Capítulo 14
Anna entró en el estudio de la mansión de los Dodd y se encontró a Maléfica Dodd sentada tras un enorme escritorio de nogal. Los estantes de la librería, que iban del suelo al techo, estaban repletos de libros y archivadores, algunos de aspecto muy antiguo y otros completamente nuevos, lo que indicaba que aquella estancia era el lugar de trabajo de Maléfica desde hacía largos años.
—¡Anna! ¡Cuánto me alegra que hayas podido venir! —la saludó esta, dejando la estilográfica sobre una gruesa carpeta.
—He venido para comunicarle mi decisión.
Maléfica señaló con un gesto un sillón de cuero frente a ella.
—Siéntate, por favor. Espero que se trate de buenas noticias.
—Sí, he decidido aceptar.
—¡Maravilloso!
Maléfica posó las manos sobre la mesa, con los dedos entrelazados. Anna no sabía si eran imaginaciones suyas, pero le pareció que Maléfica había empequeñecido en sólo una semana. Su voz era débil y ligeramente temblona, a diferencia del tono enérgico de otras ocasiones.
—Es una oportunidad única en la vida. Ahora sólo tengo que convencer a mi jefe para que me otorgue una excedencia, aunque me temo que se negará —concluyó Anna, moviendo la cabeza de un lado a otro.
—¿Y qué harás entonces?
—Dimitir. No quiero parecer presuntuosa, pero el periódico local se me ha quedado pequeño. Quiero escribir algo de más peso específico, como esta historia.
—Sé que harás un buen trabajo. Mi ayudante te mostrará dónde puedes localizar todo el material de investigación que conservamos aquí, y hay más, conservado en microfilm, en el ayuntamiento y en la biblioteca de East Quay.
—Gracias. ¿Tendré la oportunidad de entrevistarla a usted?
—Naturalmente; no tienes más que pedir una cita, y dispondrás de todo el tiempo que quieras.
Maléfica se inclinó hacia delante con la mirada perdida, bajo el influjo de emociones contradictorias que pugnaban por salir a la superficie.
Entregándole a Anna una tarjeta de visita, añadió:
—No quiero dejar nada de este proyecto al azar, ahora que por fin te he encontrado.
—Lo comprendo —dijo Anna comprobando sus notas—. Tengo ya unas cuantas preguntas que hacer, referentes al formato del libro y a mi sistema de trabajo, si le parece bien.
—Naturalmente que sí —contestó Maléfica—. Ahí tienes. Si te encuentras con algún problema que mi ayudante no pueda resolver, siempre puedes localizarme en mi número privado.
—¿Son suyos estos números escritos a mano?
—Son los teléfonos privados de Elsa, el de su casa y el de su móvil, y también el teléfono directo de su oficina. Tal vez ya tengas alguno de ellos, pero es mejor que los tengas todos juntos.
—Bien pensado —murmuró Anna, esperando que sus mejillas no se hubiesen vuelto de un brillante color rojo al oír mencionar el nombre de Elsa.
No la veía desde hacía dos noches, cuando estuvo trabajando en su sofá. Después de aquello Anna había estado haciendo turnos dobles, pues dos de sus colegas estaban enfermos. «Y no me parecía correcto aparecer simplemente por el ático y decirle "Venga, continuemos donde lo habíamos dejado, cariño".» En honor a la verdad, Anna tenía miedo de gafarlo todo, ya que se habían despedido en muy buenos términos a pesar de la casi desastrosa sucesión de acontecimientos.
—¿Tienes algo más que decirme, Anna? —preguntó Maléfica, interrumpiendo sus pensamientos.
—No, creo que no. Tengo esto —dijo mostrando la tarjeta de visita—; si sobrevivo después de decirle a mi jefe que necesito un permiso, me pondré a la tarea mañana mismo.
Anna se notaba nerviosa. Comprendió que por primera vez en años se sentía entusiasmada por algo relacionado con su trabajo, pues la idea de escribir sobre aquella mujer, sin duda pintoresca, la atraía inmensamente.
Maléfica se puso en pie, y Anna se fijó en lo fuertemente que tuvo que apoyarse en la mesa para moverse con cierta apariencia de soltura.
—Entonces espero un informe semanal de tus progresos, ¿de acuerdo?
—Sí, perfecto. Probablemente al principio la inundaré de detalles —se disculpó Anna con una sonrisa—. Avíseme si me hago muy pesada.
