Los personajes no me pertenecen. Son de total propiedad de Rumiki Takahashi. Yo solo cago sus personalidades un poco para crear mi historia. Amen.

(Solo corrijo las faltas de ortografía —que aún así se me pueden pasar algunas. La narración queda de la misma manera)

MOON GOSHT

Cuando crezcas, descubrirás que ya defendiste mentiras,
Te engañaste a ti mismo o sufriste por tonterías.
Si eres un buen guerrero, no te culparás por ello,
Pero tampoco dejarás que tus errores se repitan.

(Paulo Coelho)

|Capitulo catorce: El viaje

Luego de mi incidente en el baño de la gasolinera, y de humillarme públicamente frente a todos los pobres hombres que trabajaban ahí y la poca gente que pasaba por el lugar; InuYasha decidió que era suficiente humillación para mí por un día y se le ocurrió, para variar, ir a un restaurante para volver a llenar mi estomago… y de paso el suyo.

Encontró a un restaurante familiar con un menú lleno de variaciones. Por un lado, algo ligero para mí sensible estomago, y por la otra, mucha grasa para su hambriento agujero negro. Nos sentamos en unas de las mesas del centro mientras me hacía gracia la idea de que esta era la segunda vez que entraba en un restaurante y cuan diferente era.

Para comenzar, estaba el hecho de que ya no me molestaba —tanto— que hubiera gente a mi alrededor. Lo segundo; era que la ultima vez que estuvimos así con InuYasha, tuvimos que sentarnos en una mesa de seis personas para hacer el metro de distancia.

Verdaderamente, muchas cosas habían cambiado en este tiempo. Demasiadas cosas en realidad.

Volví mi atención al plato. Un pequeño trozo de carne con una extraña combinación de frutas y verduras, ligero para mí estomago y esperaba, casi rogando, que no tuviera que devolverlo en unas siete horas más.

Mire a InuYasha que comía a una velocidad sobre humana, devorando hasta los últimos rastros de cualquier alimento en su plato. Sonreí con gracia antes de que los vellos de mi nuca y mis brazos se erizaran y un escalofrió recorriera mi espalda como un rayo frío. Tenía y sentía la leve impresión de que alguien me estaba mirando, con una mirada bastante potente de por si. Volteé ligeramente mi cuello mirando sobre mi hombro a las pocas personas que estaban detrás de mí riendo y sin prestarme la menor atención. Volví a mirar a InuYasha que actuaba normalmente. ¿Seria mi imaginación? ¿Seria quizá que estaba sobre-estresada con tantas emociones juntas?

Eso era muy probable.

Sin embargo, el escalofrío en mi espalda seguía haciendo a mis movimientos lentos y torpes. Cuando por fin salimos de ahí, mis nervios estaban demasiados a flor de piel para querer subirme nuevamente al auto. Así que, por unos minutos, nos dedicamos a caminar y pasear hasta decidirnos entrar en una disquera.

Al entrar, el frío aire acondicionado me hizo templar un poco y abroché el cierre de mi sudadera antes de soltar la mano de InuYasha y caminar por los pasillos repletos de nombres de artistas que apenas si conocía. Me moví por las baldosas brillantes que reflejaban de manera nítida los cuerpos sobre ella, y cuando encontré un nombre que bien me conocía de memoria, volví a paralizarme.

La caja del CD tembló en mi mano mientras yo, sin respirar, miraba pasmada la mirada negra y penetrante del chico delante de mí… que me miraba con cierto rencor. Intenté calmar la manera en la que mi loco corazón latía sin razón ante tan rencorosa mirada. Intenté recordar, sin éxito, si alguna vez vi a aquel chico en mi vida, y si le hice algo tan terrible como lo era su mirada. Pero era imposible, era la primera vez que visitaba esa ciudad y era la primera vez que veía a ese chico.

Intenté apartar la mirada, pero el pánico me invadió de golpe al encontrar en él una característica típica de mis pesadillas. Era hermoso.

Mi sangre se detuvo en mis venas y las puntas de mis dedos se pusieron rápidamente heladas. El brazo de InuYasha alrededor de mi cintura me hizo saltar y volví a respirar. Pero el pánico aún no pasaba.

Ambos sostuvieron sus miradas, peleando en un mundo donde yo todavía no podía entrar.

—Vamos —me dijo y su voz, tan gutural como siempre después de su transformación o cuando esta a punto de hacerla, me hizo estremecerme. Y sin voltear a ver nuevamente al chico, dejé el CD e InuYasha me guío fuera de la tienda.

Cuando sentí que mi cuerpo dejaba de temblar a mediado que nos alejábamos de aquel lugar, en mi mente se formulo una única frase.

—Nos encontraron —sentencie pensando en mil y una maneras de que la guerra que estaba próxima a venir no llegara. Yo no estaba lista para afrontar todo todavía.

—No, no lo hicieron —me respondió y yo tropecé con mis propios pies.

—Pero él…

—Solo nos topamos con él, es todo —me dijo en tono tranquilizador—. Volvamos al auto.

—Pero… en el restaurante, ¿Él…?

—No te preocupes. Es un novato.

— ¿Cómo lo sabes?

—Porque te ha seguido sin tomar el riesgo de que estaba yo junto a ti.

Con esas palabras, intenté calmarme.

Volvimos al auto y nos encaminamos hasta Evanston donde pasaríamos la noche en algún hotel. A mitad de camino, nos detuvimos en una cafetería a comer algo (Y volver a llenar mi estomago) para seguir el viaje.

Cuando por fin llegamos, el sol ya se había metido hace tiempo y mi rostro reflejaba lo mal que me sentía.

