OJOS DE FUEGO
-Ni te me acerques, bastardo.- le advirtió la shinigami, con la espada desenvainada
-Eh- replicó el falso alumno con las manos en alto –Yo voy desarmado- A lo que añadió la más inocente de sus sonrisas.
Desafortunadamente para él, Nalya había advertido hacía tiempo que aquel cuarentón de aspecto desaliñado no era el típico fulano que necesitaba de una espada para pelear.
-¡Ni lo sueñes!- Clamó, mientras daba un paso adelante con la zampakutoh apuntando en dirección a su torso. –Aléjate de él, ¡Vamos!- Añadió, al ver que Kent seguía con la macabra intención de ejecutar al último miembro del trío de secuestradores que habían llevado a cabo la operación. Eso era algo que, por encima de todo, no podía permitir.
Si aquel traidor hijo de perra terminaba con el shinigami se habría acabado todo. Según parecía, el único que podía esclarecer cual era el qué de aquella operación era él, y Nalya sabía que no podía permitir que Kent le segara la vida como había hecho con los otros dos. Estaba convencida de que las manos que estaban moviendo a aquellos shinigamis corruptos desde detrás del telón estaban arriba, y mucho, y también sabía que si no lograba capturar a alguno de ellos con vida todo habría acabado. Costara lo que costara, tenía que detenerlo.
-¡He dicho que te alejes de él, joder!- Gritó Nalya, desgañitándose, mientras cargaba en dirección al alumno.
No logró golpearle, aunque ésa tampoco era su verdadera intención. Con aquel supuesto ataque, había logrado que Kent se alejara varios metros de su víctima. Un avance más que sobresaliente si se tenía en cuenta lo cerca que aquel desgraciado había estado de morir.
-¡Casi me das con eso!- Se quejó Kent con aire ofendido
-Una pena- se lamentó Nalya, con una sonrisa torcida en los labios, mientras trataba de comprobar con el rabillo del ojo el estado en que se hallaba el shinigami que tenía a sus pies.
Impactada por el estado de aquel tipo, Nalya tragó saliva. Sus heridas parecían graves, muy graves, lo bastante como para que, en un par de horas desatendido, muriera sin remisión. Además del brazo amputado y una decena de costillas rotas, había algo más en sus ojos. Algo que le impedía moverse aún para retorcerse del dolor que colmaba su cuerpo. Algo que Nalya reconocía pero no sabía porque.
-Me voy a llevar a este tipo, Kent- Habló por fin, aparentando un aura de confianza que, desgraciadamente, no estaba segura de poseer. –Vivo- añadió, mientras reforzaba la concentración de reiatsu en cada una de sus extremidades.
Tras unos instantes de tenso silencio, una risa desconsiderada irrumpió en el lugar, creciendo como una ráfaga de gotas de lluvia al principio de la tormenta. Nalya alzó la barbilla, desafiante. Era Kent.
-¿De qué coño te ríes tú ahora?- le espetó, con el ceño sombrío
-De ti, Nalya. De ti.- replicó con una sonrisa en los labios. -¿De veras crees que vas a poder vencer a un hombre de mi poder?- Nalya se quedó en silencio, evaluando la certeza que se escondía detrás de aquella afirmación –¡Yo!- prosiguió –¡Que lanzo hadous como quien lava! ¿Quién eres tú para pensar que puedes hacerme frente?-
La oficial de la nueve se quedó literalmente de piedra tras aquella declaración de intenciones. "¿Que quién era ella? Precisamente una verdadera experta en el arte del kidoh", pensó. "Aunque mejor será que se lo demuestre", resolvió, forzándose a reprimir la sonrisa que comenzaba a aflorar en su rostro.
-¡Hadou treinta-y...!- empezó Nalya, con la palma izquierda extendida, antes de verse nuevamente interrumpida por Kent.
Esta vez, sin embargo, se trataba de algo más serio que una mera interpelación.
-¡Hadou Noventa! ¡Hadou-ken!- Clamó el falso alumno al proyectar una azulada bola de luz que sorprendió a Nalya por completo, obligándola a hacerse un lado para que aquella emanación de energía no la consumiera.
