que nos pudiésemos permitir un buen desayuno —dijo Percy con una mueca. ¿Él siquiera había probado algo de lo que Zoë y Grover habían traído? No lo recordaba bien gracias al jaleo que se había montado entre los guerreros-esqueletos y el jabalí gigante.

—Sí —estuvo de acuerdo Zoë—. Un café iría bien.

—Y unos pasteles —añadió Grover con ojos soñadores—. Y papel de cera.

—Aunque el papel de cera solamente sería para ti —señaló Leo.

Thalia suspiró.

—Está bien. ¿Qué tal si vais vosotros dos por algo de desayuno? Percy, Bianca y yo iremos a la tienda de comestibles. Quizá nos indiquen por dónde seguir.

Quedamos en reunimos delante de la tienda un cuarto de hora más tarde. Bianca parecía algo incómoda con la idea de acompañarnos, pero vino sin rechistar.

Normal. Ellos se la jugaron para salvarnos a Nico y a mí, perdiendo a una de ellos en el proceso, y yo lo que hago es convertirme en Cazadora pensó Bianca.

En la tienda nos enteramos de varias cosas interesantes sobre Cloudcroft: no había suficiente nieve para esquiar,

—A pesar de que es una villa cuyo atractivo principal es el esquí —señaló Annabeth.

allí vendían ratas de goma a un dólar la pieza, y no había ningún modo fácil de salir del pueblo si no tenías coche.

—Pueden pedir un taxi de Alamogordo —nos dijo el encargado, aunque no muy convencido—. Queda abajo de todo, al pie de la montaña, pero tardará al menos una hora. Y les costará varios cientos de pavos.

—Sí, ya veo que el taxi no lo hubieseis podido pillar ni aunque quisieseis —dijo Chris.

El hombre parecía tan solo que le compré una rata de goma.

Y la rata de goma apenas me duro unos diez minutos antes de perderla pensó Percy. Al menos le había costado solo un dólar. Aunque habría sido la risa si se hubiesen visto en la necesidad de comprar algo y no poder hacerlo por faltarles un dólar. Por supuesto habría sido una risa para el destino, no para él.

Salimos y esperamos en el porche.

—Fantástico —refunfuñó Thalia—. Voy a recorrer la calle, a ver si en alguna de esas tiendas me sugieren otra cosa.

—Dudo que lo hagan —dijo Jason.

—Pero el encargado ha dicho...

—Ya —me cortó—. Voy a comprobarlo, nada más.

La dejé marchar. Conocía bien la agitación que sentía. Todos los mestizos tienen problemas de déficit de atención a causa de sus reflejos innatos para el combate. No soportamos la espera.

Los semidioses asintieron. Quizás los que aguantaban mejor la espera eran los hijos de Atenea, pero ellos tampoco podían quedarse quietos mucho tiempo.

Además, me daba la impresión de que Thalia aún estaba disgustada por la conversación sobre Luke de la noche pasada.

A este no se le pasa nada. Y pensar que, aún con esas, puede ser tan despistados en otros temas.

Bianca y yo permanecimos parados delante de la tienda con cierta incomodidad. Es decir... yo nunca me sentía demasiado cómodo hablando a solas con una chica, y hasta entonces no había estado solo con Bianca. No sabía qué decir, sobre todo ahora que era una cazadora.

—Es fácil. Solamente procura dejar fuera todas las palabras y frases que den a entender que estás coqueteando con ella —dijo Apolo.

—Bonita rata —dijo ella por fin.

La dejé en la barandilla del porche. Quizá atraería clientela a la tienda de comestibles.

—Aunque para haber clientela, primero había que haber gente —murmuró Percy.

—¿Y cómo va eso de ser cazadora? —le pregunté.

—¿De verdad le preguntaste eso de buenas a primeras? —preguntó Hermes.

Percy se encogió de hombros.

—Bueno, era la primera vez que veía a alguien convertirse en cazadora, así que tenía curiosidad.

Ella frunció los labios.

—¿No estarás enfadado aún porque me uní a ellas?

—No. Mientras tú... eh... seas feliz.

—Dudo que pueda decir que es feliz con lo que esta pasando en este momento —señaló Zoë.

—No creo que «feliz» sea la palabra indicada cuando la señora Artemisa ha desaparecido.

Las cazadoras asintieron.

Pero ser una cazadora es superguay. Ahora me siento más serena en cierto sentido. Es como si todo lo que me rodea fuese más despacio. Supongo que debe de ser la inmortalidad.

Las cazadoras fueron asintiendo ante todas las cosas que decía Bianca.

—Vaya, ser cazadora suena genial —dijo Leo, con algo de envidia en su voz.

