Capítulo 9: vislumbrando el interior del corazón
A un mes de mi último submit recontinuo con la historia de
Atem, Mana y Liey.
Disculpen la tardanza, pero la inspiración andaba escasa, como podrán leer ^^
Bueno, les dejo el capítulo 9 de esta historia
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Inaya corría feliz de la vida por las callejuelas del pueblo sin que los gritos, amenazas y ruegos de su hermana lograran aplacarla. Cualquiera se hubiese rendido ya con tan pocos resultados cosechados, pero si algo tenía Tamoa era el no rendirse ante los retos… y controlar a su hermana sí que era un reto.
-¡Ven acá, libélula con patas! –gritó y señaló un punto bajo sus pies. Cuando la pequeña regresó por donde vino, alías la dirección contraria a Tamoa, la joven siguió reprochando-. ¡Oh vienes oh ya verás!
-Tranquila, tu hermana no hará destrozos –se carcajeó Mana por décima vez. Si bien los chistes viejos solían ponerla de mal talante, Tamoa y su bipolaridad lograban divertirla como ninguna otra-. Pero si sigues gritando –la señaló con un dedo-, serás tú la que nos descubra.
Mana se tapó la boca cuando Tamoa la miró con ojos asesinos. Las tres chicas tenían como misión llegar al campo de los hechiceros y de ahí… bueno, hasta ahí sabían, ya que Mahad había sido muy parco en palabras que les explicasen la lección que seguiría.
Desde que Tamoa e Inaya habían quedado huérfanas de padres y siendo Tamoa tan buena aprendiz, porque de ahí no pasaba, de Ignaignay; la madre de Mana decidió adoptarlas también y Akunankanon permitió que tomaran parte de las clases que se les daba a los otros chicos. Siendo sinceros, a esas clases, en especial a las de Historia Egipcia, Matemáticas y Cálculos Astronómicos asistían todos los niños que se pasaban al menos una vez al día por el palacio, con la participación especial de Pericles y, raramente porque era inaguantable para todos, de Alex.
-Tenemos que llegar pronto –suspiró Mana, caminando apresuradamente a la orilla del Nilo, viendo las embarcaciones surcar las límpidas aguas-. Si no, Atem me ahorca.
-No me voy sin mi hermana –Tamoa volvió a mirarla y la amenazó con el dedo acusador que tantos problemas les había causado hasta hacía unos meses. Mana, alejándose levemente de ella, alzó su mano.
-¡Eh! –gritó-, Inaya, vámonos –pidió y se dio la vuelta.
La niña les alcanzó riendo y brincando ante la mirada asesina de su hermana y la diversión de Mana, quien había entablado una amistad bastante especial con la pequeña. Siguieron caminando, de vez en cuando la chiquilla metía sus manitas en el agua clara del río y daba vueltas alrededor del charco que formaba.
-Está loca –murmuró Tamoa, mirando con recelo la sonrisa alegre de Mana.
-No, es joven –corrigió su amiga con una sonrisa cómplice-. ¿Acaso crees que no fuiste así de pequeña? ¡Vamos, apuesto a que fuiste peor!
-No, fui una niña buena –alzó el rostro, contrariada y molesta por el comentario.
-Sí, claro –el avionazo que le dio la aprendiza de mago la dejó perpleja, pero no por eso su expresión varió ni un ápice-. Una niña buena… ya ni Liey ni nadie… apuesto a que la niña más buena del mundo fue… ¿Isis? ¿Maat? Ah, lo olvidaba, eso fue porque no eran niñas normales, sino diosas.
Tamoa no lo soportó más, intentó darle un duro golpe a Mana en el rostro, pero la joven aprendiz, ofendida, se apartó de su camino en el último momento, ocasionando que Tamoa se fuera derechito al río.
-¡Ayuda! –gritó, desesperada por salir a flote, casi ahogándose en el intento-. No te me quedes mirando, ayúdame, Mana
Muchas personas se habían congregado en la orilla, señalando a la chica e intentando ayudarle a salir. Sin embargo, Mana se ahogaba de la risa en el suelo ante el desconcierto de la asustada Inaya y las miradas de desaprobación que los aldeanos le daban.
-¡Mana! –gritó nuevamente Tamoa, cuando la corriente o sus brazadas desesperadas la jalaban lejos de la orilla.
