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(¸.•´ (¸.•` ¤ ❀ ❁ CAPÍTULO 12

TOMÓ casi al asalto el primer taxi que vio al salir de sus oficinas. Por suerte estaba libre, si no, habría sido capaz de sacar a sus ocupantes a patadas si hubiera hecho falta. Casi le ladró al taxista la dirección del Centro de Detenciones, y el hombre arrancó rápidamente exhortado por Terry a que se diese prisa.

Aún así tuvieron que sortear bastante tráfico y tardaron más de media hora en llegar a su destino. Ordenó al taxista que esperase mientras el corría de nuevo atravesando las puertas y dejando atónitos a los soldados de guardia de la puerta.

Sin embargo, nada más entrar aquello le pareció demasiado tranquilo a Terry. Subió directamente al despacho del Mayor Kinner, tuvo que esperar que el hombre terminase una llamada de teléfono bastante larga, mientras paseaba nervioso de punta a punta del despacho de la oficial secretaria del Mayor.

Cuando al fin pudo hablar con él y explicarle el problema, éste le informó que, aunque la documentación había pasado por sus manos, la SS se había hecho cargo de todo en esos momentos. Ellos sólo se habían encargado de buscar los expedientes de sospechosos o de denuncias. Seguramente la SS se encargaría esa misma noche de las detenciones. En la Estación Central puede ser que recibieran algún detenido, pero no todos.

Terry agradeció la información, y salió corriendo de nuevo hacia la salida, donde le esperaba, con cara de asustado, el viejo taxista.

Una vez dentro le indicó la dirección de la central de las SS, y rogó que pudiese encontrar a Dietrich. La noche avanzaba demasiado rápido y esa tarde de jueves parecía haber puesto a todo el mundo de acuerdo para entorpecer el tráfico, debería cruzar toda la ciudad.

El taxista hacía todo lo que podía mientras Terry se agarraba al asiento casi con los nudillos en blanco. No bien aparcó el coche el taxista, le tiró un puñado bien grande de billetes al hombre en el asiento de al lado.

—Espere media hora, si no he salido puede marcharse, Si no, tendremos otra carrera que hacer. —El hombre apenas asintió mientras lo veía adentrarse en el Cuartel. Esta vez no pudo entrar igual que en la estación Central, dos guardias armados le impidieron la entrada.

—¡Coronel!—saludaron los soldados, cuadrándose.—Discúlpenos, no podemos dejarle pasar si no es con una orden.

—Necesito hablar con el Coronel Dietrich.

Tras los soldados había muchísima actividad en el patio al menos una docena de jeeps y varios camiones cubiertos estaban siendo puestos en marcha, y subían a ellos soldados y oficiales, por suerte para él, Dietrich estaba dando órdenes en el patio. Al ver el extraño movimiento en la puerta y que otro oficial superior intentaba entrar en sus dominios, se acercó a comprobar que sucedía.

—Baker ¿Qué haces aquí?

Terry apretó los ojos, los soldados le dejaron paso abierto mientras Dietrich se acercaba adelantando la mano para dársela.

—¿A dónde os dirigís?

Kurt Dietrich rió y levantó ambas manos

—Ah, Baker, es secreto.

—Coronel, somos amigos, y si te hago esta pregunta es por algo grave.

Dietrich le hizo pasar y le pasó un brazo sobre los hombros, era un poco más alto que Terry, tenía el cabello rubio, unas facciones algo grandes, atractivas. Pero una cicatriz antigua que le cruzaba desde el mentón hasta bajo su ojo izquierdo sin rozarle le daba un aire muy viril. Le apartó de los oídos de los soldados que custodiaban la puerta.

—Tenemos una lista de personas que esta noche estarán siendo interrogadas entre aquí y la Central. No puedo decirte más. Trabajo rutinario.

—Sí, pero en mi oficina ha sucedido un error. No estaba yo presente cuando llegaron las órdenes de buscar los datos que se necesitaban de estos individuos. Por lo visto una carpeta que no estaba en la lista, se mezcló con las que se habían solicitado. Mi secretario me explicó el problema a mi llegada.

—¿Qué nombre?

—Colber .

Dietrich hizo una señal a uno de los soldados que estaba ya montado en el jeeps, éste bajó y trajo una carpeta en sus manos, Se cuadró ante ambos. Dietrich tomó la lista y la leyó.