—No tan guay como suena. Recuerda que tienen completamente prohibido enamorarse y tendrán que permanecer vírgenes durante toda la eternidad —replicó Apolo antes de suspirar dramáticamente—. Pero eso es un auténtico desperdicio, ¿no creéis? —Al ver que la mayoría estaban confundidos, Apolo se explico—. Quiero decir, miradlas bien. Todas las cazadoras son adolescentes y, además, hermosas. —Las cazadoras estaban empezando a entender a lo que se refería el dios, ya que empezaban a dirigirle miradas de disgusto—. Añadiendo el hecho de que, al pasarse todo el tiempo corriendo por los bosques, su estado físico es simplemente sublime. —En ese punto, muchos estaban gesticulando salvajemente en dirección a Apolo para que se callase y no siguiese diciendo cosas que le condenarían—. Si sumamos estás dos cosas, el resultado que nos queda es el hecho de que... ¡las cazadoras deben ser increíbles en la cama! —terminó poniéndose de pie.

Una vez dicho eso, una flecha con la punta roma, cortesía de Artemisa, golpeó al dios del sol justo en el centro de sus joyas. Apolo dejó escapar un gemido angustioso, antes de caer sobre su trono mientras se retorcía de dolor.

—Ahora que nos hemos librado del idiota, Phoebe continúa por favor —dijo Artemisa tranquilamente.

La observé, tratando de ver la diferencia. Era cierto que se la veía más segura que antes, más tranquila. Ya no se tapaba la cara con una gorra verde. Llevaba el pelo recogido y me miraba a los ojos al hablar.

Bianca se sorprendió un poco al darse cuenta de que Percy tenía razón. Para ella había sido un cambio tan natural, que ni siquiera se había percatado de ello hasta que Percy lo había mencionado.

Con un escalofrío, me di cuenta de que dentro de quinientos o mil años, Bianca di Angelo tendría exactamente el mismo aspecto que ahora.

Percy apretó los puños, sabiendo lo que ocurriría esa noche en el libro.

Tal vez mantendría una conversación parecida con otro mestizo... Y yo llevaría muchísimo tiempo muerto, pero ella seguiría pareciendo una chica de doce años.

—Nico no ha comprendido mi decisión —murmuró Bianca,

—Ahora la comprendo... más o menos —murmuró Nico en voz baja.

y me miró como si quisiese que la tranquilizara.

Supongo que ve a Percy como un hermano mayor pensó Sally. O al menos eso espero. No me gustaría que Bianca se hubiese enamorado de Percy y, que eso, acabé en una discusión con Nico. Aunque sería mucha casualidad que ambos acabasen enamorados del mismo tipo.

—Estará bien en el campamento

—Solo le queda pasar más tiempo en dicho campamento —dijo Will.

—le dije—. Están acostumbrados a acoger a un montón de chicos. Annabeth vivió allí.

—Y varios más —añadió Annabeth.

Bianca asintió.

—Espero que la encontremos. A Annabeth, quiero decir. Tiene suerte de contar con un amigo como tú.

Annabeth y varios más asintieron.

—No le sirvió de mucho.

—No te culpes, Percy. Tú arriesgaste la vida para salvarnos a mi hermano y a mí. Aquello fue muy valiente de tu parte. Si no te hubiese conocido, no me habría parecido bien dejar a Nico en el campamento. Pero pensé que si allí había gente como tú, Nico estaría en buenas manos.

—¿Así que te uniste a la caza por eso? —preguntó Artemisa.

—En resumidas cuentas, sí —respondió Bianca.

Así que uno de los motivos por el cuál Bianca di Angelo se consagro a mí fue debido a un hombre. Pero en vez de ser por un mal hombre, fue por un buen hombre... curioso.

Tú eres un buen tipo.

Aquel cumplido me pilló por sorpresa.

—¿De verdad?

—La gente no suele decirme que soy un buen tipo —respondió Percy mientras se encogía de hombros.

—¿Aunque te derribase para capturar la bandera?

Ella se echó a reír.

—Vale. Aparte de eso, eres un buen tipo.

A unos cien metros, vi que Zoë y Grover salían ya de la cafetería cargados de pasteles y bebidas. No me apetecía que volvieran en ese momento. Era extraño, pero me gustaba hablar con Bianca.

—Cuidado, Percy. No sea que Annabeth se ponga celosa —le dijo Leo con algo de burla.

Annabeth se encogió de hombros.

—No tengo porque —respondió.

No era tan desagradable, al fin y al cabo.

—¿Eh? ¿Qué quiere decir eso? ¿Es qué esperabas que fuese desagradable o algo así? —preguntó Bianca.

—No, pero es que en los últimos días había estado de rodeados de chicas que me miraban con desprecio (Zoë y el resto de las cazadoras) o que me trataban como idiota (Thalia). Así que fue agradable encontrar algo distinto para variar.

Y en todo caso, resultaba más fácil de tratar que Zoë Belladona.

Percy asintió mientras Zoë resoplaba.

—¿Y cómo os las habéis arreglado hasta ahora tú y Nico? —le pregunté—. ¿A qué colegio fuisteis antes de Westover?

Ella arrugó la frente.

—Creo que estuvimos en un internado de Washington.

—¿Crees? —preguntó Atenea.

