CAPITULO DIECINUEVE

Notificaciones y algunos descubrimientos

(Parte dos)

-¡Obliviate! –gritó un hombre tras desaparecer, en un clic efímero.

El frío invernal de esa noche tomó posesión de los vellos de Alexa que, erizados, hacían correr recuerdos de algún sueño, donde la máscara tapaba el rostro de un ser tan malévolo como su tatuaje de serpiente. Un hombre que la sostenía firmemente pero con una dulzura escondida, acobijándola de algún dolor posterior, de algún sufrimiento mental. Y luego, queriendo rebuscar más en esos detalles diminutos, la cabeza de Alexa se ahogaba en una laguna de vapor. Le ponían trabas a un muro que no la dejaba avanzar, que no la dejaba recordar.

-¡Atrévete a tocarme un pelo y juro que tu papito no va a poder hacer nada para salvar tu pellejo en esta casa! –atacó Mathew, con la varita en el cuello de un pequeño de primero.

(Nuestro querido amigo había estado peleando con los pobres magos principiantes desde la salida del Gran Comedor hasta las mazmorras frías y desoladas)

-Bueno, creo que debemos parar acá –remarcó Lex, interponiéndose entre los alumnos nuevos y su amigo. Tras unos segundos de observación, se paró frente a un muro de piedra–. La contraseña es algo que mantiene al resto de las casas lejos de la nuestra. Y para evitar que metan sus narices aquí, la iremos cambiando semanalmente.

-¿Qué cosa cambiaremos? –preguntó uno, mirándola inquisitivamente.

-La contraseña, inepto –respondió Mathew, lanzando una mirada asesina a los más pequeños.

-Son sólo niños –susurró Alexa–. Ustedes deben entender que a nadie pueden decirle cuál es el nombre secreto que resguarda nuestra sala común ¿De acuerdo?

-De lo contrario, podremos ir torturándolos de a poco. Uno por uno –dijo una sombra que, desde la penumbra, observaba todo con una sonrisa victoriosa y de brazos cruzados.

Malfoy.

-Eso es una mentira, chicos. No deben escuchar cada… estupidez que dicen los grandes –sentenció Alexa, sonriendo a los de primer año e ignorando la presencia pesada de un integrante de la familia más conocida del mundo mágico; por el contrario, se volteó y murmuró al paredón que aguardaba la espera–, grandeza venenosa.

-Espero que no se olviden, no pienso ayudarlos a recordar una simple frase –dijo Mathew, censurando el porte de los intrigantes niños.

A continuación, un muro de piedra separó sus ladrillos estrepitosamente y se fueron deslizando hacia los costados, dejando la entrada de la sala común abierta a los nuevos integrantes de una familia que nada tenía que ver con la sangre, sino con la dignidad de una serpiente y el orgullo de un ganador.

Cada boca de los magos de menor edad se abrió para dejar salir el asombro de quien nunca vio un castillo erguirse majestuosamente. Porque allí, frente a sus ojos, los escalones llevaban hacia un comedor de paredes oscuras y ventanales, que se mantenían presionadas contra el agua del lago oscuro y protegían la intimidad de las serpientes. En el techo, grandes arañas de hierro y con una antigüedad clásica iluminaban la habitación tenue, dándole un toque sofisticado a la vivencia, combinando con los sillones de cuero ambiguos que se esparcían en gran cantidad: algunos cerca de la chimenea inmensa que calentaba los cuerpos fríos de los estudiantes, otros frente a las bibliotecas particulares (que contenían en su mayoría biografías y secretos oscuros de antiguos pertenecientes a la casa) y algunos otros más cerca de la vista de los animales acuáticos, que visitaban de vez en cuando los cristales que conectaban con la sala común. A la izquierda, una escalera de caracol llevaba a un pasillo con muchas habitaciones; a la derecha otro pasillo se ampliaba hacia el más allá, con infinitas puertas y el silencio que siempre acompañaba el misterio.

