Oli c:
Snow
Odiaba la nieve.
Esa textura suave y gélida, blanca como aparentando inocencia y pureza cuando en verdad podía ser más letal que cualquier arma, una asesina silenciosa y tortuosa disfrazada ante los ojos de muchos, solo algunos la han visto a través de esa cuidadosa y fina manta de aparente bondad, todo para culminar en aquella tormenta cruel y sin piedad escondida, que no diferenciaba a nadie de su purga.
Los años que pasó en la capital le había echo experimentar de primera mano todo el sufrimiento que traía consigo sobre los débiles, aquellos que por destino o simplemente una gran acumulación de errores durante sus vidas terminaron sin nada y en la nada, olvidados y asolados en lo más bajo del jodido eslabón social dentro de las murallas. Allí donde los humanos y la naturaleza imparten la misma cuota de crueldad, nadie exento.
Las noches de invierno, aquellas congeladas y blancas noches, noches donde el frío reinaba y calaba los huesos, donde la mente y el cuerpo funcionaban separadamente y siempre uno de ellos dejaba de hacerlo, donde no importaba donde fueras el entumecimiento era imposible de evadir y, solo si contabas con suerte, una mano extraña se tendería hacía ti por refugio temporal, pero siempre a cambio de algo. Porque la verdadera bondad era escasa en territorios como ese, y por eso más de alguna vez terminabas como perro de alguien, sin embargo, mucho mejor que terminar como perro de nadie muerto en la calle.
Si, odiaba la nieve, y era una de las más grandes ironías que su cumpleaños fuera justo en época de ella.
Las ventanas de su oficina estaban totalmente empañadas, solamente el pequeño vidrio por el que observaba la nevisca estaba despejado, marcas de su mano visibles en el delgado manto blanco que lo cubría. El esporádico sonido de madera crepitando bajo el intenso calor de las llamas era lo único que interrumpía el cómodo silencio de la habitación, mientras el soplido del viento golpeaba por el otro lado, haciendo sentir su presencia.
Era una absoluta rara ocurrencia el encender la chimenea casi olvidada de la oficina; mayormente porque dejaba toda superficie con cenizas, y si podía evitar suciedad allí con no prenderla lo haría sin pensarlo dos veces, pero ya adentrados en la estación invernal era casi estúpido el tenerla sin ocupar cuando estaban en la base. Podría lidiar con los residuos de madera después, de todas formas. Además, al ser extremadamente sensible al frío, era casi estar cometiendo un suicidio el no hacerlo.
Aunque la temperatura de la habitación era bastante agradable y cálida, todavía no surtía efecto en él en su totalidad, incluso después de estar allí por al menos dos horas; sus manos dolían al cerrarlas y algunos cortes leves en la piel molestaban debido a ello.
Sigh. Ya era de noche, o eso parecía porque estaba todo oscuro fuera, sólo las antorchas iluminaban los pasillos vacíos del castillo por los que de vez en cuando pasaba un soldado apresurado por volver a su habitación, mientras que en los establos solo un jinete y su caballo llegaban cubiertos de nieve desde el camino que daba a la ciudad.
Era extraño, a pesar de estar bastante helado se sentía relativamente tranquilo, contrario a otras oportunidades cuando al estar así era incluso más tenso y alerta de lo normal.
Al sentarse nuevamente en la gran silla, crujiendo bajo su peso, apoyó la cabeza en el respaldo, ambos brazos reposando a los lados y cerró los ojos. En la oscuridad sólo podía sentir el olor a madera quemada llenaba el lugar, dispersándose en partes iguales con su nostálgico aroma, como si en realidad todo estuviera quemándose en vez de esos pequeño maderos. Lo único que lo alejaba de ese pensamiento era que no sentía el abrazante calor de las llamas, ni siquiera un poco, su piel se mantenía gélida, de hecho, parecía que ni siquiera estuviera la chimenea encendida.
Largos minutos pasó en el mismo trance, minutos que parecían horas interminables alimentándose insaciablemente de recuerdos, aromas y sensaciones de antiguas vivencias nunca muertas en su mente, en lo más profundo de sus pensamientos, bebiendo del dolor, alegría y rabia que alguna vez sintió, lentamente repasando cada situación en la que había estado con gran cantidad de detalle, recordando cada rostro y nombre con exactitud automática, casi como lo haría una máquina.
