¡Hola de nuevo!
Sí, es un milagro que haya vuelto con otro capítulo. No ha pasado ni un mes y aquí lo tenéis. La verdad es que este capítulo y el siguiente me están dando un poco la tabarra porque sé lo que quiero poner pero no cómo ponerlo. Y, cuando por fin consigo desarrollarlo, no me gusta cómo queda o no me termina de convencer.
En fin, este capítulo tiene 13 páginas de word y, como podéis comprobar, es la primera parte. La segunda parte aún no la tengo terminada, pero sé cómo quiero desarrollarla. No lo hice todo junto porque quedaría un capítulo muy, muy, muy largo y porque no quería haceros esperar más; así que aquí tenéis la primera entrega.
Quiero comentaros una cosa. Llevo unos días con la duda de si relatar cómo "secuestran" los horrocruxes y luego los destruyen o no. Tengo más o menos pensado en qué capítulo hacer cada cosa; pero tengo la duda de si desarrollarlo o no. Es decir, en los capítulos veríais cómo investigan en equipo para encontrar el siguiente horrocrux, pero no sé si luego desarrollarlo o no. No sé si me estoy explicando (perdonadme, llevo un día muy duro y tengo la cabeza algo espesa). Lo que quiero decir es que no sé si saltarme la parte en la que salen de la isla para coger el horrocrux o no. Creo que al final sí que lo acabaré haciendo porque me conozco y me pondría muy nerviosa porque no sabría cómo sacar adelante esas escenas. Así que, aunque la decisión esté ya casi tomada, me gustaría saber vuestra opinión porque me ayudaría mucho.
Eso es todo por ahora, nos leemos abajo, amores.
Pabel Moonlight.
CAPÍTULO XX
GRINGOTTS (I)
Todos tenían la alegría reflejada en sus rostros, por fin empezaban a ver la luz en medio de toda la oscuridad.
Hasta que Ron habló.
–Todo eso me parece muy bonito, chicos. Pero… ¿cómo nos colamos en Gringotts?
–Ron tiene razón –dijo Hermione, volviendo a sentarse–. Tenemos que hacerlo cuanto antes.
–¿Habéis encontrado algo? –preguntó Harry, sentándose también mientras hacía que un plato con comida se posase en la mesa frente a él.
–Nada –dijo Ron, cortando un trozo de carne–. Absolutamente nada.
–¿Cómo es el horrocrux que está ahí? –preguntó Draco.
–Es la copa de Hufflepuff –contestó Harry antes de llevarse un pedazo de pastel de carne a la boca.
–¿Y dónde está exactamente? –preguntó Astoria.
–En la cámara de los Lestrange –dijo Hermione.
Draco y Astoria se miraron, y éste se echó a reír.
–Buena suerte entonces. Mi tía es lo más paranoico que os podáis echar en cara –dijo Draco.
–A esa conclusión ya habíamos llegado nosotros, Malfoy –contestó Hermione.
–Sólo digo que si ya de por sí es difícil colarse en Gringotts, ahora que Voldemort tiene su control va a estar muy jodido –replicó Draco tras haber dado un trago de agua–. Además, la cámara de mi tía está en la parte más profunda; en la bóveda con más seguridad, porque es ahí donde se encuentran las cámaras de las familias más poderosas del mundo mágico.
–¿Alguna de las cosas que habéis investigado esta mañana puede servirnos de algo? –inquirió Harry.
–No es nada que no sepamos ya, Harry –contestó Hermione–. Como ha dicho Malfoy, la bóveda en la que están esas cámaras es la que mayor seguridad tiene. Hay muchas criaturas mágicas, como esfinges o dragones, protegiéndolas –Hermione pasaba su mirada de Harry a Ron y viceversa, mirando también de vez en cuando a Astoria, pero nunca a Draco–. Y, además, está por medio la Catarata de los Ladrones, con lo que no podemos usar poción multijugos ni maldiciones protectoras. ¡Ni siquiera podemos usar un encantamiento desilusionador!
–¿Qué hace exactamente esa Catarata? –preguntó Astoria.
