AN: ¡Gracias Mary! :) Alec es una caja de sorpresas. Carlisle no le pega a su mujer. Ellos conversan. Y, en realidad, si se acabara el gobierno y no temiera que dispararan algunos de los misiles que apuntan 24/7 a cada miembro de su familia, no les volvería a poner un dedo encima a ninguno. Aunque no sale aquí (ya que Daniela no tiene acceso a los pensamientos de Carlisle), él vive aterrado cada día desde que se mudaron y vio qué terreno pisaban. Daniela comenzará a notarlo poco a poco, aunque ya sabe que su papá sólo le sigue la corriente a los que tienen el poder.

¡Gracias Claudia Zavaleta! Sí en esta historia Alec tiene su veta medio alternativa. De hecho, en este capítulo se verá algo de eso.

Espero que disfruten este capítulo. ¡Me tardé menos en revisarlo! (Espero que no se me hayan colado muchos errores…)

Capítulo 20: Reconciliación

Lloré por horas, en mi rincón del techo, bajo el alero. Me quería morir, y supuse que Alec no me perdonaría. Me hubiera gustado irme al lago, esconderme bajo el agua, pero no quería que me volvieran a mandar a la cárcel.

En la tarde oí ruido de un auto, a lo lejos, y por la hora entendí que habían traído a Carlisle de su trabajo. Supuse que vendría a buscarme y me sentí muy avergonzada de seguir llorando. Deseé tener una capa de invisibilidad como Harry Potter. Luego recordé el dispositivo de rastreo y desee tener mejor una varita mágica para sacármelo.

Como había supuesto, Carlisle llegó al cabo de un rato. Me sonrió, algo triste, y se sentó a mi lado. Me pasó la mano por la espalda, y me acercó hacia él. Me dio un beso en la cabeza.

–Siento lo de ayer –me dijo–. Entiendo que Alec ya te lo explicó, ¿no?

–Sí –murmuré.

–¿Y te da mucha pena? –Me preguntó, con empatía.

–No… –Le dije.

–¿Y por qué lloras entonces?

¿Qué podía decir? ¡No le podía decir que había visto a Alec masturbándose, y que ahora me odiaba por eso!

–No te puedo contar –le expliqué–. Es privado.

–Ok… –Murmuró, inseguro–. ¿Tiene que ver con Alec? –Preguntó.

–¡No te puedo contar! –insistí, irritada–. ¡Alec dice que yo voy por ahí contándolo todo, y no quiero darle más motivos para odiarme!

Carlisle se quedó un rato en silencio, y comenzó a frotarme la espalda.

–Alec no te odia –dijo finalmente.

–Sí. Sí me odia –rebatí.

–¿Por qué crees que podría odiarte? –Me preguntó.

–¡No te lo puedo contar! –Contesté, llorando.

–¿Dijiste algo que le molestó? –Insistió.

–No… –murmuré.

–¿Hiciste algo que le molestó? –Preguntó.

No le contesté. Si le decía que no, sería mentira. Pero si le decía que sí, me preguntaría qué había hecho. Maldita sea…

–¿Le pediste perdón? –Preguntó luego de algunos segundos de silencio.

–Sí.

–¿Y no te perdonó? –Preguntó, empático.

–No. Me gritó que me largara –expliqué, y me puse a llorar nuevamente.

Carlisle suspiró, y me levantó de donde estaba. Me sentó sobre él, y me abrazó.

–Seguro que, aunque haya estado enojado, termina perdonándote –me prometió–. Dale tiempo.

–No me va a perdonar…

–Sí, sí lo hará –insistió Carlisle.

–¿Y tú qué sabes?

–Porque nada que le puedas haber hecho tú puede ser demasiado malintencionado –explicó–. Terminará dándose cuenta de lo arrepentida que estás, y decidirá perdonarte.

–No se le va a olvidar –murmuré.

–No, claro que no –dijo Carlisle, riendo–. Somos vampiros, y los vampiros no olvidamos. Pero, porque somos vampiros, también vivimos mucho tiempo. Y Alec no podría odiarte por toda la eternidad, tesoro.

–Es que yo soy muy imbécil, Carlisle –le dije, llorando con más ganas.

–¿Lo ofendiste? –Preguntó.

No le contesté.

–¿No me quieres contar? –Insistió.

–¡No puedo! ¡Me odiaría todavía más si contara! –Le dije, amargada.

