Disclaimer: Esta historia no me pertenece, los personajes son de S. Meyer y la autora es chocaholic123, yo sólo traduzco.

Disclaimer: This story doesn't belong to me, the characters are property of S. Meyer and the author is chocaholic123, I just translate.


Gracias a mi beta Isa por revisar y corregir este capítulo.


Capítulo 14

Era ya tarde cuando mi padre y Edward regresaron de pescar. La niebla se había desvanecido, revelando un encapotado cielo gris, opacado por las pesadas nubes de lluvia. Había cierta presión en el aire, del tipo que hace que les duelan las rodillas a los ancianos y que me duela la cabeza a mí, y me pregunté si se estaría acercando una tormenta.

Estaba sentada en la cocina, mirando la puerta trasera, cuando mi padre entró. Su cara y cabello estaban mojados por pasar tanto tiempo afuera, pequeñas gotas colgaban de sus mechones cafés grisáceos, rociando su cara. A pesar de los efectos del clima, su cara tenía una mirada tranquila y pacífica. Me gustó mucho eso.

Cerré mi libro de texto, la acción alzó una mota de partículas de tierra al aire. Lo saqué de la librería de Wentworth, y por la tarjeta, podía ver que era la primera persona en leerlo durante los últimos años.

—¿Dónde está Edward? —Las palabras escaparon de mis labios antes de que pudiera pensarlo. Miré hacia la puerta y hacia el húmedo exterior, pero no pude ver a nadie más allá afuera.

Papá alzó sus gruesas cejas, quitándose el pesado abrigo de los hombros.

—Está llevando el equipo al cobertizo.

Forcé la vista a través de la ligera luz, intentando localizarlo en el jardín.

—¿Entonces sigue vivo?

Papá se rio.

—Por ahora. —Colgó su ropa en el gancho que estaba junto a la puerta y pasó las manos debajo de los grifos de la cocina.

—¿Atraparon algo? —Parecía estar de humor demasiado bueno como para que no hubieran picado los peces. Analicé mi lista mental de platillos con pescado; pie, pescado asado o frito. Esperaba que no hubiera atrapado demasiados.

—También los va a meter él. Dijo que los destriparía y les quitaría las escamas. —Había un toque de algo en su voz. No era admiración total, pero parecía más que tolerancia.

—De verdad lo estás haciendo pagar, ¿no? —Me paré y desmantelé nuestra tetera Sunbeam. Llevándola al fregadero, llené la jarra de acero inoxidable del grifo. La acción me calmó, me permitió respirar más fácil.

—Sólo le estoy pasando mi conocimiento. —Se tocó el bigote, su pulgar peinó los vellos errantes. Su voz se tornó sombría—. Siempre es bueno tener habilidades de supervivencia, especialmente para un joven como Edward que se irá al mundo real.

Fue mi turno para alzar las cejas.

—No estoy segura de que haya mucha oportunidad para pescar en medio de Saigon.

Mi padre estiró el brazo y puso su mano en mi hombro, sus dedos se sintieron fríos a través de la delgada tela de mi vestido. Me apretó con gentileza, su expresión era suave.

—No desestimes el lugar a donde va, Bella. No hay garantías allí.

Me aparté, parpadeando para alejar las lágrimas que amenazaban con salir. Intentando mantener mis dedos ocupados, puse el filtro en la olla para hervir, añadiéndole amargos gránulos de café encima de la muselina. Juntando de nuevo el artefacto, lo encendí. No miré a mi padre ni una sola vez. No estaba segura de poder esconder mis miedos si lo hacía.

Me picaba la nariz y subí una mano para rascarme. La habitación estaba en silencio a excepción del bajo burbujeo de la olla de café, y la miré vibrar sobre la superficie de madera, el metal brillante se llenó de vapor mientras el agua hervía.

—¿Quieres café? —Mi voz sonó baja, y hablar hizo que me doliera la garganta. Edward se estaba tomando su tiempo para bajar las cosas de la camioneta y yo quería salir corriendo a verlo, pero la forma en que mi padre revoloteaba por la cocina me hizo vacilar. No quería verme muy desesperada.

Incluso si lo estaba.

—Seguro. —Papá sacó una silla y se sentó, desdoblando el periódico vespertino con sus largas y desgastadas manos—. Me quitará el frío del cuerpo.