–Es un chorro de agua por el que pasa el vagón de camino a la bóveda de máxima seguridad –explicó Hermione–. Al pasar por debajo de ella hace que las personas se muestren tal como son. Es decir, si por ejemplo alguien hubiese utilizado poción multijugos para transformarse en Bellatrix, al pasar bajo la Catarata los efectos de la poción desaparecerían.
–La Capa es una de las Reliquias. Es inmune a eso –reflexionó Harry.
–¡Es cierto! –dijo Hermione–. Entonces una parte la tenemos resuelta, pero ahora nos falta lo más importante.
–Un momento –dijo Draco–. ¿Tienes la auténtica Capa de Invisibilidad?
–Herencia de mi padre –contestó Harry encogiéndose de hombros.
–Pensaba que era una leyenda urbana –intervino Astoria.
–Puedo aseguraros que no –dijo Harry riendo–. ¿Cómo sino creéis que he salido con vida de más de una situación durante todos estos años en Hogwarts?
–¿Podemos volver al tema importante? –preguntó Ron, que empezaba a desesperarse.
–Sí, sí –dijo Hermione–. La Catarata de los Ladrones no es el único obstáculo con el que nos encontraremos.
–¿Hay más? –preguntó Astoria.
–Por algo son las cámaras con mayor seguridad de todo Gringotts, Greengrass –dijo Ron con acidez.
–Ron, déjalo ya –le advirtió Hermione–. Una vez consigamos pasar la Catarata nos encontraremos con otro inconveniente. Las cámaras están encantadas. O mejor dicho, los objetos que hay dentro de ellas. Nos encontraremos ante dos tipos de maldiciones: la Geminio y la Flagrante. La primera hace que, al tocar uno de los objetos, éste se multiplique. Y la segunda hace que un objeto arda si lo tocas. Así que sólo se me ocurre una cosa al respecto, pero no sé si funcionará.
–¿El Finite Incantatem? –preguntó Draco.
–Exacto –contestó Hermione–. El caso será que deberemos probarlo, pero no estoy convencida de que vaya a funcionar.
–Se te ha olvidado el pequeño detalle de que desde que pongamos un pie en Gringotts habrá un duende que nos tenga que acompañar todo el recorrido –dijo Ron.
–Ya lo sé, Ronald –contestó Hermione–. Supongo que será un buen momento para usar la maldición Imperius.
–Vaya, pensaba que jamás escucharía eso –dijo Draco sorprendido.
–Situaciones desesperadas requieren medidas desesperadas, Malfoy –replicó Hermione–. De todas formas –añadió, apartando su mirada del rubio–, eso son sólo pequeños detalles a tener en cuenta. Tenemos mucho por delante aún. Tenemos que dar con el plan perfecto porque el lema de Gringotts no es precisamente alentador.
–¿Qué dice exactamente? –preguntó Astoria–. A lo mejor hay algo a lo que podamos aferrarnos para poder entrar.
–"Entra, desconocido, pero ten cuidado con lo que le espera al pecado de la codicia, porque aquellos que cogen, pero no se lo han ganado, deberán pagar en cambio mucho más, así que si buscas por debajo de nuestro suelo un tesoro que nunca fue tuyo, ladrón, te hemos advertido, ten cuidado de encontrar aquí algo más que un tesoro" –recitó Hermione de memoria–. Créeme, le he dado mil vueltas y no he encontrado nada. ¡Nada! –exclamó con desesperación.
–Draco es el sobrino de Bellatrix –dijo Astoria.
–Vaya Greengrass, gracias por la aclaración –contestó Ron con sarcasmo–. No teníamos ni idea.
–Ron… –dijo Harry a modo de advertencia.
–El caso es –continuó Astoria ignorando el comentario de Ron–, ¿no podría ir Draco en nombre de Bellatrix para sacarla?
–Esa excusa no podemos utilizarla –intervino Hermione–. En teoría él está muerto. No puede verle nadie.
–Los duendes no tienen por qué saber que estoy muerto –dijo Draco–. No creo que Voldemort vaya por ahí perdiendo tiempo en eso.
–Aun así, es muy arriesgado –contestó Hermione.