—No creo que este tema pueda llegar nunca a aburrirme. Espera —añadió seguidamente alzando una mano—. Tengo una pregunta más.
El tono serio de su voz hizo que a Anna se le erizase el pelo de la nuca.
—¿Sí?
—Cuando te ofrecí este encargo parecías remisa a aceptarlo, incluso incómoda. ¿Qué es lo que te ha hecho cambiar de opinión?
«Cuando una habla con una mujer de un siglo de edad, que ha visto más cosas que la mayoría de la gente, no debe intentar engañarla», pensó Anna suspirando para sus adentros.
—Me sentí manipulada. Ya sabe, la típica oferta que no puedes rechazar. Era el trabajo de mis sueños, ofrecido en bandeja de plata. Demasiado fácil.
—Te mereces esa bandeja de plata. Elsa habló con algunos de tus colegas, de modo que sé bien que has invertido más horas en el periódico que la mayoría de tus compañeros, sin que apenas te lo agradeciesen. He leído recortes tuyos de hace varios años, y siempre has hecho un trabajo magnífico, a pesar de que seguramente muchas veces has tenido que aburrirte como una ostra. Tú misma has demostrado lo que vales.
—Sí, ahora me doy cuenta de todo eso; pero en ese momento, con usted y Elsa ahí sentadas extendiendo una alfombra roja bajo mis pies… Ambas parecían dar por hecho que yo estaría tremendamente agradecida y que daría saltos de alegría ante la oportunidad que se me presentaba, sin meditarlo siquiera.
«Y ahora estoy comportándome como una cabrona desagradecida.»
Maléfica quedó en silencio un momento.
—De modo que cuestionaste más sus motivos que los míos, a pesar de que tú y yo no nos habíamos visto nunca…
—Sí. No quería ser una de sus obras de caridad.
—No te culpo —asintió Maléfica—. Todos tenemos nuestro orgullo, y tú eres una persona independiente y claramente capaz de cuidar de ti misma. Me alegro de que hayas conseguido aclarar tus dudas. ¿Has hablado de todo esto con Elsa?
—Bueno… sí y no. No exactamente de esto. Estuvimos hablando de otras cosas, y fue entonces cuando comprendí lo que se esperaba de mí. Sé que no tiene mucho sentido…
—Oh, sí lo tiene, querida. Elsa es una persona increíble, al igual que tú, y casi igual de trabajadora. Algunas veces se olvida de sí misma entre tantas tareas. Para ella va a ser bueno tenerte como vecina. Desde luego, te admira y te aprecia muchísimo.
—¿De veras? —al oír la inesperada alabanza, Anna notó como un calorcillo en el estómago.
—Sí. Lo cual me recuerda que Elsa y yo deseábamos que tuvieses esto —dijo Maléfica, alzando el vade de cuero que cubría su escritorio para sacar un pequeño sobre—. Aquí tienes, diez entradas para el concierto benéfico. Tráete a tu familia y amigos.
—Pero… ¡es demasiado! —balbuceó Anna, sonrojándose—. ¡Valen una fortuna!
—Lo mismo que supondrá tu trabajo… Aunque, de hecho, lo que tú vas a hacer no tiene precio. Y ahora, disfruta de tus entradas y de las actuaciones con salud.
—Gracias, muchísimas gracias —dijo Anna, jugueteando con el sobre mientras intentaba recuperarse de la emoción—. Intentaré retratar a su familia con pasión y exactitud… en ese orden. ¿Podemos quedar para hablar, la próxima semana a la misma hora?
—Me encantará, pero confírmalo antes con mi ayudante.
—Eso haré. Y gracias de nuevo por haberme ofrecido este
trabajo. Por cierto, espero verla mañana en la fiesta Maléfica hizo una mueca que Anna interpretó como de exasperación, o bien de pura fatiga.
—Claro que te veré; a ti y a medio East Quay.
—No parece muy satisfecha con la idea de celebrar una gran fiesta.
—Me siento halagada, pero afrontémoslo: soy vieja. Nunca he sido muy amiga de celebraciones, y si pienso en todos los preparativos y en la cantidad de dinero que ha ido a parar a ella… En fin, digamos que mis sentimientos al respecto son ambivalentes.
—Lo comprendo. Elsa estará a su lado, y siempre puede contar conmigo si necesitase refuerzos.
Maléfica dejó escapar una honda carcajada.