La puerta de atrás se abrió de golpe, las bisagras se pegaron un poco, y Edward entró. Nuestros ojos se encontraron y perdí el aliento. Su cabello estaba brillante y mojado, y estiré la mano para tocarlo, sintiendo las gotas de humedad pegándose a sus mechones. Mis dedos se quedaron ahí por demasiado tiempo, el suficiente para que mi padre tuviera que aclararse ruidosamente la garganta. Suficiente para que yo retirara la mano de golpe e ignorara la sonrisa divertida de Edward.

—¿Cuántos atraparon? —Vi que Edward había dejado la cubeta afuera. Mi nariz se arrugó ante el horrible olor que se metió en la cocina. Hizo que se me revolviera el estómago y cayera como una montaña rusa en una feria de verano.

—Diez grandes. Soltamos los pequeños. —Edward estiró el brazo para tocarme, luego apartó la mano de golpe. Fue mi turno para sonreír; suponía que sus dedos olían a truchas.

—Es mejor que los limpiemos. —Saqué un cuchillo del cajón, agarrando también un tazón para meter ahí las tripas. Edward miró mis movimientos con una expresión de consideración, sus labios estaban ligeramente abiertos. Abrí la puerta de golpe—. ¿Vienes o qué?

—¿Sabes cómo limpiarlos?

Charlie bufó.

Le lancé una mirada y luego le sonreí dulcemente a Edward.

—Lo he hecho desde que tenía cuatro años.

Mi padre nos dejó tranquilos cuando salimos. Supongo que asumió que no podíamos hacer mucho sentados afuera en diciembre, destripando pescados y removiendo escamas. El clima se pegó a mi piel cuando saqué las cosas, y Edward trajo la cubeta de pescados. Tapé la mesa con periódico viejo, sabiendo lo difícil que era quitarle el olor. Trabajé con rapidez, mostrándole a Edward cómo limpiar la trucha sin tanto alboroto, intentando no vomitar cuando tocaba la parte interior.

Ya había limpiado dos truchas cuando le di el cuchillo, lo vi cerrar la mano alrededor del mango y alinear la cuchilla con el pescado. No pude evitar reírme cuando cortó con demasiada fuerza y logró echarse encima todas las tripas.

Me miró, intentando no sonreír.

—Cállate, Elly Mae Clampett. Estoy haciendo lo mejor que puedo aquí.

Me reí con más fuerza, tomando el ensangrentado cuchillo de sus manos, y demostrándole en el cuarto pescado cómo hacerlo. Volví a pasar la cuchilla por el pescado, usando la presión justa, y arrugando la nariz cuando se abría la piel.

—Quiero que conozcas a mi familia —dijo suavemente. Alcé la vista del pescado, incapaz de alejar la sorpresa de mi rostro.

—Me acabas de comparar con un campesino. ¿Estás seguro de que les voy a agradar? —Fue todo en lo que pude pensar para decir. Los Cullen eran una familia bien establecida de Seattle. Sólo Dios sabía lo que pensarían de la hija de un policía.

Se inclinó hacia enfrente hasta que su frente tocó la mía. Dejé el cuchillo en el cuenco, deseando que mis manos no estuvieran llenas de sangre y escamas. Quería tocarlo de la peor manera.

—Se reunirán conmigo en la Base Travis de la Fuerza Aérea. Déjame llevarte allá; le diré a mi hermano que te de un aventón de regreso a casa. —Me miró a través de sus gruesas pestañas. Podía sentir mi corazón golpeteando contra mis costillas.

—¿Les has contado de mí?

Frotó su nariz contra la mía, moviendo su cara hasta que nuestros labios quedaron rozándose.

—Saben que tengo una chica. —Podía sentir cada palabra vibrando a través de mi cuerpo.

El miedo se aferró a mi estómago como un puño de acero. Había leído sobre la familia Cullen, sobre su padre congresista y su madre de sociedad. Sabía que su hermano tenía sus propias aspiraciones políticas, y que él y su esposa, Rosalie, eran vistos como la pareja dorada del estado de Washington. No podía entender cómo es que ellos aprobarían a una estudiante activista de Wentworth, CA.

Sus labios capturaron los míos. Se movieron suavemente, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo. Cerré los ojos, esperando que mi padre siguiera leyendo el periódico.

—Ven conmigo. —Sus palabras eran tan insistentes como su boca. Ambas me hacían derretirme por dentro.