–Entonces iré yo –dijo Astoria resuelta.
–En teoría tú también estás muerta –puntualizó Ron.
–Granger, tú misma lo has dicho –replicó Astoria mirando a Hermione–. Es imposible colarse en Gringotts mediante magia. Somos vuestra mejor coartada y lo sabes.
Se hizo silencio. Draco y Astoria se mantenían firmes en su propuesta. Ron, Hermione y Harry se miraban entre ellos, sopesando en silencio si aceptar o no.
Era cierto lo que había dicho Astoria. Mediante magia no tenían nada que hacer. Pero si uno de ellos les acompañaba… Entonces había una remota posibilidad de que lo consiguiesen.
–Está bien –contestó Harry–. Uno de los dos vendrá con nosotros. Pero de todas formas tenemos que dar con el plan adecuado. Nos estamos jugando mucho en esto.
–Creo que es mejor que vaya yo –dijo Astoria.
–Ni hablar, no voy a arriesgarme a que te pase nada –contestó Draco mirándola.
–Draco, piensa un poco. Tú llevas meses desaparecido. Yo fui con mi familia la semana pasada a Gringotts. Hace sólo tres días que mis padres murieron. Es normal que quiera ir a comprobar el estado de mi herencia –dijo Astoria, mirándole con confianza en sí misma.
–Ella tiene razón, Malfoy –intervino Harry–. Es la coartada más fiable.
–Entonces está todo claro, ¿no? –dijo Astoria sonriendo–. Ya sólo queda perfeccionar el plan.
–Exacto –contestó Hermione–, y tenemos que decidir quién te acompañará.
–Yo iré –dijo Draco.
–No, tú te quedas –contestó Harry–. Ya estamos arriesgando mucho contando con Astoria, no podemos permitir que tú también estés involucrado.
–Iremos los de siempre –aseguró Ron.
–No creo que tú debas venir, Ron –dijo Hermione, y ante la cara que puso el chico, ella añadió–. Seamos realistas, los tres no cabemos bien debajo de la Capa. Además, tú has crecido mucho últimamente. La capa no te cubrirá los pies.
–Eso son tonterías –repuso Ron–. Siempre nos las hemos apañado para caber los tres debajo de la Capa, así que esta vez no será diferente.
–Hermione tiene razón, Ron –dijo Harry–. Además, cuantos menos seamos mejor. Tenemos que enfrentarnos a muchos obstáculos y, en este caso, tres son multitud.
–No podéis estar diciéndolo en serio –Ron miraba a Harry y a Hermione con decepción–. Me necesitáis.
–Me temo que para esta misión no, Ron… –murmuró Hermione apartando su mirada de él.
–¡Entonces no sé qué demonios pinto aquí! –gritó Ron mientras se levantaba y subía enfadado las escaleras.
Lo siguiente que se escuchó fue un gran portazo.
–¿Es siempre así? –preguntó Astoria.
–La mayoría de las veces –contestó Harry, restándole importancia–. Estamos acostumbrados.
–Bueno, lo que importa es que ya lo tenemos claro, ¿no? –intervino Hermione– Harry, ve a Hogwarts y cuéntale el plan a Dumbledore. Dile que mañana lo llevaremos a cabo.
–Tienes razón, cuanto antes empecemos a destruir horrocruxes, antes acabará la guerra –dijo Harry.
–Potter, ¿puedo hablar contigo un momento? –dijo Draco.
–Claro –contestó el chico.
–¿Por qué no vamos tú y yo a la biblioteca a ultimar los detalles del plan? –preguntó Astoria a Hermione.
–Claro –contestó ella–. Luego nos vemos, Harry.
Una vez las chicas hubieron desaparecido de su vista, Draco habló.
–Necesito hablar con Snape.
–¿Snape? –preguntó Harry– ¿Puedo saber para qué?
–Ayer recibí una carta de mi madre en la que había un paquete para Astoria. Creo que tiene algún tipo de magia negra y quiero consultarlo con él. Es el que más puede ayudar.
–Se lo diré en cuanto llegue a Hogwarts.
