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EL DRAGÓN DORADO
Escrito por El Palabragrís


Libro Segundo
El Juicio de Galdabia

Capítulo X ~ Bajo el acecho del rubí

Fue como un viento terrible que nació de pronto para invadirla, consumiéndola en el vendaval; y aunque por un momento le pareció verlo a lo lejos sujetándose con dificultad a un arma agrietada mientras las sombras lo clamaban, la imagen de Gourry desapareció como en un parpadeo. Entonces, el dragón se manifestó sobre ella, observándola fijamente con ojos dorados mientras la acompañaba en el viaje hacia el abismo.

Qué pesados resultaron ser sus párpados, los que únicamente buscaban cerrarse ante la vista del ser poderoso, y qué costosa tarea significaba mover algún miembro de su cuerpo, el cual parecía lánguido y ausente en su caída. Con la mente aún dormida, la hechicera se perfiló sin detención hacia las sombras de la noche, donde su alma sería consumida para ya no existir más.

Y cuando el fondo profundo por fin apareció ante ellos, brillando desde lo negro con una luz extraña e informe, el dragón alzó su cabeza hacia el cielo de nubes amenazantes y pardas, y emitió un grito que se confundió con un lamento. ¿Era por la hechicera que caía sin cuerdas que la sujetasen o quizás por algo más? Cómo podría saberlo si de pronto el dragón desapareció de su vista, devorada por el agua y el remolino.

El fondo no era tal, sino que una especie de lago oculto en el que se sumergió y hundió. Clamó en su interior por un hechizo que la salvara de la muerte segura, pero en su mente no se agitó ninguna fibra: su magia —se dio cuenta en ese momento— había sido acallada; él había desaparecido. Todo estaba perdido. No, no podía rendirse, ¡no ella!, pero al mismo tiempo, jamás se había sentido tan desamparada.

Entonces, despertó con el sonido del batir de los pastos que se levantaban altos a su alrededor. Y la brisa que acompañaba a este sonido, aunque era fría como viento de invierno, también resultaba reconfortante. Abrió los ojos con lentitud y movió la mano que había ante éstos, percatándose de que quizás había recuperado el control.

«Ven. Sígueme».

La voz que apareció repentinamente en su cabeza, y que reconoció en el acto, la despabiló por completo. Levantó el cuerpo de un salto, invadida por energías renovadas, y llevó la vista al cielo, donde el sol que adornaba aquel eterno techo celeste intentó cegarla, mientras el viento jugueteaba con su cabello rojizo y con la larga capa oscura, símbolo de su posición como maga, que adornaba la espalda de sus ropas.

Vio que en lo alto el dragón dorado se había detenido en su vuelo, batiendo las alas para mantenerse en el aire mientras la miraba fijamente. Ella comprendió el mensaje y cuando el dragón reanudó su viaje hacia algún lugar en el horizonte, ella lo siguió sin dudarlo. Debió hacerlo por tierra, como un mero mortal sin mayores atributos, incapaz de invocar su magia para volar. Aquello, como era obvio, la perturbaba, pero si era consciente de algo en aquel lugar de la inconsciencia era de algo: ese problema tendría que quedar para después.

El sudor y el cansancio hicieron presa de ella en cuestión de minutos, pues corrió largamente y sin detenerse. Y cuando se permitió observar en rededor a su presencia, se percató de que se había adentrado en lo profundo de un frondoso bosque. Se apoyó contra un árbol, recuperando el aliento, y lo golpeó varias con el puño, incapaz de seguir soportando el sentirse tan vulnerable.

Entonces, oyó pasos detrás de ella. Parecía una bestia que se escondía detrás de los arbustos y bajo las sombras de las copas que no permitían el paso de la luz del sol. Sin esperar a ver qué era, pensó en invocar un Fire Ball para espantar a la criatura; nuevamente había olvidado que ya no tenía magia, lo recordó en ese momento.

Sin más opciones ni deseos de entregarse como una presa fácil en ese sitio desconocido, se encaminó con cuidado a través de los senderos de la arboleda, evitando hacer mucho ruido mientras mantenía los oídos atentos ante cualquier cosa. Su marcha comenzó lenta, sin embargo, fue acelerando el paso conforme avanzaba, y el sonido que la seguía también se movía al mismo ritmo que ella, imitándola: si ella se detenía, los pasos se detenían; ella avanzaba rápido, los pasos hacían lo mismo.

—¡Sal de una vez! —desafió la hechicera, volteándose para enfrentar al ente. Su paciencia, ya puesta a prueba con anterioridad, se había agotado.

Sin embargo, nada ni nadie salió de la espesura y Lina se encontró nuevamente sola, podía sentirlo, en medio del bosque. Los únicos sonidos siendo el roce de las hojas al ser movidas por la brisa.

—¡Je! —exclamó, sacudiéndose las manos para congratularse—. Cobarde.

Fue cuando se volteó para proseguir con su camino, ahora con mayor seguridad, cuando el mundo de Lina se puso de cabeza. Pues al girar el rostro descubrió que ya no estaba en ese bosque, por inexplicable que fuese (y lo era), sino que se encontraba en un recinto cerrado: un poco iluminado pasillo de piedras grises, en cuyo suelo había una larga, aunque angosta, alfombra roja que se perdía en lo profundo, y en cuyo techo había uno que otro candelabro de pocas velas que se mantenían encendidas. En las paredes de ambos lados se presentaban muchas puertas, todas con el mismo color blanquecino y con los mismos caracteres de idiomas desconocidos inscritos en sus bisagras y uniones.

Lina se sacudió los cabellos y golpeó el piso con el pie muchas veces, harta.

—¡¿Qué demonios está pasando aquí?! —gritó, molesta y ofendida, pues sentía que alguien estaba jugando con ella—. ¡Que yo no pueda usar magia no significa que tú sí puedas hacer gala de ella!