—Eso haré, querida.
Anna apretó con delicadeza la frágil y fría mano de Maléfica.
—Nos vemos allí, pues.
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—¡Señora Winter! ¡Elsa!
Elsa dio un respingo al oír la histérica voz que sonaba tras ella, desde el fondo del corredor. Dio media vuelta para saludar al ex director del Instituto de East Quay.
—Señor Boggs… —se limitó a gruñir.
—¿Cuántas veces tendré que decirte que para ti soy Randall, Elsa? —suspiró este al llegar junto a ella—. Necesito tu apoyo.
Elsa echó un rápido vistazo a su alrededor, en busca de auxilio. Junto a ella pasaron varias personas, apresurando el paso para evitarla. «¡Traidores!»
—¿En qué sentido?
—Tú estás en el Comité de Educación del ayuntamiento, y además la comunidad respeta tu opinión. Necesito que me ayudes a aclarar este malentendido.
—¿Qué malentendido? ¿El de haber dilapidado en un solo semestre el presupuesto que le fue asignado, o el de que hace una semana atacó a una periodista, frente al instituto?
—Lo del presupuesto puede arreglarse. He hablado con una institución financiera privada de Providence y…
—Eso suena bastante improbable… y no depende de usted. El consejo escolar es quien tiene la decisión y, por lo que sé, van a despedirlo.
—¡Y ahí es donde tú intervienes, Elsa!
—Para usted soy la señora Winter. Cuando hirió a la señora Summer perdió el derecho a tutearme.
—Pero ¿qué demonios…? —balbuceó Boggs, atónito—. ¿Es amiga suya?
—Es mi vecina, y también amiga, sí. Le propinó usted golpes muy dolorosos, y ella tiene todo el derecho a presentar cargos.
—¡Esa mujer está arrastrando mi buen nombre por el suelo!
—El motivo de que se encuentre usted en esta situación es por haberla golpeado y arrojado al suelo —acusó Elsa, deteniéndose a respirar hondo antes de continuar—. Escuche, Boggs: todavía está a tiempo de salvar su buen nombre. Responsabilícese de lo que ha hecho, tanto en el instituto como al herir a la señora Summer. Por lo que he oído, esto último fue más o menos accidental. No puede usted responsabilizar a otros de sus actos y esperar después que le sean leales. Se trata de buenas personas y excelentes profesores, que se preocupan sinceramente por sus alumnos. Si usted tiene la gallardía de admitir sus errores, lo respaldarán.
—¿De qué demonios está usted hablando?
Elsa suspiró. Era como hablar con una pared. Sin embargo, ella creía sinceramente que todo ser humano era redimible, incluso un matón testarudo y egocéntrico como Randall Boggs.
—Discúlpese públicamente ante la señora Summer, los alumnos y sus padres. Esa es la única posibilidad de mantener su puesto. Reúnase con Schwartz, del departamento financiero del ayuntamiento, y negocie con él un nuevo presupuesto. Presénteselo al consejo escolar, y yo me aseguraré de que reciba usted una respuesta justa.
«Sé un hombre, o al menos sé humano, por una vez. Bájate de tu pedestal y deja esa actitud de machote, que ha sido la que te ha metido en este follón.»
A Elsa le era muy difícil en aquellos momentos dejar a un lado las heridas sufridas por Anna. En lo más hondo de su ser, lo que en realidad deseaba era estrangular a aquel hombre por el dolor que le había causado a la mujer que… De pronto notó que se quedaba sin respiración. «¿Quién soy yo para decirle a Boggs que afronte sus actos y lo confiese todo? ¡Si ni siquiera soy capaz de sincerarme conmigo misma!» En su mente apareció la imagen de Anna, herida y echada sobre su sofá… con los cabellos color caoba derramados sobre la suavísima espalda, los esbeltos músculos adivinándose bajo la pálida piel, y aquel aroma… frutal y ligero, con una base de vainilla apenas perceptible.
—¿Me apoyaría usted?
Elsa se obligó a concentrar toda su atención en Boggs.
—No puedo asegurárselo. Dependerá de lo que decida usted hacer. Si sus disculpas son sinceras y diseña un plan lo bastante eficaz para recuperar las finanzas del instituto, tal vez yo pueda persuadir al consejo escolar para que le ofrezcan renovar su contrato por un semestre más.