Draco asintió con la cabeza, dándose la vuelta para irse a su habitación.
–Malfoy –le llamó Harry, haciendo que se girase a mitad camino para mirarle–, estás haciéndolo bien.
Draco volvió a asentir, esta vez sí, subiendo las escaleras.
Harry sonrió para sus adentros. "Malfoy y sus extrañas muestras de gratitud" pensó antes de desaparecerse.
···
La tarde pasó volando.
Ron no salió de su habitación en ningún momento, pensando que así conseguiría que sus amigos se arrepintiesen y le incluyesen en el plan; pero de lo que no se daba cuenta era que cuanto más se comportase como un niño, menos le tendrían en cuenta.
Hermione y Astoria estuvieron en la biblioteca, buscando posibles hechizos para poder salir airosos si se daba alguna situación de peligro. Además, contaban con Draco, que se mantenía al margen mientras ellas discutían algunos aspectos pero cuando veía que los argumentos que daban no eran sólidos intervenía para ayudarlas.
Casi a las siete de la tarde se escuchó un ruido proveniente del recibidor. Los tres se miraron: Astoria preocupada, Draco indiferente y Hermione sorprendida.
–Vaya, qué tarde se ha hecho –comentó Hermione mientras miraba su reloj de pulsera–. Deben ser Molly, Luna y Ginny. Voy a recoger esto y luego bajaré a ayudarles. Vosotros podéis descansar si queréis, hemos trabajado muy bien esta tarde –añadió mirando a Astoria con una leve sonrisa y evitando deliberadamente mantener contacto visual con Draco.
–Yo voy a aprovechar a darme una baño relajante antes de cenar, que mañana será un día largo –contestó Astoria mientras se ponía de pie–. Luego nos vemos.
Al haber estado poniendo los libros en su sitio, Hermione no se dio cuenta de que se había quedado sola con Draco en la biblioteca. Sólo fue consciente de la situación cuando notó que había alguien mirándola fijamente. ¿Y quién iba a ser ese alguien? Por supuesto, Draco Malfoy.
–¿Podemos hablar? –preguntó él, dando unos pasos hacia donde ella se encontraba.
Hermione se tensó y contuvo la respiración mientras él se acercaba a ella, obligándose a sí misma a mantenerse tan distante como lo había estado desde hacía días.
–¿Por favor? –añadió sin apartar la mirada de ella.
–Ya te he dicho que no tengo nada que hablar contigo, Malfoy –repuso Hermione.
–Te lo estoy pidiendo por favor, Hermione –volvió a decir él.
Ella sintió cómo su corazón se aceleraba cuando escuchó su nombre salir de los labios de él. Sinceramente pensaba que, tras haber conseguido lo que quería, él volvería a tratarla como siempre la había tratado; es decir, con el desprecio que sólo él sabía mostrar.
Pero también había pensado que él no querría saber nada más de ella. Y ahí estaba, pidiéndole por favor si podían hablar. Y no era la primera vez que se lo pedía.
"¡Por el amor de Merlín!" se dijo Hermione a sí misma. "¿Se ha vuelto el mundo loco?"
Él seguía mirándola y, poco a poco, avanzaba más y más. Y, mientras él avanzaba, ella retrocedía. Se sentía atrapada. Y es que no quedaba nada para que estuviese aprisionada contra una estantería. Entonces ya no tendría escapatoria.
–Ya te he dicho que no, Malfoy –dijo ella, intentando con todas sus fuerzas mostrarse firme y serena.
–¡Joder, Hermione! ¿Qué más quieres que haga? –preguntó Draco exasperado, lo que hizo que ella se sorprendiese–. Llevo intentando hablar contigo desde esa noche. ¡No me dejaste terminar! ¡Y como siempre, acabas sacando conclusiones precipitadas sin importarte siquiera lo que te tengo que decir!
El tono de voz de Draco era apenas un murmullo, pero la angustia en su voz fue lo que hizo que ella quisiera saber más.
Pero, a pesar de eso, no dio su brazo a torcer.