—Si no tienen nada que ocultar. Sólo se trata de un registro y una comprobación de documentación, si hay algún fallo o algún indicio, seguramente pasará la noche o un par de días siendo interrogado. Poco más, si no hay ninguna sospecha, saldrá de ésta.

—Colber no está ahora en Berlín, es Suizo y está en su país. Pero mi preocupación es por una persona que trabaja en esa casa.

—¿Una chica? Dietrich palmeó el hombro de su amigo con sorna. —Vaya, vaya, me lo tenías escondido.

—Es inglesa.

—Mala cosa, —admitió Dietrich—después de la fuga de ese inglés hace menos de una semana... que esa es otra, he recibido un rapapolvo por ello. En vez de trasladarlo a aquel calabozo de tu oficina, ¡tendría que haberlo mandado a fusilar antes! Solo por falta de espacio y que no había nadie con conocimiento de idiomas, en fin. —suspiró contrariado.—Tenemos órdenes de detener cualquier inglés en territorio alemán o que resulte sospechoso, o de investigar quién puede estar dando cobertura a acciones así. Me temo que tu "novia" acabe en un calabozo, y por más tiempo de un par de días.

—¿Qué puedo hacer?

—Las órdenes no van a ser cambiadas, el registro hay que hacerlo. Pero si Colber no está, no lo van a detener.—Dietrich miraba alrededor, buscando a alguien.—¡Teniente Bauer!

Bauer era un joven delgado y alto, teniente recién ascendido a las órdenes de Dietrich desde hacía pocos días. Se cuadró ante ellos— ¡Señor!

—Bauer, creo que es su primera misión de registro y detención.

—Si señor. ¡Pero aprendo rápido, Señor!

—Te encargas del pelotón seis. Registraréis la casa de Colber en el Distrito Gover... —releyó—Goverment.

El joven hinchó su pecho orgulloso.

— ¡Si, Señor!

—El Coronel Baker te acompañará en calidad de observador, pero estás a sus órdenes.

El pecho de Bauer se desinfló un poco.

—Sí Señor.

—Vaya a su jeep y espere allí, comuníqueselo a sus compañeros. Ah, aparte de nosotros que no trascienda Bauer. Confió plenamente en usted. —Bauer sonrió orgulloso. —Se volvió a cuadrar antes de volver hacia su jeep.

—Terry, esta noche mi misión es supervisar, no saldré de este cuartel. Lo único que puedo hacer por ti, ya lo he hecho. Deja que los chicos hagan el registro, y vigila a la chica por si tiene problemas. De todas maneras a quien tienen que detener es a Colber, ni siquiera recordaran el nombre ni su cara mañana por la mañana. Ah, y toma esto,—se sacó su brazalete de las SS y se lo pasó a su amigo.

Terry procedió a ajustárselo rápidamente en su brazo.

—Pasarás inadvertido y no te harán preguntas.

—Gracias Dietrich, no olvidaré esto.

—Agradécemelo con un par de jarras de cerveza negra. Vete ya y "rescata a la dama", seguro que este gesto te hará ganar muchos puntos en la cama de la chica. —Dietrich palmeó la espalda de Terry y se alejó riéndose a carcajadas de su ocurrencia.

Terry saltó al jeep, y apenas hizo un gesto a los cuatro hombres que lo ocupaban, le habían dejado libre el asiento del copiloto, seguramente le saludaron todos marcialmente, pero Terry apenas les hizo caso, solo ordenó que arrancasen de inmediato. Aún no se atrevía a respirar tranquilo. Por todos los infiernos, ya eran casi las nueve de la noche.

Llevaba tres horas de un lado a otro y ni se había percatado de como pasaba el tiempo. Un pequeño camión los siguió, con otro par de hombres montados.

Ahora le tocaba decidir qué hacer con la inglesa, cuando la tuviese bajo su custodia. Porque allí, no podía dejarla, una vez que se diesen cuenta de la ubicación de una persona de su nacionalidad, un día u otro, volverían a por ella.

Seguramente más pronto que tarde.

Terry dejó hacer al teniente su trabajo. Él tampoco estaba habituado a esos menesteres. El joven Bauer, dio las órdenes con voz algo insegura, queriendo ante todo parecer profesional y curtido.

—Vamos, llamen para que les abran. —ordenó el teniente a dos de sus hombres.

