Secreto…
Los personajes de Inuyasha no me pertenecen, son obra de Rumiko Takahashi, yo solo cree este fanfic con motivos de entretenimiento.
¿Y cómo no temerte cuando te paseas por las sombras como si fueras la oscuridad misma? ¿Y cómo no amarte cuando te paseas por mi corazón como si fueras el alma misma? Pero eres tan enigmático…Por favor… déjame descubrir todos tus… secretos…
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CAP 20 : Secreto…
-Me alegro de que finalmente hayas acudido a mí - dijo el hombre de cabellos tan plateados como la luna.
El otro intentó no bajar la mirada.
Caminó hasta donde se encontraba su hijo, sus pies resonando en el frío piso de madera de la bien decorada oficina. Corrió una silla de piel hacia atrás y se sentó en ella. Ambos ojos dorados se miraron fijamente hasta que el ahora sentado, bajó su mirada a la tablet que yacía sobre la mesa de caoba.
Sus manos temblaron cuando la tomó, sin embargo, sus movimientos fueron ligeros, era un aparato increíblemente delgado y poco pesado, aún así, sentía que cargaba con algo extremadamente pesado. Fingió que esto no sucedía, como si no hubiera supuesto ningún esfuerzo tomarla ni le recordara el dolor que había causado a su familia.
No quería mirar, no quería ver lo que había dentro aunque lo supiera, y cuando por fin vio las fotos y las atrocidades sucedidas para siempre en los cuerpos de las personas tuvo que tragar audiblemente para contener la bilis que subió por su garganta.
Se tomó su tiempo, unos segundos y después miró al que estaba frente a él nuevamente, sus ojos suavizados con algo más allá de las palabras.
-Será suficiente Sesshomaru, con todas estas pruebas finalmente podremos atrapar al infeliz de Naraku y meterlo en prisión por el resto de sus días.- sonrió, una pizca de alivio y alegría -Se acabó hijo.
Sesshomaru no dijo nada, no regresó su mirada y se dedicó a observar la perilla de la puerta a unos pasos de él. Pesaba en su interior, iba totalmente en contra de su naturaleza de alfa, de líder, de protector y por unos segundos se sintió como un fracaso, pero sabía que había sido lo correcto, por más que le hubiera costado el orgullo entero pedirle ayuda a su papá, como sugirió Inuyasha, y no podía darse el lujo de ser orgulloso; no cuando había tantas vidas en juego. Su padre era un influyente político, era seguro que con lo que tenía en sus manos, el villano caería.
Sin embargo, tendría que hacérselo saber; tenía otros planes.
-Con esto finalmente podremos ayudar a todas estas personas; yo me encargaré de que se reincorporen a la sociedad, permitiré de alguna forma que tu agencia siga en pié, haremos que funcione- su padre sonrió mientras metía unos papeles a su portafolio junto con la tablet; estaba emocionado, podía olerlo.
Sesshomaru decidió ignorar eso, el ahora era el ahora, el futuro ya vendría después. Y jamás admitiría que le quitaba el sueño el simple hecho de pensar de que manera terminaría todo; personas que eran monstruos, personas con instintos, que jamás volverían a encajar; milagros (?) de la ciencia. Él no era un optimista empedernido, y sabía perfectamente que una vez que toda esta loca caza se acabara, nadie tendría a donde ir, donde pertenecer; nadie tendría un propósito.
Le asustaba el fin.
-He de hacértelo saber padre- habló con la voz más firme que encontró -No entregaremos a Naraku; la evidencia que te dí es solo para que ayudes a estas personas.
El mayor alzó la cabeza tan rápido que creyó haberse roto el cuello, su ceño se frunció.
-¿Qué dices?
Sesshomaru se enderezó, lo miró desde esa postura casi animal que tenía, usando toda esa frivolidad y ese poder que le habían otorgado. Sin embargo, a pesar de que su padre era un simple humano, Sesshomaru sentía que no estaba a su altura; era ridículo considerando que él tenía super fuerza, super oído y otras tantas habilidades.. Pero su padre siempre había exudado imponencia, desde que lo conocía, desde niño siempre temió y tuvo respeto por él, siempre obediente, jamás se atrevió a contradecirlo. Era un alfa de nacimiento y demandaba respeto, sin importar si era humano o no.
Pero aún así, no se dejó acobardar, jamás; y habló.
-Naraku no irá con ustedes porque yo seré el que le ponga fin a su vida.
Había sido una oración muy corta, y su padre abrió los ojos con desagrado, Sesshomaru sintió escalofríos recorrer su espalda cuando sus orbes dorados lo capturaron, había una frivolidad inmensa en ellos, casi pudo jurar haber visto rojo rodearlos y le supieron a hiel.
-¿Estás demente? Ese hombre sabe muchas cosas, sería una estupidez matarlo, necesita ser juzgado de la manera correcta, necesitamos extraer información. Sesshomaru no seas tonto.
-¿Qué más información quieres que la que está ante tí padre?- Sesshomaru elevó su tono de voz, sin querer perdía la compostura. Su padre jamás entendería -No, ese hombre no merece respirar un segundo más, ese hombre es experto en el arte de la persuasión y seducción; ya lo dejé ir una vez padre, me convenció; a mi- dijo con amargura en su voz- y eso costó la vida de muchas personas. No, ese hombre debe morir; yo seré quien entierre los colmillos en su yugular y me comeré sus ojos para que no puedan atormentarnos nunca más; yo seré el perro que muerda la mano que le dio de comer.
Se quedaron en silencio unos segundos, ambos desafiándose silenciosamente con la mirada, era peor que contemplar una pelea sangrienta; cualquiera que hubiera entrado a ese cuarto hubiera temblado.
Inuno fue el primero en desviar la mirada, suspirando. Entendía perfectamente a su hijo, siempre cargaba con el peso del mundo en sus hombros, se sentía completamente responsable de toda la gente que había sufrido bajo las garras de Naraku. No se perdonaría su error jamás. Y si había algo que lo lastimaba tanto era ver a su hijo sufrir.
Es cierto que su hijo desde pequeño no estaba muy inclinado a los sentimientos, frívolo, se guardaba todo y pensaba antes de hablar, como el mejor de su clase no tenía amigos y tampoco le interesaba. Él e Izayoi se habían mirado con preocupación cuando su pequeña boca de siete años había dicho esas palabras.
Contrario a Inuyasha por supuesto, su hijo bocón que a menudo se metía en líos, alegre, libre; un niño que no dudaba en expresar lo que sentía ni se detenía dos segundos a pensar en lo que salía de sus labios.
Ambos eran su orgullo, siempre lo fueron, eran niños listos y buenos; mucho más ahora que desde tan jóvenes habían podido liderar esa organización solos, lo que había pasado los había destrozado, pero encontraron la forma de levantarse y seguir tan adelante, encontraron la manera de unir a gente rota, encontraron la manera de recoger los pedazos y darles un propósito.
Inuno se levantó de la silla donde estaba y sin pensarlo envolvió a su hijo en un abrazo.
Habían pasado por tanto.
Rezaba porque su hijo encontrara algún sentimiento en su vida mucho más fuerte que el sentimiento de venganza.
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-¡Sesshomaru!
El susodicho gruñó con fiereza, en cada uno de sus brazos tenía atrapadas las cabezas de dos hombres en dolorosas llaves que no les permitían respirar. Ambos trataron de safarze con todas sus fuerzas pero nunca serían rivales para el poderoso alfa. En un movimiento grácil giró una vez y apretando con todas sus fuerzas escuchó el crujir de los cuellos de sus víctimas.
Los soltó y los cuerpos cayeron al suelo.
-¡Sesshomaru!