Su voz resonó por el pasillo con un eco que pareció amplificar la furia en sus palabras. Por supuesto, nadie respondió.

—Por los dioses... —maldijo bajo su aliento y, no viendo más alternativas, reanudó su caminar. Primero inspeccionó el lugar con la mirada, buscando peligros como trampas o enemigos ocultos, y también pistas que le indicara dónde estaba ahora y quién era el causante de todo ese alboroto en el que se hallaba metida. No encontró ni lo uno ni lo otro.

Con una mezcla de nerviosa tranquilidad, decisión, ansia e ira contenida, comenzó también a inspeccionar las puertas, abriéndolas de una en una. En algunas sólo encontraba recámaras vacías y oscuras, sin una vela o antorcha que las iluminara, en otras descubría que las puertas no eran nada y que al abrirlas sólo se encontraba con la misma pared del pasillo detrás de ellas. Sin embargo, había algunas puertas que eran más intrigantes, pues llevaban a otros pasillos idénticos al donde ella se encontraba.

Caminó y caminó, abriendo y cerrando puertas por minutos; avanzó y avanzó, golpeando y dando portazos por lo que ya parecían horas, y nunca, ¡nunca!, encontró algo distinto al pasillo o a la recámara vacía. Todo tenía un límite y su paciencia lo había alcanzado hace mucho. Lanzó un grito de frustración al aire, sintiendo como un fuego se encendía en su interior, y echó a correr por los múltiples pasillos, ingresando y saliendo al azar a través de ellos. Derribó puertas con patadas voladoras y no se arrepintió, por el contrario, se sintió a gusto y deseó más.

Sin embargo, un eco nuevo resonó en el laberinto y Lina lo reconoció como el mismo sonido de pasos que había escuchado en el bosque, sólo que en esta ocasión el sonido no se ocultaba a su espalda, sino que se encaminaba lentamente hacia ella a través del camino recto del corredor. La poca luz emanada por las velas no permitía ver bien, pero pronto la hechicera pudo distinguir una silueta humana que se acercaba a ella. Se llevó la mano al cinto y sujetó la empuñadura de la daga, su única arma, sabiendo que quizás tendría que hacer uso de ella para defenderse.

—¡Alto ahí! —gritó amenazante cuando la figura ya se encontraba a sólo unos metros de ella. Contó con que si a ella le costaba distinguir a la persona de pie directamente delante de sus ojos, quizás al desconocido le ocurriera lo mismo. Eso podría darle algo de ventaja, pues los ponía en igualdad de condiciones—. No te acerques más o te arrepentirás. ¿Quién eres y por qué me estás persiguiendo?

La figura se detuvo por un momento tras la advertencia de Lina, pero al cabo de unos segundos reanudó su caminar hacia ella, quizás con poco más de precaución, pero no se volvió a detener.

—Te lo advierto... —amenazó la hechicera por última vez, tensando el cuerpo y sujetando con mayor ferocidad la daga. Sin embargo, todas sus defensas fueron rotas cuando la figura se acercó lo suficiente como para volverse distinguible bajo la trémula luz. Era algo que no se esperaba.

—¿Lina? —preguntó Gourry, aparentemente tan confundido como su compañera—. ¿Qué estás haciendo aquí?

Sin mediar mayores explicaciones, Lina destensó el cuerpo, dejó a un lado la empuñadura de la daga y corrió hacia su guardián con los brazos abiertos y una sonrisa gigantesca dibujada en el rostro. Aunque por la expresión de su cara se veía que el espadachín no entendía gran cosa de lo que estaba pasando, también abrió los brazos y sonrió en respuesta, listo para abrazar a su compañera en un cálido reencuentro. Sin embargo, lo único que recibió fue un potente y certero rodillazo en la nariz, el cual lo hizo caer con fuerza sobre la alfombra del pasillo, donde Lina, con un movimiento experimentado, hizo que todo su peso reposara sobre el rostro del desafortunado, aumentando el daño lo más que se pudiera.

¡¿Ge' ge'ej ge' hajej, Ginha?! (¡¿Qué crees que haces, Lina?!) —exclamó el espadachín, con tanta sorpresa como dolor, apretándose la nariz con los dedos para contener la hemorragia.

—¡No me hables en idiomas extraños, pedazo de tonto! —lo amenazó ella, apuntándolo con un dedo, con la otra mano apoyada con fuerza en la cintura y un pie sobre el pecho del guerrero. Toda su ira, acumulada quién sabe desde cuándo, estaba siendo liberada en un solo torrente de peligro—. ¡¿Cómo es eso de desaparecerte de repente para después estar acechándome?! ¡Y te haces llamar mi guardián!

—¿De qué estás hablando? —se defendió Gourry—. ¿Y podrías quitar tu pie de encima? ¡Duele!

La respuesta de Lina fue inclinar el cuerpo hacia abajo, acercando su rostro al de su guardián hasta estar casi nariz contra nariz, mientras una sonrisa bestial, con un pequeño colmillo incluido, se aparecía en su rostro.

—Aún no conoces el verdadero significado del dolor... —murmuró con voz grave, haciendo notar que hablaba en serio. A Gourry se le erizaron todos los vellos del cuerpo por el escalofrío que de pronto le recorrió la espina dorsal.

Más tarde, ambos se encontrarían recorriendo juntos por los pasillos. Ella con ambas manos en la nuca, estudiando ahora con más calma todos los recovecos que los pasillos y sus puertas ofrecían, aún buscando pistas para salir de ahí; él, cojeando notoriamente y lleno de moretones tras recibir un, a su parecer, injusto castigo.

—Si no te apresuras te quedarás atrás —advirtió Lina, sonriente, mientras apuraba un poco el paso.

—Eres muy cruel... —respondió el espadachín, dejando escapar un visible suspiro. Lina sólo rió tontamente.