-Párate sobre tus dos pies –le respondió la aprendiz sin dejar de carcajearse-. No creo que te ahogues, enserio.
Desesperada, la aprendiza de Ignaignay siguió el consejo de Mana… y momentos después salía del río por su propio pie, entre las risas de la concurrencia y humillada.
-Gracias –bisiseó al pasar al lado de la aprendiza de mago, pero no dio más señales de reconocimiento o de gratitud.
A pesar de eso Mana siguió caminando, feliz de la vida, hacia el lugar donde se alzaba el campo de los hechiceros, sin dejar de reírse para sí misma.
-¿Ya mero llegamos? –Inaya tenía toda la energía hiperactiva que suelen tener los niños pequeños, y saltaba alrededor de su hermana ante su exasperación-. Ya me aburrí. Quiero jugar, vamos a jugar.
-Yo que tu, jugaría más seguido con tu hermana –susurró Mana antes de salir corriendo, perseguida por la fúrica Tamoa.
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-¡Toma esto! –el sonido de las espadas al chocar era perfectamente audible y las chispas que ambas sacaban brillaban en la semioscuridad del recinto abovedado en el que los dos contrincantes se encontraban.
-Demasiado lenta –se rió Atem, mientras la otra espada resbalaba sobre la suya y él se apartaba del camino justo a tiempo-. Deslízate sobre tus pies, no camines.
Otro choque de los dos metales, una nueva iluminación y un grito de sorpresa llenó la estancia. Acto seguido una espada cayó al suelo con un sonido estruendoso y Atem alzó la suya, apuntando directamente al cuello de su hermana.
-Cuando pelees por tu vida no es necesario ser caballeroso… honrado –corrigió mirando de soslayo a Liey, quien permanecía en el suelo con la cabeza alzada, desafiante como siempre-, sino que simplemente debes utilizar todos los trucos que estén en tus manos.
-¿Incluso si son injustos? –preguntó ella, no muy confiada de las palabras del príncipe-. ¿Si quebranto las reglas? Tantas palabras para el honor y, al final, son más que eso: ¡palabras!
-Cuando estés decapitada o peor no te importará el honor –Atem, de manera juguetona, apretó un poco más el metal en el cuello de la chica para que ésta sintiera en carne propia sus palabras-. Si quieres mantener la vida, debes defenderla a como dé lugar.
-Me parece una tontería –ella negó con la cabeza, pero momentos después sus ojos se iluminaron y una suave sonrisa, un poco maquiavélica, se posaba sobre sus labios dulces-. Pero si tú me das carta blanca… -dejó inconclusa la frase, pues en ese momento la chica se desvaneció y, un segundo después, atacaba por la espalda a su hermano con la espada, quien se movió rápido para evitar ese movimiento.
-Eh, eso es trampa –se quejó él entre risas, imitando la vocecilla inocente de Liey replicando sobre el honor.
-No, sigo tu ejemplo –se rió ella, dando un mandoble hacia las piernas del chico-. Si dejaras de moverte…
Las espadas volvieron a encontrarse y a separase, mientras sus propietarios danzaban alegremente alrededor de ellas, tratando de ser mejor que el otro en movimientos y en estrategia. Cada vez que parecía que Atem iba a tomar la delantera, Liey contraatacaba con más ferocidad y con un poco de magia, haciendo trastabillar al chico y ganando una nueva posición. Mas sus carcajadas mostraban que todo era alegría y no verdadero odio.
-Vamos, ¿no que muy bueno? –le retó ella, saliendo de su alcance con un rápido movimiento de pies.
-Te enseñaré lo que es bueno –le advirtió Atem y, sin previo aviso, se lanzó contra ella, quien a duras penas pudo frenar el ataque. Se escuchó un crujido y un alarido de dolor-. ¿Estás bien? –preguntó el chico, preocupado por ver a su hermana derrumbada y agarrando su muñeca con fuerza.
La mirada lívida de la chica junto con la palidez de su rostro fue la contestación más rápida que él pudo conseguir.
-S-s-i –tartamudeó ella entre dientes, levantándose y haciendo muecas de dolor-. Deberías reconsiderar el juego, es bastante agresivo.
Atem lanzó una nerviosa carcajada, aliviado por el humor de Liey inclusive en situaciones de peligro.