–¿Te pidió que hicieras algo, y se enojó porque tú no quisiste? –Preguntó, con cautela.

–No, no me ha hecho nada. Fui yo la que le hice daño a él –admití.

–¿Le dijiste algo ofensivo? –preguntó de nuevo.

–No. Y deja de tratar de adivinar, que no te contaré. Me da vergüenza, y a él le daría vergüenza también. Y me odiaría más todavía.

–Ok, no insistiré –dijo Carlisle–. Pero, si necesitas ayuda, puedes contarme lo que sea. Lo entiendes, ¿verdad tesoro?

–Hay cosas que no te puedo contar, Carlisle. Eres mi padre.

Carlisle suspiró, y me apretó contra él.

–Sé que han estado haciéndose cariño, Daniela –reconoció.

–Sí sé que sabes –confesé, incómoda–. Alec me dijo que todos ya sabían, y que hacían la vista gorda para que me olvidara de Franco.

–¿Estás enamorada de Franco? –Preguntó.

–No.

–¿Segura?

–No sé… –Admití–. Pensaba mucho en él, pero sabía que era imposible, y además él es un poco loco y me pone nerviosa. Entonces prefiero mejor no volver a verlo. No tiene sentido.

–¿Y te enamoraste de Alec? –Preguntó, triste.

–No. Sólo se sentía rico cuando… Bueno, cuando estaba con él era entretenido –confesé avergonzada.

–¿Fue cuando estaban juntos que se pelearon? –Preguntó Carlisle.

Pensé en Alec masturbándose, y supuse que eso no era precisamente estar "juntos".

–No –murmuré.

–¿Quieres que hable con él? –Ofreció Carlisle.

–¡No! ¡Por favor no le digas nada! –Le rogué.

–¿Tendría alguna razón para enojarme con él si me enterara de lo que pasó para que se pelearan, tesoro? –Preguntó.

Me sentí aturdida con la pregunta. Era demasiado larga. La repetí en mi mente varias veces hasta estar segura de entenderla.

–No ha hecho nada por lo que te tengas que enojar con él –admití finalmente–. Creo que más bien te enojarías conmigo.

–¿Qué hiciste? –preguntó preocupado.

–No te puedo contar –le dije.

–Acabas de admitir que hiciste algo malo, hija –explicó.

–No es algo tan malo –murmuré, avergonzada.

–Prefiero entender qué pasa –insistió.

–Invadí su privacidad, y él se enojó, con justa razón –confesé–. ¿Puedes por favor no decirle que te lo dije? –Le rogué.

–Ok, hija –me dijo–. No vuelvas a invadir su privacidad entonces –me recomendó.

–Jamás de los jamases… –prometí con seguridad. No pensaba volver a abrir una puerta sin llamar antes.

Carlisle continuó haciéndome cariño, y me fui relajando. Pensé en Alec, y en la idea que yo había tenido de fingir que me gustaba si Carlisle me pegaba. Me sentí podrida. En realidad no podría hacer sentir incómodo a mi padre de esa forma.

Luego de mucho rato, Carlisle interrumpió el silencio.

–Hija… ¿Te puedo hacer una pregunta un poco personal?

–Depende… –Le dije, incómoda.

–Sólo quiero saber si eres realmente feliz cuando estás con Alec.

–Era feliz –le dije con seguridad–. Pero da igual, porque no quiere volver a verme.

–No quiero que te sientas obligada a hacer nada que no quieras.

–No he hecho nada que no quiera hacer –confesé, incómoda–. Y ya te dije que Alec no me quiere ver ni en pintura –agregué.

–Eso es hoy, hija –me dijo con calma–. Pero el día de mañana, si en algún momento no quieres hacer algo, puedes decir que no. ¿Entiendes eso verdad?

–Sí… –Gruñí.

–Y siempre me puedes contar lo que sea –insistió–. Te defenderé de quien sea.

–Gracias –le dije, conmovida.

Carlisle me dio varios besitos en la cabeza.

–¿Quieres bajar a la casa?

–No, ve tú si quieres. No quiero toparme con Alec.

–No puedes quedarte aquí en el techo por toda la eternidad –me dijo, sonriendo–. No eres una paloma.

–Bueno, pero por ahora prefiero creerme paloma –insistí–. Pero si tú quieres puedes irte. Esme debe extrañarte. Yo estaré bien.