—Bien. —Respiré contra él.

Estaba tan cerca que podía sentir sus pestañas rozar mi piel cuando parpadeaba. Su lengua se deslizó dentro de mis labios, moviéndose de manera húmeda contra la mía, y sentí una chispa de excitación encender mi centro. Sus besos hacían que fuera fácil olvidar el mundo que existía más allá de él.

~*CD*~

El sol salió la mañana siguiente como si no hubiera recibido mi recado, y su brillantez sólo sirvió para resaltar la oscuridad de mi penumbra. Me senté en la acera junto a Angela, mi cuerpo inflexible y tensó mientras mirábamos y esperábamos.

—¿Estás bien? —me empujó suavemente con su hombro.

Intenté sonreír.

—En realidad no.

—Eso supuse.

Hacía frío a pesar del sol, y me apreté un poco más el suéter a mi alrededor. Angela estaba tarareando una canción que no podía descifrar, y no tenía la energía para preguntarle. De todas formas era consoladora.

Escuché su carro antes de verlo. El ruidoso palpitar del motor atravesaba el aire matutino. Entrecerré los ojos al ver hacia el este por nuestra calle.

—¿Son ellos?

Iba a traer a Ben consigo, le había ofrecido prestarle su carro mientras él estaba lejos. No sabía cómo me sentiría al verlo en el pueblo, al ver a Ben manejando su Pontiac negro mientras él estaba en otro país, peleando por otra guerra.

—Eso parece. —Angela se levantó de la acera, sus piernas se tambalearon un poco mientras recuperaba su equilibrio. Tomé la mano que me ofrecía, permitiéndole que me llevara con ella. Apretó con fuerza mi mano.

Abrí la boca para hablar pero no había nada que decir. En lugar de eso me quedé parada con la boca abierta cuando el carro se detuvo frente a nosotras. Y entonces todo, incluso mi mente, avanzó a cámara lenta.

Edward salió ágilmente del carro, rodeándolo con largas zancadas al acercarse a mí.

Estaba usando su uniforme.

Le quedaba como un traje de chaqueta.

Casi morí en ese mismo momento.

Mi mirada se alzó lentamente, mirando sus brillantes botas altas, sus pantalones rígidamente planchados y su gruesa chaqueta de lana. Su corbata estaba diestramente anudada, el cuello de su camisa estaba rígido contra su cuello. Me humedecí los labios, incapaz de apartar mis ojos de él, amaba y odiaba la forma en que se veía.

Lo amaba porque se veía hermoso.

Lo odiaba porque su uniforme significaba que ya no era mío.

Estiró la mano y se recargó en el carro, ladeando la cabeza para verme. Miré que sus ojos bajaban más, notando mi vestido corto y mis largas piernas, todavía ligeramente bronceadas por el caliente verano, a pesar de que hacía mucho que había pasado.

—Hola. —La orilla de su labio se alzó. Se pasó una mano entre su corto cabello.

—Hola.

—¿Te vas a acercar? —Alzó una ceja. Me mordí el labio, no sabía si me sentía deslumbrada por él o por el sol. No quería decirle que no podía moverme. Mis piernas parecían estar detenidas por plomo, mis pies pegados al piso. Parpadeé dos veces, intentando recordarme que era sólo Edward.

Pero todo lo que podía ver era al Teniente Cullen.

Angela me dio un empujón en la espalda baja y me tambaleé hacia enfrente. Todas mis esperanzas de parecer sofisticada se hicieron polvo cuando mis pies se atoraron con el polvoriento asfalto y mis piernas se tambalearon para recuperar el equilibrio. Giré la cabeza de golpe para lanzarle una mirada furibunda, luego compuse mis facciones, y me giré de regreso a Edward con una sonrisa tirando de mis labios.

—Ya voy.

Se rio ruidosamente. Echó la cabeza atrás y su sonrisa se agrandó cuando me vio moverme hacia él. Cuando estuve a unos pies de distancia, estiró una mano y me agarró, jalándome contra la áspera tela de su chaqueta.

—Te tomaste tu tiempo. —Él no desperdició nada de tiempo al acercarme aún más, curvando sus dedos debajo de mi barbilla y levantándola hasta que mi cara quedó a centímetros de sus labios.

—Vale la pena esperar por las buenas cosas de la vida. —Le dije en voz baja. No me refería sólo a hoy.