Kouga lo alcanzó, venía jadeante y bañado en sangre y otros desagradables olores. Su traje negro rasgado en muchos lugares y cojeaba, su costado presentaba un enorme agujero y Sesshomaru estaba seguro de que podía ver su costilla. Por el sonido de su respiración, tenía un pulmón perforado. Traía la mirada de un loco.
Lo miró fijamente para darle a entender que lo escuchaba. No tenía tiempo que perder, estaba molesto, fúrico; el imbécil de Naraku se había atrevido a atacar sus cuarteles de nuevo. No lo permitiría nunca más, le enseñaría quien mandaba. La batalla final había comenzado y eran animales luchando por su territorio a muerte, no permitiría que le pusiera un dedo encima a su gente nunca más, no permitiría que volvieran a sufrir. Acabaría con su maldito juego y lo haría sufrir; oh si, lo encontraría entre todo ese mar de sangre y gente.
Kouga se acercó más, en la distancia Naraku pudo distinguir a Ayame que se acercaba también corriendo por un pasillo; no lucía herida de gravedad.
-¡Es una trampa!
Esta vez tenía toda su atención.
Kouga gruñó, miró al suelo impaciente, todo su cuerpo estaba tenso y apestaba a impotencia y a preocupación.
-Inuyasha recibió una llamada de Shippou, ¡Naraku está con Kagome!
Se quedó congelado unos segundos, todos los gritos y sonidos de batalla pasaron a segundo plano; tampoco registró en que momento Ayame sostuvo en sus brazos a Kouga, ni tampoco cuando este gritaba su nombre.
Furia…. furia…
Recorría sus venas y sentía fuego en la sangre.
Ese maldito, ese infeliz; se atrevió a entrar a su cuartel, tanta gente usada como distracción, ocasionar una trifulca solo para enmascarar sus verdaderas intenciones; atacaría al más débil como siempre. Era un cobarde, un miserable insecto; una araña que deseaba con todas sus ganas pisar hasta hacer estallar.
Sus ojos ahora dorados centellearon de un rojo sangre y soltó un gruñido tan fiero que Kouga y Ayame instintivamente gimieron bajando las cabezas en señal de sumisión.
Se encontraba molesto.
Sin pensarlo un segundo más, atravesó el lugar, se precipitó por los pasillos como un loco; la adrenalina corrió por su cuerpo y su corazón latía en sus oídos. Cruzó derribando a todos los enemigos que se encontró a su paso, embistiendo con su gran forma, clavando sus filosas garras, desgarrando, machacando, triturando. Sus sentidos al máximo, no se detuvo a parpadear o a respirar. Estaba dispuesto a arrancarle la cabeza a Naraku, en sus pensamientos una sola palabra.
Matar.
Matar.
Matar.
Hasta que lo escuchó.
Fue un lloriqueo muy débil; acallado por los sonidos de disparos y gritos del lugar, un sonido que habría pasado desapercibido hasta para él si sus sentidos no se encontraran completamente en su máximo punto.
Pudo reconocer enseguida de quién era.
Rin.
No tuvo tiempo para pensar, y cuando lo hizo ya se encontraba a mitad del camino entre la dueña de la voz y él.
Cuando llegó, se encontró con una escena que de ser posible, lo enervó aún más.
Rin se encontraba llorando, grandes lágrimas caían por sus mejillas. Entre la confusión y el desastre de la batalla, dos infelices se habían atrevido a tomar a la chica y arrastrarla a un cuarto oscuro, uno de ellos sostenía sus manos mientras reía y el otro, se encontraba manoseando con sus grandes garras sus pequeños senos descubiertos, su vestido había sido completamente subido hasta por arriba de su pecho. La niña rogaba y lloraba, retorciéndose, pero eso solo parecía divertirlos aún más. Marcas de mordidas y cardenales manchaban sus delgados brazos y piernas.
Sesshomaru podía olerlo, la excitación de los monstruos y el terror de la chica. Era el peor olor que jamás habría podido detectar, incluso que la sangre, incluso que los cadáveres. Era un olor nauseabundo que acabó por erizarle los vellos de la nuca.
No esperó un segundo más, y en un vaivén de sus manos cortó sus gargantas y rompió sus cuellos, acabando así, con la repulsiva situación.
Rin abrió los ojos de par en par, era humana, así que en la oscuridad no podía ver bien pero no podría no reconocer, los destellos dorados que la miraron desde las penumbras. Sin pensarlo dos segundos se abalanzó contra el hombre, llorando con todas sus fuerzas y apretándole con toda la debilidad que su frágil cuerpecillo humano tembloroso encontró. Sesshomaru se sorprendió al principio, pero después con mucha delicadeza, como si de un pedazo de cristal se tratase, deslizó sus grandes manos por su espalda y bajó con cuidado su vestido, cuidando de no lastimar sus pobre vientre amoratado con marcas de mordidas.
-Shhh, shhh Rin, deja de llorar, estoy aquí.
La chica lo sabía, pero aún así siguió gritando su nombre.
Sesshomaru la envolvió con más fuerza, quería fundirse con ella, quería que todo el dolor por el que había pasado se fuera. Rin quien era una niña que desde pequeña había sufrido el abandono de sus padres, había sobrevivido en las calles a base de limosnas, intercambiando su pequeño cuerpecito por comida, había sufrido los terrores y la crueldad de ese mundo, y como si no hubiera sido suficiente había sido capturada por Naraku.
El único consuelo del platinado es que la había salvado justo a tiempo, justo antes de que el maldito hubiera comenzado a jugar con su código genético. Justo antes de arruinarla.
Su único arrepentimiento es no haber estado ahí para ella cuando nació, cuando sus padres la abandonaron, desde el principio.
La sintió pegarse más a él, buscando calor y consuelo y finalmente, después de tantos años de conocerla se dió el permiso de inhalar el delicado aroma a vainilla que la chica siempre llevaba encima, como una estela que lo tranquilizaba para siempre, como un aroma solo para él.
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No sabía lo que estaba haciendo, no sabía si su plan funcionaría, pero asumía que si de alguna forma lograba destruir la perla en su interior, podría de alguna manera frustar sus planes.
Se había quedado sin alternativas, se encontraba sola, perdida y desamparada. Su cuerpo dolía, cada músculo gritaba, su corazón latía a una velocidad alarmante y su costado perforado sentía como mil agujas clavarse. Sabía que ella no tenía el poder y jamás podría vencer a Naraku, sabía que más allá de la perla no era nada especial, pero estaba dispuesta a resistir lo más que pudiera, incluso si el hombre rompía uno a uno sus huesos, ella resistiría; era lo más que podía hacer. No se la iba a dejar tan fácil.
Su pecho dolía, las lágrimas bajaban sin detenerse y de vez en cuando temblores la asaltaban. El pequeño niño había caído al precipicio y jamás podría perdonárselo; su instinto maternal gritaba desgarradoramente, sentía que la arañaban por dentro y su corazón se había partido en mil pedazos.
Podría quitarse la vida.
Por unos segundos pasaron por su mente los rostros de su madre, de su abuelo y de su hermano. Su familia… familia que no había podido ver mucho desde que todo este problema había comenzado, era una niña, y le dolía en lo más profundo de su corazón estar separada de ella. Muchas noches había necesitado de la compañía de su madre, ahora más que nunca desearía poder sentir la calidez de su abrazo una vez más, daría lo que fuera por tener una tarde más con ellos, para poder comer juntos, molestar a su hermano y escuchar las locas historias de su abuelo. No quería ni imaginar el dolor que le causaría a su madre su muerte, no quería pensar en su rostro contraído por la tristeza, ya una vez lo había visto tras la muerte de su padre y no quería volverlo a ver, no podría perdonarse jamás ser la causa de su pena.