Terry pensó que estando sola en casa, el susto que le iban a dar a la joven iba a ser mayúsculo, ojalá pudiese ahorrárselo. Había creído que podía impedir el registro de alguna manera horas antes. Si hubiera sabido que eso no podría ser, y que el asalto iba a llevarse a cabo de todas maneras, hubiese ido a sacarla en persona aunque fuese a la fuerza, Cuando llegasen a buscar algo o a alguien, ya hubiese estado a buen recaudo

Ahora a esperar a que la joven bajase o aquellos soldados tirarían seguramente la puerta abajo. El pelotón de seis soldados con el joven teniente Bauer al frente golpeaba y gritaban en la puerta en nombre de las SS y Terry con los brazos cruzados observó en su retaguardia.

Como sorpresa para Terry, una pareja de ancianos ya en camisón les abría la puerta, casi fueron empujados al interior mientras los soldados preguntaban a gritos por Alfred Colber . Entraron todos en tropel con las armas cortas preparadas. Terry suspiró, abrumado por tanta inútil violencia, y les siguió adentrándose en la casa.

El joven teniente gritaba a apenas dos palmos de la cara del abrumado matrimonio que apenas balbuceaba quedamente que los Colber no se encontraban en ese momento en Berlín.

—¿Quién más hay en la casa?

La anciana, agarrada al brazo de su marido, casi tartamudeó al responder.

—Sólo estamos nosotros y una institutriz.

Bauer siguió ladrando órdenes. Dos soldados habían subido directamente al primer piso, dos estaban de guardia junto a la puerta y otros dos habían iniciado el registro de la planta baja, en la que estaban ahora.

—Quédense aquí. Terminaremos el registro y nos iremos. Si volviesen los Colber tienen la obligación de avisar a la policía. Si por cualquier motivo, encontramos en el registro a Colber en esta casa, los detendremos también a ustedes por encubrirlos. —ambos ancianos asintieron nerviosos y asustados.

Terry miró hacia el piso de arriba, en cualquier momento aparecerían los soldados custodiando a la joven, entonces él se haría cargo de ella. Se acercó al matrimonio mayor.

—¿Un teléfono?

El anciano le indicó el despacho que estaba a pocos metros de vestíbulo. Terry se dirigió allí. Entró, lo tomó y marcó el número de su casa. El chófer tendría que traerle el coche para llevarse a la señorita White a su casa.

Además de darle a Glöckmer instrucciones para atender a su "invitada".

••••••••••••

—Despierta Bella Durmiente.

Candy apenas sintió chirriar la puerta de su dormitorio, pero abrió los ojos cuando ésta golpeó la pared con fuerza, fue como si le dieran la indicación de que algo no iba bien.

Segundos después alguien la cegó con una potente linterna, y un peso hundió la cama a su costado.

Candy quiso gritar, pero la voz se le atascó en la garganta, como en un mal sueño. Alguien la estaba apuntando con aquella luz, y le tironeaba de las ropas de su cama, arrojándolas por los pies del colchón. Dos voces masculinas desconocidas, con acento de los barrios bajos.

—Muy guapa, ¿a ti que te parece?

—Quítale el camisón y te doy mi opinión. —rió groseramente.

—Enciende la luz estúpido. —El otro alcanzó la llave de la luz en ese instante. Sus asaltantes, ahora tuvieron el rostro de dos soldados rasos.

—Debía de vigilar. —dijo el más lejano, el que había encendido la luz.

—Ni te molestes, los jefes nunca suben a ensuciarse las manos, ven aquí y sujétala.

Candy intentó de nuevo gritar pero el soldado más cercano apretó una mano sudorosa contra su boca, impidiéndole ni hablar y casi ni respirar. Se debatió, pero otra mano de hierro la empujaba contra el colchón. Pronto fueron cuatro las manos sobre su cuerpo, arrancándole a jirones el camisón que llevaba.

Cómo en una pesadilla de la que no podía huir, Candy se sintió indefensa y sus ojos se llenaron de lágrimas de impotencia. A ambos hombres les rodeaba una nube de alcohol barato.

—Démonos prisa. —El más audaz ya estaba sobre ella, entre sus piernas desnudas, arrancándole las braguitas, arrojando el cinturón con su pistolera. Se desabotonaba el pantalón con torpeza. —Amigo hemos tenido suerte, es una preciosidad.

Candy atrapada, cerró con fuera los ojos, se repetía para sí, "no es real, es una pesadilla", su mente lo repetía como una letanía. El golpe de un casco al rodar desde la cama al suelo, la devolvió a la realidad.