Carlisle suspiró, y sacó su celular. Lo oí tipiando un rápido mensaje de texto. A los pocos segundos subió Esme al techo.

–¿Iremos a nadar? –Preguntó.

–Sí, quiero ver si conseguimos lanzar a Daniela al lago desde aquí –dijo con toda seriedad–. ¿Me ayudas querida?

Esme sonrió de oreja a oreja, y me tomó los pies. Yo pensaba que hablaban en broma, y me dejé. Pero, cuando Carlisle también se paró, me tomó las manos, se movieron hasta una parte del techo desde donde se veía el lago, y comenzaron a balancearme de lado a lado como una cuerda de saltar, me asusté. Recordé a Carlisle lanzando ratas muertas, siglos antes, y lo lejos que habían llegado. Supuse que, si se lo proponía, podría lanzarme hasta Austria.

Inesperadamente, comenzaron a contar "Uno…" "Dos…" "Y…" "¡Tres!". Y me lanzaron. Volé por los aires, aterrada, gritando, y fui a dar al lago.

Dentro del pánico pensé que al menos no iría a la cárcel, ya que no había salido sin permiso. Cuando salí a flote, vi que estaba bastante lejos de la orilla y que ellos nadaban hacia mí. Nadé hacia ellos.

–¿Te sientes todavía como una paloma? –Me preguntó Carlisle, burlón.

–No, más bien como una rata muerta –le contesté–. Eso fue aterrador.

Carlisle soltó una carcajada, y Esme nos miró sin entender.

–Había olvidado eso –confesó Carlisle.

–¿Te sientes como una rata, tesoro? –Preguntó Esme.

–No –le dije–. Es que cuando me iban a lanzar recordé lo lejos que llegaban las ratas muertas que me bebía cuando Carlisle las lanzaba, y temí que aterrizaría en Austria.

–Nunca te haría daño, hija –me dijo Carlisle.

–Sí sé –lo tranquilicé–. Fue sólo una idea estúpida que me pasó por la mente.

–Ok. ¿Quieres nadar un rato? –Preguntó.

–No, no les quiero tocar el violín –respondí, incómoda–. Supongo que quieren estar juntos, y ya has pasado buena parte de la tarde conmigo Carlisle. Volveré a casa mejor, y ustedes pueden quedarse aquí.

–Bueno hija, puedes volver al castillo. Pero no quiero que vuelvas al techo. ¿Está bien?

–¿Qué más te da? –Le pregunté, mosqueada.

–No puedes estar todo el tiempo en el techo. Ve a casa, ponte ropa seca, y ya verás cómo todo se arregla.

Asumí que hablaba de mi problema con Alec, y eso me amargó. Yo dudaba que me perdonara.

–No se arreglará –murmuré.

–Sí, se arreglará –insistió él–. Tal vez no hoy, tal vez no esta semana. Pero se terminará arreglando, te lo prometo.

–¿Cómo sabes?

–Porque conozco a Alec, y te conozco a ti –respondió con paciencia–. Terminarán conversando y yéndose a lo oscurito –agregó burlón.

–¡Carlisle! –exclamamos Esme y yo, juntas, lo que me provocó un ataque de risa.

–Ve a casa –Insistió Carlisle.

–El techo es parte de la casa –negocié.

–Alec estaba triste –comentó Esme, interrumpiéndonos.

–¿En serio? –Le pregunté, inquieta y esperanzada a la vez.

–Sí. No quiere salir de su cuarto.

–Eso no significa que esté triste –le aseguré.

Carlisle y Esme se miraron.

–Ok, vamos todos –dijo Carlisle.

–¡No!

–Vamos –insistió, y me empujó ligeramente con la mano.

Nadamos de vuelta, ellos recogieron sus teléfonos y aparatos en la orilla, y caminamos al castillo.

Cuando llegamos, no había rastro de los seis. De hecho, ni siquiera había rastro de Alec. No se oía ruido alguno en la casa.

–Ve a buscar ropa seca y date una ducha –me ordenó Esme.

–No estoy sucia –reclamé.

–Tienes algas en el pelo, tesoro –me dijo con paciencia.

Me llevé la mano al pelo, y noté que había cosas gelatinosas pegadas ahí. Qué asco…

–Tienes razón –admití, y le obedecí.