Fuera de eso, nada sorprendía a los de slytherin. Nada que no tuvieran en sus grandes palacios a los que llamaban hogares, ni muchos menos la humildad característica de un espejo que oculta la verdad, como en este caso todos los artefactos que guardaban algo de historia, algo oculto que pertenecía, que era de todos los sangre pura, mestizos o hijos de muggles que dormían en esos aposentos, que se sentaban a leer los libros, que estudiaban en los escritorios de madera maciza, que se quedaban horas observando los peces pasar, o que simplemente imaginaban una vida acuática lejos de las paredes de las mazmorras. Incluso los de primer año dejaban su huella, un camino que recorrerían mucho más que en sus casas; relaciones que entablarían fuertemente, comparando sus dichas memorias con los de sus propias sangres. Y lo que nadie sabía, lo que muchos juzgaban o desconocían, era la fuerza de las serpientes, los unidos que resultaban ser puertas adentro, el cuidado que ejercían en sus posesiones, en lo que era de ellos. Eso representaba la sala común de Slytherin, unidad, secretos, ¿Amor?

-¿Krum? ¿Greengass? ¿Podemos hablar? –preguntó Malfoy, a espaldas de los prefectos.

Los niños se empezaban a acomodar, inspeccionaban su territorio y marcaban su espacio frente a los más grandes, ignorantes de lo que en algún momento fue también su intriga y asombro.

-Malfoy, lo lamentamos, pero somos personas importantes y tenemos responsabilidades. Como verás, nos nombraron prefectos –respondió Mathew, mostrándole una de sus sonrisas falsas.

-No tengo humor para escucharte Greengass, de hecho te invito a que vengas a escuchar lo que tengo para decir porque sé que de lo contrario, tu amiga Krum no se acercaría a mí –replicó Scorpius, cruzándose de brazos, mirando a la rubia que hacía caso omiso a la charla de los muchachos.

-Entonces si sabes eso, también deberías saber que mi respuesta siempre va a ser no. Soy amigo de Krum, no su guardaespaldas. Además quiero descansar para las prácticas de quidditch. Así que lo siento, pero me voy.

Y así, sonriente con victoria asegurada, se fue Mathew Greengass. Un mago conocido y popular que a todo lo utilizaba con sarcasmo, un buen chico de porte elegante, de cracterísticos rasgos italianos mezclados con el acento inglés de quien nació en cuna de oro, respaldado por la riqueza de una mujer soltera y viciosa. Un mago de buen poder y gran asombro para la inteligencia requerida en pociones, inclinado a gustos exóticos, entre ellos algún que otro compañero de habitación.

Besando a su amiga Lex en los labios como siempre acostumbraba a hacer, desapareció entre el pasillo derecho de habitaciones, dejando a una chica tan hermosa como ella a manos de un león enjaulado entre serpientes. Scorpius no malgastó ni un segundo y la llevó hacia la biblioteca con fuerza, sin importarle el hecho de que media casa los miraba con curiosidad, queriendo averiguar que se traía entre manos el dichoso primogénito de los Malfoy. Apoyándose en la mesa redonda que contenía un mapa inscripto en él, miró a la misteriosa muchacha, que no había abierto la boca para objetar ni siquiera la fuerza que había dejado marcado los dedos en su brazo delgado. Extraña en verdad.

-No me preguntarás por qué quiero hablar contigo ¿Verdad?

-¿Acaso accedí a querer hablar contigo? –preguntó por primera vez, con sarcasmo–, hasta lo que sé corriste fuera del Gran Comedor y ahora me arrastras hasta aquí. Eres muy raro.

-Y tú también. ¿Cómo es que, en casi seis años, nunca coincidí contigo? Vivimos en la misma sala común, tenemos las mismas materias y conociendo tus antecedentes, debes saber demasiado a cerca de quidditich. Entonces mi duda radica en –ahora se acercó a ella para mirar bien sus pupilas de hielo y sonrió de costado–, ¿Quién eres? ¿Cómo es tu nombre?