–Mira, Malfoy, no sé qué juego sádico tienes en mente, pero te digo de verdad que no quiero saber nada de eso –mientras hablaba, iba desplazándose hacia uno de los laterales, haciendo que el chico hiciese lo mismo al adivinar la intención que ella tenía–. Sí, lo conseguiste. Conseguiste engañarme como a una estúpida. Pero ya te digo que no voy a tropezar dos veces con la misma piedra.
Era la primera vez que Hermione se sentía capaz de mantenerle la mirada mientras hablaba. Y sólo Merlín sabía lo mucho que le estaba costando seguir firme en su decisión.
–Tú no lo entiendes, Hermione… –empezó a decir Draco.
–¿Qué es lo que no entiendo? –preguntó ella.
–Que yo no quiero estar prometido con Astoria –dijo él.
Pasaron unos minutos en silencio, mirándose. Hermione intentaba comprobar si él estaba diciendo la verdad, y Merlín sabía que quería creerle, pero una parte de ella la empujaba a desconfiar de él. Y Draco… Draco estaba siendo más sincero que nunca.
–Vale, no lo entiendo. No entiendo cómo puedes estar prometido con alguien a quien no amas –contestó Hermione, decidiendo creer lo que él decía.
–¡Yo no tuve nada que ver con eso! ¡Ya te lo dije! –exclamó Draco.
–¡Claro que tuviste que ver con eso! –respondió Hermione–. ¡Fuiste tú el que jugó con ella! ¡Y aunque no respeto lo que hicieron tanto ella como sus padres, tú te lo buscaste! ¡Ya iba siendo hora de que acarreases con las consecuencias de tus actos! ¡Ya era hora de que empezases a valorar a las personas como lo que son y no como objetos!
–¿Ves como no lo entiendes? –ahora era Draco el que se estaba alterando–. ¡Era un crío, Hermione! ¡No pensaba en lo que pudiese ocurrir al día siguiente! ¡Vivía el momento! Y sí, ¡era un egoísta! –respiró hondo, mirándola a los ojos y bajando el tono de su voz hasta que apenas fue un susurro–. Pero he cambiado. Ahora soy diferente, me siento diferente. Te he estado mostrando a la persona que soy ahora, Hermione.
Ella apartó la mirada de él, agachando la cabeza para que él no pudiese ver las emociones que empezaban a reflejarse en su rostro.
Draco apoyó su brazo izquierdo en la estantería que había detrás de Hermione, mientras que pasaba la mano que tenía libre por la barbilla de ella, haciendo que alzase el rostro para que sus miradas se encontrasen.
–Lo sé –contestó ella con un susurro apenas audible –. Pero no puedes pretender que yo actúe como si nada hubiera pasado –hizo una pausa, respirando hondo e intentando contener las lágrimas que sabía que pronto se acumularían en sus ojos–. ¡Estamos en medio de una guerra, por el amor de Merlín! Debería estar centrada en intentar ganarla y no dejar que me afecten tonterías –le miró a los ojos, esta vez con verdadera determinación–. Déjame cumplir con mi deber y tú cumple el tuyo.
Draco no tuvo tiempo a decir nada más, porque ella apartó el brazo que él apoyaba en la estantería y salió corriendo de la biblioteca sin mirar atrás.
···
La cena transcurrió con normalidad… más o menos. Molly se olía que habían estado tramando algo de esa misión que Dumbledore les había encomendado. Y, a decir verdad, ella no estaba de acuerdo en eso. ¡Eran aún unos niños, por el amor de Merlín! Era cierto que habían crecido y madurado por todas las cosas que habían vivido en los últimos años, pero seguían siendo unos adolescentes. Ella no creía que fuera necesario poner en peligro la vida de un grupo de jóvenes a los que aún les quedaba mucho por vivir. Ella pensaba que cualquier otra persona de la Orden con más experiencia podría llevar a cabo esa misión; pero también sabía que su hijo y sus dos amigos jamás lo aceptarían, sobre todo Harry.
Así que Molly se limitaba a apoyarles en silencio, porque sabía que ellos no podían contarle nada de lo que estaban tramando. Fue por ello por lo que después de haber cenado, se retiró con su marido a su habitación e instó a Luna y Ginny para que hiciesen lo mismo, alegando que necesitaría su ayuda al día siguiente y que para ello deberían estar descansadas.