Pero el estruendoso sonido que siguió lo sacó completamente de cualquier pensamiento, instantáneamente poniéndose de pie y mirando fijamente a la figura estacionada en la puerta, cubierta por la conocida capa verde de la legión y por ese ocasional blanco que bañaba las afueras. En la oscuridad del lugar apenas iluminado no podía discernir la cara del intruso, pero cuando este se empezó a acercar a paso seguro hacia él sin el más mínimo atisbo de intimidación, sólo pudo pensar en una persona capaz de hacer semejante idiotez sin temer represalias por su parte.
"Se puede saber que estas haciendo, Ackerman?" El golpe de la puerta cerrándose terminó su frase, acentuando parte del enojo en su voz.
Pero ninguna respuesta provino de ella, simplemente se sacó la capa en un movimiento rápido dejando ver por fin su cara; tez inmaculada, adornada con aquella infame cicatriz y labios creadores de un contraste atrapante entre blanco y rojo, incluso en ese evidente estado de enfriamiento la gracia de su belleza seguía intacta. Así como las energías para cruzarlo, primero entrando como un bandido y ahora dejando sin más la capa tirada en una silla, sin contestarle aún y prestándole más atención a la chimenea y su calor que a su presencia.
Pero se aún así se mantuvo en silencio por unos momentos, observando desde su posición en el escritorio como temblaban levemente sus manos al acercarlas al fuego, como trataba de esconder su cara en aquella bufanda roja mientras sus ojos permanecían entrecerrados, y como finalmente optó por sentarse en una posición segura frente a la fuente de calor, en el suelo del lugar, piernas pegadas al pecho en un intento de almacenar el calor recibido.
Cuando por fin decidió hablar de nuevo fue sólo un suspiro, en su lugar decidió ir hasta la capa en la silla caminando calmadamente, e ir hasta el colgador en la puerta, cerrándola.
Al volver, sólo se mantuvo de pie frente al fuego, a pocos centímetros de donde se encontraba Mikasa sentada mirando fijamente las llamas, sin mirarlo ni siquiera una vez.
Sabía exactamente la razón de su actitud, de todos modos, no necesitaba preguntar, sólo esperar a que decidiera actuar o hablar.
Decidió esperar, viendo como los leños se reducían a nada más que cenizas frente a las abrasantes llamas, mientras apretaba y soltaba inconscientemente el bolígrafo en uno de sus bolsillos, sintiendo el peso de lo que tendría que hacer en poco tiempo más.
El silencio no era incómodo, pero había un indicio de tensión en el aire, ambos sabían porque.
En una acción calmada y cuidadosa, decidió acompañarla en el suelo, cruzándose de piernas sin decir una palabra o mirarla. Ya lo haría.
Sus hombros estaban caídos en relajación momentánea, el calor por fin teniendo efecto en su cuerpo, poco a poco sintiéndolo arrastrarse por sus manos y brazos, un abrazo cálido.
No supo cuando sus ojos comenzaron a cerrarse, pero cuando sintió el rozar de papel en su mano los abrió de golpe. No sabía si el temblor en la mano extendiendo el papel hacía él era debido al frío o no, pero al recibirlo y tocar su piel pudo confirmar su frigidez.
Ni siquiera necesitaba leer el documento, había estado esperando ese momento, lamentándolo de cierta forma, sabía exactamente lo que decía y lo que tenía que hacer, así que no desperdició ni un segundo; sacando el bolígrafo de su bolsillo y apoyando el papel contra el suelo lo firmó, movimiento rápido y sin vacilación, expresión impasible en su rostro mientras la tinta teñía sin contemplación ni marcha atrás alguna el rincón designado de la hoja.
Una vez terminado, lo contempló por primera vez aunque sin leer ninguna de las palabras escritas, sólo deteniéndose en su firma, el garabato con poder suficiente como para hacer lo que pedía el documento, y él la persona con el veredicto suficiente como para aceptarlo o no.