Boggs retrocedió dos pasos y apoyó un hombro contra la pared. Parecía haber encogido: estaba pálido, y el sudor le perlaba la amplia frente. Se pasó una temblorosa mano por el rostro.
—No puedo siquiera salir a la calle sin que alguien me insulte.
—Seguramente tendrá que soportarlo durante una temporada. Es perfectamente comprensible que la gente esté enfadada. En cuanto se comporte usted como es debido, el pueblo de East Quay volverá a apoyarlo.
—Está bien —aceptó Boggs en tono dubitativo—. Esta misma tarde llamaré a Leo. No puedo seguir viviendo así.
—Me alegro de que lo comprenda.
Elsa dudó un momento antes de añadir:
—Y no se olvide de Anna Summer. Hágalo como es debido, porque ella sabe percibir la hipocresía.
—De acuerdo —aceptó Boggs, tendiéndole lentamente la mano, como si lo hiciese a su pesar.
Elsa se la estrechó.
—Hazlo así, Randall. Buena suerte.
El hombre dejó escapar un hondo suspiro que elevó su robusto pecho.
—Gracias, Elsa. No lo olvidaré.
Ojalá fuese cierto, pensó Elsa. Había necesitado de todo su autodominio para no cubrirlo de improperios. Estaba muy orgullosa de haber logrado hacerlo cambiar de actitud. Se habían enfrentado en muchas reuniones anteriores; esta era la primera vez que había conseguido convencerlo de algo. «Tal vez se me está contagiando la franqueza de Anna.»
Su primera reacción fue reírse de semejante idea, pero al momento comprendió que estaba en lo cierto: era obvio que el noble carácter de Anna la había afectado profundamente.
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La numerosa clientela del café charlaba animadamente en voz baja al tiempo que bebía sus capuchinos, exprés con leche o tés.
Al entrar en el local, el cálido ambiente llenó de vaho las gafas nuevas de Asami. Le costaba acostumbrarse a ellas, pero era cierto que ayudaban bastante, aunque de poco le valían en ese momento, de modo que se las quitó, parpadeó un par de veces y, al no conseguir aclarar la vista lo suficiente, se quedó al lado de la puerta sin saber adónde ir.
—¡Señora Sato, qué alegría verla! —la saludó una figura bajita y rechoncha, vagamente familiar, desde la izquierda—. Soy Pema Ivers. Mi esposo Tenzin y yo trabajamos para Korra.
Aliviada de que no fuese uno de los clientes quien la había reconocido, Asami sonrió:
—Hola, Pema, me han hablado mucho de usted. Korra los tiene a ambos en gran estima.
—Oh, es que es un amor de niña. Para nosotros es como de la familia.
«¿Es una advertencia, tal vez?», pensó Asami sin dejar de sonreír.
—¿Está aquí? No he hecho reserva, pero…
—Korra no trabaja hasta esta noche, pero seguro que puedo localizarle una buena mesa. Supongo que prefiere tener algo de intimidad…
¿Sonaba algo forzada la voz de Pema? A Asami así se lo pareció, pero no podía asegurarlo.
—La barra me vale perfectamente, gracias. Tan sólo quería uno de los deliciosos exprés con leche de Korra.
—Afortunadamente me ha revelado su secreto, de modo que al menos en eso no la defraudaré.
—¿Sabe cuándo volverá? —preguntó Asami mientras la seguía. Se sentó con gran cuidado sobre el taburete y se quitó el echarpe Rojo, húmedo debido a la ligera bruma exterior.
—Oh, Korra no ha salido. Está en su apartamento.
—¿Está enferma acaso? —preguntó Asami; se dio cuenta de que su voz había sonado más preocupada que la de una simple conocida, pero no pudo evitarlo.
Pema hizo una pausa antes de responder:
—No, está perfectamente. Esta mañana se sentía un poco pachucha, simplemente, y le hacía falta descansar un poco. Últimamente está algo tensa y agotada —añadió bajando la voz.
—¿Ya vuelves a cotillear, amorcito?
—Eh, no me descubras, Tenzin —protestó Pema, suspirando exageradamente—. Esta es Asami, una amiga de Korra. Y no es ningún cotilleo decirle que Korra no se encuentra muy bien.
—Si tú lo dices…
Tenzin Ivers era un hombre alto y algo robusto, con la cabeza rapada y una punteaguda barba. Tendió la mano hacia Asami.
—Encantado de conocerla.
