NO ELEGIMOS DE QUIÉN NOS ENAMORAMOS

14. MUÉRDAGO

Pagó rápido y volvió adonde os encontrabais. Cómo no. Comenzó a poner la mesa, ayudado por John. Siempre tan atento. Se parecía tan poco a ti que sonreíste con sólo pensarlo.

— ¿Es tan divertido no ayudarnos? — casi no cabían más platos en la pequeña mesa.

— Por supuesto — viste a John reírse entre dientes. — ¿Italiano? ¿No podías pedir chino, como el resto de los mortales? — Una mueca de paciencia en números rojos fue tu respuesta.

Comieron en los sitios anteriores, dejando al doctor entre ambos.

La película, que no había olvidado poner antes de comenzar a comer, vaya por dónde, no podía ser más aburrida; tanto que ni siquiera te molestaste en memorizar su nombre. Tu hermano sí que te molestaba, y mucho.

— ¿Conoce, doctor Watson, la leyenda del muérdago? — la negativa del doctor crispó tus nervios.

— Cuenta la leyenda que cuando dos personas se dan su primer beso de amor verdadero, una ramita de muérdago aparece sobre sus cabezas. Lástima que aquí no haya ninguno — y ambos miraron al techo ensimismados. El colmo de los colmos.

Cogiste a Mycroft de la chaqueta y lo sacaste de la sala. John sólo se quedó quieto mirando desde el sofá, hasta que desaparecisteis de su vista.

— ¿Qué crees que estás haciendo? — tu voz estaba descontrolada.

— ¿Qué crees que estás haciendo tú? — tampoco le importó gritar, intentando alisar su manga.

— ¿A santo de qué viene el numerito del muérdago? — pasabas una y otra vez las manos por el pelo; desesperado.

— ¿Es que eres tan obtuso que no ves lo que está pasando? — tu cara de obvio que no le hizo continuar. — Te estoy allanando el terreno para tu conquista, Don Juan —.

¿Tan evidente era? No, era imposible. No, no podía ser. Saliste casi corriendo de allí, obviando la tonta risa de tu tonto hermano.

— John, nos vamos — y, antes de que pudiera protestar, ya estabais en el taxi camino a casa. Aún le tenías cogido de la chaqueta con todas tus fuerzas.