Pero tenía que hacerlo… ella ya estaba muerta, no tenía derecho y si de alguna manera podía salvar la vida de muchas personas, podría evitar que cayeran en manos de ese desgraciado, que sufrieran, entonces lo haría.
Hipó una vez más y a juzgar por el rostro de Naraku, de alguna forma lo que estaba haciendo podría tener un resultado positivo.
Las facciones del hombre regresaron a ser duras como el mármol, era una lástima, puesto que era muy guapo. Si tan solo su mente no fuera tan retorcida, si tan solo no fuera tan codicioso, tan sediento de poder…
Dió un paso más adelante y ella afirmó su agarre en el arma como una advertencia.
-Dame esa pistola niña, te podrías lastimar.
Ella negó con la cabeza, las manos le temblaban.
-¿En serio?- rió sin diversión -Escucha estoy comenzando a cansarme, no se que tienes en mente, pero no funcionará, adelante dispárate, mejor para mi, no tienes el valor- sonrió.
Kagome frunció el ceño, sabía que no tenía el valor, pero tenía que, necesitaba hacerlo... ¡hazlo Kagome, hazlo!
Tragó con firmeza y le quitó el seguro al arma, no era tan difícil, había aprendido a hacerlo después de ver a sus amigos tanto tiempo manejarlas.
Esta vez el rostro del hombre se contrajo, preocupado. Casi pudo jurar que terror.
Kagome lo saboreó, se mordió los labios.
Cerró los ojos.
Estaba haciendo lo correcto.
Paso por su mente su escuela, su salón de clases, sus compañeros, Eri, Yuca y Ayumi; sus divertidas y ruidosas amigas que siempre la metían en líos pero jamás le habían deseado el mal. Recordó a Hoyou y su cita que jamás pudieron tener. Se disculpó con todos, no podría despedirse, no los vería jamás. Después pensó en Kouga, Ayame, Sango, Miroku… Inuyasha.
Los vio sonrientes, los imaginó libres, como personas normales, como adolescentes normales.
Esa imagen quebró su voluntad. No quería no volver a verlos, la idea de morir le aterraba, irónico pensando que ya había muerto una vez. Habían sido tiempos difíciles, había tenido que sacrificar mucho; pero los había conocido y cada uno de ellos se había ganado un lugar en su corazón. Pero había encontrado en ellos algo más que una amistad, una familia…
Pensó en Inuyasha, en su sonrisa fanfarrona y sus ojos dorados. Pensó en su cabello plateado, en su rostro perfecto y su mirada suave. Pensó en su voz que le ocasionaba escalofríos y en sus grandes y calidas manos. Pensó en su cuerpo, caliente, poderoso, pero a la vez tan gentil. Pensó en Inuyasha molesto, pensó en Inuyasha herido, recordó esos dos soles transformados en frío oro, en su rostro retraído, en su voz cortante. Pensó en esos maravillosos días en Venecia.
Pensó que lo amaba.
Pensó en Shippou y sonrió. Estaré contigo pronto.
Abrió los ojos finalmente y los clavó en los rojos del hombre, respiraba agitado y extendió una mano con prisa, corrió hacia ella.
Jaló el gatillo y un ruido ensordecedor, que la dejó con acúfenos por unos instantes, llenó la silenciosa habitación.
Carmín manchó el piso de madera y se escuchó un ruido de sorpresa y dolor.
Sintió su mano derecha temblar, el arma de pronto demasiado pesada en sus manos. Sentía que quemaba, sentía que estaba mal.
Naraku se detuvo sorprendido, por unos segundos se quedó en blanco, se llevó la mano derecha a su hombro izquierdo y se embarro de aquel líquido vital. Retiró su mano con lentitud de su hombro y miró sus dedos manchados como un loco, con ojos desorbitados.
Ella respiró agitadamente, la adrenalina abandonando su cuerpo lentamente. Se dejó caer al suelo de sentón, sin gracia, cansada, sus piernas ya no la aguantaba y sus músculos gritaban adoloridos por el esfuerzo y los golpes.
El azabache rió y pronto esa risa escaló a algo maniaco, enfermo, casi febril.
Ella lo contempló detrás de sus cabellos enmarañados, con odio, la mirada clavada en el monstruo.
-¡Pero si que eres estúpida niña, te he dicho que no puedes herirme!- continuó riendo, tuvo que apoyarse en el respaldo del sofá para no caer por su ataque de psicosis. Vaya susto que le había metido, vaya tonta que era.
Kagome sonrió.
Nuevamente dirigió la pistola a su pecho, satisfecha. Esto no sería en vano.
-¿Qué harás ahora?- lo escuchó decir desde su lugar -Vamos dame esa...
Inhaló una vez más y disparó.
Silencio.
Silencio.
Silencio.
¿Ese era el fin?
¿Estaba muerta?
Esperó.No sentía nada, no escuchaba nada.
Arrugó la cara.
¿Acaso morir era así? ¿Tan fácil? ¿Sin dolor?
No había luz al final del túnel o recuerdos pasando ante sus ojos, no sentía nada.
Hasta que lo sintió.
Una respiración caliente en su rostro, los vellos de su nuca crisparse, sus músculos gritar adoloridos. La sensación de que la quemaban.
Abrió los ojos de una vez y se encontró con dos soles que la miraban demasiado cerca, con intensidad. Eran hermosos, incluso bordeados de lo que parecía un color rojo. Centelleaban con ira.
Sango y Miroku entraron segundos después, agitados, vieron la escena ante sus ojos y sin pensarselo dos veces se lanzaron al ataque. Gritaron con furia. Naraku no alcanzó a esquivar el primer golpe, aún no entendía lo que sucedía.
Se quedaron los dos inmóviles, sin decirse nada, suspendidos en el infinito tiempo, ignorando la caótica lucha a sus espaldas. Hasta que por fin su cuerpo le respondió y se abalanzó a sus labios, lo sintió tensarse ante su abrazo, pero enseguida se relajó. Tras unos momentos puso ambas manos sobre sus hombros y la alejó con cuidado, ella por otra parte lo abrazó con aún más fuerza. Sintió que recuperaba el sentido y enseguida se acercó a su oído y susurró.
-Está aquí…-
Inuyasha la abrazó con delicadeza, tomó el arma de entre sus temblorosos dedos y la aplastó con un simple cerrar de sus dedos, la arrojó lejos.
Sintió que el alma le abandonaba el cuerpo, cuando entró y vio al bastardo parado en su sala, a Kagome en el piso, el lugar apestaba a su sangre, pudo olerla a cuadras del lugar.
Temía haber llegado demasiado tarde.
Pero lo peor es cuando la había visto apuntarse con sus propias manos el arma en el pecho, sus instintos habían gritado todos al mismo tiempo, casi ensordeciéndolo, su cuerpo se había movido por instinto para protegerla, ella era de él, ella era suya, no podría jamás soportar el perderla. Se volvería loco sin ella. Por eso se arrojó y había interpuesto su brazo entre el arma y su pecho justo en el momento precioso, salvándola del impacto.
Sintió su traje humedecerse de sus lágrimas y la encerró con mayor delicadeza, planeaba cargarla y llevarla lejos pero ella se resistió.
-Shhh, shhh Kagome estoy aquí, tranquila, nada va a pasarte.
Ella negó con la cabeza aún enterrada en su pecho, sus manos haciendo puños en su traje.
-N...no, - hipó -Está aquí, Inuyasha… Está aquí.