-¿Quieres que Mahad o Isis te revise? –le propuso, buscando una excusa para librarla del castigo que seguro le darían. Se encontraban solos en la enorme habitación a petición de su padre, quien había pedido personalmente que los chicos practicaran con la espada sin la supervisión de sus superiores. Pero ambos habían llevado demasiado lejos su pequeño juego, transformando la mítica situación de peligro en un hecho real y palpable. Por eso no podían decirle abiertamente a sus tutores: sí, Liey también atacó con fuerza y por eso nos encontramos…
Herida y castigada, menuda gracia iba a tener la chiquilla.
-No creo que sea necesario –en sus ojos brillaba el humor-. Mira.
Pasó su mano libre sobre la herida y, dando una extraña cantaleta que Atem apenas si pudo comprender por la velocidad de las palabras, soltó al instante. Después movió su muñeca y la giró como si no hubiera pasado nada, cogiendo su espada del suelo y sopesándola con su torpeza característica.
-Vaya, tú sí que eres pegasola –se burló él, admirando los poderes curativos de la chica.
-Muy útil en batallas… si logro hacerlo más rápido –se puso a cavilar, pensando en una manera para darle velocidad al hechizo.
-¡Más rápido que eso! –se escandalizó Atem ya que apenas si había pasado un minuto desde que había pasado el accidente-. ¡Pero si fue rapidísimo! –enfatizó la palabra.
-En ese tiempo pudieron hacerme algo peor –susurró ella, pensando-. Hum, supongo que debo saltarme las palabras menos importantes…
Un par de aplausos se escuchó en el lugar.
-Bravo, felicitaciones –se escuchó una voz extraña, poniendo en guardia a ambos jóvenes-. Lo han hecho formidable… si nos hacemos a la idea de que son simples principiantes.
-¿Quién anda ahí? –Atem se situó frente a Liey para intentar protegerla de un posible ataque. La chica había creado una esfera de poder concentrado y la mantenía cautiva en sus manos, esperando el momento-. ¡Exijo saber quién es usted!
De las sombras, como si fuera una de ellas también, apareció un joven moreno con apariencia desquiciada, sonriendo como un maniático y mirándoles despectivamente.
-¿Cómo entraste aquí? –exigió saber Liey.
Más el desconocido la ignoró, prestando atención únicamente a la pregunta que había formulado Atem.
-Soy el Ladrón de Habilidades –se presentó el joven, apenas mayor que Atem sino era de la misma edad-, y temo que las suyas, mi alteza, serán mías en unos pocos momentos.
-¿Y cómo piensas obtenerlas? –inquirió fríamente la princesa, descubriendo su cuerpo un poco-.
-Si te lo dijera, linda rana, perdería mi ventaja, ¿no crees? –se burló de la chica, sonriendo con socarronería-. Ah, por cierto linda, apaga la luz, no creo que quieras ver lo que te espera.
Liey no esperó más, sintió que su mente se liberaba de su cuerpo y que flotaba hacia el extraño individuo, entrando en sus pensamientos… y quedándose boquiabierta.
-¡Monstruo! –casi gritó, mirando de hito a hito al chiquillo, cuya sonrisa había variado un poco.
-¡Liey! –espetó Atem, llamando la atención de la chica con un extraño ademán. Al momento ella le transmitió la imagen que había encontrado en la mente del otro chico, al tiempo que le daba su nombre-.
-Gibar.
-Sea quien seas, Gibar, espero que tengas buenos motivos para estar aquí –señaló Atem, enfadado por el descaro del chico y por el sobresalto de Liey-. Es un lugar restringido… sólo la familia del faraón puede entrar.
-Ajá, tan restringido que su novia está aquí también –Liey se puso roja ante la acusación de Gibar, pero no habló-. Me da lo mismo la manera en la que esa pequeña rana ha obtenido mi nombre. Pero saliendo de las ironías, creo haberle dicho, alteza, que mis motivos eran muy buenos, sino excelentes.
-Eso espero –espetó Atem.
-Créame príncipe, no se arrepentirá –prometió sarcásticamente el chico y, antes que los dos hermanos pudieran contestar, un ser se abalanzó hacia ellos. Era un monstruo verde, con largos colmillos y garras de la misma medida, sino es que más grandes incluso, que parecía dispuesto a devorarlos.