— ¿Estas bien? —me preguntó divertido cuando me ayudo a bajar del auto. Mis piernas se mecieron de un lado hacía el otro haciéndome caer de rodillas si InuYasha no me hubiera afirmado—. Creo que no —rió bajito y yo quise ahorcarlo… pero no me sentía con fuerzas.

Me llevó al interior de un edificio, me hubiera fijado en el nombre si no hubiera estado más concentrada en mantenerme de pie. Me ayudo a sentarme en un sillón largo de la recepción mientras el iba a registrarnos.

Reposé mi cabeza en el respaldo y me concentré en cerrar los ojos y tratar de dejar que el suelo se moviera a mis pies. Inhalé… y exhalé, una y otra vez.

Poco a poco iba sintiéndome mejor.

— ¿Estas mejor? —me preguntó una vez que llego junto a mí. Abrí los ojos de apoco.

—Mejor que mierda pero mucho peor que bien —sonreí ante lo tonto de mi propio comentario y me puse de pie.

—Subamos —agarró mi cintura y me ayudo a no tambalearme—. Te recostaras y dormirás.

—Pero aún no has comido, yo ya no tengo hambre, pero de seguro tu sí.

—Pediré servicio al cuarto —me sonrío—, vamos arriba.

—Okay.

Esa noche caí en la inconciencia en cuanto toque las almohadas. No sentí cuando InuYasha abrió la puerta para recibir la comida, ni muchos menos cuando se recostó junto a mí para dormir.

Pero soñé, conmigo y Kikyô, pero no yo siendo ella, si no ambas frente a frente. En el pasado, había mirado su cara una infinidad de veces mientras contaba sus pecas, y ahora, frente a mí como se encontraba en el mundo creado por mí imaginación, la veía no como siempre la vi.

Ella era la imagen del reflejo en el agua, ese reflejo que tanto odiaba de si misma. Sus cabellos negros caían lacios sobre sus hombros descalzos, y su piel suave y tersa sin alguna mancha que opacara su hermosura. Y por ultimo, su mirada. Llena de la sangre de gente muerta por ella, del odio hacía aquella persona amada, el lamento de los hijos perdidos, y sobre todo… ese sentimiento centellante que tenía un brillo extraño en sus ojos. Un brillo tan negro, pero sin embargo… tan claro.

"Viene el conde y tenemos que escondernos…" instintivamente reaccione cuando su boca se movió para cantar. Y al segundo, reconocí la canción "Tiene cuerdo y demás. Y si no te escondes te va a encontrar" esa era la canción que siempre cantaba.

Ahora lo recordaba. En muchos de nuestros momentos de ocio, cuando yo contaba sus pecas ella cantaba esa canción infantil. Pero, dado el hecho de que siempre estuve más preocupada de los pequeños tintes rojizos de sus mejillas, jamás me preocupó ver que expresión tenía su cara en ese momento.

No como ahora…

"Y si te piílla te va ha comer" cuando ella sonrío en esa ultima frase, la sangre se me congelo en las venas.

Entonces desperté.

Lo primero que vi fue el brillo casi imperceptible del amanecer apenas si aproximándose. Miré el reloj de la mesita junto a la cama que no marcaba más de las seis de la mañana. Sonreí, me había acostado demasiado temprano el día anterior.

A mi espalda podía sentír a InuYasha abrazando mí cintura y expulsando el aíre de su boca de manera sonora contra mi hombro. Volví a sonreír, InuYasha roncaba.

Me moví un poco para acomodarme mejor. Los recuerdos del sueño tenido me abrumaron sorpresivamente haciendo que mi ánimo recién adquirido desapareciera. ¿Por qué justamente tenía que soñar con aquella canción? ¿Significaba algo? Y aún más ¿Significaba algo que ella siempre la cantara?

Me mordí el labio, ¿Por qué la cantaba? ¿Por qué siempre me la cantaba a mí? Aah… no podía entender. Decidí levantarme y tomar una ducha caliente para borrar esos pensamientos, con cuidado —y sabiendo que InuYasha se despertaría pero seguiría durmiendo— me desenganche de su brazo en mí cintura y me senté en la cama.

Como suponía, InuYasha se revolvió a mi lado y volteé ligeramente para mirarlo. Abrió uno de sus ojos, perezoso y yo le sonreí. Enseguida se volvió a caer en un sueño profundo y yo me puse de pie para ir directo al baño.

Cuando entre, lo mire detenidamente por una milésima de segundo, no era grande, pero si era espacioso y tenía una ventanita a la altura de la cabeza. Camine y me miré en el espejo sobre el lavamanos intentando encontrar algún pequeño parecido que yo pudiera tener con Kikyô, sea cual sea (la que conocía y la real de pelo negro) porque si bien ella estaba muerta, yo aún era su sangre, hija de generaciones que sus mismos hijos dejaron. Pero aún así no encontré ningún parecido, ni en una ni en la otra, y como debería de haberla, si durante siglos, la sangre se había mezclado con muchísimas más hasta llegar a la mía.

Entonces, otro pensamiento irrumpió en mi mente cuando dejaba que el agua caliente cayera sobre mí. ¿Qué había pasado con sus hijos? Por los pocos recuerdos perturbados que tuvo Kikyô en el momento de morir, recordó a sus hijos, pero ellos ya eran mayores según las imágenes, ellos sabrían cuidarse solos. Sin embargo, ese extraño sentimiento de dejar desamparado a un hijo creció en mi estomago, había experimentado en carne propia los sentimientos de Kikyô hacía sus hijos. Que irónico, ella se veía tan joven ahora.