No le tomó ni un segundo entender que es a lo que ella se refería y abriendo los ojos como platos la miró directamente a sus chocolates bañados en lágrimas, lucía desesperada, frágil, pálida, respiraba con agitación, pero aún así luchaba porque entendiera lo que quería decirle. Ella asintió y con prisa lo alejó de él, empujando con debilidad, con una fuerza que no era capaz de moverlo, pero que aún así lo alejó de ella.
Miró por sobre su hombro izquierdo y algo dentro de él hizo un chasquido, así como el que producía un arma al quitar el seguro.
Respiró hondo tratando de controlarse y dando una última mirada a la chica que ahora lo miraba desde el piso giró sobre sus talones.
Matar… Matar…
Se abalanzó contra el hombre, sus cuerpos chocando con una tremenda fuerza, sacándolo del camino de Miroku y Sango que tomados por sorpresa, dieron un paso atrás. Rodaron por el piso en una batalla de puños y cuando por fin chocaron contra una pared Inuyasha se encontraba sobre Naraku, ambos gruñían. El platinado enterró una garra que retorció sin delicadeza en su herida de bala, ocasionando que el hombre aullara de dolor.
-Se acabó maldito- la voz del chico era irreconocible -Te mataré.
Sango y Miroku intentaron dar un paso adelante pero fueron detenidos por un gruñido.
-No se muevan de ahí- había sido Inuyasha, sus lagunas doradas reemplazadas por un rojo escarlata, su respiración agitada y sus músculos tensos, parecía una fiera.
Kagome se estremeció. Nunca había visto al chico así.
Naraku aprovecho esos segundos y tomó al muchacho por el cuello, levantándolo en el aire y estampándolo contra la pared ahuecándola un poco. Había perdido la paciencia.
Lo miró con furia, también respiraba con rapidez y apretó sus dedos con fuerza, estaba harto, iba acabar con ellos de una maldita vez, todo se había convertido en una locura y se había hartado del jueguito.
-Estúpidos ilusos, creyendo que pueden vencerme, a mi, a Naraku, a su dios- apretó con más fuerza y escuchó algo crujir en el cuello del platinado, quien exhalo dolorosamente y apretó los dientes -Pero hoy van a aprender, les voy a enseñar a respetarme, les voy a enseñar que cuando quiero algo, lo obtengo- Escupió con veneno y arrojó al muchacho por el cristal con un movimiento de brazo, quien atravesó con fuerza el cristal.
-¡Inuyasha!
-¡Infeliz!
-¡Sango!
La chica corrió hacia el hombre, no se lo pensó dos veces y con maestría sacó el arma que llevaba escondida en su tobillo y disparó en su dirección; esas eran balas especiales desarrolladas por Jakotsu, eran lo suficientemente poderosas para perforar su piel y hacerle daño a cualquier Youkai o Hanyou, por lo que Naraku gritó cuando sintió una atravesar su hombro derecho. Se detuvo un momento y arrugó el entrecejo cuando notó que sus tejidos no sanaban. Enseguida pensó en el afeminado ese que era tan peligroso y anotó en su lista mental ir a visitarlo más tarde. Esquivó todas las demás balas con agilidad y luego cuando ella bufó bloqueó la poderosa patada y esquivó el puñetazo. Le gustaba su espíritu de pelea, quizá haciéndole unos ajustes más la volvería una excelente guerrera para él. Su mirada era fiera, enloquecida. Le encantaba.
Inuyasha mientras tanto colgaba de una mano del borde de la ventana, flexionando sus poderosos músculos y balanceándose, de un movimiento regresó a su piso aterrizando con gracia y miró con horror a la castaña pelear contra el loco.
La muchacha con agilidad logró encontrar una apertura y le pegó un puñetazo en el rostro, molesto, tomó su brazo derecho y lo torció con brusquedad, escuchándola gritar. Sin pensarlo un segundo aprovechó y le pegó una patada fuerte en la pierna derecha y la escuchó crujir contento. Enseguida le pegó un golpe en el rostro y la mandó volando al otro lado de la habitación.
-¡Sango!
Kagome gateó hasta ella que había caído pegada a la puerta, justo detrás de donde se encontraba sentada.
Miroku enseguida corrió frente a ellas dos y sacó un bastón que Jakotsu también había perfeccionado para él. Se trataba de un tubo de tamaño reducido, perfecto para llevar consigo a todos lados, que con ayuda de la presión de un pequeño botón se expandía. Era resistente, rápido pero potente; perfecto para el combate.
Naraku sonrió cuando los ojos azules y vacíos del muchacho lo recibieron, ahhh si, ya recordaba. Ese chico había desarrollado alguna especie de habilidad persuasiva muy interesante.
Sus ojos destellaron con sorna cuando sintió al chico adentrarse en su interior. Después frunció el ceño cuando sintió algo poderoso recorrerle las entrañas, de repente se sentía… ¿débil?
Cerró los ojos molesto y alzó una mano dispuesto a acabar con el hombre cuando sintió que alguien lo agarraba por detrás. Inuyasha deslizó con maestría propia de un asesino que se había aprendido los movimientos de memoria sus manos por debajo de las axilas del hombre y luego unió sus manos por detrás de la cabellera azabache, haciendo una llave e imposibilitando su escape.
-¡Miroku, ahora!
El muchacho obedeció la orden y enseguida había presionado otro botón que se encontraba escondido en su arma y una cuchilla cortó el aire.
Naraku abrió los ojos como platos y escuchó a alguien susurrar detrás de su oído.
-Esto es por Kagome maldito.
Y en un movimiento certero, limpio, la navaja cortó por debajo de su cuello.
Naraku perdió el equilibrio, sintió el líquido caliente correr por su cuello, empapando su finísima camisa. El Hanyou detrás de él lo dejó ir y el azabache trastabilló sorprendido. Nuevamente sintió que sus células no podían regenerarse. Llevó sus manos a su cuello apresuradamente en un vano intento por detener el sangrado. Y sus ojos rojos miraron al hombre de la navaja frente a ellas con ira.
Miroku sintió un escalofrío recorrer su cuerpo ante esa mirada, y sostuvo con más fuerza el arma entre sus manos dispuesto a usarla de nuevo si era necesario. No sabía con claridad si las mejoras a su arma funcionarían.
-Kagome no mires.
La azabache tardó unos segundos en reaccionar, la imagen aún danzando en sus retinas, pero cerró los ojos y giró su cuerpo, recostándose/abrazando a su amiga en un intento por no ver lo que pasaría.
Aprovechando que el hombre luchaba por respirar y parecía tener toda su atención fija en Miroku, Inuyasha se trepó en sus hombros con un salto ágil, como un felino lo haría sobre su presa e impulsandose con sus piernas, tomó al hombre de la quijada y tiró hacia atrás, separando su cabeza de su cuerpo por completo. Los huesos crujieron y la carne se rasgó por completo.
El cuerpo del ojirojo cayó al piso con un golpe seco y la sangre comenzó a formar un charco.
Miroku no podía creer lo que había sucedido y miró el cuerpo del hombre primero y luego a Inuyasha, quien le devolvió la mirada. Su amigo estaba parado frente a él, respirando con dificultad, parecía una especie de dios de la muerte, un demonio. Sostenía en su mano derecha la cabeza de Naraku, quien goteaba sangre fresca, sus ojos eran completamente rojos y la luna detrás de él arrancaba destellos a sus cabellos dorados. Lucía increíblemente fuerte, increíblemente poderoso, increíblemente... mortal. Su rostro estoico, traicionado solo por su agitada respiración.
Miroku entrecerró los ojos y nuevamente subió la guardia.
-¿Inuyasha?
El chico le clavó la mirada unos segundos más y luego inhaló con fuerza. Parecía respirar algo.
Dejó caer sin cuidado la cabeza y abrió los ojos, esta vez, sus párpados revelaron sus características orbes doradas.