Los pasos de ambos ahora resonaban al unísono mientras avanzaban. El ambiente, al menos para Lina, se había vuelto mucho más ameno, agradable y cálido que cuando caminaba sola buscando una salida. Le costaba admitirlo, incluso en su fuero interno, pero se sentía feliz de tener a su compañero a su lado para acompañarla en esa aventura. Por no decir, también, que se sentía mucho más segura al tener una espada dispuesta a protegerla ante cualquier peligro que se presentara, especialmente al ser incapaz de invocar aun el más básico de los hechizos. Por supuesto, eso era tabú, jamás se lo diría a Gourry y, de hecho, en cuanto el pensamiento apareció en su cabeza lo reprimió de inmediato: ella era, después de todo, Lina Inverse, no necesitaba depender de nadie para defenderse... O al menos a esa premisa se sujetaba su esperanza, la que de a poco amenazaba con tambalear.

Justo cuando el ánimo de la hechicera estaba a punto de volver a caerse, Gourry la llamó a su espalda.

—¡Idiota! —exclamó ella, alarmada al ver que el espadachín miraba boquiabierto a través de una de las puertas abiertas—. ¡Son puertas mágicas, te dije que no las abrieras por tu cuen-!

Sin embargo, cuando llegó donde su compañero y vio lo que él veía a través de la puerta, toda queja se le atragantó en la garganta: se trataba de una recámara amplia y muy poco iluminada, como muchas otras de las que ya habían inspeccionado antes, pero había en el centro de ella una gran mesa rectangular repleta de comida; platillos que a todas luces se veían exquisitos y licores que hasta para los ojos inexpertos parecían maná de vida. No se percataron de haberlo hecho, pero de un momento a otro, tal como si fueran niños, tanto Lina como Gourry se encontraban en una casual guerra por la comida, donde el tenedor más rápido podía hacerse con la presa de pollo más gruesa y donde la mano más rápida podía alcanzar el más grande vaso del mejor vino que estuviera al alcance. Fue un momento de éxtasis, de felicidad absoluta. Por un tiempo toda preocupación que Lina tuviera, el estar perdidos en esa telaraña de pasillos sin salida o la ausencia de sus poderes mágicos, significaron nada. El mayor placer había hecho presa de ella, y su mente y su ser sólo se contentaba con degustar esa sabrosa comida, sin que la pregunta de cómo esta había llegado ahí se le cruzara por la cabeza.

Pero todo fue interrumpido de forma abrupta por un potente ruido proveniente de muy lejos. Parecía venir de las entrañas del laberinto y era muy similar a un rugido, como si una bestia quisiera llamar la atención de sus comensales. Lina y Gourry dejaron de comer de inmediato, mirándose a los ojos por un segundo.

—Voy a ver de qué se trata —avisó el espadachín, poniéndose de pie repentinamente. Su rostro era serio, muy serio, y antes de correr hacia la puerta que lo sacaría de esa habitación ya había desenvainado la espada, como sabiendo que se enfrentaría pronto a un gran peligro.

El movimiento fue muy rápido como para que Lina, que tenía las manos ocupadas y la boca llena de comida, pudiera detenerlo. Para cuando pudo levantarse y dirigirse hacia la puerta por la que Gourry había salido corriendo, éste ya se había perdido de vista en la oscuridad del pasillo. Ni siquiera se oían sus pasos.

Pareció, de pronto, como si comenzara a correr una brisa muy fría que provocó un remezón eléctrico en el cuerpo de Lina. No pudo evitar sentir una soledad inmensa y triste ahora que su guardián se había ido nuevamente. Por algún motivo, se sonrojó. Apretó la mandíbula con fuerza, en un intento vano por contener sus emociones, y sin pensarlo un momento se llevó las manos alrededor de la boca y gritó con todas sus fuerzas, esperanzada en que su compañero la oiría:

—¡PEDAZO DE TONTO!

Su voz causó un eco poderoso y el rebote de éste en las paredes aumentó y aumentó alrededor de ella hasta perforar su cabeza. Incapaz de comprender qué estaba pasando ahora, Lina se llevó ambas manos a los oídos, pues el dolor en sus tímpanos comenzó a volverse insoportable, invadiendo su cabeza como agujas que se clavaban en su cerebro. Entonces un fuego invadió todo su cuerpo, quemándole las entrañas. Incapaz de mantenerse en pie, se cayó hacia un costado, donde quedó recostada como un bulto apesadumbrado y doliente contra el umbral de la puerta. No supo cuándo comenzó a hacerlo, pero de pronto escuchó su propia voz, pues estaba gritando con angustia. Entonces, cuando ya todo se le hizo insoportable, sintió que perdía la consciencia y lo agradeció, pues en ese momento hasta morir hubiese sido mucho más agradable que el pitido agudo y profundo que sentía y que le carcomía la cabeza como un taladro.

Pero de un segundo a otro hubo silencio.

Con la misma tenacidad con la que se habían manifestado, tanto el dolor como el ruido infernal desaparecieron sin dejar rastro, extraviándose en el pasado. Lina abrió los ojos de forma lenta, justo al tiempo en que una gota de sudor frío se deslizaba desde su frente hasta cruzar por su boca, de la cual brotaba una respiración arrítmica y agitada. Quiso llevar los ojos a su alrededor para investigar dónde se encontraba ahora, pero debió interrumpirse para llevarse una mano a la boca, pues por un momento creyó que vomitaría. Sin embargo, el malestar pasó con rapidez y sin dejar consecuencia más que un leve mareo.

Cuando por fin pudo revisar sus alrededores, la hechicera no logró ocultar su sorpresa, pues a un costado de su cama, durmiendo con algo de dificultad, como si estuviera inmersa en medio de un mal sueño, se encontraba Amelia. La observó por un momento mientras el sueño de su antigua compañera de viaje se tranquilizaba, al igual que su propia respiración, de la que iba recuperando el control conforme los segundos pasaban, y se preguntó cuándo había llegado ella, la princesa de Saillune, ahí. O quizás era al revés... Abandonó las preguntas de inmediato; el simple hecho de cuestionarse algo tan complejo, especialmente tras lo que había vivido, hacía que la cabeza volviese darle vueltas.

