Silent Hill: Road To Nowhere.
Chapter XIV – Hypothetical Enemy
—¡Nada, aquí no hay nada! —Rugió Miller lanzando un pedazo de madera sobre los cimientos derruidos del teatro—. El hombre dijo que lo único que había en su caja fuerte eran un par de dólares robados y un ticket para el teatro. Lo único que está desaparecido es la entrada. Drew tuvo que venir hasta aquí.
—Pero este establecimiento está en remodelación, tú has visto, la segunda planta, está totalmente destruida —Acotó Ames quien consolaba a Alice con tal de tranquilizarla—. Además las cámaras de vigilancia están apagadas y el celador desapareció. No hay más pistas que seguir.
—Lo sé, Ames, Alice, desde ahora tendré que investigar yo sólo. No quiero que tengan problemas por estar desobedeciendo órdenes del alto mando —Alice se encogió de hombros y pareció achicarse en su lugar—. Entiendo que tengan miedo, pero dejaré un oficial a cargo de ustedes, no estarán solos.
—No me preocupa lo que puedan hacer un par de chiflados vengadores —Ames rodeó al policía tomándole por los hombros—. Esto es grave, mi hospital está involucrado y si yo no…
—¡No saldrá de mi boca! —Miller deshizo el agarre—. Sé muy bien lo que quieres decir. No sería bueno un escandalo público innecesario pero… has de tener en cuenta que el FBI irá al hospital, te interrogarán, a ella también. Encontraron huellas parciales en la escena, infiero que son de la señorita Amanda. Irán por ustedes, se los aseguro.
—¿Y qué haremos? —La voz de la enfermera sonó vacía y temerosa—. No podremos ir a nuestros hogares, sabrán donde vivimos.
—Podemos hablar con Elizabeth Hudson, nos debe un par de favores, la aristocracia siempre tienen las manos limpias —Susurró el director del hospital barajando sus opciones.
—Si consideran que ella les puede ayudar, entonces dirigirse allí y contáctenme si tienen problemas…
—No lo sé —Alice quitó los cabellos que cubrían su cara—. No creo que sea buena idea, ya saben, por lo de su hija… mi nombre y el de ella son iguales. Podría causar muchos problemas.
—¡No seas idiota! —Reprendió el otro con un gesto furioso—. Cuidaste de la pequeña Alice cuando nació, ella te debe incluso mucho más. No pienso detenerme porque ambas tengan el mismo nombre.
—Ames tiene razón, no vale la pena —El teniente caminó hasta la puerta principal guiado por la alfombra roja—. Ahora… traten de pasar desapercibidos, llamen si tienen problemas, encontraré a Bloodworth y todo esto será historia antigua.
Miller dejó que sus acompañantes le abandonasen para dirigirse a un lugar específico del teatro que desde un principio le había llamado la atención.
—¿Señor?
—Dime.
—Las huellas parciales en el mostrador ya tienen dueño, o mejor dicho, dueña —Cygan se colocó de pie impulsado por sus talones sólo para recibir el folleto blanco que le traspasaba el novato pelirrojo—. Su nombre es Amanda Hale, trabaja en el Alchemilla Hospital, señor.
—Muy bien ¡Empaquen, tenemos una pista nueva! —Todos asintieron, el joven de la cabellera de fuego corrió por sus cosas mientras John le daba un sorbo a su café—. Alchemilla, voy a cazarte Bloodworth.
Arrugó el papel y lo metió en su bolsillo antes de salir a la calle.
Clio percibía la suave tela presionada por su mejilla antes de abrir los ojos al no sentir el gélido aire golpeándole la cara. Al instante la luz cenital de la ventana le cegó complemente obligándola a dar un gemido y cubrirse con las manos los aturdidos ojos que en ese momento nada veían. Tardó unos segundos en recuperarse volviendo la mirada sobre el cobertor de la cama donde se encontraba tumbada, pensando en qué tal vez todo fue producto de una mala pesadilla al encontrarse envuelta en un cuarto muy familiar.