Miroku exhaló el aire que no sabía estaba conteniendo y finalmente soltó su arma, sintiendola caer pesada al suelo.
Inuyasha se acercó a él, su traje y cabellos manchados de sangre, así como su rostro pero no pareció notarlo o importarle.
Llegó junto a la azabache y puso una grande mano en su espalda, sobando con suavidad. La muchacha no paraba de temblar e hipar y en cuanto sintió el contacto levantó su cabeza del pecho de su amiga y se lanzó nuevamente a sus brazos.
El chico cerró los ojos e inhaló su aroma tranquilizador, sintió que volvía a ganar el control total sobre su cuerpo y se relajó completamente. Apartó con suavidad los cabellos oscuros de la chica de su hombro derecho y en apenas un roce, besó las incisiones que se se encontraban en su cuello. Su animal interior se relajó, algo en saber que su hembra se encontraba a salvo, en haber acabado con la amenaza, satisfacía sus instintos más primitivos.
Miroku se levantó y se acercó con cuidado a Sango, midiendo su pulso. Suspiró después de comprobar que su vida no se encontraba en completo peligro y con delicadeza la cargó con un movimiento demasiado natural, como si la chica entre sus brazos no pesara nada y seguido besó sus párpados.
-Fue una locura lo que hiciste Sanguito, pero me flechaste de nuevo- susurró.
Estaba por dar vuelta y salir por la puerta, hastiado del panorama y de la situación, con ganas de salir de ahí cuanto antes y nunca más volver cuando la voz del chico lo detuvo.
-Hay que desmembrarlo y quemar los pedazos.
Miroku tragó involuntariamente, pero entendía la paranoia de su mejor amigo. No quería correr ningún riesgo.
Ni él tampoco...
A lo lejos, el sonido de sirenas interrumpió con el silencio de la noche.
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Cuando Kagome despertó le dieron la bienvenida paredes que no eran ni el departamento de Inuyasha ni la agencia.
Tardó unos segundos en reconocerlo, puesto que solo una vez había estado ahí, pero cuando pudo sentarse con mucho esfuerzo, puesto que todo el cuerpo le dolía, su mente nublada se despejó por completo.
El cuarto de Inuyasha, en casa de sus padres.
Miró desorientada; reconoció que estaba sobre la gran y mullida cama del muchacho, pudo ver frente a ella la chimenea de piedra donde reposaban fotos del chico. Pudo reconocerlos a él y a Sesshomaru, así como a él y Miroku.
En ese momento la puerta se abrió, ante ella, apareció la madre de Inuyasha, tan hermosa como siempre. Llevaba puesto un kimono rosado con flores, la hacía ver casi etérea y surreal. Kagome se preguntó si no estaría muerta.
La mujer se acercó a ella, en sus manos cargaba una bandeja con lo que parecía ser comida, humeante y deliciosa. Su estómago gruñó.
Izayoi se sentó al borde de la cama con movimientos delicados, puso la bandeja en una mesilla de noche que había a su derecha y después la miró.
Kagome quiso hablar, pero cuando lo hizo sintió la boca seca y pastosa, un sonido lastimero escapó de su garganta en lugar de las palabras que quería.
-Tranquila querida, no te esfuerces, has dormido dos días- Izayoi se acercó aún más y pasó una mano delicada por su cabello de forma maternal, eso le hizo recordar a su madre y le dieron ganas de llorar.
Kagome carraspeó y agradeció el vaso con agua que la mujer le ofreció. Sus manos temblaban y notó que tenía finos cortes en ellas. Debieron ser los vidrios que se clavaron cuando Naraku la empujó sobre la mesa de vidrio. Bebió el líquido con prisa, sintiendo como barría con la resequedad de su boca y con el sabor metálico de sangre que hasta ese momento se dió cuenta tenía.
Una vez terminado el vaso, Izayoi lo recibió de nuevo y lo colocó sobre la mesilla con suavidad.
Kagome abrió la boca en otro intento por hablar.
-Inuyasha… él...-
-Shhh, él está bien querida- respondió interrumpiéndola -Han pasado muchas cosas y ha sido muy difícil para todos, tuvo que regresar a la agencia a arreglar pendientes. De ahora en adelante todo va a cambiar.
No supo si el tono de la mujer era completamente de alivio.
Izayoi sonrió una vez más y sin meditarlo un momento encerró a la chica en un delicado pero poderoso abrazo, cuidando no lastimarla pero haciéndole entender que si ella estuviera en condiciones, la abrazaría con todas sus fuerzas.
La chica no supo exactamente cómo reaccionar, pero cuando lo hizo, envolvió en sus brazos a la madre del ojidorado y sin entender porqué, lágrimas ya corrían por sus gastadas mejillas. Quizá era por todo lo sucedido, porque por fin podía entender que el nudo en su estómago era terror o porque estaba aliviada, no sabía cuál; pero lo que sí sabía era que estaba envuelta por el aroma a flores que la hacían sentirse a salvo.
-Shhh querida, ya todo está bien, ya todo terminó.
La mujer la abrazó aún más y acarició con su mano derecha sus cabellos con suavidad, acallándola, reconfortándola. Y cuando ella hubo llorado todo lo que debía llorar, solo se quedó en sus brazos, en silencio, hipando de vez en cuando.
Izayoi besó su mejilla izquierda con amor y habló.
-Gracias por salvar a mi hijo….
La azabache se desprendió de sus brazos con un movimiento rápido y luego la miró con ojos abiertos como platos. ¿Salvarlo? ¿Ella a él?. Bajó la mirada incapaz de enfrentarla. No… en ningún momento, Inuyasha fue el que siempre estuvo ahí para ella, incluso cuando las cosas se ponían feas, incluso cuando lo traicionó. Inuyasha había sido su luz en toda esa oscuridad y siempre la había puesto por encima de todo, incluso a sabiendas de quién era su padre. Cerró los ojos con fuerza. No, sino fuera por ella, sino fuera por su estupidez, su muerte, Naraku jamás habría encontrado la forma de usar la perla y traerles tanto daño, o quizá si… pero más tarde. De cualquier forma la culpa la cargaban ella… y su padre. Su familia era la culpable de todo ese sufrimiento y eso es algo que jamás se perdonaría por el resto de sus días.
-Pero si no fuera por mi… por mi padre… lo siento tanto Izayoi, todo es mi culpa, mi culpa- no quería pero las lágrimas de nuevo estaban ahí y sintió una vez más los brazos de la mujer rodearla, protegerla, calentarla -Si tan solo mi padre no hubiera hecho esas cosas, toda esa gente- hipó -Mis amigos, Inuyasha… Shippou… ¡nadie habría sufrido!
-Mi niña, sufrir es parte de la vida- murmuró Izayoi con pena -Pero no significa que haya sido culpa tuya, nada de esto, lo que tu padre hizo en el pasado fue su decisión, no olvides que tu también fuiste una víctima. Todos cometemos errores- una imagen de su hijo Sesshomaru pasó por detrás de sus ojos.
Kagome no sabía hasta qué grado la madre de Inuyasha sabía lo que había sucedido, quiza ella no tenía idea de lo que ella le estaba diciendo, pero si supiera en realidad, entonces entendería que todo había sido su culpa; no la estaría abrazando con tanto cariño como hacía ahora, la querría fuera de su casa, fuera de sus vidas.
Cerró los ojos incapaz de imaginarse separada de Inuyasha, algo dentro de su corazón marchito se quebró aún más.
La mujer se separó de ella con lentitud y seguido le entregó la charola con comida.
-Come algo mi niña y después toma un baño- pasó uno de sus cabellos sucios por detrás de su oreja izquierda con amor -Hay algo que tienes que ver después.