Parece como si hiciera muchísimo tiempo.

—¿Nunca vivisteis con vuestros padres? Es decir, con vuestro progenitor mortal.

—Nos dijeron que nuestros padres habían muerto. Había un fondo en el banco para nosotros. Un montón de dinero, creo. De vez en cuando aparecía un abogado para comprobar que todo fuese bien. Luego tuvimos que dejar aquel colegio.

—¿Por qué?

Ella volvió a arrugar la frente.

—Teníamos que ir a un sitio. Un sitio importante, recuerdo. Hicimos un largo viaje y nos alojamos en un hotel varias semanas.

Algunos, recordando cierto evento ocurrido en el primer libro, parecían entender en que hotel se habían alojado los hermanos Di Angelo.

Y entonces... No sé. Un día vino otro abogado a sacarnos de allí. Nos dijo que ya era hora de que nos fuéramos. Nos llevó otra vez hacia el este. Cruzamos Washington, subimos hasta Maine y tomamos el camino a Westover.

Una historia bastante extraña.

—Muy extraña —asintió Piper.

Claro que Bianca y Nico eran mestizos. Nada podía ser demasiado normal en su caso.

—Eso es cierto —sonrió Jason Grace.

—¿O sea, que tú te has ocupado de Nico durante casi toda tu vida? —pregunté—. ¿Simplemente vosotros dos?

Ella asintió.

No, no es así pensó Nico. Mamá estaba con nosotros, pero no lo recuerdas.

—Por eso me moría de ganas de unirme a las cazadoras. Ya sé que suena egoísta, pero quería tener mi propia vida y mis propias amigas. Quiero mucho a Nico, no me entiendas mal, pero necesitaba descubrir cómo sería vivir sin ser la hermana mayor las veinticuatro horas del día.

Aunque muchos en la sala no aprobaban la decisión de Bianca, eso no quería decir que no entendiesen porque había tomado dicha decisión.

Recordé cómo me había sentido el verano anterior cuando me enteré de que tenía un hermano menor que resultó ser un cíclope. En parte me identificaba con lo que Bianca me estaba contando.

—Sí, ser el hermano mayor en ocasiones era difícil —reconoció Thalia. Ella misma lo había sufrido en sus carnes y eso que, por esa época, Jason apenas contaba con tres años.

—Zoë parece confiar en ti —le dije—. Y por cierto, ¿qué era eso que estabais hablando? ¿Algo peligroso de la misión...?

—¡Pero no reveles que estabas espiando! —exclamó Hermes.

—Técnicamente quién estaba espiando era Nico. Yo solamente me encontré con él y me enteré de las cosas de casualidad —replicó Percy mientras se encogía de hombros.

Hermes se lo quedó mirando.

—Esa no ha estado mal... echarle la culpa a otro... no esta nada mal.

—Pero si eso es lo que ocurrió —murmuró Percy.

—¿Cuándo?

—Ayer por la mañana. En el pabellón del campamento —dije sin poder contenerme—. Tenía que ver con el General...

Su rostro se ensombreció.

—¿Cómo es posible...? Ah, la gorra de invisibilidad. ¿Nos estabas espiando?

—¡No! O sea, en realidad, yo sólo...

Me salvó de mi confusión la llegada de Zoë y Grover con las bebidas y los pasteles. Chocolate caliente para Bianca y para mí. Café para ellos.

—Sería mucho mejor café para todos, para manteneros despierto —dijo Atenea.

—A Percy no le gusta el café —respondió Grover—. Y Zoë me dijo lo mismo acerca de Bianca. Y para que no se lo beban, pues mejor el chocolate.

Me comí una magdalena de arándanos, y estaba tan buena que casi conseguí olvidarme de la mirada indignada que me dirigía Bianca.

—Eso explica la mirada de Bianca —dijo Grover.

—Deberíamos probar el conjuro de rastreo —dijo Zoë—. ¿Aún te quedan bellotas, Grover?

—Humm —farfulló. Estaba masticando una magdalena integral, con envoltorio y todo

—Las proteínas se encuentran en el envoltorio. O al menos eso decía mi padre.

—. Creo que sí. Sólo tengo que... —Se quedó petrificado.

—Vale, ¿qué ha visto? —preguntó Teseo.

Iba a preguntarle qué ocurría, cuando una cálida brisa pasó por mi lado, como si en mitad del invierno se hubiera extraviado una ráfaga primaveral.

Algunos se extrañaron. ¿Una ráfaga primaveral en pleno diciembre? Claramente eso había sido provocado. La pregunta era ¿por quién?

Evidentemente la primera respuesta que se les ocurría era Perséfone, al ser ella la diosa de la primavera. Pero, tendiendo en cuenta la época del año en la que se encontraban, era bastante difícil que se tratase de ella.

Aire fresco perfumado de sol y flores silvestres. Y algo más: como una voz que tratara de decir algo. Una advertencia.

Hermes contuvo el aliento. ¿Acaso sería...?

Zoë sofocó un grito.