—Sí que lo vale. —Bajó su cara a la mía, apenas rozando mis labios con los suyos. Lancé mis brazos a su alrededor, agarrando el cuello de su camisa, lo necesitaba más cerca.

Mis dedos rozaron su cabello. Me recordó a terciopelo rozándose, los mechones suaves pero rígidos bajo mi toque.

—Extraño tu cabello largo —murmuré en sus labios. Lo sentí sonreír contra mí.

—¿Eso es todo lo que vas a extrañar? —sus dedos se enterraron en mi trasero, acercando todavía más nuestros cuerpos, lo suficiente para sentirlo delineado contra mi estómago. Quería bajar la mano y envolver mis dedos alrededor de él, mirar su boca abrirse al suspirar suavemente. Tal vez lo hubiera hecho si no tuviéramos compañía.

—Probablemente sí. —Abrí los labios, invitándolo a entrar. Su lengua se deslizó suavemente dentro de mí, sus dedos subieron por mis costados, haciéndome estremecer. Quería que me jalara a su carro y me llevara al lago.

—Tenemos que irnos, hombre. —Ben le pegó a Edward en el brazo. Se apartó de mí, girándose hacia su amigo con una estúpida sonrisa en su boca. Caminamos hacia el carro; nuestras manos juntas, nuestros costados tocándose.

—Nos reuniremos con mi hermano en Fairfield. Él nos va a llevar a la base.

—¿Y tus padres? —No estaba preocupada por conocer a Emmett Cullen. Era el Congresista y la señora Cullen los que me ponían ansiosa.

—Se reunirán con nosotros allá.

Apreté su mano con más fuerza, me gustó la forma en que dijo "nosotros".

—Entonces vámonos.

Angela y Ben se subieron atrás mientras que yo me metía en el lado del pasajero, recargándome contra la suave piel negra del asiento. Edward manejó suavemente; su mano izquierda agarraba el gran volante café, su mano derecha estaba curvada en mi muslo. No quería soltarme ni por un momento, me hizo que yo cambiara las velocidades por él para poder mantener su mano donde la quería. Cada vez que nuestros ojos se veían podía sentir la excitación vibrar en el aire; si no fuera por Ben y Angela juro que hubiera hecho algo de lo que me arrepentiría después.

Cuando llegamos a Fairfield, todos nos bajamos. Edward y Ben se abrazaron fuertemente, no tenían miedo de mostrar sus emociones. Sentí las lágrimas escocer en mis ojos mientras hablaban seriamente el uno con el otro. Edward prometió cuidarse, y Ben prometió cuidarme a mí por él.

Angela sólo me pegó en la pierna.

—Te veré en casa, ¿de acuerdo?

Asentí, mi garganta estaba demasiado llena para hablar. Intenté golpearla en respuesta pero fallé, mi puño sólo conecto con la orilla de su falda. Me recordé que le debía una.

El hermano de Edward llegó unos minutos después. Se bajó suavemente del carro, sus ojos subieron y bajaron al verme. Busqué en vano alguna señal de parecido entre ellos dos, pero con su caro traje negro y su cabello aceitado y peinado, él se veía muy diferente, sin mencionar que más grande.

Su cara casi no tenía expresión.

—Edward. —Estiró una mano y le dio un apretón a la de su hermano. Era un contraste enorme comparado con la forma en que Edward y Ben se comportaban, más formal e inflexible.

—Emmett. —Edward apartó su mano primero, curvándola en mi hombro—. Me gustaría que conocieras a Isabella Swan.

Me pregunté por qué sentía la necesidad de usar mi nombre completo. Nunca antes lo había hecho. No estaba segura de que me gustara, de la misma manera en que no me gustaba que mi padre le dijera "teniente". Esas palabras no describían a las personas que sabía que éramos; tanto el uno para el otro como para alguien más.

—Es un placer, Isabella. —Emmett tomó mi mano y curvó sus dedos alrededor de ella, sacudiéndola ligeramente. Sus pálidos ojos azules se encontraron con los míos.

—Igualmente. —Le sacudí la mano con más firmeza. Creo que le sorprendió.

—Es mejor que nos apuremos. Papá tiene unas reuniones esta tarde. —Emmett abrió la puerta y me subí en el asiento trasero. Edward se sentó enfrente junto a él. Ya extrañaba su mano sosteniendo la mía con fuerza. Una ola de nausea golpeó mi estómago cuando me di cuenta de que quizá no volvería a hacerlo hasta dentro de un año.