La azabache no se atrevió a levantar sus ojos de su regazo, pero aún así comenzó a comer. No sabía si era el hambre o algo en la voz de esa mujer que le impedía desobedecer.
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La puerta se deslizó a su paso, oscuridad lo único que le dio la bienvenida y en el fondo de la oscura habitación una silla de ruedas solitaria con un hombre sentado en ella. A su lado, un poste con un líquido transparente que se conectaba a su brazo.
El albino se acercó unos metros, haciendo el mayor ruido a propósito. Sabía que el hombre detestaba ser sorprendido. Pero aún así, se paseaba como la oscuridad misma.
Se detuvo a unos pasos y esperó.
-¿Y bien?
Inuyasha habló.
-Se acabó.
Hubo una pausa en la que ninguno dijo nada, a continuación, el hombre giró la silla de ruedas dejando entrever a su bata azul de hospital y las vendas por todo su cuerpo.
El chico arrugó la nariz en un acto reflejo, el olor a putrefacción era pesado.
-¿Pero sabes que en realidad nada ha terminado verdad?
No pudo evitar desviar la mirada, la luna que se colaba por la ventana completamente abierta daba de lleno en su rostro, cegándolo casi. No habló, ya lo sabía. Sabía que en realidad este era el comienzo, y aunque Naraku estuviera muerto, había demasiados candidatos para tomar su lugar, una vez desvelado el secreto para manipular el genoma humano ya no había marcha atrás. Todos estaban en peligro.
El hombre suspiró y llevó su silla de ruedas con lentitud y trabajo al costado derecho de su cama, donde había una gran cómoda de madera. Abrió el cajón de en medio y rebuscó muy en el fondo, seguido, sacó un folder amarillo. Cerró el cajón sin prisa y giró, esta vez se acercó al muchacho y mirándolo desde su altura, un único ojo rojo se dejaba entrever de las vendas. Alzó su mano derecha.
-Cuando mi hermano intentó deshacerse de Saito y de mi, quemó el laboratorio. Él sabía que no dudaríamos en entregarlo a la policía, por todo lo que había hecho. En medio del incendio, esto es lo que logré salvar- le entregó el folder -Llevatelo hijo y cuídalo bien. Son los primeros experimentos que hicimos en el laboratorio, quizás así puedan salvar más vidas.
El platinado asintió, sabía que de nada serviría, Naraku estaba muerto y ya no existía para ser juzgado, pero no importaba, esas hojas solo sumaban a sus crímenes y a su condena en el infierno.
El hombre tosió un poco, Inuyasha sabía que no le quedaba mucho tiempo.
Dio media vuelta, la luna arrancando destellos de su melena plateada amarrada en una coleta baja. Estaba a punto de cruzar por la puerta pero algo lo hizo detenerse.
-¿Tu fuiste el que ayudó a escapar a la familia de Kagome, verdad?
Onigumo sonrió.
-Tu fuiste quien le tendió una mano a mi hermano, en un inicio tú lo ayudaste a fundar esta compañía- Entrecerró los ojos -Querías venganza como todos nosotros.
No se quedó a escuchar la respuesta del hombre. Ya la sabía y salió por la puerta.
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Kagome salió de la bañera minutos más tarde.
El agua tibia había relajado considerablemente sus tensos músculos y se había sentido como un bálsamo sobre su cuerpo. Su piel algo roja, puesto que se había tallado con mucho esmero, como intentando borrar los días pasados; como si al salir de ahí, volvería tiempo atrás, donde solo era una simple muchacha de 15 años con la única responsabilidad de estudiar, con la única preocupación de no entregar la tarea.
Pero era lógico que no sería así, y una vez satisfecha su hambre y completamente limpia, lo único que quería era envolverse en las cobijas y llorar por el resto de sus días.
Afirmó la toalla un poco más e hizo caso omiso de su reflejo en el espejo. Podía ver moretones por todos lados.
Cuando salió del baño se sorprendió con que la mamá de Inuyasha ya no estaba sola sentada en la cama, había alguien más con ella y era imposible no reconocer ese cabello plateado coronado por esas orejitas.
Inuyasha
No fue su intención, pero un sonido ahogado salió de su garganta cuando lo vio y no pasó ni un segundo antes de que este girara a mirarla y corriera hacia ella.
Kagome cerró los ojos e inhaló con brusquedad su aroma a madera y tierra mojada, rodeó su cuello con sus brazos y enterró su cabeza en su hombro derecho. Lo había extrañado demasiado, no sabía porqué, pero solo lo quería cerca de ella. Debería de ser lo contrario, debería de querer alejarlo, arrodillarse y suplicarle perdón por todo lo que le había hecho, por el infierno que había vuelto su vida, pero en esos momentos no tenía fuerzas para dejarlo ir. El chico la tenía suspendida sobre el aire, elevándola como si no pesara nada y ella no podía sentirse más en casa.
Izayoi contempló la escena con ternura desde la cama.
Sus respiraciones estaban en sincronía, así como sus corazones.
El platinado la bajó unos segundos después, y en cuanto sus pies descalzos tocaron el piso de madera ella tomó su rostro entre sus manos sorprendiéndolo un poco, y lo examinó en todas direcciones.
-¿No te hirieron verdad? Naraku no te…- sorbió un poco intentando controlar sus emociones.
Inuyasha sonrió desde su altura, la miró con ternura y otro sentimiento aún más fuerte. Sus orbes doradas quemaban como el sol en invierno y ella lo único que quería era quedarse ahí para siempre, bajo su mirada, en sus brazos.
Tomó con sus grandes y cálidas manos los brazos de la chica y procedió a depositar un beso en cada muñeca.
-Todo está bien pequeña, estamos bien.
Kagome se mordió los labios y asintió con rapidez. La idea de Inuyasha ileso era algo que alejó muchos miedos de su corazón y levantó por lo menos, un poquitito de peso de sus hombros.
-¿Y Sango, Miroku…?- la azabache temía lo peor, había visto la noche anterior a Naraku arrojar a su amiga sobre el aire como si no pesara nada.
El platinado le sonrió -Todos están bien, Sango despertó ayer, vino a verte.
Kagome suspiró audiblemente y se recargó una vez más en él.
De pronto, sin previo aviso, la separó de su cuerpo y sin darle tiempo a adivinar lo que haría a continuación abrió la fina toalla que ella llevaba sobre su cuerpo.
La azabache abrió los ojos como platos anonadada y se le subieron los colores a la cara, estaba a punto de gritarle cuando lo sintió colocar su tibia mano en su costado derecho, donde llevaba puesto un parche.
Inuyasha frunció el ceño molesto, algo dentro de él gruñó cuando vio a su hembra lastimada, a pesar de que la herida estuviera sanando.
Izayoi se acercó y Kagome no pudo enrojecer más cuando se dio cuenta de que estaba completamente desnuda ante la mirada de los dos. La mujer colocó una mano sobre el hombro de su hijo y habló.
-Sus heridas sanan rápido, tranquilo hijo, ya está mucho mejor.
El ojidorado no dijo nada, solo procedió a recorrer con su mirada cada rincón de su cuerpo, detallando cada pequeña cicatriz que se había formado en su delicada piel cuando los vidrios se habían encajado en ella. Había moretones en sus costados, específicamente en el derecho, la manchaban de un color azuláceo que se notaba aún más en su piel de porcelana. Apretó los dientes. Si tan solo no hubiera sido tan estúpido, si tan solo lo hubiera pensado le habría parecido demasiado sospechoso que Naraku hubiera decidido atacar en persona su cuartel. Si tan solo no hubiera sido tan impulsivo Kagome no estaría herida, ni tampoco el niño.