Complemente absorta por la locura vivida se puso de pie, ignorando todo y corriendo hasta el tocador de la habitación. El ébano de la madera brilló contra la luminiscencia y se apagó al momento de su sombra chocar con ella. La mano fría y sus dedos largos rozaron la superficie lisa enredándose pronto contra el enredo desmesurado y ridículo de al menos diez cadenas de oro cerca de un joyero plateado con toques color aguamarina y jades pequeños. Clio decidió echar un vistazo al interior encontrando más eslabones destrozados y partes desmontadas de aretes y pulseras. Alguien había estado tratando de desenredar aquella maraña y al no tener la suficiente paciencia sólo haló de todo logrando que las piezas de incalculable valor ahora sólo quedasen convertidas en astillas doradas.
Más arriba las botellas con perfumes lucían desorganizadas a un lado los labiales y el resto del maquillaje. Ella conocía perfectamente aquel tocador y en sí, todo el cuarto, tan pulcro y radiante que incluso daba miedo tocar la alfombra con los pies sin lograr ensuciar nada a su paso.
Aquella era la habitación de sus padres. Aunque estaba algo cambiada.
Concluyó fugazmente que de estar en ese cuarto estaría en el apartamento donde residía, por lo que trotó hasta la puerta y se encontró con un pasillo distinto a lo que esperaba. No, ese no era su hogar, aunque el cuarto se parecía tanto que dudaba de sus propias convicciones. Perdida y confusa caminó por el corredor de madera hasta las escaleras, descendiendo al primer piso, donde todo parecía normal. La gran ventana le dejó saber cuán grande era el jardín y debajo de un árbol danzante junto a la neblina estaba la figura magra de Alexander. Reposando al pie del robusto tronco, con el rostro perdido en algún pensamiento. Se echó el cabello para atrás, doblando un par de ellas detrás de su oreja sopesando las pocas opciones que le quedaban.
Ofuscada por obtener alguna razón de sí misma y sus compañeros abrió la puerta de par de par, la cuál rechinó y quedó enmudecida luego. Lo único que se oyó, tal vez, fueron sus pasos cortantes sobre el césped largo del jardín.
—¿Dónde estamos? —Interrogó cruzándose de brazos, no quería demostrar ningún tipo de debilidad.
—Silent Hill… —Alexander la miró desde abajo, sonriendo, los parpados enrojecidos y Clio se preguntó si había estado llorando. Levantó las manos en señal de absurda coherencia para fruncir el seño posteriormente—. ¿Dónde más?
—Necesito ir por Drew, sea donde sea que esté —Se acuchilló, solamente para observar al rubio sin preámbulos—. Quiero respuestas, yo sé que tú sabes más de lo que aparentas y no sé por qué ayudas a ese conjunto de mentecatos. Dime ¿Es algo personal?
Negó sonriente, como si volviese a ser el de antes, el que todo el mundo reconocería.
—Es un juego —Susurró—. Todos nosotros, no somos más que personajes de una obra muy bien formulada. No hay preguntas que responder, ya no quedan. Todo está a la luz plena de la verdad.
—¡Estoy harta de tus miserables tesis para defender este lugar de mierda! ¡Alexander, mírame! —Señaló con ira y frustración su propio cuerpo. Alexander la escaneó sin mucho interés pero algo en esa mirada cristalina le removió hasta la última célula de su organismo—. ¡No te he hecho nada, sin embargo, me has hecho la vida imposible, como si te hubiera hecho todo! ¡No soy tu enemiga, no soy tu objetivo, ni tu blanco, nadie lo es!
—No cambia las cosas que siento, las que tengo y las que perdí…
—¡Esa es tu culpa! —Desahogó todo y cayó sobre el amarillento césped, el cabello bailaba sobre sus hombros y las lágrimas eran absorbidas por su pantalón de mezclilla. Su rostro era cubierto por millares de serpenteantes cuerdas oscuras. Pudo sentir aquel remordimiento royendo en su interior. La mirada del hombre encontró aquella inocencia perdida, o muerta, si se desea, al caer junto a su hermana desde el balcón—. Ya no tengo energías… como desearía que acabases con mi vida, que dieras fin a esto; Pero yo sé que tienes, incluso más miedo que yo en este instante, yo quiero…
—Volver a respirar… —Finalizó Alexander. Clio alzó la cabeza boquiabierta y los ojos húmedos—. Sólo respirar… Si tú infirieres, al menos, la cuarta parte de lo que todo esto significa no estarías aquí.
—¿Dónde está Drew? —Mordió su labio inferior aguantando el dolor—. Te lo suplico, ayúdanos a respirar.
