CAPITULO 14
EL SÁBADO por la noche Elisa estaba esperando con su sencillo y elegante vestido fuera del "Fiestas" cuando Candy llegó con Susana, Terry y Neil.
-Todo va bien, Candy -susurró Elisa a Candy-. Nunca he visto una fiesta que marche tan bien. Los cocineros están sonrientes, el bar bien surtido y los invitados de honor relajados. Es un milagro.
-Disfrútalo, Elisa. Lo estás haciendo muy bien.-le felicitó la despampanante rubia.
Y era cierto. La iluminación le daba al lugar el toque genial que tanto ella había buscado. Sin embargo algo faltaba.
Candy se puso a buscar a Albert al momento con la excusa de que prefería tenerlo a la vista para poder evitarlo.
-¡Tú tienes que ser Candy! -dijo una joven alta y delgada que se acercó a ella al entrar en el salón.
Candy se fijó entonces en los hoyuelos.
-Y tú debes ser Rosemary. Te pareces mucho a tu hermano.
-Lo sé, aunque espero ser un poquito más guapa.-bromeó la chica.- Y ahora déjame que te vea bien.
Rosemary miró a Candy de arriba abajo como una vieja tía que no hubiera visto a su nieta desde que era pequeña.
-Creo que Albert utilizó la palabra «preciosa» -dijo Rosemary volviéndose hacia Susana y Terry haciendo un guiño-. Y por lo que he oído vosotros dos los presentasteis.
-No exactamente -dijo Susana-, aunque los hemos ayudado todo lo posible, me temo que no somos los artífices de su primer encuentro. Fue puramente accidental. Yo diría que fue el destino, aunque otras se empeñen en negarlo.
-Algo he oído... Chocaron en la calle y mi hermano la ayudó a recoger sus cosas. No podía dejar de reír cuando me lo contó. Mi serio e inflexible hermano ayudando a una damisela en apuros. Habría dado todo por verlo.-explicó Rosemary riendo.
Candy sabía que Susana estaba mirándola con la boca abierta.
-Y este hombre tan guapo es mi prometido, George -dijo Rosemary arrastrando tras de sí a un hombre ligeramente más bajo que ella, varios años mayor, con unos bigotes perfectamente arreglados y unas incipientes canas a ambos lados de la cabeza, que en ningún momento dejó de mirar a Rosemary.
-George,amor... éstos son Terry, la mano derecha de Albert, y su mujer, Susana, y esta belleza que está en su barriga es su primer hijo.
Candy sintió una dolorosa sensación en su interior al verse rodeada de tanto amor.
-Y esta "preciosa" criatura -dijo Rosemary mirando a Candy que prestó atención al oír su apodo-, es la mujer que ha vuelto loco a Albert los últimos días. No puedo perdonarte por ello, Candy. Sea lo que sea que hayas hecho, ha estado realmente insoportable.
-¿Quién ha estado insoportable? -Neil acababa de regresar del ropero de dejar los abrigos de las mujeres.
-Neil -dijo Susana con los ojos brillantes de diversión-, éstos son Rosemary y George, los anfitriones de la fiesta.- y haciendo un gesto hacia ellos, continuó.- Rosemary, George, éste es Neil Gordon. Trabaja en administración en Ardley Corporations.
-He venido con Candy -aclaró éste a todos a modo de presentación.
Candy vio el gesto extrañado de Rosemary que miraba a Susana sin entender nada y a ésta que le devolvía una mirada con el ceño fruncido al tiempo que sacudía la cabeza.
-Encantada de conocerte, Neil -dijo Rosemary.
-Lo mismo digo -mirando a todas partes menos a la pareja de prometidos, con un gesto de fastidio se dirigió a la rubia-. Candy, es hora de darnos una vuelta -y la tomó del brazo sacándola atónita de ahí.
Una vez en el bar, Candy pidió una copa de champán.
-No, Candy -insistió Neil quitándole la copa y devolviéndosela al atónito camarero-. No necesitas bebidas alcohólicas que puedan alterarte esta noche. Déjamelo a mí.
-Dos zumos de arándano.- y al ver que ella lo miraba extrañada continuó.- Son buenos para los riñones.
Candy dejó a un lado el zumo y tomó la copa de champán que había pedido al principio y dio un gran sorbo. Al darse la vuelta en un intento de separarse de aquel despreciable ser lo antes posible chocó con un objeto inmóvil. Era Albert.
-Hola, Albert -dijo sin respiración y con el corazón latiéndole a toda velocidad.
-¿Dónde está Terry? -preguntó.
-Está con Susana, espero -dijo Candy asegurándose de que Neil no notara la desazón que la invadía en presencia de Albert.