Cuando salí de la ducha, tome la toalla blanca que tenía bordado el nombre del hotel y la enrede en mi cuerpo. Recordé haber dejado mi ropa en la habitación, pero ¿Qué más daba si InuYasha me veía? Traía la toalla.

Pase junto a le ventanilla y un escalofrío recorrió mi espalda nuevamente. Si hubiera sido lo bastante inteligente como para no haber mirado, lo hubiera hecho. Pero en ese momento actúe instintivamente, doblando mi cuello y mirando a través de la pequeña ventanilla.

Frente al edificio había otro hotel más pequeño de pisos pero no de anchura. Desde mi punto, podía mirar perfectamente el balcón del más pequeño y sobre el, sorprendentemente, había alguien mirándome. Mi sangre se congelo de golpe en mis venas nuevamente. Entre todo mi alborotado cerebro, intenté razonar; aquella persona no me miraba a mí si no a otro punto muerto muy cerda de mí, por que, era imposible que algún humano pudiera ver a tal distancia a través de una ventanilla de tan pequeño tamaño… claro, un humano no podría.

Abrí la puerta del baño y atravesé la habitación a grandes zancadas, corriendo las cortinas a medio cerrar y deslizando el ventanal para salir al balcón. El hecho de que yo me encontrara medio desnuda, a las seis treinta de la mañana en el balcón del quinto piso de un hotel que no conocía, era totalmente insignificante en ese momento. En toda mi desesperación repentina, busque nuevamente a aquel hombre hasta encontrarlo en el mismo lugar, mirándome. Su mirada más allá de darme repulsión, me daba escalofrío. Y sin proponérmelo, baje el rostro mirando la calle completamente bacía a esas horas de la madrugada, sin embargo, cerca de un poste, había una pareja, también matándome con la mirada.

En ese momento comencé a híper ventilar.

— ¿Qué se supone que haces? —me preguntó InuYasha y volteé a mirarlo al borde de un ataque de pánico. Rápidamente me acerqué hasta arrodillarme sobre la cama para quedar a su altura. Su mirada era de desencajo total— ¿Qué pasa?

—Nos encontraron.

Su rostro se contrajo por unos segundos interminables para mí. Entonces se puso de pie y camino hasta el balcón, apoyando ambas manos sobre la baranda y mirando a todas direcciones. Cuando volvió junto a mí, se sentó en la cama y acarició mi mejilla sonriendo.

— ¿No nos encontraron? —pregunté levemente esperanzada de su sonrisa.

—No Kagome, no nos encontraron. Solo nos topamos con más de ellos, es natural.

— ¿De verdad?

—De verdad.

— ¡Díos! ¡Los encontramos por todas partes!

—Claro. Hay quizá el doble de ellos que de nosotros en este mundo.

— ¿Sabes? Me deprimes —comenzó a reír.

Entonces recordé que estaba semidesnuda, y la seguridad que tuve en el momento de saber que tendría que venir por mi ropa, desapareció en un instante.

—Voy al baño —evitando que él pudiera ver el sonrojo que se apodero de mis mejillas en ese momento, salte de la cama –cerciorándome demasiado bien de no dar ninguna vista privilegiada de debajo de la toalla- y tome mi bolso encerrándome en el baño.

Me puse unas bermudas, un suéter azul y deje que mi pelo se secara con el ambiente. Cuando volví a la habitación, InuYasha estaba sentado en el borde de la cama dándome la espalda y sosteniendo un celular en su oído. Apenas entré, volteó y me miro sin ninguna expresión –en ese momento, mi corazón comenzó a latir deprisa (no por las razones comunes)- y volvió a darme la espalda.

Pasé junto a él dejando el bolso junto al suyo y me paré frente a él moviendo mis labios en una pequeña frase; "El baño esta listo. Dúchate" asintió y yo me permití salir del cuarto. Di vueltas por la pequeña sala de estar pensando en un millón de cosas hasta que mi estomago rugió de hambre.

Me acerqué al teléfono de la habitación pero me detuve, yo necesitaba aíre y lo mejor seria que fuera personalmente a la recepción a pedir algo para comer. Mataría dos pájaros de un tiro; estiraría mis pobres piernas que pasaron casi doce horas encogidas y pediría comida. Fácil.

—Voy a pedir algo de comer —dije en tono suave, sin elevar la voz. Yo sabía de antemano que me escucharía.

Salí al pasillo cerrando la puerta tras mi espalda y me dirigí al ascensor. Pero volví a detenerme, ¡Yo quería caminar! ¿Por qué bajar por el ascensor?

Mientras caminaba, mi mente tenia tiempo de sobra para pensar en cosas que me martirizarían por muchas horas. Para comenzar, estaba el hecho de que una lucha estaba demasiado cerca, incluso InuYasha, aún que lo negara, estaba más tenso de lo usual.

Y había otra cosa, yo era un peón importante en este juego de ajedrez que no podía caer, es decir, que si yo moría (o me mordían) el juego estaría ganado para el bando enemigo, y no importase que los siguieran matando, sabrían escapar y surgir. Pero entonces, si yo me convertía en una de ellos ¿Cuántas vidas inocentes tomaría? ¿Cuántos años de miseria pasaría vagando por este mundo hasta que algún alma caritativa se atreviera a matarme? Y sobre todo, ¿Cómo seguiría viviendo sabiendo que cada día que pasara, InuYasha envejecería hasta la muerte? ¿Seria capas de ver al lobo reclamando a otra mujer? ¿Ver sus hijos? ¿Su muerte?

—No soy tan fuerte —me susurré con melancolía yo misma. ¿Pero que más? Yo ya había tomado la decisión de entregarme si era necesario, entonces, estaba aceptando todo lo que aquello implicara; la muerte dolorosa o una eternidad agonizando.