—No tengo idea —Negó, ayudándose del tronco para ponerse de pie—. Conozco mucho del culto pero… ya no estoy tan seguro.
—¿Qué es lo que ellos desean? —Intercambiaron una mirada oscura cuando Clio se puso de pie.
—Por mucho tiempo nuestro objetivo fue encontrar la clave que nos salvará de este mundo pecador —Alexander tomó la mano de Clio y trazó varias líneas invisibles en su palma finalizando con un punto en la mitad de esta—. Las primeras investigaciones apuntaban a la iglesia contemporánea y sus manuscritos, que en realidad allí habían sido descritos los caminos para llegar a dicha clave. Pero no estaban allí, pasaron décadas y la creencia en el Culto fue decreciendo, hasta hace algunos años atrás, cuando cobró fuerza.
—¿Dónde está esa clave, Alexander? —Apuró ella, formulando un plan. Un intercambio.
—En ningún lugar —Se encogió de hombros—. Tampoco existe un camino para llegar a ella o alguien lo suficientemente estúpido que se dedique a buscarla físicamente. La clave, simplemente, no existe.
—Tú la encontraste —Sentenció Clio, él la miró con sorna y negó—. ¡Sí, la has encontrado, sabes dónde está! De lo contrario… no hubieses montado todo esto, llevarte a Aline, ser el siervo demente y asesino del tal Maestro y el sinfín de cosas más, pero te estás ocultando, no sé por qué pero…
—Al Maestro le importa un bledo la clave, él quiere a Aline —La muchacha rodeó al hombre sin dejar de mirarlo ni por un instante—. Lo que hay entre el Maestro, Drew y Aline, es personal. Me uní al culto, sólo para tener información clasificada de él y así encontrar la manera de… de…
—¿De qué?
—De volver a ver a mi hermana, todo lo que he hecho es por ella. No me importa Dios o el Infierno, esas cosas no tienen un valor lógico para mi ahora —Alexander afirmó su cuerpo contra la valla color negro de la casa, deambulando su mirada en el horizonte cubierto de edificaciones—. Dios me quitó lo más preciado para mí y el Infierno me haló con sus miles de manos y lenguas de fuego ¿Lo entiendes? Yo no te odio, ni a ti, ni a Drew. Por eso dejé libre a Aline; Aunque ya sea muy tarde, no puedo ayudarlos, es más, ya no puedo ayudarme. Todo se fue a la mierda.
—Que Drew y Aline estén aquí es algo fortuito, no había forma de que tu mentor supiese que Drew huiría de la cárcel a menos que… —El rubio asintió en parámetros cortos—. No fue algo instantáneo, simplemente, las cosas estaban planeadas. Nadie sabría que Aline… y Drew… oh Dios… con razón Aline no me parecía la clase de persona que planea un escape.
—Por supuesto que no, ella es casi un ángel en medio de la oscuridad, pero está ciega de amor, jamás verá la verdad a través de sus ojos, ni su alma, que poco a poco se torna negra, como todo en Silent Hill —Alexander miró el cielo, las aves escasas volaban sin rumbo—. Sólo bastaba hablar con las personas adecuadas, un dinerillo debajo de las ropas, ardientes dentro de los bolsillos y charlarle a Aline lo que es correcto, enfrentarla a esto, sin más, ni menos.
—Ridículo —Observó sus pies—. Trajeron a ambos hasta aquí, a esta pesadilla. Sin más, todo estaba calculado.
—Hay un pueblo detrás del cordón montañoso de Virginia, su nombre es Silent Hill, toma el auto de tu padre, eres la única que lo puede ayudar, la única que lo va a esperar —Recitó el otro hombre meticulosamente, como un discurso sin sentido y hueco—. No fue difícil de convencer, la persona que lo hizo tenía mucho peso en esa familia, sobre todo, luego de que Susan, su madre, falleciera. Y Aline se quedó relativamente sola, tu madre tiene una capacidad de convencimiento, impactante.
—Ya sabía yo que los Bloodworth me eran más familiares que la simple televisión —Clio desvió los ojos, esta vez se focalizaron en la calle trasera de la casa, parecía un callejón sucio y abandonado—. ¿Y qué hacemos? Sin pistas, sin Drew, sin Aline. No me queda nada que hacer.