Pero sí debía preguntarse algo: dónde estaba y qué estaba ocurriendo. Continuó mirando a su alrededor (evitando mirar a su compañera dormida, porque si volvía a posar los ojos sobre ella, sentiría nuevamente las náuseas y quizás esta vez no podría evitar el resultado final) y se percató de varias cosas: por algún motivo ya no vestía sus hombreras ni capa, lo que era medianamente afortunado, pues el calor que estas otorgaban, a pesar de no ser su primera función, habrían empeorado el sudor que le había empapado todo el cuerpo; además, estaba metida dentro de una bolsa para dormir, al interior de una tienda de campaña cuyas paredes de tela verdosa y oscura oscilaban con liviandad ante una brisa nocturna, pues por la luz parecía ser de noche.

«Algo en todo esto me resulta familiar», se dijo.

Sintiendo que parte de sus fuerzas volvían a ella, decidió salir de la tienda para ver qué había afuera, pero cuando al intentar levantarse, trastabilló y se apoyó sobre Amelia. La princesa de Saillune no se dio por enterada y siguió durmiendo en un sueño ahora más tranquilo; fue afortunada, pues no vio como Lina vació parte de lo que había comido debajo de su bolsa para dormir.

«Aj… No recuerdo que Amelia me cayera tan mal...», volvió a pensar mientras por fin se ponía de pie, fingiendo una pequeña sonrisa, para por fin salir de la tienda, apoyándose con lo que pudiera para sopesar el mareo. Sin embargo, sintió de pronto que volvería a vomitar al reconocer el escenario que se presentaba ante ella: se hallaba de pie en el desierto donde se erguían los monolitos de la Biblia Claire. No había estado en ese lugar desde antes de su batalla contra el Amo del Infierno, cuando marchaba en busca del conocimiento de la Biblia original. Y tal como en esa ocasión, cuando salió de la tienda descubrió que Gourry se encontraba sentado en soledad ante una fogata, probando un bocado mientras montaba guardia.

La brisa volvió a soplar cuando ella inició la caminata para sentarse junto a su compañero, tal como lo hiciera en el pasado, cuando compartieron aquel lejano momento de intimidad del que sólo los innumerables monolitos fueron testigos. Sin embargo, ahora algo era diferente. Se podía sentir en el aire, como si se tratase de una presión distinta, de un sentimiento muy lejano al ansia nacida por el deseo de ver a alguien.

—¿Quién eres? —preguntó Lina de espaldas al hombre de largos cabellos rubios que estaba sentado ante aquella fogata.

—Gabranth —respondió él, volteándose.

El corazón de Lina dio un respingo al reconocer en ese rostro humano al dragón dorado cuya historia había visto en la visión de la Gema de Cecile. Dio un salto hacia atrás de puro instinto y se llevó una mano a la empuñadura de la daga, pero descubrió que ésta no estaba en su cintura y se dio cuenta de que estaba completamente desarmada ante un ser cuya sola existencia causaba que todo se volviese aun más extraño y peligroso. Sin embargo, el dragón dorado, de rostro estoico, aunque triste, la invitó a sentarse a su lado con un amable gesto de mano.

Lina dudó por un momento y el dragón pareció entender su preocupación.

—Puedes estar tranquila —le dijo, y el tono su voz sonó poderoso, como se esperaría para alguien de su raza—, no tengo planeado hacerte ningún mal. Sólo quiero conversar.

—¿De qué tendríamos que conversar tú y yo? —respondió la hechicera, aunque en su cabeza ya habían comenzado a agolparse muchas preguntas que le hubiera gustado hacer a aquel ser.

—De lo que quieras —respondió el dragón, volviéndose nuevamente hacia la fogata. Esto molestó a Lina, quien no pudo evitar comprarlo con Gourry al verle la espalda, pero su molestia se disipó ante el siguiente comentario de Gabranth—: estamos en tu mundo.

—¿Mi mundo? ¿Qué quieres decir con eso?

—Sólo eso.

—No entiendo.

Entonces, el dragón volvió a posar sus ojos dorados sobre la hechicera, la que no pudo contener un escalofrío al sentir el poder de la mirada que el hombre ante ella emanaba.

—Imagina algo y se hará realidad —explicó.

—¿Qué?

—Piensa en agua y podrás convertir este desierto en un mar; piensa en oro y los granos de esta arena se convertirán en el más precioso metal.

—¿De qué estás hablando? —interrumpió la hechicera, arqueando una ceja, sin embargo, contempló con asombro como la arena a sus pies efectivamente se volvía dorada como el oro. Recogió un poco y no pudo creerlo.

—Como dije, estamos en tu mundo. En tu cabeza, en tu mente.

—¿Ésta es mi mente? —se preguntó la hechicera.

—¿No te habías percatado? Tu deseo por verlo, tu confusión que se vuelve un laberinto lleno de posibilidades, tu ansia por regresar a épocas con mayor esperanza. Todo se reúne dentro de tu ser.

—Entonces —meditó Lina—, ¿estoy soñando?

—No —respondió el dragón, evitando que Lina se pellizcara (le faltaron centímetros para que su mano llegara a su mejilla)—. Es tan literal como suena, niña: estamos en tu mente.

Entonces se generó un terremoto y de entre las arenas frente a la fogata surgió una estatua de oro gigantesca con la imagen que Lina siempre deseó para ella misma: curvilínea, poderosa e invencible. La hechicera se sonrió, orgullosa de su cometido, aunque no menos preocupada que antes.