Mientras manejábamos hacia el hangar, ellos platicaron un poco sobre amigos y conocidos de los que yo nunca había escuchado. Miré la nuca de Edward, tuve que sentarme en mis manos para evitar estirarlas para tocar la orilla de su cabello, para bajar mis dedos por su cuello. Cada segundo que pasaba sentía que lo estaba desperdiciando al no ser capaz de sentir su piel. Me pregunté si él sentiría lo mismo.

—Dijeron que habría problemas. —La voz de Emmett sonó baja cuando nos paramos en la entrada. La carretera estaba llena de protestantes; jóvenes con cabello largo y slogans escritos en camisetas, y chicas aun más jóvenes con faldas cortas y alocados cabellos. Gritaban y coreaban mientras el carro avanzaba lentamente, miraban a través de la ventana y se centraron en Edward en cuanto vieron su uniforme. Los fulminé con la mirada, sintiendo el enojo burbujear dentro de mí como un géiser caliente, quería abrir la ventana y gritarles, decirles el tipo de hombre que era Edward.

Porque él era un buen hombre. Alguien con una moral y unas creencias que dejarían en vergüenza sus coros.

El hombre que amaba.

Él no merecía su enojo.

Afortunadamente pasamos por la entrada en cuestión de minutos, y no dejaban que los protestantes se acercaran en lo más mínimo a la base en sí. Emmett maniobró el carro a lo largo de la carretera de concreto, dirigiéndose al aeródromo que estaba en la parte más alejada de la base.

—Necesitas saber algo. —Se giró para ver a Edward. Su voz era más profunda que la de su hermano, y aun así de alguna forma era también más tosca. No acariciaba tus odios, pero te hacía que lo notaras. Podía imaginarlo dominando el senado al hablar.

—¿Sí? —Edward había bajado la ventana y estaba recargado en el brazo de la puerta. El sol se reflejaba en sus lentes, lanzando una danzante bola de luz en el tablero.

—Papá arregló que el Seattle Life tomara algunas fotos. Van a publicar un artículo sobre ti uniéndote para pelear.

—¿Ellos, qué? —De repente la voz de Edward sonó más dura, y repentinamente el parecido familiar se hizo más fuerte.

Emmett golpeó el volante con su mano.

—Sólo un par de fotos. Se va a lanzar por la reelección el siguiente año. —Dijo como si eso lo explicara todo.

—Ni siquiera quiere que vaya a Vietnam.

—Le diste limones, él está haciendo limonada. —La risa de Emmett fue dura—. Es lo mejor de un mal trabajo.

El suspiro de Edward fue audible.

—Dos fotos, eso es todo. Y dejen a Bella fuera de esto.

Emmett se giró para verme. Sus ojos azul hielo me congelaron en mi asiento.

—Lo haremos.

El aeródromo estaba lleno de soldados con bolsas echadas en sus hombros y gorras dobladas en sus manos. Unos cuantos tenían a sus familias con ellos; bonitas esposas jóvenes lloraban, pequeños niños de caras sucias se aferraban a ellos. La mayoría estaban solos, habiéndose despedido en Wichita o Wyoming, el vuelo a Manila era sólo otra etapa en su viaje al infierno.

No podía decir cuál opción era mejor. Todos se veían bastante miserables.

—Acá. —Llamó una voz desde la esquina del campo, donde un área había sido acordonada. Un distinguido hombre de cabello gris estaba siendo fotografiado y estaba hablando con un periodista, que escribía rápidamente en una pequeña libreta.

—Quédate aquí, ¿de acuerdo? No tardaré mucho. —La sonrisa de Edward era forzada—. Emmett, mantén un ojo en ella.

Emmett sonrió. Lo miré, vi que sus ojos estaban pegados a mis piernas. Me estremecí, sintiéndome incomoda bajo su escrutinio. Había algo en él que me hacía sentir inquieta, me recordaba un poco a la fiesta de fraternidad a la que había asistido el otoño pasado. Apostaría hasta mi último dólar a que Emmett Cullen había estado en una fraternidad durante la universidad.

Me aparté de él, viendo a Edward tomar la mano de su padre. Los dos posaron para unas fotos, luego el periodista le hizo unas preguntas. Podía verlo frustrándose cada vez más y más al intentar explicarse, sólo para ser interrumpido por su padre.