Una vez sólo hubieron quedado en el comedor Harry, Hermione, Draco y Astoria (porque Ron se había negado en salir de su habitación), volvieron a repasar el plan para que no quedase ningún cabo suelto.
Hermione estuvo sintiendo la mirada de Draco sobre ella en todo momento, pero fingió tal indiferencia que hasta ella misma estaba sorprendida.
–Creo que va siendo hora de que nos vayamos ya a dormir –comentó Harry–. Ya no podemos darle más vueltas al plan y, la verdad, es que necesitamos estar descansados para que todo vaya como hemos pensado y no cometer ningún error.
–Estoy de acuerdo –dijo Hermione mientras se levantaba de la silla–. ¿Quedamos aquí a las siete de la mañana? Cuanto antes empecemos, antes acabaremos. Además, cuanto más pronto vayamos menos gente habrá por Gringotts y el Callejón Diagon, con lo que podremos pasar más desapercibidos.
–Vale, entonces nos vemos mañana a las siete –dijo Astoria, levantándose también.
Draco hizo el ademán de levantarse para acompañar a su prometida, pero Harry le detuvo.
–Malfoy, quédate un momento, por favor.
Draco le miró alzando una ceja, y por la mirada que le devolvía Harry dedujo que el motivo por el que debía quedarse tenía algo que ver con Snape.
–Está bien, Draco. Nos vemos mañana, ¿vale? –preguntó Astoria mientras se acercaba a él y depositaba un beso en su mejilla–. Descansa, querido.
–Y tú –contestó Draco mirándola.
Mientras esa escena ocurría entre la pareja, Hermione se mantuvo ocupada recogiendo la mesa y despidiéndose de Harry, para luego subir a su habitación seguida por Astoria, sin decir nada a Draco.
–¿Y bien, Potter? –preguntó el chico cuando se quedaron solos.
–Snape no tardará en llegar. Le he dicho que te espere en el lugar donde estuvimos hablando tú y yo el otro día, así no podrá escucharos nadie.
Draco asintió a modo de agradecimiento y salió de la casa, dirigiéndose a su encuentro con Snape.
Harry sonrió para sus adentros y negó con la cabeza, subiendo a su habitación para descansar, ya que le esperaba un largo día.
···
Draco estaba sentado en una roca y, mientras esperaba a Snape, convocó mediante un Accio la caja que contenía el collar de la difunta señora Greengrass.
Desde el primer momento que vio el envoltorio tuvo el presentimiento de que algo no terminaba de encajar, que algo no estaba bien. Y la carta de su madre no era precisamente algo a lo que aferrarse para poder demostrar lo contrario.
Draco no había parado de darle vueltas al asunto, había estado tratando de averiguar qué quería decirle su madre bajo esas palabras. Sabía que ocultaba algo, la conocía demasiado bien. Y, a pesar de ser inteligente, había veces que no era capaz de descifrar lo que su madre intentaba ocultar. ¿La hacía eso más inteligente que él?
No lo sabía. Lo que estaba claro era que, sin duda, él había heredado toda su inteligencia de su madre, puesto que su padre jamás había demostrado ser tan inteligente como decía ser.
Su padre. Draco rió en silencio. Era curioso cómo él de pequeño le había idolatrado. ¿Y ahora? Ahora no le tenía ni siquiera respeto. Pero eso no hacía que no se preocupase por él. Al fin y al cabo les unía un lazo de sangre. Y con eso él no pretendía hacer diferencia entre la sangre pura, la limpia o la mestiza. La sangre era ahora para él justo eso, un líquido que corría por sus venas. Un líquido que, si te hacías una herida, salía a la superficie. La sangre demostraba que estabas vivo.
Y él se había prometido ayudar a que esa guerra acabase mientras aún hubiese sangre corriendo por sus venas. Así fuera lo último que hiciese.
Sus pensamientos se vieron interrumpidos por la repentina pero silenciosa llegada de Snape.