En mi cuarto encontré un papelito en el piso. Lo recogí, y decía "perdóname por gritarte". Era la letra de Alec. Me sentí contenta. ¡No me odiaba!

Olvidando la ducha y la ropa, me fui a su cuarto. Llamé a la puerta por si acaso, pero no contestó. Dudé, pero no me atreví a abrir. Además, estaba segura de que no estaba ahí adentro.

–Ve a ducharte Daniela –dijo Esme, impaciente, desde el cuarto de ellos.

–Sí mamá –le contesté.

Obedecí apurada, ansiosa por ir a buscar a Alec. Me lavé el pelo lo mejor que pude, y terminé de quitarme la porquería con mi peineta. No quedé muy decente, pero ya no quería seguir perdiendo tiempo.

–¿Dónde es el incendio? –Me preguntó Carlisle, al verme atravesar la sala apurada. Ellos ya se habían cambiado también.

–Sólo quiero ir al patio –le dije incómoda–. ¿Puedo?

–Nos traerán la sangre dentro de menos de una hora –me recordó.

–Ok, volveré pronto –le prometí–. ¿Ya me puedo ir?

–Sí –me dijo, algo burlón–. Asumo que Alec no está en su cuarto, ¿no?

–No –confesé.

–Ok, ve.

–Gracias –le dije, desde la escalera.

–.–

La intuición me llevó a la torre redonda, y efectivamente Alec estaba ahí.

–Lo siento –le dije–. Te juro que no volveré a cruzar puerta alguna sin llamar antes.

–Bueno –me contestó, contento–. Perdóname tú por gritarte.

–Sí, no hay problema –le dije–. ¡Tu pene es enorme! –Agregué riendo.

–¿Cuántos penes has visto? –Me preguntó burlón.

–Sólo el tuyo –admití–. Pero me pareció impresionante de todas formas.

–No es tan impresionante –aseguró con modestia.

–¿Cuántos penes has visto tú? –Le pregunté con curiosidad.

–Unos cuantos –respondió, con gesto vago.

–¿Decenas? ¿Cientos? –Pregunté con curiosidad.

–No sé, Daniela… –Me dijo incómodo–. Más de los que quisiera.

–Eres gay… Debería gustarte ver penes, ¿no? –Pregunté sin entender.

–No, la verdad es que no me obsesiona –confesó incómodo–. Y una señorita decente no debería andar preguntándole a la gente cuántos penes ha visto.

–No le pregunto a todo el mundo –expliqué–. Eres la primera persona con la que hablo de esto.

–¿Y sientes mucha curiosidad?

–No, la verdad es que no –le dije, con franqueza–. Pero cuando admitiste haber visto "unos cuantos" sentí curiosidad.

–Mi madre era prostituta –me recordó–. Y atendía a sus clientes en casa.

–¿Lo hacía delante de ustedes? –Pregunté impresionada.

Alec suspiró.

–Nuestra casa era de un solo ambiente, Daniela –explicó–. Eran otros tiempos, y éramos muy pobres. Ella atendía a sus clientes de noche, pero Jane y yo no siempre estábamos dormidos.

–Dios… Eso debe haber sido incómodo.

–En esa época era lo que conocía, por lo que no me cuestionaba mucho sobre la situación.

–¿Y los tipos no se cohibían con ustedes dos ahí? –Pregunté asombrada. No me imaginaba a Carlisle y a Esme haciéndolo frente a mí.

–Casi siempre estaban ebrios y excitados, Daniela –explicó Alec–. Por supuesto que les daba lo mismo. Además, había muy poca luz. Estoy seguro de que ni siquiera se daban cuenta de que no estaban solos en el lugar.

–Con razón estás tan loco –murmuré impresionada.

–Gracias… –contestó con sarcasmo.

–En serio –le dije–. Estoy empezando a entender que te hayas vuelto gay y masoquista.

–¡Eso no tiene nada que ver! –exclamó molesto.

–¿Estás seguro? –Pregunté, con curiosidad.

–Sí. Ser homosexual es tan normal como ser heterosexual –explicó con paciencia–. Y hay mucha gente masoquista que creció en hogares completamente normales.

–Ah. Perdón por asumir leseras –le dije finalmente–. Es que eres el primer gay, el primer masoquista, y además el primer hombre con el que hablo de estas cosas. De hecho, eres la primera persona con la que hablo de estas cosas…

–Perdonada –me dijo con amabilidad–. Peores cosas se han hecho por ignorancia –agregó burlón.