Estaba comenzando a entender la difícil relación entre ellos. Era claro que el Congresista Cullen nunca escuchaba una palabra de lo que su hijo decía.

—Edward me pidió que te llevara a casa. —Emmett logró apartar su mirada de mis piernas. Le agradecí a Dios haber logrado mantener mi pecho bien cubierto con un cuello alto, de esa manera sus ojos eran forzados a asaltar mi cara.

—Es muy amable de tu parte. —Comencé a juguetear con la orilla de mi vestido, mis dedos jugaban a lo largo de la delgada tela. Me detuve en cuanto él comenzó a ver mi mano.

—Es todo un placer.

Tragué con fuerza. El último lugar donde quería estar era sentada junto a Emmett Cullen por una hora. Era el hermano de Edward, pero me hacía estremecer peor que las tripas de pescado.

—¿No está tu esposa contigo?

—Rosalie está en casa con nuestro hijo. Ella sabe cuál es su lugar. —Su sonrisa creció. Me enterré las uñas en la palma para detenerme de arrancarle la sonrisa de la cara. ¿Edward sabía lo imbécil que era su hermano? Lo acababa de conocer y ya quería embarrarle la cara en la rojiza tierra seca.

—Eso suena muy 1950. —Le lancé una sonrisa falsa.

—Digamos que no soy tan abierto de mente como mi hermano. —Su labio se alzó.

Abrí la boca para responder, pero la reaparición de Edward robó las palabras de mi boca.

—Lamento eso. ¿Estás bien? —Me jaló contra él. Intenté contener mi enojo. No quería que se fuera a la guerra pensando que odiaba a su familia.

Incluso si sí la odiaba.

—Estoy bien. —Al ver sus ojos verde oscuro, mi sonrisa fue genuina. En sus brazos, los comentarios chauvinistas de Emmett tenían tanta importancia como una mosca para un elefante.

—Ven a conocer a mis padres. —Tomando mi mano, me llevó hacia sus padres. Estaba aliviada al ver que el fotógrafo y el reportero ya se habían ido. Sus padres estaban solos, y había un hueco entre ellos tan grande que por ahí podría pasar su carro.

—Mamá, papá, esta es Bella. —Edward envolvió un brazo alrededor de mi cintura—. Bella, este es mi padre, Carlisle, y mi madre, Esme.

Carlisle me miró sobre sus lentes de media luna. Estiró una mano y la sacudí brevemente, me sentí nerviosa bajo su escrutinio. Sus dedos eran huesudos y largos, pero tenían una fuerza que me hacían retroceder.

—Es un placer. —Su madre sonrió, su frío labial rosa se estiró junto con sus labios. Estaba usando un traje rojo oscuro junto con un sombrero pastillero a juego. Me pregunté si estaba modelando su imagen en Jackie Kennedy de 1962.

—Gusto en conocerlos. —Les dediqué a ambos una pequeña sonrisa. Sentía que podía morir a causa de los nervios. No quería que me odiaran.

—Edward me dice que estás en Berkeley. —Carlisle se palmeó la parte trasera del cabello—. Escuché que Ron Reagan puso a esos protestantes en su lugar.

Tragué.

—Ha habido algo de… ah… tensión. —No iba a decirle exactamente lo que pensaba del gobernador de California. Esa era una discusión para otro momento, en otro lugar. Preferiblemente con otra persona.

—Si los estudiantes se ocuparan estudiando, tal vez el país sería un mejor lugar para vivir —interrumpió Emmett, su confianza comenzaba a molestarme. Podía sentir mi sangre comenzar a hervir. Le di un apretón a modo de disculpa en la cadera a Edward.

—Si nuestros líderes se ocuparan liderando, tal vez no tendríamos que protestar.

Edward tosió para ocultar su risa. Su agarré en mí se apretó, y bajó la cabeza para dejar un beso en mi cabello.

—Y es por eso que te amo. —Sus palabras sonaron bajas, lo suficiente para que yo las escuchara. Me gustaba que fueran mías, para esconderlas en mi corazón.

Una llamada en voz alta del área cementada nos dijo que era hora de que Edward se fuera. Abrazó con fuerza a su madre, limpiándole las lágrimas, luego le dio un apretón a las manos de su padre y de su hermano. Poniéndose la gorra firmemente sobre su corto cabello, me jaló con él hacia el avión, poniendo un poco de distancia entre nosotros y su familia.