Suspiró, había tenido una larga conversación con su madre y entendía que todo había sido cuidadosamente planeado, ni siquiera su hermano había descubierto la trampa; todos estaban tan sedientos de venganza que no quisieron dejar pasar la oportunidad. Sabía que la chica estaba frente a él, herida pero viva, y que las cosa pudieron haber sido mucho peores, pero aún así la fiera en su interior lo recriminaba por su error.
Izayoi se acercó a la chica y cerrando la toalla nuevamente la guió con delicadeza frente a la cama donde había ropa doblada. Sabía perfecto lo que pasaba por la mente de su hijo. Suspiró y negó con la cabeza. ¿Cuándo dejaría de ser tan cabezón? Pero luego sonrió y una imagen de su esposo pasó por su mente y entendió que venía de familia.
-Ponte esto querida, antes de que enfermes- Le besó la frente -Yo iré abajo por algo, enseguida vuelvo.
Los dejó y salió de la habitación.
Kagome se quedó parada muerta de la vergüenza, atinó a mirar la ropa, intuía que de la madre de Inuyasha, pues la blusa presentaba un bello patrón de flores rosas. Miró sobre su hombro, Inuyasha seguía dándole la espalda. Así que con la cara roja decidió que no tenía mucho que ocultar y comenzó a vestirse. Todo iba bien hasta que tuvo que ponerse los jeans, al alzar la pierna, su costado derecho dio una dolorosa punzada.
En menos de un milisegundo ya tenía al chico junto a ella frunciendo el ceño y ayudándola.
-Lo lamento- murmuró mientras deslizaba con sumo cuidado la ropa sobre sus largas y sedosas piernas -Si no hubiera salido ese día, si me hubiera puesto a pensar un poco en que era una trampa yo...
Puso enseguida un dedo sobre los labios masculinos y lo miró a los ojos. Había algo oscuro en ellos, algo como un sentimiento de culpa e impotencia, y ella no quería que se sintiera culpable, no por alguien, menos por ella.
Negó con la cabeza y aún con rasguños en la cara, el cabello mojado y profusas ojeras bajo sus ojos Inuyasha pensó que era la mujer más hermosa sobre la tierra.
-No Inuyasha no fue tu culpa, todo lo tenía bien planeado- se estremeció ante el recuerdo del miedo de estar sola con ese ser. Después de eso se mordió los labios, las palabras atoradas en su garganta -Escucha... ahora que Naraku está muerto y ya no hay uso para la perla no tienes porque quedarte conmigo, puedo salir de tu vida y….
El ojidorado gruñó tan fuerte que ella no pudo evitar dar un saltito en su lugar.
-Jamás- su voz había sonado gutural e irreconocible pero al verla saltar su rostro se contorsionó en uno de dolor y la azabache pensó que nunca quería ver esa mirada en él -A menos que tú… que tú quieras marcharte.
Inuyasha sintió que se le clavaban mil espinas en el corazón tras las últimas palabras, la idea de dejarla ir, de perder a Kagome era aún más dolorosa que todas las heridas que había sufrido en batalla. La había marcado como suya, eso significaba que ella sería para siempre su única pareja. Si ella se marchaba sabía que pronto perdería la sanidad, como descubrieron sucedía con ellos tras perder a sus parejas, pero no retendría a Kagome por algo tan egoísta, si ella no quería estar con él, si ella no… lo amaba.
Había sido tan idiota, creyó por un segundo que tal vez...
Idiota
Idiota
¿Quién podría amar a alguien como él?
La idea de que no quisiera estar junto a él… creía que… pensaba que…
No.
Todo había terminado, ella podría regresar a su mundo lleno de color, tenía una familia que la amaba, era una estudiante con una vida normal, podría tener una familia con alguien más y vivir tranquilamente. En cambio él sabía que por su parte no podría ofrecerle mucho a Kagome, no tenía estudios y era un monstruo. ¿En qué parte de la sociedad encajaría?. No sería capaz de darle nada.
Bajó la mirada al piso, apretó los dientes en un intento de contener a la bestia en su interior que gritaba y aullaba.
Mía.
Inhaló una vez más y dio un paso atrás. Si Kagome quería irse estaba en su derecho, le debía tanto, ella no era nada de él, aunque él fuera completamente de ella. Inuyasha sabía que le había entregado todo, es marca en su cuello simbolizaban las cadenas que por siempre lo atarían, pero estaba gustoso de cargar con su peso y arrastrarlas el resto de su vida. Él era el único con instintos, que se atendría a las absurdas leyes. Ella no tenía porqué, ni les debía nada.
Escuchó un sonido estrangulado y cuando subió la cabeza la chica lloraba.
No soportaba verla llorar.
-Di algo…- hipó -Di que no puedes vivir sin mi porque yo no puedo vivir sin ti- soltó escondiendo su rostro entre sus manos.
Había visto las señales, había visto al chico dar un paso atrás confirmando sus sospechas. Después de todo ella era una muchacha tonta, débil, no tenía nada especial y sabía que Inuyasha se había sentido obligado a cuidarla. Era solo el fin para un medio y eso dolía más que cualquier cosa en la vida. Ya no tenía más que perder.
-Todo este tiempo… me hiciste sentir tan segura y después de lo que pasó- sus mejillas se colorearon -Es imposible no amarte, y sé que es egoísta y tienes todo el derecho de decir que no y sentir repulsión por todo lo que mi familia te hizo y sé que lo único que hacías era evitar que Naraku obtuviera la perla pero no puedo evitar sentir lo que siento y sé que soy una chiquilla pero…
Todo lo que tenía que decir fue interrumpido por un beso. Uno de los más cálidos que había sentido. Inuyasha la agarró por la nuca con mucho cuidado y la depositó sobre la cama, se subió sobre ella y la siguió besando como si no hubiera un mañana.
Lágrimas seguían cayendo por sus mejillas y le faltaba el aire, pero intentó con todas sus ganas devolver el beso, intentó transferir a través de él todos sus sentimientos, su corazón que latía a mil por hora. Si pudiera sabía que se lo sacaría y se lo entregaría ahí mismo, sin importar si él se lo comía o lo tiraba. Era suyo de todas maneras.
Se separaron tras unos momentos respirando agitados. El chico pegó sus frentes. Sus largos cabellos plateados creaban una cortina a su alrededor que los aislaba del mundo, y en las sábanas ambos colores se mezclaron y confundieron.
Kagome no abrió los ojos, temía ver la reacción de su acompañante, temía que el encanto terminara, que como Cenicienta el beso marcara la medianoche, que después hubiera tenido que correr como despedida y olvidar todo por lo que había pasado. Apretó los ojos aún más cuando Inuyasha le besó la frente con suavidad. Después, con mucha facilidad, se sentó sobre la cama con las piernas cruzadas y la sentó en su regazo, acunándola entre sus grandes brazos hasta que su oído izquierdo quedó en el pecho de Inuyasha. Podía escuchar su corazón latir con rapidez.
-¿Cómo podría dejarte ir?- susurró -No sé en qué has estado pensando, pero en mi mente día y noche tras acercarse el final solo buscaba excusas, repasando una y otra vez en mi mente maneras para que te quedaras. Pensaba y pensaba en si había la remota posibilidad de que te agradara alguien como yo, de que quisieras estar a mi lado a pesar de todo lo que te hice pasar.
Kagome finalmente abrió los ojos y lo miró muy atenta desde su lugar.
Inuyasha le regaló la sonrisa más hermosa que le hubiera visto. Era una sonrisa llena de sinceridad, de afecto, una sonrisa que llegaba hasta sus hermosos ojos dorados y relajaba sus facciones, lucía tan apuesto, tan joven y despreocupado que ella pensó era lo primero que quería ver todas las mañanas al despertar.