–¡Estoy tan contenta de que no me odies! –Le dije–. Estaba muy amargada.

–Sí, yo también estaba amargado –confesó.

–Gracias por el papelito.

–Imaginé que cuando lo vieras entenderías y me buscarías.

–Esme dijo que estabas triste, encerrado en tu cuarto –le conté.

–Sí, estuvo intentando convencerme de que la dejara pasar –comentó burlón–. Es sumamente insistente.

–Sí, lo es –admití riendo–. Una vez, cuando vivíamos en Canadá, se metió a mi baño por la ventana.

–¿Tanto así? –Preguntó.

–Sí. Yo quería estar sola, y había cerrado mi cuarto con pestillo. Y, como no la oí llamar, se metió por la ventana. Según ella estaba preocupada –le conté, poniendo los ojos en blanco.

Nos reímos, y Alec me abrazó.

–Me siento culpable –me dijo.

–¿Por qué? –Le pregunté.

–Por haberte gritado –admitió.

–Olvídalo –le dije con paciencia–. Está perdonado y olvidado. Además, la que empezó el problema fui yo, al interrumpirte mientras tú…

–Dilo: mientras yo me masturbaba –dijo riendo.

–Eso. Perdón… Es que me da vergüenza hablar de eso –confesé.

–¿Te gusta masturbarte? –Me preguntó.

Me separé de él, tensa.

–Perdóname… Es una pregunta demasiado personal.

–Nunca me he masturbado –confesé bajito.

–¿Nunca? –Me preguntó, asombrado.

–No. Pero sé lo que es –le aseguré.

–¿Nunca te tocas? –Peguntó, sin creérselo.

–No. Salvo cuando me baño, y me lavo ahí. ¿Cómo es masturbarse? –Pregunté.

Alec soltó una carcajada.

–¿Te acuerdas de cómo te frotaste la entrepierna, y cómo te toqué yo ahí la primera vez?

–Sí, claro que me acuerdo –le dije–. De esa vez y de todas las otras. Es muy rico.

–Bueno, es básicamente eso, salvo que te lo haces tú misma, y en general cuando nadie te mira –explicó.

–Ah…

Me quedé pensando en lo que me había dicho, y no lo encontré muy excitante. ¿Qué gracia tenía tocarse uno mismo, solo?

–Qué aburrido, prefiero que me masturbes tú –le dije. Alec se rio.

–Supongo que tienes razón, y también me gusta que me masturbes tú –dijo riendo.

–Yo nunca te toco el pene –le dije.

–Cuando me tocas atrás también me estás masturbando –aclaró Alec.

–Ah, entiendo –murmuré incómoda–. Bueno, en todo caso, me encanta cuando nos masturbamos juntos.

–Nos masturbamos mutuamente –explicó Alec–. Yo te toco a ti, tú me tocas a mí, y todos contentos.

–A eso me refería –le dije–. Que lata que vayan a traer la sangre –comenté–. Tenemos que volver pronto. Me gustaría que nos tocáramos un ratito.

–Si quieres podemos hacerlo, y volvemos cuando oigamos el vehículo –propuso–.

–Es que no quiero darles motivos para que nos vengan a buscar –expliqué.

–Daniela, si no tienes deseos de hacerlo sólo debes decir "no quiero". No necesitas inventar excusas.

–¡No son excusas! –Le aseguré, acercándome–. Me muero de ganas.

Alec sonrió de oreja a oreja, y me abrazó. Comenzó a besarme suavemente, y eso me derritió. Sabiendo lo que le gustaba, comencé a meter mi mano derecha entre sus nalgas y su ropa interior.

–¿Daniela? –Me preguntó tentativamente.

–¿Qué? –murmuré, haciéndole cariño en el trasero.

–Ahora que sabes más de mí, y de lo que me gusta, pensé que tal vez querrías probar algo nuevo…

Me quedé inmóvil, cuando algo hizo click en mi cabeza. Alec era masoquista. A Alec lo excitaba que le pegaran. Alec debía querer que le pegara. Me dio nervio, y la idea no me excitó para nada.

–¿Quieres que te pegue? –Le pregunté insegura, al oído.

–Sí –confesó. Sonaba incómodo–. Sólo si no te molesta –agregó finalmente, al notar que no me movía.