Centímetros antes que el monstruo lograra rozar la piel de alguno de los chicos, un escudo mágico se hizo visible, lanzando al ser hacia atrás el tiempo suficiente para que Atem y Liey se sobrepusieran a la sorpresa.
-Pero ¿qué? –comenzaba Gibar cuando Liey atacó al monstruo con la esfera de energía.
Le dio de lleno en el pecho, ocasionándole un grave daño al ser y doblando de dolor a Gibar, quien no dejaba de ver a la chica con una mirada de sorpresa. Mas ni Atem ni Liey se dejaron llevar por la alegría, cada cual tomó su espada y se acercaron a paso veloz hacia Gibar, apuntándole directamente al corazón y, en el caso de la princesa, con medio hechizo pronunciado, lista para recitar el resto de ser necesario.
-¡Detente! –ordenó el príncipe, apuntando justo a la cabeza del chico, pero la bestia volvió a levantarse… y le empujó lejos.
-¡Atem! –gritó Liey, corriendo en ayuda de su hermano y dejando a Gibar solo, quien no desaprovechó la ocasión y lanzó su bestia contra la preocupada princesa.
-¿No lo sabes, chiquilla? Nadie dice el nombre del hijo del faraón, nadie más que su familia…
El monstruo apareció justo detrás de Liey, quien sólo tuvo tiempo para volver el rostro antes de ver las garras que se acercaban a su rostro pálido por la sorpresa…
-¡No! –gritó Atem, intentando levantarse, pero en vano. En lugar de eso sólo pudo ser testigo de cómo el ser arremetía contra su hermana…
…Y era lanzado lejos nuevamente por el escudo de la princesa. La chica no perdió tiempo, juntó sus manos y comenzó a lanzar hechizos a diestro y siniestro, intentando alcanzar a la escurridiza criatura que no dejaba de acosarla.
-Niña tonta, ¿crees que podrás tú sola con mi criatura? –se burló Gibar, frente a la chica con otra espada, amenazándola-. No eres rival para él… y ni siquiera el príncipe, tu posible salvador, lo es.
-Liey –susurró él, intentando encontrar la fuerza suficiente como para salvar a su aterrada hermana-. Resiste –pidió en voz baja, cerrando los ojos y concentrando su corazón en unas simples palabras.
De pronto el rompecabezas milenario de Atem brilló con fuerza, iluminando la estancia entera… y mostrando otra criatura oculta por sombras, pero fabricada por lo que parecía ser luz. La nueva bestia era preciosa, un guerrero de tamaño considerable que, apenas se hizo visible, lanzó un grito de furia al monstruo de Gibar, el cual intentó ocultarse de la luz.
-¿Qué? –preguntó el atacante, perplejo ante la repentina aparición de la criatura-. ¿Cómo es esto posible? ¡No tienen preparación para esto!
-No sé qué diablos pasó –admitió Atem, sintiendo como suya la fuerza de la criatura-. Tampoco sé cómo lo hice, pero lo importante es que ¡ya tengo una manera para defender a mi hermana y a mí de tu bestia!
-Cuidado –susurró la chica, apretándose contra la pared para apartarse de la luz, una extraña luz que brillaba ante sus ojos y que la hacían sentir molestias debido a su pureza-. Ten mucho, mucho cuidado.
Su hermano no pareció notar que le hablaba, sus ojos brillando con fuerza, sus puños se crisparon y una sonrisa de autosuficiencia se formó en sus labios. El monstruo de Ryou volvió a la carga, pero la criatura de Atem se interpuso entre el príncipe y el ser. El guerrero alzó su arma, pero el monstruo fue más rápido que él y le ocasionó una seria herida, misma que sintió Atem en su carne.
-¡Hermano! –gritó Liey, sin poder acercarse a él a causa de la luz que emanaba del interior del rompecabezas del chico.
-La nobleza no es todo, ¿verdad, majestad? –se burló Gibar, acercándose con trabajos a Atem, quien seguía agarrando su costado a causa del golpe-. No, no lo es todo. Hace falta valor, decisión y habilidad en este juego y, déjeme decirle, usted carece de tales habilidades.
¿Qué me ocurre? –se preguntó Liey mentalmente, sin poder moverse siquiera. Sentía que esa luz traspasaba su piel y llegaba al interior de su alma, de su corazón, donde una sombra, en la cual jamás había reparado, intentaba ocultarse a como diera lugar. A pesar de su deseo de proteger a su hermano, a pesar de que una parte de su ser quería detener a Gibar su corazón estaba dividido en dos. ¿Qué es este sentimiento… qué es este deseo?