—Sorprendente —dijo el dragón, aunque su rostro no se mostró sorprendido en absoluto mientras observaba la figura—, pero intenta traer hacia ti el poder de los Señores Demonios.

La sonrisa de Lina desapareció con lentitud, modificándola por un ceño fruncido y serio. Enfrentó la mirada de Gabranth con la propia y no vaciló, pero tampoco ocurrió nada en absoluto, sólo se irguió entre ellos un silencio que la muchacha quebró unos segundos más tarde, al ver que el dragón no haría nada hasta que ella se moviera primero.

—No puedo usar mi magia.

—Claro que no —respondió él rápidamente—, porque estás enferma y Él yace ahora en ti.

—¿Eh? —Lina no alcanzó a comprender la profundidad de las palabras del dragón, pero el vacío que de pronto se formó en su estómago le dio a entender que el asunto no sería fácil de abordar.

El dragón suspiró lentamente y cerró los ojos mientras volvía a voltearse para enfrentar la fogata. Cada uno de sus movimientos irradiaba una tristeza descomunal, pero, al menos por esta vez, a Lina no le extrañó, después de todo conocía su historia. Aunque era lo único que sabía de él.

De un momento a otro, Gabranth se puso de pie y sus ropas blancas, similares a los atuendos básicos de un aldeano pobre, aunque con uno que otro adorno que lo delataban como algo más, relucieron frente al fuego. Se encaminó hacia Lina con una marcha tan firme que hasta la misma hechicera se descubrió retrocediendo un paso, y cuando la tuvo a su lado, volvió a abrir los ojos, los que parecieron centellar al encontrarse con la mirada de la muchacha.

Fue entonces cuando Lina volvió a oír el rugido que escuchó cuando se encontraba junto a Gourry en esa sala con el banquete. Tanto ella como Gabranth llevaron la mirada a lo lejos y observaron el firmamento una silueta enorme que se abría camino hacia ellos a través de los monolitos, resquebrajándolos como si se trataran de simples peñascos que se derrumbaban a sus pies. La imagen de por sí había despertado aprensión en Lina, pero lo que de verdad le asustó, porque ésa era la palabra, fue la expresión de sincero miedo que se había dibujado en el rostro de Gabranth.

De pronto y sin mediar palabra alguna, el dragón tomó a Lina por una mano y echó a correr, alejándose de la fogata y de la única tienda que formaba ese campamento.

—¡¿Qué haces?! —exclamó la hechicera mientras intentaba, con mucha dificultad, seguir el ritmo del dragón.

—¿No puedes verlo? —preguntó Gabranth y Lina de inmediato volteó.

Todo el terror que el dragón dorado sentía quedó aclarado en un instante cuando la figura que los perseguía se mostró en toda su plenitud monstruosa y dos gigantescos ojos de color rubí los miraron fijamente.

—¡¿Shabranigdú?! —la sorpresa fue tal que la voz de Lina salió disparada como un chillido agudo. El dragón no dijo nada y sólo se preocupó por correr para huir—. ¡¿Qué hace aquí el Rey Demonio?!

Somos uno.

La voz de Ojos de Rubí emanó de él como un torrente de fría y oscura maldad que atravesó a la hechicera y al dragón con su amenaza, coartándoles la huida y disminuyendo su velocidad como si fuera magia. De a poco, el Señor Oscuro se aproximó a ellos, con fauces abiertas en una especie de malévola sonrisa y un poder abrumador.

Somos uno y juntos iremos camino a la destrucción.

Lina Inverse…

Rápidamente, como el viento terrible de antes, la oscuridad creció en torno a ambos. Desapareció el desierto y los monolitos se deshicieron transformándose en arena; el recuerdo de aquella vez, una mejor y más feliz vez, en que la Biblia Claire estuvo a la mano se convirtió en otro pasillo, esta vez más extenso, por el que ella y el dragón corrían a gran velocidad, pisando con fuerza las piedras desnudas que emitían graves quejidos con sus pasos. Pero su sonido se volvía a la nada cuando las tronadoras zancadas del Rey Demonio estallaban tras ellos, indicándoles que el ser terrible se les aproximaba sin detención y no podrían hacer nada para evitarlo.

Nunca supo si Gabranth se percató de lo que ocurrió después, pero de un momento a otro Lina sintió que su cuerpo era expulsado de la existencia. A su espalda, una explosión violenta y carmesí; era de fuego y oscuridad, y la había alcanzado de lleno. Su mente se había nublado por el trauma y antes de voltearse para mirar a su verdugo, vio ante ella una mano. La reconoció de inmediato y sintió dentro de sí un alivio inmenso, pues supo que Gourry había venido a ayudarla a combatir al Demonio como tantas veces le había ayudado en el pasado. Sin embargo, la mano que tomó no fue la de su guardián, pues cuando logró darse cuenta de la situación, se descubrió en las alturas, sentada cual jinete sobre los poderosos lomos del dragón dorado.

«¿Sabes qué es la belleza?», preguntó éste en la mente de Lina.

Se elevaron alto, muy alto, hacia el gigantesco cielo azul que había aparecido ante ellos de ninguna parte. El tibio calor del sol y la caricia de la brisa en la piel hicieron que Lina por algún motivo se sintiera conmovida, pues era sabedora de que sus emociones más profundas, por algún motivo, estaban expuestas y que, sin siquiera habérselo planteado, ahora formaba parte de una leyenda que había dado inicio cuando ella ni siquiera existía en pensamiento.

Negó con la cabeza, incapaz de hablar.

«La belleza es lo que ellos quisieron construir. Los Altos Elfos. Los Valerosos Elfos. Los Ingenuos Elfos».

Entonces, Gabranth sobrevoló el cielo con gracia rasante y pronunció una curva que resultó ser hermosa. Cuando acabó la maniobra, su cabeza quedó enfrentada con la tierra, con los pastos y colinas verdes; se abrió ante los ojos de Lina un bosque inmenso que se hallaba en ellas y que se extendía hasta donde alcanzaba la vista.