–¿Cómo quieres que…? –Pregunté, nerviosa, esperando que me diera alguna indicación de qué esperaba de mí exactamente. Él suspiró.

–Supongo que te bastaría con imaginar que eres Carlisle, y que yo soy tú, y que estás enojado por algo –dijo–. ¿Crees que puedes hacerlo?

Me dio un ataque de risa nerviosa.

–Perdón por reírme –le dije de inmediato–. Lo intentaré, pero si te duele me avisas ¿ya? Es que no quiero hacerte daño.

–Es normal que duela –me dijo–. De hecho, es un poco la idea –agregó, incómodo.

–Ok…

Miré alrededor, y la entrada a la torre me puso nerviosa. No quería que me pudieran ver haciendo algo así.

–¿Podemos subir al desván? Es que aquí me siento un poco expuesta –expliqué.

–Claro –me dijo.

Comenzamos a subir la escalera, y a mitad de camino inspiré y le di una palmadita tentativa en el trasero. Me miró, con una sonrisa de oreja a oreja. Eso me relajó un poco, y le di otra.

Él soltó una risita, y comenzó a subir más rápido.

–¡No escaparás! –Le dije burlona corriendo tras él y dándole palmadas cada vez que lo alcanzaba–. ¡Te haré pagar por todos tus crímenes Alec Cullen!

Llegamos al desván muy rápido y me miró contento.

–¿Por qué crímenes me quieres hacer pagar? –Preguntó.

–No sé –le dije, riendo y encogiéndome de hombros–. Te dije eso de broma.

–Inventa algo.

–¿Alguna sugerencia? –Le pregunté, insegura–. Es que esto es nuevo para mí.

–¿Qué tal por haberte gritado? –Sugirió.

–No estoy enojada –le dije–. Y no quiero que sientas que te guardo rencor por eso.

–Sé que no, es para seguir jugando –explicó.

–Ok. Te pegaré hasta que te dejes de sentir culpable –le dije. Le tomé la mano, y lo acerqué a mí. Me senté en el piso.

–Ponte boca abajo sobre mis piernas –le indiqué–. Creo que te pegaré como Carlisle me pegó la primera vez.

Alec obedeció de inmediato, y cuando lo tuve sobre mis piernas me asusté un poco. Pero ya no había vuelta atrás, supuse que se sentiría podrido si me arrepentía en ese momento.

Levanté la mano, y le di una palmadita en el trasero. Él soltó una risa.

–Puedes pegarme más fuerte si quieres –sugirió.

–¿Y si te hago daño? –Pregunté nerviosa.

–No hay forma de que me hagas daño –me tranquilizó–. Soy un vampiro. Y no tienes tanta fuerza como para hacerme daño realmente, aunque me pegaras con todas tus fuerzas.

–Ok…

Levanté de nuevo la mano, y le pegué con más fuerza. El movió un poco las caderas, pero no se quejó. Me picó un poco la mano, y me pregunté si a Carlisle le pasaría lo mismo cuando nos castigaba.

–Me pica la mano. ¿Es normal eso? –Pregunté.

–Sí, completamente. Lo siento. Si te duele puedes detenerte cuando quieras.

–No, no te preocupes. Sólo preguntaba –lo tranquilicé.

Levanté la mano otra vez, y le pegué un poco más fuerte. Me fijé en su reacción, temerosa.

–Dale… –Me animó–. Por favor sigue. Y puedes hacerlo con fuerza.

–¿Quieres que te dé una palmada lo más fuerte que pueda? –Pregunté.

–Eso me gustaría mucho –confesó.

–Bueno… Pero si te duele no me odies luego.

–No te odiaré, Daniela –dijo con paciencia.

Levanté la mano todo lo que pude, y la bajé con toda mi fuerza. Sonó como un balazo, y a Alec se le escapó un quejido. Me asusté.

–¡Perdóname! –Le dije de inmediato.

–No me pidas perdón, por favor –murmuró–. Lo estoy disfrutando.

–¡Pero si llegaste a saltar! –Argumenté.

–No racionalices tanto –me rogó–. Sólo hazlo. Por favor.

–Ok. Tú lo has pedido –le dije, un poco cabreada. Levanté la mano y comencé a pegarle con fuerza, aunque no con tanta. Hizo menos ruido, pero le di muchas palmadas seguidas. Comenzó a dolerme la mano, pero no me detuve. Supuse que así entraría en razón y terminaría reconociendo que no le gustaba que le pegaran.