—Encantada también de conocerlo por fin —contestó Asami estrechándosela—. No puedo evitar sentirme preocupada por Korra. Creí que nunca se tomaba el día libre.
—No suele hacerlo —aclaró Pema—, pero, en raras ocasiones, como hoy, se toma la tarde libre. Trabaja de lunes a domingo normalmente, de modo que no la culpo.
Asami sabía que en aquella ocasión seguramente había motivos que Pema no conocía. «No puedo decirles que tal vez sea yo la culpable, porque querrían saber el motivo.»
Contempló el borroso perfil de Pema mientras se atareaba junto a la máquina de café. Pronto tuvo frente a sí una humeante taza de café con leche.
—Gracias.
Al percibir el seductor aroma de la caliente bebida, Asami lo inhaló con placer. Rodeó la taza con ambas manos para calentar sus fríos dedos antes de dar el primer sorbo. De pronto, a su lado sonó un saludo que estuvo a punto de hacer que se atragantase debido a la sorpresa.
—¡Hola, Asami, volvemos a encontrarnos!
Asami tosió para eliminar el café de su tráquea y giró la cabeza hacia donde había sonado la voz.
—¡Anna! —exclamó, con voz todavía ronca—. Hola.
—Oh, vaya, lo siento, no quería sobresaltarte. ¿Te encuentras bien?
—Perfectamente —contestó Asami, volviendo a toser.
—Creo que Anna está intentando matar a nuestra prima donna, poniendo así en peligro todo el concierto benéfico —opinó otra voz, esta más familiar, y Elsa apareció junto a Anna—. Es tan peligrosa para sí misma como para los demás, como habrás comprobado.
—Muy graciosa, Winter —bufó Anna—. Sólo porque haya tenido un pequeño enfrentamiento con el director no significa que sea autodestructiva… ni gafe en general.
—No estoy yo tan segura —replicó Elsa con una honda carcajada—. ¡Mira a la pobre Asami!
La «pobre Asami» había conseguido por fin desatascar su tráquea lo suficiente como para hablar por sí misma:
—Por favor, tomen una taza conmigo, me encantará tener compañía. «… Ahora que Korra no está.»
—Estupendo —dijo Anna, y dejó en el suelo un voluminoso estuche que llevaba a la espalda—. Conseguí convencer a Elsa para que me acompañase porque deseaba mostrarle la batería de Korra.
Anna se sentó junto a Asami, y Elsa en el taburete más cercano a ella.
Asami sintió curiosidad.
—¿La batería de Korra? —preguntó, posando la mano sobre el cuello de la funda de guitarra que había quedado entre ambas—. ¿Van a tocar juntas?
—He estado pensando en la enorme casualidad de que todas nosotras estemos relacionadas con la música de un modo u otro. Es decir, tú eres la única profesional, pero las demás tampoco somos nada malas.
—Al menos podemos tocar sin ponernos en ridículo —dijo Elsa, y a Asami le pareció detectar un deje de ternura en su voz.
—Vaya, pues tienes razón —dijo Asami, apoyando el codo sobre la barra para poder mirarlas cara a cara—: Batería, guitarra, piano y voz.
—¡Y deberías oír a Korra tocando la batería…! Hablando de eso —añadió Anna, afinando el oído—. ¿No es lo que está haciendo ahora? ¿Lo oyen, chicas?
Asami intentó escuchar entre los murmullos de la clientela.
Pronto pudo distinguir un rítmico sonido, extrañamente frenético.
—Sí, lo oigo —murmuró.
¿Por qué estaría tocando así? «¿Será por mi culpa, o estoy siendo demasiado egocéntrica?»
Preocupada, y deseando ver a Korra cuanto antes, Asami se volvió hacia Pema, que acababa de aparecer tras la barra.
—¿Le parece bien si bajamos a visitar a Korra?
No sabía bien por qué le estaba pidiendo permiso a una empleada, pero decidió guiarse por su instinto.
Pema se acercó a ellas, y se secó las manos en un trapo que colgaba del negro delantal.
—Normalmente no le sugeriría a nadie que la molestase cuando está en uno de sus días bajos —contestó, sopesando las palabras —, pero en este caso… sí, ¿por qué no? Si no desea tener compañía, ella misma se lo dirá.
—¿Vienen conmigo? —preguntó Asami a Anna y Elsa girando la cabeza hacia ellas.
—¡Claro! —contestó Anna recogiendo su guitarra.