-¿De veras? Yo pensaba que no querrías perderlo de vista.-espetó Albert.
-Sí, bueno, pensaste mal. Susana y Terry estaban charlando con otra feliz pareja la última vez que los vi -dijo ella sin dejar de vigilar a su acompañante-. Hemos conocido a Rosemary y a George al entrar.
Albert frunció el ceño al ver que Neil se acercaba a Candy y le rodeaba la cintura con un brazo posesivo.
-Te conozco, ¿no? -preguntó Albert con tono tajante mientras miraba ofendido la actitud posesiva.
-Seguro, señor Ardley. Trabajo para usted. Neil Gordon. Administración.
-¿Ha venido contigo? -preguntó a Candy con tono incrédulo, sin hacer caso a la mano que Neil le ofrecía como saludo.
-Puedes asegurarlo, amigo.-sonrió estúpidamente el tipo.-Sólo me ha costado seis meses hasta que al final ha aceptado. El secreto es la perseverancia, amigo.
-¿Te gusta la fiesta? -preguntó Candy tratando de desviar la atención de Albert de aquella charada-. ¿Es como la imaginabas?
Era perfecta y Candy lo sabía. No había ni un posible fallo pero él se limitó a encogerse de brazos y dirigir a Neil una elocuente mirada.
-No hagas público el anuncio todavía.
Candy se atragantó con las burbujas del champán. ¿Se trataba de otra indirecta sobre la elección que tendría que hacer entre un hombre o el trabajo? El había cambiado las reglas del juego muchas veces en su propio beneficio y Candy estaba harta.
-Oh, no te preocupes por eso, Albert -contestó ella con los dientes apretados-. Conociendo tu aversión a las obligaciones, no se me ocurriría contar con una garantía por tu parte.
Albert aguantó y Candy supo que sus palabras habían dado en el blanco. El hombre había palidecido y tenía las mejillas coloradas. Parecía como si le hubiera abofeteado.
Pero Candy no dejó de mirarlo a los ojos, decidida a no ceder, a no dejarse vencer por su expresión desdichada. Si se había propuesto que la odiara, lo debía estar consiguiendo.
Albert finalmente retiró la torturada vista de ella y pareció tomar conciencia de la presencia de Neil, momento en que su expresión se endureció y se cebó sobre Candy.
-Supongo que cuando Candy comenzó con su caza de marido se mostró abierta a todo tipo de experiencias.
Candy se puso colorada.
Touché.
-¿Qué es esto? -preguntó Neil.
-Supongo que ya ha tomado una decisión. Bueno, os dejaré a los dos tortolitos. Nunca había visto a Candy tan feliz como esta noche y supongo que te lo debe a ti.-dijo mirando fijamente e incrédulo hacia quien consideraba su rival.- Parece que ha ganado el mejor, Neil -y diciendo esto Albert se alejó.
-Si lo que ha dicho es cierto, te prometo pedir tu mano antes de que la noche termine.- dijo Neil mirándola seriamente.- Espero que eso no te incomode.
-En absoluto, Neil, te lo digo de todo corazón -contestó Candy cuando pudo por fin quitar la vista de la espalda de Albert.
-Bien, bien. Nunca antes lo había conocido. Sólo lo había visto por los pasillos, pero parece un tipo decente.
-Sí, lo es -dijo Candy mirándolo de nuevo. El hombre más decente que había conocido en su vida; un hombre con buen corazón, inteligente, y franco. Y ella había sacado a relucir sus más profundos resentimientos, para poder tapar así sus propios y débiles miedos.
Candy observó a Albert abriéndose paso entre la gente. Rosemary se le acercó y le dio un fuerte abrazo. Albert debió decir algo a George que hizo que se riera con fuerza. Rosemary se retiró de su hermano y le dio un golpe en el hombro en actitud cariñosa mientras Albert fingía que le había hecho daño. Incluso desde aquella distancia, Candy podía ver el respeto que Albert inspiraba en la gente, el mismo que le inspiraba a ella.
Y ella había hecho todo lo posible para que él la odiara. ¿Qué había hecho?
-Vamos entonces -dijo Neil-. Será mejor que encontremos nuestra mesa. No me gustaría que alguien hubiera intercambiado nuestros sitios.
La cena se hizo dolorosamente larga. Candy contó los segundos rezando para que todo acabara. El momento crucial de la cena fue cuando bailó con Neil y se dirigió hacia una escalera que daba a unos balcones sobre el restaurante. Tras los discursos, Candy se excusó y se dirigió al baño, seguida de Susana.