—Conozco este lugar... —descubrió, y la voz pareció quebrársele por algún motivo al tiempo que el dragón comenzaba a descender en picada de forma lenta, pero cada vez más pronunciada.

Gabranth, aunque en su forma auténtica, pareció asentir como lo hubiera hecho en su forma humana; él mismo mirando hacia el bosque con cierto aire de nostalgia y acostumbrada tristeza.

«Bellos eran los bosques que Ellos habitaban —dijo, y su voz sonó como una melodía triste en la mente de la hechicera—, los que amaron y adornaron con sus manos, y en los que ahora yacen, olvidados por los Hombres que les deben la vida. Porque de Ellos provinieron, aunque lo ignoran. Y un descendiente directo de su Casta y Linaje, aunque con su sangre diluida y contaminada por la ambición de los Hombres, es el que gobierna ahora, deseando mi Poder... No, deseando el poder del Oscuro...».

Lina se lo quedó mirando, comprendiendo de a poco una conexión que ni siquiera sospechaba y que ahora se le hacía aparente.

—¿Te refieres a Vasch?

«Sí. El Reino de Galdabia se erigió sobre las Ruinas de las Antiguas Ciudades Élficas que hubieron aquí hace diez siglos, cuando ocurrió mi Tragedia —mientras el dragón hablaba, del bosque surgió, como si naciera de la tierra, la silueta acostumbrada de Galdabia, con sus torres grises y sus casas; con el castillo oculto dentro de su propia ciudadela—. Al comienzo se formó con Hombres dispuestos a prestar auxilio a los Elfos, en un intento por reanimar sus almas luego de la partida de su ser amado que había sido consumido junto a mí en un instante, pero con el avanzar del tiempo la Oscuridad del Rey Oscuro se manifestó en sus corazones».

—¿Comenzaron a buscar la Gema de Cecile; es decir, la Piedra del Dragón?

«En efecto. Durante años buscaron en secreto el por qué una de las partes del Rey Demonio cayó en la Ruina sin provocar el caos de la Guerra, y entonces descubrieron, ignoro cómo, que los Elfos, en su búsqueda por preservar los recuerdos de lo que Ellos consideraban bello a pesar de estar manchado por el caos, crearon la Piedra, donde ocultaron mi alma, la que ahora forma parte de ti».

Entonces, como un relámpago en la oscuridad, Lina lo comprendió todo. Y mientras miraba la cada vez más cercana figura de Galdabia acercándose a ella desde el suelo, hizo las conexiones necesarias en su cabeza para dilucidar con certeza cuál era su situación actual. Cuando habló, a continuación, su voz ya no sonaba quebrada por alguna emoción desconocida que se hubiera despertado en su corazón, sino que sonaba sorprendida, acaso atemorizada, aunque por fin consciente.

—Si lo que dices es cierto, entonces Shabranigdú está dentro de mí... ¡Tienes que estar bromeando!

«Lo siento —dijo el dragón—, pero es cierto. Al guardar mi alma, también preservaron el alma de Ojos de Rubí en mi interior. Y cuando tuviste contacto conmigo por primera vez, ambas almas pasaron a ti. Estás enferma y es por mi culpa, pues quien te envió, el Rey de Galdabia a quien vi a través de tus ojos, me quería a mí».

—Entonces, el motivo por el que no puedo usar mi magia…

«…es porque Ojos de Rubí así lo ha deseado. Eres demasiado poderosa, incluso para Él serías un desafío, por eso necesitaba debilitarte y está utilizando toda su fuerza para lograrlo y librarse de nosotros».

Lina no podía verse, ya de por sí blanca, estaba pálida.

—Voy a morir... —no fue una pregunta, pero el dragón de todas formas respondió.

«Lo lamento tanto —dijo, y la tristeza que habitaba en su voz pareció redoblarse—, pero la probabilidad es cierta. Aunque he intentado todo en mi poder para contenerlo; pero ya estoy cansado, agotado tras mil años de lucha...»

En ese momento ambos sintieron una presencia encima de ellos, a pesar de lo alto que volaban, y cuando voltearon vieron dos ojos gigantescos que se habían dibujado en el cielo a sus espaldas. Ambos eran de un carmesí fulgurante y profundo, y parecían devorarles el alma bajo su acecho. Entonces, el cielo azul se tiñó de oscuro y se hizo negro como una noche sin estrellas.

La figura de Ojos de Rubí se materializó sobre el dragón y la hechicera al tiempo que extendía las garras para poseerlos. Tronó la carcajada una vez más mientras lo hacía y se materializó nuevamente el sendero bordeado por fuegos.

Ahora perteneces a mí. Eres mía, mi trofeo.

¡Renazcamos en este Mundo y traigamos el Caos!

¡Disfrutemos juntos, Hechicera, de los gritos de Agonía y Desesperación!

¡No te resistas más y sé mi vehículo, Humana!

¡Ven a mí y no te opongas más!

La voz de Shabranigdú penetró en Lina como una orden de hielo que la paralizó y la hizo caer de los lomos de Gabranth, quien volaba intentando alejarse por el sendero de fuego. Mientras caía, sintió que todo lo que no era puro la abandonaba y que, cual si estuviera en un río que fluía contra la corriente de sus deseos más profundos, era atraída hacia las fauces del Rey Demonio, quien la guiaba hacia su boca con sus garras sin nunca llegar a tocarla.

Entonces, a la hora del final, y por tercera vez, nació el viento terrible que azotó sin piedad su alma desnuda y su cuerpo de ropas desposeídas. Y aunque sabía que no podía moverse, intentó alargar un brazo hacia la imagen que apareció a lo lejos, pues sospechaba que sería última vez que podría verla; ahora se convertiría en un agente del caos y pasaría a la historia como la Tercera Parte de Ojos de Rubí que despertó en el mundo.