Algo le sonaba a peligro, no sabía si era la cercanía de Malfoy que la perturbaba de una manera distinta a la usual, o el hecho de que su identidad resultaba de gran importancia para alguien quien había perdido la cabeza queriendo encontrar pistas de un secuestro ingenioso. Y tampoco supo con exactitud que pasó en su mente, porque su respuesta fue muy distinta a la que tenía pensado decir:

-Lex. Hermana menor de Orión Krum. Hija de Víktor Krum. Sangre húngara –respondió ahora con enojo, arrugando su ceño y empujando al príncipe de las serpientes con dureza hacia la mesa– y para tu información, no juego al quidditch porque rompería tu trasero y te dejaría sin puesto. Ahora déjame en paz, paranoico.

Era la primera vez que se enfrentaba a una situación tan intimidante con un chico más grande, al que muy internamente, le temía. Con los nervios a flor de piel, corrió hacia las escaleras desapareciendo de la vista de Scorpius Malfoy.

Pero lo que ella no sabía era que él, exactamente como se lo esperaba, había encontrado una pista, una esperanza que indicaba que estaba cerca de conseguir su objetivo. Porque nada podía sacar de contexto a la extraña Lex Krum, supuesta hija de Krum, ex novio de su madre, Hermione Granger.

Así que, irguiéndose de su mal postura, alisó su traje del colegio y con la alegría al pie del límite, caminó hacia su habitación, trazando un pequeño plan que serviría de prueba.

Después de todo, algo que caracterizaba a los Malfoy era la negación que tenían sobre las responsabilidades que caían sobre ellos. Y si así era, esta Lex negaría su falla en cualquier accionar dentro de las futuras pruebas que Scorpius le pondría.


Abraxas, allí, en la sala común, solo y con el fuego lento que iluminaba su rostro, se sentó en una mesa y comenzó a escribir quizás una carta que no tendría remitente o que por lo menos, de desconocido lugar geográfico.

Ya estaba vestido de pijama y sus ojos comenzaban a cansarse, como quien aguanta la respiración y al final del trayecto, larga el aire cayendo a algún vacío que lo ampare.

Querida Alexa,

Ya tengo once años. Soy un mago por fin. Y tal cual me dijiste cuando era pequeñito, a esta edad debía de escribirte una carta para explicar lo que siento sobre la casa que me tocó. No espero que encuentres esto que estoy haciendo por ti, ni que te acuerdes de esa promesa que me hiciste, porque tampoco sé si estas viva o si sabes quién soy. Pero no importa, mamá siempre dice que no hay que perder las esperanzas por cosas que no tienen un final.

¡Soy de Gryffindor! Y tengo mucho miedo de saber qué pensará padre a respecto, le debía orgullo y admiración, yo siendo el más pequeño de la familia tenía que representar la fuerza de su sangre que aún puede derrotar la furia de mamá. Esa furia de león que puede morder a cualquier serpiente y matarla de un suspiro. Bueno, pues ahora creo que yo soy esa última furia que queda de su antiguo león, por lo menos considero que tú estarías orgullosa de mí, de que no dejo a mamá sola entre tanto veneno.

Cuando el sombrero seleccionador me eligió como león, me juré a mí mismo que haría lo imposible por encontrarte, no desde la búsqueda permanente que hacen tío Harry y tío George, ni tampoco desde el espionaje como tío Theodore y su esposa, la tía Pansy. Sé que no tengo el coraje ni la edad para recorrer lugares como papá lo hace desde que desapareciste, ni tampoco esa frialdad de Scorpius para aparentar una imagen que todavía no logro entender. Pero sí sé que, desde mi pequeña inteligencia y desde los libros, conseguiré acceder a ti. Y puede que no logre encontrar tu cuerpo, pero sé que me conectaré contigo de alguna forma. Y mamá y papá se pondrán felices, por lo menos padre aceptará que sea un gryffindor.

Mañana tengo mi primera clase, con el profesor Longbottom. Fiel amigo de mamá. Ella te extraña. Todavía no puede ser feliz, yo la haré feliz. Te lo prometo.

Con amor,

Abraxas Severus Malfoy

P.D: encontré las mariposas de tío George y las exploté, como hiciste tú cuando quisiste asustar a Scorpius. Sólo que esta vez no pude asustar a nadie.

