Hola de nuevo, disculpen si me tarde de nuevo, este cap es de mis favoritos, los que ya han leído la historia original podrán notar que agregué una frase al final de este cap., puedo explicarselos si lo desean, en cuanto al número de capítulos, son más de 20 y menos de 30, perdonen si no les doy una respuesta concreta, no es por ser pesada, sino que me gustaría que no se preocuparan por ello, disfruten, ok? Ok. Gracias por sus comentarios.


Capítulo 20

Una de las convenciones menos estúpidas sobre el género de los chicos con cáncer es la convención del Último buen día, donde la víctima de cáncer se encuentra a sí misma con algunas horas inesperadas donde parece que el inexorable decaimiento ha mejorado, o cuando el dolor es soportable por al menos un momento. El problema, por supuesto, es que no hay manera de saber que ese buen día es tu último buen día. Entonces, es sólo otro día.

Me había tomado un día libre de visitar a Rachel porque me sentía un poco indispuesta: nada específico, sólo cansada. Había sido un día perezoso cuando Rachel había llamado, justo después de las cinco de la tarde. Ya había conectado mi BiPAP, el cual habíamos arrastrado a la sala, así podía mirar tv con mamá y papá.

—Hola Rachel —dije.

Contestó con la voz de la que me había enamorado.

—Buenas tardes, Quinn Fabray. ¿Crees que puedes encontrar tu camino hacia el Literal corazón de Jesús, a las ocho p.m.?

—Uh, ¿sí?

—Excelente. También, si no es mucho problema, por favor prepara un elogio.

—Um —dije.

—Te amo —dijo.

—Y yo a ti —contesté. Luego el teléfono se cortó.

—Um —dije—. Tengo que ir al grupo de apoyo hoy a las ocho. Sesión de emergencia.

Mamá puso la televisión en mudo.

— ¿Está todo bien?

La miré por un segundo, mis cejas se levantaron.

—Supongo que es una pregunta retórica.

—Pero, ¿por qué habría...?

—Porque Rach me necesita por alguna razón. Está bien. Puedo manejar — jugué con el BiPAP, así mamá me lo quitaría, pero no lo hizo—. Quinn — dijo—, tu padre y yo sentimos que apenas te vemos.

—Particularmente, aquellos que trabajamos toda la semana —dijo papá.

—Me necesita —dije, finalmente sacándome yo misma el BiPAP.

—Nosotros también te necesitamos —dijo mi papá. Tomó mi muñeca, como si fuera una niña de dos años corriendo por la calle, y me apretó.

—Bueno, entonces ten una enfermedad terminal papá, y entonces estaré más en casa.

—Quinn—dijo mi papá.

—Tú fuiste la que no quiso que sea una persona hogareña —le dije a ella. Papá todavía agarraba mi brazo—. Y ahora quieres que ella continúe y muera, así yo volveré a estar encadenada en este lugar, dejando que me cuides como solías hacer. Pero no lo necesito, mamá. No te necesito como antes. Tú eres la que necesita conseguirse una vida.

—¡Quinn! —dijo papá, apretándome más fuerte—. Discúlpate con tu mamá.

Yo tiraba de mi brazo, pero él no me dejaría ir y no podía ponerme mi cánula con sólo una mano. Era exasperante. Todo lo que quería era una antigua salida de adolescente, salir pisando fuerte del cuarto, cerrar de golpe la puerta de mi dormitorio y subir el volumen alguna canción de Barbra y escribir un elogio con furia. Pero no podía, porque no podía respirar.

—La cánula —gemí—, la necesito.

Mi papá inmediatamente me soltó y se precipitó a conectarme con el oxígeno. Podía ver la culpa en sus ojos, pero todavía estaba enfadado.

—Quinn, discúlpate con tu mamá.

—Está bien, lo siento, sólo por favor déjenme hacer esto.

No dijeron nada. Mamá sólo se sentó con los brazos cruzados, sin siquiera mirarme. Después de un rato, me levanté y fui a mi cuarto a escribir sobre Rachel. Tanto mamá como papá trataron varias veces de golpear la puerta o lo que fuera, pero sólo les dije que estaba haciendo algo importante. Me tomó muchísimo entender lo que quería decir, e incluso en ese momento no estaba feliz con ello. Antes de, técnicamente, terminar, me di cuenta de que eran las 7:40, lo cual significaba que llegaría tarde, incluso si no me cambiaba. Finalmente usé unos pantalones de pijama de algodón azul, una camisa de Butler de Rach y chancletas.

Caminé fuera de mi habitación y traté de salir pero mi papá me dijo:

—No puedes dejar la casa sin permiso.

—Oh, por Dios, papá… ella quería que le escribiera un elogio ¿está bien? Estaré en casa todos los días. Noches. Enloqueciendo, partiendo de cualquiera de cualquier día ahora ¿vale? —eso finalmente los hizo callar.

Me tomó todo el viaje calmarme sobre mis padres. Me detuve en la parte trasera de la iglesia y aparqué en la entrada para vehículos detrás del coche de Rachel. La puerta trasera de la iglesia estaba siendo abierta, sostenida por una piedra del tamaño de un puño. Adentro, pensé en usar las escaleras pero decidí esperar por el antiguo ascensor.

Cuando las puertas del ascensor se abrieron, estaba en el cuarto del grupo de apoyo, las sillas acomodadas en el semicírculo. Pero ahora sólo vi a Rach en silla de ruedas macabramente flaca. Me enfrentaba desde el centro del círculo. Había estado esperando a que las puertas del ascensor se abrieran.