Grover dejó caer su taza decorada con un estampado de pájaros. De repente, los pájaros se despegaron de la taza y salieron volando: una bandada de palomas diminutas. Mi rata de goma soltó un chillido; correteó por la barandilla y se perdió entre los árboles. Una rata con pelaje y bigotes reales.

Con eso los dioses y algunas otras personas parecía comprender quién había provocado tal reacción.

Grover se derrumbó junto con su taza de café, que humeó en la nieve. Lo rodeamos de inmediato y tratamos de reanimarlo. Él gemía y parpadeaba.

—¡Escuchad! —dijo Thalia, que subía por la calle corriendo—. Acabo de... ¿Pero qué le ha pasado a Grover?

—Qué ha tenido un subidón de energía —explicó Apolo.

—No lo sé —declaré—. Se ha desmayado.

—Aggg... —gemía Grover.

—¡Pues levantadlo! —ordenó Thalia. Empuñaba la lanza y miraba hacia atrás—. Hemos de salir de aquí.

—Genial, viene pelea —dijo Ares mientras se frotaba las manos.

Habíamos llegado ya al extremo del pueblo cuando aparecieron los dos primeros guerreros-esqueleto. Surgieron de los árboles que había a ambos lados del camino. En lugar del traje gris de camuflaje, ahora llevaban el uniforme azul de la policía estatal de Nuevo México, pero seguían teniendo piel gris transparente y ojos amarillos.

Desenfundaron sus pistolas. Reconozco que yo había pensado más de una vez que sería genial aprender a manejar una pistola,

—¿Con tu puntería? Ni de broma —replicó Will.

pero cambié de opinión en cuanto los guerreros-esqueleto me apuntaron con las suyas.

Thalia le dio unos golpecitos a su pulsera. La Égida se desplegó en espiral en su brazo, pero los guerreros no se arredraron.

—Son marionetas, así que no sienten nada —dijo Hades.

Sus relucientes ojos amarillos me taladraban.

Saqué a Anaklusmos, aunque no sabía muy bien de qué me iba a servir contra un par de pistolas.

—Puedes tratar de cortar las balas —dijo Leo con entusiasmo.

—Sí... esto, creo que paso —negó Percy.

—Además de que esto no es una película —replicó Frank.

Zoë y Bianca prepararon sus arcos. La pobre Bianca tenía ciertos problemas porque Grover seguía medio desmayado y apoyaba todo su peso en ella.

—Si es necesario, déjalo en el suelo —dijo Atenea.

—Retroceded —dijo Thalia.

Empezamos a hacerlo, pero entonces oí un crujido de ramas.

—Pues creo que la idea de retroceder se os acaba de fastidiar —señaló Chris.

Dos guerreros-esqueleto más aparecieron detrás. Estábamos rodeados.

Me estaba preguntando dónde se habrían metido los demás guerreros-esqueleto. Había visto una docena en el museo. Entonces vi que uno se acercaba un teléfono móvil a la boca y decía algo. No hablaba, en realidad. Emitía un chirrido, como unos dientes royendo un hueso. Y de repente comprendí lo que sucedía: los guerreros-esqueleto se habían dispersado para buscarnos. Ahora estaban avisando a los demás. Muy pronto tendríamos al equipo completo con nosotros.

—Tenéis que ocuparos de esas cosas ya —dijo Aquiles.

—Lo tienen difícil —dijo Hades—. Solamente les afecta las armas fabricadas a partir de Hierro estigio y el poder de un hijo mío. Y aunque Bianca cumple la segunda condición, ella aún no lo sabe.

—Está cerca —gimió Grover.

—Están aquí —dije yo.

—Creo que no habláis de lo mismo —dijo Beckendorf.

—No —insistió él—. El regalo. El regalo del Salvaje.

—Oh... esto será interesante —murmuró Hermes, sabiendo que su hijo tenía una forma peculiar de entregar sus regalos.

No entendía a qué se refería, pero me preocupaba su estado. No estaba en condiciones de caminar, mucho menos de luchar.

—Debemos combatir uno contra uno —dijo Thalia—. Cuatro contra cuatro. Quizá así dejen en paz a Grover.

—De acuerdo —repuso Zoë.

Hades negó con la cabeza. Sabía que el hijo de Poseidón no sabía acerca de sus oponentes, y no estaba seguro de si la hija de Zeus tenía información sobre ellos. Pero la teniente de Artemisa debería saber que no tenían posibilidades de enfrentarse a los spartacus sin armas de Hierro estigio o el apoyo de un hijo de Hades.

—¡El Salvaje! —gimió Grover.

Un viento cálido sopló por todo el cañón, sacudiendo los árboles, pero yo mantuve los ojos fijos en aquellos pavorosos esqueletos. Recordé cómo se regodeaba el General ante el destino de Annabeth. Recordé cómo la había traicionado Luke.

Y cargué contra ellos.