—Predigo que lo más seguro es que Drew y Aleksei estén en una celda, por lo demás, no creo que Aline haya ido demasiados lejos. No hay manera de salir —Alexander se dio la vuelta, sus vaporosas vestimentas bailaron al son de sus muslos y dejo de volar contra el viento—. Piensa, dónde pudo haber pedido auxilio, dónde pudo haberse refugiado de ese infierno…
—Tal vez… —Ambos intercambiaron una mirada—. Ella creyó que seguiría en el Grand Hotel, quizás esté allí aún, tengo que ir por ella.
Alexander sonrió de manera sincera, perturbando a la mujer y estremeciéndola hasta lo más íntimo. Caminó suavemente sobre el pasto seco y señaló con el dedo índice la dirección que debía tomar.
—Derecho, luego en Simmons Street, no es tan complicado.
—Lo tengo —Clio rodeó la valla de la casa, saltándola por encima, estaba dispuesta a continuar, pero antes debía sacar un pequeña espina clavada en su consiente verdadero—. Gracias y… quería que supieras que lo siento, lo de tu madre.
Silencio.
—Ella dijo…
—Ya no importa ¿Verdad? —Alexander no la estaba mirando, ni menos derramando lágrimas, sólo sonreía mirando el cielo—. Supongo que está bien, no voy a tener una segunda oportunidad. Eso se lo dejo a mi muerte y a mi alma invisible que pronto se reunirá con ella.
—¿Qué vas a hacer? —La muchacha ladeó la cabeza para observarle, pero el esquivo hombre lo evitó—. No vale la pena.
—No te preocupes, cuando todo este termine, obtendrás algo que sí vale la pena —Se escuchó un murmullo tras las hojas de los árboles y luego ya nada había entre ellos—. Voy a buscar a mi soledad… de seguro está por allí, esperándome. Te deseo suerte en tu búsqueda, señorita Clio.
—Alexander…
Clio vio alejarse paulatinamente la figura magra del individuo cortando el viento con sus sutiles movimientos de bailarín clásico y cuando quiso gritar su nombre en medio del viento, se dio cuenta de que era demasiado tarde. Mejor buscar lo que necesitaba en otro lugar y tiempo. Por el momento no sentía que esa fuese la última vez que le vería. Es más, un calor en el borde de su corazón la hizo sonreír.
No estaba todo perdido.
Sentí el balanceo lento, casi imperceptible de mis manos y mis pies. Fue como presenciar un leve mareo y un vértigo esporádico en medio de una cornisa elevada. Mis ojos detallaron una línea oscura de pestañas y tierra cavernosa, mis oídos percibieron el goteo de alguna cañería destruida o la corriente de un afluente suave y poco torrentoso sobre la pared irregular. Las fosas nasales se me llenaron de un olor pútrido, humedad, hongos y carne en descomposición eran los principales gases que distinguía.
Poco a poco, manteniendo la razón de mi cuerpo, noté el ardor clásico de los calambres en mis gemelos y los deltoides junto con las contracturas en mi espalda y la presión exagerada sobre las yemas de los dedos de los pies.
Bastó un segundo para recordar absolutamente todo. Los gritos, los azotes, los brazos fornidos luchando contra los míos y ese calor envolviendo mis capilares y la inconciencia.
"¡Corre, Clio, sal y encuentra a Aline!"
Abrí los parpados de par en par, tirando de mi cuerpo enganchado a grilletes pesados en las muñecas y el equilibrio que podía hacer de puntillas mientras mi cuerpo era elevado hasta niveles extremos. Gemí de dolor y me concentré luego en estar quieto y callado.
Había un haz de luz atravesando lo que parecía un pasillo. No, tenía que esperar, las luces se estaban encendiendo poco a poco y cuando la que estaba en frente de mi lo hizo quedé ciego y lo único que atiné fue a cerrar los ojos para posteriormente acostumbrarlos a esa aniquilante luminiscencia. Poco a poco, adaptado, logré ver a mí alrededor. Era una celda, parecida a una caverna y el ruido que había era de un pequeño generador. La puerta de barrotes estaba semi abierta, algún fanfarrón que no cree necesario cerrar, el reo jamás va a escapar, tal y como en Sing-Sing.