-El hombre de la calle -comenzó Susana sin preámbulo-, el culpable de esta historia del marido...
-Era Albert -admitió Candy consciente de que ya no podía seguir ocultándolo-, recién llegado de Londres.
-Alto, hoyuelos, guapo y buen olor -Susana sacudió la cabeza-. Debería haberlo imaginado. Ves, te dije el primer día que era el destino y no quisiste creerme.
-Ahora lo creo.
-¿Lo crees? -Susana apoyó la mano en el brazo de Candy-. Lo amas, ¿verdad?
-Lo amo, Susana. Soy una estúpida, pero es así -Candy se dejó caer en los brazos de su amiga sintiéndose perdida, pero aliviada al mismo tiempo.
-No eres estúpida. Es natural.
-Pero él no me ama -dijo Candy con la respiración entrecortada.
-Yo no estaría muy segura de eso. Sé de buena tinta que ha pasado toda la cena mirándoos a Neil y a ti con el ceño fruncido.
-Me porté mal con él.
-Ya es mayorcito y sabe cuidarse -se rió Susana.
-Pero lo que él siente es lástima por mí.
-Bueno, puede que así sea. Y puede que se preocupe por ti.
-Eso es lo peor. No creo que sea así. Creo que ha pasado la vida especializándose en no preocuparse por nadie, y lo ha conseguido, como todo lo que se propone. Oh, Susana, creo que las últimas tres semAnas han sido un completo desastre.
-No han sido un desastre. Has preparado una estupenda fiesta así que disfruta del éxito. Ya solucionaremos lo demás mañana -dijo Susana secando las lágrimas que asomaban a los ojos de Candy.
OOO
La fiesta estaba en su apogeo, la pista llena de gente bailando y Candy se retiró a la tranquilidad de un balcón repitiéndose que aquello era lo que deseaba pero sintiendo que en realidad deseaba mucho más.
Fuera, apenas había respirado el aire frío de la noche, cuando oyó la puerta de cristal que se abría y cerraba tras ella. Era Neil.
-Vuelve dentro, Neil. No tardaré.
Sin decir nada, el hombre se colocó tras ella y la rodeó con los brazos.
-¡Neil, por favor! ¿Qué estás haciendo? -gritó mientras luchaba por liberarse.
Neil la hizo girar bruscamente. Aquel hombre tenía una fuerza oculta.
-Somos adultos, Candy. No finjas que no sabes lo que estoy haciendo. ¿Por qué si no me habrías invitado esta noche? -preguntó clavándole los dedos huesudos en la carne.
-¡No, Neil! Pensé que te gustaría salir con gente que conoces.
-Y pensaste que podías darle celos al señor Ardley.
Candy dejó de forcejear y miró a Neil a los ojos sorprendida de que se hubiera dado cuenta.
-No soy idiota, Candy. Vi la manera en que te miraba con deseo insatisfecho. Conozco muy bien la sensación como para no reconocerla en otro hombre. Y también conozco la manera de volverle completamente loco de celos: hacer contigo lo que evidentemente él aún no ha conseguido.
Neil empujó a Candy contra la barandilla de hierro lastimándole la espalda. La apretó tanto que ella no pudo separarse. Lo golpeó con furia en la espalda mientras él le besaba el cuello rabiosamente.
-¡No! Neil, por favor.
Antes de que Candy pudiera decir nada más Neil se retiró de ella y entre la confusión pudo ver cómo se llevaba las manos a la cara. Un puñetazo en pleno rostro lo hizo girar en redondo y caer al suelo. Candy ahogó un grito de terror y retrocedió un paso. Cuando alzó la vista se encontró con el agresor de Neil.
Albert estaba allí de pie, con los pies separados, la cabeza erguida, frotándose el puño derecho con la mano izquierda. Tenía los ojos brillantes y las aletas de la nariz abiertas para respirar profundamente.
Candy estaba jadeando también, la boca abierta y seca, sin poder retirar la vista de la poderosa imagen que tenía ante ella.
Albert dio un paso hacia ella para asegurarse de que estaba bien y Candy se movió ligeramente de su sitio, lo suficiente para que él se detuviera en seco. A continuación su mirada se suavizó y tragó con dificultad varias veces.
-Albert. Gracias... quiero decir, él estaba.. -Candy trató desesperadamente de contener las lágrimas que amenazaban con aflorar a sus ojos-. Estaba decidido. Si no hubieras aparecido cuando lo hiciste...
-Lo sé. No tienes que decirlo -susurró Albert preocupado y confuso a la vez.
-Estoy... estoy bien -insistió Candy llorando.