–¿Qué era eso tan importante que querías consultarme, Draco? –preguntó su padrino en cuanto el chico dirigió su mirada hacia él.
–Cómo no, siempre directo al grano. Tú ni siquiera pierdes tiempo en saludar a tu ahijado, ¿no, Severus?
–A juzgar por el tono de urgencia con que Potter me apremió a que viniese habría jurado que tú tampoco perderías el tiempo en saludos –respondió el profesor de Pociones –. Además, no tengo mucho tiempo. Sea lo que sea lo que tengas que decirme, hazlo rápido.
Draco, si hubiese estado entablando esta conversación con otra persona, habría alzado levemente las cejas y se habría cruzado de brazos ante tal falta de cortesía; pero al tratarse de quien se trataba, no le pilló por sorpresa, por lo que se mantuvo impasible.
–Mi madre me envió una carta hace unos días –empezó a relatar –. Y en ella había un paquete dirigido a Astoria. Un paquete que contenía un collar que había pertenecido a la señora Greengrass.
–¿Y bien? –inquirió Snape, empezando a perder la paciencia.
Draco sonrió para sus adentros y tardó unos instantes en contestar, disfrutando momentáneamente de la sensación de saber algo que su padrino desconocía. Y eso era algo que, como él bien sabía, molestaba mucho al hombre que tenía delante.
–Cuando le di el paquete a Astoria estuve pendiente de si ocurría algo extraño, ya que las palabras que me dirigió mi madre en la carta no me dieron buena sensación –Draco volvió a hacer una pausa, mirando fijamente el rostro de Snape y jugando con el pequeño paquete entre sus manos–. Cuando Astoria abrió la caja no ocurrió nada, pero en cuanto el colgante entró en contacto con su piel, la gema esmeralda emitió un brillo tenue. Astoria no pudo darse cuenta de ello porque tenía los ojos cerrados, y cuando los abrió el brillo había desaparecido.
–¿Lo sigue llevando puesto?
–Obviamente no, Severus –contestó Draco rodando los ojos, como si su padrino hubiese formulado la pregunta más estúpida de la historia–. Dijo que no podía llevarlo porque aún está muy reciente la muerte de sus padres. Por eso se lo quitó y yo le propuse guardarlo –el chico fijó su mirada en los ojos negros del profesor–. Pienso que Voldemort ha tenido algo que ver en esto, me da la sensación de que el colgante tiene dentro magia muy oscura.
Snape se mantuvo en silencio unos instantes sin apartar la mirada de su ahijado.
Si no se tratase de Severus Snape, el hombre estaría ahora mismo mirando a Draco y perdiéndose en sus pensamientos. Pensaría en lo pequeño que era la primera vez que lo cogió en brazos, cuando Narcisa y Lucius le llevaron a Malfoy Manor desde San Mungo. Pensaría en la educación que había recibido; en lo mucho que su padre le había insistido siempre en defender la pureza de la sangre. Se acordaría de la primera vez que montó en escoba y de la explosión que causó cuando su magia salió a la luz por primera vez. Recordaría la satisfacción que sintió cuando entró en Slytherin; así como de la arrogancia que siempre había mostrado. Pensaría también en lo mucho que había odiado siempre a Potter y a los suyos, y se enorgullecería de que, por fin, hubiese tomado la decisión de formar parte del bando adecuado –aunque eso fuese algo que jamás reconocería en voz alta–. Y, por supuesto, se enorgullecería también al ver cómo su ahijado formaba parte y de forma muy activa en la búsqueda y destrucción de los Horrocruxes. Porque, aunque Draco no le hubiese dicho nada, Potter mantenía muy informado a Dumbledore y, por ende, el propio Snape acababa sabiéndolo todo.
Severus también se enorgullecía de Draco porque, en contra de lo que todo el mundo habría pensado –de hecho, él habría puesto, no sólo una mano, sino ambas, en el fuego asegurando que eso no pasaría jamás–, el chico había sacado la poca valentía y honor que su padre le había inculcado y había decidido continuar con el compromiso que tenía con la joven Greengrass, aunque sólo fuese una farsa.