Varias palmadas más tarde, comenzó a retorcerse. Pensé que me rogaría que me detuviera, pero estaba mudo. Parecía estarle doliendo de veras. A mí me dolía mucho la mano, pero no pensaba darme por vencida. Le pegaría hasta que me rogara que me detuviera.

Pero pasaron los minutos, y no cedía. Fruncí el ceño, y cambié de mano. Comencé a pegarle en las piernas, recordando lo mucho que eso dolía.

Al final, cuando ya me dolían ambas manos, me di por vencida.

–Ok. Lo admito. Eres un masoquista –le dije, deteniéndome.

Él se rio.

–¿No me creías?

–Pensaba que si te pegaba fuerte terminarías convenciéndote de que dolía, y que por lo tanto era desagradable –expliqué, derrotada–. Pero supongo que no tengo tanta fuerza como para hacer que te duela en forma convincente.

–Me dolió mucho –admitió contento.

–¿En serio? ¿Y por qué estás tan contento entonces? –Le pregunté con escepticismo.

Alec suspiró.

–Es difícil de explicar –confesó–. Pero créeme, lo disfruté.

–Bueno, me alegro de que lo hayas disfrutado –respondí dudosa–. ¿Crees que te dolerá por mucho rato?

–El efecto me durará una hora más o menos –sentenció.

–¿Eso dice el experto? –Me burlé.

–Sí, la voz de la experiencia –declaró riendo.

–¿Cómo tienes tanta experiencia, si a ti nunca te pegan? –Pregunté, haciéndole cariño en el trasero. Gimió un poco, pero vi que se ponía contento por lo que continué.

–No es la primera vez que hago esto –explicó.

–Ah… ¿Pero así, como ahora, de broma?

–Sí.

Me pregunté quién podría haber jugado con él en el pasado, pero me daba nervio indagar. Al final, la curiosidad pudo más.

–¿Alguien que yo conozca?

–Un caballero no tiene memoria –dijo burlón. Me dio rabia, ya que con eso insinuaba que yo no lo era. Levanté la mano, y le di otra palmada aprovechando que seguía boca abajo sobre mis piernas.

–Nadie que siga vivo. Pero no te contaré nada más, aunque me pegues por siglos –aseguró–. De verdad soy un caballero en ese sentido. No ando contando con quienes he estado, ni qué hemos hecho.

–Bueno, supongo que eso me tranquiliza –reconocí–. Me daría vergüenza que todo el mundo se enterara de que te pegué.

–Yo no se lo contaré a nadie, obviamente. Pero estoy seguro de que todos escucharon.

Eso me puso tensa, y me dieron ganas de que me tragara la tierra. Me quedé quieta.

–Nadie comentará nada –me prometió–. Son curiosos, pero no nos harán sentir incómodos por esto.

–Aunque no digan nada… Me da nervio que sepan –expliqué incómoda.

–En todo caso, es a mí a quien debería darle vergüenza –explicó–. Tú sólo me hiciste un favor. Ellos asumirán que el villano soy yo, y que tú eres la damisela que yo vilmente corrompí.

Me eché a reír.

–¿Soy ahora una damisela corrupta?

–Más bien corrompida, creo. Tu participación en la corrupción ha sido más bien pasiva. Yo soy el corrupto corruptor corrumpente, el peor corruptivo corrompedor de corruptibles damiselas…

–Ok, lo que tú digas –le respondí, mareada–. Aunque creo que, dado que yo te pegué, mi participación no fue tan pasiva que digamos.

–Me refería al hecho de haberte llevado a pensar en estas cosas –explicó–. Tú eras tierna e inocente, y con mi palabrería te he llenado la cabeza de ideas completamente estrafalarias –se burló.

–No. Hasta ahora todo me gustaba. Pegarte no me gustó tanto, pero supongo que me sirvió para descubrir que no era broma, que de verdad te gustaba.

–Sí, me gusta. Mucho –confesó.

–Qué raro eres Alec…

–Sí. Alec el raro. Alec el gay. Alec el enano. Ése soy yo… –dijo resignado.

–En todo caso, la experiencia fue sumamente educativa –le dije riendo–. ¡No tenía idea cuánto dolía la mano pegarle a alguien! Eso me consolará, supongo, cuando Carlisle me castigue. Le diré lo mucho que espero que le duela la mano.