—No puedo creerlo… ¡Kagome Miller!

Instintivamente volteé ante la pronunciación de mi nombre. Frente a mí, había un hombre alto, delgado, bien parecido y con una fachada de haber pasado toda la noche en algún bar. Me puse en guardia enseguida, pretendiendo salir corriendo si eso me daba tiempo suficiente como para gritar y que InuYasha me rescatara. Pero me quede en guardia mirándolo por unos minutos, algo en su cabello revuelto y sus ojos pardos me parecía familiar, demasiado familiar, pero no podía recordar…

— ¿No me reconoces? ¡Soy Kenneth Martínez! ¡Tu compañero de la secundaria! —gritó tan alto que me encogí de hombros algo asustada. ¿Kenneth Martínez? Hum…

— ¡Ah! —Esta vez fui yo quien grito retrocediendo un paso y poniéndose nuevamente en guardia. Frente a mí, estada el chico que hizo de mi pobres días de estudiante de secundaria una larga miseria. Y por lo tanto, frente a mí, estaban los días más sombríos de mi vida— ¡Eres Tú!

— ¡Sí! ¡Que bueno volver a verte! —me sonrío y algo en mi estomago se revolvió. Volví a recordar mi pasado, y esta vez, sus pensamientos hacía mí.

—Lo mismo digo… —susurré lo bastante bajo para que no escuchara el tono de falsedad en mis palabras.

— ¿Y que haces por aquí? Pensé que nunca saldrías de San Luis, jamás fuiste alguien que viajara mucho, pero la gente cambia ¿No? Y… —su boca se movía sin parar y yo estaba comenzando a marearme por el hambre, ¿Cómo decirle que no quería escucharlo? ¿Qué solo quería ir por comida?—. Pero dime, ¿Cómo has estado?

"A punto de morir un par de veces, soy novia de un licántropo y una guerra esta a punto de desatarse. Oh, claro, mi novio quiere matar a mi amiga y mi amiga quiere matarme a mí. Pero nada de eso pasara si me muero de hambre"—. Nada interesante ¿Y tú?

— ¿Yo? ¡Yo estoy de lo mejor! —gritó emocionado—. Vine con mis padres a pasear por unas semanas, ¡Jamás imagine en encontrarme contigo! ¿Puede ser el destino? —y ahí comenzaba… irremediablemente sus pensamientos se repetían en mi cabeza de manera repetitiva.

—Jajá —reí disimulando mi aburrimiento—. No creo en el destino. Pero mira que tarde, tengo que ir a pedir que lleven comida a mi habitación, me muero de hambre. Fue bueno verte —mentí—. Ojalá nos volvamos a encortar —¡Por favor, no!—. Nos vemos…

— ¡Espera!

Sentí su grito potente en mí espalda y me tambaleé en el primer escalón de la escalera. Su mano se agarro bruscamente en mi antebrazo y me giro para quedar frente a él. Fruncí el ceño, "¿Es que nunca aprendió a tocar a las mujeres? ¡Sigue igual de bruto que de niño!" Pensé sintiendo mi brazo acalambrarse. Como pude, me zafé de sus garras.

— ¿Qué quieres? —le pregunte intentando no sonar enojada mientras soltaba disimuladamente mi brazo.

—Me preguntaba si podía acompañarte —me miró expectante, como un niño pequeño esperando la respuesta de su madre.

Entrecerré los ojos, desconfiada. ¿Esto era una trampa? ¿Acaso él era uno de ellos?

—Tú ibas en la otra dirección.

—Solo iba a mí habitación. No tengo nada que hacer, y que mejor para pasar el momento de ocio que hablando con una vieja amiga.

"Jamás fui tu amiga" pensé.

Por un momento, tome en cuenta la posibilidad de leer su mente, de ese modo, sabría si el pensaba algo más allá de lo que un humano con problemas mentales —como el— pensaría, pero deseche esa posibilidad, me aterraba tanto o más la idea de volver a escuchar sus pensamientos sobre mí. Pero, sin embargo, era completamente necesario en un momento como este.

Resignándome al hecho, me lamenté mentalmente mientras daba rienda suelta a mi mente, recibiendo en fracción de segundos, sus pensamientos.

'¿Por qué se demora tanto en contestar? ¡Ah! Espeta nerviosa. Genial, ahora yo podría…'

— ¡No! —grité horrorizada. Él pegó un brinco—. Digo… ham, no me molestaría tener compañía.

— ¿De verdad? Genial 'Esta es la oportunidad de oro. Párese que ha olvidado cuando la molestaba de niña. ¡Que tonto fui! ¿Por qué no solo se lo dije envés de molestarla?'.

Cerré los ojos, volviendo a encerrarme en mi burbuja mental en un segundo. No necesitaba escuchar más.

Sin decirle palabra alguna, me moví nuevamente hacía las escaleras y me siguió como perro que sigue a su dueño menando la cola. ¿Qué podría decirle para que se alejara de mí? Quizá podría mencionarle que tenía algún tipo de enfermedad muy rara y muy peligrosa y contagiosa, pero no me salvaría de que se lo contara al dueño del hotel y estos llamaran a Sanidad Nacional. También podía decirle que estando junto a mí, era casi una carnada para ser comida de caimán. Pero me tomaría por loca y yo, nuevamente, no me salvaría de estar encerrada en un manicomio. ¿Entonces? Podría decirle que mi novio era un fuerte hombre lobo que se lo comería si se me acercaba. Pero eso tampoco era lo bastante razonable…

Lo mejor sería decirle la verdad: No quería de su compañía.