El primer guerrero-esqueleto disparó. El tiempo pareció ralentizarse. No voy a decir que viese venir la bala, pero sí percibí su trayectoria, tal como percibía las corrientes en el mar. La desvié con la hoja de mi espada y seguí adelante.

—¡Puedes desviar balas! —exclamó Leo con una sonrisa de oreja a oreja.

—Aún así prefiero no hacerlo —replicó Percy.

Mientras el esqueleto sacaba una porra, yo le rebané los brazos por el hombro. Luego le lancé un mandoble a la cintura y lo partí en dos.

Sus huesos se desmoronaron con estrépito en el asfalto. Pero casi de inmediato, empezaron a reunirse y ensamblarse de nuevo.

—Vaya, eso no suena nada justo —dijo Leo.

El segundo esqueleto soltó un chirrido con sus dientes y me apuntó, pero yo le asesté un buen golpe en la mano y su pistola rodó por la nieve.

Creía que no lo estaba haciendo mal del todo hasta que los otros dos guerreros me dispararon desde atrás.

—Por suerte cuenta con la piel del León de Nemea —dijo Orión, soltando un suspiro de alivio.

—¡Percy! —gritó Thalia.

Aterricé boca abajo en el pavimento. Pasó un momento antes de que comprendiera... que no estaba muerto. El impacto de las balas me había llegado amortiguado, como un buen empujón. ¡La piel del León de Nemea! Mi abrigo era a prueba de balas.

—Y a prueba de muchas otras cosas peligrosas —añadió Poseidón.

Thalia arremetió contra el segundo esqueleto. Zoë y Bianca habían empezado a disparar sus flechas a los otros dos. Grover se mantenía en pie y extendía los brazos hacia los árboles, como si quisiera abrazarlos.

Menudo cuadro que parecíamos en ese momento pensó Percy. Él y tres chicas más liándose a golpes con supuestos miembros de la policía estatal de Nuevo México mientras un quinto chaval trataba de abrazar al bosque con expresión ida.

Se oyó un estruendo en el bosque, a nuestra izquierda, algo parecido a una excavadora. Quizá llegaban refuerzos para los guerreros-esqueleto.

Ahora Percy no estaba seguro de lo que hubiese preferido. El jabalí loco o los refuerzos.

Me puse en pie y esquivé una porra. El esqueleto que había cortado en dos se había recompuesto y se echaba otra vez sobre mí.

No había modo de pararlos. Zoë y Bianca les disparaban a bocajarro, pero las flechas no les hacían mella. Uno de ellos embistió a Bianca. Creí que estaba perdida, pero ella sacó de improviso su cuchillo de caza y se lo clavó en el pecho. El guerrero entero ardió en llamas en el acto, dejando sólo un montoncito de ceniza y una placa de policía.

—Bueno... ciertamente esta muerto —dijo Will.

—¿Cómo lo has hecho? —preguntó Zoë.

—No lo sé —dijo Bianca, nerviosa—. ¿Un golpe de suerte?

Hades negó con la cabeza. Eso no había sido suerte, sino su sangre.

—¡Pues repítelo!

Bianca lo intentó, pero los tres esqueletos restantes recelaban de ella y no se le acercaban.

Bueno, han comprendido quién es ella pensó Hades. Aunque sean simples marionetas, Bianca esta muy por encima de ellos en cuanto a su jerarquía.

Nos obligaron a retroceder blandiendo sus porras.

—¿Algún plan? —dije mientras nos batíamos en retirada.

—¿Bianca no puede dispararles flechas y hacer lo mismo que con el otro? —preguntó Meg.

Bianca negó con la cabeza.

—Ni siquiera sé lo que hice... o lo que haré.

Nadie respondió. Inesperadamente, los árboles que había a espaldas de los guerreros empezaron a estremecerse y sus ramas a quebrarse.

—Un regalo —murmuró Grover entre dientes.

Entonces, con un poderoso rugido, irrumpió en el camino el cerdo más grande que he visto en mi vida. Era un jabalí salvaje de unos diez metros de altura, con un hocico rosado y lleno de mocos y colmillos del tamaño de una canoa. Tenía el lomo erizado y unos ojos enfurecidos.

Apolo miró a Hermes.

—¿No podía haberles mandado algo más tranquilo?

Hermes se encogió de hombros.

—Ya le conoces.

—¡Oííííínk! —chilló, y barrió a los tres esqueletos del camino con sus colmillos. Tenía una fuerza tan enorme que los mandó por encima de los árboles y rodaron ladera abajo hasta hacerse pedazos, dejando un reguero de huesos retorcidos.

—Van a tardar un buen rato en recuperarse... si es que se recuperan —dijo Nico.

—Creía que no podían morir tan fácilmente —señaló Hazel.

—Si quedan muy destrozados, es posible que no puedan recuperarse —explicó Nico—. Pero vamos, que no sucede siempre.

Luego el cerdo se volvió hacia nosotros.

Thalia alzó su lanza,

—No podrás matarlo —negó Artemisa.

pero Grover dio un grito.