Pero quería verlo, aunque fuera una última vez.

Y la imagen de Gourry la observó con aprensión desde lejos y corrió para alcanzarla, con el arma rota balanceándose en una mano, pero las sombras lo devoraron a él también y para Lina ya no quedó nada. Finalmente, cerró los ojos e hizo algo que no acostumbraba: se rindió.

Shabranigdú liberó una carcajada de victoria y se preparó para azotar al mundo con su destrucción. Finalmente tomó entre sus garras el cuerpo desnudo de Lina y la devoró. Rió nuevamente al sentir que volvía a la vida y sus ojos rubí se elevaron hacia las sombras. Sin embargo, ocurrió algo que le resultaba tan extraño como inesperado: un ardor desde dentro, un fuego ajeno que le quemaba el espíritu. Descubrió de pronto que brillaba de dorado y que ese brillo amenazaba con destruirlo. Emitió un grito producto de lo que podría considerarse dolor y abrió las fauces para evitar que éstas le fueran rotas desde dentro. Entonces, el dragón dorado salió de ellas como una saeta de oro disparada hacia el firmamento. Reapareció el cielo azul, aunque más débil, y desaparecieron las llamas, aunque su calor se mantuvo.

Lina abrió los ojos con pesadez y se descubrió de nuevo a los lomos de Gabranth, pero no podía moverse, ni tan siquiera hablar; así de exhausta estaba.

Pero el dragón comprendió y la observó con un ojo color ámbar.

«He logrado salvarte... salvarnos —por su voz Lina comprendió que él también estaba agotado—, pero no sé si podré volver a hacerlo. Ella, que amaba todo, deseó en su Corazón salvar al mundo del dolor; yo también lo he deseado porque su Corazón se quedó conmigo»

En ese momento, el dragón pareció comenzar a tararear una melodía cuya procedencia por fin se dilucidó en la mente de Lina: era la melodía de la canción que Earith la elfa había compuesto para Gabranth y que ella había escuchado por primera vez en Cecile, cuando tuvo el primer contacto con la gema. Acompañada por esta música, percibió cuando el dragón volvió a brillar y el cielo azul comenzó a atardecer; desde lejos se escuchaban los alaridos del Rey Demonio, que parecía sufrir de alguna forma que jamás había experimentado. Y Lina continuaba ahí, incapaz de moverse, rodeada cada vez con más fuerza por el brillo que el dragón emitía. Le resultaba reconfortante.

«Ya llegará el momento de la Venganza, la tuya y la mía —dijo—. Pero para que eso y muchas otras cosas se den curso, debes abandonar este mundo».

¡Tum!

De pronto, Lina sintió un golpe en el pecho. Fue sorpresivo y cálido, pero también estuvo lleno de dolor.

¡Tum! ¡Tum!

Otro golpe más, y otro, y esta vez la hechicera no pudo evitar que de su boca escapara un quejido. No se dio cuenta, pero logró moverse y se llevó las manos al lugar donde dolía, como si un martillo hubiese golpeado sobre las costillas, y apretó con fuerza.

¡Tum-tum! ¡Tum-tum! ¡Tum-tum!

Recién en ese momento, Lina comprendió que lo que le dolía de forma tan profunda era su corazón, que había vuelto a latir. Sintió que la sangre volvía a fluirle por las venas y que la energía vital regresaba a su ser como un torrente. Creyó que su cuerpo se elevaba y que ese mundo de ensueño en el que se encontraba desaparecía ante sus ojos, siendo sustituido por una luz blanca que la enceguecía con su resplandor.

La melodía de Gabranth se hacía cada vez más lejana y entonces supo que volvía al mundo y que regresaba a la vida. Pero antes de renacer, volvió a escuchar la voz de dragón en su cabeza, y ésta le dijo:

«No te confíes, Aliada Mía, que éste no es el final. Volveremos a vernos, pues seguimos juntos, pero ahora debes despertar y volver a ser Lina Inverse. ¡Asesina de Demonios, despierta!»

Dichas estas palabras, el resplandor blanco lo dominó todo y la melodía cesó por completo.

~ o ~

Lina despertó exigiendo aire y tardó lo que le parecieron varios minutos en recuperar el aliento. Se sentía mareada y cuando su tos amainó, descubrió que sus ropas estaban completamente empapadas por el sudor y que se encontraba en una cama desconocida y en un lugar que jamás había visto. Sin embargo, comprendió de pronto, no tendría tiempo ni de preguntas ni de descanso.

Salió de la cama de un salto y con energías renovadas enfrentó a quien tenía en frente, pues todos sus sentidos le decían que se encontraba ante una enemiga.

—Así que lo que él me dijo era cierto —dijo Celes, quien observaba a Lina con su ojo sano, de brazos cruzados y apoyada contra la pared de la cabaña, bloqueando la puerta—, hoy despertarías como si nada. Nunca entenderé a los mazoku.

Pero Lina sonrió desafiante, se secó el sudor de la frente con un brazo y observó a Celes sin parpadear, notando su ojo herido. Entonces le dijo:

—Ese parche se te ve muy mal.

Sin mediar mayores provocaciones, Celes hizo desaparecer toda la luz al invocar una de sus ilusiones, pero Lina, que se esperaba algo así, fue más rápida y utilizó su cama como trampolín para impactar a la ilusionista en el rostro con un rodillazo lo suficientemente poderoso para desconcentrarla y anular su ilusión. Entonces, y sin esperar un momento más (después tendría tiempo para pensar las cosas), salió de la habitación en la que se encontraba.