Se retorció, queriendo cerrar las piernas, intento con todas sus fuerzas zafarse, pero el segundo soldado sujetaba sus manos y la impedía gritar.

Aún así intentaba incorporarse y patalear, lo único que consiguió fue que él que estaba entre sus muslos la golpeara con saña con el puño cerrado en el estómago, que se quedó sin respiración por segundos, pero no tuvo la suerte de perder la consciencia.

Alguien más apareció en la puerta del dormitorio. El soldado que sujetaba las manos y la boca de Candy la soltó para incorporarse y cuadrarse ante el recién llegado.

El otro siguió sujetándola de las caderas contra la cama. Respiraba agitadamente mientras tironeaba de su propia ropa interior para desnudarse.

La voz grave de Terry resonó en toda la habitación.

—¡Soldados, salgan inmediatamente de aquí, y formen abajo! —La cara de Terry era una máscara de piedra, su mano se fue directamente a el arma que llevaba en su funda del cinturón, apartando en un gesto rápido su abrigo largo.

El soldado. Excitado, no hizo el menor caso, apretando el seno desnudo de Candy dolorosamente.

— Vamos Coronel, únase a la fiesta. No es más que una zorra cualquiera.

—¡Obedezca soldado, no lo repetiré más! —Terry desenfundó su arma y apuntó directamente al insubordinado.

Éste, a regañadientes se bajó de la cama, abotonándose sus pantalones grises a toda prisa. Candy libre de su peso, tironeó de las sábanas para cubrir su desnudez.

Terry no bajó la guardia, siguió apuntándole. El segundo soldado continuaba en posición de firme, si querer excitar más la ira del Coronel. Le hizo a este un gesto con la cabeza para que se alejase de la cama. El otro seguía arreglándose el uniforme. Se agachó a recoger su casco, su pistola había caído junto a él. De improviso, desde su posición, alzó la vista hacia el Coronel.

Terry no tuvo tiempo ni de pensar.

El soldado se volvió de pronto, apuntando con su arma entre los ojos de Candy.

—! Usted tampoco podrá disfru...

Un corto ruido de detonación, seguido por el olor acre de la pólvora. El soldado cayó como un peso inerte al lado de la cama, la pistola que segundo antes sostenía, se deslizó sobre las piernas desnudas de Candy, tan fría como su dueño.

Luego volvió a resbalar al suelo cuando ella saltó asustada.

En ese momento Candy con los ojos abiertos como platos, quiso gritar, llorar, hacer algo. Solo podía intentar respirar, le faltaba el aire. El corazón le latía vertiginosamente, y la habitación parecía darle vueltas.

Miró al hombre que yacía muerto bocabajo sobre la alfombra de su dormitorio, sobre un cada vez mayor charco de sangre, luego alzó los ojos al recién llegado que la había salvado. En ese momento le reconoció. El Coronel Baker.

Algunos soldados más aparecieron tras él en la puerta, Baker, con tranquilidad guardó su arma en la funda.

Bauer al frente se quedó parado ante la escena. Completamente anonadado

—¡Mi Coronel! ¿Qué ha pasado?

Baker tiró de su abrigo como si no hubiese pasado nada y se lo ajustó con toda tranquilidad.

—Este soldado no acató mis órdenes y llegó a sacar su arma, amenazándome. —dos soldados le rodearon y comprobaron que estaba efectivamente, muerto. Nadie hizo más caso de Candy, que seguía temblando bajo la sábana. —Sáquenlo de aquí. Llame inmediatamente al Coronel Dietrich y cuéntele el incidente. Si necesita un informe, que se ponga en contacto conmigo. —Luego miró al soldado que había sido cómplice del intento de violación. —Este soldado es testigo, él intentó desarmarlo. Es un héroe. —Mintió como un bellaco, pero el otro hombre se puso en posición de firmes, asintiendo imperceptiblemente hacia el Coronel Baker. Así se aseguraba la colaboración, por esa pequeña mentira, seguramente, aquel inútil, conseguiría un maldito ascenso. Y por su parte una recomendación para que lo enviasen a primera línea en el frente.

Terry observó cómo sacaban al muerto entre dos cabos. El compañero les siguió a paso marcial, llevando el arma y el casco del caído.

—Salga, teniente Bauer, por favor llame al cuartel y hable directamente con el Coronel Dietrich. Yo me encargaré de la mujer.