Jamás se había sentido tan desgarrada, tan débil. Sabía de sobra que, cuando el Ka y el Ba no estaban unidos, el equilibrio era precario y, a veces, casi imposible. Pero cuando era el Ka el que se dividía en dos el equilibrio no existía, era un simple sueño o deseo. Liey había temido que su corazón y alma se dividieran en dos poderes opuestos… pero jamás había creído que llegara a pasar. Ni, mucho menos, que esa división existiera aunque no la sintiera.
La magia que corría por sus venas también se había dividido. Una parte la invitaba a salir corriendo entre las sombras, alejarse de la luz brillante que irradiaba de su hermano, más la otra parte, la que conocía de toda la vida, le instaba a salvar a aquél al que quería, al único hermano que le quedaba. ¿Hacia dónde seguir? ¿A lo que la salvaría? ¿O a lo que salvaría a su hermano? Cuando Liey se hizo seriamente esa pregunta encontró, muy en su interior, la respuesta.
Juntó sus dos manos y posicionó su cuerpo en el modo de ataque de los magos, sintiendo fluir la energía mágica del ambiente que la rodeaba, la vida del desierto y del Nilo conjugadas, cuando al fin se sintió libre de las dos fuerzas antagónicas de su interior, respiró hondo y caminó directo hacia la luz, sin dejar de apuntar con sus dos manos al frente, hacia Gibar.
-Deja en paz a mi hermano –ordenó con voz tranquila pero firme, dejando claro que no daría otra oportunidad.
Mas Gibar no se iba a rendir tan fácilmente. Su monstruo no dejó de acercarse a Atem, lo mismo que el chico se acercó a Liey con una espada en la mano.
-Te crees muy valiente con tu magia, ¿no crees, muchacha? –llegó a su altura y, con el filo del arma, tocó el suave cuello de la chica-. Como si nada ni nadie pudieran detenerte.
-Deja a mi hermano –repitió ella, preparándose. Tensó todos los músculos de su cuerpo y se dejó llevar por la magia, abandonándose a los deseos de su corazón.
-Pero, ¿qué? –exigió saber Gibar cuando la chica desapareció frente a él, por lo que su espada sólo traspasó aire, buscándola por todos lados… para encontrarla detrás de él.
-La magia no lo es todo –susurró ella, apartándose de la espada con gracia y lanzando su mano hacia adelante, de la cual surgió un rayo rojo de luz que cortó parte del cabello del Gibar-, pero es una excelente ayuda cuando la necesitas. La magia no lo es todo, pero es mucho cuando en una batalla te encuentras.
Ambos danzaban con gracia, él protegiéndose con la espada y ella lanzando hechizos, debilitándole. Si bien Liey podía acabar con Gibar fácilmente, no podía arriesgarse a que el chico, en un último intento de venganza, acabase con su hermano. No lo permitiría.
Mientras tanto el príncipe había logrado levantarse y su guerrero guardián luchaba fieramente contra el monstruo de Gibar, quien curiosamente no atacaba, sólo le esquivaba, el papel que jugaba Liey con Gibar. Ambos hermanos se esforzaban al máximo para controlar sus respectivas luchas sin que ninguno de los dos pudiera hacerse con el liderazgo.
-Te tengo –exclamó Gibar cuando Liey, despistada por andar vislumbrando a su hermano, cayó en la trampa del joven, la cual era hacerle quedar atrapada entre la espada y la pared.
El joven lanzó su espada hacia adelante, intentado acuchillar a la joven princesa. Una espada de luz se formó en las manos de la chica, quien contraatacó justo a tiempo, desviando los golpes hacia la pared a su lado con poca o nada de gracia, pero llenos de efectividad. Gibar se mostraba furioso con cada estocada interceptada a medio camino, por no decir que la chica salía de su trampa con asombrosa facilidad y se encaminaba hacia la puerta.
Pero Liey no era una experta espadachina, por lo que el chico logró arrebatarle su espada en un mal golpe.
-¿Qué decías de la magia? –volvió a preguntar, pisando la espada de luz y deshaciéndola con la oscuridad que emanaba de él.
-¡Liey! –escuchó claramente a su hermano, pero no volvió el rostro hacia él, retrocediendo.