-Eres perfecta- carraspeó -No soy muy bueno con las palabras y quizá en el futuro tenga argumentos y quizá sea un cabezota de vez en cuando y actúe sin pensar muchas veces y te haga enojar pero… ahhh- sus mejillas se colorearon imposiblemente rojas y Kagome pensó era la cosa más adorable que había visto en su vida -Te amo Kagome- luego se inclinó y besó su cuello una vez más en la marca que los unía -Te amo quizá desde el primero momento que te vi sentada en la escuela.
Ella pensó que su corazón estallaría, sentía que podría gritar a todo pulmón lo felíz que era. Sus sentimientos eran correspondidos después de todo.
Después de tanto…
Pero un pensamiento hacía ruido detrás, muy atrás en su mente y tuvo que externalizarlo o no podría vivir con ello.
-Pero Inuyasha mi padre…-
-Los errores de tu padre no son tuyos- la interrumpió y se aseguró de que no desviara la mirada colocando una mano en su mentón -lo que tu padre hizo en el pasado fue su decisión- Kagome sonrió cuando hubiera repetido las mismas palabras de su madre.
No pudo evitarlo, la adrenalina corría por sus venas y presa de la emoción fue su turno de tomar las mejillas del chico entre sus pequeñas manos y estrellar sus labios. Presionó su suave cuerpo contra el de él, buscando su calor y casi subiendose encima. Inuyasha estaba sorprendido, pero no tardó un segundo en corresponderlo. Estaba tan contenta que no tuvo tiempo de sentir pena, y lo único que quería era fundirse con él y el roce de sus labios producía un calor en su vientre que pronto la tuvo respirando con dificultad.
Se separaron abruptamente cuando escucharon un grito proveniente de la puerta.
-¡Kagome!
La chica miró hacia la voz y ahogó un grito cuando un pequeño peso cayó en sus brazos.
Se separó apenas del chico, volviendo a la posición entre los brazos del chico y miró con ojos abiertos como platos a la persona frente a ella.
-¿Shi… shippou?
El pequeño niño le devolvió la mirada, ojos esmeraldas grandes y expresivos empañados por las lágrimas
-¡Shippou!- Kagome lo apretó contra ella con tanta fuerza que no le importó estrujarlo y una vez más lloró lágrimas, pero esta vez llenas de alivio y felicidad. Sabía que era lo único que había hecho ese día, pero había sido un completo carrusel de emociones. ¡No podía creerlo! El niño estaba vivo, lo había visto caer a manos de Naraku por la ventana y aún así allí estaba, en sus brazos -¿Cómo…?- no terminó la pregunta pero Inuyasha la respondió de todas maneras.
-Ahí me tenías a mí, corriendo como desquiciado tras el olor de tu sangre y los gritos en mi apartamento cuando de pronto, corriendo hacia la entrada, comienzan a llover niños fastidiosos.
Kagome rió entre lágrimas, no se molestó en regañarlo, estaba contenta y sabía que lo había dicho con mucho cariño.
La azabache separó al pequeño niño de sus brazos y comenzó a examinarlo por todos lados como una madre preocupada lo haría, tenía pequeñas cicatrices por donde el vidrio había cortado, pero sabía que no corría ningún peligro mortal.
-Perdóname Kagome…- el pequeño lloriqueó -No pude protegerte a pesar de que Inuyasha me lo pidió, yo…- Kagome negó rápidamente con la cabeza y besó sus pequeñas mejillas, si se trataba de culpar a alguien en realidad ella era la que le había fallado, había prometido que siempre lo cuidaría y lo mantendría alejado de todo mal.
-Aguantaste bien enano, la cuidaste bien- dijo Inuyasha revolviendo sus cabellos con brusquedad y deslumbrando una perfecta sonrisa, que el pequeño no pudo evitar más que responder
Se relajó por completo entre los brazos de Inuyasha recargando su cabeza en su fuerte pecho y acomodó al pequeño que también sorbía mocos en sus brazos. Cuando Inuyasha los rodeó a ambos con sus brazos sonrió y suspiró.
Por fin había terminado.
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Se encontraban en un restaurante cercano, las clases habían concluido y habían salido a almorzar juntos.
Kagome y Sango reían, sentadas desde su lugar tenían boletos de primera fila para ver como Inuyasha era molestado por un Miroku con un trozo de pescado y las cosas no podían ser más graciosas. A su lado, Kouga solo rolaba los ojos fastidiado mientras Ayame tomaba fotos con su celular.
-¡Ugh! ¿Qué es esta basura?- Sango gruñó tirando el lápiz que tenía en su mano sobre su cuaderno -¿A quién le importan los triángulos?
Miroku rió frente a ella.
No Sanguito, se supone que debes de usar esta medida aquí- luego frunció el ceño -Solo te están pidiendo el área, ¿por qué usas la velocidad?
Kagome rió fuertemente y las mejillas de la chica se tiñieron.
-Cielos amiga, yo creí que era mala en esto.
La castaña estaba por refutar cuando el sonido aumentando del televisor del lugar se dejó escuchar.
-...Y en otras noticias, a catorce meses de la muerte del reconocido e influyente empresario Naraku Hioshi fue descubierto en el sur de la ciudad otro laboratorio secreto. Policías analizan a profundidad teniendo en cuenta las actividades de experimentación ilegales e inhumanas que se realizaban en esos laboratorios. El encargado de esta investigación que se abriera dos días después de su muerte es el reconocido político Inuno Taisho, quien fuera el que entregara a la policía toda evidencia que señala a Naraku como culpable de experimentación con humanos.
Inuyasha se tensó en su asiento aún sin mirar el televisor, todos los demás mantenían sus ojos.
-¿Que nadie se cansa de esa historia?- Kouga habló, sostenía su rostro en su mano derecha como si fuera ajeno a todo y masticaba un pedazo de pan. La pelirroja frente a él abrió la boca y él introdujo lo restante del pan.
Kagome desvió la mirada del televisor, Inuyasha lucía calmado, comía con calma frente a ella. Pero Kagome lo conocía bien y sabía lo difícil que era para él.
Pasó su mano derecha sobre la mesa y tomó la mano izquierda del chico que reposaba sobre la madera. Cuando hicieron contacto, ella le sonrió.
Sus hombros se relajaron visiblemente y con cuidado besó la mano de la chica frente a él.
Ya todo había pasado.
FIN
NDA:
¡Ahhhhhhhhh! ¡Safe!
Y aquí está, el último capítulo de esta historia.
Quiero agradecerles a todos por haber llegado hasta aquí conmigo, ¡finalmente se terminó!.
Después de tanto tiempo de haber comenzado a escribir, hoy puedo decir que concluyo con esta etapa de mi vida. Esta historia fue escrita en dos países distintos, puesto que estuve un tiempo fuera de casa, formando parte importante de un capítulo de mí vida, pero aún así fue magnífico. Espero que se hayan divertido tanto leyéndola como yo me divertí escribiendola y de todo corazón espero que les haya gustado.
En realidad fue difícil concluirla, ya tenía en mi mente ideas sobre cómo hacerlo pero aún quería seguir y seguir. JAJAJA
Con esto, los secretos se terminan y se revela el papel que cada personaje tuvo en esta maravillosa historia.
En realidad aún no estoy muy segura sobre un epílogo, pero quizá podría suceder.
Una vez más quiero agradecerles por estar aquí hasta el final aún a pesar del largo tiempo de ausencia, también les agradezco todos los comentarios que me dejaron a lo largo de cada capítulo, espero muchísimo que les haya gustado tanto como a mí y no duden en hacérmelo saber.
Deseo de todo corazón que sean felices.
Moon- Shadow0704