El estallido golpeó a la shinigami de refilón, haciéndole apenas un leve rasguño. Kent, sin embargo, parecía satisfecho con los resultados.
-¡Le he dado!- Comentaba, con los brazos en jarras, mientras se maravillaba de su propio poder.
Nalya tardó algunos segundos en entender aquello a lo que el falso alumno se refería. Justo el tiempo que perdió en incorporarse y echar un vistazo al shinigami que yacía en el suelo, un par de metros detrás de ella, con el rostro completamente negro de pólvora.
-¿Pólvora?- inquirió Nalya para sí misma, mientras repasaba mentalmente la situación. –Un Hadou noventa- murmuró, tratando de llegar al sí de aquella cuestión. –Un Hadou noventa... Hadou-ken...- repitió para sí. –Pólvora... Un Hadou noventa... ¡Hijo de puta!.- resolvió al fin. -¡El Hadou noventa es el Kurohitsugi, el ataúd negro!- argumentó- ¡Eso era un hechizo falso!-
Y, con una sonrisa de seguridad en los labios, completó el lanzamiento de kidoh que la estúpida maniobra evasiva de Kent había interrumpido hacía apenas unos segundos.
En unos instantes, una bola de energía roja surgió de las manos de la shinigami, trazando una parábola que el falso alumno esquivó con aparente facilidad. Sin embargo, eso era algo que Uchiha Nalya ya había previsto, lanzando otro Shakkahō de modo consecutivo que se encaminaba directamente hacia el desprotegido torso de Kent.
La explosión lo llenó todo de polvo y de luz, sumergiendo en una bruma marrón y carmesí el cielo que se extendía sobre sus cabezas.
Viendo el resultado que aquella hábil estratagema había provocado, Nalya se relajó, bajando la espada, dando así por terminada la batalla por la vida del malherido secuestrador. Pronto había de darse cuenta que aquello no había hecho más que empezar.
-Eso ha estado cerca- susurró, de repente, una voz al oído de la shinigami.
-¿Pero qué?- Saltó ésta, trazando, a ciegas, una nerviosa espiral con su zampakutoh.
Kent estaba allí, incólume a pesar de recibir el impacto de aquel hadou de frente. "Acaso lo ha logrado esquivar" pensó Nalya. "No" resolvió, "Le ha dado de lleno". Sin embargo el falso alumno había salido indemne de aquel impacto, completamente ileso.
Ahora se la miraba, con los ojos risueños y aire despreocupado, con la mano izquierda masajeando levemente su hombro derecho.
-Lo voy a matar, quieras o no- Sentenció por fin. –Esto es algo que, por muchos kidohs que lances, no vas a poder evitar-
-Lo sé- respondió Nalya, disipadas las dudas. –Lo sé. Aunque con tu permiso, alumno de pacotilla, hay una última lección que te quiero enseñar.- Añadió, mientras sus dedos se cerraban con fuerza alrededor del mango de su zampakutoh- ¡Que asciendan los fuegos del infierno y purifiquen la tierra! ¡Kogasu, Vilnya!-
Durante los primeros instantes, el filo de la espada estalló en un mar de fuego, envolviendo los alrededores con una poderosa onda de choque. Kent, por su parte, había sabido reaccionar de inmediato ante aquella manifestación de poder, retrocediendo con agilidad hasta quedar fuera del abasto de la liberación de la shinigami.
El fuego lo había envuelto todo, consumiendo el espacio que separaba a ambos contendientes hasta reducirlo todo a cenizas. Ahora, sin embargo, las llamas parecían haber remitido, reluciendo solamente alrededor de la zampakutoh de Nalya, Vilnya.
A pesar de lo que aquello pudiera parecer, el fuego interior de la espada de la shinigami no estaba ni mucho menos extinto. Solo dormitaba en silencio, sometida por completo a la voluntad de su dueña y señora.