-No tienes escapatoria, pequeña –susurró el joven, lanzándose hacia adelante en cuerpo y en alma, traspasando las defensas naturales de la maga… despertando completamente algo que ella creía no existía, liberando un tipo de magia que en su vida había sentido, pero que estaba muy en el fondo de su ser, enterrada y protegiendo algo que no debía salir.
La chica se transformó en una sombra y emergió en el punto exacto donde pudo coger a Gibar por el antebrazo, mirando directamente a sus ojos… sumergiéndose en ellos, llegando a lo más profundo de su corazón…
¡Ser más que un dios!
Gibar sintió la presencia de la chica en su interior, como la conciencia de la princesa tocaba las fibras de sus recuerdos, de sus tesoros.
-¿Cómo… te… atreves? –alcanzó a susurrar, intentando librarse de la chica tanto física como mentalmente. Un aura de color azul oscuro rodeó a Liey, quien apretó más la presa en su mano y se zambulló incluso más adentro del corazón del joven.
Mientras tanto Atem seguía teniendo problemas con el monstruo, ya que siendo nuevo en ese extraño juego, su guardián no podía hacer mucho por defenderle. Se servía de su espada y de sus reflejos, pero a cada momento que pasaba el monstruo de Gibar tomaba más y más ventaja, llegando a pelear a un ritmo frenético.
-No-me-vencerás –gruñó el chico, renovando su ataque-. No permitiré que dañes a mi hermana, no dejaré que mi padre sufra por tu culpa…
El monstruo de Gibar dejó de atacar a Atem y se dirigió derechito al lugar donde su amo se encontraba. El príncipe sonrió de júbilo hasta que recordó que, quizá, el ser iba tras su hermana para quitarla de su camino.
-¡No! –susurró, corriendo tras el monstruo-. ¡No! –cuando se encontró con lo que ocurría.
Gibar permanecía inmóvil, ni un músculo se movía en su cuerpo, la espada en la mano en una actitud pasiva, como si lo hubiesen agarrado desprevenido. Sin embargo, sus ojos no dejaban de danzar ante la escena que enfocaban, iban desde su monstruo hasta Atem, pero realmente no les veía a ellos, sino que veía lo que había en su interior. Y, tomando fuertemente a Gibar con su delicada mano, se encontraba Liey.
El monstruo intentaba atacar a la joven, pero una energía visible protegía tanto a la chica como al joven de la intervención de cualquier ayuda externa. El campo de energía era tan poderoso que varios haces de luz escapaban de él hacia el techo o rodeaban a los dos chicos.
Los ojos de Atem estaban abiertos cual si fueran platos. Simplemente no podía creer que su hermanita, la chiquilla amante de las lagartijas, aquella que siempre sonreía o que tenía una lágrima de alegría en su rostro, mostrara tal expresión de indiferencia. Si no la conociera tan bien… llegaría a pensar que se encontraba torturando a Gibar.
-¡Liey! –la llamó a gritos, esperando captar su atención-. ¡Chica bruja! –sabía que ese sobrenombre le molestaba, pero no imaginaba otra manera de llamar su atención.
Nada. La chica seguía con la vista fija en los ojos de Gibar, tampoco ella se movía, ni siquiera los ojos. Pero Atem no se dejaría derrotar tan fácilmente. Tomó su espada y la arrojó con fuerza hacía el escudo de la joven, pero fue como arrojar una piedra a la muralla del palacio. Nada.
-¡Ataca! –gritó, desesperado, a su guardián, el cual chocó contra el escudo de la joven… ocasionando que la chica volviera el rostro hacia él.
Al instante sintió como una fuerza desconocida y extraña rodeaba su mente y penetraba en ella con fuerza. Sintió que algo o que alguien irrumpía en la intimidad de sus pensamientos arrancando recuerdos que jamás debieron haber sido recordados en su corazón.