Me incliné hacia delante y las cadenas se desviaron a mi ángulo, los eslabones tintinearon como cascabeles, la pared parecía lo suficientemente vieja y húmeda como para soltar los tornillos de la placa metálica engarzaba a ella y con la fuerza suficiente hacia abajo se soltarían. El lugar no lucía como si alguien pudiese enterarse de que alguien intenta escapar.
Ocupando la escasa fuerza que aún contenían mis brazos tiré de ellos, aguantando el dolor de los músculos dormidos y casi desgarrados, reprimí un gran gemido y los pernos oxidados comenzaron a ceder lentamente al principio. Sólo necesité de uno que cayera primero, y ese fue crédito para continuar. La pesada placa cayó al suelo y descansé pocos segundos y con la mano dormida cogí la cadena del segundo jalándola de inmediato.
Me estremecí al ruido del metal colisionando contra el piso de cemento deslavado, mis dedos fríos y tullidos abrieron los broches de los grilletes y quedé en libertad, ahora el único y gran problema era salir ileso de este lugar. Caminé hasta la puerta de barrotes y tuve que levantarla un poco para poder abrirla mejor.
El pasillo era un hueco largo y sin nada en particular, como una nave de museo, lleno de recovecos y barrotes, y el gris tintado de las paredes y el piso dejando que el lugar tuviese un son de uniformidad pétrea.
Agarré mis manos en un enlace sobre mi pecho tratando de entran en calor y refrenar el dolor. Me sentí indefenso en medio de ese cubículo lineal y eterno, a pesar de no haber peligro, la soledad era tormentosa y el silencio dominante guiaba mis pasos hasta la puerta doble del final. Tomé entre mis dedos la barra paralela que servía de tirador y la empujé.
El cubo parecía una sala de espera, había un diario mural con algunos afiches de sanidad enganchados a él y reportes de noticias, además del cartel con mi cara y la de Aline en medio del tonel de papeles, una mesa de centro con una planta marchita y revistas de Cosmopolitan y Vogue. Un sofá de cuero color avellana donde reposaba una guitarra vieja sólo con dos cuerdas. Pensé de inmediato en Alexander y el primer encuentro en el hospital, seguramente esas cosas habían sido suyas al igual que las hojas de pentagramas y notas musicales puestas al azar. Tenía un poco de conocimiento de música, esas notas no habían sido dispuestas para crear una melodía, quizás estaban dándome un mensaje o quizás era sólo mi imaginación.
Me encaminé hasta la siguiente puerta doble abriéndola de paso. El cuarto consiguiente era un estrecho rectángulo de dos metros por tres, con una ventana polarizada un escritorio a lo largo de esta y una silla. Había un micrófono puesto en la mesa y un par de monitores con hormigas blancas y negras peleándose además de más partituras y una hoja con un dibujo de una mano en ella. No le hice demasiado caso, me dediqué a girar de las perillas de los monitores para ver si captaba algo en las pantallas, di tres giros a la primera y nada ocurrió, en cambio la segunda tuvo más suerte y obtuve algo que me dejó perplejo.
Era una camilla y en el monocromático blando y negro de la pantalla se podía divisar la silueta de un hombre acostado en ella, una mancha más oscura en el vientre y su respiración complicada.
«Mierda, es Aleksei»
Cogí el micrófono pero el cable estaba quemado, entonces me abalancé sobre la puerta pequeña del costado pero un tablero electrónico me impidió el paso.
—Necesito un código de seguridad ¿Dónde está?
Tomé las hojas dispuestas en la mesa revisando cada una pero sólo eran notas y frases incongruentes. Fruncí el seño cuando pasó ante mí el dibujo de la mano y los grabados en los dedos, con letras. El papel era considerablemente antiguo y tuve que ponerlo cerca de mis ojos para notar lo que decía. Cuando la vista del foco medio del cuarto y el brillo del papel me dejaron ver algo me incliné hacía atrás completamente sorprendido.
—No es un dibujo infantil, es una mano guidoniana ¿Qué hace esto en un lugar como este? —Miré a mi alrededor «Bien, no es que me esté volviendo loco, el lugar ha tenido representaciones de la música, las partituras, la guitarra, la mano guidoniana que permitía a los aprendices de la música guiarse con las notas a través de sus dedos marcados en ella ¿Pero que tienen que ver?» Lo pensé por dos segundos hasta recordar las frases que había leído escritas sobre los pentagramas, una en particular.