Cerrando la carta con una leve cinta de papel, corrió hacia la ventana y la abrió, dejando a la vista un hermoso búho que aguardaba su próxima misión. Le colocó la hoja guardada en un sobre, sobre sus patas y lo miró con dulzura.

-A mi hermana, Alexa Malfoy.

Sin esperar nada más, el pequeño Abraxas dejó todo en su lugar y caminó hacia su habitación nueva, con una sonrisita de alegría inocente y sus manos envueltas en un rezo típico de quien desea conseguir algo.


Entre las nubes, el búho voló y voló, bien lejos del castillo, a cientos de kilómetros, donde el frío era el principio de un nuevo castillo, donde la maldad esperaba con las manos abiertas más cartas del menor de los Malfoy. Y es que lo curioso era que, no resultaba difícil encontrar a Alexa Malfoy a través de las cartas. Todo lo contrario.

En un palacio cubierto de nieve y de grandes ventanas oscuras con retoques alemanes, dos magos se disponían a beber de sus licores mientras gastaban el tiempo en ocios caros y grandes charlas profundas.

-¿Otra carta? –preguntó Zabini, sentado en un sillón con su típico trago favorito.

-Este niñito no se cansa y a mí me está poniendo nervioso –declaró Krum, empujando a la lechuza lejos de su ventana. Tomó la carta en sus manos y la abrió con brutalidad.

-Deberías tener cuidado con eso –acotó Zabini, muy serio y con gravedad en su voz–, muchos dicen que ese chiquito es bien hijo de Granger. Inteligente, como pocos, y audaz como su padre. Una combinación peligrosa, Krum. De verdad deberías preocuparte.

-¿Qué? ¿Por ese mini Malfoy? Zabini, la he tenido a Alexa a menos de un metro de distancia de sus padres y ellos no se han percatado de su existencia. Es compañera de Scorpius Malfoy y vivió seis años cerca de su círculo. Nunca pasó nada. Eso sí es peligro.

-Pero ahora es distinto –Zabini se levantó del asiento y tiro el resto de su trago al fuego de la chimenea–. Porque hay un Malfoy más entre las filas de ese colegio, uno que se leyó toda la biblioteca de su casa antes de los diez años. Un pequeño, como dices tú, que siempre fue positivo y tuvo fiel esperanza en recuperar a su hermana. Uno que fue criado bajo el ala de su madre, Hermione Granger, inculcándole valores que secretamente él fue adquiriendo en contra de su padre. Abraxas Malfoy es llamado así por su antecesor, un mago que destituyó al Primer Ministro Muggle y que obtuvo más riquezas de las que cualquiera se imaginaría. Por ende, el que avisa no traiciona amigo mío; esta vez será más difícil.

-El día en que quieran quitarme a mi hija, Zabini, te juro que no tendré piedad, ni con mi Hermione. Y si tengo que matar a Lex para que nadie la tenga, lo haré. Es mía, esa niña es mi creación.

-No puedo creer que yo sea tu aliado –murmuró el otro con la vista en el ventanal–. Eres muy ingenuo al creer que Malfoy no se dará cuenta de la verdad. Nunca conocí a alguien más desquiciado que él, no sabes cómo fue su vida luego de lo que le hiciste. Yo tendría miedo si fuera el padre sustituto de esa niña.

-¡Yo soy el padre verdadero!

-No –dijo él tranquilamente–. No lo eres. Y cuando se descubra la verdad, Alexa te odiará. ¿Pero sabes quién será el que te mate?

-Ilumíname, amigo.

-El mayor, Scorpius. Él te hará pedazos, no hay nadie peor que Malfoy a excepción de su hijo. Es la viva imagen del odio de Bellatrix Black.

-Nunca conocí a esa mujer, así que no me preocupa –finalizó Krum, con una sonrisa en su rostro y volviendo a tomar de su vaso de cristal.

-Yo sí la conocí. Y la mató una mujer pobre que cuidaba de su hija. ¿Coincidencia? –susurró Blaise Zabini, con su último suspiro perdedor.