—¡No lo mates!

El jabalí gruñó y arañó el suelo, dispuesto a embestir.

—Es el Jabalí de Erimanto —dijo Zoë, tratando de conservar la calma—. No creo que podamos matarlo.

—Es un regalo —dijo Grover—. Una bendición del Salvaje.

—Pues menuda bendición —murmuró Silena.

La bestia volvió a chillar y nos embistió con sus colmillos. Zoë y Bianca se echaron de cabeza a un lado. Yo tuve que empujar a Grover para que no saliera disparado en el Expreso Colmillo de Jabalí.

—Gracias por eso —dijo Grover. En esos momentos aún seguía atontado por haber sentido la presencia de Pan.

—¡Sí, una gran bendición! —dije—. ¡Dispersaos!

Corrimos en todas direcciones y por un instante el jabalí pareció confundido.

—¡Quiere matarnos! —dijo Thalia.

—Por supuesto —respondió Grover—. ¡Es salvaje!

—Bueno, es una bendición del Salvaje —dijo Perseo.

—¿Y dónde está la bendición? —preguntó Bianca.

Parecía una buena pregunta, pero al parecer el cerdo se sintió ofendido, pues cargó contra ella. Por suerte, era más rápida de lo que yo creía: rodó para eludir las pezuñas y reapareció detrás de la bestia, que atacó con sus colmillos y pulverizó el cartel de «BIENVENIDOS A CLOUDCROFT».

—Pues si ya la gente no iba a ese sitio, creo que ahora irán menos —dijo Travis.

Me devanaba los sesos tratando de acordarme del mito del jabalí. Estaba casi seguro de que Hércules había luchado con él una vez, pero no conseguía recordar cómo lo había vencido. Tenía una vaga sensación de que el bicho había arrasado muchas ciudades griegas antes de que Hércules lograra someterlo. Rogué que Cloudcroft estuviera asegurada contra catástrofes (incluidos ataques de jabalíes salvajes).

—Mejor que sea contra jabalíes salvajes gigantes —dijo Thalia, quién se veía mortalmente pálida. Y es que su más oculto secreto estaba a punto de salir a la luz.

—¡No os quedéis quietos! —chilló Zoë.

—No es que tuviésemos muchas ganas de quedarnos quietos —dijo Percy.

Ella y Bianca corrieron en direcciones opuestas. Grover bailaba alrededor del jabalí tocando sus flautas,

—¿Pero es que quieres cabrearlo más o qué? —exclamó Connor.

Grover parecía ofendido.

mientras el animal soltaba bufidos y trataba de ensartarlo. Pero Thalia y yo fuimos los que nos llevamos la palma en cuestión de mala suerte.

—Estoy muy segura de que fue culpa tuya —acusó Thalia.

—No te lo niego —admitió Percy.

Cuando la bestia se volvió hacia nosotros, Thalia cometió el error de alzar la Égida para cubrirse.

Varios soltaron un jadeo. Eso se iba a poner muy, pero que muy malo.

La visión de la cabeza de la Medusa le arrancó un pavoroso chillido al jabalí. Quizá se parecía demasiado a alguno de sus parientes. El caso es que nos embistió enloquecido.

Logramos mantener las distancias porque corríamos cuesta arriba esquivando árboles, mientras que el monstruo iba en línea recta y tenía que derribarlos.

Al otro lado de la colina encontré un viejo tramo de vía férrea, medio enterrado en la nieve.

—¡Por aquí! —Agarré a Thalia del brazo y corrimos por los raíles con el jabalí rugiendo a nuestra espalda.

El animal se deslizaba y resbalaba por la pendiente. Sus pezuñas no estaban hechas para aquello, gracias a los dioses.

—Sí, no habían muchas vías por Grecia en esa época —dijo Apolo.

A cierta distancia había un túnel que desembocaba en un viejo puente de caballetes que cruzaba un desfiladero.

Thalia cerró los ojos y se obligo a respirar con normalidad.

Tuve una idea loca.

Y tanto que si pensó la hija de Zeus con algo de amargura.

Se preguntó como habría sido la cosa si Percy hubiese sabido antes sobre su miedo a las alturas. Lo más probable es que el muy idiota hubiese hecho todo lo posible para mantenerla a salvo, mientras desafiaba al jabalí él solo, provocando que ambos se cayesen por la pendiente y seguramente Percy, al no tener un escudo con el que hacer snowboard, habría salido herido o incluso...

Ahora, a pesar del miedo que había pasado en su momento, Thalia se alegraba de haber ido con Percy.

—¡Sígueme!

Thalia redujo la velocidad —no tuve tiempo de preguntarle por qué—, pero yo la arrastré y ella me siguió a regañadientes. A nuestra espalda venía un tanque porcino de diez toneladas,

—Me gusta esa descripción para el Jabalí de Erimanto —sonrió Lester.

derribando pinos y aplastando rocas con sus pezuñas.

Thalia y yo cruzamos el túnel y llegamos al otro lado.