Parándose frente a mí, me tocó bajo la barbilla con su pulgar, haciéndome alzar la vista para verlo. Sus ojos se veían salvajes, como si algo estuviera luchando debajo de la superficie.

—La vida sigue, ¿de acuerdo? —rozó sus labios con los míos.

Negué con la cabeza.

—No sin ti.

Una lágrima se escapó de mi ojo, quemando mi piel.

—Bella. —Su voz se rompió—. Eres una luchadora. Quiero que salgas y luches con tanta fuerza como lo haré yo.

Fruncí el ceño, mis dedos jugaban con su solapas.

—¿Cómo puedo luchar?

—Trabaja duro, habla en voz alta, protesta. —Recargó su frente en la mía—. Vi lo incómoda que veías a esos protestantes fuera de la entrada. No quiero que te sientas en conflicto.

Por la comisura de mi ojo podía ver a los soldados subiéndose al avión. Sabía que sólo nos quedaban unos momentos. El nudo de mi garganta hacía que me fuera difícil hablar.

—¿Quieres que proteste?

Acunó mi mejilla con su palma. Su piel se sentía tosca contra la mía.

—Quiero que seas sincera con tus creencias. Yo seré sincero con las mías.

Mi estómago se revolvió con tan sólo pensarlo. Odiaba la guerra más que nunca. Antes de que mi primo muriera parecía sólo una molestia; algo con lo que estar en contra, pero nada que afectara mi vida. Ahora que Grady se había ido, y que me estaba robando a Edward, había crecido en mi mente hasta ser un ogro malvado. No estaba segura de ser lo suficientemente fuerte para matar al gigante.

—De acuerdo. —Intenté sonreír—. Seré sincera si tú te cuidas.

—Haré lo mejor que pueda.

Una última llamada. Me abrazó con fuerza, mi cuerpo se moldeó contra su pecho. Acuné mis manos en su cara, intentando memorizar la sensación de su piel contra la mía. Mis labios estaban mojados con lágrimas cuando nos besamos, y ambos pudimos probarlas.

—Te escribiré. —Se apartó, sus ojos brillaban en el sol de invierno. Asentí tontamente, incapaz de hablar. Tenía miedo de que saliera en forma de sollozo. La miseria impregnaba cada célula de mi cuerpo, ahogando toda semblanza de esperanza, reemplazándola con oscuridad. Con miedo.

—Cariño, no llores. —Estiró una mano para limpiar mis lágrimas. Me mordí con fuerza el labio, no quería que mi llanto fuera su último recuerdo de mí. Con profundas respiraciones, logré componerme lo suficiente para encontrar mi voz.

—Te amo. Si no regresas a salvo, iré tras de ti.

—Si no regreso, espero que lo hagas. —Su aliento se sentía caliente en mi mejilla—. También te amo. No lo olvides.

Lo miré caminar hacia el avión Pan Am con destino a Manila. Su ancha espalda estaba erguida debajo de su chaqueta, y sentí un golpe de orgullo ante la forma en que se sostenía. Enderecé mi propia espalda, limpiándome los ojos antes de girarme a ver a su hermano.

Era hora de hacer un viaje con Emmett Cullen.


Primero que nada, ¿qué les pareció el capítulo? A mí me parte el corazón cuando ellos se despiden. Y sobre Emmett… bueno, digamos que este es uno de los pocos Emmetts que detesto, pero díganme, ¿qué opinan de él? ¿Se lo esperaban así?

Ahora, estoy muy interesada en saber qué piensan que va a pasar de ahora en adelante, hacia dónde piensan que se dirige la historia. ¡Vamos chicas, quiero leerlas! ;)

Gracias a todas por sus reviews, alertas y favoritos. Me encanta saber que están ahí y que les gusta la historia.

Hayna, jamás podría fastidiarme de leer los comentarios que me dejan, muchas gracias por tus comentarios y por la motivación para dejarlos, fue muy dulce de tu parte.

Ahora, sobre la actualización, probablemente – no estoy segura – pero probablemente no haya actualización la siguiente semana. El sábado me iré de vacaciones una semana y no estoy segura de poder publicar, lo intentaré, pero si no puedo entonces nos leemos el 4 de junio.