—Quinn Fabray —dijo—, luces deslumbrante.

—Lo sé, ¿cierto?

Escuché un andar en la esquina oscura de la habitación. Brittany estaba parada detrás de un pequeño atril de madera, sosteniéndose de él.

— ¿Quieres sentarte? —pregunté.

—No, estoy a punto de elogiar. Llegas tarde.

—Tú vas... yo voy... ¿qué?

Rach me hizo un gesto para que me sentara. Empujé la silla hacia el centro del círculo con ella mientras giraba la silla para enfrentar a Britt.

—Quiero asistir a mi entierro —dijo Rach—. A propósito ¿hablarás en él?

—Um, por supuesto, sí —dije, dejando que mi cabeza cayera en su hombro. Me estiré por su espalda y la abracé a ella y a su silla de ruedas. Se estremeció. La solté.

—Impresionante —dijo—. Espero poder asistir como un fantasma, pero sólo para asegurarme pensé que... bueno, para no ponerlas en el terreno, esta tarde sólo pensé que podría arreglar un pre-funeral e imaginé que como estoy con un espíritu razonablemente bueno, no hay tiempo como el presente.

— ¿Cómo entraste aquí? —le pregunté.

— ¿Creerías que dejan la puerta abierta toda la noche? —preguntó Rach.

—Um, no —dije.

—Tampoco deberías —sonrió Rach—. De todos modos, sé que es un poco auto agrandarse.

—Oye, estás robando mi primer elogio —dijo Britt—. Mi primer parte sobre cómo eras una bastarda que se auto agrandaba.

Reí.

—Está bien, está bien —dijo Rach—. Es tu tiempo.

Britt aclaró su garganta.

—Rachel Barbra Berry era una bastarda auto agrandada. Pero la perdonamos. La perdonamos no porque tenía un corazón tan metafóricamente bueno como su literal absorbida, o porque sabía más sobre cómo sostener un cigarrillo que cualquier no fumador en la historia, o porque tiene 18 años y debería haber tenido más.

—17 —la corrigió Rach.

—Estoy asumiendo que tienes un poco de tiempo, bastarda interruptora.

—Te estoy diciendo —continuó Britt—, Rachel Berry hablaba tanto que interrumpe en su propio funeral. Y era pretenciosa: dulce Jesucristo, esa chica nunca se enojó sin considerar las abundantes metáforas resonantes de la pérdida de producción de los humanos. Y era vanidosa: no creo alguna vez haber conocido a una persona físicamente atractiva que fuera más consciente de su atractivo físico… pero siempre diré esto: cuando los científicos del futuro aparezcan en mi casa con ojos robots y me digan que los pruebe, les diré a ellos que se desenrosquen, porque no quiero ver un mundo sin ella. Sin Rachel Berry.

En este punto, estaba a punto de llorar.

—Y luego, habiendo hecho mi punto retórico, me pondré mis ojos robóticos porque con ellos probablemente puedas ver a través de las faldas de las chicas y esas cosas. Rachel, mi amiga, buen viaje.

Rachel asintió por un momento, sus labios se fruncieron y luego levantó sus pulgares hacia Britt. Después de recuperar su compostura, agregó:

—Cortaré la parte sobre ver a través de las faldas de las chicas.

Britt todavía se agarraba del atril. Empezó a llorar. Presionó su frente contra el podio y miré a sus hombros temblar, y luego, finalmente dijo:

—Maldita Rachel, editando su propio elogio.

—No maldigas en el corazón literal de Jesús —dijo Rach.

—Maldita —dijo de nuevo Britt. Levantó su cabeza y tragó—. Quinn ¿puedes darme una mano aquí?

Había olvidado que ella no podía regresar por su cuenta al círculo. Me levanté, puse su mano en mi brazo y la llevé despacio hacia la silla al lado de Rach, donde había estado sentada. Luego caminé hacia el podio y saqué el papel donde había impreso mi elogio.

—Mi nombre es Quinn. Rachel Berry fue el gran amor de mi vida. La nuestra fue una épica historia de amor y no seré capaz de pronunciar una o dos oraciones sin desaparecer en un mar de lágrimas. Rach sabía. Rach sabe. No les diré nuestra historia de amor porque, como toda verdadera historia de amor, morirá con nosotras, como debe. Había esperado que me elogiara a mí, porque no hay nadie a quien preferiría tener que... — comencé a llorar—. Está bien, cómo no llorar. Cómo voy a... bien. Bien.

Respiré varias veces y regresé a la página.

—No puedo hablar sobre nuestra historia de amor, así que hablaré sobre matemáticas. No soy una matemática, pero sé esto: hay infinitos números entre el 0 y el 1. Hay .1 y .12 y .112 y una infinita colección de otros. Por supuesto, hay una colección más grande de números entr entre 0 y un millón. Algunos infinitos son más grandes que otros. Un escritor que nos gustaba nos enseñó eso.

—Hay días, muchos de ellos, cuando me resiento por el infinito. Quiero más números de los que soy capaz de conseguir, y Dios, quiero más números para Rachel Berry de los que tiene. Pero, Rach, mi amor, no puedo decir cuán agradecida estoy por nuestro pequeño infinito. No lo comercializaría con el mundo. Me diste un para siempre dentro de los días numerados y estoy agradecida.

Ella me estaba mirando, con esa sonrisa tan suya, esos ojos tan brillantes, y por un segundo, por un pequeño infinito, éramos solo ella y yo, no había nadie más en el universo. Salvo las estrellas.