—Kenneth, escucha… —me volteé ligeramente a mirarlo cuando llegamos a la primera planta. Por la hora que era, no había nadie, solo un portero y un hombre detrás de la mesa de la recepción.

Sin embargo, aquella extraña sensación de escalofrío recorrió mi cuerpo. Me tense enseguida. ¿Cómo era posible, para variar, que me hubiera topado con uno nuevamente?

— ¿Qué pasa? —me preguntó curioso y yo puse un dedo en mi boca para que callara.

Mi burbuja se expandió por toda la recepción.

'Los de la habitación 203 han pagado solo una noche. Si piensan quedarse más tiempo tendré que ir a pedirles el resto del dinero. Los de la habitación 106…' Pensaba el hombre atrás de la recepción moviendo sus carpetas de un lado para el otro con el ceño fruncido.

'Tendría que haber aceptado el empleo de Taxista. Por lo menos de ese modo podría mover lo pies…' refunfuñó en su mente el portero con rostro sereno.

'¿Qué le pasara? ¡Ho, claro! Ella siempre fue rara, eso fue lo que gusto de ella…' Ew, había escuchado más de lo que yo quería escuchar.

— ¿Qué pasa? —repitió Kenneth acercándose más a mí sin que yo le tomara la más minima atención. Aún podía sentir la mirada penetrante en mí y si no podía escuchar más que los pensamientos de los tres hombres que hasta ese momento estaban en mi área, significaba que lo que sea que me estuviera mirando, no estaba en la recepción.

—Guarda silencio —le pedí moviendo mi cabeza mirando en toda dirección, hasta que mis ojos se enfocaron una pareja en la calle. Rápidamente los asocie con la misma pareja que había visto hace unos minutos desde el balcón.

Inflé mi burbuja más allá, hasta poder llegar a ellos.

'¿Nos escuchas verdad?' Pensó la mujer y yo instintivamente asentí.

Ambos, el hombre y la mujer, se intercambiaron miradas. Y luego, el hombre se alejo desapareciendo rápidamente.

'No tenemos mucho tiempo'

— ¿Quién eres? —pregunté sin elevar la voz.

'Esperanza te está buscando' me dijo ignorando totalmente mi pregunta.

—Lo sé —contesté sintiendo como mi labio inferior temblaba.

'Está enfadada'

—También lo sé.

'Ya sabe que estas en camino. Y eso la alegró un poco, pero no le agrada que estés con el licántropo'

—No se lo estoy haciendo fácil, ¿Verdad? —sonreí sin ganas.

'Es por eso que está enfadada'

— ¿Ella te mando aquí?

'Sí. Quiere hablar contigo'

—Ella quiere matarme.

'Dije hablar. Lo que pase después no es cosa mía'

—No hay nada que hablar con ella.

'Ella dijo que de seguro tenias muchas preguntas que hacerle'

—Un montón, en realidad —dije —, pero puedo vivir con la incertidumbre.

'Bien; ese no es mi problema. Ya te dije lo que ella quería decirte'

Y tal como lo había hecho el hombre hace unos momentos, la mujer desapareció demasiado rápido y yo me permití volver a mi burbuja pequeña.

Inhalé profundo y caí de rodillas. Mi corazón galopeaba demasiado fuerte en mí pecho y el suelo daba vueltas bajo mí. Di una ultima mirada a la calle y mire la alfombra roja bajo de mí queriendo llorar. ¿Por qué me afectaba tanto? Yo ya sabía que Kikyô era Esperanza… pero aún así dolía tremendamente escucharlo.

—Esto es estúpido… —susurré antes de soltar una pequeña carcajada sin ganas.

— ¿Kagome? —dijo Kenneth a mí lado y yo recordé que estaba junto a mí — ¿…Que fue todo eso? ¿Por qué hablabas sola?

—Lamento haberte asustado. Pero me conoces —le sonreí—. Soy bastante rara.

— ¿Asustarme? ¡Eres genial! —gritó emocionado y mi rostro se contrajo.

— ¿Qué?

—Siempre me ha gustado eso de ti, ¡Pero de niño no lo admitía y solo te molestaba! —confesó mientras sus mejillas se teñían de un rosa escarlata.

— ¡Como olvidarlo! —rodeé los ojos mientras recordaba mis días de secundaria.

—Lamento tanto aquello. Solo estaba avergonzado…

—Kenneth —lo detuve antes de que dijera algo malo para mi salud mental—. Olvídalo, ¿Sí? Tenías razones de sobra para molestarme. Así que no pasa nada, todo perdonado. Ahora ayúdame a ponerme de pie, por favor.

No se si fue aprovechando el momento, o el simple hecho de que en ese momento mis fuerzas no me estaban ayudando en nada, pero Kenneth atravesó una mano en mi cintura, apretando firmemente y con la otra, busco mi mano entrelazando sus dedos con los míos.

Sentí su pecho ponerse duro cuando hacía la presión para ponerme de pie. Recordé, en ese momento, que jamás, desde que conocía a InuYasha, el había hecho fuerza alguna para levantarme.

Ahora me sentía gorda.

—Gracias —le dije lo más amigable que pude, soltándome de su agarre.

Puse mis pies firmes en el suelo intentando mantener el equilibrio, pero aún todo me daba vueltas. Pegué nuevamente mi mirada a la salida, pero nuevamente ahí no había nada, sin embargo el portero me miraba entre preocupado y divertido.