–No le hagas eso… –Me rogó, riendo.

–¿Sabes? Cuando nos traigan la sangre podrías probar hacer huelga. Carlisle les pegó a todos mis hermanos cuando intentaron hacer huelga de hambre, cuando impusieron lo de la sangre de matadero.

–Carlisle no me pegaría –insistió Alec–. Y me sentiría muy incómodo intentando forzarle la mano. Jamás le haría eso, Daniela.

–¿Por eso te portas siempre tan bien? –Le pregunté.

–En parte –admitió–. Me da vergüenza que puedan pensar que lo hago a propósito.

–Nadie se mete en problemas a propósito –me burlé.

–No, pero muchas veces te metes en problemas sabiendo que lo que haces está mal.

–Eso no es cierto –me defendí.

–Ayer, cuando provocaste a Carlisle, sabías que te castigaría –me recordó.

–Sí, pero era porque quería estar contigo, no porque quisiera que me castigaran. Es diferente.

–¿Y cuando le respondiste mal a Esme, en el lago la otra vez? –Insistió–. ¿No sabías acaso que al decir palabrotas y responderle mal te podrían castigar?

–Sí, pero no lo hice a propósito –le dije enojada–. Sólo se me olvidó. Un error.

–Ok, tienes razón –me dijo–. No lo haces a propósito.

–Eso… no me difames –le dije–. Estás a mi merced –agregué, dándole otra palmada.

–Me encanta estar así –aseguró–. Cuando quieras, yo feliz de estar a tu merced.

–Pero que entregado… –Me burlé, volviendo a hacerle cariño en el trasero.

Alec sólo gimió. Parecía completamente relajado. Le levanté tentativamente un brazo, con la mano libre, y lo dejé caer. Opuso tanta resistencia como un tallarín recocido.

–Completamente lacio –me burlé. Él soltó una risita.

–Estoy relajado –explicó.

En ese momento se oyó un vehículo detenerse en la carretera, y asumí que venía la sangre. Alec se estiró, y se puso de pie de un salto.

–Lástima que sea viernes –me dijo–. Me hubiera quedado así por horas.

–Bueno, ya habrá otra ocasión –le dije, sin pensar.

–¿Lo dices en serio? –Me preguntó, mirándome fijo. Parecía tan esperanzado que sólo había una respuesta posible.

–Sí, podemos jugar de nuevo alguna otra vez –le prometí, dejando la posibilidad lo más vaga posible.

–Eso me produciría un placer enorme –afirmó, tomando mi mano y besándola.

–Me alegra verte contento –le dije con franqueza.

–Buscaré la forma de compensarte –me prometió, con una gran sonrisa.

–Bueno.

Bajamos la escalera rápido, temiendo que nos vinieran a buscar. Aunque sabía que Alec tenía razón, y que seguramente todos ya sabían en qué habíamos estado, de todas formas entré al vestíbulo algo avergonzada. Alec vio mi incomodidad, y caminó frente a mí para que yo quedara más protegida de las miradas.

–¡Hola familia! –saludó con descaro al entrar a la sala junto al vestíbulo, donde todos ya estaban congregados esperando. Levanté la vista, incómoda, y noté que no nos miraban raro. Sólo Emmett tenía una risita huevona en la cara.

–Iré a esperar al portón –dijo Carlisle.

Nos pusimos a esperar con el resto, e intenté posar mi vista en alguna parte. Traté de recordar para donde yo solía mirar, sin éxito. ¿Cómo podía hacerlo para actuar normalmente? Sentía que todos debían estar riéndose de nosotros.

De pronto sentí un aturdimiento anormal, como si nada me importara. Entendí. Jasper debía estar intentando ayudarme. Dejé que la sensación se apoderara de mí, aliviada. Mejor aturdida que avergonzada.

La sangre estaba fresca, aunque seguía siendo desagradable. Pero no podía importarme menos ese día. Sólo quería desaparecer donde nadie pudiera verme.

Alec se bebió su sangre obedientemente, como siempre. Obviamente.

Apenas Carlisle acompañó al militar de vuelta al portón, salí arrancando discretamente al módulo central. Me atrincheré en mi cuarto, y crucé los dedos para que nadie se acercara a hacerme preguntas.

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