Pema, invitándolas a entrar tras la barra con un gesto, apartó la cortina color negro que conducía a la estrecha escalera que Asami había descendido la otra vez. Buscó a tientas el pasamanos, pues la tenue luz apenas le permitía ver nada.
—¿Puedes, Asami? ¿Quieres que vaya yo delante? —preguntó Elsa.
—No, no te preocupes. Pero ten cuidado: es un edificio muy antiguo, y los peldaños son algo desiguales.
—¡Y que lo digas! —murmuró Anna—. Son muy inclinados.
Al llegar abajo, Asami se detuvo frente a la puerta de roble. Allí el sonido de la batería era mucho más fuerte. Dudó un segundo antes de golpear con los nudillos, pero al momento comprendió que Korra no la oiría. Buscó a tientas un timbre, pero no halló más que el pomo de la puerta.
—Tendremos que entrar directamente —dijo a las demás.
—Está bien —dijo Elsa, asintiendo—. Espero que no crea que estamos invadiendo su intimidad.
Asami asió el pomo, lo giró y oyó un fuerte chasquido. La puerta se movió apenas unos milímetros. La abrió un poco y asomó la cabeza dentro. El diminuto recibidor estaba a oscuras, pero podía distinguirse algo de luz proveniente de la sala.
—¿Korra? ¡Soy Asami! ¿Me oyes? —gritó, intentando hacerse oír por encima de los tambores—. ¿Korra? ¡Soy yo, cara!
Se dio cuenta de que Anna y Elsa se miraban, sorprendidas ante el cariñoso apelativo. «Tal vez supongan que Korra y yo somos más que amigas, pero me da igual. Tan sólo espero que Korra no haya cambiado de opinión. Esa forma de golpear la batería… suena como si tuviese necesidad de desahogar muchas energías reprimidas.»
De pronto Korra se detuvo, y el repentino silencio fue tan atronador como lo había sido la diestra interpretación. Asami sintió que le zumbaban los oídos.
—¿Quién está ahí? ¿Pema? ¿Hay algún problema?
Asami nunca había oído hablar a Korra con aquel tono tan impaciente y severo.
—Korra, soy yo, Asami. Anna y Elsa están conmigo. Tan sólo queríamos pasar un momento a saludarte —concluyó, haciendo una mueca de desesperación ante sus propios titubeos; miró a sus acompañantes con un gesto de disculpa.
—¿Sami?
Se oyó un ligero roce de telas y Korra apareció en el vestíbulo, vestida de negro de la cabeza a los pies: vaqueros negros, camisa negra completamente abotonada y botas negras. Se movía con la misma elegancia felina que Asami había podido contemplar ya varias veces; de pronto notó que la boca se le había quedado seca.
—Sí. ¿Te encuentras bien? ¿Te apetece un poco de compañía?
Korra no dijo nada durante unos segundos, en los que sus ojos se ensombrecieron hasta convertirse en una llama azulada que las escrutaba detenidamente.
—Claro. Entren.
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Deartod: lo sé, cada pareja tiene su encanto.
Maria Sato: bueno los primeros 3 que ya terminé se llaman: Goldsby Gabrielle - Ajuste de cuentas. Julie Cannon 2008 Ven A Buscarme. K.G. MacGREGOR Sólo por esta vez Just This Once (2006) por sí no tienes donde e contrarlo, ella puede proporcionartelos. https/m./public/Elle-Sands (caballo negro).
Puedo darte esos por ahora, los otros cuando termine ya sabes. Esa indecisión vuelve loco a quien sea. Bueno cualquier cosa solo pregunta.
Deilys leon: jajjaja me pase riendo un buen rato, jajaja dios si eso es lo humilde no quiero saber cuales son las de enojada x100.
miguel.puentedejesus: yo también estaría feliz si todos actualizaran así. ;w;
Lachicadelbosque: acépto la terapia conjunta, tal vez hablamos sobre gustos mutuos y sobre extraterrestres? o lo que quieras. jajajaj nunca he salido de mi país, pero bien volemos. jajaja esa Anna no se anda con cuentos, que fácil es decir eso ehh!! Ella todavía esta en "soy demasiado mayor" jajajaj claro esta bien dos capítulos por semana??
Lo sé, fue como un extra ahora que solo están dos. Tocar el teclado de mi tablet cuenta como "tocar algo improvisado"
Cuídense mucho y nos veremos pronto.
Que La Fuerza Los Acompañe...