Si era cierto el hecho de que Kikyô quería hablar conmigo, entonces yo tenía que decidir que hacer, si ir a hablar con ella (en privado claro) o no hacerlo, y quedar siempre con la incertidumbre de miles de mis preguntas. Porque tenía que ser realista, me perturbaba el hecho de saber lo que ella pensara en realidad. Quería saber si seguía sufriendo por ser lo que era, si seguía amando a aquel hombre… si realmente quería matarme.

Eran muchas cosas que estaban en mí interior dando vueltas, y por más que quisiera ordenarlas no podía.

Fue entonces que mí estomago gruñó.

—Tengo hambre —me recordé alejándome de Kenneth para llegar al hombre detrás de la mesa que despegó la vista de sus papeles y, como por arte de magia, sonrío muy amablemente.

Di mi orden y me prometieron llevarlo enseguida. Volví la vista a Kenneth que me miraba expectante de que algo pasara. Intenté descifrar que era ese extraño brillo en sus ojos, y me negaba a pensar que el estuviera esperando que lo invitara mi habitación.

—Bueno, Kenneth. Eso fue todo, ya puedes irte a tu habitación. Gracias por acompañarme —le hice una mueca que yo atribuía a una sonrisa.

—Te acompañare a tu habitación.

—No es necesario…

—Pero insisto.

—De verdad, estoy bien…

Al final, sin siquiera dejarme terminar, me tomó del brazo y me guió por el amplio pasillo. Esta vez, me permití ocupar el ascensor para tener que escuchar el menor tiempo de todo lo que había hecho Kenneth hasta ahora. Cuando por fin llegue a la puerta de la habitación, me despedí y cerré la puerta rápidamente en su cara. No quería que el se las arreglara para entrar.

Cuando entre en la habitación, me encontré con InuYasha mirando la televisión recostado de cabeza a la cama.

— ¿Por qué bajaste? —me preguntó poniéndose derecho.

—Para pedir comida —le contesté y me subí a la cama para quedar a su altura.

— ¿Por qué no lo pediste desde aquí?

—Necesitaba estirar las piernas —le sonreí — ¿Me extrañaste?

—Claro. No había nada bueno en la tele —también me sonrió y yo golpeé su hombro.

—Me siento tan alagada de saber que estoy después de los programas de televisión.

El timbre sonó y yo salte de la cama para abrir la puerta. Un hombre de no más de treinta años entró con un carrito lleno de bocadillos. Le agradecí y di propina antes de llevar el carrito hasta la habitación y volver a saltar sobre la cama.

— ¿Te párese bien irnos después de bajar la comida? —me preguntó cuando yo estaba con una tostada atravesada en la garganta—. Ya sabes, para que el señor-sensible no se sienta mal —sonrío.

—Pues —tragué —Si no te molesta, me gustaría quedarme un día más aquí.

— ¿Por qué?

—Bien, el señor-sensible no esta del todo curado todavía. No soportara un viaje más sin caer al hospital —me eché una uva a la boca — ¿Lo arias por el señor-sensible, por favor?

—Supongo que no sería problema —me sonrío y se estiro para depositar un beso fugas en mis labios.

Ahí se detuvo nuestra conversación y pusimos toda nuestra atención en Los Simpson, que estaba transmitiendo FOX en ese momento.

Si bien escuchaba las carcajadas de InuYasha, yo no podía estar menos concentrada en el programa. Había cosas que tenía que pensar y aclarar conmigo misma, y no podía hacerlo arriba de un auto estando más preocupada de no vomitarle el auto a Izayoi.

— ¿Quién te llamo esta mañana? —le pregunté al recordar lo serio que había estado esta mañana.

—Era mi papá. Dice que llegaran mañana por la tarde aquí.

— ¿Por qué tan tarde?

—No me explicó bien, había mucho griterío. Pero creo que tenía que ver con Miroku y un motor con nitrógeno —me explicó sonriendo.

— ¿Hubo fuego?

—Si se trata de Miroku… esta claro que sí.

—Oh —reí.

Nuevamente, ambos nos concentramos en el programa de televisión, o por lo menos por que yo seguía divagando en mis problemas internos.

Y era tonto, yo sabía que ni siquiera era necesario dudar acerca de ir o no con Kikyô, que lo más seguro sería quedarme con InuYasha. Sin embargo, tampoco quería eso, algo me decía que si yo no lo hacía esto no acabaría nunca.

Y como si ya no hubiera buscado alguna solución lo suficiente, una llego a mí cabeza tanto que me hizo marearme sin entenderla, y luego, después de que maniobrara paso a paso lo que sucedería, como si un juego de muñecas fuese, me decidí a expresarle a InuYasha lo que pasaba por mí mente en ese momento. Temiendo así que como tan rápido la idea llego, me olvidara de ella.

—Tengo algo que decirte —comencé y obtuve su atención enseguida. Sonreía ante eso, por mucho que lo hubiera dicho anteriormente, InuYasha me demostraba que yo era más importante que un programa de televisión—. Pero necesito que tengas la mente muy abierta.

—Okay, esto ya no me esta gustando —arrugó la nariz y tomó el control de la tele, apagándola.

—Primero escúchame —le dije—. Lo he pensado mucho, y creo que es una buena idea.

— ¿Crees?

—Rectifico, estoy segura de que es una buena idea —me expliqué—. Pero estoy un noventa por ciento segura de que no la aceptaras de principio. Así que guarda silencio hasta que acabe de contarte ¿Sí?

—Mientras más te demores en contármelo, menos podré callarme —me dijo serio — ¿Tiene algo que ver con Esperanza?

—Todo tiene que ver últimamente con Kikyô.

—Entonces lo repito: Esto ya no me esta gustando.

— ¡Solo escúchame! —pedí volteando mi cuerpo para quedar frente a él totalmente.

—Entonces habla.