-Candy -Albert tuvo que hacer un esfuerzo para que la voz le saliera-. Déjame acercarme a ti. Necesito saber que no estás herida.
Ella extendió una mano para que él no traspasara la distancia. Ya estaba temblando sin tenerlo a su lado, mirándola como lo estaba haciendo. Entonces bajó la mirada hacia Neil y apartando un momento sus propias emociones, se dio cuenta de que no se había movido desde que había caído.
-Albert, lo has dejado inconsciente. De un solo puñetazo.
-Lo sé.
-Eres un luchador entrenado. Te podría demandar por agresión y probablemente ganaría.
-¿De verdad crees que ganaría?
-Creo que tienes mucha práctica y eres muy apasionado, Albert; no estoy segura de que puedas controlarte.
-Por todos los santos, Candy, ¿tienes idea de lo que le podría haber hecho si hubiera querido castigarlo de verdad? Pero más importante, ¿tienes idea de cuál es el objeto de tanta pasión? ¿Mi único objetivo en las últimas semanas y todavía en este momento?
Candy había dejado de respirar, consciente repentinamente del aire frío de la noche y del sensual temblor que sacudía su cuerpo de la cabeza a los pies.
Albert pareció notar la actitud de Candy y sin pensárselo pasó por encima del hombre en un rápido movimiento y la tomó entre sus brazos. De pronto toda la ansiedad y el miedo desaparecieron en aquel cálido abrazo, sus labios se unieron en un beso salvaje y desesperado como si llevaran toda una vida amándose y esperando aquel momento para consumar su deseo.
Candy le rodeó el cuello con los brazos disfrutando de la sensación de placer que le producía acariciarle el cabello. Albert por su parte cerró sus potentes brazos alrededor de su cuerpo, acariciando el lugar en el que antes la barandilla la había lastimado. Sus fuertes manos eran como un bálsamo cálido y protector. Candy se puso de puntillas y Albert se curvó para poder estar más cerca de ella.
El beso se fue haciendo más apasionado y las lenguas se entrelazaron con fuerza en un torbellino de pasión descontrolada, mientras luchaban por acercar sus cuerpos desesperadamente necesitados el uno del otro.
-¿Candy? -preguntó una voz desde la puerta.
Ambos se separaron como si un rayo los hubiera golpeado. Candy trató de deshacerse del abrazo instintivamente pero Albert la miró con cariño y depositó finalmente un ligero beso en la punta de su nariz.
Elisa y Rosemary permanecieron de pie en la puerta, mirándolos a ellos y a Neil alternativamente, con la boca abierta.
-Elisa -dijo Albert con calma-, ¿podrías decirle al doctor Michael que venga a ver a Neil? Está inconsciente, pero creo que unas sales aromáticas bastarán para hacerle recobrar el conocimiento. Lo único que tendrá mañana será un buen dolor de cabeza.
-Bueno, traería al doctor Michael si no estuviera ocupado con Susana -explicó Elisa sin despegar los ojos del hombre que yacía en el suelo.
-¿Susana? -dijo Candy acercándose a Elisa y tomándola por los brazos-. ¿Algo malo le ocurre, Elisa?
-No es nada malo -prometió Elisa-. Está teniendo un hijo. Eso es todo.
OOO
Hola hermosas, gracias por tan asombrosa acogida. Saludos a cada una de ustedes, deseando bendiciones en sus hogares.
Gracias a CBA,"Historias de Albert y Candy", Personajes de Candy Candy, ALSS, LPA y C.A.H.A. Por sus porras y apoyo.
Saludos y Agradecimientos a :
Friditas, Guest, Nadia M Andrew,
Lili A., Patty A.,
Elisa,MiluxD
Mayra, Marisol,
Chicuelita, Reeka
Lu de Andrew, NenaFelix,
Laila, Patty Castillo,
Delhia Diaz , Alexa Monnie
Liovana, Angdl,
Rachybonita,
Leslie Flores, Luissid
Elluz, Ale Salinas,
Josie,
Eli Alvarez
Mariel,
Macarena,
Grandchester Lucy.
Analiz, Litzy,
Faby Andley,
Saori, Luissid, Paolau2
Osiris, Iris Adriana
Carolina Azul, Maravilla 121
QueVivaCandy, Tras Tus pies
skarllet northman, Nicole
Stear's Girl
Gracias a ti también mi querida lectora silenciosa. Dios bendiga tu hogar.
Gracias a cada una de ustedes por sus comentarios y porras. Estamos ya llegando a la recta final de esta preciosa historia. Gracias por su apoyo. Las quiero mil. Son un encanto.
Un Abrazo en la distancia,
Lizvet