SAN JUAN
Volqué sobre los archivos otra vez, si estaba en lo correcto, las frases comenzaban a tomar forma. Sólo bastaba ponerlos de una manera secuencial y coherente.
"Para que puedan
exaltar a pleno pulmón
las maravillas
estos siervos tuyos
perdona la falta
de nuestros labios impuros
San Juan"
—Ut queant laxis de Pablo el Diácono, el himno del San Juan Bautista ¿Qué hace el poema de las notas musicales aquí? Se supone que Do, Re, Mi, Fa, Sol, La, y Si son las dos primeras letras de cada verso en latín… qué raro… eso es… en latín… no el norteamericano, espera… —Di vuelta la hoja de la mano de Guido hallando un escrito, parecía un memo para alguien.
"Raúl, sé que olvidas siempre el código de la puerta, por eso te hice esta mano ¿Estás estudiando música, verdad? Supongo que esto va a ayudarte, además lo he puesto en el código latino, en la escala mayor de Do.
-Mi hermana mayor fue la sexta en nacer
Volando a través de velos uno se dejó caer-
Recuerda eso para los dos primeros dígitos, y para los otros, bueno es aún más fácil
-Yo y después de mi… ya sabes, la justa-"
Entrecerré los ojos acercándome lentamente al tablero digital colocando mi dedo sobre el primer número.
«Mi hermana mayor fue la sexta en nacer, obvio, sexta mayor, en latino, La, valor numérico: seis»
6
«Volando a través de velos uno se dejó caer» Moví mi dedo desde esa posición al nueve, no había ninguna nota con ese número aun así lo presioné.
9
«Yo y después de mi… ya sabes, la justa… mi… es yo, número tres»
3
«Y después de mi, después de mi… ¿Fa? ¿Cuarta justa?»
4
Los números de color verde se pusieron ante mí en una fila.
6934
Una luz color rojo parpadeó insistentemente hasta que apreté el botón "OK". El tablero emitió un pitido como un electrocardiograma de hospital y luego uno sostenido. Se escuchó un chasquido y la puerta se abrió parsimoniosamente hasta donde pudo puesto que la empujé violentamente todo lo que pude para entrar y auxiliar a Aleksei.
—¡Aleksei, maldición qué te han hecho! —Corrí hasta la camilla colocando mis manos sobre su abdomen, se empaparon de rojo, la camisa del hombre estaba rebalsada y no absorbía nada más—. Esto es mi culpa, maldita sea, Aleksei quédate conmigo, hombre.
—Drew… —Lamentó el otro cuando ejercí presión, no quería ver la herida, si era una bala o una estocada, sólo me quedé allí presionando para que no se desangrara—. Necesitas… encontrar la… salida. Tienes que… marcharte.
—Olvídalo, estás metido en esto por mi culpa, no te dejaré solo —Mantuvo sus ojos cerrados, algo en mí me hizo creer que sonreiría, pero lo abandonó a medio camino—. ¿Qué ha pasado?
—Cortan la mano… del que los traicione —Contestó con dificultad—. Merezco algo peor… de alguna forma… han sido indulgentes.
—¡No seas ridículo, te están dejando morir como un animal en matadero, eso no es indulgente —Escuché un ruido en la puerta y giré la mirada encontrándome con la silueta delgada de Amanda en el umbral, tenía una pierna vendada y caminaba extraño, sus ojos estaban enrojecidos, había estado llorando—. ¡Amanda, ayúdame, se está muriendo!
—Lo sé… —Contestó tranquilamente observándome con sorna—. Yo lo hice…
—¿Qué…? ¡Por qué! ¡Se supone que estás en contra de ellos! —Sentí el ardiente enojo por mis venas recorriendo mi cuerpo, matando el raciocinio—. ¿Por qué les ayudas?
—Si yo fuese tú me ocuparía de mí, sólo velo por mi familia o lo que queda de ella —Desvió el rostro hasta los frascos con contenidos tóxicos—. Algún día me entenderás.
—¡Puras patrañas, sólo estás huyendo, desertando de lo que realmente eres! —Cogí un bisturí cercano—. Si te acercas, no lo dudaré, ni medio segundo… no eres nada, no eres nadie. Y pensar de que confié en ti, pudiste haberme matado, oh Dios, por eso, ahora todo está tan claro.