El teniente le saludó, y salió sin mediar palabra Terry cerró la puerta tras ellos y esperó un poco a que se alejasen. Evaluó los daños con una mirada. Ella agarraba con fuerza las sábanas que apenas ocultaban la desnudez de sus curvas femeninas. Tenía sus grandes ojos cómo a punto de desbordar un torrente de lágrimas. El cabello rizado y corto se alborotaba alrededor de su cara cómo un halo. Sus labios parecían aun temblorosos.

—¿Necesita un médico?

Ella negó con la cabeza, el color volvía a su cara, tanto que estaba poniéndose poco a poco roja de la vergüenza.

Terry, volviéndose de espaldas, se quedó mirando a la puerta cerrada, no quiso hacerla sentir mas avergonzada, sabía que estaba desnuda bajo la sábana. Apenas había podido vislumbrar su cuerpo suave y pleno cuando entró, y vio a aquel cabrón montado en la cama y sobre ella y a punto de... No. Había llegado a tiempo, gracias a los cielos, y a su buen oído. Enlazó sus manos a la espalda.

—Fräulein, le ruego me disculpe, por la indisciplina de mis hombres. Vístase de inmediato, y recoja su equipaje. En breve mandaré a una persona que la escoltará personalmente a un sitio seguro.

Luego, llevó la mano al pomo de la puerta para salir. Sintió como el colchón gimió cuando ella cambió de posición, inquieta, su voz sonó firme, a pesar de las circunstancias.

—Disculpe... —Terry agarró el pomo de la puerta con fuerza, escuchándola, pero no abrió aun. Tampoco hizo por volverse a mirarla. —Por favor, ¿dónde dice que me llevan?

—Fräulein, a sitio seguro. No necesita saber nada más, y dése prisa.

No tenía ganas de darle ahora explicaciones, aún no sabía las consecuencias que le aportaría haber disparado y matado a uno de los soldados. Aunque el otro recluta estuviese de su parte. Tendría que dar más de una explicación por todo lo ocurrido. Aunque no tuviese la culpa, la insubordinación y el intento de ataque a una mujer indefensa era un delito grave, él estaba en una posición que no debía de haber asumido esa noche. Ya tendría tiempo de hablar con ella mañana.

—Pero señor... —ella parecía recuperar, completamente y rápido sus facultades pensantes, por lo visto.

Terry ya no se paró abrió la puerta con fuerza.

—Fräulein, aquí yo doy las órdenes. Rápido. Vístase y prepárese. —Salió y cerró tras él, dejándola sola en su habitación. Luego bajó rápido los escalones, los soldados habían terminado el registro del edificio, y ya estaban fuera de él. Bauer estaba abajo de las escaleras, esperándole, bastante rígido e incómodo.

—¿Teniente?

—Mi Coronel, acabo de usar el teléfono para comunicarme con el Coronel Dietrich. Le he dado mi versión de lo sucedido, que es muy vaga. El Coronel Dietrich está aún al aparato, quiere hablar con usted.

—Está bien, Teniente Bauer, ha hecho lo correcto, salga afuera y tranquilice a los soldados. Espere unos minutos, no sé si tendré que ir con ustedes, o... Bien, Salga ya.

Bauer se cuadró y se fue en dirección a la puerta. Terry echó un vistazo al recibidor. Bajo el arco de la escalera estaban sentados el anciano matrimonio, el hombre acomodaba la toquilla que cubría el camisón de la anciana. Ésta parecía bastante afectada, después de lo ocurrido. Seguramente escucharon el disparo, y visto bajar el cadáver del soldado, y estaban preguntándose por la institutriz.

—Señores, —ambos ancianos casi dieron un salto, no se esperaban que un Coronel se dirigiese a ellos. —la señorita se encuentra bien. En breve vendrá mi chófer a recogerla, les ruego le indiquen su dormitorio.

Sin más dilación se dirigió al estudio donde estaba el aparato de teléfono, cerró la puerta tras de sí y tomó el receptor, respiró hondo.

—¿Dietrich?, aquí Baker.

—Joder, Terry, ¿qué coño ha pasado? He tenido a Bauer balbuceando no sé qué de una insubordinación, uno de sus soldados muertos, y que tú, le habías disparado porque ¿te había intentado atacar?

—Culpa mía. Le dije que te informara. Tendría que ser yo el primero que te diese la noticia. —respiró hondo. Al otro lado del teléfono Kurt se removió inquieto y expectante.