Atem luchó contra la fuerza que atrapaba su mente pero por cada sacudida que daba el abrazo se cerraba más y más en torno a él. Con un último grito se dejó llevar por la corriente de sus recuerdos, recuerdos olvidados y que jamás creyó volver a recordar…
Corría junto a Mana a orillas del río en una parte perdida del reino. La joven aprendiz reía a carcajadas mientras señalaba un pájaro de fuego que se fundía con el sol…
Su padre le miraba enfadado mientras él intentaba explicar el por qué Zorc había dicho aquellas duras palabras sobre él. Recordaba el dolor que sentía ante la burla de su hermano mayor…
Mana gritando enfadada lo mucho que le odiaba y que no quería volver a verlo jamás después de haber rodado juntos ladera abajo. La pequeña había sido reprendida por no tener suficiente cuidado cuando la culpa había sido del príncipe…
Su furia después de la reprimenda que le diera su padre cuando rompió un jarrón normal en el palacio. Su ira desatada sobre su pequeña hermana…
El sentimiento de culpa que le embargó al saber que Zorc se había marchado por su culpa, por no querer a su hermana…
Veía un lecho pulcramente cuidado, un olor denso en el ambiente le hacía respirar de manera entrecortada. Su temor a ver algún fantasma al encontrar el ambiente lleno de amarillo, los ojos lloroso de todo el mundo. Más él no comprendía qué ocurría. No, lo ignoraba. Lo único que él pedía era estar en los brazos de su madre.
-¿Dónde está mi madre? –preguntó con voz queda a aquél que lo llevaba de la mano, un chico de cabello amarillo, amarillo como el odiado desierto, como la tierra de los muertos.
La incertidumbre al saber que nadie le respondería, al escuchar los lastimosos sollozos que escapaban de los labios de todos.
-¿Mamá? –volvía a preguntar, ahora temeroso a lo que le pudieran responder. Su madre no permanecería inmóvil al saber que uno de sus pequeños estaba aterrado, antes lo envolvería entre sus brazos. ¿Por qué su madre no lo abrazaba?
Intentó llamarla de nuevo, pero de alguna manera supo que no lo escucharía. Su respiración se hizo agitada cuando Zorc, con delicadeza para no lastimarle.
-¡No! ¡No quiero! –gritó, temeroso de lo que encontraría-. ¡Bájame!
Salió corriendo de la habitación, sollozando fuertemente. ¿Por qué el pecho se le oprimía así? ¿Por qué le dolía algo que no era físico?
Y, mientras pensaba eso, a lo lejos escuchó el llanto de una criatura, un bebé que lloraba a pleno pulmón. Sus piecitos caminaban directo al que lloraba y, después de mucho andar, entraba en una habitación vacía a excepción de una mujer sentada que cargaba un bulto. Y de ese bulto surgía el ruido.
-No llores –exigió él-. Ruido.
La mujer volteaba a verle sorprendida, más la criatura renovaba con más ímpetu su llanto. Sus pies le llevaron hasta la mujer y se alzó de puntitas. Y tuvo a su alcance la vista de un niño de cabello negro, con los ojos y puños fuertemente cerrados mientras berreaba.
-Bebé –susurró, tocando la piel de la criatura-. Bebé llorón –sonrió, secando sus propias lágrimas-. ¿Por qué llora el bebé? –alzó sus ojos hasta alcanzar los de la mujer.
-Su madre ha muerto –se limitó a contestar ella, apartando la vista de él.
-Ah –se quedó pensando, tocando la cabecita del bebé-. Mi mamá te querrá –le dijo-. No llores, mi mamá será tu mamá –con su tacto la criatura fue calmándose poco a poco-.
La mujer lanzó un sollozo.
Sus ojos volvieron a alzarse.
-Ella lo querrá –añadió, enfadándose-.
-Tu mamá se ha ido –le susurró ella, acariciando sus cabellos amarillos como el desierto-. Tu mamá no podrá ocuparse de ella –meció un poco más a la criatura.
-Mamá jamás se va –casi gritó-. Mamá no nos deja.
-Ahora sí –le susurró ella-. Tu mamá se ha ido para siempre, pero mira –agregó, antes de que rompiera a gritar su furia y su negativa-. Mamá te ha dejado una hermanita –señaló al bebé.
-Hermanita –musitó, acariciando la cabeza del bebé-. Ya tengo hermano –añadió, alzando los ojos.
La mujer sonrió, sentándole en su regazo y dándole a la niña. Sintió el peso de un cuerpecito mucho más pequeño que el suyo. Lo agarró fuertemente mientras seguía acariciando la cabeza del bebé.
-Hola, Hermanita, te llamaré… Niña –sonrió, satisfecho consigo mismo.