—Tal vez, pero ambos sabemos que no vas a hacerlo, no eres de esta forma —Parpadeó y unas lágrimas cayeron de sus ojos, alcé el cortante más alto y la mano de Aleksei tocó mis dedos, fríos, como el gélido hielo de la nieve—. ¡Idiota, qué no vez que no me interesa! ¡Mátame si lo deseas, mátame si eso te hace feliz, de todas maneras, él y yo estamos muertos! Todos muertos…
—No si puedo corregirlo, has buscado y arrastrado a campo de minas donde es difícil escapar, sólo deseo tener una segunda oportunidad y en ella, no estás tú —Se escuchó un ruido ahogado entre las paredes fría de lo que parecía la sala de operaciones de un hospital, no necesitaba ver a mi costado para constatar que el horrible designio de Amanda se había cumplido. Aferré el bisturí más fuerte, sintiendo el metal bruñido contra mi piel y mis dedos colocados en posición de ataque, mi siniestra bajó suavemente del torso de Aleksei hasta tocar mi pierna goteando la sangre ajena y copiosa—. Si eres parte de esto será mejor que te apartes de mi camino, no soy aquel que brinda una segunda chance a aquellos que no la merecen, no estoy amenazándote, pero si me impides avanzar, ejerceré mi propia justicia.
—Tremendo valor el tuyo, cuando te vi, cuando te trajeron hasta mí, hubiese preferido que estuvieses muerto, pero no. Todo estaba bien logrado, una mentira tejida en hilos finos de seda que no tardaron en enredarse —Me observó calmadamente su mente seguía gritándole que uno de los dos terminaría muerto al final de la conversación mientras yo me erguía rígidamente convenciéndome de que ese no sería yo—. Si no lo haces tú, enviarán a alguien de todas formas y lo harán ¿Qué más da?
Dio un paso solemne como quien camina al cadalso donde será ejecutado por su verdugo, de pronto estaba muy cerca, el filo de la navaja médica brilló junto a sus lágrimas encontrándose en su cuello desnudo de composición huesuda y falto de rigidez. Me vi tentado a avanzar, pero mi mano bajó inconsciente, soltando el objeto el cual repicó el en suelo y descansó allí.
—No soy esa clase de persona —Susurré empujándola suavemente a un costado—. Aún tengo cosas que hacer, me voy.
Las palabras se atoraron en la puerta de la sala. No estaba dispuesto a escuchar otra maldita palabra que proviniera de su boca, ni menos que fuese una mentira, observé a mi alrededor nuevamente, en el cubículo estrecho, las cámaras ya no funcionaban y las piezas musicales había desaparecido a excepción de la mano de Guido, por uno de aquellos actos que la mente humana no comprende estiré la mano izquierda posándola en el papel, estirada y los dedos calzaron en el contorno negro del lápiz, justo.
Cuadraba. Manchándolo todo de sangre.
La retiré, Do, Re, Mi, Fa, Sol, La, Si, entonaban otra melodía ahora. Un cántico paralítico, infructuoso de tonos y acordes desafinados. Una a una se mezcló en torno a la mesa donde reposaba la hoja desenvainando sus líneas de terror, regando el lugar de óxido y sangre infecta.
Paredes de un conservatorio de demencia, coplas ininteligibles de dolor nauseabundo, corrompido y muerto. El suelo era el lado subyacente de la oscuridad del fondo y poco a poco enfilé hacia adelante donde el camino se había transformado en uno rectilíneo y mortuorio.
Clio se paró en frente de la escalinata de cuatro peldaños del hotel, observando el enmohecido toldo que le brindaba un sombría bienvenida, el cartel que anunciaba en nombre del edificio estaba mudo en este momento, había trotado hasta llegar aquí ilesa de los monstruos que se volcaban en la calle, asechándole en medio de las sombras de los callejones. Dedicó un vistazo somero encima de la puerta doble de madera recorriendo el trecho de pocos metros que los separaba, el pomo de la puerta derecha estaba roto y sólo tuvo que empujar de la lámina para poder ingresar. La madera se había hinchado culpa de la humedad, por lo que abrir fue un desafío. El pasillo de antaño fue oscuro y la tierra que pululaba en el lugar remplazaba a la neblina del exterior.