Descubrió al salir al exterior que había estado dentro de una cabaña, sin embargo, y aunque sabía que Celes no tardaría en alcanzarla, especialmente porque iba descalza y le costaba moverse a velocidad sobre el suelo del bosque, se detuvo, paralizada ante lo que veía a su alrededor: una pequeña ciudad amurallada en medio del bosque de Galdabia, completamente envuelta en llamas, con sus habitantes tirados en el suelo, muertos o carbonizados. El calor era abrumador, el olor era horroroso y el ruido era sobrecogedor, pues aún quedaba gente viva que caía presa de las llamas. Entonces, giró sobre sus pies lentamente, apretando los dientes en una mezcla de ira y apremio al suponer quién había creado esa masacre, y descubrió que Celes la miraba, sonriendo satisfecha desde el umbral de la puerta de la cabaña.

No se dijeron nada. Pero Lina no pudo permanecer tranquila, pues Celes avanzó un par de pasos hacia ella y mientras caminaba, lesser demons de diversas formas y tamaños se materializaban a su alrededor, expectantes, como si aguardaran la orden de su ama. Fue cuando Celes dio esa orden y los demonios menores se abalanzaron sobre Lina, quien estaba desarmada e imposibilitada de usar sus hechizos, en que la hechicera recordó la imagen que había visto en sus sueños y no pudo evitar preguntarse en ese lento momento antes del primer ataque: ¡¿dónde estaba Gourry?!

~ o ~ o ~ o ~ o ~

Zezat el mazoku revoloteaba con cierta gracia mientras indagaba por el campamento de los Hijos de Cecile que los soldados de Galdabia habían destruido a comienzos de la noche, cuando Gourry se vio obligado a huir de los lesser demons con Lina a cuestas. Y a pesar de que la larga y terrible noche había remitido hace horas y que sobre su cabeza brillaba un sol radiante, el demonio parecía feliz, pues mientras flotaba de aquí para allá entre las tiendas destrozadas y chamuscadas, emitía un crujido, su risa particular, que hacía compañía al de la madera convertida en carbón humeante. Sin embargo, quizás los sonidos que emitía no eran de alegría, sino que de frustración al no ser capaz de hallar lo que buscaba con tanto anhelo.

Aunque daba vueltas repetidamente por los lugares que ya había revisado con anterioridad, haciendo a un lado escombros y cuerpos sin vida con su particular poder, ninguno de sus esfuerzos resultaban fructíferos. No importaba cuánto lo intentara, parecía como si lo que desease encontrar hubiera desaparecido del mundo junto con los seres vivientes que alguna vez dominaron esa tierra.

Hasta que, como si fuera producto de la casualidad, un extraño brillo llamó la atención del demonio. Dirigió su flotación inmediatamente hacia la procedencia de aquella luz extraña que se había manifestado por sólo un segundo y emitió un crujido más fuerte y más lleno de satisfacción que cualquiera de los que hubiera dejado escapar desde que se le encomendara la tarea. Utilizó su poder para empujar violentamente hacia un lado la daga, las hombreras, los guantes y la capa que bloqueaban el camino triunfante hacia su objetivo, y con una mano huesuda hizo flotar en el aire los talismanes Demon Blood, los que Lina en algún momento llevara en sus muñecas, cintura y cuello, y que hubieran desvestido de su cuerpo pensando que así ayudarían un poco en su recuperación. ¡Compasiva estupidez humana!

El mazoku no pudo evitar que sus ojos espectrales contemplaran con admiración los objetos que yacían en su poder, aquéllos capaces de invocar las fuerzas de los Señores Oscuros de los Cuatro Mundos y se sintió realizado por dentro, pues una de las órdenes que le había impuesto su Señor estaba completa y, por ende, la destrucción del mundo estaba más cercana.

—Me temo que eso es mío, mi estimado Zezat —dijo una voz de pronto, sorprendiendo al mazoku, quien inmediatamente levantó la mirada para descubrir quién las había pronunciado.

Se sorprendió al reconocer a la figura sentada sobre uno de los maderos quemados de la tienda destruida. Ésta lo miraba con una amable sonrisa en los labios y con los ojos cerrados, como si fuera un ciego que, sin embargo, era capaz de ver más allá que muchos de los más grandes mazoku que alguna vez hubieran sido creados, porque ese ser mismo era uno de los hijos más grandes de la casta de los demonios.

—¡Usted! —exclamó Zezat, y si los mazoku eran capaces de sentir miedo, él lo sintió en ese momento—. ¿Qué está haciendo aquí? ¿Por qué rescató a ese humano?

—Lo siento, pero... —respondió la figura recién llegada mientras descendía de la tabla en la que se había posado y caminaba hacia él sosteniéndose en un bastón cuya cima estaba coronada por una piedra roja y cautivante. Cuando los separaban sólo un par de pasos, el mazoku sonriente abrió los ojos, de un púrpura profundo e intimidante, y tronó los dedos. De inmediato, Zezat comenzó a arder en llamas de color morado y negro, y mientras emitía un grito agonizante, pues su ser estaba siendo carcomido desde el plano donde se había originado, observó al Señor tomar los talismanes que él había dejado caer debido a la sensación que le arrebató el control de su propio cuerpo.

Cuando Zezat hubo desaparecido bajo el cielo cada vez más claro del amanecer, el otro mazoku, ahora solitario, tomó los talismanes y los vistió como hace mucho no lo hiciera. Luego, dirigió la mirada hacia las cenizas de Zezat que comenzaban a desvanecerse lentamente, y antes de él mismo desaparecer en el aire, dejando al campamento destruido habitado sólo por la muerte, acabó por concluir, sonrisa mediante, la frase que había iniciado hacía sólo segundos:

—…eso es un secreto.

Entonces, regresó al plano astral y el campamento finalmente quedó vacío y desolado.


Slayers © Hajime Kanzaka & Rui Araizumi, Kadokawa Shoten, Fujimi Shobo, E.G. Films, J.C. Staff
~Escrito entre el 20 de septiembre de 2010 y el 16 de septiembre de 2011 / Revisión final el 11 de enero de 2015~