—Bien; estuve pensando mucho en todo lo que esta pasando.

—Ajá.

—Y llegué a una sola solución.

— ¿Cuál?

—Necesitamos separarnos por un tiempo —fue cuando lo dije en voz alta que mi corazón fue consiente de lo que implicaba pasar algunos días sin InuYasha.

— ¿Quieres terminar? —me pregunto confundido.

— ¡No! —me apresure a explicar—. Eso jamás. A lo que yo me refiero es a separarnos, no llegar juntos a San Luis.

—No entiendo.

—Mira, hace unos momento una mujer me dijo que Kikyô quería hablar conmigo, y yo pensé que…

— ¿Una mujer? ¿Cuándo? —se apresuro a decir. Abrí la boca para explicarle, pero él ya estaba con casi todo el torso en el aíre mientras se inclinaba en el balcón.

— ¡InuYasha, vuelve aquí!

— ¿Por qué no me dijiste que te encontraste con uno de ellos? —me reprochó cuando volvió a la cama.

—Porque no estuve en peligro.

— ¡Como no!

— ¡Escúchame! Si te digo que no estuve en peligro, es por que es verdad. Hablé con ella a una larga distancia —le expliqué—. Ella no se iba a acercar porque sabía que si entraba en este hotel, tú la olerías. Así que yo estaba completamente segura aquí dentro —inhalé profundo y continúe cuando abrió la boca para volver a hablar—. Y por lo tanto, dejaremos este tema de lado.

—Por ahora.

—Te dije que me había dicho que Kikyô quería hablarme —seguí sin tomar en cuenta su comentario—, y si dijo eso, estoy completamente segura de que no quiere una conversación de tres, si me entiendes.

—Continua.

—Y comencé a pensar en el hecho de que si misteriosamente el pueblo se llena de hombres lobo alrededor de la Chica-pimienta, Kikyô no se me acercara. Y creo tener un plan perfecto para que…

— ¡No! —gritó InuYasha con el rostro fruncido por el enojo y el espanto al haber deducido mis intenciones.

Antes de que pudiera siquiera hablarle, se levanto de la cama de un salto y se fue directo al baño. Sin intenciones de dejar mi excelente idea de lado, salté de la cama y fui al baño con él donde lo encontré lavando sus dientes.

Fruncí el ceño al ver que con solo lavarse los dientes, estaba dándome una señal de que esa conversación había acabado.

—No has escuchado mi plan completamente.

—Lo escuche o no —escupió el dentífrico— no cambiare de parecer.

— ¡Pero si no me has escuchado! —grité ofendida.

Pasó junto a mí y se tiro boca abajo en la cama.

— ¡InuYasha! —grité saltando sobre la cama— ¡Necesito que me escuches!

—No —fue su respuesta repentina. Caí de rodillas sobre la cama y junto a él.

— ¡Eres tan exasperante! —volví a gritar.

Guarde silencio en lo que trataba de tranquilizarme. Luego me decidí a hablar.

—Si llego sola a San Luis, estoy completamente segura de que Kikyô no sospechara tanto a como lo hará si llego contigo, ¿Me explico?

—Demasiado bien —casi gruño sin levantar el rostro de las almohadas.

—Bien —Continué—. El hecho seria de que ella se acercaría a mí más fácilmente.

—Ajá, y después: ¿Qué sigue? Ella podrá estar más cerca de ti al saberte desprotegida de mí. Es decir, una presa fácil.

—No seas pesimista —le dije—. Ya veras que todo saldrá bien. Solo tienes que pensarlo desde mi punto de vista, por favor. Tengo muy por seguro de que esto jamás acabara si yo no hago esto, InuYasha, por favor.

— ¿No puedes pensar en algo… no sé, que no te lleve a algo peligroso? —me dijo, levantando la cabeza bastante frustrado.

—No —respondí con toda la energía que tenía en ese momento.

—Bien; como sea —dijo—. Pero no importa. De todos modos no lo harás.

— ¡InuYasha!

— ¡Que! Confórmate con que te deje volver a San Luis.

— ¡Pero es distinto! —grité nuevamente frustrada.

—No, no es distinto. Ya estas en suficiente peligro con volver ahí, y ahora me pides esto —arrugó la nariz— ¿Puedes pensar siquiera en tu seguridad por un momento?

— ¡Pero si lo estoy haciendo!

— ¿De verdad? No se nota.

—InuYasha, escúchame. Si te pido esto no es por una idea mal maquina de un momento —le dije tomando su mano entre las mías—. He pensado tanto en millones de cosas hasta el momento que pienso que esto es lo mejor. Y bien; si estoy dispuesta a hacer esto es por que estoy completamente segura de que pase lo que pase, tú me ayudaras —le sonreí con todo el amor que pude haberle expresado en un momento así mientras mis mejillas se teñían de un rojo encarnado.

—Me das mucho merito —dijo moviendo la cabeza en negativa con una sonrisa sin ganas—Si mal no recuerdo; no he sido precisamente el mejor guardián.

—Haz sido el mejor —le corregí.

—Solo recuerda las veces en que te deje sola y saliste lastimada —apretó mis manos con la suya—. Han sido demasiadas veces en las que has estado expuesta.

Algo muy dentro de mí se conmovió al ver el abatimiento que reflejaron sus ojos y que su rostro sereno cubrió. Inhalé profundo y acaricié la palma de su mano áspera.

—Bien; dejémoslo en que quizá no has sido el mejor guardián —le sonreí—. Sin embargo; tampoco podemos decir que yo soy la protegida más obediente, ¿Verdad?

—En eso tienes razón —me dio una sonrisa sincera pegando su frente a la mía—. Además, Chica-pimienta, eres algo suicida.