Cuidadosamente lo dobló, guardándolo en el bolsillo de su pantalón y quedando nuevamente en el silencio, aunque esta vez efímero.
"Eso es todo?..." Fueron sus primeras palabras desde que llegó, sofocadas por la tela roja que cubría su boca.
"No es como si te fueras a otra división, Mikasa." Si, pero aún así iba a ser distinto.
"Lo sé…"
"Ahora vas a tener tu propio escuadrón…" dejó las palabras colgando en el aire por unos momentos antes de continuar. "La nueva líder de escuadrón…" su voz era baja y lenta, como analizando cada palabra y sus consecuencias por primera vez.
Mikasa no respondió, sólo se limitó a seguir mirando al frente.
Ahora ya no iba a estar bajo su mando, ya no era parte de su equipo sino que otro igual más.
"Llegaste lejos…" dijo, apoyando un brazo en su rodilla, sin mirar hacia el lado.
"En pocos años llegaste bastante lejos…de ser una mocosa malagradecida a una autoridad mayor…" su voz era lenta, analítica. "Fue casi como verte crecer…"
Años de entrenamiento, misiones, problemas, bajas…
"Años soportando tus faltas de respeto sirvieron de algo…" extendiendo la mano más próxima a ella, lentamente acarició su cabello, observándola por primera vez desde que se sentó allí.
"Estoy orgulloso de ti."
Acercándose, cuidadosamente, depositó un beso donde sus manos habían estado previamente.
"No importa lo que pase."
En ese momento dos brazos lo rodearon lentamente, acercándolo aún más.
"Gracias…por todo…" el murmuro en su cuello resonó por su piel, lentamente.
"De qué? Es tu mérito, no el mío…tú te lo ganaste, no yo, idiota…lo hiciste por ti, no por nadie más, con tu fuerza…es tú crédito…"
"Gracias de todas formas…" Besando su frente levemente dejó que el silencio se hiciera presente nuevamente, sólo el crepitar de la madera nuevamente llenando el ambiente de forma esporádica durante largos minutos, hasta que un susurro en su oído llamó su atención.
"Hoy es tu cumpleaños?" Era un murmuro tan leve que parecía desaparecer al decirlo, apenas audible pero lo suficiente como para que captara el significado.
"Hanji volvió a abrir la boca al parecer…" no abrió los ojos ni se movió de su cuello, se quedo quieto como si nada hubiera ocurrido. Aunque en otro momento estaría molesto ahora no tenía el deseo de interrumpir la situación, su voz era el reflejo de ese deseo; suave, casi soñolienta.
"Si…entonces, es verdad?" la sensación de sus labios en su cabello parecía un acto de presión por la respuesta. No necesitaba eso para contestarle, de todas formas.
"Si…por fin adivinaste…" un repentino beso cerca de su oído le hizo abrir los ojos lentamente en su lugar, hasta que un nuevo susurro se hizo presente, está vez cálido y con afecto palpable en aquella lenta y baja voz.
"Feliz cumpleaños, Levi…" inconscientemente sus manos se aferraron más a ella en ese momento, sus ojos se cerraron nuevamente y sus labios volvieron a tocar la piel de su cuello en un movimiento lento, tratando de hacer lo efímero durar más tiempo en su muestra de afecto.
"No me importa, pero gracias de todas formas…" susurró en su piel tan imperceptiblemente que solo la sensación en su piel de labios moviéndose avalaban su acción.
Recibiendo otro beso en el rincón de sus labios volvieron a caer en silencio, cualquier pensamiento completamente ausente de sus mentes en ese momento, refugiándose en el otro durante momentos cortos, nada interrumpiendo la momentánea paz, ni la nieve que tanto odiaba o que en el futuro ya no se verían tan a menudo como antes, era una tranquilidad inquebrantable y solamente podía ser rota por ellos dos.
N/A: Si pensaron que no iba a seguir se equivocaron XD lo que paso fue que después de las pruebas entre a trabajar y allí se me fue todo diciembre, pero ahora volví (este fic es ultra mega cliché pero estoy tratando de "aprender" a escribir de nuevo así que es como una práctica) ahi voy a hacer otras cosas, ya verán!