Recordó que la primera vez reconoció el hall principal, donde los pilares partidos se conservaban aún en ese lugar y los fragmentos del jarrón que había destrozado en la cabeza de Alexander. Dio un par de pasos torpes en la cerámica del edificio y comprobó la soledad que le embargaba. El aire electrificado del corredor, igual que en el apartamento que habitaba y el magnetismo propio de la inopia. Cruzó los estrechos bloques de ladrillos y cemento y se detuvo en la segunda puerta de la derecha, parecía un cuarto de hotel, aunque la falta de numeración en la habitación le hiso dudar, quizás un cuarto de limpieza o algo similar. De pronto estaba pensando en muchas posibilidades, pero una sola estaba completamente confirmada, un ruido vago, como el maullido de un gato oculto bajo un mueble resonó en las paredes levemente.
Se acercó con suma cautela, deslizando la mano en la madera mientras la otra se dirige a la manilla redonda y la gira suavemente. Un haz de luz iluminó la pared de al lado, dándole a entender que sí era un cuarto de hotel y que el ruido provenía del baño, un aposento que no superaba los seis metros cuadrados. Otra puerta, esta vez cerrada le impidió el paso, pero el ruido de sollozos, cada vez más claros, confirmaban que alguien estaba dentro.
—¿Hola, hay alguien allí? —Tocó la puerta con los nudillos en seco—. Intento ayudarte.
—¡Largo de aquí, déjame en paz! —Clio se sorprendió un poco inclinándose hacia atrás apenas unos milímetros, sin embargo, la voz melodiosa y femenina viajando por la habitación volvió a estremecerla, porque su timbre lo reconocería luego de tanto tiempo.
—¿Aline? Aline, soy yo, Clio ¿Me recuerdas?
—¡Vete! —La pelinegra estrechó los ojos, frunciendo el ceño.
—No seas idiota, tu hermano te está buscando, ven, ahora corre serio peligro —La muchacha tomó el pomo y trató de abrir, aún estaba con seguro y el ruido había cesado—. Aline, por favor, tenemos que encontrarlo o morirá.
—No puedo… —Clio se apegó a la puerta intentando oír los susurros de su interlocutora—. Es mi culpa… todo es mi culpa…
—¿Y qué más da? ¡Sal de allí y si es tu culpa entonces enfrenta el problema, no huyas! —Clio tiró de la manilla quedando con ella en la mano, aun así, la puerta no se abrió—. ¿Aline qué está pasando? ¡Aline, me oyes!
La joven no respondió, Clio raspó la pared con las uñas y su corazón se agitó en sus costillas, el aire estaba cambiando y en menos de tres segundo la pintura comenzó a caer al suelo convertido en rejas. La pared desapareció y ella quedó aferrada de los barrotes de una celda, observando el cubículo del interior, en lo que parecía una litera se encontraba Aline sentada y cobijada por sus piernas. Sintió el terror de encontrarse en aquel mundo de rejas y óxido, teniendo a Aline encerrada en una especie de prisión mientras su único papel en esta obra era el de un observador en una tragedia que recién comienza.
To be Continue.
N/A: Ya, acabé con este capítulo del mal XD que es el penúltimo… de la primera parte LOL, porque sip, he decidido dividir la historia en dos partes que estarán en el mismo archivo porque me da flojera postear otra historia con el mismo nombre sólo poniéndole un "II" al final XDDD
Ñe~ ya sé que me tardé pero el mundo me absorbe y ya casi no puedo escribir como antes, aunque ahora estoy de vacaciones por… una semana ;_; ¡Hago mi mejor esfuerzo, no me maten! Okay, creo que no queda bien claro quién es el "Enemigo hipotético" la verdad, simbológicamente hablando, se trata de dos, el primero Alexander que si bien es un enemigo no es uno como tal en este momento y el segundo es Drew en su calidad de buscado por la policía y como protagonista/antagonista para los malosos. Pueden tomarlo para cualquiera, es bastante ambiguo e incluso pensé en cambiarlo, pero se queda porque me gustó mucho como suena y la relación que ustedes puedan darle :3
Por otro lado… me siento aún reticente a esta "purga" por darle un nombre a lo de FF, si desaparezco es porque me sigo mariconeando con lo del rango M XD (Pondré las explicaciones en mi perfil)
So… me despido amándolos a todo, dejen o no dejen review para esta alma pútrida de Silent Hill :D
¡Y comenten, sugieran, critiquen y disfruten!