—¡No! —gritó Thalia.

Había palidecido como la cera.

Algunos se quedaron extrañados por la reacción de Thalia, mientras que otros empezaban ha atar cabos y entendían que le sucedía a Thalia, lo cuál les sorprendió un poco.

Estábamos en el inicio mismo del puente. A nuestros pies, la ladera descendía abruptamente formando un barranco de unos veinte metros de profundidad.

Teníamos al jabalí justo detrás.

—¡Vamos! —dije—. Seguramente aguantará nuestro peso.

—Pero no el del jabalí —señaló Frank.

—Esa era la idea —dijo Percy.

—A veces me cuesta entender como es posible que sigas vivo —suspiró Annabeth.

—¡No puedo! —gritó Thalia con ojos desorbitados.

—¿Cómo que no puedes? —resopló Zeus—. Ni que te diesen... —abrió los ojos con asombro—. ¿Te dan miedo las alturas?

Thalia sintió como sus mejillas se sonrojaban a causa de la vergüenza.

—Pues sí, me dan miedo. ¿Algún problema?

—¡Pero como te van a dar miedo, si eres hija mía! —exclamó el rey con incredulidad.

—Esto...

Thalia podía simplemente explicar el accidente que le había llevado a temer a las alturas. Pero, siendo sinceros, era algo que prefería guardarse para ella. Bueno, para ella y para Luke, quién había estado presente en dicho accidente.

—Déjalo, Zeus —dijo en ese momento Hestia, interrumpiendo la charla—. Si la chica tiene miedo a las alturas es de su incumbencia, no de la tuya.

—¡Pues claro que...!

—¿Qué es de tu incumbencia? —terminó Hestia—. ¿Por qué? ¿Por qué es tu hija? ¿Por qué eres el dios del cielo? ¿O es por qué eres el rey y por tanto se tiene que decir y hacer lo que tú quieras?

Zeus estrechó su mirada, mirando a su hermana mayor con molestia. Parecía a punto de responder, pero el ruido del tridente de Poseidón golpeando el suelo lo interrumpió.

—De acuerdo, ya es suficiente —dijo el dios del mar—. Estamos aquí para leer unos libros acerca de nuestro futuro, no para ponernos a discutir sobre los miedos de otras personas.

—Aunque odio reconocerlo, el viejo Barba percebe lleva razón —suspiró Atenea—. Esta charla podemos tenerla más tarde, ahora es mejor que nos centremos en la lectura.

Hestia asintió mientras Zeus resoplaba, pero al final accedió a continuar con la lectura.

El jabalí se había metido a toda marcha en el túnel y avanzaba destrozándolo a su paso.

—¡Ahora! —grité.

Ella miró hacia abajo y tragó saliva. Habría jurado que se estaba poniendo verde,

—De haber jurado nada, Jackson. Me estaba poniendo verde —replicó Thalia. Tenía que reconocer que era agradable poder hablar abiertamente sobre su acrofobia sin tener que ocultarla del resto.

aunque no tenía tiempo de adivinar la causa: el jabalí venía por el túnel directo hacia nosotros. Plan B: le hice un placaje a Thalia y, evitando el puente, empezamos a deslizamos por la ladera. Casi sin pensarlo, nos montamos sobre la Égida como si fuera una tabla de snowboard,

—Jamás se me ocurrió utilizar la Égida como tabla de snowboard —reconoció Hefesto—. Bueno, la Égida y cualquier otro escudo en realidad.

y bajamos zumbando entre las rocas, el barro y la nieve. El jabalí tuvo menos suerte; no podía virar tan deprisa, de modo que sus diez toneladas se adentraron en el puente, que crujió y cedió bajo su peso. El animal se despeñó por el barranco con un chillido agónico y aterrizó en un ventisquero con un estruendo colosal.

—Sé que intentaba mataros y todo eso, pero igualmente me ha dado pena —dijo Rachel.

—A mí no —replicaron Percy y Thalia.

Nos detuvimos derrapando. Los dos jadeábamos. Yo me había hecho multitud de cortes y sangraba. Thalia tenía el pelo lleno de agujas de pino. Muy cerca, la bestia daba chillidos y forcejeaba. Lo único que se le veía era la punta erizada del lomo. Estaba completamente encajado en la nieve, como un juguete en su molde de poliestireno. No parecía herido, pero tampoco podía moverse.

Miré a Thalia y le dije:

—Te dan miedo las alturas, ¿eh?

Ahora que estábamos a salvo al pie del desfiladero, tenía su expresión malhumorada de siempre.

—¿Cómo que "de siempre"? —se quejó Thalia.

—No eres precisamente todo sonrisas, primita —dijo Percy.

—No seas idiota.

—Lo cual explica por qué te asustaste en el autobús de Apolo.

Apolo asintió.

Y por qué no querías hablar de ello.

Respiró hondo y se sacudió las agujas de pino del pelo.

—Te juro que si se lo cuentas a alguien...

—Aunque ya lo sabemos —dijo Leo.