-No, príncipe, no –corrigió esa mujer-. Tu mamá le puso nombre antes. Se llama Liey.
-¿Mamá la conoce? –volvió a alzar sus ojitos-.
-Mamá se fue por dejarla a ella.
-¡Niña fea!
-No, ella la quería. Se fue porque la quería –se apresuró a añadir la mujer, temerosa del ataque de rabia del niño contra la niña-. Si hubiera tenido que dejarte porque te quería lo hubiera hecho. Mamá te quería.
-Pero se fue…
-Tenía que irse…
-¡No! –sintió los ojos bañados en lágrimas en cuanto el grito lo sacó de sus recuerdos-. ¡Aléjate de mí! –escuchó un sollozo.
Abrió sus ojos y encontró oscuridad. Una oscuridad densa, una oscuridad apaleada por un poco de luz y, en el centro de la luz se encontraban él y el otro chico, Gibar. No podía pararse, no podía luchar. Pero podía ver y agradecía la visión. Ya no eran sus recuerdos, los dolorosos momentos que apenas si había desterrado de su mente. Era algo más… terrible.
Porque frente a él había dos criaturas verdaderamente aterradoras.
El uno era el ave roja que había visto con Mana, el maravilloso resplandor del fuego era lo que daba luz al centro de la oscuridad. Su pico y sus garras de oro, sus plumas refulgentes como si se tratase de fuego, su voz tan clara como el sonido del agua al caer en alguna cascada.
La otra criatura era fría como el hielo, parecía absorber el calor que de la otra irradiaba. Parecía un reptil de negras escamas y sus ojos brillaban de manera aterradora. Atacaba al ave de fuego con sus colmillos largos y afilados pero parecía que, en el último instante, retrocedía.
-No, no, no –rogaba la voz. Por vez primera el chico volvió el rostro hacia lo que estaba en medio de las dos criaturas y se encontró con la figura de su hermana-. No, no, no –salmodiaba, una cantinela a la que la chica se aferraba para no perder la razón.
-Liey… -susurró él, mirando al otro chico. Tenía los ojos cerrados y gemía. ¿Acaso verá sus recuerdos más dolorosos?-. Hermana…
-No, no, no –seguía hablando. El ser negro se lanzó hacia adelante, pero las palabras de la chica lograron hacer que retrocediera nuevamente. Por el contrario el ave de fuego también se adelantó y con ello ganó más espacio de luz. La oscuridad iba cediendo.
-No, no, no.
Un terrible estremecimiento en el aire y después la nada más absoluta…
-¡Príncipe! –había gritado una voz desde afuera. Sintió su cuerpo relajarse y ceder lentamente, una luz le llamaba más su mente era reacia a ascender hasta alcanzarla. Por fin enfocó a varias figuras que se cernían sobre él, pero lo que en un principio le fue aterrador ahora se mostraba benévolo.
-¡Está bien!
-¡Maravilloso!
-¡Increíble!
El chico, apenas recuperó el conocimiento, se levantó y dirigió hacia el lugar en donde había yacido su hermana. Las manos que intentaban contenerle, las palabras de reproche y las súplicas no bastaron para hacerle retroceder. Vio los ojos preocupados de Mana y el miedo en las expresiones de Shada y de Karim. Inaya se aferraba a la mano de Tamoa mientras una preocupada Isis intentaba reanimar el cuerpo de Gibar…
-Liey –murmuró para sí, llegando al lugar donde el cuerpo de la chica descansaba en una postura forzada y, al lado de ésta, se encontraba Mahad-. Hermana…
-¡No se acerque! –se detuvo en seco, incapaz de creer las palabras del mago.
La postura de Mahad no podía ser más tensa. Incluso había creado un círculo con antorchas alrededor de la chica y de él, protegiéndose de algo oculto.
-¡Es mi hermana! –apenas si pudo murmurar, tan cansado estaba.
-Y es peligrosa –Mahad cerró los ojos-. Disculpe, príncipe, pero he de pedirle que se mantenga alejado de la maga Liey todo lo que pueda. Esta joven –le dirigió una mirada intranquila al cuerpo de la princesa, como si no pudiera creer lo que iba a decir-, esta joven es la criatura más poderosa que jamás haya visto. La más increíble, la más asombrosa. Guarda demasiados secretos en su interior… ¡Es la criatura más peligrosa que he visto en mi vida!