—Se hizo todo de rutina Dietrich, se llamó a la puerta, nos abrieron y se distribuyeron los soldados en pareja, dos a la planta baja y dos a la alta, quedando dos en la puerta de guardia, y Bauer dio correctamente las órdenes. Cometí el error de no subir en persona a buscar a la chica. No quería intervenir tampoco, ni meterme en el trabajo de Bauer que estaba con el procedimiento rutinario. Pensé que los soldados que subieron arriba, bajarían con la chica en unos minutos para unirla a los otros dos criados que nos abrieron la puerta. —Tomó de nuevo aire. —Pedí el teléfono y mientras tanto llamé a mi chófer para que se acercara a recoger a Candy. Le di la dirección y las instrucciones. Salí de nuevo esperando que ella ya estaría abajo, pero no. Escuché un ruido extraño arriba y subí corriendo las escaleras. Cuando llegué uno de los soldados estaba intentando violarla. Le ordené que parase y bajase abajo. Me obedeció a medias, se bajó de la cama y cogió su pistola, apuntándola a ella gritando incoherencias. El compañero intentó detenerlo, pero yo me adelanté y disparé a la frente del imbécil. Ahora tienes un soldado muerto en el camión.

Dietrich suspiró, seguramente a diario se encontraría con problemas similares o peores. Éste era otro más para él, un informe, que seguramente ni miraría el estrato superior, sobre todo porque era un simple soldado raso, un don nadie, venido de los bajos fondos. Y el que había disparado un Coronel condecorado en batalla.

—¿Cómo está tu chica, Terry?

—Bien, llegue a tiempo, solo le habían quitado el camisón, está asustada, pero perfectamente.

—Bueno, te necesito esta noche aquí en mi cuartel, haré el papeleo mientras llegas. Tendrás que firmar los informes que yo emita.

—Correcto, Coronel. Allí me tendrás en breve.

—Bien Terry, cuelgo y me pongo a ello.

—Hasta luego.

Terry colgó el aparato y abriendo la puerta salió del estudio. Sacó sus guantes de piel del abrigo y se los puso. Sentía la frialdad que siempre le quedaba cuando tenía que quitar la vida a otra persona, antes habían sido anónimos. En batalla, cuando aún no tenía tan alta graduación. Luego, al ir ganando galones, lo habían alejado más y más del frente mismo. Ahora él daba las órdenes, y los soldados obedecían y se movían como piezas de ajedrez en el gran tablero de la guerra.

Llevaba demasiado tiempo sin disparar. Y a menos de cinco metros. Mirando fijamente a los ojos del otro. Solo le eximía algo de culpa que era por salvar a una persona inocente, que había quedado en medio, desarmada e indefensa. Había actuado en nombre de la víctima. Quizás, le debió disparar a una pierna, o al brazo. Pero aun así, el soldado también habría podido apretar el gatillo de su pistola, llevándose por delante la vida de la chica. Tenía el arma apuntando apenas a dos centímetros entre sus ojos hermosos y asustados. Y la frente del soldado, era el único tiro certero y de muerte inmediata, que le impediría apretar el gatillo en su último segundo y asesinar a la joven.

Terry vio cómo su chófer bajaba la escalera, con un par de maletas, y detrás de él a su joven inglesa. Se había puesto su abrigo azul marino. Había conseguido en breve tiempo estar más que presentable. Incluso con sus zapatos de tacón y su sombrerito a juego. Cómo el día anterior, que la contempló en la estación, abrazando y besando a Richard.

Su chófer le hizo un saludo breve con la cabeza, Terry asintió. El hombre enfiló hacia la puerta con su carga. Candy apenas hizo un gesto de despedida a los dos criados. Estos no hicieron ademán alguno. Ella siguió a su empleado.

Terry salió tras ambos. Cerró la puerta de la pequeña mansión detrás de él. El conductor metió las maletas en el vehículo Volkswagen. Seguidamente le abrió la puerta para que montase. Le cerraron la portezuela y los grandes ojos verdes de Candy se clavaron interminables segundos en Terry. Una mirada llena de interrogantes. Una mano pequeña y demasiado blanca se agarraba a la puerta. Terry la miró hasta que el coche desapareció calle abajo.

Ahora al cuartel a terminar el asunto de aquella larga noche, con Dietrich.

Ah, señorita White, en qué problemas me meterás ahora, pensó.

CONTINUARA