Pero, al tratarse de Severus Snape, ninguno de estos pensamientos pasaron por su mente, y en lugar de pensar en eso, estuvo dando vueltas a lo que Draco le acababa de contar, pensando en las posibles maldiciones que el objeto en cuestión podría tener.
–Creo que tienes razón, Draco –dijo finalmente–. Aunque no puedo estar al cien por cien seguro, ya que Voldemort no ha dicho nada al respecto.
–Eso es algo en lo que siempre falláis –replicó el chico.
–¿A qué te refieres? –inquirió Snape, alzando levemente una ceja.
–Precisamente a eso; a que todos dais por hecho que Voldemort te vaya a contar todos y cada uno de sus planes –contestó Draco–. Sinceramente, si yo fuera él, habría detalles que me guardaría para mí mismo. Un secreto deja de serlo a medida que la gente empieza a saber de él.
Snape se calló unos instantes, meditando sobre lo que Draco había dicho. La verdad era que el endemoniado chaval era inteligente. Eso no podía negarlo nadie.
–Creo que no te ha sentado bien pasar tanto tiempo con Granger, Draco –comentó Severus con una media sonrisa.
–¿Por qué dices eso? –preguntó el chico sorprendido a pesar de tener cuidado en que no se notase su sorpresa.
–Porque empiezas a atar cabos y a razonar como sólo ella sabe hacerlo.
–Vaya, si me hubiesen contado que tú, Severus Snape, elogiarías a Hermione Granger jamás me lo habría creído –comentó Draco sonriendo de lado–. Es un milagro que haya vivido lo suficiente como para presenciar este momento.
Snape, si fuese una persona expresiva, habría fruncido el ceño hasta que sus cejas formasen una sola.
–Al decir eso, tú también estás reconociéndolo –dijo el profesor.
–No lo he negado en ningún momento, Severus –contestó Draco con calma.
Padrino y ahijado se mantuvieron en silencio un momento, evaluándose con la mirada.
Finalmente, Snape habló.
–Te diré lo que vamos a hacer: me voy a llevar a Hogwarts el collar del que me has hablado y lo analizaré. En cuanto tenga noticias te lo haré saber.
Draco asintió.
–Pero nada de intermediarios, Severus –dijo firmemente el joven–. No lo sabe nadie y quiero que de momento siga siendo así.
–¿No quieres echar a perder sus esperanzas? –preguntó el profesor con un poco de mofa.
–La verdad es que están trabajando duro, todos lo estamos haciendo. Si fuera cierto que Voldemort ha conseguido colar en esta casa un objeto manipulado por él con magia oscura, puede que no todas, pero muchas esperanzas se vendrían abajo. Y eso no podemos permitírnoslo ahora.
–Es cierto que no podéis permitíroslo –contestó Snape–. Pero lo que tampoco puedes hacer es ocultarlo. Si es cierto que esto ha sucedido, todos tienen derecho a saberlo. Puede que de esa forma estéis más atentos para evitar que cosas así vuelvan a ocurrir.
–Tú investiga sobre esto y cuando tengas una respuesta al cien por cien segura hablaremos de lo que deberé hacer –dijo Draco entregándole el paquete a Snape.
El profesor asintió y se guardó el paquete en la túnica, mirando una última vez a Draco antes de desaparecerse.
Bueno, ¿qué os ha parecido? ¿Tenía yo razón al decir que el capítulo no me convence demasiado o estaba equivocada?
Ando escasa de inspiración últimamente y tengo la moral un poco baja, así que agradecería de todo corazón un review porque, al fin y al cabo, es lo que me hace seguir escribiendo.
Ah, otro dato importante. Intento todas las semanas escribir algo, pero ahora se acercan mis exámenes (me queda menos de un mes para empezar) y no creo que pueda actualizar. Los exámenes los acabaré sobre junio o julio, no lo sé bien aún. Así que os pido por favor que no os den ganas de matarme por haber dejado la historia así. Si no actualizo es porque, de verdad, no puedo.
Eso es todo, espero que estéis bien y que nos leamos pronto.
Besos,
Pabel Moonlight.