Kent, que había seguido las evoluciones de la zampakutoh desde una distancia prudencial, caminaba ahora en círculos alrededor de la shinigami, moviéndose con suma lentitud. Midiendo los pasos, encerrado en un mutismo de concentración, con las rodillas medio flexionadas y los dedos acariciando el aire con delicadeza, como un judoka que tantea a su adversario una centésima antes de atacar.
Unos segundos después, y con una sonrisa en los labios, Clark Kent decidió mover pieza por fin.
-¡Iluso!- Le reprendió Nalya, con un ardiente fulgor en la mirada. -¡De veras te creías que esto había terminado!-
Una decena de lenguas de fuego surgieron de repente del filo de Vilnya, creciendo a pasos agigantados, alimentadas por el espíritu de la shinigami.
En apenas unos instantes, Kent se vio rodeado por las llamaradas, envuelto en un ardiente torbellino que se cernía sobre él de modo irrefrenable. Las llamas amenazaban con devorar su carne, consumiéndola con la violencia con la que el fuego se arremolinaba a su alrededor.
Kent, sin embargo, no pareció preocuparse por aquel espectacular ataque de la oficial de la nueve. Seguía moviéndose, en una dirección u otra, pero siempre con el morro fijo en el shinigami que yacía a los pies de Nalya. Llegado el momento, se hundió en el mar de fuego que lo envolvía, solo para emerger frente a su contrincante un microsegundo después.
-¡Te estaba esperando!- Clamó, entonces, Nalya, que había resuelto debilitar el muro de llamas exactamente en aquel punto para atraer a Kent frente a sí. -¡Te teng...!- Alcanzó a escupir, justo antes de que el rojo sabor de la sangre inundara todo su ser.
Era un plan maestro, una trampa urdida en el fragor de la batalla que debía de ser definitiva. Las llamas atraerían a su rival a un punto en el que no podría retroceder. Una vez allí, estando concentrado en evitar su shikai, lo sorprendería con sus mortíferos apéndices, golpeándolo entre el torso y el vientre. Era un ataque que no podía fallar.
Los apéndices habían salido disparados, como afilados arpones dispuestos a clavarse en la carne de Kent. Y sin embargo nada había sucedido después.
En medio de aquel océano de fuego y cenizas, los ojos de la shinigami se habían encontrado con los de Kent, como preguntándole en silencio qué había sucedido allí. Nalya solo había escuchado un aullido de dolor a sus espaldas, y luego el olor de la sangre en el ambiente. Inconscientemente, había querido mirar qué había ocurrido, quién había exhalado aquel último suspiro, pero la mirada de su contrincante la había mantenido inmóvil, petrificada. Una mera espectadora en aquel torbellino de muerte.
En apenas una centésima de segundo, Clark Kent se había deshecho de sus apéndices como si de dos insectos se tratara, atravesando la pared de fuego como si estuviera formado por él hasta plantarse frente a la shinigami.
Con un leve codazo y un golpe de cadera la había desestabilizado, logrando que perdiera pie y haciendo que la empuñadura de Vilnya temblara en sus manos. Un leve titubeo que el falso alumno aprovechó para, con una fuerte presión en el antebrazo de Nalya, arrebatarle a ésta su zampakutoh.
Las llamas pronto se apagaron, y Nalya quedó en el suelo, derrotada, viendo con estupefacción como el fuego defensivo con el que Vilnya solía obsequiar a todos los extraños que la empuñaban moría en contacto con los dedos de Kent.
En aquel preciso instante recordó la expresión en el rostro del secuestrador, aquellos ojos. Ahora recordaba donde los había visto por primera vez.
Su reflejo, en aquel sucio apartamento, donde se había tenido que enfrentar cara a cara con la muerte en una lucha desigual que sabía que no iba a poder ganar. Eran los ojos de quien se sabe vencido, de quien se siente muerto incluso antes de haber exhalado el último aliento.
Finalmente levantó la mirada, sobrecogida, y se encontró con unos ojos oscuros que la miraban de cerca. Kent estaba de pie, frente a ella, apuntándola con Vilnya con una sonrisa en los labios.
-Sabes- Habló por fin, posando el cálido acero junto a su cuello –Para ser una chica tan guapa no lo haces del todo mal-