—Puede ser —reí bajito estirando mi cuello para poder dejar un suave beso en sus labios—Pero cuando me referí a mi como Chica-pimienta, solo lo hice como una expresión para tratar de aliviar el momento. No significa que me guste.

—A mí me gusta —amplio su sonrisa.

— ¡Lo digo muy enserio! —fruncí el ceño—. Nada de Chica-Pimienta.

—Bien; nada de sobrenombres.

—Gracias —le sonreí.

Aprisioné su cuello entre mis brazos y lo bese siendo correspondida enseguida.

— ¿Te parece dar una vuelta por la ciudad mientras estamos aquí? —me preguntó una vez roto el beso.

—Hum… caminar me haría perfecto.

—Bien; deja cambiar mi camisa —en ese momento tome en cuenta una gran mancha de mermelada de frambuesa en su camisa.

Me pareció divertido verificar que InuYasha, al igual que un niño, se salpicaba al comer.

Entonces sonó el timbre.

— ¡Yo voy! —salte de la cama y corrí por el pasillo— ¿Si…?

—Hola, Kagome.

Tuve que sujetarme del marco de la puerta para no caer de espaldas al ver a Kenneth, arreglado y bañado, sonriendo como un niño ansioso de un dulce.

—Kenneth, que… —las palabras se atragantaron en mi garganta— ¿Qué pasa?

—Yo…—comenzó pero se detuvo abruptamente mirando atrás de mí.

Seguí su mirada que corría por el pasillo y llegue a la puerta abierta que daba la habitación, donde claramente se podía ver a InuYasha teniendo una pelea con los botones de su camisa, dando por resuelta, desgarrarla dejando su tórax completamente visible a mis ojos.

Mi rostro volvió a volverse carmín cuando lo contemple en ese pequeño tiempo, y no pude evitar pensar en lo sexy que era un hombre al romper su camisa.

—Veo que estas ocupada —escuché detrás de mí y volví de golpe a la realidad.

—Oh, sí… —intenté no sonreír ante su divertida expresión.

—Entonces es mejor no interrumpir —me dijo y se despidió.

Cerré la puerta y dejé que una sonora carcajada se apoderara de mí mientras volvía a la habitación.

— ¿Qué es tan divertido? —me preguntó InuYasha ya con una comisa nueva.

—Nada, realmente —le sonreí— ¿Bajamos?

—Deja ponerme el calzado.

Esa tarde, luego de muchos paseos a distintas tiendas, pude ver en el turbado rostro de InuYasha la aceptación a mi petición, llevando con eso una larga conversación por celular en la que yo estuve involucrada en algunas frases, para al final, luego de muchas palabras dadas y otras sin querer decirlas, Inu No aceptó. Entendiendo con la cabeza fría lo inteligente de mi plan y terminando de convencer a InuYasha que guardaba en si una ultima esperanza de que su padre me convenciera de no hacerlo.

Finalmente, cuando volvimos a casa ya entrada la noche, nos dejamos caer como sacos de papas y, sin apenas sacarnos la ropa, nos metimos bajo las sabanas y nos entregamos al sueño ligeramente. Sin embargo, no importase cuan dulce y relajante pudo haber sido aquel sueño… la incertidumbre de no saber que pasaría de ahora en adelante se había apoderado de nosotros aquella noche. Y cada uno, sabiendo que no tendría al otro por mucho tiempo, se abrazo aquel al que amaba como si fuese a morir en cualquier momento.

El alba llego pronto para mi cuerpo exhausto por la caminada del día anterior, pero no para InuYasha que ya tenía las maletas hechas, el desayuno pedido y solo esperaba que yo despertara. Cuando terminamos de desayunar, nos embarcamos nuevamente a un viaje de doce horas. Y esta vez, sin embargo, mi estomago no se resintió tanto al no verme concentrada en no marearme, si no en como sería volver a casa, con mamá… como si todo volviese a la normalidad.

Luego de algunas paradas para cargar gasolina y alimentarnos, llegamos cuando la tarde casi estaba comenzando su color rojizo a una ciudad de Utah, donde llego el momento de despedirse.

Con mi maleta en una mano, y con el pasaje que me llevaría a San Luis en la otra, me despedí de InuYasha con toda la serenidad que era capas de emplear en un momento así.

No hubo abrazos, ni besos… solo un tierno adiós y un cuídate.

— ¡Díos mío! —gritó mi madre cuando me vio parada en la puerta. Sus ojos se bañaron en lágrimas y me abrazó de esa manera que yo tanto necesitaba en aquellos momentos.

—Hola mamá —le dije y ella me ayudó a entrar mi maleta.

—Me hubieras dicho que venias. Gracias a díos es sábado y me encontraste en casa, unas amigas me invitaron a salir esta noche.

— ¿Desde cuando sales con amigas?

—Desde que me siento sola.

—Oh, mamá, yo…

—Era broma —me sonrío— ¿Vienes para quedarte, cierto?

—Sí mamá. Vengo a quedarme.

Entre toda la turbación de preguntas de mí madre, pude mirar por la ventana y ver la casa de al frente, sus luces apagadas y su desaliñado patio. Como me acababa de decir mi mamá, el joven que vivía ahí se había cambiado esta mañana. Como era el plan.

Inhalé profundo llenándome de fuerzas. No vería a InuYasha en quien sabe cuanto tiempo, pero me consolaba el hecho de saber que él estaría velando por mí a cada segundo.

Después de todo, este era el plan.

"Ante los ojos de Kikyô" Pensé "Soy una presa fácil"

|Nota autora:

Ña, el final se acerca.