—No, no —la tranquilicé—. Pero es increíble. O sea... la hija de Zeus, el señor de los cielos, ¿tiene miedo a las alturas?

—Eso digo yo —murmuró Zeus.

Thalia estaba a punto de derribarme en la nieve cuando la voz de Grover sonó por encima de nuestras cabezas:

—¡Eeeeeoooo!

—¡Aquí abajo! —grité.

Unos minutos después se nos unieron Zoë, Bianca y Grover. Nos quedamos todos mirando al jabalí, que seguía forcejando en la nieve.

—Una bendición del Salvaje —dijo Grover,

—Una bendición que ha tratado de mataros —puntualizó Reyna.

aunque ahora parecía inquieto.

—Estoy de acuerdo —dijo Zoë—. Hemos de utilizarlo.

—Bueno, el jabalí ciertamente os podría llevar a los cinco —dijo Atenea.

—¿Pero cómo harían para que fuese a la dirección correcta? —preguntó Leo.

—Evidentemente dejamos a Percy colgado de una cuerda atada a una vara e hicimos que el jabalí lo fuese persiguiendo mientras el resto estábamos montados sobre el animal —respondió Grover.

—¿Eh?

—¿Cómo?

—¡Evidentemente es mentira! —exclamó Percy.

—Aunque Thalia lo sugirió —añadió Grover.

—Cierto.

—En cualquier caso el jabalí se dirigía directamente al oeste, así que no tuvimos que hacer mucho —explicó Thalia.

—Un momento —dijo Thalia, irritada. Aún parecía que acabara de ser derrotada por un árbol de Navidad—. Explícame por qué estás tan seguro de que este cerdo es una bendición.

Grover miraba distraído hacia otro lado.

—Es nuestro vehículo hacia el oeste. ¿Tienes idea de lo rápido que puede desplazarse este bicho?

—¿Cómo de rápido? —preguntó Hazel.

—Muy rápido —respondió Grover.

—¡Qué divertido! —dije—. Cowboys, pero montados en un cerdo.

—Decidme que llevabais sombreros de vaqueros —suplicó Hermes.

—Nos lo dejamos en casa.

—Mierda.

Grover asintió.

—Tenemos que domesticarlo. Me gustaría disponer de más tiempo para echar un vistazo por aquí. Pero ya se ha ido.

—¿Quién?

Él no pareció oírme. Se acercó al jabalí y saltó sobre su lomo. El animal ya empezaba a abrirse paso entre la nieve. Una vez que se liberase, no habría modo de pararlo. Grover sacó sus flautas. Se puso a tocar una tonadilla muy rápida y lanzó una manzana hacia delante. La manzana flotó en el aire y empezó a girar justo por encima del hocico del jabalí, que se puso como loco tratando de alcanzarla.

—Por eso sugerí usar a Percy de cebo. Para que Grover no se agotase tanto en usar su magia —dijo Thalia.

—Pero igualmente hubiese sido agotador cargar con Percy todo el trayecto, ¿no? —señaló Lou Ellen.

—Correcto —admitió Thalia—. Además de que Zoë añadió que hubiese sido una tortura para el pobre bicho estar mirándole el careto a Percy durante tanto tiempo.

—Dirección asistida —murmuró Thalia—. Fantástico. —Avanzó entre la nieve y se situó de un salto detrás de Grover.

Aún quedaba sitio de sobras para nosotros.

Zoë y Bianca caminaron hacia el jabalí.

—Una cosa —le pregunté a Zoë—. ¿Tú entiendes a qué se refiere Grover con lo de esa bendición salvaje?

La gran mayoría, quienes tampoco parecían comprender a lo que se refería Grover, se inclinaron hacia delante para prestar atención.

—Desde luego. ¿No lo has notado en el viento? Era muy fuerte... Creía que no volvería a sentir esa presencia.

—¿Qué presencia?

Ella me miró como si fuese idiota.

—Que era la misma mirada que me dirigía durante gran parte del viaje —dijo Percy.

—El señor de la vida salvaje, por supuesto. Por un instante, cuando ha aparecido el jabalí, he sentido la presencia de Pan.

—Fin del capítulo —anunció Phoebe.


Hola, gente.

Y este ha sido el capítulo décimo cuarto. Sí, sé que el capítulo se ha retrasado más de un mes, pero es que ha empezado el calor y, sinceramente, con eso mis ganas de escribir han disminuido bastante.

Yendo al capítulo, la verdad es que lo notó flojillo, sobre todo la parte dónde se habla sobre el miedo de Thalia a las alturas. Creo que podría haberme explayado más con eso, explicando, por ejemplo, de dónde le viene el miedo y eso. Pero, sinceramente, ya me había retrasado bastante con el capítulo y no quería hacerlo más. (Y también tengo que encontrar un motivo por el cuál Thalia pueda tener miedo a las alturas).

En fin, este ha sido el capítulo. Espero que os haya gustado.

Se despide,

Grytherin18-Friki